DE CUERPO PRESENTE
25/08/2012 RUBÉN AMÓN
El corro de la patata

Ni siquiera pueden considerarse rivales. La disputa, llamémosla así, evoca aquellos memorables partidos de badminton de los JJOO londinenses en que las chinas y las surcoreanas se decían «usted primero» en el trance decisivo de la competición.
La diferencia es que Bildu ya ha ganado las elecciones. Mérito del Tribunal Constitucional, de la amnesia ciudadana, del buonismo socialista, de la propaganda informativa y de la ventaja que supondría incluso la conquista de la segunda plaza.
Pueden ganar el sprint final los chicos de Otegi, de acuerdo con los sondeos y el correspondiente despecho separatista, pero les conviene un papel de arbitraje, intimidación y chantaje, bien como aliados necesarios del PNV o bien como líderes de la oposición sobre los escombros de la pinza constitucionalista. Practican la coacción con simpar virtuosismo gracias a la experiencia que les han proporcionado los resoplidos en la nunca ajena en tiempos de guerra, sin olvidar que la emulación metafórica de Lady Macbeth preserva a Bildu de asumir una posición de desgaste político en la coyuntura de la emergencia financiera y en la plétora de recortes impopulares que deberá emprender el lehendakari emergente.
Le ha sucedido a Artur Mas en Cataluña. Tantos años esperando el papel de primadonna para luego frustrarse como una corista. De hecho, los proyectos nacionalistas y soberanistas navegan endogámica y sistemáticamente contra corriente.
Primero les sorprendió la inercia de la Europa sin barreras. Ahora lo ha hecho la dependencia inexcusable del dinero exterior, de forma que resulta inconcebible aspirar a la soberanía cuando el modelo es financieramente inviable y cuando el prosaísmo del cobrador del frac ha neutralizado a los rapsodas de la melancolía independentista.
Es la razón por la que la candidata de Bildu, Laura Mintegi, sostiene que la tecnocracia de Europa compromete la plenitud de la democracia. Un argumento sensato si no fuera porque adquiere una acepción vomitiva, repugnante, en boca de quienes acordonan las urnas después de haber especulado con el totalitarismo, la violencia y el terrorismo.
DE GOLPE
25/08/2012 FERRER MOLINA
La palabra del ministro
EL VALOR principal de un ministro del Interior es su credibilidad. Antonio Asunción lo sabía bien y por eso dimitió cuando se le fugó Roldán. Aunque Rubalcaba se niega a admitirlo y actúa como uno de los personajes de Amenábar en Los otros, es un político quemado desde que cedió al chantaje de De Juana Chaos. Es verdad que aún tuvo tiempo de redondear su obra con el chivatazo a ETA, pero nunca pasará de ser el candidato de los socialistas, incluso en el improbable supuesto de que llegara algún día a La Moncloa. Cada vez que habla, media España cree que miente.
Jorge Fernández lleva una mala racha. Empezó acusando a las víctimas del terrorismo de buscar «venganza» y ha acabado bizqueando para leer lo que no dice el Reglamento Penitenciario, entre el regocijo del mundo abertzale. No quería prevaricar, se disculpa.
Acepto que el Gobierno crea que lo mejor para pasar definitivamente la página de ETA sea acercar a los presos de la banda a su patria chica. Puedo entender que el ministro vea razones humanitarias y de oportunidad política para excarcelar a Uribetxeberria Bolinaga. Pero no alcanzo a comprender por qué se hace en condiciones tan humillantes.
Me explico. Si el Estado es generoso, debe quedar claro que lo es. No puede existir ninguna duda en cuanto a que la excarcelación de tal o cual terrorista se hace a iniciativa del Gobierno y sin coacción. Si se abren las celdas en medio de huelgas de hambre y kale borroka sin gasolina será fácil adivinar una derrota en lo que tendría que ser síntoma de fortaleza y superioridad moral.
Cuando el ministro ha visto que iba perdiendo el partido de la opinión pública ha acusado a quienes tienen legítimas dudas en el caso Bolinaga de hacerle el juego a los violentos. Tampoco se ha resistido a la tentación de responder a Mayor Oreja, aun a costa de avivar las llamas en el PP.
Decía que el valor principal de un ministro del Interior es su credibilidad, y ahora que a Jorge Fernández le desmienten el duque de Segorbe y Sánchez Gordillo tras la invasión de la última finca andaluza, muchos ciudadanos tienden a creer más al aristócrata y al vagabundo. Es difícil que la palabra del jefe de la Policía pueda estar más barata. Y sólo acabamos de empezar.
