Enviado especial

Sadam Husein sólo tiene 15 años. Pese a ello se desenvuelve con soltura con el RPG antitanque que porta al cuello. Asegura que aprendió a manejarlo durante las dos semanas de entrenamiento que siguió en Al Baida, la ciudad libia de la que procede. «¡Es una trampa, es una trampa!», le gritaron como posesas dos mujeres cuando el joven entró en Bin Jawad junto con los rebeldes.Sigue en
página 26El joven apenas puede esconder su rabia. Se expresa a gritos. Recuerda que los casi 40 jeeps que habían llegado hasta el centro de la Bin Jawad se vieron sorprendidos por la emboscada. «Nos dispararon desde todos los lados. Usaban todo tipo de armas: cohetes, tanques, helicópteros. Destruyeron los primeros cuatro coches. Hay muchos muertos que no hemos podido recoger y muchos compañeros atrapados», relata con furia Sadam Husein.
El muchacho de tan singular nombre consiguió huir de la ratonera, pero un número incontable de los mismos milicianos que le acompañaban no tuvo tanta suerte.
Bin Jawad, un poblacho sin mayor historia hasta ayer, se convirtió ayer en la primera gran debacle de las fuerzas revolucionarias libias en el este del país. «Hemos perdido cerca de 50 hombres. La mayoría siguen en Bin Jawad», admitía Abdelbarid Aluani, uno de los voluntarios que marchaba en el convoy de los opositores al régimen de Muamar Gadafi. Al cierre de esta edición, el hospital de Ras Lanuf había recibido seis cadáveres y más de medio centenar de heridos, muchos de ellos en estado crítico.
A las 9.00 horas de ayer era evidente que las promesas de la dislocada mesnada que había anunciado la noche anterior que pensaba abalanzarse sobre Sirte -situada a poco más de 100 kilómetros de Bin Jawad- se habían desvanecido bajo el fuego devastador de la maquinaria del régimen. El ejército de Gadafi recurrió a aviones, helicópteros, tanques y salvas interminables de artillería para frenar el disparatado avance de los rebeldes.
Media hora antes, el coronel Bashir Abdel Qader había desmentido con aspavientos el anuncio de la televisión libia, que aseguraba que Ras Lanuf había caído en las manos de las tropas leales a Gadafi. «Queremos que la prensa diga la verdad. Ustedes están en Ras Lanuf. Somos 8.000 hombres y vamos a avanzar hacia Sirte. No queremos luchar contra ellos, porque son nuestros hermanos y por eso estamos negociando. No sólo no nos hemos ido de Ras Lanuf sino que controlamos Bin Jawad y hasta Nofeili [a sólo 80 kilómetros de Sirte], declaró el militar en una improvisada rueda de prensa frente al hotel costero donde reside la prensa internacional.
Bastó un periplo de cinco minutos hasta la salida de Ras Lanuf para darse cuenta del giro radical que había sufrido el escenario bélico. El sonido de un avión sorprendió a las decenas de paramilitares que se concentraban en ese lugar para abastecerse de municiones en un mercadillo que habían instalado sus compañeros.
¡Boom! Una explosión hizo retumbar el lugar. El impacto de los dos proyectiles levantó una enorme columna de tierra y polvo a pocos metros del control militar. Para los rebeldes aquello debió ser una suerte de señal divina -siempre dicen que están protegido por Dios-, porque una bomba no llegó a explotar y se quedó clavada en la arena.
Uno de los jóvenes la acariciaba como si fuera un bebé, intentando limpiarla de tierra para los fotógrafos. «¡Ala Uakbar!» [Dios es grande], clamaban los rebeldes como poseídos. «¡Gadafi, que te jodan!», continuó el coro. Pero el griterío casi ni se escuchaba, ante el repiqueteo continuo de las ametralladoras antiaéreas. «Ellos tienen aviones. Nosotros no tenemos miedo a morir», aclaraba Abdala Sharif, un dentista de 42 años que conducía una ambulancia.
Conforme avanzaban desde Ras Lanuf hacia Bin Jawad se disipaba la euforia bélica que habían vivido estos jóvenes en las últimas jornadas. El tráfico de vehículos todo terreno era a la inversa, un claro signo de retirada. «Hemos dejado Bin Jawad y nos estamos reagrupando», reconocía Haizi Fuzi, de 26 años.
Algunos coches llegaban con los parabrisas atravesados por balazos. «¡Hay francotiradores, están disparando en la carretera!», dijo Husein Albdelras, de 21 años de edad, mientras mostraba el impacto que había atravesado la ventana delantera de su vehículo. Y otro de los vehículos alcanzados por los tiroteos era una ambulancia. Uno de los enfermeros que acompañaba al doctor egipcio Ziad al Masri resultó herido leve por los pedazos de cristal.
