FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, D Gistau, V Prego, S González, C Rigalt, M Jabois, LA de Villena, R del Pozo

Justicia a la catalana
QUE la mancha de la mora con otra verde se quita es deducción popular nacida
tras siglos de observancia del violáceo verdugón, tan difícil de erradicar de la
ropita blanca. Tal vez por eso, la mejor manera de evitar que, tras el resbalón
de Mas, la opinión pública escape al Somatén de Godó y al Tercio Audiovisual de
Montserrat, se vuelva contra la Cofradía del Trinque Patriótico y pida justicia
es hacerla… a la catalana. O sea, a otros. Alguien debería explicar por qué se produjo ayer, precisamente ayer, la imputación del alcalde de Sabadell y de Daniel Fernández, vicecasitodo del PSC y jefe de campaña de Pere Navarro, por corrupción. No tengo duda -ni certeza- sobre las razones para actuar contra los presuntos politicacos, continuadores de la brillante tradición de Filesa y Pretoria, pero es difícil escapar a la sospecha de que esta actuación judicial ha tenido muy, muy en cuenta el calendario electoral. Y resulta inevitable comparar este interés en evitarle al PSC la estigmatización (Bacigalupo dixit) con la celeridad del Fiscal Superior de Cataluña para estigmatizar, descalificar e injuriar abiertamente a EL MUNDO por sus informes -policiales y judicializados, aunque duerman el sueño de los justos subvencionados- sobre la corrupción de Convergencia, las cuentas suizas de los Pujol y la herencia de los Mas.
Me gustaría que Torres Dulce explicara por qué no ha destituido al Fiscal Superior de Cataluña, pese a rechazar públicamente su proclama al estilo castrista, a la vez denuncia, juicio, condena y desmentido injurioso y calumnioso a nuestro periódico. Y por qué ese fiscal, tan elogiado por el presidente de la Generalidad, tiene una sensibilidad con el calendario político tan distinta de la exhibida con el PSC. Por curiosidad.
Según la encuesta de ayer en EL MUNDO, en ese «pequeño país de allá arriba» (Guardiola pixit) hay una mayoría a la que no le gusta que los políticos roben y se lo lleven a Suiza. Admitamos que jueces y fiscales dispuestos a hacer carrera en la Cataluña del tripartito separatista -CDC, UDC, ERC- pertenezcan a la nutrida minoría que rechaza la publicación de los datos de la corrupción nacionalista. Pero la justicia catalana, a cuyo lado la música militar suena a Mozart, debería poner en hora el reloj. Qué desconcierto.
>Vea el videoblog de C. CuestaLa escopeta nacional. Hoy: La diabólica gestión económica de Cataluña
Santa Elena
OCURRIÓ en Sevilla, durante el último congreso del PP, cuando Rajoy aún
lucía, flamante, la aureola triunfal. Hacía rato que había despachado el folio
del día, en el que motejaba a Aznar de personaje traspapelado, batido por el
nuevo PP hasta en la marca histórica de la mayoría absoluta, y andaba de
tabernas por Santa Cruz con algunos de los sospechosos habituales de las
coberturas. Entonces, el móvil sonó. Y fui invitado a tomar café con los
comensales de un restaurante entre los que acababa de circular la primera
edición del periódico del día siguiente.
Al intentar saludar a Aznar, le tiré al suelo la chaqueta que estaba apoyada en el respaldo de la silla: «Joé, me llamas traspapelado, me tiras la chaqueta...», y la frase sonó como si estuviera abocada al «No queda sino batirse» de Alatriste. Sin embargo, la conversación posterior fue grata. Aznar es uno de esos tipos que arrancan las frases hablando muy bajo porque cuentan con que toda la mesa callará en cuanto hable. Hizo algunos augurios que se han cumplido. Con todo, la sensación fue triste. Viniendo de la apoteosis marianista, Aznar parecía estar en Santa Elena, acompañado apenas por un cortejo de leales, jóvenes del purismo casi todos, del PP Auténtico, que habían aceptado compartir el exilio de otro, como los que viajaron con Napoleón. En verdad callaban en cuanto se percataban de que Aznar iba a hablar.
