FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, C Cuesta, CG Abadia, R Rivero, S González, J Müller, R del Pozo, FS Dragó, D Gistau

¡Que nos recorten ellos!
SI DE algo ha presumido siempre el PP es de tener preparado un plan para la recuperación de la economía española, empezando por el empleo. Y si algo está demostrando este Gobierno del PP es que, contra lo anunciado y contra lo que muchos creíamos, Rajoy no tiene ningún plan. Alguna idea, supongo que sí, porque no se les puede haber olvidado la doctrina liberal y la experiencia de los años de Aznar. Pero un plan coherente, a medio y largo plazo, para recuperar el pulso de nuestra economía, ni por pienso.El primer dato preocupante fue no crear una vicepresidencia económica capaz de ordenar sin titubeos las prioridades de los cambios pendientes: reforma laboral, saneamiento del sistema financiero, alivio de la presión fiscal, reducción drástica del gasto público, recuperación del mercado único nacional frente a las taifas autonómicas y reforma total de la educación. La Brigada del Aplauso, compuesta por ingenuos panglossianos y acreditados logreros, aseguraba que nadie discutiría la primacía de Luis de Guindos, que al respaldo de Rajoy sumaría la vigilancia de Cristóbal Montoro. Pero la idea de que, en la práctica, De Guindos iba a ser el vicepresidente económico se debía básicamente a la convicción de que el PP tenía un plan. Pero después de un mes, ni hay Vicepresidencia, ni hay De Guindos, ni el Gobierno tiene un plan, ni Montoro es capaz de explicarse o explicárnoslo.
Sus declaraciones de ayer en La Vanguardia dejarán atónitos a los que creían en el supuesto plan económico coherente y minucioso del PP y sólo tienen la ventaja de ridiculizar aquella sandez electoral de que «nadie iba a decidir por nosotros». Ahora resulta que la UE va a decidir el déficit que podemos permitirnos, porque la previsión del PSOE era falsa, y no se nos puede pedir que alcancemos el 4% desde el 8% y no desde el 6%, como decían Zapatero y sus salgaduelas. Pero que, vamos, lo que diga la UE lo cumpliremos… si podemos.
En una versión cutre de la célebre y mal entendida frase de Unamuno, el Gobierno se niega a recortar el déficit como prometió y traslada la responsabilidad de nuestro futuro a los países de la UE: ¡que nos recorten ellos! Nosotros exhibimos nuestro paro, nuestra deuda, nuestra imprevisión y nuestra incompetencia, pero tras mostrar llagas, amputaciones y carencias, esperamos la comprensión de Europa y confiamos en su talante rumboso: déjennos tener más déficit, por caridad. Anden, señoritos....
Diferencia entre la estrategia y el fondo
VARIAS decisiones contradictorias han desconcertado a buena parte de una población que hace tan sólo dos meses dejó constancia en las urnas de tener las ideas muy claras. Decisiones como la subida del IRPF o de la tributación del ahorro, como el aumento del IBI o la cansina prolongación de las negociaciones laborales con patronal y sindicatos, como la tardanza en la llegada de un verdadero recorte del gasto público, o como el apoyo oficial a la trasnochada tasa Tobin (a fin de cuentas, otro recargo más sobre los ahorradores). Decisiones que dudo que nadie pueda defender que estaban en el ánimo de los once millones de españoles que votaron al PP, pero que, sin embargo, se han convertido en la extraña tarjeta de presentación del mismo Gobierno al que respaldó la mayoría de la población.
Y si el desconcierto ha avanzado entre los ciudadanos españoles, no parece haberlo hecho menos en el área internacional, un espacio del que depende nuestra financiación, y en el que tanto inversores como autoridades comunitarias han asistido a un peligroso cruce de mensajes oficiales en el que se ha llegado a dudar de las posibilidades de cumplir con las exigencias de control del déficit.
¿Es este el plan económico trazado por un equipo que hace más de un año sabía con toda probabilidad que llegaría al Gobierno? ¿O es lo que ha quedado de ese plan tras someterlo a esa maldición a la que los partidos denominan «estrategia política»?
Aznar ha recordado, en medio de esta situación, un punto que nadie debería olvidar: que el verdadero compromiso de los Gobiernos es el que firman con la confianza social. Una confianza que no puede vivir entre dudas y estrategias opacas sino que necesita de ideas y rumbos claros, especialmente cuando la confianza que se pide es la de un pueblo que va a tener que pagar un despilfarro público que a estas alturas suma ya 350.000 millones en déficit acumulado. Y una confianza que, o yo estoy muy equivocado, o exige -como contrapartida al voto depositado- medidas urgentes y drásticas de recorte del gasto autonómico, sindical, y de los partidos; que reclama la eliminación de toda sociedad pública inútil; que pide el fin de las peleas regionales por el dinero de la caja, y que clama por la creación de un entorno laboral y financiero que permita la creación de empleo. Porque nadie pidió una estrategia política: pidieron salir de la crisis.
