FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, PG Cuartango, S González, J Müller, R del Pozo, V Prego, A Romero, LA Villena, C Rigalt

¿Represión o deporte?
Al salón de plenos llegaban muy amortiguados, como un eco sordo e intermitente, los gritos de quienes -sin que Garzón se haya opuesto públicamente jamás a una agresión semejante- se habían reunido para insultar a los magistrados del Supremo porque han osado juzgar a su héroe.Pero dentro de la sala se respiraba sosiego, y ése era un contraste llamativo y tranquilizador. Porque lo que se estaba poniendo sobre el tapete no eran, naturalmente, cuestiones ideológicas ni emocionales. Lo que se ventilaba allí pertenecía al planeta de la legalidad y a su estricta aplicación y no al subsuelo de los ajustes de cuentas, o a cualquiera de esas simplezas que se han venido esgrimiendo para tratar de convertir al juez juzgado en un mártir de la causa del antifranquismo.
De las tres que le han llevado al banquillo, sólo la de ayer tenía posibilidades de ser explotada políticamente por la izquierda. Y lo ha sido hasta alcanzar un grado de presión sobre el Alto Tribunal que es de todo punto inaceptable e impropia de un país civilizado. Sólo queda el consuelo de saber que esa presión se queda en mera tentativa porque carece de toda capacidad para alcanzar a los miembros de la Sala Segunda, arañar siquiera sus posiciones o llegar a afectar a su fallo.
Por eso se produjeron las concentraciones y los insultos. Porque ésta es de las tres la única causa que permite embozar deliberadamente la crudeza de los hechos -es decir, el conocimiento, o no, por parte de Garzón de que estaba transgrediendo la ley- bajo la capa de las grandes palabras: verdad, justicia, reparación.
Esas palabras, de vocación tan noble, ayer no fueron más que piedras lanzadas contra el tribunal. Esas palabras sirvieron de coartada para llamar fascistas a los magistrados que juzgaban a Garzón. Y, para pasmo de algunos, ésas fueron exactamente las palabras que el propio juez repitió como razones, no legales, sino políticas e históricas, para justificar su actuación.
Es decir, que lo que unos gritaban fuera, lo repetía el acusado dentro. Y así fue como la frase pronunciada por el juez y por su abogado como un eco del eco que llegaba de la calle, perdió automáticamente su categoría de argumento para quedarse en un mero eslogan para la agitación.
El tribunal decidirá. Pero ayer se produjeron dos momentos muy llamativos, incluso escandalosos. El primero llegó cuando oímos a Garzón afirmar ahora -no antes, porque antes dejó dicho justamente lo contrario- que los asesinatos, las desapariciones y los enterramientos clandestinos durante y después de la Guerra Civil a cargo de los franquistas no tuvieron un móvil político.
¿Lo hicieron por deporte? ¿Quizá para descaste de la ya trágicamente diezmada población? Sería casualidad, entonces, que eligieran a sus víctimas únicamente entre las filas republicanas. Era una finta para eludir su desprecio de la Ley de Amnistía, pero sus palabras sonaron en la sala como una broma macabra.
El segundo instante tremendo se produjo cuando insistió en hablar, otra vez, de la «extinción de responsabilidades penales» de personas que están muertas, que nunca fueron juzgadas por esos hechos y a las que nunca se imputó por ellos responsabilidad penal alguna. A un muerto no se le puede juzgar porque no se puede defender. Y mucho menos, por lo tanto, se le puede declarar libre de una culpa por la que nunca fue condenado.
¿O sí se puede si uno se llama Baltasar Garzón?
La Biblia en pasta
A la hora en que terminaba la comparecencia del ministro del Interior, el presidente del Gobierno se sentaba a comer con su invitado, el presidente nacionalista, Iñigo Urkullu.
