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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

martes, 22 de noviembre de 2011

FIRMAS: Luis María Anson, Erasmo, A Espada, D Gistau, R del Pozo, G Montaner, Secondat, S Sostres, J Müller, V Pregro, C Garcia-Abadillo,A Romero, JP

Juan Carlos I, al menos diez años más

FERNANDO ALMANSA fue un impecable jefe de la Casa del Rey. Es un analista político especialmente sagaz. Para él, factor crucial de la fiesta democrática del domingo pasado, de las elecciones en libertad, es la continuidad de la Monarquía de todos, de la Monarquía parlamentaria que une al conjunto de los españoles. Sin duda es este un valor sobrentendido y, seguramente por eso, Mariano Rajoy en sus discursos de madrugada, tras la victoria, no hizo la menor alusión al Rey. Claro que tampoco mencionó a Aznar, el político que le empinó a la situación privilegiada que hoy ocupa.

«¡Heredero de Franco! - escribió Mitterrand en 1975- ¡Bonita pierna para un cojo que corre hacia el vacío!» Los falangistas se cachondeaban en la Secretaría General del Movimiento del nuevo Rey, calificándolo de Juanito El Breve. Han pasado desde entonces 36 años. Juan Carlos I solo necesita 10 años más en el Trono para convertirse en el Rey de España que más tiempo ha reinado, por encima de Felipe V, de Alfonso XIII, de Felipe IV y de Felipe II. Va a cumplir el Rey 74 años, goza de excelente salud, su popularidad permanece intacta, su prestigio se acrecienta día a día, y en todo el mundo. Diez años más en el Trono entra en la lógica. Al menos diez años más, en fin, para beneficio de España y de paso para que supere un récord histórico el hombre al que los conspicuos políticos y comentaristas de la época solo le otorgaban unos meses de calvario hasta su derrocamiento.

En sus 36 años de reinado, que se cumplen hoy, Juan Carlos I ha recorrido varias veces toda España y ha hecho más de cien viajes al extranjero. Ha pronunciado discursos ante el Parlamento británico y ante el Congreso de los Estados Unidos de América; también ante la Duma de la Unión Soviética y ante la Asamblea de la República comunista de China. Ha recibido en el Palacio Real de Madrid a Su Santidad el Papa, al Emperador del Japón, a la Reina de Inglaterra y al presidente de los Estados Unidos, entre centenares de mandatarios de los cinco continentes. Ha cumplido de forma exacta con sus deberes constitucionales porque la soberanía nacional no reside en el Rey sino en el pueblo y son los españoles los que, a través de la voluntad popular libremente expresada, establecieron la Monarquía parlamentaria, defendida desde el exilio por Juan III contra la dictadura de Franco, como forma de Estado, encomendando al Rey las funciones de arbitraje y moderación entre instituciones, así como la representación de la nación y la jefatura de las Fuerzas Armadas. En el cumplimiento de su deber constitucional es decir, de la voluntad del pueblo español, el 23 de febrero de 1981, Juan Carlos I hizo lo contrario que Alfonso XIII en 1923. Ni Primo de Rivera ni Milans del Bosch se alzaron contra el Rey. Alfonso XIII se equivocó al aceptar el golpe de Estado de Primo de Rivera. Juan Carlos I, firmemente aconsejado por su padre Juan III, se opuso al golpe de Estado, decidió mantener el orden constitucional y ordenó a los militares sublevados que regresaran a sus cuarteles, salvando así para España la democracia y la libertad.

Entre 1969 y 1975, Don Juan de Borbón, con sacrificio personal cada vez más reconocido, negoció uno a uno con los líderes de la oposición democrática para que respetasen a su hijo el día que se proclamara Rey, bajo la condición de que la Monarquía convocaría elecciones libres. Esta estrategia pilotada por Joaquín Satrústegui y alentada por Pedro Sainz Rodríguez, de la que han dejado testimonios escritos admirables, Enrique Tierno Galván, Teodulfo Lagunero, Fernando Morán y Fernando Baeza, fructificó en 1975 e hizo posible la Restauración sin que se produjera agitación republicana. El 21 de noviembre de 1975, Juan III firmó su último manifiesto estableciendo la condición principal que debía cumplir la nueva Monarquía para que él abdicara sus derechos y deberes dinásticos: devolver la soberanía nacional al pueblo español.

En estos 36 años, tras escabechar al presidente franquista Carlos Arias Navarro y convocar las primeras elecciones libres, el 15 de junio de 1977, Juan Carlos I ha votado en el referéndum de la Constitución de 1978, ha recibido el juramento o la promesa de cinco presidentes del Gobierno, Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero; ha asistido a once elecciones generales y ha simbolizado la unidad y la continuidad de la nación española. Mariano Rajoy, que jurará dentro de unos días ante el Rey, gobernará durante unos años y pasará también como sus antecesores. La Corona, mientras cuente con el respaldo del pueblo, permanecerá al servicio del régimen de libertades que los españoles han querido darse a sí mismos para la ordenada y pacífica convivencia de todos.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española