>Vea de martes a viernes el videoblog de Carlos Cuesta «La escopeta nacional» sólo en Orbyt.
El año que viviremos peligrosamente
Abróchense los cinturones. Comenzamos el año probablemente más difícil del último medio siglo para la economía española.
No me llamen exagerado. Sólo quiero que piensen que en 2012 van a confluir un fuerte ajuste fiscal con una dura recesión. Y, a diferencia de lo que ocurrió en otras crisis (la de principios de los años 80 o la de principios de los 90), ahora el Gobierno no tiene el arma de la devaluación para ganar competitividad de manera automática, aunque fuera a costa del empobrecimiento súbito del país.
Ya sabemos la cifra del ajuste: unos 40.000 millones de euros que provendrán del recorte del gasto público (el mayor de toda la historia de la economía española) y de una dolorosa subida de impuestos, de la que ya hemos tenido noticia, pero que puede tener una segunda parte aguardándonos para el verano.
El Fondo Monetario Internacional dio la semana pasada su particular ducha de agua fría a las expectativas sobre el crecimiento: este año el PIB caerá un 1,7% y el año 2013 sufrirá otro recorte del 0,3%. Eso podría suponer la destrucción, este año, de otro medio millón de empleos. O sea, que España podría rondar los seis millones de parados. No me digan que no es como para apretarse el cinturón.
Algunos ponen en duda las congeladoras previsiones de la institución presidida por la elegante y decidida Christine Lagarde.
El FMI, evidentemente, no tiene el monopolio de la verdad y ha tenido que desdecirse más de una vez de sus pronósticos. Esas críticas a la falta de fiabilidad de la que se supone debería ser la institución financiera más reputada del mundo me recuerdan una anécdota que contó Thomas Friedman en su libro The Lexus and the Olive Tree.
El columnista de The New York Times cuenta que en sus comienzos como corresponsal de la United Press International en Oriente Medio pasó varios meses en Beirut, durante 1979, en plena guerra civil. Al margen de su labor como narrador de los sucesos bélicos y políticos, tenía que hacer para la agencia la reseña del tiempo a última hora del día. Es decir, tenía que transmitir por teletipo la temperatura de la ciudad. Pero, claro, en esos momentos, en la televisión de Líbano (cuando funcionaba) no había hombre del tiempo. Así que tenía que apañárselas. ¿Cómo lo hacía? Sencillo: bajaba al piso de abajo y preguntaba al azar a compañeros de otros medios: «¿Tú que temperatura crees que hace?». «Pues entre 20 y 22 grados». Repetía la pregunta a otro par de improvisados meteorólogos y luego sacaba una media. Sorprendentemente, nadie se quejó nunca de sus estimaciones.
El propio Friedman, cuando ya trabajaba para la sección financiera de The New York Times, se sorprendía de que siempre hubiera analistas que, en el mismo día en que ocurría alguna subida o bajada por encima de lo normal en el Dow Jones, tuvieran la capacidad para responder con precisión a las causas de la inesperada sacudida bursátil. Y, maliciosamente, apunta Friedman, siempre le venía a la mente lo que él hacía con la estimación de la temperatura cuando era corresponsal en Beirut ¿Harán lo mismo algunas agencias de rating o incluso el propio FMI?
Aunque ahora sea casi políticamente incorrecto decirlo, yo les doy bastante más crédito. Los técnicos que hacen esas previsiones lo hacen basándose en datos objetivos y suelen ser expertos de muy alto nivel. Por tanto, pocas bromas.
Sin embargo, no lo olvidemos, se trata de previsiones. Es decir, de señalar lo que sucederá si todas las variables analizadas siguen una pauta. Por eso mismo, el FMI revisa sus previsiones periódicamente. En este último caso, para desgracia de España y del conjunto de los países de la zona euro, las perspectivas son de un parón económico muy brusco.
Hoy, precisamente, se hará público el Informe del Banco de España con las previsiones de su servicio de estudios para este año. El Banco de España estima que la economía española sufrirá una caída del entorno de 1,5% en 2012, muy parecida a la deprimente previsión del FMI. Según parece, la intención de este último era dar un decrecimiento aún más pronunciado, pero, tras consultar con el Gobierno, la cosa se moderó y finalmente salió ese -1,7%, que no desentona mucho con la cifra que dará hoy nuestro banco central.
Yo suelo fiarme del Banco de España, porque su servicio de estudios es el mejor que existe en este país y está entre los más prestigiosos de Europa.
Así que, en espera de que el Ejecutivo haga público su cuadro macroeconómico, lo que está previsto para finales de febrero, daré por buena la previsión del Banco de España. Aun con todo, como decía al principio, es como para poner los pelos de punta.
Algunos nostálgicos reclaman ahora políticas keynesianas para salir del atolladero. Es decir, más gasto público para insuflar un poco de alegría a este depresivo panorama.
