Las maravillosas ruinas de la ciudad grecorromana de Cirene, en el este de Libia hoy en manos de los rebeldes, han vuelto en estos días de revolución y guerra al estado que, antes de convertirse en atracción turística, tuvieron durante siglos: el abandono. Hay hombres armados casi en cada esquina del territorio insurrecto y lo mismo en el lado que controla Gadafi, pero la única protección de este yacimiento arqueológico declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad es la presencia en la cancela de entrada de un niño inofensivo y desarmado llamado Ahmed, que ve pasar el tiempo sentado en una silla. Tiene 14 años que parecen diez y es el hijo del guarda, ausente. ¿Y el director del yacimiento? Tampoco está. «Es la guerra», se limita a contestar el chico para justificar que hayan dejado las ruinas expuestas a un expolio que, por fortuna, parece que aún no se ha producido.
Estamos en uno de los lugares más hermosos de Libia y quizás también de todo el Mediterráneo. El paisaje es el opuesto a ese desierto fatigoso de los oleoductos que desde hace semanas se disputan con el estruendo de los gritos y las bombas el ejército del dictador y los rebeldes: aquí reina el silencio, sólo se oye el zumbido de las abejas y el trino de los pájaros, la yerba crece espesa entre las piedras junto a flores blancas, amarillas y violetas, se mecen al viento en exótico contraste cipreses, pinos, abetos y palmeras, y el agua corre por una acequia de hace más de dos mil años.
Los griegos, romanos y bizantinos que habitaron esta ciudad, que dio nombre a la provincia romana de la Cirenaica, el resalte de la costa libia que parece acercarse hacia Creta, tenían una vista fabulosa. Construida en la ladera de un monte calcáreo, domina una llanura que a su vez se precipita sobre el mar.
El lugar natal de aquel Simón que ayudó a Jesús a cargar la cruz y cuya fundación relató Heródoto es el sitio perfecto para escapar de la guerra y calmar el miedo, un oasis de paz y cultura, un bálsamo del alma. Por eso, como terapia psicológica, Soad Feituri, de 42 años, ha venido con sus niños y otros parientes a pasar aquí la mañana, como le han recomendado los vecinos que los acogen en el cercano pueblo de Shahat desde que huyeron de los combates en Ajdabiya. Mientras sus hijas adolescentes exploran entre las estatuas sin cabeza, las gradas y las columnas del templo griego de Hades, el templo de Artemisa o los baños del emperador Trajano, construidos en el año 98 de nuestra era y reconstruidos en el 119 por su sucesor, Adriano (también, como aquél, procedente de la hispana Itálica), Soad relata su odisea familiar.
Hace seis días que huyeron de su casa en Ajdabiya, en medio del bombardeo de la artillería del ejército de Gadafi contra los rebeldes que intentaban reconquistar la ciudad. Los recuerdos del conflicto presente resuenan entre los escombros de la antigüedad. «Estuvimos cinco días con bombas y tanques. No sé cómo está mi casa. Bombardearon la de al lado y nos fuimos. Huimos con lo puesto, sin nada. A un primo mío, Farach Sabar, lo hirieron en el bombardeo, a otro, Eimen Salem, de 20 años, un francotirador le dio un tiro en la frente al salir de casa. Treinta y dos personas nos refugiamos en otra casa de Ajdabiya. No teníamos electricidad, ni agua. De allí nos fuimos al pueblo de Bidan, cada familia en una habitación. Luego vinimos a aquí. Hoy íbamos a volver a Ajdabiya, pero nos vamos a quedar unos días más porque dicen que los de Gadafi están volviendo. Después de las bombas, hemos venido aquí a relajarnos».
