FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, R Rivero, S González, J Müller, A Lucas, R del Pozo, V Pregro, JL Gutiérrez, A Vargas LLosa, M Hidalg

Maricomplejines futboleros
SIEMPRE he sido defensor de Mourinho y no sólo como medicina contra el Barça -lo fue durante la temporada anterior y el juego sucio culé contra él ha sido peor que el de Pepe- sino como creador de una plantilla joven y de calidad capaz de medirse con el coco catalanista y, sobre todo, con la historia europea del Real Madrid, más importante que el Barça de ayer y de hoy. Pero ya hubo un paralelismo sorprendente en el eclipse de los galácticos que ganaron la Novena y el eclipse del PP de Aznar. El 11-M coincidió con la eliminación europea por el Mónaco de Morientes, cuyo decisivo gol en el Bernabéu dedicó precisamente a las víctimas de aquella atrocidad aún sin investigar. Yo no creo tanto en los paralelismos como Pedro J., pero haberlos, haylos. Y como ante el Barça Mourinho se nos arrioliza, lo normal es no sólo perder sino hacer el ridículo. El Madrid va líder y el PP ha obtenido mayoría absoluta, pero los seguidores madridistas y los votantes populares están que trinan. Subir los impuestos es como subir a Pepe al centro del campo: renunciar a la victoria cuando se tienen argumentos sobrados para conseguirla.
Este miércoles el palco del Bernabéu albergaba a medio Consejo de Ministros, con Montoro fungiendo de Mariano o, al menos, de Soraya. Era, pues, inevitable que Mourinho fuera poseído por el espíritu de Arriola, también allí presente y a quien tuve el gusto de saludar, que lo cortés no quita lo Moctezuma. El Real Madrid parecía el peor PP, el amarrategui del 93, del 2004 y del 2011. Aznar ganó al ataque el debate de ida del 93 a González pero perdió el de vuelta a la defensiva. En el 96, Aznar ganó sólo por 260.000 votos y en 2000 la mayoría absoluta llegó por la buena gestión económica y, sobre todo, por el pésimo candidato Almunia. Pero en 2004, antes del 11-M, Rajoy se negó a debatir en TV con Zapatero, un peso pluma que aún pesa como el plomo. En 2008, Rajoy tuvo un gran resultado y habría arrasado en 2011, pero por ser candidato a toda costa se cargó el estilo del club -Aznar, Aguirre, San Gil- y el PP se hizo objetor de conciencia política. Sin la debacle económica de ZP y el candidato Rubalcaba habría pasado como lo de este Madrid-Barça: renunciar al fútbol, defraudar a la grada y perder. En 2011, el PSOE se metió tantos goles en propia meta que el PP no tuvo más remedio que ganar, pero el Barça no es el PSOE. En el Bernabéu no caben maricomplejines.
>Vea de martes a sábado el videoblog de Carlos Cuesta La escopeta nacional. Sólo en EL MUNDO en Orbyt, hoy: Cárcel, ¿por qué no?
Al rescate del manual
EL PRESIDENTE uruguayo José Mujica y el líder sindical brasileño Luis Lula da Silva, dos veteranos que recibieron en sus tiempos de jóvenes luchadores de izquierda el aire contaminador de las estructuras del llamado campo socialista, quieren instalar ahora en una zona del continente americano una reproducción ampliada y con retoques de las asociaciones de escritores y artistas borradas del mapa con la primera polvareda del Muro de Berlín.
La idea de resucitar aquellas comensalías de aplaudidores apareció durante un almuerzo esta semana en un hotel de Sao Paolo, a donde viajó el uruguayo para visitar a su amigo convaleciente de una cirugía de cáncer de laringe. La integración de América Latina fue el tema central de la conversación que tuvieron los dirigentes.
Para llevar adelante un proceso de unificación que ellos consideran imprescindible para el progreso de la región, lo primero que proponen es organizar un grupo de intelectuales que le den coherencia y armonía a ese proyecto para, a juicio del antiguo guerrillero montevideano, «construir la matriz de una política de integración».
