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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

miércoles 30 de noviembre de 2011

FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, PG Cuartango, S González, C. Rigalt, J Müller, R del Pozo


  • COMENTARIOS LIBERALES
  • 30/11/2011 F. JIMÉNEZ LOSANTOS
  • El PSOE de los caídos


    COMO LOS vivos se han negado a votarles, Zapatero, Rubalcaba y sus secuaces quieren vengarse en los muertos. Aunque sea en el muerto que les permitió a sus padres ganar la Guerra Civil, porque la mayoría de los jerarcas del PSOE nacieron, por así decirlo, en el bando vencedor: Zapatero, Rubalcaba, Fernández de la Vega, Bermejo, Bono, Pumpido… tantos que es más fácil hacer el censo de los que nacieron en el otro bando. Repito: por así decirlo, porque todos eran, sencillamente, españoles que no querían desenterrar la Guerra Civil. Pero el PSOE de los caídos con Rubalcaba -su padre, de la aviación de Franco- y ZP -su padre, de la administración franquista de León- quiere desenterrar a Franco del Valle de los Caídos, propiedad privada en la que Mienmano Alfonso pretende hacer de sepulturero voluntario.

    En realidad, Guerra es el que tiene más en común con Franco: un hermano golfo. La diferencia es que lo que hizo el de Franco fue a espaldas del dictador y el sepulturero Alfonso tenía instalado a Juan en una oficina de la Delegación del Gobierno en Andalucía, al lado de las oficinas de la Junta de Andalucía, también de su partido; y ahí, en recinto oficial, cobraba comisiones por favorecer a los que buscaban favores políticos en la Administración. Desde ese templo de la integridad moral, el Enmano de Mienmano salía a recibirlo al aeropuerto sevillano como Virrey de la Mordida, para que no hubiera duda de quién y por qué cobraba el cafelito. Si Franco hubiera favorecido la corrupción fraternal como Alfonso Guerra, le habría puesto a su hermano un Ministerio, fusionando Fomento y Turismo. Y él hubiera muerto en la cama como el hombre más rico del mundo. Carlos Slim, el jefe de González, lo es y ni siquiera ganó la guerra de los cristeros.

    Es curioso que cuando Felipe y Alfonso estaban en el Gobierno no se les ocurriera desenterrar a Franco. Y que cuando Virgilio Zapatero, ahora Experto Desenterrador, era ministro de Justicia tampoco alentara la exhumación forzosa que ahora preconiza, dizque para convertirlo en lugar de medita-ción. ¿No será en gasolinera? Luego irá el Pudridero de El Escorial, con reyes felones y déspotas tronados. Y para entonces el PSOE habrá recuperado algún voto. O no: cinco millones de parados no hallan empleo fijo en una fosa. Aunque, tras la tumba de Franco, le toque a la de Pablo Iglesias, que, aunque más lerdo, tampoco era demócrata y también era del Ferrol.

    >Vea de martes a sábado el videoblog de Carlos Cuesta La escopeta nacional. Sólo en EL MUNDO en Orbyt, hoy:Entre el paro y el déficit
  • TIEMPO RECOBRADO
  • 30/11/2011 PEDRO G. CUARTANGO
  • ¿El final del principio?

    FUE en un curso del Collège de France, en la rue des Écoles, donde escuché por primera vez el término entropología. La persona que utilizaba esa palabra era Claude Lévi-Strauss.

    Han pasado más de 30 años desde entonces y las reflexiones del autor de las Mitológicas han adquirido tintes proféticos. La tesis fundamental de Lévi-Strauss en aquel seminario era que el desarrollo histórico del ser humano se basa en la destrucción, la gran fuerza que mueve la Historia.

    Lévi-Strauss sostuvo que la antropología o ciencia del hombre había devenido en entropología o ciencia de la extinción, convertida en el signo de nuestro tiempo. El pensador francés veía en el Holocausto, el agotamiento de los recursos naturales y la colonización del Tercer Mundo la constatación de su análisis teórico.

    Si el hombre se había construido a sí mismo tras el dominio del fuego y el lenguaje, los avances tecnológicos y la civilización occidental tenían para él un componente autodestructivo que llevaba a la extinción de la vida.

    Cuando observo los destrozos que está provocando esta crisis económica, me da la impresión de que Lévi-Strauss tenía bastante razón. Hay un componente negativo y demoniaco en nuestra organización social que nos lleva a ese final catastrófico que ya figura en los mitos primigenios de nuestros orígenes.

    Para no remontarnos tan atrás, Sigmund Freud acuñó el término instinto de muerte para poner nombre a las pulsiones destructivas que existen en todo ser humano. Freud sostenía en El malestar en la cultura que el empuje de Thanatos era superior a Eros, el instinto de placer.

    Hay en todo el desarrollo de nuestra civilización una tensión entre las fuerzas de la destrucción y el impulso básico de hacer el bien y asociarse con el prójimo. Pero la gran cuestión es cuál de esas dos tendencias contrapuestas se impone sobre la otra. El dilema queda planteado por Hamlet cuando se pregunta con una clarividente economía del lenguaje: «¿Ser o no ser?».