Tiene tres niñas y tres niños, la mayor de 18 años y la más pequeña, Siba, de tres meses. Señala a su hija Mariam Ali, de 10 años. «Ella se pasaba toda la noche llorando durante los bombardeos, tenía mucho miedo. Me decía, '¿va a venir Gadafi en persona aquí?' '¿Por qué nos mata?'». La niña sonríe ahora. Su madre dice, junto al templo de Apolo, del siglo VI antes de Cristo: «Somos gente normal, sólo queremos libertad. Gadafi cree que toda Libia le ama, y está soñando, no es verdad». Suenan unos tiros a lo lejos y Soad sonríe con una flor amarilla en la mano.
La carretera baja el monte pegada a las casas trogloditas de Cirene, talladas en la piedra ocre. Pocos kilómetros más allá, en el pueblo de Susah, a la orilla del Mediterráneo, el abandono se repite. El cartel gigante que anunciaba el sitio del yacimiento de Apolonia, el antiguo puerto de Cirene, está tirado.
La puerta está abierta, pero nadie vigila el tesoro que hay al otro lado. La garita del guarda está vacía, la cama sólo tiene el somier. En el puerto moderno, al lado, sólo hay unas pocas barcas atracadas en el muelle y ninguna actividad.
A esta ciudad ahora en ruinas, al borde del mar hoy de un azul turquesa y tranquilo como una balsa, dicen que venía a bañarse Cleopatra. Sus templos, sus casas, las columnas de mármol gris y las losas de mármol blanco, las piscinas secas de tres metros de profundidad, los mosaicos, la bañera con peldaños... No hay nadie que los admire.
MÒNICA BERNABÉ/ Kabul
Especial para EL MUNDO
Asesinan a siete extranjeros de la ONU en Afganistán
Los asaltantes protestaban por la quema de unCorán en Florida el 20 de marzo

Manifestantes enfurecidos asaltaron ayer la sede de las Naciones Unidas en la ciudad de Mazar-e-Sharif, en el norte de Afganistán, y mataron a 20 personas, entre ellos siete trabajadores extranjeros. Dos de ellos fueron decapitados. El propio jefe en Mazar-e-Sharif de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán resultó herido.
La ONU nunca había registrado un ataque de tal envergadura en el país, y además tuvo lugar en una de las tres ciudades que en julio está previsto que esté ya bajo control de las fuerzas de seguridad afganas, al considerarse una localidad tranquila. Los manifestantes protestaban por la quema de un ejemplar del Corán en una pequeña iglesia de Florida, en Estados Unidos, el pasado 20 de marzo.
El ataque supone un auténtico revés para el plan de transición cacareado por el Gobierno afgano y la OTAN, que prevé que la Policía y el Ejército afganos se responsabilicen en solitario y de forma gradual de determinadas zonas de Afganistán, que permita en el futuro la retirada de las tropas internacionales. Además, también es un serio batacazo para la ONU. Entre los fallecidos, hay cuatro nepalíes que formaban parte del equipo de gurkhas que se encargaban de la seguridad de la sede de las Naciones Unidas en Mazar-e-Sharif.
La ONU recurrió de forma generalizada a ese cuerpo de seguridad, al considerarlo uno de los más eficientes y preparados del mundo, después del ataque contra una de sus residencias en Kabul el 28 de octubre de 2009, en el que murieron cinco de sus empleados, también extranjeros. Ahora, tras el asalto de ayer, queda claro que ni disponer de gurkhas es garantía de nada.
Los otros tres fallecidos son un noruego, un sueco y un rumano. Fuentes de la embajada española informaron que, en principio, entre las víctimas no hay ningún español. El hospital de Mazar-e-Sharif también registró cinco afganos muertos, y una veintena más heridos. La ONU preveía que la cifra de muertos pudiera ascender a 20 en total.
El representante especial del secretario general de la ONU en Afganistán, Staffan de Mistura, se desplazó anoche a Mazar-e-Sharif con la intención de evacuar a todo el personal de las Naciones Unidas en esa ciudad, según fuentes diplomáticas bien informadas. Ayer la ONU ya declaró el estado de «ciudad blanca» en todo Afganistán, que quiere decir que ninguno de sus trabajadores puede salir a la calle.