He recordado esa soledad sevillana al contemplar el tumultuoso comeback de Aznar, consagrado en la presentación de sus memorias. Dos indicios hay de su vigencia. El odio de sus enemigos, que permanece igual de virulento. Y la atracción de sus acólitos, que siguen buscando en él un influjo moral, más hondo que la circunstancia electoral, que Rajoy es incapaz de ejercer. Aznar le robó el discurso en aquella entrega de premio a Vargas Llosa, cuando pronunció las primeras palabras que percutían con la aventura de Mas y que todo el partido asumió como si llevara tiempo necesitando escucharlas. Rajoy aún es dueño del poder. Pero, unos meses después de Sevilla, es Moncloa la que parece Santa Elena, mientras Aznar irrumpe de nuevo con ese sentido patrimonial con el que asocia la nación a su legado. Eso sí: ¿No era más fácil decirle al Rey por teléfono el puñetero nombre en vez de obligarlo a buscar un cuaderno en el fondo del mar?
Al intentar saludar a Aznar, le tiré al suelo la chaqueta que estaba apoyada en el respaldo de la silla: «Joé, me llamas traspapelado, me tiras la chaqueta...», y la frase sonó como si estuviera abocada al «No queda sino batirse» de Alatriste. Sin embargo, la conversación posterior fue grata. Aznar es uno de esos tipos que arrancan las frases hablando muy bajo porque cuentan con que toda la mesa callará en cuanto hable. Hizo algunos augurios que se han cumplido. Con todo, la sensación fue triste. Viniendo de la apoteosis marianista, Aznar parecía estar en Santa Elena, acompañado apenas por un cortejo de leales, jóvenes del purismo casi todos, del PP Auténtico, que habían aceptado compartir el exilio de otro, como los que viajaron con Napoleón. En verdad callaban en cuanto se percataban de que Aznar iba a hablar.
He recordado esa soledad sevillana al contemplar el tumultuoso comeback de Aznar, consagrado en la presentación de sus memorias. Dos indicios hay de su vigencia. El odio de sus enemigos, que permanece igual de virulento. Y la atracción de sus acólitos, que siguen buscando en él un influjo moral, más hondo que la circunstancia electoral, que Rajoy es incapaz de ejercer. Aznar le robó el discurso en aquella entrega de premio a Vargas Llosa, cuando pronunció las primeras palabras que percutían con la aventura de Mas y que todo el partido asumió como si llevara tiempo necesitando escucharlas. Rajoy aún es dueño del poder. Pero, unos meses después de Sevilla, es Moncloa la que parece Santa Elena, mientras Aznar irrumpe de nuevo con ese sentido patrimonial con el que asocia la nación a su legado. Eso sí: ¿No era más fácil decirle al Rey por teléfono el puñetero nombre en vez de obligarlo a buscar un cuaderno en el fondo del mar?
Qui ens roba?
Es inexplicable el caso del número dos del PSC, Daniel Fernández, que parece
haber recibido en el episodio de ayer un trato del todo irregular y que resulta
altamente sospechoso de intencionalidad política.
Porque él cuenta que ha recibido un escrito de los Mossos diciéndole que ha sido imputado por un presunto delito de tráfico de influencias. Si las cosas son realmente así, ¿qué es eso de que se impute a un diputado del Congreso, que es aforado y cuya investigación es competencia estricta del Tribunal Supremo, previa solicitud a la Cámara de un suplicatorio? A todo un diputado nacional no se le puede dar ese trato, y menos con publicidad. Hay demasiada confusión en torno a lo sucedido y habrá que esperar a tener más detalles antes de emitir un juicio más preciso.
Pero, al margen de eso, aquí tenemos un nuevo escándalo en la vida catalana a la que, como en el Cuento de la Buena Pipa, que Nunca se Acaba, vuelve una y otra vez el famoso porcentaje del 3% cuyos tentáculos parecen ser tan largos que nunca terminamos de verles del todo el final.
¡Qué tiempos aquellos en los que Jordi Pujol y sus aduladores se jactaban del oasis político que era Cataluña, a la que ponían de modelo frente al cainismo homicida que se practicaba en Madrid! Y ahora resulta que el tal oasis era una charca corrompida de la que empieza a salir, por fin, el insoportable olor que perciben ya los ciudadanos y que está obligando a policías, jueces y fiscales a empezar a drenar ese depósito de putrefacción.
Las modalidades de trinque que se van descubriendo se mueven en torno al porcentaje del que habló un día el ex presidente Maragall para luego enmudecer para siempre: el 3% o el 4%.
Ése es dinero público que ponen de su bolsillo los ciudadanos. Y lo ponen, sin saberlo, para que se lo embolsen los partidos y sus dirigentes. Las donaciones voluntarias procedentes de los empresarios interesados en ganar las adjudicaciones, lo que hacen es engordar sus facturas, que incluyen la mordida que se va a embolsar la formación correspondiente y, quizá, algunos de sus miembros más destacados.