Para ellos el tiempo es una especie de animal salvaje que vive lejos y no ofrece peligros. Llegaron al poder y allí se sirve el desayuno a base de un jarabe que produce amnesia, ceguera parcial y agorafobia. No se puede, en pleno siglo XXI, echar mano de los manuales soviéticos para encarar una realidad sujeta a nuevas leyes de la vida, al desarrollo técnico y a una vocación de libertad individual que no pueden apaciguar los dogmas y los discursos políticos, vengan éstos por la derecha o por la izquierda.
Ese empeño requiere el envío inmediato de una comisión de expertos a buscar por toda América Latina a un grupo de hombres y mujeres de prestigio y renombre capaces de pasar por alto el hecho de que, aunque no esté asentado en el plan general, trabajarán para darle espacio y legitimidad a gobernantes de países donde convive en familia una canalla de dictadores, corruptos, acosadores de la prensa libre, ladrones de urnas y charlatanes totalitarios.
La aspiración de José Mujica y de Lula da Silva de fundar una institución de intelectuales latinoamericanos que les sirva de soporte teórico y propagandístico pertenece a otra época. Es un ataque naif y sincero de nostalgia. Y un alarde de buena memoria.
Los principios y el personaje
Al final, el acusado y su defensor se refugiaron en tablas y ahí buscaron hacerse fuertes. Eludieron los dos el enfrentamiento en mitad de la plaza donde, esgrimiendo los principios de la Justicia, la Constitución y los derechos fundamentales, los habían citado las acusaciones. «Contra todos esos valores atenta de plano un juez que viola la intimidad de las comunicaciones entre un recluso y su abogado», sostuvieron con machacona y eficaz contundencia los letrados de la acusación Peláez, Choclán y Rodríguez Mourullo. Y, con esa bandera por delante, se esmeraron en ir cerrando cada una de las salidas por las que suponían que podría intentar escapar a continuación el defensor de Garzón.
Y, efectivamente, Francisco Baena, un brillante letrado sevillano de verbo barroco y entonación campanuda, hizo por la tarde un claro intento de escabullirse por la escotilla. El defensor acabó ofreciendo al tribunal la posibilidad de salvar a su defendido en base a dos más que dudosas ideas-burladero detrás de las que se atrincheró. Una, que no se puede condenar por prevaricación a un juez que toma una determinación basándose en una norma cuya interpretación no es unánime en la jurisprudencia. Y otra, que la norma en la que Garzón se había basado para ordenar la intervención de esas comunicaciones es la Ley de Enjuiciamiento Criminal cuyo artículo 579 admite interpretaciones distintas.
En resumidas cuentas, eludió la discusión sobre las generales de la ley, es decir, sobre los principios básicos a los que debe atenerse todo aquel que administre justicia, y entró a argumentar que, aplicando el artículo citado, sí podía el juez intervenir las comunicaciones de los internos con sus defensores, aunque su decisión pudiera discutirse.
El siguiente paso de Baena era del todo previsible: «¿Qué culpa tiene Garzón de tener que trabajar con una norma de mala calidad?», vino a decir. Y después de repetir que ese artículo era el único por el que se debían examinar las intervenciones ordenadas por el juez, dejó caer una frase muy extraña.
Dijo Baena: «Yo cambiaría la expresión 'clamorosa prevaricación' [eso lo había dicho Choclán] por 'clamorosa equivocación' o por 'clamorosa exageración'». En ese instante, muchos de los presentes dimos un respingo. ¿Estaba, por casualidad, el abogado ofreciendo la salida del «error de interpretación» para su defendido? Ya es demasiado tarde para aclarar este punto ante el tribunal juzgador. Pero ahí quedó eso y más de uno pensó que aquella era de nuevo la trampilla que, tan sutil como sagazmente, abría el defensor de Garzón a los pies del tribunal. Por si acaso.
Pero el letrado Baena Bocanegra había hecho previamente algo más en favor -o más bien en contra- de su defendido: dibujar un sinuoso argumentario de dudas sobre la limpieza de las actuaciones de los magistrados de la Sala Segunda; una niebla de pringosa sospecha que repartió con ademán elegante pero intenciones aviesas.