Los que huían repetían la misma historia. Los alzados habían abandonado la noche anterior Bin Jawad después de celebrar lo que consideraban una victoria junto a la población local. «La gente de Sirte llegó muy temprano, a las 05.00 horas... Repartieron dinero y armas entre algunas de las familias locales y se escondieron. Colocaron ametralladoras antiaéreas y francotiradores en las inmediaciones», relataba Musa Ibrahim, un policía que combate junto a las fuerzas revolucionarias.
Los guerrilleros entraron en el pueblo haciendo la señal de la victoria. Les recibió una granizada de disparos de todos los calibres. Un número indeterminado quedó atrapado en el villorrio, cercado por los soldados de Gadafi. Abdelbarid Aluani cuenta que entre las víctimas mortales se cuentan también varios civiles, alcanzados por el fuego indiscriminado del ejército venido de Sirte.
«Vi a tres niños y dos mujeres muertos en el suelo. Los cohetes alcanzaron su casa. Nosotros viajábamos en 40 coches, pero sólo 10 consiguieron salir de Bin Jawad», precisó Aluani.
Las entrevistas se realizaban ayer a pie de carretera, en medio de un entorno desquiciado. Los combatientes solían salir a la carrera cada vez que se divisaba un caza o un helicóptero. Otras veces rompían a correr ante el impacto repetido de la artillería que batía la zona. Cada deflagración generaba columnas de humo a metros de la ruta. El silbido de los obuses cruzaba el cielo antes de explotar en las cercanías. «¡Yarad, yarad!», chillaban los uniformados en referencia a los bombardeos repetidos con cohetes Grad que estaban sacudiendo la zona atacada.
La contraofensiva de Gadafi en Bin Jawad se explica por la necesidad imperiosa del coronel Gadafi de frenar la acometida de la columna móvil procedente de Ras Lanuf, ya que los rebeldes pensaban dirigirse durante la jornada de ayer hacia Sirte, situada a poco más de 100 kilómetros de Bin Jawad. Pese a no ser una de las principales ciudades libias respecto a su población, Sirte se ha convertido en un referente especialmente simbólico para el régimen. Gadafi nació en una aldea en las inmediaciones de esa ciudad y allí residen la mayoría de los integrantes de la tribu de la que adquirió su nombre.
Durante sus 42 años de égida, el autócrata libio invirtió enormes cantidades de dinero para mejorar las infraestructuras de la urbe. El coronel decidió trasladar a Sirte muchos de los ministerios que deberían estar situados en Trípoli, la capital del país africano.
Gadafi también ordenó la construcción en esa localidad de la espectacular sala de conferencias Uagadugu, que acogió después varias cumbres internacionales y un lujoso muelle para los yates de la élite que rodea al coronel.
Al mismo tiempo, el mencionado enclave es la sede de varios emplazamientos militares y, por ello, un bastión cuya captura supondría un quebranto mayor para la supervivencia del régimen.
Para los revolucionarios la jornada de ayer concluyó con una carga épica que merecería ser recordada tanto por su bravura como por su talante enloquecido. Eran las 16.00 horas y casi una veintena de jeeps decidieron que debían romper el cerco y liberar a sus compañeros.
«Hay 50 asediados en una mezquita. Están disparando sobre ella», señaló Musa Ibrahim antes de dirigirse hacia Bin Jawad. Al percatarse de su llegada, la artillería abrió fuego. Los rebeldes dudaron y los todoterrenos refrenaron entonces su marcha.
Pero después volvieron a acelerar y se lanzaron sin dudas sobre una salva de obuses que estallaban por doquier cubriendo el camino de humo, metralla y tierra. Un muro insalvable donde les esperaba la muerte. Uno de los proyectiles reventó uno de los coches, que quedó ardiendo en mitad del camino. Así concluyó un asalto destinado al fracaso.
Los milicianos rebeldes volvieron a replegarse bajo el acoso de los bombazos de las tropas fieles al coronel Gadafi. Hasan Mohamed al Zidani viajaba en uno de los automóviles. Ni siquiera llevaba un arma. Su amigo portaba una bandera revolucionaria: «Mañana seguiremos muriendo».
OORBYT.es
>Análisis de Ana Alonso sobre la primera debacle insurgente en la guerra civil libia.
ANÁLISIS
ROSA MENESES / Ras Ajdir (Túnez)
Los clanes de Tikrit y Sirte
Una vez más, la Historia se repite. O más bien adopta un bucle melancólico que nos remite a un déjà vu. Los paralelismos entre Muamar Gadafi y Sadam Husein son cada vez más perceptibles, a medida que Libia avanza hacia su iraquización.
El carácter megalómano y excéntrico de Gadafi es muy diferente del meticuloso y obsesivo Sadam, pero parece que ambos llevan vidas paralelas. Mientras Sadam acabó sus días escribiendo novelas de amor, Gadafi empezó su larga dictadura inventariando su filosofía política en dos volúmenes del Libro Verde.
El principal parecido entre ambos dictadores es el uso que han hecho del clan familiar para rodearse de hombres de confianza. Si Sadam se apoyaba en los Tikriti, su tribu, Gadafi lo hace en los Gadhafa.