Los medios de comunicación locales mostraron imágenes impresionantes del asalto a la sede de la ONU. Los manifestantes prendieron fuego y arrasaron casi en su totalidad las instalaciones del organismo internacional, incluso tirando abajo las torres de vigilancia de los guardias de seguridad. La protesta empezó de forma pacífica con tan sólo unos 200 manifestantes hacia las dos de la tarde, después de la oración del viernes.
Diversos testigos explicaron que los imanes en las mezquitas informaron a los fieles sobre la quema del Corán en EEUU. La semana pasada, no obstante, el propio presidente afgano, Hamid Karzai, ya emitió un comunicado calificando tal hecho de «crimen contra la religión».
«Los manifestantes se apoderaron de kalashnikovs que los guardias de seguridad tenían en una pequeña habitación», relató Farid Muttaqi, de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán en Mazar-e-Sharif. También añadió que un testigo vio cómo los atacantes dispararon a bocajarro a tres extranjeros.
Un alto oficial occidental que solicitó que se mantuviera su nombre en el anonimato aseguró que todo esto «no cambia nada» y que «el plan de transición continuará adelante». O sea, que Mazar-e-Sharif pasará a estar bajo control de las fuerzas de seguridad afganas en julio, a pesar de que no es una ciudad tan tranquila como se creía, y de que ni la policía ni el ejército afganos consiguieron ayer repeler el ataque. «La transición es un proceso de 18 meses a dos años», precisó, dando a entender que las tropas internacionales no pretenden dejar la seguridad del país a las fuerzas afganas de forma automática, ni tan sólo en las zonas más tranquilas.
Ayer hubo una manifestación en Kabul delante de la embajada estadounidense, también contra la quema del Corán. Los extranjeros que viven en Kabul hacía días que estaban en situación de alerta por temor a un ataque, pero no por la quema del Corán, si no por la publicación, por parte de dos revistas, de fotos de soldados de EEUU posando con el cadáver de un joven afgano, como si fuera un trofeo.
Está claro que, en Afganistán, la religión es intocable.
Gainesville (Florida)
«Es hora de exigir cuentas al islam»
El pastor Jones no se arrepiente de haber quemado el Corán y pide a EEUU que actúe
El ataque a oficinas de la ONU en el norte de Afganistán, que dejó al menos once muertos, es un acto «muy trágico» y «criminal», según Terry Jones, el pastor de una iglesia en Florida que quemó un ejemplar del Corán el mes pasado y cuya acción podría haber desencadenado el suceso en el país asiático.
Jones emitió un comunicado de condena al ataque, no como líder de la iglesia Dove World Outreach Center en Gainesville (Florida), sino como líder del grupo Stand Up America Now, muy crítico contra la religión musulmana.
«Nosotros, en Stand Up America Now, encontramos que es una acción muy trágica y criminal. El Gobierno de EEUU y la propia Naciones Unidas deben tomar acción de inmediato», dijo Jones en el comunicado, disponible en la página web del grupo, informa Efe.
El pastor en ningún momento mencionó su quema del Corán, que pudo desencadenar el incidente, o expresó algún pesar por el papel que hubiera podido jugar.
«Debemos exigir cuentas a estos países y personas por lo que han hecho y por cualquier excusa que puedan usar para promover sus actividades terroristas. Es hora de que se exijan cuentas al islam», dijo Jones, quien repitió su consabida postura de que «no es una religión de paz».
«Exigimos que nuestro Gobierno de Estados Unidos denuncie estos actos. Esta gente debe ser llevada ante la Justicia», enfatizó Jones.
El líder religioso consideró que «a los países dominados por los musulmanes ya no se les puede permitir que propaguen su odio contra los cristianos y minorías» y deben, asimismo, «alterar sus leyes... para permitir libertades y derechos individuales, como el derecho al culto, libertad de expresión y de movimiento, sin miedo de ser atacados o matados».
