MARIANO RAJOY BREY, EL SEÑOR QUE LLEGÓ DE LOS CONFINES DE LA TIERRA: Un político que hizo de las leyes su religión, y del sentido común, su tarjeta de

MARIANO RAJOY Presidente del Gobierno de España
1996.En el congreso que el PP celebró dos meses antes de alcanzar por primera vez el poder, junto a Fraga y Aznar, entonces pasado y presente del partido. Él era el futuro.
1970.
1999.
1996.
2009.
Llega el 'señor de Pontevedra'

Nadie pudo adivinarlo 30 años atrás. Menos aún, en su círculo más íntimo. El chico no había dado ni una sola señal. Discreto, educado, estudioso y formal: ése era su perfil y ése seguiría siendo hoy, en su proverbial traje de registrador de la propiedad, si los años y la política no le hubieran desarrollado, además del humor, la voluntad y la inteligencia, una personalidad desconfiada y un carácter fuerte, disfrazado de buenos modales, casi antiguos, y salpicado de socarronería.
Porque Mariano Rajoy no fue líder en su instituto de Pontevedra, no lo fue en la Universidad de Santiago, tampoco en los años de sus primeros pinitos en la política gallega, ni ha llegado siquiera a serlo ahora, a punto de ser investido presidente del Gobierno de España por una flamante mayoría absoluta. Eso sí, hoy, como el día en que se estrenó en la cosa pública, a los 26 años y por casualidad, el hijo del magistrado ejerció, por derecho y sin alharacas, una suerte de autoridad natural, a medias aprendida, a medias heredada.
Y es que en Rajoy es difícil distinguir entre el uno y sus circunstancias. Porque es verdad que cayó por sorpresa sobre la Mesa de edad del Parlamento gallego en 1981, cuando, contra todo pronóstico, AP ganó las primeras elecciones autonómicas a UCD y él ocupaba un despreciable tercer puesto en la candidatura. Pero también lo es que el hombre orteguiano nació a la política como por mitosis. Pocos saben del núcleo de la célula, casi genética en Rajoy, que inspiró toda su trayectoria pública. Su nombre completo era Fernando Millán González Pardo, pero en Pontevedra todo el mundo le llamaba Ruco.

Muchos años antes de que el diplomático y actual eurodiputado del PP Paco Millán se casara con la hermana de Rajoy, Mercedes -registradora como él-, y ambos se convirtieran en sus vecinos inseparables en Aravaca (Madrid), su padre prohijó para la política al que ha acabado por encabezar el Gobierno de España.
Hijo a su vez de quien fuera director general de Justicia en el Gobierno de la República, y casado con Chelo Mon -hija de Alejandro Mon, antiguo ministro de Hacienda en la Restauración, y prima de Gonzalo Fernández de la Mora, ministro de Obras Públicas (1970-74) y uno de los Siete Magníficos que Manuel Fraga lideró en la Transición-, Ruco -que hizo la carrera en Santiago con el propio Fraga- era por entonces el presidente de Alianza Popular en Pontevedra.
Otro de los prohombres que por Galicia tutelaban a las élites juveniles de la derecha, en aquellos años (1977-78) de auténtico despertar a la política, era el fallecido Pío Cabanillas. El entonces ministro, y hoy ya mítico por su cínica y preclara inteligencia, invitaba a su casa a los más brillantes licenciados, atraídos a su vez por la pujanza de UCD. Cabanillas -cuyo propio hijo llegó a sentarse con Rajoy en el Consejo de Ministros de José María Aznar- ejerció una cierta ascendencia sobre el vástago del presidente de la Audiencia de Pontevedra; nieto, por más señas -porque, como Aznar, y Zapatero, también el actual presidente tuvo abuelo-, de Enrique Rajoy Leloup, promotor del primer estatuto de autonomía de Galicia (1932) en la República.