Así es como los partidos políticos implicados en estos enjuagues vienen robando al contribuyente cientos de millones de euros. Esto es lo que los ciudadanos deben tener claro: que les están robando directamente a ellos.
Por supuesto, esto no pasa sólo en Cataluña. Pero es en Cataluña donde los responsables de CiU -una coalición implicada hasta las cejas en el latrocinio sistemático al contribuyente- y del PSC se han permitido machacar a los catalanes con el embuste venenoso de Espanya ens roba.
Un mensaje como ése, repetido a una población que está sufriendo en sus carnes el latigazo de la crisis, tiene fácil entrada en el ánimo colectivo. Si no nos robara España, piensan, no estaríamos tan mal. Y a eso ha respondido, también con dinero público, la Generalitat: Stop a l'espoli, que España deje de robarnos.
¿Quién les roba? Les roban sus partidos, les roban sus dirigentes. Stop a l'espoli, en efecto, pero los catalanes deben ir a gritárselo a sus políticos, a los del oasis.
Porque él cuenta que ha recibido un escrito de los Mossos diciéndole que ha sido imputado por un presunto delito de tráfico de influencias. Si las cosas son realmente así, ¿qué es eso de que se impute a un diputado del Congreso, que es aforado y cuya investigación es competencia estricta del Tribunal Supremo, previa solicitud a la Cámara de un suplicatorio? A todo un diputado nacional no se le puede dar ese trato, y menos con publicidad. Hay demasiada confusión en torno a lo sucedido y habrá que esperar a tener más detalles antes de emitir un juicio más preciso.
Pero, al margen de eso, aquí tenemos un nuevo escándalo en la vida catalana a la que, como en el Cuento de la Buena Pipa, que Nunca se Acaba, vuelve una y otra vez el famoso porcentaje del 3% cuyos tentáculos parecen ser tan largos que nunca terminamos de verles del todo el final.
¡Qué tiempos aquellos en los que Jordi Pujol y sus aduladores se jactaban del oasis político que era Cataluña, a la que ponían de modelo frente al cainismo homicida que se practicaba en Madrid! Y ahora resulta que el tal oasis era una charca corrompida de la que empieza a salir, por fin, el insoportable olor que perciben ya los ciudadanos y que está obligando a policías, jueces y fiscales a empezar a drenar ese depósito de putrefacción.
Las modalidades de trinque que se van descubriendo se mueven en torno al porcentaje del que habló un día el ex presidente Maragall para luego enmudecer para siempre: el 3% o el 4%.
Ése es dinero público que ponen de su bolsillo los ciudadanos. Y lo ponen, sin saberlo, para que se lo embolsen los partidos y sus dirigentes. Las donaciones voluntarias procedentes de los empresarios interesados en ganar las adjudicaciones, lo que hacen es engordar sus facturas, que incluyen la mordida que se va a embolsar la formación correspondiente y, quizá, algunos de sus miembros más destacados.
Así es como los partidos políticos implicados en estos enjuagues vienen robando al contribuyente cientos de millones de euros. Esto es lo que los ciudadanos deben tener claro: que les están robando directamente a ellos.
Por supuesto, esto no pasa sólo en Cataluña. Pero es en Cataluña donde los responsables de CiU -una coalición implicada hasta las cejas en el latrocinio sistemático al contribuyente- y del PSC se han permitido machacar a los catalanes con el embuste venenoso de Espanya ens roba.
Un mensaje como ése, repetido a una población que está sufriendo en sus carnes el latigazo de la crisis, tiene fácil entrada en el ánimo colectivo. Si no nos robara España, piensan, no estaríamos tan mal. Y a eso ha respondido, también con dinero público, la Generalitat: Stop a l'espoli, que España deje de robarnos.
¿Quién les roba? Les roban sus partidos, les roban sus dirigentes. Stop a l'espoli, en efecto, pero los catalanes deben ir a gritárselo a sus políticos, a los del oasis.
Españoles todos
Convocar un plebiscito es como echar un órdago. Se gana o se pierde, pero lo
que no se puede hacer es poner cara de Mas y repartir cartas para la siguiente
mano. Si pierdes, te levantas y pagas las consumiciones como un señor. Si es un
plebiscito, lo mismo y te vas a casa.