No es ésta una buena semana para el lehendakari.Patxi López ya había sido preterido por ese desvanecido personaje de la política española que todavía es secretario general del PSOE. El presidente Zapatero ninguneó a López negociando con la oposición a éste competencias que correspondía pactar al Gobierno central y al vasco. Había precedentes históricos. Uno mal comprende el gesto de Guzmán el Bueno al arrojar al enemigo su cuchillo para el degüello de su propio hijo. Se trataba de salvar la plaza de Tarifa, aunque pudo ahorrarse la chulería. Pero lo de José Luis entregando a Patxi al PNV a cambio de una abstención parlamentaria, no sé, como que pierde épica el asunto.
Lo malo de que empiecen a faltarte al respeto en casa con publicidad es que ya no te haces con los socios por muy campanudo que te pongas. Y no digamos con los adversarios. Rajoy toreó al lehendakari el viernes en faena de aliño, después del presidente murciano, el encargado de abrir plaza. Ayer a Urkullu lo citó a mediodía y lo invitó a comer. Patxi López no debería perder toda ilusión por esto. Con lo mal que se come en La Moncloa, podría tratarse de un gesto de consideración hacia él y un castigo sibilino a Urkullu.
Ayer sufrió otro ataque desde su propia retaguardia. Jesús Eguiguren, armado con una Biblia encuadernada en rojo, la Biblia en pasta, compareció en el Fórum Europa, donde abogó: por el derecho a decidir, por una Constitución vasca y por «cerrar el ciclo de colaboración con el PP», si el ministro del Interior no rectifica. No queremos sus 13 escaños; a Patxi le bastan nuestros 25, era el sentido exacto de su reto. Ya puesto, contó que aquella Biblia procedía de la misa ecuménica celebrada tras la toma de posesión de Clinton.
Su mujer, Rafaela Romero, le enmendó la plana resignadamente: «A este hombre se le va la olla», dijo (a nosotros nos lo va a contar), para añadir que cada día da una versión, pero que aquella Biblia había sido usada en la ceremonia de toma de posesión de Obama. No dijo usada por quién. Es de conocimiento público que Barack Obama juró sobre la misma Biblia que lo hizo Lincoln en 1861, reliquia que volvió a la Biblioteca del Congreso, de donde procedía. Tal vez el de Jesús sea el ejemplar que los clientes de los hoteles de EEUU pueden encontrar en un cajón de la mesilla, por si son muy devotos o no tienen cosa mejor que hacer.
Mucho más a tono con la narración de Eguiguren sería que la Biblia que lució ayer fuese aquella sobre la que Bill Clinton juró no haber mantenido relaciones sexuales con Monica Lewinsky, notoria becaria, amén de consumada felatriz. El hombre no mentía. Con un relativismo que aún no conocíamos en esta provincia tan alejada del imperio, lo explicó después de aparecer el vestido azul con la firma presidencial: cómo podían equivocar los conceptos los republicanos para llamar relaciones sexuales (sex) a una simple mamada (blow job). La misma palabra lo dice, hombre.
Vidas prestadas
DE TODAS las castas culturales conocidas hay una que excita poderosamente mi curiosidad: la de los cinéfilos. Vuelvo sobre ella porque hemos entrado en ese adviento cinematográfico que precede a los Oscar (y a los Goya), y la gente devora películas como si fueran salchichas.
Desde que la realidad imita al cine y no al revés, si no sabemos cómo se llamaba la mamá de Willy Wilder o cuál era la marca del guante de Gilda, estamos perdidos. Hoy hasta para descifrar una crónica de fútbol tienes que entender de cine. Yo no soy cinéfila, así que lo llevo crudo. Como ya he dejado escrito en alguna ocasión, tengo una cultura cinematográfica muy justita. Veo una media de dos películas al año, que encima suelen ser turcas o iraníes y no me sirven para meter baza en ninguna conversación. Con todo, me siento bastante orgullosa de mi marca. No hace cultura, pero sí biografía.
Las películas que decido ver quedan grabadas a fuego en mi memoria. Es un decir. Alguna se pierde en el limbo y luego me atormento intentando recordarla. Fue el caso de una película de la que, andando el tiempo, sólo me quedó su atmósfera y el apunte de una secuencia. Quiso el azar que un día me presentaran a Fernando Méndez-Leite y, sin encomendarme a nadie, le pedí que me ayudara a identificar la peli. No recordaba el título, ni el nombre del director, ni de los protas, y, lo que es peor, ni siquiera el argumento. «¿Qué es lo que recuerdas?», me preguntó él. «Que hacía viento y un hombre barría la calle», respondí. Méndez-Leite no necesitó pensarlo dos veces y ante mi asombro, soltó el título y la ficha de la película. Todavía alucino.