Sirte es en cierto modo el Tikrit de Gadafi. La ciudad natal del líder libio es el bastión que cierra el avance de los rebeldes hacia Trípoli. En su día, Tikrit representó el corazón del régimen de Sadam. Tikrit es una pequeña ciudad al norte de Bagdad, la cuna de Saladino, el caudillo musulmán que arrebató Jerusalén a los cruzados en 1187 y de cuya imagen se sirvió Sadam para presentarse como un nuevo salvador del mundo árabe. Gadafi también se sirvió de un líder histórico para crearse un aura de héroe a la sombra de Omar Mujtar, el líder de la resistencia contra el colonialismo italiano que fue ahorcado en 1931.
Irak y Libia emprendieron guerras con sus vecinos en los años 80 (Irán y Chad) y fueron objeto de sanciones internacionales. Aquí la historia aparece dislocada. Si bien Sadam fue primero aliado de Occidente cuando se enfrentó a los ayatolás y luego cayó en desgracia a partir de su invasión a Kuwait en 1990; Gadafi hizo la procesión al revés.
Al principio se posiciónó en el eje del mal, por el indisimulado apoyo del coronel a todas las guerrillas y movimientos de liberación del mundo. Sufrió sanciones desde los años 80, a partir de su financiación de varios atentados en suelo internacional (recordemos Lockerbie, en 1986). Pero desde 2001, Gadafi rehabilitó su imagen exterior y abandonó su programa de armas de destrucción masiva, quizá mirando de reojo el destino de su otro yo iraquí, que en 2003 lidiaba con la invasión de EEUU.
Si hoy todavía se reprocha a Washington que invadiera Irak con una excusa infundada -que Sadam tenía armas de destrucción masiva- no se tiene ningún reparo ahora en reclamar una intervención exterior para derrocar a Gadafi y evitar un baño de sangre. En el caso de que se produzca, Gadafi actuaría como su hermano de destino: intentaría aparecer como un héroe ante la injerencia extranjera.
El papel del ejército libio es tan limitado como el del iraquí en 2003, que se derrumbó como un castillo de naipes y dejó la defensa del país en manos de la Guardia Republicana. Gadafi se apoya en unidades de élite como la Brigada Jamis, que comanda uno de sus hijos, Jamis, llamado así porque es su quinto vástago.
Sadam sólo tenía dos hijos varones en los que apoyarse: Uday y Qusay. Pero ellos lo eran todo. Llamado a ser su sucesor, Uday ocupaba un escaño en el Parlamento, era presidente del Comité Olímpico iraquí, dueño de varios medios de comunicación. Era el jefe de la milicia Comandos de Sadam (Fidayin Sadam) y presumía de leyenda negra.
Hasta que en 1996, un atentado le dejó paralítico y el centro de atención se trasladó a su hermano Qusay. El nuevo delfín de Sadam fue el encargado de defender Bagdad en 2003, cuando el presidente iraquí dividió el país en cuatro zonas entre sus familiares y hombres de confianza.
Todas estas cualidades acaparadas por Uday y Qusay se reparten entre los siete hijos varones de Gadafi. Está Saadi, el hijo deportista, ex jugador de fútbol y actual presidente de la Federación de Fútbol libia. Muhamad, el mayor, es presidente del comité olímpico libio. Jamis es el Uday que comanda las unidades de élite que cercan Zawiya y Misrata. Mutassim es el consejero de Seguridad Nacional de su padre.
Y está el delfín, Saif al Islam (Espada del Islam), quien como Uday, es dueño de varios medios de comunicación en Libia. En sus apariciones televisivas, Saif al Islam -que se ha erigido en portavoz del régimen- ha dicho que en Libia no hay enfrentamientos, que los Gadafi lucharán hasta la última bala y que no hay que confundir los disparos con los fuegos artificiales.
Quizá recuerden que en el Irak de 2003, cuando ya era evidente que EEUU iba a tomar Bagdad, el ministro de Información de Sadam, Mohamad Said al Sahaf, hizo una absurda aparición en televisión en la que dijo que las fuerzas estadounidenses habían sido derrotadas y que «no había blindados de EEUU a las puertas de Bagdad». Poco después esos tanques inexistentes tomaban la capital y Al Sahaf se rendía a los americanos.
Enviada especial
PETER BEAUMONT / Trípoli
Trípoli lanza la batalla de la propaganda
Gadafi saca a miles de seguidores a las calles de la capital en un gesto de fuerza
The Guardian / EL MUNDO

En la Libia del coronel Muamar Gadafi, cuando las mentirijillas ya no funcionan, es hora de sacar a relucir las mentiras más gordas. Ayer, el régimen afirmó que había ganado la guerra contra los rebeldes que tratan de hacerlo caer. Para quienes siguen siendo leales a Gadafi, esa fue la señal para invadir las calles de la capital de Libia, Trípoli, y disparar sus armas al aire de la mañana.