En la página de internet de la iglesia, el grupo liderado por Jones dice que uno de sus objetivos es denunciar la verdadera naturaleza del islam como «una religión opresiva y violenta que trata de presentarse como una religión de paz, para engañar a nuestra sociedad».
La iglesia también vende camisetas, gorras de béisbol y tazas con la frase «Islam es del demonio».
Jones adquirió notoriedad en 2010 cuando dijo que quemaría el ejemplar del Corán en el aniversario de los ataques del 11-S, lo que suscitó una condena internacional y hasta la propia intervención del presidente Barack Obama.
En un discurso televisivo, Obama le pidió a Jones que no lo hiciera para evitar ataques de violencia contra las tropas de EEUU en el mundo musulmán.
MÓNICA G. PRIETO / Beirut
Especial para EL MUNDO
Asad responde con fuego real al 'Viernes de los mártires' sirios
Al menos cinco muertos, incluida una niña, en una nueva jornada de manifestaciones
Los vídeos colgados por los activistas en las redes sociales no dejaban lugar a dudas. Hubo protestas en Hama, en Homs, en Doma (un suburbio de la capital), en la propia Damasco, en Deraa, en Baniyas, en Latakia e incluso en la zona kurda de Qamishli, demostrando que esta minoría, muy discriminada por el régimen sirio, está dispuesta a sumarse al resto de la población para exigir libertad tras dos semanas de pasividad.
Según el grupo Facebook Centro de Información sobre el Levantamiento Sirio, 11 de las 14 provincias del país árabe sirvieron de escenario a las protestas de ayer. Y el régimen de Damasco volvió a responder con fuego: entre cinco y 10 personas perdieron la vida, según las mencionadas fuentes, por disparos de las fuerzas de seguridad o de los francotiradores que se apostaron en los tejados, siguiendo el modelo de represión yemení que tan malos frutos ha dado al presidente Ali Abdulá Saleh.
Sin embargo, las autoridades sirias denunciaron la presencia de «bandas armadas» que dispararon tanto contra los manifestantes como contra los agentes. La agencia oficial Sana atribuyó a uno de esos grupos la muerte de una «niña» en la localidad de Homs.
El Viernes de los mártires, la jornada convocada en memoria del centenar de muertos de las últimas dos semanas y en reclamo de libertad, volvió a extender su radio de acción como había ocurrido con el Viernes de ira convocado siete días antes, convirtiéndose en una jornada global de protestas sociales contra el régimen baazista del presidente Bashar Asad.
Al grito de «queremos libertad» o «Dios, libertad y mártires», miles de personas -según los cálculos más moderados- se congregaron, después del rezo del viernes, a la salida de las mezquitas, y comenzaron a marchar vigilados por un fuerte despliegue policial.
Los enfrentamientos más graves se vivieron en Dama, 15 kilómetros al norte de Damasco, donde entre cuatro y seis personas fallecieron, según las fuentes, cuando los manifestantes comenzaron a lanzar piedras contra los agentes, quienes respondieron con fuego real. Los activistas consultados denunciaron decenas de heridos y de detenidos en esta localidad.
En Hama, escenario de una enorme matanza en 1982 durante un levantamiento islamista, los agentes reprimieron a los manifestantes con gas lacrimógeno, como ocurrió en Sanamien, escenario de varias muertes en la represión de la pasada semana. Según los activistas, varias personas resultaron ayer heridas o muertas en esta localidad. Las agencias hablaban de al menos una víctima mortal.
En Deraa, la ciudad sureña donde comenzó la insurrección y donde más personas han perecido hasta el momento, no hubo víctimas que lamentar. Cinco mil personas marcharon al grito de «la sangre de los mártires no sale barata». En la ciudad costera de Baniyas, cerca de Tartous, hasta ahora ajena al amago revolucionario, los manifestantes corearon: «¿Cuándo esclavizaste a la gente que nace libre?»