No voy pues al cine, pero a fuerza de escuchar a los sabios del gremio me he hecho experta en críticos de cine. Los oigo por la radio de la cocina mientras sorbo un descafeinado sujetándome la cabeza. Ellos ejercen sobre mí un poder hipnótico. Me gusta lo que dicen y, sobre todo, el entusiasmo con que lo dicen. Pero detrás de su esplendorosa palabrería no encuentro vidas interesantes.Seguramente se alimentan de ficción porque su realidad no da mucho de sí. He conocido a algunos críticos y me han parecido personas de poca pasión existencial, gente monotemática cuya pequeña historia no aguantaría un corto para L'Alfàs del Pi. Esas personas brillantes y locuaces utilizan el cine como coartada que les permite vivir las vidas ajenas en lugar de las propias. No quiero presumir, pero si yo no voy al cine es porque lo tengo en casa.
El patinazo del Nobel
La impostura intelectual de Paul Krugman ha excedido todos los límites en su artículo The Austerity Debacle publicado en The New York Times y traducido al español como El desastre de la austeridad. En él afirma que la economía británica lo está haciendo peor ahora que en la Gran Depresión por culpa de la política de austeridad de su Gobierno.A partir de ahí, Krugman critica el fracaso de la austeridad propugnada por Alemania, dice que España e Italia se dirigen a la recesión por su culpa y ataca al BCE por exigir orden en las cuentas públicas para invocar «el hada de la confianza» antes que apostar por políticas fiscales expansivas.
El gran problema es que su castillo de naipes, destinado a consolar a una izquierda que sufre con la mala conciencia de haber dejado al borde de la quiebra el Estado de Bienestar en varios países, se cae por la base: no existe tal política de austeridad, al menos en el Reino Unido. Y eso para quien cree ser la reencarnación de Keynes en el siglo XXI es una metedura de pata fáctica.
En 2011, el Reino Unido fue el tercer país del mundo con más déficit fiscal, un 8,8% del PIB. Sólo Grecia y Egipto lo superaron con un 10%. ¿Se puede decir que hay una política de ajuste fiscal cuando tienes un déficit comparable al de un país que ha vivido al borde la guerra y de otro instalado en el caos?, se pregunta el profesor Scott Sumner en su blog The Money Illusion.
Es verdad que el Gobierno de David Cameron ha reducido el déficit. En 2010 fue de un 10,1%. ¿Vamos a creer que ese pequeño ajuste es responsable de adentrarnos en una nueva recesión después de estar tres años en crisis? Keynes decía que el recurso al déficit debía proporcionar un impulso temporal para contribuir a sacar una demanda estancada de la recesión. ¿A cuántos años equivale el término temporal?
Es curioso, pero el déficit de España es muy similar al del Reino Unido. Tuvimos un 9,3% en 2010 y un 8,2% en 2011 y aquí también los amigos de Krugman se quejan de que la austeridad nos está dejando secos.
El Reino Unido tiene una ventaja adicional. No está en el euro y es dueño y señor de su política monetaria. Y esta ha sido bastante generosa desde hace mucho tiempo. Ha sido más discreta que el Quantitative Easing de la Reserva Federal, pero ha estado a la altura. Sin embargo, pese a la liquidez garantizada y a que el Banco de Inglaterra imprime libras 24 horas al día, el paro sigue en cifras récord y la economía británica no acaba de arrancar. Un lastre muy importante está resultando la última subida de los impuestos.
El Reino Unido, en suma, es la demostración empírica de que no es la austeridad la que nos está llevando a una nueva recesión: sino que es la crisis la que nos aboca a la austeridad. Y cuanto antes se aligere la obra muerta del gasto público, antes se reconfigurará el velamen de nuestras libertades económicas que son las que tirarán de la economía.
