CARTA DEL DIRECTOR/ PEDRO J. RAMÍREZ: Tres miradas sobre Cyrano

Tres miradas sobre Cyrano
.
.
Fui de los que aplaudieron 15 minutos a Plácido Domingo al final de la representación del sábado pasado y, sobre todo, fui de los que se indignaron ante el hecho de que una parte significativa del público sólo le aplaudiera durante 10 o 12. Esto es muy de los españoles: no somos conscientes del valor de lo que tenemos. Cada vez que el mejor tenor del mundo salga a cantar en su Teatro Real tendría que celebrarse como un acontecimiento. Y si encima lo hace volcándose a los setenta y pico tacos en un papel como el de Cyrano que requiere de grandes prestaciones físicas y vocales, aún deberíamos estar allí aclamándole una semana después. Me conforta pensar, sin embargo, que su grandeza vertebrará para siempre, en el recuerdo de los que asistimos, una función que también se ha vuelto inolvidable por causas ajenas a su voluntad.FLORENTINO Y EL AMOR
Cuando encontré al presidente del Real Madrid en el entreacto pasé de la sorpresa a la complicidad. Ya que no podía estar en el palco del estadio de Múnich, en el que a esa misma hora se disputaba la final de la Champions, Florentino Pérez se había venido con Pitina a la ópera. Era la manera más elegante posible de sobreponerse a la desdicha de aquella tanda de penaltis en el Bernabéu en la que la suerte le dio amargamente el esquinazo. Él no iba a quedarse ante el televisor comiéndose las uñas al comprobar cómo dos equipos claramente inferiores al Madrid de este año malbarataban la disputa de la que parecía predestinada a ser su anhelado Santo Grial: la Décima.
«Me cuentan por teléfono que el partido está siendo malísimo». Y mientras me lo decía fui fijándome en sus canas, como me ha pasado también recientemente con Rajoy o Gallardón, como supongo que a ellos les habrá pasado a la vez conmigo, sorprendiéndome de que el tiempo también deje huella en quienes parece que siempre han estado ahí, como los chopos a la vereda del río. Ya entonces se me vino a la cabeza lo mismo que pensé al final de la representación cuando cualquier tributo a Plácido iba a parecerme insuficiente: ¡cuánto nos cuesta reconocer el mérito de nuestros contemporáneos!
Desde su más tierna infancia Florentino Pérez era ya un señor maduro con traje azul y corbata oscura cuyas ilusiones se trifurcaban entre la política, la empresa y el fútbol. Cuando tuvo que optar perdimos un gran alcalde de Madrid o al menos un gran ministro de casi cualquier cosa, pero ganamos un extraordinario empresario y, sobre todo, un dirigente deportivo de leyenda que se hermanará con Bernabéu. Pero, claro, estamos tan acostumbrados a hablar de los éxitos en la expansión internacional de ACS como constructora (o de sus últimos problemas financieros inherentes a la crisis que golpea por doquier) y es tan habitual ver correr ríos de tinta y raudales de palabras sobre ese difícil equilibrio que sólo él sabe guardar entre la gestión serena de un club con solera y señorío y el respaldo a un entrenador desequilibrante en todos los sentidos de la palabra, que lo último que nadie podía esperar es ver de repente a Florentino, iluminado por los focos propios del plató de un reality, como protagonista de una historia de amor truncada por el rayo.
Para alguien tan pudoroso como él ha debido ser terrible tener que abrir el sanctasanctórum de su intimidad y admitir durante horas y horas ante los políticos de todos los colores y niveles, los capitanes de empresa, los jugadores de fútbol y baloncesto, los periodistas deportivos y los cronistas parlamentarios o la propia riada de aficionados anónimos que acudieron a la capilla ardiente, que su vida ha quedado truncada, que la muerte de su esposa es un desgarro insoportable, que no será capaz de seguir viviendo en la misma casa, que sin ella no podrá aguantar la presión al frente del club, que no sabe ya qué será de su existencia porque, como bien ha escrito Eduardo Inda, el enfermo crónico era él y el diagnóstico era Pitidependencia.