No había duda de que, ante una probable condena, el letrado estaba cebando la desacreditación del tribunal ¡y lo estaba haciendo ante las mismísimas narices del propio tribunal! Cierto que el fiscal había hecho por la mañana algo parecido, pero fue más tosco y, sobre todo, más breve. Y al final, fue Garzón el que remató la faena haciendo saber a los excelentísimos señores -sin decírselo, pero diciéndoselo- que, puesto que le iban a condenar, pensaba llevarlos ante el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. También por si acaso.
Una defensa con chispa
Quiso el azar que en apenas 48 horas un juez en Valencia y otro en Madrid declaren vistas para sentencia dos causas: la que se viene siguiendo en la capital levantina contra Francisco Camps por un presunto delito de cohecho pasivo impropio, que hoy acaba, y la que durante los tres últimos días ha tenido sentado en el banquillo ante el Tribunal Supremo al magistrado Baltasar Garzón, titular del Juzgado Central de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional, por un presunto delito de prevaricación.
Eran las seis menos cuarto en sombra de la tarde cuando el presidente del tribunal, Joaquín Giménez, pronunció las palabras rituales: «Se levanta la sesión. Pueden despejar la sala», después de agradecer su comportamiento a la Fiscalía, a la acusación particular, a la defensa del procesado y al público. También fue de agradecer el comportamiento del presidente. Estuvo correcto y flexible, reconvino a Garzón en dos ocasiones, cuando éste se empeñaba en seguir su pugna con la acusación, recordándole que la última palabra no era para eso. También estuvo generoso al permitir que Garzón vistiera su toga con las puñetas, que son el símbolo de la jurisdicción que no tiene desde que fue suspendido.
Garzón estuvo disminuido, quizá por la afonía, y el protagonista fue su abogado, Baena Bocanegra, que resultó más bien boquirrubio, chispeante y efectista en la descripción de las singularidades del caso, no menos que invocando la sangre de judicatura que corre por su venas. Su padre, que era juez, le decía: «Sin respeto a la Justicia no soy nada. Sin respeto a los jueces no se puede respetar a la Justicia. Creo en la Justicia y creo en sus servidores. Creo en Baltasar Garzón».
«La acusación de prevaricación es lo que más hiere el corazón de un juez», dijo, con una expresión que se me antoja el núcleo central de su discurso, una exhibición sentimental fantástica, a la par que clásica, que en ocasiones rozaba la ordalía. El buenismo, ese concepto que nos ha alimentado durante los últimos ocho años tiene su origen, tal como apuntó Valentí Puig, en la expresión bleeding heart (corazón sangrante) que acuñó el columnista Westbrook Pegler en el Chicago Tribune hace la tira: el corazón herido de Baltasar Garzón. La herida sangró copiosamente algo después: «Cuando juzgamos a un juez estamos juzgando a la Justicia». ¿También con el juez Estevill? Algo más enigmático se puso al recurrir para la cita a la sabiduría popular en el terreno religioso: «Si empezamos el Credo por Poncio Pilatos, el crucificado ya sabemos quién es». Desde un riguroso agnosticismo, uno tiende a creer que empiece el señor Baena el Credo por donde quiera, el crucificado, al final, viene a ser el mismo.
Tuvo el defensor el gesto final de avalar los buenos sentimientos de su patrocinado hacia los jueces: «El señor Garzón confía en ustedes». Jamás ha dicho a sus hooligans que no está dispuesto a admitir su apoyo si no dejan de llamar fascista al Tribunal Supremo. Por esa confianza les ha recusado a todos, le faltó añadir: para ahorrarles este trago. Su propio defendido lo había desmentido la víspera en declaraciones a El País: «Estoy ante el pelotón de fusilamiento y he pedido que me quiten la venda de los ojos para mirar de frente», otro despelote sentimental.