El verbo dimitir es altamente irregular y de difícil conjugación en español. Se recuerda el caso de Joaquín Almunia, tras el recuento de las generales de 2000, cuando su adversario Aznar se alzó con la absoluta. Uno aquella noche se sintió francés, pero la ilusión duró poco. Empezó a generalizarse la expresión asumo toda la responsabilidad, que traducido al cristiano quiere decir: yo sigo. El último español ha sido Rubalcaba, que calificaba acertadamente de «fracaso» la pérdida de 12 escaños por CiU (el 19,35% de sus efectivos), mientras la pérdida de ocho en el PSC (el 28,57% de los suyos) le parecía un resultado malo, pero digno.
Artur Mas, aurea mediocritas, es un precipitado de las más hondas esencias de la política española, el macizo de la raza, que diría Juliana, y tiene la misma aversión a dimitir. Se le compara en estos días con Ibarretxe, aunque Juan Josué tuvo la disculpa de la originalidad. Echó un órdago, pero lo perdió. Ganó las autonómicas, pero perdió la centralidad que siempre había tenido el PNV, igual que ahora Mas ha arruinado la de CiU.
¿Por qué habría de dimitir si no ha hecho nada mal? Una gestión desastrosa, una economía en bancarrota, recorte de gastos sociales, pero no del boato identitario. Ha mentido al prometer un imposible: un Estado catalán en la UE. Se ha gastado 35 millones que la Generalitat no tiene en adelantar unas elecciones para descalabrar a su partido, encumbrar a su competencia de izquierdas, abrir una grieta en la convivencia de los ciudadanos catalanes entre sí y con el resto de los españoles. Tampoco dimite Duran, ¡presidente de la Comisión de Exteriores del Congreso!, aunque opina que «el Estado es una cloaca».
Hace mes y medio, Mas invitó a los consumidores catalanes a pensar «qué hay y quién hay» detrás de cada compra. Es hora de que los empresarios, héroes alternativos incluso para la defensa de lo suyo, hablen en legítima defensa: «Mire, Mas, que insistir en las etiquetas va a acabar beneficiando al cava de Requena».
Cataluña es la expresión más acabada de la decadencia española. ¿Recuerdan el momento en que Maragall puso la cifra: «i aquest problema es diu tres per cent»? Tomó como patrón de la mordida el 3% -índice Sabadell-, cuando la tasa Millet de los convergentes era del 4%. Ya me temía yo que en la honorable sociedad el tres era poco, que incluso podría ser considerado dumping. Pere Navarro recordaba en campaña que la sede de CDC está embargada judicialmente a cuenta del Palau. Ayer veía cómo los Mossos notificaban la imputación a dos presuntos comisionistas de su ejecutiva: el secretario de Organización y jefe de la campaña electoral del PSC, y al alcalde de Sabadell, dos pesos pesados socialistas. Mas podría empezar a trabajarse un posible socio. Le bastaría llamar a Navarro y decirle: «A todos nos pueden salir un Macià y un Prenafeta. Son cosas de la vida, Pere».
El verbo dimitir es altamente irregular y de difícil conjugación en español. Se recuerda el caso de Joaquín Almunia, tras el recuento de las generales de 2000, cuando su adversario Aznar se alzó con la absoluta. Uno aquella noche se sintió francés, pero la ilusión duró poco. Empezó a generalizarse la expresión asumo toda la responsabilidad, que traducido al cristiano quiere decir: yo sigo. El último español ha sido Rubalcaba, que calificaba acertadamente de «fracaso» la pérdida de 12 escaños por CiU (el 19,35% de sus efectivos), mientras la pérdida de ocho en el PSC (el 28,57% de los suyos) le parecía un resultado malo, pero digno.
Artur Mas, aurea mediocritas, es un precipitado de las más hondas esencias de la política española, el macizo de la raza, que diría Juliana, y tiene la misma aversión a dimitir. Se le compara en estos días con Ibarretxe, aunque Juan Josué tuvo la disculpa de la originalidad. Echó un órdago, pero lo perdió. Ganó las autonómicas, pero perdió la centralidad que siempre había tenido el PNV, igual que ahora Mas ha arruinado la de CiU.
¿Por qué habría de dimitir si no ha hecho nada mal? Una gestión desastrosa, una economía en bancarrota, recorte de gastos sociales, pero no del boato identitario. Ha mentido al prometer un imposible: un Estado catalán en la UE. Se ha gastado 35 millones que la Generalitat no tiene en adelantar unas elecciones para descalabrar a su partido, encumbrar a su competencia de izquierdas, abrir una grieta en la convivencia de los ciudadanos catalanes entre sí y con el resto de los españoles. Tampoco dimite Duran, ¡presidente de la Comisión de Exteriores del Congreso!, aunque opina que «el Estado es una cloaca».