Zawiya, al oeste de la capital, y Misrata, siguiendo la costa hacia el este, habían caído, según la televisión estatal. Ras Lanuf estaba bajo control del Gobierno. Un secuaz del Gobierno aseguró que Tobruk había caído ante las fuerzas leales a Gadafi. La capital de facto de la oposición, Bengasi, según insistían algunos, estaba rodeada.
Ayer, sin embargo, había zonas de Zawiya, la más vulnerable de las ciudades en poder de la oposición, a 50 kilómetros al oeste de Trípoli, que estaban todavía bajo control de los sublevados. Ni Ras Lanuf, ni Misrata, ni Tobruk habían sido tomadas.
Los tiros empezaron poco antes del amanecer. Al principio sonaban como si hubiera combates y, en el ambiente enrarecido que se vive en Trípoli, bien podría haber sido así. Al cabo de una hora, más o menos, los disparos se transformaban en salvas de celebración.
A medida que llegaban los partes del Gobierno a la Plaza Verde de Trípoli, aquello se transformó en una exaltación festiva del régimen a cargo de miembros de las fuerzas de seguridad con sus armas y acompañados de sus familias. Incluso a algunos de los niños les habían dejado armas para que jugaran con ellas.
Había ancianos con armas de fuego, adolescentes con armas de fuego, mujeres con armas de fuego, soldados con armas de fuego y hombres vestidos de civil con armas de fuego, todos ellos disparando al aire. En la plaza, un hombre que se puso a hablar con periodistas y que dijo ser funcionario del Gobierno, manifestó lo siguiente: «Les hemos dado una buena paliza a todos los enemigos. Ustedes tienen que saber que apoyamos a nuestro líder. Aquí todo el mundo está con Gadafi...».
No quiso dar ni su nombre ni su profesión, pero más tarde se le vio conduciendo por la plaza un todoterreno de color blanco acompañado por un hombre vestido con uniforme que se sentaba a su lado. Otro joven, que dijo ser estudiante, aseguró que se había derrotado a Al Qaeda en Zawiya aunque, cuando los periodistas replicaron que no habían visto islamistas en esa ciudad, lo que dijo fue que Al Qaeda estaba dirigiendo las operaciones desde lejos «por teléfono móvil».
En uno de los atascos de tráfico causados por esta fiesta, un joven tocaba la bocina de su coche y agitaba una bandera verde a las puertas del hotel Rixos, donde se alojan la mayoría de los representantes de los medios internacionales de comunicación. A la pregunta de qué era lo que estaba celebrando, respondió: «La victoria».
Al insistirle en que diera más detalles, reconoció que no tenía ni idea de cuáles eran las ciudades que habían caído. «Esto es una fiesta porque fuerzas del Gobierno están a punto de hacerse con el control de Bengasi», afirmó Musa Ibrahim, un portavoz del Gobierno, en referencia a esta ciudad controlada por los rebeldes, la segunda más grande de Libia, a 640 kilómetros al este.
«Yo se lo aseguro a ustedes... No está librándose ningún combate en Trípoli en estos momentos. Toda la ciudad es segura. Trípoli está al 100% bajo control. Lo que ustedes están oyendo son fuegos artificiales. La gente está en las calles, bailando en la plaza», manifestó Ibrahim. «Quiero recomendarles que, por su seguridad, no se acerquen por allí».
Circula la teoría de que la celebración se planeó para reforzar la moral de las fuerzas de seguridad, a las que se está pidiendo que disparen contra sus paisanos libios, con el propósito de hacerles ver lo que puede representar la victoria final y lo agradecidos que les estará el régimen.
ANÁLISIS
PABLO PARDO / Washington
La margarita de la zona de exclusión
«Mucha gente lanza frases como zona de exclusión aérea, como si se tratara de un videojuego». Así arrancó ayer el jefe de gabinete de Barack Obama, William Daley, cuando fue interrogado en el programa de la cadena de televisión NBC Meet the Press, sobre la imposición de esa medida en Libia. Con esas palabras, el Gobierno de Barack Obama lanzaba otro golpe a la idea de que la OTAN prohíba a Gadafi usar su Fuerza Aérea por la vía de los hechos, es decir, derribando a los aviones del dictador libio. Entretanto, Francia y el Reino Unido parecen apoyar la idea. Y Alemania y Turquía se oponen más que EEUU. Aquí van algunos pros y contras de una eventual zona de exclusión aérea basados en los dos precedentes existentes: el de Bosnia, aprobado por la ONU, y el de Irak, impuesto por EEUU, Gran Bretaña y Francia.
EFICACIA. En contra: En Bosnia, la ONU encargó a la OTAN aplicar una zona de exclusión aérea que en la práctica suponía impedir a Serbia usar cualquiera de sus aviones o helicópteros en el territorio. La medida se aplicó durante 28 meses, aunque sólo de forma estricta durante 18. La zona de exclusión no sólo no paró la guerra, sino que no impidió que los serbios ocuparan en ese tiempo nuevos territorios y cometieran más matanzas, incluyendo la de Srebrenica, en 1995, cuando asesinaron a 8.000 hombres y niños musulmanes. La guerra sólo acabó cuando la OTAN bombardeó a los serbios. En Irak, las dos zonas de exclusión aérea, en el norte y el sur del país, tampoco impidieron a Sadam Husein, ni controlar el sur chií ni parte del norte kurdo.