Iñaki Antigüedad

EL POBRE presidente (de una arrogancia tan insondable que consideró durante la noche electoral que no debía dar cuenta de la derrota del PSOE, porque pese a ser presidente del Gobierno y secretario general del partido no se trataba de su derrota) acaba su intervención matinal y dice que en democracia el pueblo nunca se equivoca. El sobado pasiego. Supongo que debe de decirlo por los 333.628 ciudadanos que han votado a Amaiur. Naturalmente que el pueblo nunca se equivoca. Entre otras cosas porque nunca acierta. El voto no es una quiniela: sólo exhibe lo que hay en cada cerebro. Pocas veces se ve tan claro como con motivo del voto vasco. ¿Acertar o equivocarse?: qué le importarán esas sofisticaciones de la razón a los que han dado su apoyo a Iñaki Antigüedad. La cuestión es que ese hombre y otros como él debían estar donde están. La cuestión es, exactamente, ésta: a 333.628 ciudadanos vascos les parece bien que ETA matara durante 50 años y que haya dejado de matar ahora. Una vez condenada, sin retrospección, la violencia y una vez desaparecida ETA, ningún Estado de Derecho podía impedir que Amaiur y toda la patulea estuviera en las elecciones. No es que no podía impedir; es que no debía. Y no debía, entre otras razones, para permitir que se exhibiera con toda crudeza aritmética el estado de inmoralidad de la patria vasca. Tampoco el Estado podía exigir a la soldadesca que condenara su pasado y que asumiera hasta qué punto todo había sido una beoda y trágica mascarada. Y tampoco las víctimas. Cuando se decía, ¡en nombre de las víctimas!, que la inmoral muchedumbre debía condenar su pasado yo me mareaba. ¡Condene usted su pasado y devuélvame a mi padre agujereado! Por pedir que no quede. No. Nada de eso tenía el más mínimo sentido.

El único sentido de la condena del pasado, de aquello que con tanta precisión definió el nacionalista Àngel Colom («Ningún proyecto político vale la vida de un hombre») era otro. Era permitir que esos 333.628 pudieran depositar su voto y luego levantaran, poco a poco, la cabeza. Es decir, otorgarles la mínima dignidad que exige vivir en una comunidad y participar de sus decisiones. Y no verse en las miserables condiciones en que se ven hoy, habiendo legitimado con su voto la conducta de la mafia, diciendo, y a 333.628 voces, sí, el crimen tuvo sentido y valió la pena. Y convirtiendo, desde hoy, la comunidad autónoma vasca en un estado moral fallido.

>Vea de martes a sábado el videoblog de Carlos Cuesta La escopeta nacional. Sólo en EL MUNDO en Orbyt, hoy:Un mes en la cuerda floja

Rubalcaba se postula

Rubalcaba se comportó ayer ante la Ejecutiva Federal del PSOE como si ya estuviera ungido para ocupar la Secretaría General del partido.

Habló ante sus compañeros de su «proyecto de oposición» cuando, a la vuelta de la esquina, hay un congreso que debe decidir quién liderará la travesía del desierto que se inicia tras la debacle del domingo.

Sus compañeros de la Ejecutiva no tienen dudas de que se presentará como candidato, pero creen que lo que busca es un congreso en el que nadie de peso pueda hacerle sombra.

En realidad, Rubalcaba (aunque dijo que él le había pedido a Zapatero que lo convocara) no quería un congreso, sino una gestora que le designara a él a dedo.

Sería como repetir la operación que ya puso en práctica cuando abortó las primarias. Es decir, lo que pretende ahora es forzar al partido a elegir entre él o el desastre. Ese argumento le funcionó en primavera. A Zapatero le asustaba la convocatoria de un congreso extraordinario, amenaza esgrimida por Patxi López, por la imagen de división que podía darse a los ciudadanos a unos meses de las elecciones generales.

Carme Chacón tampoco quiso someter su candidatura a votación en el Comité Federal y, finalmente, anunció en rueda de prensa que desistía de sus aspiraciones.

Desde entonces, Rubalcaba ha tenido todo el poder. «El que manda soy yo», ha repetido en varias ocasiones. Como candidato, ha hecho la campaña que ha querido. Desde la elección de las personas que la organizaban (Valenciano), a la designación de la agencia de publicidad (Señora Rushmore); desde los argumentos (el miedo al PP), a sus compañeros de viaje (Felipe González).

Pues bien, cuando el resultado de todo ello ha sido un desastre sin precedentes (no hay otra forma de calificar la pérdida de cuatro millones de votos), Rubalcaba no sólo no ha asumido la derrota como propia, sino que se la endosa a Zapatero.

Algunos dirigentes del PSOE esperaban de su intervención en Ferraz en la noche electoral la asunción de responsabilidades, pero de eso no hubo nada. Ni siquiera dijo aquello de «pongo mi cargo a disposición del secretario general», que habría sido lo más consecuente con su nefasta gestión.

Ahí ya se percibió internamente que Rubalcaba no sólo no estaba dispuesto a asumir culpas, sino que su intervención era el primer paso en su intento de hacerse con el control del partido tras la salida de Zapatero.

Aunque ayer, en su intervención en la sede del PSOE, el todavía secretario general quiso disipar todo tipo de sospechas sobre la tirantez con el candidato («mi relación con Rubalcaba es estupenda», dijo), las fuentes mejor informadas advierten de próximas tormentas en la dirección del PSOE a cuenta del liderazgo.

Si Zapatero aceptó a regañadientes renunciar a su promesa de primarias para elegir al candidato socialista a las elecciones, ahora no va a permitir que se llegue al congreso de febrero con todo previamente cocinado.

«El congreso será libre y democrático», insistió una y otra vez el todavía presidente del Gobierno.

La guerra está abierta. Rubalcaba, como Mao, cree que su derrota no es más que el preámbulo de su victoria final

Sin complejos, Mariano

La pedantería de la izquierda no tiene límite y ya ayer, en las primeras tertulias, los intelectuales orgánicos, en lugar de hacer autocrítica y aceptar que todo lo que defendieron ha naufragado, se dedicaron a decirle a Rajoy en qué sentido tenía que interpretar su victoria electoral y cómo debía administrarla.