Pero no hay caso. El ajuste hay que hacerlo. De hecho, las pocas noticias buenas que hemos tenido últimamente provienen de los efectos positivos de los recortes llevados a cabo por el Gobierno. La buena colocación de la deuda a largo plazo del pasado jueves es una prueba de ello.
Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo se puede pelear contra ese negro pronóstico que llevaría a una subida insoportable del desempleo durante este año, e incluso el próximo?
No cabe otra que tratar de ganar competitividad reduciendo costes empresariales. La mejor forma de hacerlo es emprender una reforma laboral que permita moderar salarios, elimine rigideces internas y acabe con la obligatoriedad de sujetarse a los convenios de sector. Eso y un nuevo contrato de trabajo que haga más fácil y menos gravoso para las empresas la creación de empleo fijo.
El contrato para jóvenes que propuso Luis de Guindos en The Wall Street Journal es una fórmula adecuada. Pero no olvidemos que lo que influiría más rápidamente en la ganancia de competitividad es la ruptura del esquema actual de negociación colectiva. No sólo los sindicatos, sino también algunos grandes empresarios, prefieren el modelo actual porque, en el primer caso, garantiza su poder y, en el segundo, evita que pueda surgir una mayor competencia en precios.
Este año es crucial. El Gobierno tiene la gran oportunidad de hacer de la necesidad virtud. Si no, será un desastre.
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Profundo y alto
El debate para el congreso que los socialistas van a celebrar en febrero gana en profundidad y altura. Dirán ustedes que esto es un contrasentido, pero me acojo a la anécdota que contaba el gran Cándido en sus Memorias prohibidas sobre el desparpajo de Carlos Carpintier, redactor de sucesos de ABC, a quien Cándido corregía los originales: «Había escrito una noche que un señor se había matado al caerse en una zanja de cinco metros de altura». Le dije cariñosamente: «Coño, Carlitos, será de profundidad». Levantó sus ojos y respondió sin quitarse el puro de la boca: «De altura, de altura; yo hablo desde el punto de vista del muerto».
Es lo que viene a pasar a los dos candidatos: que los dos hablan desde el punto de vista del muerto. O sea, del partido. O del secretario general a quien tratan de sustituir. Ambos se esfuerzan en reclamar la herencia que niegan. De ahí que ambos se hayan puesto a rivalizar en profundidad y altura. «River deep, mountain high», cantaban Ike y Tina Turner, cuando él estaba vivo todavía, hace casi medio siglo.
No estamos ante una guerra fulanista, sino embarcados en una batalla de las ideas. En la era de Twitter todo es posible siempre que se formule en 140 caracteres. Rubalcaba hizo un gran tweet, difícilmente mejorable: «Compañeros y compañeras, no votéis contra nadie, votad sólo pensando en lo mejor para el partido». Profundo y alto al mismo tiempo; corto y de largo alcance. Votar mi candidatura no es votar contra Chacón, sino votar por el partido. Es decir, votar contra Rajoy. El problema de los mensajes cortos es que pueden crear adicción afectiva. Tengo escrito por alguna parte que el logro más acabado del zapaterismo es haber descubierto la poderosa cohesión de la fobia al otro como aglutinante del nosotros.
También Chacón reclamaba en Granada profundidad y altura: «Un cambio responsable sí, un cambio solvente también, un cambio seguro, por supuesto, pero seguro un cambio porque la gente tiene ojos y tiene memoria».
Qué ojos y qué memoria. Es lo que tiene el debate de las ideas, que muchas veces hay que buscarlas debajo de las palabras, y en 140 caracteres tampoco caben tantas.
El cómputo de los delegados (y las delegadas, por supuesto) era ayer una guerra sin cuartel en la que los estados mayores de los candidatos daban sus cifras contrapuestas con una diferencia de minutos. Los de Rubalcaba anunciaban arrasadora victoria en Cuenca: siete delegados a cero. Al momento contraatacaban los de Chacón: cero a siete. Los del faisán ganaron por una ventaja de entre 130 y 150 delegados, mientras los de la paloma replicaban que ganaban ellos por 140. La explicación es sencilla: «Tú, ¿a quién vas a votar?», preguntan, y la peña, coherente a más no poder, replica siempre lo mismo: «Toma, a vosotros».
Luego votarán a quien quieran en secreto. Así se forjan decepciones históricas como la de Romanones para entrar en la RAE, al no conseguir ningún voto, después de que todos los académicos se lo habían prometido: «Joder, qué tropa».