Hace mes y medio, Mas invitó a los consumidores catalanes a pensar «qué hay y quién hay» detrás de cada compra. Es hora de que los empresarios, héroes alternativos incluso para la defensa de lo suyo, hablen en legítima defensa: «Mire, Mas, que insistir en las etiquetas va a acabar beneficiando al cava de Requena».
Cataluña es la expresión más acabada de la decadencia española. ¿Recuerdan el momento en que Maragall puso la cifra: «i aquest problema es diu tres per cent»? Tomó como patrón de la mordida el 3% -índice Sabadell-, cuando la tasa Millet de los convergentes era del 4%. Ya me temía yo que en la honorable sociedad el tres era poco, que incluso podría ser considerado dumping. Pere Navarro recordaba en campaña que la sede de CDC está embargada judicialmente a cuenta del Palau. Ayer veía cómo los Mossos notificaban la imputación a dos presuntos comisionistas de su ejecutiva: el secretario de Organización y jefe de la campaña electoral del PSC, y al alcalde de Sabadell, dos pesos pesados socialistas. Mas podría empezar a trabajarse un posible socio. Le bastaría llamar a Navarro y decirle: «A todos nos pueden salir un Macià y un Prenafeta. Son cosas de la vida, Pere».
El síndrome del recomendado
AHORA que lo pienso, yo no me cambiaría por el Rey. Corrijo: me cambiaría
sólo en ocasiones contadísimas. Por ejemplo, cuando quiero comer arroz al carbón
y no me dan mesa en el restaurante donde me gusta comerlo. O cuando estoy en un
atasco mirando convulsivamente el reloj y presiento que voy a perder el AVE (al
Rey le espera hasta el AVE, aunque él nunca llega tarde a ningún sitio porque es
de una puntualidad enfermiza y en un apuro, la policía le abre paso). El Rey
cultiva la real gana, que por algo es suya, y si se le antoja un capricho no
tiene ni que comprarlo. Él es rico sin necesidad de dinero (que también lo
tiene).
Salvando pues esas excepciones, no me cambiaría por el Rey. Sobre todo si tuviera problemas de salud. En la enfermedad real confluyen muchas mentes privilegiadas y muchas manos mágicas, muchos científicos de nivel y muchos ojos clínicos, mucha afición y muchas ganas. Sin embargo, los médicos del Rey son en el fondo hombrecillos dotados de miedo escénico y no pueden sustraerse a la emoción de tocarle las entrañas. Pero ¿y el Rey? ¿qué siente el Rey cuando nota una mano temblorosa palpándole el cuerpo mientras una garganta blanca y profesoral le susurra «majestad, relaje el vientre»? Sinceramente, si yo fuera él no me fiaría.
Todos hemos oído hablar del síndrome del recomendado. En alguna ocasión incluso lo hemos vivido. El exceso de celo conduce con frecuencia al error o a la desproporción. Don Juan Carlos ha sufrido unas cuantas operaciones en su maltrecho esqueleto, operaciones que tal vez habrían podido quedar reducidas a la mitad si en lugar de tratarle como a un Rey lo hubieran tratado como a un vasallo. De hecho, sus médicos dijeron el otro día que al poco de operarle, ya caminaba por la habitación sin necesidad de muletas. Exageraban, seguramente. Al Rey, por ser Rey, le aplican ración doble de entusiasmo.
Si Don Juan Carlos, en vez de consultar el ránking de los mejores especialistas, se pusiera una peluca y entrara en un hospital por urgencias, las cosas irían de otro modo. No digo ninguna boutade. La Seguridad Social es lo mejor que tenemos (y por muchos años). Sólo hay que ponerse en la cola y llevar la tarjeta entre los dientes. Si el Rey no tiene tarjeta, que no se preocupe. Yo le presto la mía.
Salvando pues esas excepciones, no me cambiaría por el Rey. Sobre todo si tuviera problemas de salud. En la enfermedad real confluyen muchas mentes privilegiadas y muchas manos mágicas, muchos científicos de nivel y muchos ojos clínicos, mucha afición y muchas ganas. Sin embargo, los médicos del Rey son en el fondo hombrecillos dotados de miedo escénico y no pueden sustraerse a la emoción de tocarle las entrañas. Pero ¿y el Rey? ¿qué siente el Rey cuando nota una mano temblorosa palpándole el cuerpo mientras una garganta blanca y profesoral le susurra «majestad, relaje el vientre»? Sinceramente, si yo fuera él no me fiaría.