En esta ocasión, el régimen sirio admitió en sus medios oficiales la celebración de protestas en algunas localidades, pero en un peligroso gesto también permitió -si no auspició- marchas de seguidores del presidente Asad que terminaron enfrentándose con los protestantes pacíficos.
En Damasco, la mezquita Omeya amaneció tomada por agentes de civil, como ocurrió con la mezquita Rifai: en ambas, al término del rezo, centenares de personas con retratos del rais y gritando el nombre del presidente se enfrentaron a los demócratas. Las fuerzas del orden no hicieron nada para evitar la confrontación.
La jornada demostró que el aséptico anuncio de reformas realizado la víspera mediante la agencia oficial de noticias -en lugar de ser presentado por el presidente sirio en su comparecencia ante el Parlamento del pasado miércoles- ha sentado muy mal a una población progresivamente más crítica contra un régimen hasta ahora relativamente tolerado. Los sirios esperaban de Asad mayor comprensión y menos arrogancia, y la respuesta en las calles promete no haber hecho más que comenzar.
ILYA U. TOPPER / Estambul
Especial para EL MUNDO
Los Hermanos Musulmanes rechazan injerencias
La rama siria de la organización insinúa que es tarde para la reforma de Bashar Asad
«No queremos que nadie se inmiscuya en lo que ocurre en Siria. El pueblo sirio tiene capacidad de resolver sus asuntos por sí solo; no queremos injerencias extranjeras». Asaí de tajante es Riad Shiqfi, secretario general de los Hermanos Musulmanes sirios, exiliado desde el año 1980.
Shiqfi, que asegura vivir «de forma itinerante, aunque habitualmente en Yemen», visitó ayer Estambul junto a Mohamed Faruq Taifur, otro miembro de la organización islamista, prohibida en Siria desde 1963 y perseguido desde la masacre de Hama en 1982. La visita no incluía contacto alguno con las autoridades turcas, aclaró. «Nadie puede abrir la boca en Siria. Yo ni siquiera puedo llamar por teléfono a mis familiares: si lo hiciera encarcelarían a quienes hablen conmigo», asegura Shiqfi.
Insinúa que después de las tragedias de los últimos días ya es tarde para que Bashar Asad emprenda reformas. «El pueblo esperaba que saliera a hablar personalmente, pero cuando lo hizo el miércoles ¡ojalá se hubiera callado! No dijo nada que tuviera que ver con su política».
¿Debe dimitir Asad? «No tenemos ningún problema con Asad personalmente sino con el sistema dictatorial. Si realmente hay reformas, si convoca elecciones libres, se presenta y gana, lo aceptaremos perfectamente». Otra cosa es que eso sea verosímil. «Después de lo que vimos, ya no nos fiamos de su palabra», lamenta Shiqfi. «Desde 2005 dice que quiere emprender reformas, pero que necesita tiempo... Antes se decía en Siria que Bashar Asad quería reformar el país pero que su entorno no se lo permitía; ahora vemos que es al revés. Este régimen no tiene ni voluntad ni capacidad de hacer reformas».
Faruq Taifur descarta que las enormes manifestaciones a favor de Asad expresen la voluntad del pueblo. «Se trata de estudiantes y funcionarios a los que les dan el día libre o una recompensa; es como en el antiguo bloque soviético».
¿Qué modelo se implantaría en Siria si cae Asad? «El modelo iraní no nos convence. El de Turquía sí; se admira en todo el mundo árabe», asegura Taifur. «Lo que importa es que gobierne quien salga de las urnas». Y disipa temores de que la caída del régimen laico de la familia Asad pueda dar lugar a enfrentamientos religiosos en el rompecabezas sirio. «Nunca en la historia del país ha habido choques entre musulmanes, cristianos, alawíes, armenios, kurdos... Si alguien alienta las diferencias es el régimen», apunta.