El I+D de la estampita
POCO ANTES de detenerme a hurgar en la indecencia de que un banco pague a un empleado de caoba, Francisco Luzón, 56 millones de euros por retirada, andaba leyendo en los Diarios de Anaïs Nin cosas de este gramaje: «A veces hay quienes caminan por encima del mundo, por encima de la realidad, en el más puro de los éxtasis... Y el gusto por la crueldad les une de un modo indisoluble». Quizá al final la cita me ha quedado algo tremenda, pero uno aprendió hace tiempo que escribir es no aceptar lo irremediable, buscar sin equilibrio, amar sólo del tiempo el oscuro sobresalto de su rumbo. Y para eso no hay más solución que la de exagerar un poco. O por decirlo para el público más joven, a la manera de Robe Iniesta en Extremoduro: que a tu escritura le sobre el valor que le falta a tus noches. Más o menos.
No queda mucho más que la palabra contraria para arremeter contra este baraka de trileros que mantiene el vicio en el cuerpo, mientras los contribuyentes derramamos miles de millones de euros santificando sus chiringuitos, su siniestro gang, su manicura de mafia, que dice Raúl del Pozo. Dinero esquilmado a nuestra Sanidad, nuestra Educación y otros asuntos de gentes de la calle. Los bancos nos necesitan. Aunque son conscientes de que auxiliarlos es ya indecente. Esto lo saben los gobiernos. Lo sabe la UE. Incluso el Banco Central Europeo lo sabe. Puede que hasta algún futbolista esté informado. Tal es el eco del escándalo.
Asistir cada mes a asuntos como el del formidable Luzón traerá consecuencias. No porque lo escriba uno aquí, sino por esa lógica de saber que nos están vacilando, como aquellas lumis que te besaban con nembutal para saquearte mejor. Ellas eran los activos tóxicos del amor. Si Sarkozy no ha podido «refundar» el capitalismo, cuando lo que pretendía era desinventarlo, me da que somos millones de ciudadanos los que no vamos a desinventar nuestro inflamable cabreo. Ya veréis.
Estos banqueros old fashion, como de Bret Easton Ellis pasados por el Lute, han puesto en peligro el Estado y por la amenaza de derribo cobran un pastizal. (No hay dios ni hijo de dios sin desarrollo, decía César Vallejo). Entretanto, los patrones del naufragio -tenemos algo de Costa Concordia con un butrón en la panza del Monte de Piedad- van exigiendo por ahí la congelación salarial y la CEOE añade el abaratamiento del despido, porque esto lo tenemos que arreglar entre todos.
Detenida la producción y el consumo por la falta de créditos, los ejecutivos han decidido depredar sus bancos con los fondos públicos puestos a disposición. La culpa es nuestra, por quedarnos en paro. Lo de Luzón es tan sólo un acto de fe, otro I+D de la estampita... Joder, qué tropa.
Orban, ¿el Chávez europeo?
Daniel Cohn-Bendit, el líder de los Verdes en el Parlamento europeo, comparó el miércoles a Viktor Orban, el primer ministro húngaro cuya deriva autoritaria la Unión Europea intenta frenar, con Fidel Castro y Hugo Chávez. La comparación, sólo una pizca exagerada, le pone la guinda al pastel del desmadre europeo: lo único que faltaba, precisamente ahora, era que surgiera en el seno de la Unión una amenaza antidemocrática con tintes caribeños. A los extranjeros que hayan leído la declaración de Cohn-Bendit allende las fronteras europeas les habrá parecido, ahora sí, que las finanzas de Europa están desahuciadas. No hay bono que resista un zarpazo tropical.
Menos mal que Hungría está desesperada por conseguir dinero del FMI porque ha sido esto, más que el inicio del procedimiento sancionador contra Budapest anunciado por Bruselas, lo que ha llevado a Orban a ofrecer modificar la legislación antidemocrática que la Unión Europea cuestiona. La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, ha dicho que no ayudará a Hungría a menos que la Unión Europea respalde el plan de austeridad de Budapest, sutil advertencia que tiene mucho más de política que de financiera.
Lo cierto es que, a diferencia de lo que hizo la Unión Europea cuando el extremista Jörg Haider pasó a formar parte de la coalición gubernamental austriaca hace una década -es decir, un boicot diplomático en forma-, en este caso Bruselas ha actuado con pinzas. Se ha limitado a criticar tres aspectos de la nueva Constitución húngara y de la legislación secundaria -los referidos al Banco Central, a la edad de jubilación de los jueces y a la agencia oficial de protección de datos-, como si la discusión fuese técnica y no gravemente política.