Pocas veces un intento de pasar gato por liebre a la opinión pública ha sido más evidente que éste del profesor Krugman. Ha ido por lana y salió trasquilado.
john.muller@elmundo.es
Huevos y tomates
Se alquilan balcones a 1.000 euros para ver hacer el paseíllo al yerno del Rey ante los jueces, como los franceses hubieran pagado para ver poner al Capeto el gorro frigio y obligarle a beber brindando por la salud de la nación. Estamos llegando a ese momento sublime en el que los jueces y los príncipes se sientan en el banquillo. Ha llegado la venganza de los cobardes. Ya a nadie le fascina el juicio a un bronce, ni a un ministro, ni siquiera a un chorindón de ayuntamiento; las películas de juicios que apasionan son aquellas en las que se ve en la rilera a los personajes del ¡Hola! La pena de telediario se ha convertido en la moderna caza de brujas, una tradición que tiene su origen en los autos de fe, con condenados sometidos a la vergüenza pública, azotados y escarnecidos por las calles.La justicia igual para todos, incluso con jueces y abogados estrella, prima donnas de la gran ópera de la justicia, afectados por el síndrome de Rock Hudson, ese complejo de los ropones que actúan frente a la cámara. ¡Hurra!, caiga quien caiga, cuanto más alto mejor piensan los que lloraban enternecidos en las bodas de las Infantas. Así fue siempre. Cuenta Pedro J en El primer naufragio cómo la multitud vociferante y hostil se arremolinaba en la plaza para presenciar cómo los condenados llegaban en carretas tiradas por dos caballos, sintiendo el silbido de la cuchilla, invención atribuida a Joseph Ignace Guillotin.
Esa escena de la decapitación de los reyes, como las de todos los grandes dramas de la Historia, se ensaya una y otra vez el espectro de las tricoteuses que se deleitaban presenciando las ejecuciones mientras hacían punto. Ahora, los penados de tronío aparecerán en los telediarios sin esposas o hermanas, como se dice en argot. Funciona la reventa para alquilar balcones y el juicio será un reclamo de atracción turística, como el cambio de guardia en palacio.
Iñaki declarará el 25 de febrero, protegido con especiales medidas de seguridad. El socio de Iñaki, Diego Torres, su esposa y sus cuñados, irán a juicio antes, el 11 de febrero y han remitido al juez Castro un escrito en el que expresan el temor a ser víctimas de agresiones. Temen que les arrojen huevos, tomates y «quién sabe que otra suerte de alimentos». Los jueces han contestado que los imputados tendrán que ir a pie. Ante el circo que se está montando, los abogados de los presuntos culpables acusan a la prensa de mala fe. No es eso no es eso; es que el caso Urdangarin prueba que así como la virtud es perseguida donde esté, también es hostigado el choro cuando representa los privilegios y la corrupción del Estado.
Qué razón tenía Ligurco cuando legisló que los reyes debían sentarse por parejas, en el trono, de modo que uno pudiese vigilar al otro.
Dowson, poesía y absenta
Los británicos del fin de la era victoriana los tenían por estetas, dandis, bohemios y en cualquier caso por afrancesados. Todos admiraban o eran amigos de Oscar Wilde (aunque no siempre compartieran sus gustos sexuales). Habían estudiado en Oxford y su padre, tanto o más que Swinburne, era Baudelaire. Se reunían en una taberna de Londres y allí formaron un grupo que se conoce como el Rhymers' Club. De todos esos poetas, a la larga, el más notorio fue William Butler Yeats, premio Nobel. Pero en la época, el más atractivo y extremado fue Ernest Dowson (1867-1900). Estudió en Oxford pero no terminó los estudios, dedicándose (algo bajo la protección del padre) a una auténtica vida de bohemia y decadencia, escribiendo relatos, poemas y crítica...Pero a Dowson lo marcaron ante todo sus excesos. Se enamoró de una muchachita polaca, que al fin lo abandonó. Frecuentó burdeles y alcoholes, entre ellos la famosa absenta, esa destructora princesa verde de Verlaine. Se hizo católico, porque en la Inglaterra victoriana ser católico romano -con la liturgia en latín- era una clara disidencia: optar por la «Hembra Escarlata», como llamaba Wilde a la Iglesia. Pero eso, naturalmente, nada tenía que ver con su vida desordenada y alcohólica. Algún amigo lo recogió de la calle, cierta vez, donde mendigaba para seguir emborrachándose.