HILO DE ARIADNA
25/08/2012 ÁLVARO VARGAS LLOSA
No estaba loco
Habría sido una tragedia que la Justicia noruega aceptara el argumento de uno de los peritajes practicados a Breivik que lo declaraba esquizofrénico paranoide y, por tanto, no responsable de sus actos. Porque estaba en perfecto uso de la razón y de su libre albedrío: sus actos respondían a una ideología que daba cobertura moral a su odio al prójimo.
El kilométrico Manifiesto que publicó en internet refleja lo que había detrás de la masacre que perpetró. Su ideología le hace verse como un defensor de la civilización europea y la identidad nacional (nociones contradictorias, pues la primera es internacionalista y la segunda nacionalista), contra el marxismo, el multiculturalismo y el islamismo. Al primero lo ve como un disolvente de los valores culturales de Occidente; al segundo, como el abrepuertas de la invasión musulmana de Europa, y al último, como el enemigo definitivo. Al igual que los terroristas islámicos a los que cree odiar pero a los que en verdad imita, tiene un enemigo cercano y otro lejano. Si para el islamismo de Bin Laden el enemigo cercano eran los países árabes aliados de Occidente como Arabia Saudí y el enemigo lejano era la civilización occidental encarnada por Estados Unidos y Europa, para Breivik el enemigo cercano son los políticos de izquierda y el lejano los musulmanes. Por eso atacó edificios donde gobierna el laborismo y los campamentos de las juventudes laboristas.
Como toda ideología diabólica, la de Breivik es una degeneración de una discusión intelectual legítima. Hay en Occidente un debate sobre el multiculturalismo, la idea de que todos los valores son intercambiables y de que los derechos de las colectividades prevalecen o se equiparan a los derechos individuales. Las raíces de esto son antropológicas -intelectuales como Lévi-Strauss reaccionaron contra los esquemas que aplicaban términos como «primitivo» o «bárbaro» a ciertas culturas subdesarrolladas y establecieron una equivalencia moral entre distintos grupos étnicos-, pero su evolución ha sido política. La exacerbación colectivista del multiculturalismo ha provocado reacciones perfectamente pacíficas desde el conservadurismo y el liberalismo. Pero lo que anima a Breivik y a quienes creen que el camino al paraíso cristiano es masacrar al enemigo cercano o lejano, nada tiene que ver con esta discusión. Más bien con algo que lo emparenta al islamismo fanático: la justificación del mal con el argumento ideológico de que el fin justifica los medios.
Hace muy bien, pues, la sociedad noruega en afirmar que la respuesta es más democracia, Estado de Derecho, apertura y tolerancia: los valores de la civilización, la civilización a secas.
25/08/2012 MANUEL JABOIS
Un derrotado de moda
.JAIME DE MARICHALAR
En 1994 la revista ¡Hola! largó un bombazo en portada: «Boda en la Familia Real. La Infanta Elena podría casarse en los próximos meses». A la exclusiva le seguía un condicional, y después venía lo más suculento: en páginas interiores no se contaba con quién se casaba sino que se deslizaban tres candidatos, como si los lectores de ¡Hola! pudiesen votarlos, enviar las papeletas a Zarzuela y adquiriese así la monarquía su verdadero sentido democrático. «Ni que fuese Chabeli», le dijo entonces una aristócrata a la periodista Pilar Rubines.
Podrían haber incluido recortables de los tres con trajecitos para pegarles, y así al menos, de no ser el favorito en el corazón de la Infanta, sabríamos que con Jaime Rafael Ramos María de Marichalar y Sáenz de Tejada podrían echar los lectores de la revista toda la semana.
No se celebraba en España boda real desde 1906, y la aparición de Jaime de Marichalar fue saludada con vistosas reverencias; era la personificación del «rancio abolengo» al que se referían los medios. Su familia hundía sus raíces en la lealtad a la Corona desde siglos ignotos y él era católico, feo y sentimental como un polvoriento Bradomín.