La Unión tiene diversos mecanismos para actuar contra un miembro que se precipita por una pendiente autoritaria. Uno de ellos es declararlo en violación del artículo 2 del Tratado de Lisboa y aplicar sanciones que incluyen la suspensión del derecho a voto del país en cuestión en las instituciones europeas. Otra es lo que se hizo con Austria. Es cierto que hay que evitar la profecía autocumplida, que es lo que podría ocurrir si Orban se viera acorralado por los europeos. Pero hay muchos factores que juegan en favor de un posición más contundente por parte de la Unión Europea frente a Budapest, empezando por el hecho de que el líder húngaro tiene hoy a la mitad de su país en contra, alarmado por el avance de un proyecto antidemocrático.
No es la primera vez que los ex países comunistas que se incorporaron a la Unión Europea en 2004 y 2007 dan problemas. El caso más notorio fue el del polaco Jaroslaw Kaczynski (hoy, dicho sea de paso, gran defensor de Orban). Pero la diferencia está en que Kaczynski decía más barbaridades de las que hacía, mientras que Orban hace más de las que dice. Además, la muerte de su hermano gemelo produjo el declive del polaco.
El peligro para Europa no es tanto Orban como la eventualidad de que cundan los extremismos por el continente en estos tiempos de zozobra. Ya hemos visto muchos síntomas, el último de los cuales es el crecimiento de la intención del voto de Marine Le Pen, que le pisa los talones a Nicolas Sarkozy en Francia. Es importante que se perciba a Bruselas decidida a matar el huevo en la gallina extremista desde ahora.
Y Juan Roig va a tener razón
Cuánta razón tenía Juan Roig, el presidente de Mercadona, cuando advirtió en marzo de 2011 que «la crisis no ha acabado y lo peor está por llegar». Muchos encontraron exagerado, y otros vimos como deprimente pero realista, que dijera que lo único bueno de 2011 es que sería mejor que 2012. Según las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) divulgadas ayer por la agencia italiana Ansa, las cosas serán todavía peores: estaremos en recesión prácticamente los próximos dos años, nuestra riqueza caerá un 1,7% en 2012 y un 0,3% en 2013.Es decir que las cosas son peores de lo que parecían. Y aquí hay algo extraordinariamente raro. La variación del pronóstico español es la peor del mundo, ha sufrido un vuelco espectacular de 2,8 puntos porcentuales, porque el FMI vaticinó en septiembre de 2011 que España crecería un 1,1% este año y un 1,8% en 2013. Ninguna otra predicción, con excepción de la de Italia que varía 2,5 puntos porcentuales, ha sufrido un cambio tan rotundo. De pronto se nos ha cruzado una recesión que hasta septiembre los acreditados analistas del FMI no veían.
En el caso italiano todavía se puede entender porque ellos han caído bajo las horcas caudinas de la deuda soberana a contar del verano, pero España ya estaba afectada mucho antes, así que lo único que podría justificar este cambio es el incumplimiento del objetivo de déficit que obligó a Rajoy a subir los impuestos. Pero Italia no tiene un problema de déficit y en cambio España tiene ambos (déficit y deuda) y la magnitud de la variación es muy similar.
Los gobiernos y las misiones del FMI siempre negocian. De hecho suelen pactar el texto del World Economic Outlook (que es el nombre oficial de este informe que se conocerá oficialmente en unos días), donde se expresa el análisis macroeconómico del Fondo y se esbozan las líneas generales de rectificación. Sin embargo, dos ex secretarios de Estado me señalaron ayer que en su época (cuando Solbes y Rato dirigían la economía española) nunca se acordó la cifra de crecimiento del PIB y otros baremos.
