A CONTRAPELO07/04/2012 SANTIAGO GONZÁLEZ 'Kale' y 'borroka'
Las noches urbanas del País Vasco han vuelto a conocer la kale borroka, esa forma de terrorismo que se funde con el gamberrismo en el terreno de los hechos y dibuja con sus contenedores en llamas un mapa de Bonanza los fines de semana. En los últimos días han sido Bilbao y Andoain. Antes fue una decena de municipios desde que empezó el año.
En Salvatierra fue atacada una oficina del Servicio Vasco de Empleo (Lanbide) con un artefacto casero que apenas causó daños. Aquel mismo día, 19 de marzo, el consejero de Interior del Gobierno vasco, Rodolfo Ares, atribuyó el ataque a la kale borroka y exigió a la izquierda abertzale «que lo condene de manera contundente y con toda claridad si quiere ser creíble en su rechazo a la violencia terrorista». La destinataria del mensaje hizo el oportuno acuse de recibo, manifestando que tales hechos «están fuera de lugar».
Miró de soslayo, y no hubo nada. Era la primera vez que Ares atribuía a la kale borroka un acto de esta naturaleza. Los anteriores eran «protestas anticapitalistas», conflictos laborales y en protesta por las víctimas del 3 de marzo de 1976 en Vitoria. Bueno, también alguno por las detenciones de etarras, pero la kale borroka había desaparecido «prácticamente», aunque queden nostálgicos. Anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, ¿qué ha de ser, si además es kale y es borroka? Un anticapitalista, naturalmente, sobre todo si el pato ha dicho que él no ha sido. Pato en vasco se dice ata y ése era el nombre primero que los fundadores de ETA se plantearon para la banda (Aberri ta Askatasuna, Patria y Libertad), hasta que Txillardegi dijo que iba a parecer poco serio y cambiaron la 'A' de Aberri por la 'E' de Euskadi.
La portavoz del Gobierno de López dio por buena la citada reacción de la izquierda abertzale, que calificó de «condena» y se felicitó por que «los nostálgicos de la kale borroka» no cuenten con el amparo de la izquierda abertzale. No se descarta ninguna hipótesis, pero es significativo que cuando los ertzainas se encuentran con un paisaje de contenedores incendiados de madrugada, abran diligencias bajo el epígrafe de desórdenes públicos. Ya se temía algo de esto Pilar Ruiz Albisu: si la realidad no desaparece, basta con cambiarle el nombre.
El Ministerio del Interior ha resuelto alejar al recluso Ekaitz Samaniego, que pasará de Nanclares a la prisión de Topas, en Salamanca, mientras concedía el tercer grado penitenciario a Andoni Díaz Urrutia, que a partir de ahora pasará a disfrutar de régimen abierto, también llamado cenicienta por tener que volver a la cárcel para dormir. El palo y la zanahoria. Después de todo, y ya que estamos en Semana Santa, no era justo que sólo obtenga su libertad un preso de Málaga. El ministro es hombre de fe y el brazo articulado de Jesús el Rico bien puede llegar hasta Nanclares.
07/04/2012 ¿?Sábado Santo
EL SÁBADO Santo era hace medio siglo el día de mayor aburrimiento del año. Los bares, los comercios y los cines estaban cerrados y la televisión pública emitía una programación estrictamente religiosa. Y además casi siempre llovía o hacía mucho frío.
Como yo era monaguillo en la iglesia de San Nicolás de Miranda de Ebro, estaba obligado a asistir a los oficios, que eran en latín. Todavía recuerdo el olor de los cirios y el templo a oscuras en la jornada del Viernes Santo, mientras el sacerdote leía la pasión de Cristo. Al día siguiente, mi madre me llevaba a recorrer las iglesias en las que, siguiendo la tradición, la figura de Jesús aparecía cubierta por un paño morado. Me impresionaba la muerte del hijo de Dios y me sentía un miserable por añorar las cosas terrenas como jugar al fútbol, algo prohibido en esas fechas. Mi madre me compraba una carraca, un instrumento de madera que hacía mucho ruido al girarlo. Decían que era para simular el terremoto que sufrió Jerusalén tras la muerte de Cristo. Pero yo asocio la carraca con el aburrimiento de aquellos sábados de Pasión en que el único entretenimiento era hacer ruido en la calle.