Pero en el joven Rajoy -un hombre conservador, pero exponente hoy del lado más centrista del PP-, la afinidad jugó un papel más determinante que la ideología o la marca en alza y las expectativas de triunfo. «UCD contaba con todo el aparato del Movimiento», escribe el propio Rajoy en el libro 30 años del Parlamento de Galicia 1981-2011, presentado hace unos días por su presidenta, Pilar Rojo. Uña y carne de Paco Millán hasta el final de la carrera, el hijo del juez se dejó llevar por el padre de su amigo a la primera lista electoral de su vida, la que le hizo ganar por sorpresa.
Es curioso comprobar cómo el más paciente de los políticos en democracia, el que más ha sudado la camiseta en sus casi ocho años de carrera de fondo en la oposición, ha hecho en su reciente llegada al poder el camino contrario al de su entrada en política. Porque, desde el primer momento, aquel neófito de Pontevedra pisó moqueta.
No sólo entró en la Mesa de edad (por ser el más joven) del primer Parlamento autonómico, sino que se convirtió en vicesecretario. El hombre fuerte de AP y primero de la lista por entonces, José Luis Barreiro, le puso allí por ser jurista y saber de leyes.
Más que leyes, lo que se sabía Rajoy era, de pe a pa, todos los códigos. Se los había estudiado en un solo año. Un tiempo que pasó prácticamente solo, recluido en el piso familiar de Sangenjo, por cuyas habitaciones fue desplegando, según las manías al uso, todos los temas de la oposición. De entonces proviene su meticulosidad.
Cuando entró en el Parlamento, ya había abandonado su primer destino como registrador, en Villafranca del Bierzo, para ocupar la plaza de Padrón (La Coruña). No es de extrañar que, en uno de los primeros debates, sobre si los parlamentarios debían cobrar o no, él votara -aunque sin éxito- que no.
En aquellos tiempos en que no había ninguna clase de incompatibilidades, el veinteañero vicesecretario de la Mesa (cumplía 27) tomó también posesión de su primer cargo ejecutivo: director general de Relaciones con las Cortes.
Pero no debió de ser bastante. El gusanillo de la política le había picado ya de lleno al chico de Pontevedra cuando, en la primavera de 1983, se puso a pilotar la candidatura de las municipales.
Más que una candidatura, aquello fue un remiendo. Rajoy, que se presentó de número dos, se hizo con algunos restos de UCD, como el que luego sería alcalde, Pepe Rivas. Pero como nadie quería ir en la lista, aún tuvo que reclutar a algunos amigos, a los que arrastró desde sus -por lo demás habituales- rondas de los bares.
Como los pimientos de la tierra, unos fueron picando, y otros non. Entre los primeros, Tomás Iribarren, que aún le acompaña en el Comité Electoral Nacional del PP, Isabel Calvar o la hija del secretario de la Audiencia, la hoy farmacéutica Isabel Pardo. Entre los segundos, Susana Ameijeiras, hoy funcionaria del Ayuntamiento, o Fredy, el hoy arquitecto Alfredo Díaz Grande; ambos respectivamente casados luego con Elías Mareque (dentista) y Pinini, la actual presidenta del Parlamento de Galicia, y hoy ministrable, Pilar Rojo. Todos ellos, sus amigos de siempre, los que ahora constituyen su núcleo más privado. Toda la pandilla bebió champán en la calle Génova en la noche del 20-N. Y es que, en lo personal, Rajoy es hombre de lealtades galaicas y poco dado a los tratos sociales.
El caso es que, como en las autonómicas, el número de concejales de AP pasó de uno a 17. Además, ganó la Diputación por Pontevedra. Un episodio crucial en la vida política de Rajoy, a tenor de las muchas veces que recuerda los cuatro meses en que el concejal y diputado fue llamado a presidirla, en 1986. Porque ésta sí fue la primera vez que el joven registrador (31 años) metido a la política palpó el servicio público con los dedos. Rajoy abandonó la Mesa del Parlamento gallego y se dedicó a llevar el alumbrado público y el teléfono a los pueblos. Lo hizo a su aire, controlando todo en persona, con un ordenador rudimentario y una secretaria, sin jefes de gabinete ni de prensa que tanta falta le harían más adelante.