A favor: Ambas operaciones obstaculizaron el avance de las fuerzas serbias y de Sadam. En Irak, gracias a la zona de exclusión aérea del norte, parte de la región kurda del norte tuvo una independencia de facto. Finalmente, ambas zonas sentaron las bases para intervenciones a gran escala más tarde.
RIESGO. En contra: el secretario de Defensa de EEUU, Robert Gates, ha afirmado que «una zona de exclusión aérea empieza con un ataque a Libia para destruir sus defensas antiaéreas». Eso implica un bombardeo de las zonas bajo control de Gadafi, lo que supone una clarísima escalada en la implicación de la OTAN y un riesgo para los pilotos. Y no está claro si las opiniones públicas de Estados Unidos o Europa tolerarían la muerte de sus soldados por la liberación de Libia. Queda, además, el riesgo del puñado de misiles balísticos soviéticos Scud-B que Gadafi tiene, y con los que puede alcanzar Argel, Túnez y la capital de Sicilia, Mesina.
A favor: En abril de 1986, EEUU bombardeó el centro de Trípoli y Bengasi. Fue un bombardeo prácticamente anunciado (Washington incluso avisó a Moscú de que los aviones habían despegado) y contra un país cuyas defensas antiaéreas estaban presuntamente en plena forma. Sin embargo, los libios sólo fueron capaces de derribar un avión estadounidense. Muamar Gadafi también lanzó dos Scud que fallaron el blanco contra la isla italiana de Lampedusa, en Italia.
Ahora, Gadafi se apoya más en alianzas tribales, milicias y mercenarios que en un ejército de verdad. Su tecnología militar, además, está deteriorada tras una década y media de sanciones internacionales y debido a sus acuerdos de desarme con George W. Bush. Aunque aún tienen algunos Scud, las fuerzas armadas libias parecen todavía menos temibles que las que Sadam Husein poseía en 2003.
COSTE ECONÓMICO. En contra: Doce años de zonas de exclusión aérea en Irak costaron a Reino Unido, Francia y EEUU unos 1.100 millones de euros anuales, según el think tank británico Royal United Services Institute. En ese tiempo, los aparatos de esos países realizaron unas 34.000 salidas sobre Irak. Así pues, no es una medida barata. Menos aún si el petróleo sigue subiendo, o si se agrava la avalancha de refugiados libios sobre Túnez, Argelia y, en el futuro, Italia y Malta.
A favor: En Irak, la zona de exclusión aérea sobre el norte del país fue decisiva para frenar la avalancha de refugiados kurdos sobre Turquía e Irán. Si se logra ese objetivo en Libia, incluso aunque la producción de crudo del país siga desplomándose, el impacto económico de la intervención puede ser positivo en términos generales.
Especial para EL MUNDO
MERITXELL MIR / Basilea
Suiza persigue al régimen por secuestro de sus ciudadanos
Especial para EL MUNDO
Ha sido necesario que el régimen de Gadafi empezara a flaquear para que Suiza se atreviera a dar un golpe sobre la mesa en el conflicto diplomático que la enfrenta a Libia desde hace más de dos años. La presidenta suiza, Micheline Calmy-Rey, ha pedido a la Justicia de su país que inicie un procedimiento penal contra el régimen libio por el secuestro de dos ciudadanos helvéticos en 2009.
En un entrevista publicada ayer por el diario NZZ am Sonntag, Calmy-Rey explica que con la actual situación en Libia, la Confederación Helvética tiene mayor libertad para actuar. «Los dos rehenes han regresado, la embajada de Suiza en Trípoli está cerrada y no puede ser atacada, como ya ocurrió», aseguraba la presidenta del Gobierno y ministra de Exteriores.
La crisis entre Suiza y Libia se remonta a julio de 2008, cuando el hijo de Gadafi fue detenido por maltratar físicamente a dos de sus criados en un lujoso hotel de Ginebra. Como represalia, el régimen retuvo a dos empresarios suizos en Trípoli durante casi dos años, de los cuales 53 días estuvieron en una localización secreta. De ahí que Berna hable de «secuestro».
Las negociaciones entre ambos Estados fueron complicadas y los suizos todavía se sonrojan al acordarse de las concesiones que su Gobierno realizó al régimen de Gadafi y que incluyeron la retirada de los cargos contra Haníbal, reiteradas disculpas y compensaciones económicas.
Ahora, el Ejecutivo helvético considera que Gadafi ya no es un interlocutor válido y hace días anunció la suspensión del Tribunal Arbitral que debía mediar entre Berna y Trípoli.