Con el transcurso de los años he llegado a añorar aquellos días interminables, de increíble aburrimiento, en los que uno se sentía prisionero del tiempo y condenado a no hacer nada. La tarde del Sábado Santo era lo más parecido a la eternidad porque los minutos transcurrían como horas y las horas como meses.
Si hubiera sabido que la vida pasa tan rápido, habría disfrutado aquellos momentos de inmovilidad absoluta en los que la fugacidad de una hoja arrastrada por el viento o un reflejo en el cristal de la ventana parecían eternos. ¡Qué maravilloso espejismo!
Hoy todo el mundo se afana en hacer planes para la Semana Santa, en viajar o programar el tiempo para que no quede ni un hueco. Aburrirse es visto como una desgracia y quedarse en casa es lo más parecido a una condena. Desgraciadamente, hasta el ocio se ha convertido en algo productivo.
Confieso que, dada mi naturaleza soñadora, lo que más me gusta es mirar al cielo y contemplar cómo pasan lentamente las nubes. Esta Semana Santa me he quedado en casa y he disfrutado del tiempo londinense que ha hecho en Madrid, que invitaba a la siesta y la lectura. Y me he acordado de lo que eran estos días cuando yo tenía menos edad que la que tiene hoy mi hija pequeña.
Tanto dar vueltas a las cosas para descubrir ahora que la felicidad era aquel aburrimiento absoluto en unas tardes que no se acababan nunca. Ser era simplemente estar, una sensación que sólo se puede tener hasta la adolescencia y cuya ausencia nos hace irremisiblemente desgraciados.
BREVETE 07/04/2012 SECONDAT Reproche popular
El enjuiciamiento de una conducta con criterios de Derecho Penal puede llevarnos a una meta (de absolución o de condena) que no es la que se alcanza en la valoración popular del comportamiento de ciertos personajes destacados en la escena pública, bien sea por su ejecutoria, bien sea por sus vínculos familiares. No se trata de apreciar la posible comisión de un delito o de una falta, sino de algo distinto, como es el correcto comportamiento en el que se tienen en cuenta los principios y las normas de la convivencia civilizada. No se ha cometido un delito, es cierto, ni siquiera una falta, también resulta indiscutible, pero se siente repugnancia hacia unos sujetos botarates que tenemos delante
EL CORREO CATALÁN07/04/2012 ARCADI ESPADADios se apareció en Oleiros
Querido J:
Parece probable que el sentido auténtico de la visita del Papa a Cuba haya sido recoger de sus mismos labios la última confesión del dictador Castro. No se le ve otro a una visita que ha eludido cualquier gesto, puramente cristiano, con la oposición y que ha dejado en el limbo de una genérica necesidad de cambios en el mundo [¡sic!] los cambios concretos, desesperados que necesita Cuba. Poco antes de la visita, Irene Hdez. Velasco escribió una buena crónica en este periódico donde te echo las cartas sobre la posibilidad de que Castro aprovechara el viaje del Papa para anunciarle su conversión al catolicismo. Si lees la crónica no perderás el tiempo; pero mucho menos si la lees bajo el esplendor de apocalipsis de las fotos de Castro con el Papa. Míralas. El dictador va vestido con una suerte de gabán oscuro (un chándal de su colección han dicho) que aliado con sus barbas de chivo y su decrepitud enferma le dan un aspecto canónico de místico. Frente a él, el níveo Papa, ligeramente inclinado, con expresión afectuosa, parece que va a recoger de esos labios temblorosos, en efecto, la confesión inminente. Son dos viejos de más de 80 años, cerca ya de la gracia definitiva de Dios.