Una variación de casi tres puntos en un vaticinio económico en apenas seis meses sólo puede justificarse por una catástrofe mayor o porque los expertos del FMI se dejaron seducir por la machacona insistencia con que Elena Salgado sostenía que en 2011 creceríamos un 1,3% y en 2012 un 2,3%. Habrá que esperar al informe del FMI para ver cómo se explican. Me consta que Salgado y algunos de sus colaboradores creían firmemente que este diario ponía en peligro el crédito de España al cuestionar sus optimistas previsiones. Desgraciadamente el tiempo nos va dando la razón, y también a Juan Roig. Con una caída del PIB del 1,7%, el Gobierno tendrá que cubrir un déficit público adicional de casi 15.000 millones, 4.000 millones más que el ajuste neto efectuado en diciembre.
john.muller@elmundo.es
La prensa deportiva catalana
La peor lacra del barcelonismo es su prensa deportiva. Tanto los periódicos temáticos como los generalistas: El Periódico y Sport, La Vanguardia y Mundo Deportivo. No hay peor chabacanería. Cataluña expresa su provincianismo en su prensa deportiva. Ese complejo de inferioridad del industrial de provincias que se viene arriba cuando hace un negocio en la capital. Ese forofismo paleto de quien ve el partido en el jacuzzi de un burdel con la bañera llena de señoritas y alrededor bandejas de canapés fríos.
Tal grosería contrasta con la elegancia del equipo y con el respeto que Guardiola muestra en casi cada rueda de prensa. Si el entrenador del Barcelona dijo después del partido que la eliminatoria no está ni mucho menos decidida y que del Madrid no se fía ni un pelo, el diario Sport titulaba: «Los putos amos del Bernabéu». Es lamentable que sólo hayan sido capaces de fijarse en un error puntual de Pep y en ninguno de los aciertos de su estilo. Si Pep subrayó las virtudes del rival, La Vanguardia fanfarroneaba de la «lección» que el Barça le había dado a Mourinho: un periódico que suele presumir de señorío y que siempre que tiene la ocasión de demostrarlo se comporta, en el peor sentido de le expresión, como el servicio.
Es una norma básica de cualquier protocolo no alardear cuando ganas. El Barça de Guardiola es humilde en sus triunfos pero su prensa sigue anclada en la grotesca caspa del nuñismo; sin ninguna clase, sin ninguna altura. La prensa barcelonista sigue instalada en el resentimiento de quien está tan acostumbrado a perder que no sabe disfrutar de una victoria si no es a través de la humillación del adversario, convertido invariablemente en enemigo.
En la prensa catalana sólo hubo ayer carraca localista, rancio regionalismo sin honor ni categoría. También es verdad que al fin y al cabo es todo lo que cabe esperar de unos medios subvencionados que no existirían sin las ayudas directas e indirectas, conocidas e inconfesadas, de las distintas administraciones públicas de Cataluña.
El Barça de Guardiola es demasiado internacional para una prensa a la que no se puede sacar de casa, demasiado elegante para tanto barriobajero repentino, demasiado generoso para unos periodistas tan mezquinos. Hay un atraso intelectual en Cataluña cuyo caldo de cultivo ha sido siempre el victimismo, y la exaltación de los más bajos instintos para tratar de disimular las incompetencias más variopintas. No sólo en el fútbol.
La prensa catalana, tan aficionada a dar luego lecciones de ponderación, de objetividad y de periodismo, no sólo no está a la altura del fútbol del Barça, ni de su belleza cristalina, sino que lo escarnece y lo insulta con su insoportable zafiedad de saldo y esquina.
Un Borbón en Recoletos
Desde el 13 de enero hasta el 13 de abril, todos los viernes, el primer Borbón español, FelipeV, acompañado por Goya, el músico Barbieri y don MigueldeCervantes se van a hacer presentes en la Biblioteca Nacional del paseo de Recoletos.
Son los protagonistas de la obra de teatro, El libro infinito, original del autor José Ramón Fernández, último Premio Nacional de Literatura Dramática, que se representa dentro del sinfín de actos conmemorativos de los tres siglos que ha cumplido recientemente la gran casa de nuestra memoria. Cada viernes habrá dos funciones: una, para colegios, a las 11.00 horas; y otra, para público general, a las siete de la tarde.
Felipe V, que el 29 de diciembre de 1711 dio el visto bueno para la creación de una Real Biblioteca abierta a todos, es quien abre el aquilatado y divertido espectáculo de 55 minutos. Nos cuenta cómo aceptó la idea de su consejero y confesor, el padre Robinet, a la manera de la Bibliothèque du Roy parisiense. ¡La Real Biblioteca! Que inauguró su primera sede el 1 de marzo de 1712 en el desaparecido Pasadizo entre el Alcázar y la Encarnación, convirtiéndose en Biblioteca Nacional en 1836.