Entre lo más mezquino que se pudo escuchar estuvo lo que dijo en TV3 Milagros Pérez Oliva, la defensora del lector de El País, cuando quiso restarle legitimidad a la victoria popular diciendo que apenas había diferencia entre los votos que recibió el domingo Rajoy con los que recibió en 2008, cuando Zapatero obtuvo la reelección. La izquierda continúa sin saber perder y continúa teniendo un tétrico trasfondo golpista.

La derecha ha ganado en el conjunto de España de un modo arrollador e indiscutible. En Cataluña ha ganado también, y los catalanes hemos demostrado una insospechada madurez dándole la victoria a CiU y expresando, de este modo, nuestra comprensión y nuestro apoyo a las políticas económicas del presidente Mas para subsanar el derroche enloquecido del tripartito.

Rajoy tiene el aval de los españoles para tomar las decisiones que juzgue oportunas. No puede hacer lo que le venga en gana sin tener en cuenta a los líderes del mundo libre: nadie puede hacerlo en el contexto de un mundo globalizado. Pero tiene la legitimidad que le dan los votos de tantos millones de españoles para abordar la crisis a su manera, con su estilo y sus recetas.

Es alucinante que la izquierda, después de la dramática situación que nos ha dejado, se atreva todavía a dar lecciones y se presente como la protectora del bienestar social, cuando en realidad ella se lo ha cargado con su irresponsabilidad y sus excesos. Toda la austeridad que tenga que imponer Rajoy se deberá a la frivolidad socialista y a la bancarrota que Zapatero ha causado.

Lo que está en crisis no es el capitalismo, ni el mercado, ni la imprescindible libertad de comercio. Lo que está en crisis, lo que nos ha hundido en esta crisis, es el intervencionismo atroz, el acostumbrar a tanta gente a vivir -y vivir muy bien- sin tener apenas que trabajar. Lo que está en crisis, y lo que ha provocado la crisis, es la subvención, el subsidio, que la demagogia de los derechos adquiridos haya sustituido a la moral del deber fundamental en que toda vida y toda integridad tendrían que basarse.

A Rajoy no le han votado para que haga lo que la izquierda le dicte, sino precisamente para que imponga su criterio y su idea y trate de remendar el fracaso del PSOE. Es inaceptable que los socialistas pongan en cuestión la calidad democrática del PP y se refieran a él como a una antigualla franquista. A Zapatero nadie le dijo cómo tenía que administrar su victoria, ni siquiera cuando la obtuvo después de la clamorosa vulneración de la jornada de reflexión de los del «quién ha sido».

Nadie ha puesto nunca en duda la legitimidad de la izquierda para gobernar, ni nadie ha dudado de su compromiso con la democracia, muy a pesar de que el PSOE fue marxista -nada más opuesto a la libertad- y la mayoría de sus dirigentes y sobre todo ex dirigentes militaron en el pasado en partidos totalitarios y sanguinarios, cuya barbarie, por cierto, jamás han condenado.

Es igualmente insoportable que el PP se deje acomplejar por esta propaganda y no termine nunca de ser un auténtico partido de derechas, conservador en lo social y liberal en lo económico, que es lo que la mayoría de los españoles ha votado

  • BREVETE
  • 22/11/2011
  • Gran poder, pero supeditado

    Después de las elecciones del domingo, se afirma que el Partido Popular tiene en sus manos el poder municipal, el poder de las comunidades autónomas y el poder central. No se destaca, en cambio, que todos esos poderes se hallan supeditados: dependen ahora de poderes supranacionales, residenciados en las instituciones de la Unión Europea. Una de las últimas veces que cambié impresiones con Javier Pradera, el amigo fallecido el día 20, con nuestras manos en el mismo arado durante tiempos difíciles, me expuso sus dudas sobre la vigencia de parte de la Constitución Española de 1978. Por ejemplo, me dijo, se ha convertido en papel mojado la proclamación inicial: «La Nación española... en uso de su soberanía, proclama… ¡Ojalá fuese todavía así!». En este asunto, como en muchos otros, Javier tenía razón. /

    Besos de 'tweed'

    LOS BALCONES triunfales pueden ser muy dañinos para la dignidad de las personas. Se empieza dando un beso de piquito, o botando a petición de la forofada, y lo mismo se acaba bailando Paquito el Chocolatero con la corbata anudada en la cabeza. Hubo por ello un instante de temor cuando Rajoy, flexible como C3PO, sometió el cuello a torsión para alcanzar una altitud de ósculo con su señora. Y en la boca. Demasiada pasión para todas las tiesuras a las que nos tiene acostumbrado un personaje de tweed.

    Fue una falsa impresión. De hecho, aun regresando de una larga penitencia, este PP, al que sólo a última hora se le han convertido en marianistas de toda la vida los intrigantes que no se resignaban, se enfrió en la victoria con una prohibición de festejo. Lo cual, por cierto, nos dejó sin el discurso chisposo, como de mejor amigo del novio en el brindis tardío, que Gallardón iba a convertir en un clásico de los grandes éxitos de Génova. Como las de 2004, estas elecciones estuvieron empapadas por tal sensación dramática que ganarlas con alegría se habría antojado una frivolidad fuera de lugar. Al aceptar el mandato como si se lo hubiera comunicado la zarza ardiente, Rajoy -y, por añadidura, todo el balcón triunfal- prefirió interpretar todo el peso abrumador de la carga recibida y ensayar un discurso de los de megáfono en la Zona Cero que invitaba a compartir la misión y a trascender las banderías del sectarismo y de la vida política profesional.