Todos hemos oído hablar del síndrome del recomendado. En alguna ocasión incluso lo hemos vivido. El exceso de celo conduce con frecuencia al error o a la desproporción. Don Juan Carlos ha sufrido unas cuantas operaciones en su maltrecho esqueleto, operaciones que tal vez habrían podido quedar reducidas a la mitad si en lugar de tratarle como a un Rey lo hubieran tratado como a un vasallo. De hecho, sus médicos dijeron el otro día que al poco de operarle, ya caminaba por la habitación sin necesidad de muletas. Exageraban, seguramente. Al Rey, por ser Rey, le aplican ración doble de entusiasmo.
Si Don Juan Carlos, en vez de consultar el ránking de los mejores especialistas, se pusiera una peluca y entrara en un hospital por urgencias, las cosas irían de otro modo. No digo ninguna boutade. La Seguridad Social es lo mejor que tenemos (y por muchos años). Sólo hay que ponerse en la cola y llevar la tarjeta entre los dientes. Si el Rey no tiene tarjeta, que no se preocupe. Yo le presto la mía.
El cielo como spam
CUANDO el próximo lunes el Papa abra cuenta personal en Twitter lo primero
que debe hacer es aclarar en su bio que sus opiniones son propias, desligándolas
de su empresa, y que mostrará por tanto su lado menos corporativista y más
íntimo, diciendo lo que piensa sin someterse al corsé de su profesión. Para ello
sería primordial que rechazase el nombre de usuario que utiliza fuera de las
redes sociales, Benedicto XVI, y opte por su nombre real, Joseph Ratzinger, para
que de este modo no se confunda su actividad privada con la profesional (con la
salvedad de que, dadas las peculiaridades de su oficio, es allí donde usa nick y
no fuera de oficina). Que se pusiese a trolear de mañana la cuenta del Vaticano
sería pedir demasiado, pero la fe también tiene espinas y el propio Jesús
resistió muy a su pesar las tentaciones; convendramos que ésa sería deliciosa,
aunque improbable. Sin embargo, desde la Santa Sede ya han hecho ver lo práctico
que será deslizar en tuits mensajes religiosos cuando no directamente versículos
de la Biblia. Damos por hecho que si Dios hizo el mundo en siete días, qué no
hará en 140 caracteres, del mismo modo que ser seguido por él -ser, de hecho, el
único usuario al que siga- es la manera más ostentosa que tendría el Señor de
decir que aunque vigila a todo el mundo, de ti no se despega. Esto yo ya lo
barrunté meses antes, cuando el Papa envió un tuit desde la cuenta del Vaticano
con tanta expectación mediática que casi tenemos que salir todos de internet
para dejar sitio. La novedad esta vez es que parece que el Santo Padre va a
tener perfil propio y que en él tuiteará la palabra de Dios, que daba más
prestigio cuando se esparcía. O sea que lo que nos espera es un perfil
profesional de promoción de la fe, un poco como Pedro J. con Orbyt pero con la
vida eterna.
Juan Goytisolo, poeta
Alguna vez hemos hablado de la siempre un tanto oculta poesía de los
novelistas o narradores. Por no ir a casos extranjeros como Faulkner -cuyo
primer libro fue de poesía- o Nabokov, podemos recordar a Carmen Martín Gaite o
a Juan Hortelano (de la misma generación que nuestro autor) que publicaron dos
libros de poesía cada uno, al menos. O Álvaro Pombo, que asimismo se inició como
poeta (y ha seguido siéndolo) aunque todo el mundo lo conozca como narrador… Hay
quien dice que la poesía de los narradores raramente está a la altura de su
prosa -habría mucho en que razonar- y otros achacan que se vea menos a que,
tristemente, la poesía se ve casi siempre menos que la prosa.