Ojalá le sirva por eso de consuelo pensar que una de las últimas cosas que hicieron juntos fue contemplar sobre el escenario el desarrollo de una historia de amor que duró tanto como la suya y en la que también hubo primavera, verano y otoño pero faltó el invierno. Nunca el pulso de toda una vida ha quedado mejor resumido como en ese «instante infinito» del segundo acto en el que Roxana besa a Cyrano por persona interpuesta. Es entonces cuando él siente «el punto rosa que se pone sobre la i de la pasión», escucha «de la abeja el ruido» y descubre «un modo de saborear su alma en el borde de los labios».
El mito de Cyrano nos muestra que es posible vivir y sentir a través de lo que viven y sienten los demás. Christian es el médium que desata la empatía, o sea la magia del cine y del teatro. Yo siempre pensaré, por eso, que cuando en la escena final del jardín del convento oímos a Cyrano primero protestar -«Tengo el alma colmada de amor aún por decir»- y rendirse luego a la triste evidencia -«Nunca más mis ojos deslumbrados, ni mi mirada de alegría estremecida besarán al vuelo vuestros gestos adorados»-, estábamos asistiendo en realidad al momento en que dos personas queridas y admiradas se despedían sin saberlo, arrulladas por la melodía de Alfano y la voz de Plácido y Ainhoa en la penumbra del patio de butacas.
EL EGOÍSMO DE ROXANA
¿Expiará algún día la señora Merkel sus pecados de egoísmo con el tributo de la fidelidad como hace la bella, inteligente y manipuladora Roxana? Tanto la mirada erudita que disecciona a Rostand, como la del cinéfilo empedernido que recuerda a Mel Ferrer, o la del espectador culturizado que ha visto a Depardieu han asumido siempre, con una mezcla de morbo y congoja, la perspectiva de Cyrano. Ese Hércules que hace honor a su segundo nombre, cargando a cuestas con una nariz que, como él mismo dice, siempre le «precede un cuarto de hora». Ese pico de oro, obligado a buscar en los bien dibujados «labios» de Christian el auxiliar imprescindible de su torrencial pero exquisita labia. Sí, ya lo sabemos: su colaboración se vuelve simbiosis y cataliza la triunfal transformación de la fealdad en hermosura porque cualquier arruga, protuberancia o cavidad puede ser bella si es tocada por el dedo de la diosa.
Pero situémonos en la famosa escena del balcón y en vez de atender a las meritorias palabras de Cyrano mientras «suben y les falta el aliento», fijémonos en las caprichosas palabras de Roxana que «bajan y van expeditas». Y cuidado, porque a esta chica hay que echarle de comer aparte. De entrada nos hemos enterado de que lo que ella añora es «el tiempo de los juegos en que me obedecíais cual si fuera vuestra señora». O sea, ordeno y mando. Luego vemos cómo manipula al capitán De Guiche, dando esperanzas a su lujuria con tal de que deje en París a los mosqueteros. La estrategia de la araña. A continuación imparte a Cyrano las instrucciones dirigidas a Christian: «¡Improvisa, habla de amor, sé brillante!». Puro marketing político. Por último machaca al pobre chico cuando se queda en lo más obvio: «Me ofrecéis aguachirle en lugar de una crema». No hay piedad para los torpes. Sólo al escuchar finalmente las palabras, sopladas por Cyrano, que le hubiera gustado dirigirse a sí misma ante el espejo, descubre ese «gusto a corazón» que la humaniza. Menuda diva.
Una vez que ni las cejas de ZP ni los tacones de Sarkozy con Carla Bruni al lado sirvieron para conjurar la crisis, en la Unión Europea actual la cosa no va de un palmo más o menos de narices. La quimera del carisma se ha diluido entre la bruma y nadie espera de sus líderes otra cosa que no sean soluciones. Toda vez que tampoco frau Merkel es Benazir Bhutto, ni Hollande destaca por su larga cabellera, el Rajoy de los 80,5 kilos -quizá no tanto el de los 81,5- puede sentirse muy cómodo dentro de su propia piel. No necesita intermediario o apuntador alguno. La cuestión es qué decir una vez que estás debajo del balcón. O más bien cómo.