    No es posible saber si el PSOE acudirá a esa llamada, pues de momento está abocado al destino menor de los choques de facciones, a la rebatiña que llamarán refundación. Se incorporará, por tanto, cuando pueda. Mientras tanto, Rajoy dispone de un gigantesco margen de maniobra que no es el que le concede la mayoría, sino la madura disposición del pueblo español a sufrir mientras sea necesario. El espantajo de la motosierra fabricado por el PSOE para agitar la campaña resultó ser una idea penosa que no convenció a nadie. En las regiones, como Castilla-La Mancha, en las que gobiernos locales del PP hicieron el ensayo general con todo de la consigna de austeridad -la podadora-, los votantes no sólo no acusaron desgaste, sino que multiplicaron el apoyo, reconociendo por tanto como sensatas las políticas a partir de las cuales la izquierda trató de aventar un cliché de la derecha predadora. El domingo, los votantes terminaron de engancharse a un inevitable espíritu de sacrificio que dejará muy solos a los profesionales de la algarada que intenten reventar prematuramente la legislatura. A ese espíritu colectivo, que sí nos representa, es a lo que Rajoy no puede fallar

    ZONA FRANCA GINA MONTA NER
    22/11/2011

    La memoria y los muertos




    El Gobierno de Dilma Rousseff aprobó el pasado 18 de noviembre la creación de una comisión para investigar la violación de derechos humanos durante la dictadura militar que padeció Brasil (1964-1988). Se trata de un asunto peliagudo y muy debatido en los últimos años en Sudamérica, una región golpeada por los atroces crímenes de las juntas militares.

    A la vez que Rousseff aclaraba que la investigación no será un ejercicio de revanchismo, sino una reivindicación del derecho a que se sepa toda la verdad, recibí un mensaje desde Miami de un buen amigo argentino, Federico Arocena, cuyo hermano, Marcos, fue una de las miles de víctimas del régimen de terror impuesto por el general Videla. La madrugada bonaerense del 9 de julio de 1976 fue la última vez que lo vieron en su piso de la avenida de Santa Fe. Treinta y cinco años después de su desaparición, Federico viajó a la capital argentina para enterrar los restos que habían hallado y que coincidían con su propio ADN.

    Dilma Rousseff lo ha ratificado: a diferencia de los casos de Uruguay, Chile o Argentina, en Brasil la comisión de la verdad no conllevará responsabilidades penales, porque se respetará la decisión del Tribunal Supremo Federal, que el año pasado ratificó la amnistía que en 1979 amparó a los torturadores. Las heridas abiertas perviven, pero cada sociedad afectada ha buscado su propio camino en el proceso de sanación colectiva. En ocasiones incluso se han invalidado referendos, como ha sucedido recientemente bajo el Gobierno del uruguayo José Mujica, que optaban por amnistías a modo de pasar página.

    Bien, hay quien podría pensar que si uno no vive en sus propias carnes el dolor de una tragedia como la de los desaparecidos, se limitaría a una investigación del crimen sin imponer un castigo. Sin embargo, la postura de la actual presidente de Brasil echa por tierra esta hipótesis. La sucesora de Lula da Silva fue guerrillera y en el año 1967 los militares la torturaron durante 22 días. De aquella terrible experiencia emergió una mujer comprometida con los valores democráticos y resuelta a luchar por un país más plural y compasivo. La dirigente del Partido del Trabajo promulga el nunca jamás pero descarta la vía punitiva.

    Coincide el espíritu pacificador de Rousseff con el que me transmite mi amigo Federico en sus correos, en los que comparte la paradoja del consuelo de haber encontrado a su hermano muerto. Hablamos de unos pocos huesos entregados en una caja de madera. La rica vida de Marcos, un dramaturgo que poco antes de su arresto había estrenado con la actriz Norma Aleandro una adaptación de Hedda Gabler, reducida a una osamenta que sus asesinos arrojaron en una fosa común. Ahora, tres décadas después, Federico ha celebrado la ceremonia del entierro para dar paso al necesario periodo de duelo.

    Argentina, Chile, Uruguay, Brasil. El horror detrás de las historias oficiales que se llevaron por delante las vidas de los desafectos. De los revolucionarios. De los que pensaban distinto. No hay respuestas definitivas ni parches que puedan cubrir la hondura de esta llaga y su reguero de muertos. La eterna historia de las víctimas y los victimarios. Sólo sé que Dilma Rousseff apostó por la memoria sin la venganza y que mi amigo Federico pudo al fin llorar calladamente. Dos maneras de seguir adelante sin caer en el olvido


    AJUSTE DE CUENTAS
    22/11/2011 JOHN MÜLLER

    ¿Y este banco era un modelo para las cajas?



    El consejo del Banco de Valencia tuvo ayer el don de la oportunidad de pedirle al Banco de España que interviniera la entidad para que Mariano Rajoy no tuviera ni siquiera 24 horas para olvidarse de que la reforma del sector financiero es una de las tareas urgentes que Zapatero le dejará pendiente.