    Vivimos en tiempos en los que el no ser, las fuerzas destructivas del hombre han convertido la Historia en el epílogo de la entropología straussiana. Prometeo no es ya el símbolo de la liberación de la tiranía y de la autonomía de la razón, como escribía Marx, sino el signo de la devastación de la Naturaleza, del fuego como aniquilación e incluso como instrumento de dominación.

    El gran mito de nuestro tiempo es el progreso. Se acepta comúnmente que vivimos mejor que nuestros antepasados cuando lo cierto es lo contrario: estamos atrapados por la técnica y una lógica de la economía que nos lleva a la autodestrucción. La crisis es el reflejo del cáncer que padece nuestra sociedad, cuyas células están alteradas por una escala de valores que nos ha enloquecido. Pero tal vez la entropología sea reversible y lo que parece el final es, en realidad, el comienzo del hombre que -como Fénix- renace de sus cenizas por la fuerza de Eros.

  • A CONTRAPELO
  • 30/11/2011 SANTIAGO GONZÁLEZ
  • Errores morganáticos




    Es de suponer que, en fechas como éstas, el Rey lamentará que sus hijos hayan mostrado esta inclinación a la llaneza a la hora de los esponsales. No es que uno pertenezca a la línea de pensamiento de Jaime Peñafiel, tan incompatible con el matrimonio morganático. El Príncipe y las Infantas nos han salido chicos de su tiempo y, a la hora de elegir pareja, obraron como si estuvieran en este mundo para divertirse.

    Lo que ya se prefigura como el caso Urdangarin no tendría razón de ser si se hubiera observado esa norma tácita según la cual está muy bien que los miembros de la Familia Real tengan sus puestos de trabajo y desarrollen una actividad beneficiosa para ellos mismos y para la sociedad, pero que no deben tener negocios. La Infanta Elena montó una empresa de asesoría poco después de su separación de Jaime de Marichalar, pero el Rey, con buen criterio, ordenó que disolviera la sociedad en cuanto tuvo noticia del asunto. La Infanta Cristina, en cambio, trabaja en la Obra Social de La Caixa desde hace bastantes años.

    Ningún inconveniente habría para que su marido tuviera un empleo parecido, bien remunerado y con horario flexible, si hubiera sido un príncipe centroeuropeo. Lo malo de buscar un marido en la fibra más resistente de la clase media-alta es que te puede salir con espíritu creador y capacidad de iniciativa.

    Urdangarin es el vástago de una familia nacionalista vasca y, como todo el mundo sabe, llegó de una tierra en la que sus naturales son unos virtuosos de las pymes. Hay que tener en cuenta, además, que el PNV es un partido de vocación y hechuras municipalistas, razón que quizá contribuya a explicar esa soltura en el trato con esa clase política menestral que forma la Administración local, según lo que parece desprenderse de los indicios que se van acumulando en torno a las actividades del Instituto Nóos.

    Como decían John Bird y John Fortune, dos geniales cómicos de la BBC, para explicar el atractivo de las hipotecas subprime en aquel memorable vídeo sobre la crisis, «es que tienen muy buenos nombres: Fondo Estructurado de Alta Gama, y así». Ahora, pónganse en el lugar de un concejal a quien se le presenta un tipo de porte principesco, no importa que fuera por adherencia conyugal, les presenta un power point firmado por un autodenominado Instituto de Estudios Estratégicos de Patrocinio y Mecenazgo. No me negarán que es un nombre regio, muy bien elegido.

    Imaginen que, además, en la presentación se hace constar que en la Junta Directiva del Instituto figura S. A. R. la Infanta Doña Cristina y el asesor de la Casa de S. M. El Rey, don Carlos García Revenga, y es que casi se comprenden las ganas de firmar con ellos, antes incluso de saber qué beneficio se puede esperar de la colaboración. Aunque sólo fuera por codearse.

    En la clase media-baja somos muy sensibles a estas cosas. El día en que el Ayuntamiento de mi ciudad asignó la recogida de los R. S. U. (residuos sólidos urbanos, antes basuras) a la empresa de las hermanas Koplowitz, un servidor tuvo subidón en su autoestima ciudadana, no les diré más.
  • ZOOM
  • 30/11/2011
  • El fin del mundo




    DESDE QUE todo el mundo tiene un móvil con cámara, es abrumadora la cantidad de gente que ha descubierto una súbita vocación de periodista. En todas partes los fotógrafos espontáneos brotan como setas. Son los auténticos reporteros sin fronteras, entendida la ausencia de fronteras como expresión de la universalidad del fenómeno.