Hombre libre y antiburgués, fue el único del grupo (donde también estuvo JohnGray, un antiguo novio de Oscar) que se atrevió a pasar unas semanas con Wilde, recién salido de la cárcel y execrado por Inglaterra entera, en el verano de 1897, en el pueblecito francés de Berneval-sur-Mer. Creo que sólo poemas sueltos se habían traducido, hasta ahora al español, de Ernest Dowson. Editorial Periférica acaba de sacar un librito que, aunque corto (sabe a poco), al menos presenta a Dowson a nuestros lectores, Diario de un hombre de éxito. Bajo ese título irónico se esconde un buen cuento que se desarrolla en Brujas -con Venecia, una de las ciudades míticas del simbolismo- y que habla de un amor que pudo ser y no fue, con una mujer que ahora es monja en las severas Dames Rouges (Damas Rojas). Luego se traduce un poema de título latino Non sum qualis eram bonaesub regno Cynarae (Horacio: No soy el que fui cuando gobernaba la hermosa Cynara) que se refiere a su etapa con la chiquilla polaca y que nos deja entrever el buen poeta que Dowson fue, admirado entre otros por Ezra Pound o Cyril Connolly. Que Dowson tenía mano para el troquel del verso lo demuestran dos celebérrimos títulos (uno en el poema ahora traducido) que son versos suyos: They are not long, the days of wine and roses (No duran mucho los días de vino y rosas) o I have forgot much, Cynara! gone with the wind (He olvidado, Cynara, se lo llevó el viento…). La famosa película de Blake Edwards con Jack Lemmon, Días de vino y rosas o la celebérrima y sentimental Lo que el viento se llevó (traducción española de Gone with de wind).
El padre de Dowson murió de tuberculosis, su madre se suicidó y él falleció en 1900 con 32 años consumido por la adicción al alcohol. Pero fue un grande. Se tuvo por mejor prosista y la posteridad lo ha juzgado mejor poeta. R. H. Sherard, el amigo y primer biógrafo de Wilde, traza excelentes retratos de Dowson en dos clásicos del fin de siglo: Veinticinco años en París (1905) y El verdadero Óscar Wilde (1915). Abramos la puerta…
Cuando los buenos son los malos
SIEMPRE he sentido atracción por los años 30. Y no por la estética de la época que podemos ver en las películas de Hollywood, sino porque el mundo era más sencillo. Había que optar por los buenos o los malos.
Cuando Hitler llegó al poder en 1933, estaba claro dónde estaba el mal y cuál era la obligación de los intelectuales: luchar contra un totalitarismo que amenazaba los valores de la cultura europea.
Pero el mundo es hoy radicalmente distinto y las nítidas fronteras entre las ideologías se han difuminado. La derecha ha asimilado algunos viejos principios de la izquierda como la defensa de la libertad y la izquierda ha renunciado a imponer la revolución por la fuerza.
Las ideas han cambiado ciertamente, pero lo que sigue vivo a uno y otro lado del espectro político son los mitos. Algunos de ellos son intocables.
Hemos visto cómo el PP reverenciaba hasta la exaltación a un personaje como Manuel Fraga que, desde su papel en el caso Matesa hasta su entrada en el nefasto Gobierno de Arias Navarro, jamás perdió la ocasión de equivocarse. Un político que gritaba «¡la calle es mía!» nunca podría ser modelo en un país serio.
Pero no voy a seguir con Fraga, que está muerto y no puede defenderse. Prefiero hablar de Garzón que, a falta de líderes consistentes, se ha convertido en el gran mito de la izquierda en España.