Es el caso que Juan Goytisolo a sus 81 años, bien cuidados, ha publicado un pequeño librito de versos, Ardores, cenizas, desmemoria (Editorial Salto de Página) que al ser sólo nueve poemas más el prólogo explicativo del autor, para poderse editar como libro, incluye la traducción de los textos al catalán, al portugués y al vasco…
Me es grato recordar, porque fue amigo, que el hermano mayor de Juan, José Agustín Goytisolo, fue uno de los poetas más conocidos de la Generación del 50, pero sé que literariamente no tienen nada que ver. Juan dice en su prólogo que estos nueve poemas (se negó en rotundo a intentar añadir alguno más) surgieron en el otoño de 2010 al hilo de paseos o lecturas, «su afloración fue imprevista». Juan recuerda, también, que desde Reivindicación del conde Don Julián, hace ya no pocos años, su prosa ha querido voluntariamente contaminarse de lirismo o sesgos poéticos. Y es verdad, lo que no debe llevar a ocultar -puesto que tampoco es el único moderno con predilección por la prosa lírica- que su resultado no es exactamente un poema. Por tanto tenemos nueve buenos poemas que tienen que ver con las partes del título: Ardores (poemas de cierto trasfondo erótico), Cenizas (el tiempo que todo extingue o separa) y Desmemoria -cinco poemas- que tienen que ver con los enigmas del mundo, el ser y la caducidad.
No sé si será mucho decir que estamos ante un buen libro de poemas -tan corto- cuyo lenguaje sobrio e intenso (con una cita de La Celestina) delata de inmediato a Juan Goytisolo. ¿Quién hubiera hecho un poema tan atinado y suyo como este? : «Al admirar tu cuerpo,/ recio el calzón de los membrudos,/ lamento el extravío/ en la ficción del tiempo./ Imposible acogerse/ al pecho hircino/ y al vigor de tus brazos./ El abismo de un siglo nos separa./ Mas tu borrosa estampa,/ al hilo de los años,/ impugna/ lo efímero mezquino/ y me concede,/ don del espejismo, / tu plenitud recobrada».
Notable poema, sin duda. Para quien dude hircino (que no esta en el DRAE) debe significar con olor a macho cabrío. Pues hirco -del latín hircus- es macho cabrío y María Moliner atestigua hircismo como olor a sobaquina. Como vemos nuestro Juan cuida también la sana heterodoxia con el lenguaje. Así sea.
Es el caso que Juan Goytisolo a sus 81 años, bien cuidados, ha publicado un pequeño librito de versos, Ardores, cenizas, desmemoria (Editorial Salto de Página) que al ser sólo nueve poemas más el prólogo explicativo del autor, para poderse editar como libro, incluye la traducción de los textos al catalán, al portugués y al vasco…
Me es grato recordar, porque fue amigo, que el hermano mayor de Juan, José Agustín Goytisolo, fue uno de los poetas más conocidos de la Generación del 50, pero sé que literariamente no tienen nada que ver. Juan dice en su prólogo que estos nueve poemas (se negó en rotundo a intentar añadir alguno más) surgieron en el otoño de 2010 al hilo de paseos o lecturas, «su afloración fue imprevista». Juan recuerda, también, que desde Reivindicación del conde Don Julián, hace ya no pocos años, su prosa ha querido voluntariamente contaminarse de lirismo o sesgos poéticos. Y es verdad, lo que no debe llevar a ocultar -puesto que tampoco es el único moderno con predilección por la prosa lírica- que su resultado no es exactamente un poema. Por tanto tenemos nueve buenos poemas que tienen que ver con las partes del título: Ardores (poemas de cierto trasfondo erótico), Cenizas (el tiempo que todo extingue o separa) y Desmemoria -cinco poemas- que tienen que ver con los enigmas del mundo, el ser y la caducidad.
No sé si será mucho decir que estamos ante un buen libro de poemas -tan corto- cuyo lenguaje sobrio e intenso (con una cita de La Celestina) delata de inmediato a Juan Goytisolo. ¿Quién hubiera hecho un poema tan atinado y suyo como este? : «Al admirar tu cuerpo,/ recio el calzón de los membrudos,/ lamento el extravío/ en la ficción del tiempo./ Imposible acogerse/ al pecho hircino/ y al vigor de tus brazos./ El abismo de un siglo nos separa./ Mas tu borrosa estampa,/ al hilo de los años,/ impugna/ lo efímero mezquino/ y me concede,/ don del espejismo, / tu plenitud recobrada».
Notable poema, sin duda. Para quien dude hircino (que no esta en el DRAE) debe significar con olor a macho cabrío. Pues hirco -del latín hircus- es macho cabrío y María Moliner atestigua hircismo como olor a sobaquina. Como vemos nuestro Juan cuida también la sana heterodoxia con el lenguaje. Así sea.
Redada de evasores
«Era Suiza el último refugio de los bribones», me dice alguien cercano a los
Eliot Ness de Cristóbal Montoro, que no se parecen a Kevin Costner ni llevan
ametralladoras pero también son agentes del Tesoro y aspiran a trincar a los
evasores en una redada en la que registren los bancos-lavanderías, donde se lava
y se tiñe el dinero para despojarlo de la roña del perico, la sangre y la puta.