Sin embargo, hay algo en la crónica y en la consiguiente interpretación del encuentro sobre lo que dudo. Acepto que la conversación entre Castro y el Papa fuera eminentemente religiosa, e incluso la posibilidad de que supusiera una suerte de solemne y postrero examen de conciencia del dictador. Pero dudo que pueda hablarse cabalmente de conversión. Y no por los orígenes, nítidamente conservadores, terratenientes y religiosos de la familia Castro. Sino por la razón contundente de que Castro declaró hace tiempo que creía en Dios. Y no sólo en Dios, sino en su caballo blanco. Sé que la declaración se produjo en julio de 1992, y en el reino de Galicia.
Te preguntarás por mis poderes. No hay misterio. Todos se derivan de una noticia en verdad singular. Se titula Fraga y Fidel, sin embargo, pero yo preferiré llamarla F/F. Una película de Manuel Fernández-Valdés, que he podido ver en primicia. Al principio aparecen unos silenciosos títulos de crédito que vale la pena que te transcriba, porque son todo el sentido. El expuesto, no el derivado:
«El padre de Fidel Castro era gallego. A principios del siglo XX emigró a Cuba y no regresó. El padre de Manuel Fraga era gallego. A principios del siglo XX emigró a Cuba y sí regresó».
«Fidel Castro gobernó la República Socialista de Cuba de 1959 a 2008. Manuel Fraga gobernó la comunidad autónoma de Galicia de 1990 a 2005».
«Fidel Castro fue a Galicia los días 27 y 28 de julio de 1992. Allí visitó la casa donde nació su padre, en el municipio de Láncara. Manuel Fraga fue a Cuba en septiembre de 1991. Allí visitó la casa donde vivió con sus padres cuando tenía tres años, en el municipio de Manatí».
«En Cuba, Fidel Castro recibió a Manuel Fraga con honores de jefe de Estado. En Galicia, un año después, Manuel Fraga quiso corresponder a Fidel Castro y le preparó una agenda cargada de paseos, homenajes y celebraciones».
«Esas 48 horas de cortesía son el motivo de esta película».
Respecto a esta última frase hay que decir mucho más. Del mismo modo que la mente no es un producto del cerebro, sino que es el cerebro, esas 48 horas no son el motivo de la película, sino la propia película. El autor reunió primero todos los testimonios gráficos que quedaban de esos días. Bastantes y muchos de ellos puramente indescriptibles. Luego, armado con ellos y una poderosa inteligencia, volvió al lugar de los crímenes. Y fue narrando el viaje con una voz aniñada, estupefacta, que es el ojo sinestésico del espectador. Tengo el privilegio de decirte que la película es un producto superior. Parece que la haya hecho un checo. El hijo checo de Fraga Iribarne, eso es. Hay una gran cantidad de escenas asombrosas. Y lo que tienen es que fueron rodadas sin asombro: la gran virtud es que el chico Valdés mira igual, con la misma tranquila degeneración, que el nodo de la televisión de Galicia. Así pueden salirle momentos como el de ese anciano cantor, aún vivazmente revolucionario, que dice que se volvió de la Cuba socialista porque para trabajar con pico y pala ya lo hacía aquí.
Pero si traigo aquí este trabajo soberbio es por un fragmento del discurso que Castro pronunció en Oleiros, un municipio «próspero, residencial y revolucionario», con su avenida Che Guevara y su Banco Santander, la zona «rojo pasión» del joven Valdés. Estaba viendo cómo enfilaba el comandante los últimos minutos de la tenida cuando hablando de la mezcla cubana de indios, españoles y africanos dijo: «Es lo que nos dio Dios para los creyentes. Es lo que nos dio Santiago hace 2.000 años. Es lo que queremos seguir siendo y parte del alma de ustedes. Eso, y parte del alma de España. Y parte del alma de Galicia. Debemos seguir siendo parte de ustedes y queremos seguir siendo acreedores al cariño de ustedes, queremos seguir siendo acreedores al privilegio y a la solidaridad de ustedes. Por eso decimos ¡patria o muerte, venceremos!». Y en la película se oye caer enseguida un líquido de gaitas.