Hemos presenciado estos días cómo salían a la calle Llamazares, Cayo Lara, Fernádez Toxo y Cándido Méndez para aclamar como un ídolo del pop a un juez que pedía dinero a los empresarios que tenía imputados en la Audiencia Nacional. «Querido Emilio», le escribió al presidente del Santander.
El ejemplar Garzón siguió cobrando su sueldo como magistrado mientras percibía elevadas retribuciones por los cursos que impartía en la Universidad de Nueva York, que se ha negado a revelar sus honorarios, desobedeciendo un requerimiento judicial.
Pero además, Garzón cruzó otra línea roja que ningún juez español había osado sobrepasar: ordenar indiscriminadamente unas escuchas a los abogados del caso Gürtel so pretexto de un imaginario delito de blanqueo de capitales.
Por si no fuera suficiente, el superjuez abrió una investigación sobre los crímenes de la Guerra Civil a sabiendas de que no tenía competencias, contra el criterio del fiscal y vulnerando la Ley de Amnistía.
Y ahora dice Carme Chacón que está en el banquillo por luchar contra la corrupción. O sea, que todos los magistrados del Supremo han cometido una prevaricación en bloque. O sea, que carece de relevancia que Garzón haya violado las garantías constitucionales. O sea, que no importa que un juez investigue un asunto del que carece de competencias. O sea, que el fin justifica los medios.
Si la izquierda necesita una referencia porque sufre una irreprimible nostalgia, que busque otro mito más presentable.
La disolución de Cascos
YO CREO que lo que más ha irritado de la disolución del Parlamento asturiano para convocar nuevas elecciones es que no se disuelva Cascos. El Comando Rubalcaba y la Brigada del Aplauso consideran intolerable la supervivencia de un político que en sólo cinco meses derrotó a socialistas y populares. Y que no vacila en convocar nuevas elecciones, cuando el Gobierno del PP, tan mimosín y tontilón con CiU, se une al PSOE para echar a ese advenedizo que tiene más valor y respaldo que ellos. Para ser precisos, algún voto menos y un escaño más que el PSOE; y muchos votos y escaños más que el PP. Como si fuera una piedra en el riñón, peperos y sociatas, juntos y revueltos, se esfuerzan en expulsar a Cascos de la política. O sea, lo que se viene haciendo con UPyD. Pero, vilezas de la política, también Rosa Díez carga contra Cascos por hacer votar a los asturianos dos veces en un año, como si votar fuera incompatible con la fabada y el arroz con leche, excelsos en la región.
Veamos el gran argumento contra la piedra riñonera: Cascos «no es capaz de dialogar», dice González Pons. Pero es el PP el que se negó hasta a enmendar los presupuestos que Cascos presentó la semana pasada y el que pactó con IU y el PSOE su devolución, obligando a Cascos, si quiere conservar el poder, a gobernar con esos presupuestos del PSOE contra los que votó el PP el año pasado. Eso es coherencia, sí señor. Como dos no dialogan si uno no quiere, la voluntad dialogante del PP también quedó acreditada con el nombramiento de Gabino de Lorenzo, el gran enemigo de Cascos, como delegado del Gobierno en Asturias, pese a que Foro votó la investidura de Rajoy. El PP, pese a compartir electorado con Foro -o por eso mismo-, se niega a dialogar con Cascos pero pacta con el PSOE, demostrando por qué tantos asturianos hartos de esa coyunda tan corrupta como ruinosa votó a FAC. Los presupuestos de Cascos recortaban el gasto público, como dicen que hará Rajoy, así que el PP los tumba. Dice Cascos que le asombra que en TVE se recorten 200 millones de euros y a él le reprochen recortar 11 en la televisión pública de Asturias, verdugo de las TDT privadas. Lo que a mí me asombra es que el PP encabece un cinturón sanitario contra Cascos, y leer que si pierde las elecciones que le fuerzan a convocar, debe dejar la política. Donosa concepción de la democracia: votar perjudica la salud y el que pierde debe tomar la cicuta.
>Vea de martes a sábado el videoblog de Carlos Cuesta La escopeta nacional. Sólo en EL MUNDO en Orbyt, hoy: ¿Reformas al gusto sindical?
Etiquetas: Firmas





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