Aunque no escribía, se dedicaba a ejercer de exuberante cicerone por las calles de París, donde vivía en el apartamentito que le daba su sueldo y se dedicaba al cultivo de relaciones, que en cierta gente es un arte (esto de que Marichalar vivía ajustado en la capital francesa tuvimos que saberlo cuando se divorció, no antes, pues se le presentó como alto ejecutivo de Credit Suisse y 15 años después, sin el paraguas de la Corona, se deslizó que poco menos lo tenían allí para arreglar la fotocopiadora; bien es cierto que tras casarse entró en todos los consejos de administración de España, pues su valía emergió de golpe como Moby Dick).
Habrían de venir más bodas, pero la sequía de amores reales hizo que aquel día de marzo de 1995 las estrellas del periodismo se aprestasen a narrar el acontecimiento como si
fuera una final de la Superbowl; de aquella larga mañana recuerdo que todas las señoras tenían la televisión encendida en la cocina, y la que no lloraba por la cebolla lo hacía por la mantilla.
El marichalazo (antes que Sabina llamase así a su ictus, bautizó de esta manera Antonio Burgos el braguetazo) fue como la Séptima: la que daba de beber al sediento. «Ella parecía que se había desayunado una ración de sevillanas y él una ración de valiums», dijo excelsa Carmen Rigalt. El periodista Basilio Rogado había llamado a rebato a la boda porque en La Zarzuela hacían falta ya «criaturas que adornen la foto de familia durante la Navidad que derramen sus lágrimas sobre el regazo de la abuela y que se hagan pis sobre las rodillas de Rey». «O sea», dijo Burgos, «que lo que quiere Basilio Rogado a toda costa es que alguien le mee al Rey».
Marichalar tenía el peinado que se le supondría al abolengo si al abolengo se le pudiese peinar, aunque bien es verdad que eran los noventa, estilísticamente la peor época de la historia de España, como los cuarenta para la gastronomía con el pan negro sin deconstruir.
A los observadores nos pasó inadvertido el consorte por lo mismo de lo que se presumía de él: discreción, seriedad, nobleza y pétrea imagen de hombre oscuro que habría de desenvolverse en ambientes lúgubres y trajeados, fuera de foco. ¡Quiá! Con la corbata Marichalar hizo un pareo y se hizo society, una especie de Josemi Rodríguez Sieiro con sastre adicto al LSD; empezó a ser perseguido al salir del portal porque nunca se sabía cuándo era él o Nick Nolte, y aquella fiesta perpetua en que se convirtió el duque levantó consternaciones y simpatías en la España casquivana y vivalavirgen donde ya caía definitivamente en gracia.
Su rehabilitación social se consumaría con la caída de Urdangarín y el recuerdo de aquellas declaraciones del jugador de balonmano a EL MUNDO semanas antes de su boda: «Yo tengo que seguir siendo la misma persona. Si se me sube algo a la cabeza los que estén a mi lado ya me lo harán bajar».
De familia espartana y tremenda, heredera de un mundo antiguo y profundamente conservador, los Marichalar vieron venir el vendaval del parentesco con desigual fortuna: a la condesa de Ripalda aquello le vino tarde y mantuvo augusta serenidad, al punto de que lo que le preocupaba no era el oropel sino la educación y los viejos hábitos, por eso hizo constar su disgusto por la frialdad con la que se le trató en Zarzuela el día de la pedida.
No estuvo más afortunada la Infanta al relatar el romance con su marido. Mientras él decía a la prensa: «Sus cualidades son tantas que no terminaríamos nunca», ella contestaba: «Jaime no paró hasta convencerme». No se sabe aún qué conviene más al duque, que se refiriese ella a que la convenció él de que efectivamente tenía muchas virtudes o que simplemente le dio tanto la brasa que para sacarlo de enmedio le dijo que sí, pues es sabido que en la alta sociedad la mejor manera de perder de vista a alguien es casarse con él.
Hoy Jaime de Marichalar es el desposeído por antonomasia de la aristocracia española y su más tentadora rara avis. Su presencia magnética y el esqueje de su sombra aviva el fuego de la curiosidad y los rumores, tanto que suele ser objeto de avistamientos, como el que se produjo hace dos semanas en Pontevedra, cuando se dijo que había acabado la tarde de toros en el peor after de la ciudad, un lugar en el que de alguien con su pashmina sólo se puede esperar que la haya usado para escapar de prisión.
Todo falso, pues el único tránsito sórdido de Marichalar en público, más allá del tiroteo infortunado de su vástago, es el que le ha llevado del patinete eléctrico a la carretilla, en lo que constituye la más luminosa metáfora de que en España, después de todo, no hay más cera que la que ardió.