Vi esa escena antes del viaje papal a Cuba, antes de que se pregonara la supuesta conversión. Escuchar a Castro hablando de Dios, del apóstol Santiago y del alma era tan sólo la parte del aura del viejo corrido, patria o muerte venceremos.
Es un tópico imperial hablar de las historias que exhiben «violentos contrastes». Ésta de Fraga y Fidel es todo lo contrario: una violenta identificación. Una muy posmoderna (sin ofender) disolución de los límites. El joven Valdés que, advirtámoslo, nunca se recrea en la suerte, cuenta en un momento que a los actos de homenaje a Fidel asistió algún militante del terrorismo gallego que años antes, y por el claro impulso de su fe marxista, había participado en la voladura de la casa de verano de Fraga, en Perbes. Desencriptado: aquel al que quiso matar le traía ahora al comandante. No sólo eso, meiga: el comandante no se cansaba de alabar a su anfitrión, de darle las gracias, de beber queimada y de jugar al dominó. Una juventud volada para eso.
F y F creían en Dios. Ahí va mi apuesta. No hay un dictador ateo.
Sigue con salud
A.
LA POLÉMICA NACIONAL07/04/2012 VÍCTOR DE LA SERNAEntre la prima de riesgo y la intervención
>UNOS PRESUPUESTOS MAL RECIBIDOS POR LOS MERCADOS
El colapso de la Bolsa española y el estallido de los intereses que nuestro país tiene que pagar para allegar fondos en los mercados internacionales, con una prima de riesgo por encima de los 400 puntos, ilustran bien la desconfianza en España y hasta qué punto los esperados presupuestos de Rajoy no han convencido.
La prensa española reflejaba en sus comentarios el nerviosismo general y la inquietud por el desarrollo de los acontecimientos. El reparto de culpas resultaba desigual.
Así, un editorial de El País se mostraba duro con las exigencias de la Comisión Europea: «Es posible articular reformas que favorezcan el crecimiento económico. Por ejemplo, una reforma en profundidad de la Administración pública reduciría el gasto, no perjudicaría los ingresos públicos y no dañaría el consumo. Pero una reforma así no puede hacerse en semanas ni en meses. Choca con la exigencia de una reducción perentoria del déficit. [...] Nadie en su sano juicio cree que las reformas son la única vía de crecimiento, sobre todo cuando lo que se entiende por reformas es un hundimiento de las rentas». Pero su columnista Josep Ramoneda iba más lejos y fulminaba directamente a Mariano Rajoy ysus presupuestos, «ni un recorte en personal y en gasto corriente, es decir, en la estructura del Estado».
Más tremebundo aún se mostraba Carlos Elordi en El Periódico, fustigando, bajo un expresivo titular (Empieza a confirmarse que la derecha española carecía de un proyecto claro para gobernar) la «autosuficiencia» y el «envanecimiento» del presidente, para concluir: «La pregunta que ahora cabe hacerse es si Mariano Rajoy reúne los requisitos políticos necesarios para gestionar el país».
En la derecha, la melodía sonaba distinta. Vean el editorial de ayer en ABC, resaltando que «una reacción inicial hasta cierto punto alérgica por parte de los mercados de deuda podía ser previsible, aunque debe ser contenida cuanto antes o de lo contrario puede poner a España y a toda la zona euro en una situación gravísima», y criticando a la izquierda por su partidismo destructivo. Y La Razón: «Dada la herencia dejada por el PSOE, de sus compromisos incumplidos con la Unión Europea y su pésima gestión de la crisis, no extraña que al Gobierno del PP se le exija fuera de España un plus de credibilidad, de que somos capaces de cumplir lo que anunciamos».