Sin embargo, grandes sectores cristianos apoyan al gobierno de Asad, que ha sabido garantizar a las minorías religiosas un papel más igualitario que en ningún otro país de mayoría musulmana.
Riad Shiqfi quita valor a las especulaciones sobre el levantamiento del estado de excepción, vigente desde hace medio siglo. «Si quitan una ley pondrán otra distinta para aterrorizar al pueblo», teme. Reitera que «los Hermanos Musulmanes no dominamos la revolución en Siria; se trata de un movimiento genuinamente popular al que intentamos aportar nuestra parte». ¿Y si Asad no cede a las reivindicaciones? «No queremos una segunda Libia. Pero lamentablemente, lo que hay hasta ahora es lo más similar: masacres y represión. Eso sí, no queremos que intervenga nadie de fuera», reiteran los dos hermanos.
OORBYT.es
>Análisis de Ilya U. Topper.
JOANA SOCÍAS / Nairobi
Especial para EL MUNDO
Ouattara ya controla el 80% de Costa de Marfil
El presidente Gbagbo, en paradero desconocido, se niega a dimitir, mientras los combates dejan a Abiyán «sin ley ni policía»
La inestabilidad y la confusión en Costa de Marfil siguen in crescendo. Tras la ofensiva lanzada en Abiyán por parte de las fuerzas leales a Alassane Ouattara, el presidente saliente Laurent Gbagbo se encontraba a última hora de ayer en paradero desconocido, mientras su círculo íntimo aseguraba que no dimitiría pese a la presión de las fuerzas rivales y a las deserciones masivas en su bando.
Las agencias de información hablaban ayer de duros combates en la capital en torno al palacio presidencial, hasta ahora refugio del jefe de Estado, que se niega a abandonar el poder pese a su derrota electoral. Sin embargo, el asesor europeo de Gbagbo, Toussiant Alain, anunció desde París que el presidente saliente lucharía «hasta el final por sus ideas», al tiempo que explicó que se disponía a dirigirse a la nación por televisión, sin aportar más detalles.
«No tiene intención de dimitir o ceder el poder. En las próximas horas tendrá propuestas para la oposición», aseguró a media tarde el asesor parisino de Gbagbo, de quien dijo se encuentra en una «ubicación segura» en algún punto del país, desde donde está «dirigiendo las operaciones».
Las declaraciones de Alain llegaron tras una jornada de intensos enfrentamientos en Abiyán, capital económica del país y hasta ahora principal escenario de la batalla entre el presidente saliente y Ouattara, reconocido como legítimo ganador de las elecciones de noviembre por Naciones Unidas. En Abiyán, los testigos hablan de un «auténtico caos». Además del palacio presidencial, los combates se concentraron en la sede de la televisión estatal -hasta ayer en manos de Gbagbo-, que dejó de emitir hasta nuevo aviso.
Asimismo, Ouattara anunció ayer el cierre de las fronteras del país -con la única excepción del aire- al tiempo que impuso un toque de queda nocturno que, en principio, estará en vigor hasta mañana, cuando se espera que la situación se haya tranquilizado.
Tras meses de impasse político, la situación en Costa de Marfil ha dado un giro radical esta semana. En apenas unos días, las fuerzas republicanas han tomado las ciudades de Duékoué, en el oeste; de Bondoukou, en el este, Yamusukro, la capital, y el puerto de San Pedro, estratégico para la exportación del cacao. Con sus avances, las huestes de Ouattara -hasta ahora localizadas en su feudo del norte- controlan ya los principales centros económicos del país, lo que equivale al 80% del territorio.
Según la misión de la ONU en Costa de Marfil, la mayor parte de las fuerzas de seguridad han abandonado a Gbagbo, que ahora sólo cuenta con el apoyo de su guardia republicana, algunas fuerzas especiales y los milicianos conocidos como Jóvenes Patriotas, acusados de cometer crímenes a discreción contra la población civil.