Génesis y Apocalipsis
Las cosas no sucedieron como la Biblia las cuenta. Dios creó el mundo en seis duras jornadas y a la séptima descansó. El demonio aprovechó ese día de relax para colar de rondón el mamífero humano en el genoma de la zoología. Yavé, al regresar el lunes a su obrador, venteó peligro, localizó al intruso y lo expulsó del Paraíso, pero era ya tarde. Satán, en el ínterin, había suministrado una hembra al primer macho de la nueva especie, los había enseñado a aparearse, los había convencido de que la tierra es suya y les había ordenado que creciesen y se reprodujeran. ¡Hale, chicos, folleu, folleu, que si no folláis el mon s'acaba! ¡Y vaya si lo hicieron! Hoy mordisquean el planeta, convertido casi en una bola de billar, 7.000 millones de ejemplares de homo depredatur. Eso sí que es marabunta.
Sostienen muchos biólogos que la aparición de bípedos implumes fue un paso en falso de la evolución, un excrecencia, un bucle, una verruga, una maldita casualidad, un ardid de la entropía, un error fatal… Y fatídica ha sido, en efecto, la metástasis de aquel quistecillo de nada. El lunar era un melanoma llamado a engullirlo todo. San Juan, en Patmos, se dio cuenta de la tostada, le puso nombre y activó la alarma, pero los monos erectos, abismados en la contemplación de su ombligo y sordos a todo lo que no fuese tintineo de monedas, no le prestaron atención. Yavé admitió su derrota, se encogió de hombros y de hombres, volvió la espalda al mundo, se desentendió de la creación y regresó a los bastidores del big bang. Su silencio es clamoroso y, para los del Dow Jones, el Ibex y el Nikei, glamuroso. ¡Que os zurzan, majos!, había dicho a Adán y a Eva cuando los desterró al este del Edén. No bromeaba. Era una orden: palabra de Dios. El Génesis llega ahora a su fin. El homo depredatur, después de depredarlo todo, se está depredando a sí mismo. ¡Curiosa iniciativa de autofagia!
Los zoólogos saben que están condenadas a la extinción todas las especies que se reproducen por encima de lo que su hábitat consiente y se alimentan con activos tóxicos. ¡La Bolsa o la vida! Es tarde ya para elegir. El golem del diablo optó por la primera, renunció a ser mono erecto y se puso a cuatro patas frente al Becerro de Oro. La naturaleza es eterna; la historia, efímera. Ése fue el error. En las bolas de billar no pueden crecer lechugas. Euros, dólares, yuanes, yenes y títulos de la deuda, sí. Aureliano Buendía dio en el clavo: comeremos mierda. Buen provecho.
La falsificación colectiva
La importancia de la reforma laboral que plantee el Gobierno sólo podrá evaluarse por su contribución real a mejorar la competitividad de la economía. Para eso, más que inicidir en la entrada (contratación) o salida (coste del despido) del mercado laboral, deberá actuar sobre la permanencia (salario, condiciones y cotizaciones sociales) del trabajador en el mismo. Ahí es esencial liberalizar el proceso de negociación colectiva.
Que aquí está el meollo del asunto lo corrobora el hecho de que uno de los pocos acuerdos alcanzados por la patronal CEOE y los sindicatos CCOO y UGT ha sido para decirle a la ministra de Empleo Fátima Báñez que consideran que la negociación colectiva corresponde «al espacio bilateral» de actuación. Una reforma de la misma tendría efectos enormes sobre los agentes sociales. Afectaría a su estructura interna porque se cuestionaría la existencia de federaciones provinciales, regionales, sectoriales, etc. Se calcula que entre 30.000 y 40.000 personas intervienen en estos procesos. Son muchas bocas que contentar.
En 2001, el PP ya intentó algo parecido. En la reforma laboral de 1997, donde se introdujo el contrato de fomento del empleo con despido de 33 días, también se acordó ordenar la negociación colectiva y que primara el convenio de empresa sobre los de rango superior. CEOE parecía estar por la labor. UGT amenazó con huelga, pero CCOO no se movió. El Gobierno de Aznar dedujo que si la reforma era razonable, los sindicatos no se agitarían, así que decidió cambiar la negociación colectiva con el fin de mejorar la competitividad y controlar las subidas salariales.
En líneas generales la reforma potenciaba el acuerdo de empresa (no tan drásticamente como ahora que se habla de descuelgue), concedía un carácter orientador pero no obligatorio al convenio sectorial y, sobre todo, limitaba a un año la ultraactividad, esa cláusula por la cual un convenio sigue en vigor si no hay acuerdo para modificarlo. El padre de la reforma era el actual ministro de Economía Luis de Guindos. Pero UGT y CEOE se aliaron para torpedearla y lo consiguieron. Las circunstancias eran distintas. No había 5,4 millones de parados en España en 2001 y el vicepresidente Rodrigo Rato se contentó con una promesa de moderación salarial que le hicieron patronal y sindicatos bajo el pomposo nombre de Primer Acuerdo Interconfederal de Negociación Colectiva. No hubo tal moderación salarial y el Gobierno, engañado, promovió la reforma laboral de 2002 que llevó a una huelga.