Manuel Martín Ferrand, por su parte, repartía en ABC culpas a diestra y siniestra: «La desconfianza que España suscita en los mercados viene dada, más que por la realidad contable, por la belicosa sensación que producen unos agentes sociales tan anacrónicos como egocéntricos y una oposición parlamentaria, encabezada por Alfredo Pérez Rubalcaba y lo que queda del PSOE, lo suficientemente irresponsable para organizar, en un solo día, medio centenar de ruedas de prensa explicativas de lo mal que lo hace el Gobierno. Un Gobierno incapaz de explicar a los ciudadanos la gravedad de la situación y su proyecto de actuación».
Con algún curioso americanismo («si el PSOE ha de transar con IU, no gana nadie»), José Antonio Zarzalejos se quejaba en La Vanguardia de «las sensaciones»: «Y una sobre todas: ¿qué hizo el PP durante su larga estancia en la oposición?, ¿hasta dónde alcanzó su previsión?, ¿cómo sus dirigentes fueron tan imprudentes de no medir sus palabras y acciones teniendo a la vuelta de la esquina una cita con el poder?».
A DIESTRA Y SINIESTRA07/04/2012 DAVID TORRESLa cursilería
EL OTRO DÍA fui de copas con unos amigos pero reculé ante un establecimiento adornado con un pomposo cartel que rezaba Enotaberna. Lo de vinoteca ya resulta bastante cretino pero eso de añadir un prefijo es todavía peor, como si al dueño el español se le quedara corto y tuviera que echar mano del griego. Tal vez lo de taberna le sonaba pobre y rancio, a lugar de perdición, a preludio del burdel, a antro decimonónico donde los borrachos fueran a beberse hasta el Mistol. El prefijo innecesario distingue entre unas copas y las otras, entre unos borrachos y los suyos, una coartada de elegancia con la que su abrevadero advierte que allí sólo se puede vomitar con denominación de origen.
Es muy triste que uno coja el idioma español, tan preciso y efectivo, y lo achate a base de ensamblarle memeces, sólo porque la palabra en cuestión le parezca poco elegante, ofensiva o pasada de moda. Esto de la cursilería no es una novedad, no la hemos importado con la tontería del gin tonic de fresa ni con esa majadería de llamar alta cocina al arte de darle título nobiliario a una tortilla. No, la cosa viene de lejos, al menos desde que Cela contaba que había visto a una señora estupenda en el autobús quejarse ante un señor que le había palpado el culo: «Oiga, no me acaricie usted el pompis». Cela sacó al académico andante que llevaba dentro: «Señora, si lo llama usted así, corre el riesgo de que no se lo toquen más».
Late en el español de a pie una desconfianza semántica instintiva, una especie de recelo pueblerino ante las palabras simples y viejas que no por nada suelen ser las más bellas y certeras. Es entonces cuando nos llenamos la boca de sufijos o pedimos prestado del inglés, que suena como más fino, para definir una reunión de negocios o proporcionarle una excusa psicológica al abusón de colegio de toda la vida. Es la mala costumbre de huir de las palabras de cuatro letras lo que ha llevado a tantos novelistas tiquismiquis a describir un acto sexual con el vocabulario y la sintaxis de un prospecto de farmacia, transformando un placentero coito en una ardua operación quirúrgica.
Hay que huir de la cursilería como de la peste porque si no te puede pasar eso que contaba el poeta Luis Felipe Comendador de uno que fue a por pan y volvió con colines. O como aquella señora que dijo en un concurso televisivo que ella era «técnica en manipulación de alimentos harinosos», y cuando Joaquín Prats le preguntó a qué demonios se dedicaba, confesó avergonzada: «Soy churrera».
AJUSTE DE CUENTAS07/04/2012 JOHN MÜLLERHotel Majestic
Al concluir la I Guerra Mundial, un montón de personajes extraordinarios merodeaban por el Majestic de París. Azorín había enviado desde allí sus crónicas sobre la Gran Guerra. Y a comienzos de 1919, T. E. Lawrence, alias Lawrence de Arabia, estaba frecuentemente en el lobby, al igual que Jean Cocteau y Marcel Proust. El 10 de enero se alojó en el hotel John Maynard Keynes, funcionario del Tesoro británico, que integraba la delegación que acudía a negociar el Tratado de Versalles. Y en la cocina del Majestic, uno de los encargados de fregar los platos era un joven llamado Ho Chi Minh, que 40 años después fundaría el Vietcong.