Antes, Rajoy era ya un prohombre de la política gallega y presidente de AP por Pontevedra cuando, en noviembre de 1985, estalló su enfrentamiento con Manuel Fraga. Fue entonces cuando el ya líder de la oposición al Gobierno socialista en España decidió quitar a Rajoy de la presidencia provincial del partido para colocar en ella a José Luis Barreiro. El hombre al que tantos han llamado estos años pusilánime se plantó. Tanto es así, que Fraga salió en el telediario advirtiendo que se iba a cargar a ese Rajoy. Y se lo cargó. Claro que el chico había aprendido y supo sacar provecho. O así se explica que, un año después, el tal Rajoy, sin abandonar la Diputación, aterrizara en el Congreso de los Diputados, encabezando la lista de Coalición Popular (AP, PDP, PL) por Pontevedra.
Cuenta el periodista gallego Rafael López Torre que en aquella campaña de las generales Rajoy retó a su adversario, el ministro socialista de Transportes Abel Caballero, a un debate. «Para animar al señor Caballero», declaraba entonces, «le prometo de antemano ser bueno y no meterme con su gestión ...». El ministro dio la espantada. Lo mismo que, años después, en la campaña de 2004 y también desde el partido de Gobierno, hizo el propio Rajoy ante la petición del PSOE.
Claro que aquel aterrizaje de Rajoy en Madrid duró poco tiempo. Porque de repente se reprodujo en Galicia la madre de todas las batallas. Vivía Gerardo Fernández Albor su segundo mandato en el Gobierno de la Xunta, ya sin mayoría absoluta, cuando se le rebeló una porción de sus consejeros, con el propio José Luis Barreiro al frente. Toda una crisis de Gobierno que derivó en el pase de cuatro consejeros al Grupo Mixto y en la primera moción de censura de la democracia.
Fraga, animado por José Manuel Romay Beccaría -ahora tesorero y senador autonómico- convenció a Albor y volvió a arrancar a Rajoy de Madrid para apagar el fuego en Santiago, convirtiéndole, de la noche a la mañana, en vicepresidente de la Xunta, ex diputado y ex presidente de la Diputación.
El fuego llegó en la práctica a devorarlo, pero en aquella escuela Rajoy se curtió de largo. Al lado de lo de Barreiro, el portazo de Francisco Álvarez Cascos, hace un año, debió de parecerle a Rajoy pan comido. La tensión interna del partido en Galicia fue un máster preparatorio de la crisis previa al Congreso de Valencia de 2008. Y en las explicaciones que aquel partido de Gobierno dio sobre su crisis en el Parlamento -«aquí pasou o que pasó», resumió Manuel Iglesias Corral, como irónicamente recordaba el propio Rajoy en su prólogo- el luego presidente del PP encontró inspiración para futuras crisis. Como cuando, en 2010, despachó ante la prensa la fulminante destitución de Ricardo Costa como secretario general del PP valenciano: «El señor Costa, en el Comité Ejecutivo, pidió la suspensión de sus funciones y se aceptó; en el Grupo Popular, pidió la suspensión como portavoz y se le aceptó, y pidió ser escuchado y se le escuchará. Eso fue lo que ocurrió».
Y es que antes de ganar estas últimas batallas en la cincuentena, Rajoy tenía que aprender en latreintenade las derrotas. Y la de Galicia lo fue en toda regla. Tanto, que abandonó su casa para exiliarse en el Registro de Santa Pola (Alicante). El triunfo de la moción de censura en 1987 (pese a haber pronunciado uno de sus discursos más celebrados), le deparó la lección de la que más presume: «Me di cuenta de que en el Parlamento no gana nunca quien tiene razón, sino quien suma más votos». «La vida son resultados», es otra de sus frases lapidarias, que él mismo estampó en medio de la crisis del PP valenciano.