El libro infinito da cuenta, tras el preámbulo del Rey Felipe, de cómo desde entonces la biblioteca guarda grabados e ilustraciones (lo expresa con tozudez aragonesa Goya); partituras y libretos musicales (lo revisa con gracia madrileña Barbieri); y ensayos, poemas, obras dramáticas y novelas (como lo dice un Miguel de Cervantes cargado de humanidad).
Toda la memoria de España está recogida en esta Biblioteca Nacional, que en la función es interpretada por una sugerente cómica que representa muy adecuadamente a una institución que con sus 300 años se rejuvenece día a día en estos tiempos digitales.
Estar con la contemporaneidad es lo que han pretendido los sucesivos directores de la Nacional, desde Moratín, Bretón y Menéndez Pelayo hasta Luis Alberto de Cuenca, Jon Juaristi o Gloria Pérez-Salmerón, su actual rectora. Es también lo que se muestra en la magnífica exposición que, aprovechando el viaje, se puede ver hasta el 15 de abril. Un feliz trayecto teatral y expositivo.
Pepe
«¡Pepe, qué idiota!», dijo Wayne Rooney, delantero del Manchester, después de ver el partido entre el Real Madrid y el Barcelona, que pudo terminar en una terrible derrota de los blancos y que impidió, entre otros, Pinto. El portero azulgrana no tiene nada que ver con Platko, el pararrayos, el oso rubio de Hungría, tigre ardiendo en la yerba, según retrató Alberti a otro arquero azulgrana. Mourinho olía a derrota desde el principio y Pepe, el defensa, ultrajó la epopeya de los antepasados blancos.
No quisiera cargar las tintas contra ese gigantazo luso-brasileño que practica la violencia y el engaño. Seguro que es lo que le piden que haga los del consejo de administración, pero me extraña mucho la saña de un brasileño que aprendió a jugar en las infinitas playas de Maceió, se alimentó de patatas dulces y de la leyenda de Garrincha. Sería una canallada recordarle que gambeteó bajo los cocoteros, ya que se puede ser primitivo naciendo en la cafrería del asfalto y delicado pintando en las cuevas de Altamira; sospecho que algo le debe ocurrir en la cabeza, porque sus paisanos no son así. Brasil entre el estrépito de las matracas, los cohetes y los culos más bellos del universo, adoptó como himno del gobierno la marcha de la selección, proclamó a Pelé tesoro nacional intransferible e hizo del jogo bonito una idea nacional.
Me ha contado que todos los jugadores brasileños del Real Madrid han llegado directamente de la marcha nocturna al entrenamiento y suelen decir que si no meten bálano, no meten balón, por eso juegan al fútbol como si copularan. «Sólo servimos para el carnaval, el fútbol y el amor», dijo Pelé y, sin embargo, él solo fue capaz de parar la guerra entre Nigeria y Biafra.
¿De dónde ha salido ese Pepe que parece una de las mulas de Mario, uno de aquellos legionarios cargados con cestos de piedra, entrenados para pisar la carne enemiga? Tal vez entiende el fútbol como lo que es, un combate donde llaman nenaza al jugador no agresivo y valoran al macho violento, al que siembra el pánico en el césped. Gusta el jugador que no reprime sus instintos caníbales, pero Pepe es descarado, no disimula su intención de herir al contrario. Durante todo el partido hizo una exhibición de mala fe, de cólera y de doblez, parecía un cuervo persiguiendo a Messi, la alondra, el mejor ariete del mundo. Yo pienso que el Real Madrid no puede alinear a un tipo que pisa, con apetito ciego y con las botas marcadas, las manos del que está tendido, finge que le dan empujones y se porta de manera tan sucia como aquellos holandeses del Mundial. El Marca habla de enajenación mental, de cruce de cables. Un vikingo avergonzado me llama para explicar: «Los grandes no pueden jugar a la defensiva. Los grandes no pueden practicar el juego sucio».
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