El Majestic fue el cuartel general británico y Keynes «uno de los hombres más influyentes tras bambalinas». Más conocido por su fe en el papel del Estado como motor de arranque de las economías en depresión, Keynes se opuso a las reparaciones económicas que se impusieron a Alemania y Austria en Versalles. Intuía que tan severas exigencias condenaban a una crisis económica a ambos países y, a la larga, a una nueva conflagración europea. Nadie le hizo caso.
Este episodio es una de las muchas historias de economistas que reseña Sylvia Nasar en su libro Gran Pursuit, the story of economic genius (La gran búsqueda: historia del genio económico, editado por Fourth Estate en Londres y aún no traducido). Nasar es la autora de Una mente maravillosa, la biografía de John Forbes Nash, donde ya demostró maestría en este tipo de trabajos.
El hilo conductor de la obra es la reivindicación de que la «ciencia lúgubre», como el historiador Carlyle definió a la economía, en realidad ha sido una disciplina que con avances y retrocesos, aciertos y equivocaciones, ha sido capaz de llevar el desarrollo humano a unos niveles inimaginables. Nasar arranca en la Inglaterra del siglo XVIII donde el maltusianismo y la religión hicieron decir a Burke que «nueve de cada diez miembros de la raza humana será esclavo de su trabajo toda la vida». Y de un trabajo en condiciones infrahumanas. Nada indicaba que el futuro sería diferente. En este hilo argumental se van insertando las vidas y aportaciones teóricas de Marx, Marshall, Beatrice Webb, Irving Fisher, Schumpeter, Keynes, Von Hayek, Friedman, Robinson, Samuelson o AmartyaSen.
Nasar escribe elegantemente y maneja con acierto las anécdotas. Schumpeter, el ideólogo de la destrucción creativa, por ejemplo, era un tipo difícil cuyo paso por la política austriaca puso de manifiesto que era capaz de apoyar ideas totalmente opuestas a las suyas. O descubrimos que Fisher, el responsable del interés por los asuntos monetarios que ha marcado a los economistas de EEUU, se arruinó en el crack de 1929 casi en paralelo con Keynes.
Gran Pursuit ocupó los primeros lugares en la lista de más vendidos en el Reino Unido este invierno. Ha tenido algunas críticas severas en EEUU, donde muchos esperaban que esta obra iba a sustituir el libro de Robert Heilbronner, The Wordly Philosophers, que desde la década de 1950 es el manual básico para que los estudiantes conozcan la vida y obra de los grandes economistas. Se le ha reprochado a Nasar que no ofrezca una reinterpretación novedosa del pensamiento y la obra de sus biografiados. Sin embargo, como libro de divulgación económica, la obra cumple con creces su objetivo.
john.muller@elmundo.es
PASADO MAÑANA07/04/2012Sábado Santo
España en este fin de semana se mueve a paso de nazareno. No hay prima de riesgo, ni medidas de ajuste, ni la presión de los mercados, ni la desconfianza de Europa, ni un gobierno que gobierna, ni una oposición desleal por olvidadiza. Los pasos de cristos y vírgenes recorren las calles de pueblos y ciudades recordándonos la historia más grande jamás contada. La de un hombre al que se le esperaba desde el principio de la creación como el Mesías, que fue crucificado y que resucitó de entre los muertos. Le llamaban Jesús, decía que era el hijo de Dios, y su historia sigue vigente y la recordamos.