    Salvo en su etapa más reciente, la que tiene que ver con la recapitalización de las entidades financieras, el PP prestó siempre su apoyo al Gobierno para la reestructuración de las cajas. Pero este proceso tiene muchas aristas. Una de ellas es la cuestión de la propiedad de las entidades que siempre se esgrimió como test de la blancura del sector. La principal crítica que se hacía a las cajas es que no eran de nadie, que no se podía identificar si el propietario era sólido, líquido o gaseoso (comunidad autónoma, ayuntamiento, trabajadores o sindicatos). Bien, se emprendió una reforma y hoy en vez de 45 entidades tenemos una quincena.

    Hace poco coincidí en un acto público con una de las autoridades que ha intervenido en el proceso legislativo y a la que hace dos años le oí el argumento de lo poco clara que era la propiedad de las cajas de ahorros, así que saqué mi algodón y le dije: ¿Podría usted decirme ahora quienes son los propietarios de las nuevas entidades?

    Mi interlocutor no tuvo respuesta, porque los dueños siguen siendo los mismos que antes, excepto porque ahora se ha interpuesto un banco con unos pocos accionistas privados entre la obra social y el mercado. Pero en la gran mayoría, por no decir la totalidad de los casos, la propiedad sigue siendo tan difusa como era hace dos años.

    Esta cuestión se vuelve tanto o más desconcertante cuando comprobamos que la entidad intervenida ayer era un banco, que pertenecía a una caja, pero que contaba con accionistas particulares, o sea estaba en una situación de mercado. Más aún, estaba en la misma situación ideal en la que el Banco de España quería que estuvieran todas las cajas de ahorros de España. Eso no impidió que la entidad fuera gestionada como un cortijo y ahora se descubra que le faltan 1.000 millones de capitalización.

    A las cajas no les ha gustado todo este proceso. Sienten que han sido conducidas por el Gobierno y el Banco de España a unas fusiones que no querían o a una situación de intervención por parte del Frob que no deseaban. En dos comunidades autónomas gobernadas por el PP, Galicia y la Comunidad Valenciana, donde las cajas actuaban casi como bancos públicos, los políticos locales han presentado batalla. No han tenido mucho éxito, porque carecen de recursos financieros, pero sí han logrado mediatizar en parte los procesos de racionalización.

    En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, sienten que la caída del Banco de Valencia forma parte de una maniobra de Rodrigo Rato para yugular para siempre la posible influencia de los empresarios y políticos locales en los órganos de Bankia. No se ha entendido que hay procesos de mercado que escapan a la lógica política o al caciquismo local. Será interesante ver cómo modula el nuevo Gobierno su política frente a las pretensiones de comunidades con tanta solera dentro del PP.

    john.muller@elmundo.es

    HOJEANDO/ZAPEANDO
    22/11/2011 VÍCTOR DE LA SERN A

    Los que son 'de los nuestros'



    Hace ya tres decenios, un joven miembro del Instituto Internacional de Prensa (IPI) sugería el nombre de José Mario Armero (presidente entonces de la agencia Europa Press) para ocupar la presidencia de la sección española del IPI, que se había quedado vacante. Un alto cargo de El País le respondía, tajante: «No es de los nuestros». Fin de la discusión.

    Es bastante común en los medios de información, particularmente la prensa escrita, el maniqueísmo distinguiendo buenos buenísimos de malos malísimos, pero hay que reconocer que pocos medios han llevado ese principio hasta sus últimas consecuencias como El País, que se mueve en un mundo en blanco y negro de lealtades y enemistades, dentro de un estilo implacable cuyos orígenes están en el inicio mismo del periódico, cuando Javier Pradera -desaparecido este pasado domingo- era su jefe de opinión.

    Desde hace tiempo, desde que José Luis Rodríguez Zapatero empezó a coquetear con otros amigos de la izquierda, El País se había distanciado del presidente del Gobierno. Pero ha sido este lunes, en uno de los numerosos editoriales de toma de posición de los distintos diarios, cuando el órgano de Prisa más radicalmente ha dejado claro quiénes eran los suyos: «Lo mismo que no fue Rajoy quien perdió las elecciones de 2004, sino José María Aznar, en esta ocasión el derrotado no es Alfredo Pérez Rubalcaba, sino José Luis Rodríguez Zapatero. La consecuencia de un suceso de esa naturaleza no puede ser otra que su dimisión inmediata como líder del partido socialista y la convocatoria de un congreso urgente que restaure las estructuras de una formación política amenazada de ruina por la ausencia de maña y el exceso de mañas que su actual secretario general exhibe». Cría cuervos...

    Muy diferente era la opinión del editorialista de EL MUNDO, que fulminaba al arrollado candidato: «No hay duda de que los electores han castigado al PSOE por la pésima gestión de la economía de Zapatero y su equipo, pero también ha pesado en la debacle socialista la malísima campaña del candidato, basada exclusivamente en el mensaje del miedo al PP y unas propuestas incoherentes e incluso estrambóticas».

    A la derecha, ABC está de acuerdo: «La designación de Rubalcaba ha sido el mayor error del PSOE en muchos años, no tanto por la persona como por la estrategia que representaba». Y a la izquierda, Público -¡cómo no!- aclaraba sus preferencias: «El pararrayos Zapatero no ha librado al candidato Rubalcaba de su altísima cuota de desgaste», escribe su director, Jesús Maraña.