Ahora, los agentes sociales vuelven a las andadas. Otra vez han prometido moderación salarial si no se les tocan sus privilegios. España es el único país de Europa donde lo que dos partes acuerdan obliga a un tercero inocente. Esto vulnera el principio de libertad de empresa.
Pero el empeño es tal que para enviar una señal de moderación la patronal y sindicatos de la Construcción han pactado un convenio con una subida salarial para 2012 del 1% más una compensación si la inflación supera el 2%. Un convenio absurdo porque sigue indexando salarios con inflación, lo que les hará perder competividad y seguirán ajustándose vía empleo. Una subida del 1% en un sector hundido, además, cuando en 2012 el PIB español caerá entre el 1,5% y 2%, es un disparate y una tomadura de pelo.
john.muller@elmundo.es
Infierno y paraíso
Un personaje de Borges escribe la víspera de su ejecución y casi se despide diciendo que deberían agradecerle el infierno que desató sobre la tierra: por comparación, hizo más sencillo identificar el paraíso. Precisamente porque son estos equilibrios los que sostienen las hipótesis maniqueas, Mourinho, cuando se despida, debería exigir que le agradezcan lo sencillo que ha hecho explicar qué es el bien en el fútbol: todo aquello que empieza donde termina Chamartín. No sólo él, motejado hasta de nazi, también ha contribuido Pepe, que lleva unos días transformado en el acervo popular en una de esas bestias por las que los campesinos encienden fuegos protectores en los cuentos góticos. Mourinho ha potenciado la idea de que el Real Madrid carga con un pecado original que ennoblece automáticamente a sus adversarios, puros por comparación, ya se trate de los formidables, como el Barcelona de Guardiola, o de otros favoritos menores de los profetas de la salvación, como Bielsa. Hasta Menotti sabe que sólo con pedir entrevista de vez en cuando para poner a parir al Real Madrid conserva uno el estatus de gurú.
Lo preocupante es que, sensible a esta hostilidad ambiental, el madridismo parece abocarse a sólo dos conductas posibles que orbital ambas alrededor de Mourinho. O salir con las manos en alto, declarando traicionado un pasado mítico, de señorío y gestas caballerescas, que confunde el «¡Benito, mátalo!» y los viejos casticismos con el Amadís de Gaula. O atrincherarse extraviando no sólo toda noción crítica, sino incluso la capacidad de ver grandeza en este Barcelona ante el cual tiene mucho mérito marchar de líder en la Liga. Es un instinto casi selvático de preservación lo que impide a cierto madridismo dudar de la infalibilidad de su entrenador y admitir que la formación de machacas y sacamantecas -sacados de las ergástulas como en Doce del patíbulo- de la última vez contra el Barcelona, que además desmochó un equipo que venía en inercia ganadora, es una confesión explícita de inferioridad y trauma. Que el equipo se amedrentó sin otro asidero argumental que la esperanza de un «¿Pur qué?» improvisado en la rueda de prensa. Que el Barcelona ya ha ganado a Mourinho de todas las formas posibles: de exquisitos y de chungos, de peloteros y de fingidores, con tutú o en el barro, sin que Mourinho sea capaz de remediar un hábito de la derrota ante el Barsa que no creó él -el 2-6 es anterior- pero que sí fue contratado en parte para remediar. A menos que lo evite otro cruce en Champions, Mourinho casi ha completado un fracaso parcial de su imperium senatorial: no habrá sabido impedir un cambio jerárquico de proporciones históricas que modifica la herencia de cuanto ocurrió a partir de los años 50 y al que el madridismo parece tan resignado que ya no se acuerda ni de enfadarse cuando el Bernabéu es rendido una y otra vez.
Hay otro propósito de Mourinho que aún no ha de darse por perdido, el del dejar esbozado un porvenir deportivo, y contra éste conspira el ruido ambiental, pero también las aristas histriónicas de ese personaje que el entrenador no siempre logra contener. El mismo Real Madrid que se mortifica por la penitencia de los clásicos es un líder intratable de la Liga que probablemente ganará, si no lo parten las tensiones. Tiene futbolistas de futuro, inmensos talentos que, pese a Xabi -a quien también voy a adoptar para llevarlos a él y a Higuaín con rebequitas tirolesas-, sólo en el medio campo son peores que la línea equivalente del Barcelona. Y ha dado con una actitud de juego propia de la que deserta por pánico en los clásicos, pero que va madurando en todos los demás partidos, los dinámicos y los que no lo son tanto, que contemplan el advenimiento de un portento goleador que sólo ha de temer a que el Barcelona se abata sobre su cabeza. El ambiente posterior al partido de Copa recuerda que el Barcelona arrea cuando quiere un latigazo psicológico por el que el Real Madrid se aviene a autodestruirse. Y que hay una polarización de pasiones -con o contra 'Mou'- que no hace sino dispersar energías y ensimismar la institución en un día a día de mera supervivencia, de agonía estéril.