MÒNICA BERNABÉ / Kabul
Los afganos imitan a los árabes
Centenares de personas protestan contra el Gobierno y EEUU
Especial para EL MUNDO
«Jóvenes de Irán, Egipto, Túnez, Libia... Gracias por enseñarnos el camino que hay que seguir». Con una pancarta con este significativo lema, centenares de personas se manifestaron ayer en el centro de Kabul para protestar contra la muerte de civiles por la acción de las fuerzas internacionales en el país y también contra el Gobierno de Hamid Karzai y la existencia de bases militares permanentes de EEUU en el país asiático. Una hipótesis que recientemente el Pentágono ha lanzado como idea de cara al futuro.
Los manifestantes quemaron una efigie de Barack Obama y corearon lemas contra las tropas extranjeras. La protesta la convocó el Partido Solidaridad de Afganistán, una formación que se define como «democrática, nacional y secular», y que está en contra de «los fundamentalistas, las tropas estadounidenses, los talibán y los señores de la guerra», explicó su portavoz, Said Mohammad. O sea, contra todo lo que actualmente domina en el país.
«Los egipcios, los tunecinos y los libios quieren democracia, y nosotros también. En Afganistán también hay un Gobierno de criminales», añadió Mohammad. La presidenta de la Comisión Independiente de Derechos Humanos, Sima Samar, declaró que los acontecimientos en los países árabes tendrán un impacto en Afganistán.
Sin embargo, la mayoría de los analistas no se muestra tan optimista y opina que es casi imposible que lo sucedido en el Magreb se replique en la nación asiática. Para empezar, las comunicaciones son nefastas y poca gente tiene acceso a internet y, por lo tanto, a redes sociales como Facebook, que tan importante rol ha jugado en Túnez y Egipto. Y además existe una fuerte división étnica. «Pero nos une el hecho de que todo el mundo odió el régimen comunista, el de los talibán y los muyahidin», rebate el portavoz del Partido Solidaridad.
Lo que unió ayer a los manifestantes, sin embargo, fue su rabia por la muerte de civiles en las últimas semanas, sobre todo en el este del país. Y en concreto el ataque del pasado martes contra 11 niños que buscaban leña en un bosque de la provincia de Kunar. Las tropas estadounidenses les confundieron con insurgentes y les dispararon uno a uno desde dos helicópteros. Solamente uno pudo salvar la vida.
La Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) reconoció el «error», e informó que investigará el incidente e incluso, si fuera necesario, tomará medidas disciplinarias contra los responsables. El comandante jefe de las tropas internacionales en Afganistán, el general David Petraeus, pidió disculpas personalmente -algo totalmente inusual- a través de un comunicado. Y el propio presidente Obama se puso en contacto con Karzai para mostrar su pesar.
El jefe de Estado afgano se quejó ayer de que la muerte de civiles por parte de las fuerzas internacionales pone a sus conciudadanos en contra de su Gobierno, como si la protesta no fuera con él. No obstante, los manifestantes siguieron bien el ejemplo de tunecinos y egipcios. La protesta fue totalmente pacífica, los participantes llevaban fotos de los cuerpos quemados y mutilados de las víctimas de los ataques de las fuerzas militares extranjeras y decenas de mujeres tomaron parte de forma activa, profiriendo proclamas con un megáfono, algo totalmente inusual en Afganistán.
MÒNICA BERNABÉ / Kabul
Los afganos imitan a los árabes
Centenares de personas protestan contra el Gobierno y EEUU
Especial para EL MUNDO
«Jóvenes de Irán, Egipto, Túnez, Libia... Gracias por enseñarnos el camino que hay que seguir». Con una pancarta con este significativo lema, centenares de personas se manifestaron ayer en el centro de Kabul para protestar contra la muerte de civiles por la acción de las fuerzas internacionales en el país y también contra el Gobierno de Hamid Karzai y la existencia de bases militares permanentes de EEUU en el país asiático. Una hipótesis que recientemente el Pentágono ha lanzado como idea de cara al futuro.
Los manifestantes quemaron una efigie de Barack Obama y corearon lemas contra las tropas extranjeras. La protesta la convocó el Partido Solidaridad de Afganistán, una formación que se define como «democrática, nacional y secular», y que está en contra de «los fundamentalistas, las tropas estadounidenses, los talibán y los señores de la guerra», explicó su portavoz, Said Mohammad. O sea, contra todo lo que actualmente domina en el país.
«Los egipcios, los tunecinos y los libios quieren democracia, y nosotros también. En Afganistán también hay un Gobierno de criminales», añadió Mohammad. La presidenta de la Comisión Independiente de Derechos Humanos, Sima Samar, declaró que los acontecimientos en los países árabes tendrán un impacto en Afganistán.
Sin embargo, la mayoría de los analistas no se muestra tan optimista y opina que es casi imposible que lo sucedido en el Magreb se replique en la nación asiática. Para empezar, las comunicaciones son nefastas y poca gente tiene acceso a internet y, por lo tanto, a redes sociales como Facebook, que tan importante rol ha jugado en Túnez y Egipto. Y además existe una fuerte división étnica. «Pero nos une el hecho de que todo el mundo odió el régimen comunista, el de los talibán y los muyahidin», rebate el portavoz del Partido Solidaridad.