    Va a ser que El País se queda tan solo en su interpretación como solía trompetear que el PP se quedaba en todo debate

    ASUNTOS INTERNOS
    22/11/2011
    LUCÍA MÉNDEZ

    La ceguera



    EL PSOE ha llegado al lugar hacia donde se dirigía con paso firme desde que Zapatero puso en marcha una sucesión creativa con la que se negó a sí mismo por segunda vez en un año. Dinamitó las primarias y eligió a Rubalcaba porque creyó que los españoles buscaban a un hombre maduro -no como él- que les devolviera la prosperidad perdida. La respuesta de los españoles ha sido contundente. No quieren a Rubalcaba. Los votantes han hablado -o se han abstenido- a gritos, pero los interpelados se han puesto cera en los oídos para no escucharles. No les gusta verse a ellos mismos tal y como los han visto las urnas. Les avisaron el 22-M, pero se hicieron los locos. Y así, dos días después de haber perdido cuatro millones de votos, 59 escaños en el Congreso y 40 en el Senado aún nadie ha asumido la responsabilidad de la debacle. Zapatero le echa la culpa a la crisis, Rubalcaba a Zapatero, de oca a oca y tiro porque me toca.

    Los traumas producen ofuscación en las personas y en los partidos. La ofuscación lleva a confundir lo que está bien con lo que está mal, lo correcto con lo incorrecto y lo lógico con lo que no lo es. Manuel Chaves le dijo ayer al periodista de la Ser Carles Francino: «No veo por qué ahora la gente tiene que dimitir simplemente por la derrota». Si al presidente del PSOE hay que explicarle lo obvio, mal vamos. Hasta ahora y en las democracias convencionales, los secretarios generales y/o los candidatos que pierden cuatro millones de votos, 59 diputados y 40 senadores han de asumir la responsabilidad de la derrota. Asumir la responsabilidad no consiste en poner cara de pena, echar unas lagrimitas o ir a confesarse. La responsabilidad política se asume yéndose a casa, aunque uno se aburra mucho. Almunia lo hizo la misma noche electoral de 2000 y sólo había perdido 16 escaños en relación con el 96.

    Zapatero y Rubalcaba son responsables de la derrota. Los dos. Como secretario general del PSOE y como candidato, respectivamente. La responsabilidad de Zapatero es evidente. Pero también lo es la del profesor de Química, el sprinter que aceleraba más que un coche deportivo, el dirigente imprescindible, el hombre de Estado que fue designado para frenar la desafección de los votantes del PSOE. A la vista está que no lo ha conseguido, sino todo lo contrario. Escaquearse no le deja en buen lugar como líder político.

    Los ciudadanos estamos hartos de que aquí nadie asuma la responsabilidad de los errores. Sea la crisis, la quiebra de un banco, la ruina de una empresa o el hundimiento de un partido. Nadie fue responsable de la derrota del 22-M y nadie lo es tampoco de la del 20-N. Éste es el mensaje central del PSOE, precisamente cuando los españoles reclaman dignidad, credibilidad y responsabilidad a los dirigentes políticos. Ésta es su grave equivocación. El resto -si Rubalcaba quiere seguir, si Zapatero no quiere perder sus galones de secretario general o si Chacón deshoja la margarita- no es más que un culebrón

    RAÚL DEL POZO

    EL RUIDO DE LA CALLE
    22/11/2011

    La gaviota flota



    «Vinieron los del PP ¡y qué paliza nos dieron! Que Dios está con los malos cuando son más que los buenos». Así hablan, con buen rollo, resignados, los derrotados con más cornadas, los que saben que en realidad vivimos en cierta manera un estado de excepción europeo y que el caos de las finanzas no se va a calmar con el PP. Sigue la trivialidad de la vida diaria y la victoria de Mariano Rajoy no ha detenido la pavorosa ascensión de la prima de riesgo.

    El buitre sigue planeando en lo alto del cielo y la gaviota, como escribió Camba, vuela, flota, planea, «muy bonita, muy grácil, elegante en su vuelo, pero los que la consideran un dechado de candor y de inocencia no saben lo que se pescan». Apriétense el cinturón porque la especulación suma y sigue y los mercados continúan practicando la autofagia. El sistema se nutre de sus propios recursos, se come a sí mismo, padece un proceso de necrosis y los políticos no salvan a nadie, es nadie el que tiene que salvarse solo.

    Como me comenta un catedrático muy pesimista, en los últimos años los listos se han dedicado a las finanzas y los mediocres a la política, y ahora estamos viendo las consecuencias. Ahora asistiremos a una metamorfosis de la clase dirigente, el miedo se está transformando en derecha. Anteanoche se vio la última movida, por ahora pacífica y tranquila, aclamando a su líder, que se apareció como el nuevo mesías rodeado de mujeres que se asomaron al balcón con carita de azucena, pero son mujeres fuertes de la biblia marianista, las nuevas amazonas que han sido clave en la larga travesía hacia el poder.

    Allí estaban ellas con su balconada, que así se llaman en argot los senos de las muchachas. Rajoy confía más en las mujeres que en los hombres; resisten mejor la adversidad, son más fuertes ante las crisis y las calamidades. Hablo esta mañana con una de las cajas negras del proyecto, Soraya Sáenz de Santamaría, la de la engañosa fragilidad. Le pregunto qué se siente cuando se llega al poder y me dice que nada, sólo ve que hay un trabajo terrible; resume la situación en una interjección, en castellano puro: «¡Estoy toda la mañana dale que te pego!». Se preocupa porque los procedimientos y rituales son lentos y se necesita celeridad ante la gravedad de la situación.