En busca de la ciudad ideal
No la vemos pero está siempre con nosotros. Es la presencia invisible que contextualiza nuestras vidas. No es un acertijo porque me refiero a la ciudad, ese espacio que configura la Historia y que enmarca nuestra existencia individual. La ciudad, la polis griega, es la gran protagonista de la modernidad, por lo que resulta imposible entender lo que somos sin una reflexión sobre la naturaleza de lo urbano.
El profesor y arquitecto Luis Fernández-Galiano Ruiz ha dedicado su dilatada trayectoria intelectual a reflexionar sobre la ciudad como un sistema abierto en el que interaccionan lo humano y lo material. Y el fruto de esa interacción son los edificios y los espacios, a la vez tejido físico, emisores de información e intercambiadores de flujos de energía. La arquitectura se vuelve signo de un lugar, de una cultura y de un tiempo.
Pero antes de glosar su extensa obra académica, digamos que Luis Fernández-Galiano proviene de una familia de humanistas que se remonta a su abuelo paterno Emilio, que fue académico de la Lengua y de Medicina. Luis creció en un ambiente de amor a la ciencia y a las letras, lo que explica aunque no agota su biografía intelectual. Es catedrático de la Escuela de Arquitectura de Madrid y ha sido profesor invitado en las Universidades de Yale, Harvard y Princeton. Además, tiene una inquietud por la comunicación que le ha llevado a crear la revista Arquitectura Viva, referencia en el mundo del urbanismo. Y no podemos olvidarnos de sus libros, empezando por El fuego y la memoria, ni tampoco de su magnífica labor como crítico.
El discurso que pronunció ayer en la Academia de San Fernando es una de las mejores reflexiones que yo he leído sobre el sentido de la arquitectura, que él define como «arte en mutación». La arquitectura tiene una dimensión funcional que resulta obvia pero también es una expresión del espíritu humano y de la creatividad. En este sentido, Fernández-Galiano hace una apasionada reivindicación de una arquitectura sobria, a escala humana, autosuficiente desde el punto de vista energético y sobre todo, concebida para facilitar la comunicación.
El nuevo académico abomina de los edificios y las grandes construcciones pensadas para refejar el Zeitgeist o espíritu hegeliano del tiempo y aboga por un tipo de edificación próxima al genius loci, que yo traduciría libremente como los duendes de la tierra, es decir, como expresión de algo que habita, que está vivo en el espacio donde se construye. Fernández-Galiano reniega de la arquitectura como espectáculo, de esos edificios que se hacen para pasar a la posteridad o atraer el turismo a una ciudad y que tanto han proliferado en nuestro país en los años de prosperidad.
Fernández-Galiano, en el que se ven claramente las inquietudes de los hombres del Renacimiento, cree en una arquitectura integral al servicio de la felicidad del ser humano y no de la grandeza del arquitecto. Hartos de la megalomanía que ha impregnado las construcciones de las grandes capitales europeas, nuestra mirada puede descansar por fin en la gozosa simplicidad que propone este sabio.
Sellars, un genio al mando
No tiene edad Peter Sellars (Pittsburgh, 1957) para redundar en su retrato de enfant terrible, pero sí para considerarlo un enfant a secas. Tanto por el aspecto adolescente al que se aferra con su peinado electrificado -«es un estado permanente de sorpresa»- como a la ingenuidad que ha sabido conservar desde que le reconocieron su talento.
Debió ocurrir a principio de los 80. Ya se había consentido Peter Sellars una Tetralogía wagneriana con marionetas y una versión minimalista de Las tres hermanas de Chéjov, pero su repercusión en la costa Este provino especialmente de las afinidades shakespereanas.
Empezando por la versión tecno-industrial de El rey Lear, tan original y rompedora que la Boston Shakespeare Company lo contrató como director plenipotenciario (1983-1984) antes de que el propio Sellars recalara al frente del American National Theatre de Washington.
Tenía 26 años y se le otorgaron atribuciones mesiánicas, pero no conviene abusar de las fechas ni de los contratos porque el director de escena estadounidense se reconoce en la itinerancia y en el inconformismo. Sucedió en sus años de revolucionario y ocurre ahora, cuando se erige para los abonados de Orbyt en artífice de matrimonio imposible entre Tchaikovsky y Stravinski.
¿O no tan imposible? Quizá convenga recordarse que el pequeño Igor tuvo la dicha de asistir al estreno absoluto de la Sexta sinfonía de Tchaikovsky en el año 1893. Acudió de la mano de su padre. Y debió quedarle claro entonces que la única manera de relacionarse con la música del maestro no era la continuidad, sino la oposición, la dialéctica, el contraste.
Es la clave de acceso que ha encontrado Sellars para reunir a Iolanta/Perséphone en un mismo escenario y hasta en un parecido contexto estético. «El concepto escénico es idéntico», admite Sellars, «así es que mi ambición consiste en demostrar que existe un hilo conductor entre ambas óperas y sendos compositores».