DESAVENENCIAS
25/08/2012 JAVIER VILLÁN
Deusto, la calle y el toro
.La tarde estuvo marcada por el gesto de Jiménez Fortes. El juampedro tercero le pespunteó la ingle y el chaval aguantó como pudo en la enfermería; un bordado de urgencia que por poco se lo destroza, otra vez, el sexto. Eso es lo que llamamos agallas y ganas de ser alguien. Luego pasará lo que pase y yo no estoy en circunstancias de profetizar quién va a ser Jiménez Fortes. Pero me vale su desdén de ayer por el dolor y el riesgo. Los juampedro hacía muchos años que no venían por Vista Alegre. Por mi, como si los destierran a perpetuidad. A Luis Abril, Javier Aresti le encargó la laudatio de tan iliustre ganadería en la matinal del apartado. Ninguno de los dos tiene la culpa, pero eso fue un marrón. Yo tuve mejor suerte hace años; a Luis Lezana (descansa buen amigo) se le ocurrió confiarme la defensa de los cebadagagos; así se las ponían a Fernando VII. Luis Abril estuvo brillante y no es culpa suya si los juampedros, con buena percha, además de mansos y blandos, por poco desgracian al joven Jiménez Fortes. Hay una frase del discurso de Secretario General de Telefónica, especialmente llamativa; «Vista Alegre fue mi Universidad de Deusto».
Y ¿los toreros? Ya está contado lo de Jiménez Fortes. Ponce bien, como siempre. O mal, según se mire. Si Jiménez Fortes demostró que nada le arredra en pos de la gloria, Ponce demostró que, además de elegancia, tiene carne de milagro; está totalmente repuesto de la enfermedad que le atacó en Illumbe hace unos días, bajándole de los carteles, y se le curó a las pocas horas, subiéndole a los carteles de Málaga. Va a resultar que los toreros no sólo tienen carne de perro, sino carne de ángeles. Algo parecido le ocurrió a Javier Castaño en la Fira de Juliol; baja médica para dejar sólo a Fandiño y alta a las poquísimas horas para trajearse de luces en Santander. Su presencia aquí, con los victorinos, mañana, parece asegurada. Pero lo de Valencia fue de juzgado de guardia.
Me reafirmo; los toreros son gente muy rara. En Donosti he echado de menos, por ejemplo y sin ánimo de ofender, un gesto de José Tomás. El mismo gesto patriótico que tuvo con Barcelona. Cierto que, después de la minitemporada de tres corridas macroecónomicas, incluido el próximo corridón de Nimes, quizá no fuera conveniente forzar la máquina. No es un reproche, sólo una reflexión. Además, puede que a Tomás le guste más la música de flauta que la de txistu. Que descanse esta noche, tras el palizón, Jiménez Fortes
25/08/2012 ARCADI ESPADA
I la bossa sona
EL CORREO CATALÁN
Querido J:
Te traigo una noticia de verdad, algo difícil. Barcelona, la ciudad donde viviste, alcanzará a finales de año el equilibrio entre ingresos y gastos. Es una noticia sensacional, repito. Una de las conclusiones más promovidas sobre la crisis es que España ha construido un Bienestar que no puede pagar. Barcelona impugna el carácter absoluto de esta afirmación. Y brillantemente. En los últimos 30 años, que son los nuestros, la ciudad ha hecho un progreso indiscutible, casi violento. Claro que ha tenido sus problemas. Ha flirteado demasiado, las Ramblas rodantes de barrigas desnudas, con la tentación de ser un Lloret con ínfulas. Y el nacionalismo, gelatinoso y proteico, ha reducido su potencia cultural de un modo tétrico: los barceloneses han sido los damnificados principales por la ocupación del poder por estos tíos de pueblo, máximo comarcales, y por su decisión de convertir la ciudad en la capital de la minúscula Cataluña antes que en una de las capitales de Europa. No sorprende que este verano el director del Museu Nacional d'Art de Cataluña, Josep Serra, se quejara con diplomacia de la glotonería pueblerina con que Nacional y Cataluña imponen su ley pleonástica en las siglas del museo. Más raro es que el consejero Ferran Mascarell saliera a quitarle la razón, él, que se opuso en su momento a los planes apolillados, pura melancolía familiar, del arquitecto Bohigas, cuando en su etapa de organizador de la cultura barcelonesa dictaminó que en el MNAC primero eran la nación y la historia, y luego, solo si había lugar, el arte.