    La fiebre del teléfono/cámara ataca a todos. Hoy sabemos que los tsunamis existen porque hemos visto el mar paseándose sobre las casas y arrancando árboles de cuajo. El primer tsunami del que tuve constancia fue el de Tailandia, donde el mar borró playas enteras con los turistas dentro. Por internet se difundieron escenas de los destrozos que iba causando el agua mientras avanzaba. Había turistas incrédulos que corrían en todas las direcciones, gente que se encaramaba a los tejados cámara en mano (ya no vale con contarlo: ahora, para que te crean, hay que enseñar el vídeo). Siendo dramático, el tsunami de Tailandia no me impresionó tanto como el de Japón, quizás porque el entorno era más lúdico (la playa, la gente tomando el sol en bolas, el festín de colores, la vegetación) y una creía, en su ignorancia, que aquella gente acabaría poniéndose a salvo en lo alto de una colina.

    El tsunami de Japón fue mucho peor, al menos en los vídeos que nos ha legado la tragedia. Los japoneses son fotógrafos compulsivos y todavía hoy difunden imágenes de aquella descomunal barrida. Lo último que he visto ha sido un vídeo que no puedo apartar de mi cabeza. En él aparece un paisaje gris, quieto como el de una postal. Luego de fijarme mucho, observo que algo se mueve y empiezo a buscar los siete errores. La imagen cambia de un momento a otro. Al fondo, la línea del horizonte se va haciendo grande. Ya no es una línea sino una cenefa, y tampoco está quieta sino que avanza hacia el lugar donde alguien graba el vídeo. Pasados unos minutos, la cenefa del mar está ya en primer plano. Hombres y mujeres huyen, pero el agua los alcanza. Son gente menuda y rápida, caballeros de gabardina, amas de casa, ancianos. Veo su expresión de pasmo, pero no parece que griten. Las imágenes del vídeo empiezan entonces a temblar, se conoce que la persona que sostiene la camarita ya no tiene el pulso firme. En unos segundos, la grabación se interrumpe y la imagen queda fundida en negro. El improvisado periodista ha hecho cuerpo con la noticia.

    Según los mayas, en 2012 se acabará todo. A mí me da igual. Ya he visto el fin de mundo por adelantado.
  • EL RUIDO DE LA CALLE
  • 30/11/2011 RAÚL DEL POZO
  • Volvió Paesa




    «El origen del mal está en los años del felipismo, después no se hizo catarsis o depuración alguna y la corrupción nos está pudriendo», comenta un antiguo dirigente de la izquierda. Antonio García Ferreras, conductor del programa Al rojo vivo, exclamó ayer después de recitar la lista de corrupciones: «¡Madre mía!». Es verdad que no queda una institución libre de toda sospecha después de que algunos políticos de cuello blanco lanzaran la verrugueta o flor de los fulleros. Mientras los partidos esparcían eslóganes con retórica para ilusos, algunos de sus dirigentes, en la península y en las islas, metían las manos hasta el codo en las cloacas.

    Dice el político aludido que aquí no se hizo purga o catarsis; pues ahí tienen Emarsa, la empresa encargada de la limpieza de la gran cloaca de Valencia. Emarsa no es una guirigaña tan vistosa como la del yerno del Rey o el ministro portavoz, pero el sumario del caso podría ser el texto de una novela de germanías. Esa empresa pública se dedicaba directamente a depurar el agua de Valencia cuando el monopolio o monipodio de las aguas fecales dependía de la Generalitat de Camps o la Alcaldía de Rita, cosa que no está nada clara.

    El saqueo de la Albufera ideado por el partido opuesto al del Guadalquivir de los eres y de las estrellas, en la otra costa y esquina del caso de la gasolinera, más abajo de Pretoria y en la misma línea de Gürtel, pasó de los 30 millones de euros, que se los llevaron al banco; el resto lo pulieron en décimos de lotería, mariscadas, bolsos de Loewe, hoteles para traductoras rumanas, cestas de Navidad y viajes con toda la familia a Johannesburgo.

    La alcaldesa Rita Barberá explica que no tenía nada que ver con la horterada. En ésas estábamos cuando reapareció uno de los que tenían debajo de la efigie las palabras «se busca», el gran Paesa, para probarnos que la corrupción se ha agravado en los últimos 17 años. Aquel país poblado de Roldanes que reventaban las huchas de los huérfanos ha dado paso a unos sucesores tan ladrones como aquéllos. A Paesa, el hurón que baló al jefe de los picos, un Don Pablos en el servicio secreto, le han puesto las pulseras en Sierra Leona, adonde llegó para verificar si eran de oro dos estatuillas chinas.

    Casi mejor que los corruptos de hoy ese playboy de americanas de seis botones, ligón de primeras damas, gigoló de viudas que robaba a ladrones y fue capaz de dar el timo de los misiles antiaéreos a los cazurros de ETA poniéndoles sensores de localización de zulos.

    Desde Paesa a nuestros días, el caudal de la gran cloaca ha crecido y ha subido como una riada. La clavó el que dijo que entre las cosas que nos degradan y nos ensucian, el poder es la más constante.

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