La clave está en la música. Siempre ha estado en la música, para Sellars. De hecho, su misión como director de escena consiste precisamente en haber hallado el camino de la extrapolación musical, la estructura común, como diría Levi Strauss, la llave gracias a la cual la música se materializa efímeramente en la dramaturgia, respira en el escenario.
El procedimiento es más esencial o elemental de cuanto podría sospecharse. La dialéctica entre el sentimentalismo de Tchaikovsy y el perfeccionismo de Stravinsky la concibe Sellars desde la posición de espectador. No la ajena, sino la propia, de tal modo que la dramaturgia resultante es la que a él le gustaría observar desde la butaca.
Otra cuestión es que los espectadores habituales sean diferentes, muy diferentes, al demiurgo estadounidense, aunque Peter Sellars los ha ido desengañando del conservadurismo y los ha hecho respirar hasta con el boca a boca cada vez que hizo falta.
Sucedió en aquel Don Giovanni de yonquis ambientado en los suburbios de Harlem y ocurrió en Las bodas de Fígaro concebidas entre los yuppies de Manhattan. Son dos ejemplos que han perseguido la iconoclastia de director de escena, pero se antoja injusto y hasta superficial relacionarlo con los caprichos, la predisposición al escándalo o la frivolidad. Primero porque no hay reglas en la ópera. Y, en segundo lugar, porque la distinción de Peter Sellars -lo prueban Iolanta/Perséphone- estriba en la sensibilidad.
Un paso más allá
MARTES
Recuerdos y vaticinios
A los 84 años, un ser humano lúcido y sensible puede haber asimilado -como dijo el poeta- todos los palos que le dio la vida y, también, los tiempos contados de una felicidad siempre restringida pero constante. Ahí está Carlos Fuentes (Ciudad de Panamá, 1928) en su casa de México, empeñado en que entre la vida y la muerte, entre la belleza y el horror, es «la búsqueda de la libertad la que nos hace libres».
El escritor mexicano no ha dejado nunca de buscarla y en ella ha encontrado un remedio contra el estancamiento y la vejez. Debe de estar en las primeras páginas de una historia nueva, porque anunció la semana pasada que publicará enseguida un libro, titulado Persona, de crónicas sobre 25 amigos suyos que han muerto. Y que le puso punto final a una novela que se llama Federico en el balcón.
Como es natural, Fuentes no le quiso contar nada de lo que pasa en ese balcón a la periodista Carmen Arístegui,que habló con el autor de La región más transparente y Terra nostra sobre todo lo humano y lo confuso de la actualidad.
Tampoco dio detalles sobre el libro de sus amigos muertos entre los que están Susan Sontag, Luis Buñuel, Alfonso Reyes y François Mitterrand, pero es muy fácil adivinar la categoría del acercamiento de Fuentes a esas personas queridas porque él piensa que lo que no tenemos lo encontramos en un amigo. «Creo en el obsequio», dijo, «y lo cultivo desde la infancia... El hogar, feliz o infeliz, es el aula de nuestra sabiduría original pero la amistad es su prueba».
Fuentes habló también del estallido de rebelión que se vive ahora en diferentes escenarios del mundo y cree que la primavera árabe romperá pronto en Latinoamérica. Precisó que en Chile ya puede verse la inconformidad en el movimiento estudiantil pero la protesta no se detendrá allí; va a subir por todos los países latinos a pesar de su aparente
estabilidad.
«Tarde o temprano», afirmó, «eso va a ocurrir en México por el tamaño del país, ya que hay gente que se siente marginada, sin oportunidades, que sale al extranjero, muchachos sin ocupación que se unen a las bandas criminales».
MIÉRCOLES
Parientes lejanos
Le ha salido a Miguel de Cervantes y Saavedra un tataranieto en San Juan, Puerto Rico. El hombre, nacido en 1950, es profesor universitario, cuentista y novelista. Aunque no tiene aspiraciones políticas suele hacer una broma que pone a temblar a buena parte de la ciudadanía de aquella isla porque dice que, si llega a gobernador, ordenará que se prohíban los letreros en inglés.
Se llama Luis López Nieves y su relación con el autor del Quijote viene por un forzado parentesco de estilos, una familia caprichosa de influencias que el hombre se ha inventado para explicar el origen de su literatura. Así es que confiesa que es hijo de Cortázar, nieto de Franz Kafka, biznieto de Stendhal y al final, que es decir el principio, la sombra de un amor de Cervantes.
López Nieves, aparte de sus herencias declaradas, es un prosista renovador, clarividente, sutil, que prepara sus historias en un laboratorio nocturno (sólo escribe de noche) para que no haya claridad en la frontera de la realidad y la ficción.
Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura de su país, López Nieves entró de repente en el mundo literario americano, en 1984, con un cuento titulado Seva. La pieza es una visión personal de la invasión norteamericana a Puerto Rico.