La Unión Africana y la ONU exigieron ayer de nuevo al presidente saliente su rendición inmediata para evitar más derramamiento de sangre de inocentes.
Testigos consultados por EL MUNDO en Abiyán hablan de una «situación horrible» en la ciudad, donde no cesan los disparos y donde la gente «está totalmente descontrolada». «Hace tiempo que no hay ley ni policía. La gente se ha lanzado a las calles, a robar coches y despojar tiendas. Se matan entre ellos», declararon a este periódico fuentes religiosas españolas que prefieren guardar el anonimato por miedo a represalias.
Según denunció ayer la organización Médicos Sin Fronteras, la escasez de medicamentos empieza a hacer mella en el país, donde la inseguridad tampoco garantiza la asistencia sanitaria de las víctimas del fuego cruzado.
Varias organizaciones humanitarias denunciaron que el bloque marítimo impuesto por la Unión Europea como castigo contra el régimen de Gbagbo impide la llegada de alimentos y medicinas, poniendo en jaque la supervivencia de los 20 millones de marfileños. Además, la escalada de la violencia que está teniendo lugar en el país africano ha provocado hasta un millón de desplazados, que se dirigen a las naciones vecinas, como Liberia, donde ya se cuentan unos 150.000 refugiados.
Los cálculos de la ONU indican que al menos 494 personas han fallecido hasta el momento, si bien la propia organización multilateral no descarta que la cifra real supere con creces sus estimaciones.
OORBYT.es
>Videoanálisis de Joana Socías.
P&R
J. S. / Nairobi
Especial para EL MUNDO
Vuelven los fantasmas de la guerra civil
La situación en Costa de Marfil ha sacado a relucir las tensiones que dividieron al país tras el conflicto que tuvo lugar en 2002.
¿Cómo empezó el conflicto?
La lucha de poder en Costa de Marfil empezó con las elecciones presidenciales de noviembre pasado. Tras las votaciones, la confusión se impuso. La Comisión Electoral nombró ganador al opositor Ouattara, un fallo que negó el Consejo Constitucional, que dio la victoria al presidente saliente Gbagbo. La decisión fue condenada por toda la comunidad internacional, que desde el principio sólo reconoció a Ouattara como presidente legítimo.
¿Cuál es el trasfondo electoral?
Gbagbo ha ostentado el poder en Costa de Marfil desde 2000. Su mandato expiró en 2005, pero las elecciones presidenciales fueron aplazadas hasta 2010 debido a la inestabilidad del país africano. El presidente saliente apareció en la escena política marfileña como un ferviente opositor al régimen autocrático del primer mandatario tras la independencia, Félix Houphouet-Boingny, que gobernó desde 1960 hasta su muerte, en el año 1993.
¿Hay precedentes?
Sí. Entre 2002 y 2003 los marfileños sufrieron una guerra civil que de alguna manera hoy se traduce en los mismos enfrentamientos. La gran presencia de inmigrantes africanos ha acentuado la división entre las etnias del norte y del sur del país, hasta el punto de que Ouattara ha sido duramente criticado por tener ascendencia de Burkina Faso. Desde que estallara el conflicto, la nación permanece dividida. Los cuatro meses de crisis han reavivado los peores fantasmas de la guerra civil.
¿Hay consecuencias en la región?
Costa de Marfil, una de las principales economías de África Occidental, albergaba hasta un millón de expatriados de otros países, procedentes de países más pobres como Burkina Faso, Mali, Liberia o Sierra Leona. La violencia ha obligado a otros tantos a abandonar sus hogares y en muchos casos a cruzar las fronteras en busca de zonas libres de conflicto.
¿Cómo ha reaccionado el mundo?
Pocas veces la Unión Africana, la Unión Europea y Naciones Unidas han coincidido tanto en un caso de crisis en África. Los organismos internacionales han condenado de forma unánime la permanencia en el poder de Gbagbo, que desde el principio se ha negado a ceder el poder.