La película de estos intocables comenzó cuando Hervé Falciani, empleado de HSBC,
largó. Copió datos de miles de los 130.000 evasores con cuenta en la banca
suiza, entre ellos 659 de España y Cataluña.
Lo siento por los ricos; aunque no te den dinero ni te digan dónde hay, son muy tratables y ahora temo que lo van a pasar mal algunos de ellos porque las cuentas de Suiza son un secreto a voces. Montoro dijo el otro día: «Los que tienen que comparecer son los que evaden dinero a Suiza». Sabía de lo que hablaba, también lo saben EL MUNDO y Borrell, ex presidente del Parlamento europeo; éste último, víctima de una escoba fiscal movida por el aparato, comentó en plena campaña electoral que estaba acreditado el dinero de los Mas en Suiza. El jacobino protomártir, víctima de la alianza entre los nacionalistas y los partidos de Madrid, da patadas al cielo.
Ahora Falciani, el que rompió la omertá o tal vez el héroe de Europa, después de ser detenido en el puerto de Barcelona está rejado en Valdemoro. Mientras, la lista Falciani provoca el insomnio de los que guardan sus caudales en la banca suiza. Ha llegado la hora de los contrabandistas de yate que hacían fantásticas operaciones sin rastro y peloteaban cuentas entre paraísos fiscales.
Falciani piensa: lo que los evasores llaman quebrantar el secreto bancario es un «deber cívico». Gracias a él, la Agencia Tributaria ha investigado a los multimillonarios y en las redes han caído, también, mangantes de la política.
En la Puerta del Sol, el patio de todas las protestas y motines, se exigió con manifestaciones ante la embajada helvética libertad para el emplumado. Y ahora me largan los últimos indignados: «Hay prisas y nervios en los grandes bufetes. Llaman a sus clientes y les dicen: hay que declarar antes del 30 de noviembre. Montoro no quiere prolongar el plazo».
Los inspectores de Hacienda enseñan en los bares la lista de los evasores y explican que están preparando las maletas para ir a embargar las cuentas de los patriotas defraudadores. Los bancos cómplices aconsejan a sus clientes que regularicen sus montajes fiscales, protegidos pero no ocultos. La legislación española obliga al evasor a decir si tiene o no dinero en el extranjero y cuánto ha ganado en las operaciones.
Lo siento por los ricos; aunque no te den dinero ni te digan dónde hay, son muy tratables y ahora temo que lo van a pasar mal algunos de ellos porque las cuentas de Suiza son un secreto a voces. Montoro dijo el otro día: «Los que tienen que comparecer son los que evaden dinero a Suiza». Sabía de lo que hablaba, también lo saben EL MUNDO y Borrell, ex presidente del Parlamento europeo; éste último, víctima de una escoba fiscal movida por el aparato, comentó en plena campaña electoral que estaba acreditado el dinero de los Mas en Suiza. El jacobino protomártir, víctima de la alianza entre los nacionalistas y los partidos de Madrid, da patadas al cielo.
Ahora Falciani, el que rompió la omertá o tal vez el héroe de Europa, después de ser detenido en el puerto de Barcelona está rejado en Valdemoro. Mientras, la lista Falciani provoca el insomnio de los que guardan sus caudales en la banca suiza. Ha llegado la hora de los contrabandistas de yate que hacían fantásticas operaciones sin rastro y peloteaban cuentas entre paraísos fiscales.
Falciani piensa: lo que los evasores llaman quebrantar el secreto bancario es un «deber cívico». Gracias a él, la Agencia Tributaria ha investigado a los multimillonarios y en las redes han caído, también, mangantes de la política.
En la Puerta del Sol, el patio de todas las protestas y motines, se exigió con manifestaciones ante la embajada helvética libertad para el emplumado. Y ahora me largan los últimos indignados: «Hay prisas y nervios en los grandes bufetes. Llaman a sus clientes y les dicen: hay que declarar antes del 30 de noviembre. Montoro no quiere prolongar el plazo».
Los inspectores de Hacienda enseñan en los bares la lista de los evasores y explican que están preparando las maletas para ir a embargar las cuentas de los patriotas defraudadores. Los bancos cómplices aconsejan a sus clientes que regularicen sus montajes fiscales, protegidos pero no ocultos. La legislación española obliga al evasor a decir si tiene o no dinero en el extranjero y cuánto ha ganado en las operaciones.
Etiquetas: Firmas













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