    Así es que las gaviotas no sintieron en el balcón de Génova más que vértigo. Rajoy les ha ordenado que lo hagan todo con rapidez y transparencia sin dejar llevarse por el regate corto o la insolencia. No les ha dado tiempo a disfrutar de la voluptuosidad del poder, la que sintieron Mao en Tiananmen, Franco en la Plaza de Oriente o el Papa en la ventana del Vaticano durante el discurso urbi et orbi

    22/11/2011
    23
    OTRAS VOCES

    El malestar de la libertad




    FIN DE ETA / JAVIER REDONDO

    según el tópico, España es un país de contrastes. Habríamos de añadir: de contrastes morales, de contradicciones y emocionalmente compulsivo. No es algo nuevo. La corrección política y el pensamiento único han agravado la situación, pero no la crearon. Simplemente han encontrado un clima idóneo para su cultivo. Los españoles nos agarramos a los clichés para sortear el razonamiento incómodo. Como durante siglos nos aferramos a los refranes para no fatigar los sesos. Instalados en la placidez del pensamiento precocinado, la libertad sale casi siempre mal parada.

    La libertad no es una concesión, es una conquista. Hay principios que se permiten prescindir de la dignidad, aunque se devalúen. La libertad nunca. No puede haber libertad sin dignidad. Igual que algunos ejemplos en los campos de concentración nos demostraron que existe la dignidad al margen de la libertad colectiva. Si los individuos entregamos nuestra libertad, entregamos nuestra dignidad, y a la inversa. La libertad es un principio individual, pero los pueblos la conquistan colectivamente. El riesgo de fracasar como nación está en no saber qué hacer con la libertad si se ha luchado por ella. Una vez la ganamos, fue en 1808. Y se nos fue casi al tiempo. Desde entonces, algunos ensayos espasmódicos malogrados, como 1868; y otra vez, como describe Miguel Maura, que fue regalada, «suavemente, alegremente, ciudadanamente», en 1931. Así no hay nada que hacer. Pese a todas sus virtudes, la libertad alcanzada en 1978 tampoco fue resultado de una lucha sin cuartel, sino una oportunidad bien aprovechada y un singular ejemplo, esta vez sí, de saber qué hacer con ella.

    Hoy la libertad no está de moda. Suelo acudir a los actos inaugurales o de graduación de cada curso universitario. Los discursos giran habitualmente en torno a una Universidad solidaria, justa, tolerante, sostenible, paritaria, plural, multicultural, igualitarista y que nos eduque para la paz. Sólo el año pasado el discurso de apertura se centró en la libertad. No es que los valores dominantes sean poca cosa, es que están supeditados a la libertad. A no ser que sólo se empleen como reclamos mantecosos de una doctrina falaz. La libertad necesita un sujeto, no es un mero objeto decorativo.

    Igualmente, pregunto de forma retórica en clase qué es lo más sagrado que poseemos como individuos. La respuesta nunca es «la libertad». Los estudiantes responden: la ciudadanía, la igualdad, la soberanía, el derecho a participar, poder votar, el poder del pueblo. O en el súmmum del delirio arriesgan: la paz. Ignoran que les han hurtado parte de su individualidad para inocularles constructos insustanciales si no se comprenden; se convierten así en esclavos felices que profesan un sistema de creencias.

    Más concretamente, en una conversación informal con un grupo de estudiantes les planteaba la siguiente hipótesis: su generación ha incorporado actitudes machistas que la mía estaba en curso de desterrar. Uno de los alumnos más brillantes respondió: «Es que mientras las mujeres de tu generación estaban obligadas a ganarse la igualdad; las de la mía sólo están obligada a utilizar unas palabras». Es decir, basta con memorizar unas cuantas nociones aunque no se entienda su significado ni mucho menos su raíz. Esta corrección política ha empobrecido las aulas y a la sociedad, incapaz de entender que la libertad es el fundamento de cualquier otro valor. Es el valor motriz. Vaya por delante que la corrección socialdemócrata no es un producto español, sino nórdico, cuyos efectos son visibles en todas partes.

    No se explica en las aulas que la violencia sobre otros -cualquiera que sea la condición del otro- es nociva porque priva al débil, al violentado, a la víctima de su dignidad. Y es un error distinguir entre tipos de violencia para predeterminar umbrales de tolerancia. Se ignora que la igualdad ante la ley es la expresión más acabada de igualdad porque garantiza que se nos considere iguales en la diferencia y por tanto nos permite ser diferentes unos de otros; ser nosotros mismos sin miedo a ser tratados desigualmente ni condenados al aislamiento. Se desprecia el libre pensamiento sin caer en la cuenta de que contribuye al progreso social y al fomento de la transigencia, que no existe como valor en sí mismo, sino subordinado a que haya individuos libres de poseer y defender sus propias ideas sin despreciar las de los otros. Por eso el liberalismo es atomizado y no compacto. El modelo liberal permite que haya tantas ideas como personas libres; los totalitarios requieren de una idea que todos compartan.

    Ahora vayamos al debate central tras un párrafo puente: si un maltratador, que lo ha sido durante más de 30 años, decide declarar públicamente que va a dejar de serlo a cambio de negociar su nuevo estatus en la sociedad; y asegura al mismo tiempo que su conducta no ha caído en saco roto porque ha conseguido condicionar el comportamiento del objeto de su violencia -su víctima-, la sociedad española se rasgaría las vestiduras hasta el paroxismo, pero como mero ritual, sin entender absolutamente nada, ni mucho menos el significado de la libertad, a menos que concentrara toda su rabia y su dolor por la víctima. Es decir, que dedicara todo su esfuerzo colectivo a recuperar y regenerar física y psíquicamente a quien ha sido desposeído de su individualidad, de su ser y su yo.