Se han hecho estudios sobre su extraño oficio de trocador de historias, pero el escritor asegura que con su trabajo no tergiversa los acontecimientos; en realidad los endereza. «Soy un gran lector de la Historia», le dijo a la periodista Angélica Claudio Merced, «y me di cuenta de que cada historia es una interpretación, un punto de vista. Cada país tiene derecho a crear su versión de la Historia para sentirse orgulloso de ella y hace falta que hagamos eso».
López Nieves, un promotor de la literatura y del idioma español, traductor, columnista y escritor de guiones, ha publicado tres libros que le han dado relieve internacional a su nombre: La verdadera muerte de Juan Ponce de León (2002), El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009).
El pariente de Cervantes es un intelectual entregado a sus talleres creativos en la Universidad Sagrado Corazón, un hombre, según ha dicho, un poco solitario que nunca se ha movido en grupos ni pandillas y al que, ahora mismo, el único temor que lo acosa es el de hablar de la novela que escribe porque tiene miedo de que un maleficio se le atraviese en el camino.
VIERNES
Morada en Paraguay
Cuando ya la tenían tranquila y encerrada en la mansedumbre siempre dudosa de su poesía hecha de sombras y relumbrones, Renée Ferrer (Asunción, 1944) sale de esa cárcel levantada con cintas y adjetivos y se gana el Premio Nacional de Literatura 2011 de Paraguay con su novela Las moradas del universo.
El libro expresa su compromiso como escritora de mirar a los otros seres humanos y servirle de eco a todos sus dramas. Y le da un nuevo plazo de libertad para seguir sin prejuicios su obra poética que reúne ya 17 poemarios.
Para los críticos, esta mujer que ha publicado también cinco colecciones de cuentos, teatro, ensayos y literatura para niños, es una renovadora de la literatura de su país. La señora Ferrer es la secretaria general del Capítulo paraguayo de la Real Academia Española.
Estos versos son de ella: Tu latido dialoga con mi pena/ que sin nosotros notarlo/ se ha disuelto. Todo sucumbe al punto, sin embargo,/ y vuelvo a ser/ una cifra cualquiera en un cuaderno.
Cadillac rosa
Las fotos del hombres del Cadillac rosa parecen el cartel de una película de la mafia, no de aquellas en las que los matones de Al Capone disparaban sus metralletas desde el estribo, sino los del cine de ahora. Hay otra diferencia en la película de los piratas informáticos, el FBI los ha tratado como a gansters y los estados los ven como conspiradores o adversarios políticos que pueden adelantar la primavera y derribar gobiernos.
Inmediatamente después de la redadas de Megaupload en Nueva Zelanda, ardió la Red, invadieron las páginas de los gobiernos, asaltaron las zonas de seguridad de los estados, tomó posiciones en el ciberespacio la guerrilla de Anonymous, hubo apagones en webs de referencia, Obama declaró que no apoyará leyes que limiten la libertad de expresión y han echado atrás las leyes contra la piratería. La Red es un contrapoder, un ejército secreto e inmenso, «en esa majestuosa bóveda tachonada de ascuas de oro».
El Capitolio y la Casa Blanca han tenido que envainársela, pero la lucha continúa y en el año sin invierno puede estallar el marzo negro o la ciberguerra entre la sorda ira de los internautas y los gobiernos, dos realidades inconexas, antagónicas, explosivas, como la famosa comparación del blasfemo y loco conde de Lautréamont, precursor del surrealismo: «La confrontación en una mesa de autopsias de una máquina de coser y un paraguas». Los nuevos indignados son los internautas y las grandes flotas Google, Twitter, YouTube, etcétera pueden declarar las hostilidades.
Según ellos, la Red es el espejo y la memoria del mundo, la biblioteca universal y gratuita, la libre comunicación de noticias, ideas, correspondencia, obras de entretenimiento. Desde el poder político instituido se ve en internet gente que exige patente de corso para practicar el saqueo en un cielo sin límites jurisdiccionales. Los americanos han dado orden al FBI para asaltar la nube, adonde no llegan los gavilanes ni los aviones, porque desde el cielo se está saqueando el cine, la música, la prensa y los derechos de los creadores.
Los adalides de la Red libre y gratuita dicen que las primeras escaramuzas de la ciberguerra empezaron con el ataque a Julian Assange por los papeles del Pentágono y sigue ahora con la detención de Kim Dotcom y la incautación de Megaupload, la web que almacenaba recuerdos, manuscritos, archivos personales en torres de ordenadores ciudades virtuales chinas. Los han tratado como a aves de presa, ladrones extranjeros, peristas. El conflicto estalla entre quienes creen que la propiedad intelectual es un robo, que los artistas son vampiros y los que defienden los derechos de autor. Los derechos de autor no pueden estar por encima de la libertad de expresión, pero hay que acabar con el gratis total sin poner el bozal a la Red. Será la Guerra de los Cien Años.
Etiquetas: Firmas





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