Rajoy se dio cuenta de que pedir eurobonos así, a palo seco, equivalía a decir «te amo» sin posibilidad alguna de llamar siquiera la atención de la cortejada. También él escucha lo de los hispabonos como quien oye llover. Pero no creo que la buena alternativa fuera tampoco insistir en llevársela al huerto «en 24 horas», aquí te pillo aquí te mato, en el catre del Banco Central Europeo.
La expectativa de la señora Merkel se resume en la petición de Roxana: «Decidme que me amáis pero con más pormenor». Algo así como: «El Gobierno de España entiende que no hay otro camino hacia el crecimiento sino el de la disciplina presupuestaria y las reformas estructurales y, puesto que lo ha emprendido con firmeza, se compromete a cumplir los requerimientos del Pacto de Estabilidad como parte de un proceso de convergencia fiscal que permita introducir en la zona euro instrumentos financieros específicos que garanticen la sostenibilidad de esas políticas ortodoxas, aliviando la presión sobre la deuda soberana». La dama del balcón no podría quejarse de que su galán español dejara de recorrer con mimo el «laberinto» de sus «sentimientos».
El problema es que cuando uno se siente famélico y cercado no está para muchas declamaciones. De ahí lo pertinente de mi pregunta. A la hora de la verdad, la frívola Roxana se presenta en el sitio de Arras con una diligencia cargada de viandas, aun a costa de arrostrar todos los peligros. A partir de ahí Cyrano sabe que siempre encontrará donde ella viva un sillón en el que recuperar fuerzas antes de volver al combate. ¿Pueden decir eso mismo Rajoy y Guindos de Merkel y Schäuble o su compromiso con España y con el euro terminan allí donde empieza el electoralismo miope de una próxima campaña basada en alardear de la hegemonía de Alemania en los mercados? Al final obras son amores y tenemos ya a los tercios de Flandes saltando la empalizada.
LA MUERTE DE 'EL GUTI'
Tienen razón los compañeros del periódico que dicen que nada le hubiera gustado tanto a José Luis Gutiérrez como leer todo lo que se ha escrito tras su muerte. No descartemos, de hecho, que si se le rinde el homenaje que merece, asome la cabeza por allí como si se tratara del funeral de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, dos chavales tan rústicos, ingeniosos e indomables como él.
Si en mi despedida lo tildé de «gran espadachín» es porque tenía a Cyrano en la cabeza. Al Cyrano que exclama casi como tarjeta de presentación: «Tengo 10 corazones, 100 brazos… ¡A mí dadme gigantes! ¡Con enanos no tengo bastante!». Al Cyrano que enseguida deja claro que ni se vende ni se alquila: «Prefiero cantar, reír, ser libre… ponerme cuando me plazca por montera el universo, por un sí o por un no batirme. ¡Y hacer un verso!».
De todos los tributos que se le han rendido, el que más le gustaría oír sería sin duda el diálogo en el que Le Bret y De Guiche presienten el final del héroe: «El abandono, la miseria, sus epístolas le granjean enemigos potentes, ataca a los falsos nobles, a los falsos piadosos, a los plagiarios, a los falsos valientes, a todo el mundo», dice su viejo protegido. «¡Ah! Ciertamente no ha medrado. ¡Y qué! Que no os dé tanta pena; ¡ha vivido en libertad, sin pactos, sin cadena!», replica su antiguo antagonista.
«La muerte», dice Wittgenstein, «no es parte de la vida», pero lo que más ensalza a quienes mueren es la reiteración de un estribillo en el recitado de sus vidas. Constatar que a la construcción de un personaje ha sucedido, día tras día, su interpretación tenaz e indoblegable. Por eso yo asociaré siempre al Guti a ese momento en que Cyrano finge leer en la oscuridad para demostrar que se sabe de memoria la carta astral que da sentido a su existencia. Fiel a sí mismo ya puede pedir que caiga el telón como caen, tornasoladas, las hojas del viejo arce a su alrededor: «Todo me lo arrebatáis, el laurel y la rosa. ¡Arrebatádmelo! Pero hay una cosa que llevo conmigo sin tacha ni censura… y es mi bravura».
pedroj.ramirez@elmundo.es
Etiquetas: Pedro J.





Links to this post:
Crear un enlace
Home