Sin embargo, estas irritaciones barcelonesas son irrelevantes respecto a tres bienes absolutos: la higienización urbanística, que ha llegado a todos los barrios; la expansión ciudadana sobre el territorio yermo del antiguo Pueblo Nuevo y la conversión del casco antiguo en un lugar transitable, una operación ejemplar (que sólo criticó el difunto Montalbán en muchos artículos en defensa de la roña, él la llamaba memoria) y que se produjo durante un proceso inmigratorio masivo que cambió, sin mayor trauma, la fisonomía y la entraña de la Barcelona vieja. Todos esos cambios pueden cuantificarse: durante bastante tiempo, el ayuntamiento de Barcelona destinó un euro de cada cuatro
a la inversión. Mucho dinero. Ha podido pagarse. El Estado de Bienestar de una de las grandes ciudades españolas ha podido pagarse.
El mérito político es de la generación de socialistas que gobernó entre los años 1979 y 2011. Esa generación que tiene en un cabo a Pasqual Maragall y en el otro a Jordi Hereu. El primero fue un alcalde legendario; pero el segundo fue un alcalde competente, como lo fueron Narcís Serra y Joan Clos. Este último tiene un mérito especial en el manejo de la situación financiera. Porque fue, como mano derecha de Maragall, el que impulsó en 1991 la creación de un equipo técnico, liderado por Josep Marull, que afrontó el estrangulamiento financiero de una ciudad acosada por la tardía promulgación (¡primero eran las autonomías!) de la Ley de Haciendas Locales y por la exigencia, ¡olímpica!, de gasto. En ese equipo trabajó una mujer formidable. Si tú preguntas en la ciudad por el no déficit de Barcelona, cualquiera que sepa te señalará su milagrosa. Se llama Pilar Solans, fue la gran gerente municipal y lleva un año jubilada. Llegó al Ayuntamiento en 1991 desde Catalana de Gas con el mandato de levantar dinero de las piedras y reestructurar la deuda. Hablé un rato con ella la otra noche para que me explicara cómo lo hizo. No dijo una sola palabra que no tuviera interés. Lo primero fue quitarse mérito:
- Yo me he pasado la vida pagando, y para pagar antes hay que recaudar. Me ayudó mucho la buena marca de la ciudad olímpica.
Y así siguió, señalando otra razón ajena del éxito.
- La burbuja inmobiliaria fue más limitada en Barcelona. Suponía un 5% del empleo. En el Área Metropolitana podía ser del 8 o del 9 y en la costa del 20 o del 30.
Sin duda. Pero no pudo escabullirse cuando pregunté por qué durante la Gran Prosperidad no estiraron más el brazo que la manga.
- Primero, porque teníamos memoria de la penuria. En los años preolímpicos estábamos al borde del estrangulamiento. Y, en segundo lugar, teníamos una convicción firme: si tú gastas lo que no tienes pierdes libertad. Llega un momento en que unos y otros empiezan a decirte lo que tienes que hacer.
Evidente. A las ciudades les pasa como a las familias y a las naciones. Le ruego a Solans que observe el patético estado de las finanzas de la casa de enfrente. Que, por cierto, nunca fue clemente con la financiación de Barcelona. El año pasado, la Generalitat cerró con un déficit real del 3,66%.
- En 1993, la Generalitat y el Ayuntamiento tenían la misma deuda. Nosotros pensábamos que teníamos demasiada ¡y ellos, que demasiado poca! Se preocuparon solamente de obtener competencias y no de cómo financiarlas. La Generalitat se ha construido con criterios decimonónicos. Al modo y manera de los ministerios españoles.
Es la clave. Del fracaso autonómico. Pero, sobre todo, del éxito municipal. La administración barcelonesa me pareció siempre el aparato estatal mejor gestionado, y más moderno, de España. La gerente Solans describe precisamente mi impresión poética.
- El Ayuntamiento siempre actuó como una corporación. Nadie se desentendía de lo que pasaba en el despacho de al lado. Tuvimos siempre un punto de vista global.
Nada que ver con la taifa ministerial y autonómica. Le digo a Pilar Solans que escriba un libro. Tiene una obligación moral. Parece dispuesta. Me atrevo a proponerle el subtítulo: De cómo la ciudad de Barcelona consiguió no deberle nada a nadie.
Sigue con salud.
A.
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