    Sin embargo, ETA declara el cese definitivo de su actividad armada y en un ignominioso párrafo afirma que su «lucha de largos años» ha tenido sentido, ha «creado esta oportunidad» y ha resultado útil, para finalmente pedir que se negocie sobre las consecuencias de un conflicto que ella ha creado, y hay españoles que primero lo celebran y luego convocan a su brazo político. Sólo después y de soslayo miran a las víctimas. Es la España compulsiva e icónica que festeja los gestos y gesticula con las imposturas; que celebra el devenir y no las conquistas; que aspira a la tranquilidad aunque haga añicos ánforas de libertad.

    Bien es verdad que puede discutirse la mayor, y hay quien considera que el último comunicado fue una conquista del Estado de Derecho y el comienzo de un recorrido que pasa por blanquear y legitimar las simpatías por la causa abertzale mediante las urnas, pero lo hace basándose en el indicio o suposición de que ETA estaba tan mal que no podía hacer otra cosa. O intuye que sacará más rédito mediante el cauce institucional. De tal modo que nos situamos en un debate sobre instrumentos, no sobre principios. Bajo este prisma, «el cese definitivo de su actividad armada» es hoy un instrumento más útil que la violencia, que lo ha sido y, por tanto, podría volver a serlO.

    O sea, vuelta al comienzo: no hay nada que celebrar, de momento. Y mucho menos tras los resultados del domingo. Amaiur es la segunda fuerza en Euskadi, donde ETA sigue siendo un actor de la política vasca. Porque no se ha disuelto, sino que tras interpretar el contexto político ha evaluado sus medios disponibles y útiles para alcanzar sus objetivos. El tiempo dirá si lo interpreta adecuada o erróneamente y cuáles son las consecuencias de cada uno de los dos escenarios.

    Que ETA haya cambiado unos medios por otros es indudablemente un avance. Lo hemos de reconocer por coherencia quienes sostuvimos que cuando dijeron «permanente» debieron escribir «definitivo». Pero insisto, no ha de celebrarse la mera sustitución de medios si no se acompaña de la aceptación de que los anteriores son tan dañinos como inútiles. Y eso no ha sucedido. La cuestión entonces es: ¿hay una parte de la sociedad a la que no le importa entregar poder a un partido que tiene un proyecto excluyente y considera la vía política sólo una alternativa igual de legítima que la de la violencia, que ahora no sigue porque le resulta improductiva o inviable? Sí: 333.628 votos lo certifican. Y hoy representan el 24% de la sociedad vasca porque muchos de los que representan a ideas opuestas han tenido que abandonar el País Vasco o son víctimas de la coacción -una forma de violencia-. Así las cosas, si aceptamos con naturalidad que pueden compaginarse los instrumentos coactivos con los legales estamos a las puertas de nuestro mayor fracaso como sociedad. Porque cederemos voluntariamente nuestra libertad.

    se ARGUMENTARÁ en contra que este planteamiento supone condenar al ostracismo unas ideas sin permitir que compitan democráticamente. No es verdad. Simplemente se pide la disolución de ETA para certificar que desaparece el agente coactivo y, sobre todo, se aspira a romper el cordón umbilical que mantiene unidos los dos medios por los que se persigue el mismo fin. Es la única manera de separar el fanatismo de la ideología adaptada a la legítima y libre competencia, por muy extravagante que nos resulte el proyecto abertzale.

    De tal modo que si se exige, para dar cauce de legitimidad a Amaiur, que ETA solicite el perdón de las víctimas no es por sentimentalismo pueril, ni ingenuidad y, si me apuran, ni siquiera por solidaridad. El perdón es una acción íntima que tiene un carácter y un alcance moral individual. En este caso es una fórmula para situar a las víctimas como eje de la conquista -si acaba siéndolo-, pues su actitud de aceptar el Estado de Derecho le concedió fuerza moral a la sociedad y al Estado. Es una fórmula que dignificaría la conquista pues supondría nuestro reconocimiento de su dignidad. Por otra parte, la libertad de nuestra sociedad pasa por la aplicación de la ley sin salvoconductos ni excepciones. Pues otro de los aspectos deteriorados por los efectos del buenismo es entender la separación de poderes y el imperio de la ley en sentido relativo y no absoluto, es decir, como garantía de libertad.

    Por último, hay quienes tras la celebración del comunicado recordaron a las víctimas. Fue un gesto loable pero insuficiente y enseguida depauperado por el empleo de la equidistancia. Sobre todo porque no se entiende que los mismos que aprobaron en 2007 una ley que regulaba el derecho a la reparación moral y a «obtener una declaración de reparación» para víctimas de la represión franquista, se conformen ahora con el mero recuerdo. Lo dicho, España es un país de contradicciones donde quienes obligan a unos a presentar credenciales democráticas mediante la condena de periodos históricos que le son ajenos, se conforman con que otros alardeen de que aquella «lucha» abrió esta «oportunidad», sin detenerse en el orden de las frases ni en si le faltan complementos que las saquen de la ambigüedad y el Pleistoceno.

    Si se trataba de celebrar oportunamente, hagámoslo. Pero celebremos lo que es, y no lo que no es -la conquista de la libertad-. Sólo a partir de ahora, y de ahí el monumental reto al que se enfrenta nuestra sociedad y el próximo Gobierno de Rajoy, sabremos si hemos conquistado la libertad o si nos conformamos con entenderla como una concesión, en cuyo caso renunciaríamos a ella para siempre.

    Javier Redondo es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid

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