La pérdida del Gobierno autonómico no fue, además, su única derrota. Desde el partido en Galicia Rajoy jugó fuerte la baza interna de la sucesión de Fraga en favor del andaluz Antonio Hernández-Mancha -quien también fue el 20-N a Génova, a celebrarlo-, frente a Miguel Herrero de Miñón. Y si bien ganó ese congreso en febrero de 1987 -junto a Alberto Ruiz-Gallardón, Miguel Arias Cañete, Arturo García-Tizón, Jorge Fernández-Díaz... y tantos como ahora le han acompañado en su carrera a La Moncloa- pronto hubo de rendirse a la victoria del otro alma del PP: José María Aznar, Rodrigo Rato... a los que Fraga devolvió el poder en 1989, tras la dimisión de Hernández-Mancha e inmediatamente antes de la refundación del PP, de abril de 1990.
El perfil político -y también el personal- de Rajoy siempre ha venido marcado por esa atávica lucha entre Madrid y las provincias. De hecho, él nunca ha dejado de ser, literalmente, un señor de provincias. Amante de los paseos, de la conversación de copa y puro, de las novelas históricas y de los veraneos de toda la vida; devorador de prensa deportiva, cómodo en la ropa clásica, y secreto pescador, junto a sus hijos, en la lancha de su hermano Enrique por las aguas de Sangenjo, Rajoy asocia la capital a la feria y hoguera de todas las vanidades, y el resto de la geografía política, a la España real.
Pero un político de verdad no sabe de retiradas. Y el registrador de Santa Pola era un político aún joven y experimentado cuando fue llamado a sustituir en el comité ejecutivo nacional a Arturo Moreno, cesado por su presunta implicación en el caso Naseiro, y a presentarse de nuevo a las generales de 1989 por Pontevedra; ahora, bajo la «integradora» -según escribió en su biografía- égida de José María Aznar.
Una égida que le permitiría más que nunca, y por muchos años, pisar moqueta. No necesitó para ello hacer méritos con Aznar en los escaños de la crispación. Al contrario, Rajoy se las arregló para firmar con el PSOE de Felipe González los pactos autonómicos y para ganarse internamente al aparato desde la vicesecretaría de Organización y Electoral -no en vano dirigió la campaña de la victoria en 1996-. Lo sabido es que Rajoy fue llamado por Aznar a una larga porción de ministerios. Administraciones Públicas, Educación y Cultura, Interior, Presidencia, Vicepresidencia, Portavoz... A todos ellos llevó su parsimonia, su falta de estridencias y a su jefe de gabinete, el recientemente fallecido, y por supuesto gallego, Paco Villar, que era primo de Pancho Covián, el alcalde de Pontevedra que sustituyó a Rivas tras otra de las crisis de la derecha local en aquellos revueltos años 80.
En los primeros años de Gobierno se afianzó su fama de negociador. Antes de que se estampara de bruces con las dos legislaturas de Zapatero, Rajoy era el hombre en bambalinas del pacto del Majestic con Pujol, el hombre de las transferencias a las autonomías, el del fair play con el PSOE... Fue, con claridad, su etapa de madurez, en la que llegó a sentar la cabeza, como le reclamaba Fraga, casándose con Viri Fernández, gallega, profesional y discreta. Como él, aunque mucho más joven. Cinco años duró el noviazgo en medio de un hermetismo total, hasta que el ministro, ya a los 41, dio el sí quiero.
Lo suyo, en lo personal y en lo político, siempre fue el sigilo. Y el aguante de opositor, sobre todo, cuando volvieron a venir mal dadas. Especialmente en los últimos años de Gobierno, con el Prestige. O en los casi ocho años en la oposición, su verdadera prueba de resistencia política en la que -mano de hierro candente en guante de seda- dobló el pulso a cuantos le salieron al paso, primero puertas adentro y, luego, ante el adversario de fuera. A día de hoy, todavía muchos de sus compañeros se preguntan por qué -de nuevo contra pronóstico- Aznar acabó en 2003 por entregarle la herencia del partido. No le conocían bien. Hasta hoy.
Un jovencísimo Mariano Rajoy posa con 15 años en El Grove (Pontevedra), en su Galicia natal.
Como buen peregrino, el entonces ministro abraza al apóstol Santiago tras finalizar el Camino.
El día de su boda con Elvira Fernández, cuando ya era ministro y tras cinco años de discreto noviazgo.
Tres generaciones de los Rajoy: el líder del PP, con su padre y su hijo, en una imagen veraniega.





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