Las procesiones consiguen parar el tiempo y que los sentimientos afloren de muchas maneras. La emoción de una saeta, el recogimiento ante el Señor crucificado, la desolación por ese paso que se queda en la iglesia porque la lluvia no cesa. El respeto ante unas creencias que sobrepasan las leyes de los hombres para mandar sólo en nuestros corazones. La solemnidad de la liturgia acompasada por el sonido de trompetas y tambores que cualquiera de nosotros identifica desde los primeros compases. Y sobre todo, el sentimiento único de la fe. De quien cree que ese hombre cambió el rumbo de nuestra vida porque realmente era el hijo de Dios.
Seguro que ustedes han visto imágenes en los medios, han vivido alguna procesión, han sentido algo en su interior en estos días en torno a los pasajes de la historia que recordamos. Me contaba un amigo desde Málaga la emoción que le transmitían los legionarios portando a su cristo y cantando su himno hasta el punto de que no había podido contener las lágrimas. La Semana Santa es la más pura representación de nuestras tradiciones. En las calles, habitualmente llenas de ruido, de prisas, de sobresaltos, se celebra la ceremonia de la calma, de la paz, del perdón. Se llenan de sentido para volver a los orígenes del hombre en una historia que conmueve a creyentes y no creyentes.
El lunes volveremos a la batalla. Las procesiones el domingo serán de coches volviendo a sus hogares tras unas vacaciones con las que no puede la crisis, por grave que sea. La Bolsa nos dará otro sobresalto. Y Rajoy en Moncloa vivirá su calvario. Y esto ya no es cuestión de fe sino de números.
DE CUERPO PRESENTE07/04/2012 RUBÉN AMÓNEl voto del miedo
TAL COMO sucede con Obama en las elecciones estadounidenses, Nicolas Sarkozy aprovecha el aparato del Estado para armar la campaña de la reelección. Empezando por las redadas electorales, cuya proliferación demuestra -o pretende hacerlo- la estrategia preventiva a la amenaza del terrorismo salafista, relativiza -o pretende hacerlo- el descuido del caso Merah y sobreentiende -o pretende hacerlo- un estado de excepción que requiere a su vez la providencia de un liderazgo incontestable.
Es la razón por la que Sarkozy sostiene al límite del cinismo que Francia ha sido víctima de su propio 11-S. Una expresión hiperbólica que frivoliza la gravedad del atentado a las Torres Gemelas -y el de Madrid, y el de Londres- y que ubica el desenlace de las elecciones presidenciales en una psicosis tan beneficiosa para el defensor del título como perjudicial al vacuo aspirante socialista.
La prueba está en que el marido de Carla Bruni le ha dado la vuelta a las encuestas. No lo suficiente, todavía, como para anotarse la victoria en la segunda tanda, pero sí lo necesario para ahuecar el discurso xenófobo de Le Pen y retratar a François Hollande en su preocupante fragilidad.
De hecho, el candidato socialista tanto se ha obsesionado en rodear de espejos a Nicolas Sarkozy que ha descuidado el flanco izquierdo y ha permitido a un viejo elefante ex trotskista y poscomunista colocarse con un 15% de adhesión en la tercera plaza del hipotético podio.
Hablamos de Jean-Luc Mélenchon y del oportunismo con que el líder extemporáneo de la gauche nostalgique se ha despachado con el capital y se ha manejado en el caladero de los indignados. Que son muchos en Francia, pero bastantes menos de cuantos podrían abstenerse de acudir a las urnas.
Mencionan los sondeos, en efecto, hasta un 30% de evasión electoral, de forma que François Hollande, anestesiado en el desprestigio de su rival, tiene la obligación de movilizar a los compatriotas pasivos porque el voto de Sarkozy se antoja mucho más definido y militante. Especialmente ahora, que el presidente ha puesto en juego la coartada de la amenaza islámica y ha desplegado los geos delante del televisor para inculcar un ejercicio intimidatorio de responsabilidad entre sus súbditos.
Ya los había asustado con la crisis, con el fantasma de la inmigración y con el mantra de los valores republicanos, pero la anomalía terrorista y la sobreactuación preventiva igual le permite restringir las libertades -ha sucedido con el uso internet- que colocar al Estado al servicio de su victoria.
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