Lo que unió ayer a los manifestantes, sin embargo, fue su rabia por la muerte de civiles en las últimas semanas, sobre todo en el este del país. Y en concreto el ataque del pasado martes contra 11 niños que buscaban leña en un bosque de la provincia de Kunar. Las tropas estadounidenses les confundieron con insurgentes y les dispararon uno a uno desde dos helicópteros. Solamente uno pudo salvar la vida.
La Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) reconoció el «error», e informó que investigará el incidente e incluso, si fuera necesario, tomará medidas disciplinarias contra los responsables. El comandante jefe de las tropas internacionales en Afganistán, el general David Petraeus, pidió disculpas personalmente -algo totalmente inusual- a través de un comunicado. Y el propio presidente Obama se puso en contacto con Karzai para mostrar su pesar.
El jefe de Estado afgano se quejó ayer de que la muerte de civiles por parte de las fuerzas internacionales pone a sus conciudadanos en contra de su Gobierno, como si la protesta no fuera con él. No obstante, los manifestantes siguieron bien el ejemplo de tunecinos y egipcios. La protesta fue totalmente pacífica, los participantes llevaban fotos de los cuerpos quemados y mutilados de las víctimas de los ataques de las fuerzas militares extranjeras y decenas de mujeres tomaron parte de forma activa, profiriendo proclamas con un megáfono, algo totalmente inusual en Afganistán.
MARTIN CHULOV / Bengasi (Libia)
Los rebeldes liberan a ocho militares del Reino Unido
The Guardian / EL MUNDO
Los rebeldes libios pusieron en libertad ayer a ocho soldados británicos que fueron capturados el pasado jueves en la zona controlada por las fuerzas que se oponen a Gadafi. El grupo de militares alcanzó la fragata HMS Cumberland, en las costas del país africano.
Siete de los detenidos habían llegado al territorio libio gracias a un helicóptero que les dejó cerca de Bengasi, la capital de los rebeldes. Su misión secreta era establecer contactos con los opositores al régimen. Sin embargo, los líderes revolucionarios les interrogaron ante la duda de que se tratara de mercenarios de Gadafi. Los rebeldes arrestaron a los militares cerca de una granja, donde se incautaron de sus armas y sus múltiples pasaportes.
El ministro de Exteriores británico, William Hague, calificó a los participantes en la misión secreta de «equipo diplomático» y admitió que se encontraron en «dificultad». La intervención de las fuerzas especiales podría haber enojado a algunos opositores al régimen, que opinan que nadie ha invitado a los británicos en el conflicto.
Hace una semana tres pilotos holandeses fueron detenidos por milicias leales a Gadafi.
TESTIGO DIRECTO
ARITZ PARRA / Shanghai
China trata de silenciar la 'revolución' invisible
Detenidos en Shanghai 17 periodistas, incluido el colaborador de EL MUNDO, por cubrir una marcha de escasa convocatoria

Por tercer domingo consecutivo no hubo revolución en China. Pero las autoridades del país tampoco quieren testigos para contarlo. La presencia policial masiva en ciudades como Shanghai, y su empeño por silenciar no ya a sus propios medios, sino a la prensa extranjera, pone de manifiesto un recorte de libertades informativas que se consideraban asumidas desde que la llama olímpica brilló en Pekín, hace ya dos años.
En China, la práctica legal siempre ha quedado a años luz del papel, y no faltan casos como la paliza que recibió la pasada semana un cámara de Bloomberg cuando cubría una convocatoria de protestas. Pero tras las Olimpiadas, los periodistas acreditados en China nos creíamos libres, al menos en teoría, para trabajar sin tutela oficial. Un funcionario municipal de Pekín se encargó ayer de disipar la idea, insistiendo en que debemos obtener beneplácito oficial para realizar entrevistas en el centro de la capital. Y lo mismo se aplica a otros puntos del territorio chino, tal y como comprobó ayer EL MUNDO.

Uno por uno, 17 periodistas extranjeros éramos detenidos en los alrededores de un centro comercial de Shanghai por tratar de hacer nuestro trabajo. El lugar, abarrotado una tarde de domingo de turistas y gente haciendo compras, ha sido durante tres semanas el punto de encuentro elegido por la denominada
revolución del jazmín, una llamada anónima a concentrarse y pasear en silencio como muestra de repulsa a la gestión del Gobierno.
Entre los chinos de a pie, son pocos los que se han enterado siquiera de las convocatorias: toda referencia al movimiento molihua (jazmín, en mandarín) se ha esfumado de redes sociales y blogs. Pero son menos aún quienes, conociendo su existencia, muestran algún interés. «China no es Egipto. Aquí sabemos que tenemos un buen futuro», afirmaba ayer un joven que almorzaba despreocupado en Raffles City, ajeno al despliegue policial fuera de los almacenes. «Hay mucho que mejorar, pero una revuelta sería desastrosa».
En el Starbucks, periodistas, agentes y los funcionarios encargados de velar por la prensa extranjera pagábamos capuccinos para justificar nuestra presencia, fingiéndonos ajenos a la situación. Al otro lado del ventanal, en la calle, los manifestantes seguían ausentes, pero decenas de miradas furtivas trataban de adivinar si eras un turista despistado o un informador. Hasta que ya fuera, un agente exigió nuestros pasaportes con el visado que nos acredita como informadores. Las dos siguientes horas llegarían a cotas surrealistas.
A una manzana del lugar, nos exigen entrar en una oficina sin rótulos. En una comisaría improvisada, reporteros europeos, japoneses y de Hong Kong saludamos a un empresario californiano que no se explicaba qué pintaba en aquella compañía.
Tras registrar nuestros datos, el americano quedó libre y al resto nos condujeron a un sótano laberíntico, uno de los refugios antiaéreos que esconden los edificios levantados aquí tras los años 60. «Sólo queremos mantener una charla», explicó una agente, igual de molesta que nosotros por la situación. A la postre, su charla se tradujo en tomarnos declaración y leernos la cartilla.
«Quedas avisado», me señaló mi policía, con extrema amabilidad y hasta un destello de vergüenza. Aunque confesó que tampoco él llegaba a comprender la lógica tras la orden de Pekín, advirtió con firmeza: «En el futuro, debes pedir permiso para realizar labores informativas allá donde tu presencia pueda obstruir el tráfico o alterar el orden».
El Club de Corresponsales Extranjeros en China ha hecho pública su preocupación por los últimos acontecimientos, mientras que las embajadas estadounidense y europeas, incluida la española, han condenado las agresiones a periodistas en sendos comunicados. Aunque más habitual con la prensa de Hong Kong o Taiwán, el acoso ha ido ganando intensidad con el arranque en Pekín del pleno de la Asamblea Nacional Popular, un Parlamento donde el debate, si lo hay, es a puerta cerrada.
Varias organizaciones en el extranjero han cifrado en un centenar los activistas y abogados de derechos humanos detenidos, interrogados o acosados en los últimos días, coincidiendo con la llamada a manifestarse y la reunión del Legislativo.
OORBYT.es
>A. Parra analiza el nerviosismo del régimen chino ante un contagio de las revueltas árabes.
Especial para EL MUNDO
ROSALÍA SÁNCHEZ / Berlín
Berlín da la cara por los informadores arrestados
Especial para EL MUNDO
El ministro de Exteriores alemán, el liberal Guido Westerwelle, emitió ayer un crítico comunicado en el que calificó de «muy preocupante» la detención de varios periodistas extranjeros encargados de cubrir las protestas convocadas en China: «Ya hemos pedido reiteradamente que Pekín permita trabajar a los medios de comunicación y que no deforme la información libre ante los periodistas alemanes y extranjeros en general».
A pesar de que China es en estos momentos un socio comercial clave para las exportaciones alemanas, el ministro Westerwelle no evitó un tono de exigencia en el que conminó al Gobierno comunista a «garantizar la libertad de información» y advirtió que «el continuo acoso de los periodistas es inaceptable y perjudica a la reputación de la República Popular en la opinión pública mundial».
Unas horas antes de la emisión de este duro comunicado, el periodista alemán Janis Vougioukas había sido detenido junto a otros 15 informadores cuando respondía a una convocatoria frente al cine Peace de Shanghai. «Todos hemos sido sometidos a un interrogatorio», contó Vougioukas a la agencia Dpa en una primera conversación telefónica. «Algunos de los reporteros extranjeros hemos recibido amenazas, como la revocación de nuestros visados, si continuamos trabajando en áreas públicas sin permiso expreso», contó el reportero del semanario Stern.
Reunión europea
Interesándose por los periodistas detenidos, la embajada de España en Pekín y el cónsul general en Shanghai ofrecieron al colaborador de EL MUNDO su mediación con las autoridades chinas y señalaron que los problemas con la prensa extranjera se tratarán hoy en una reunión entre los representantes de los países europeos en el país asiático, informa Aritz Parra desde Shanghai. La ministra española de Exteriores, Trinidad Jiménez, fue informada desde Shanghai de la actuación de las autoridades chinas pero no dio el paso de su colega Westerwelle. Exteriores retrasó hasta hoy su reacción.
La delegación de la Unión Europea instó al régimen comunista la pasada semana a «respetar el derecho de los periodistas extranjeros a informar de forma libre de acuerdo a las leyes y regulaciones, así como a asegurar su seguridad física».
La Federación Internacional de Periodistas (IFJ), con sede en Nueva York, ha hecho llegar hoy un mensaje de alarma a las autoridades alemanas tras comprobar que Pekín ha comenzado a cancelar los visados a corresponsales de Hong Kong, de Taiwan y de naciones occidentales que continúan informando sin permiso acerca de las protestas semanales.