FIRMAS: S. González, R. del Pozo, R Amón, J Miravalls

SANTIAGO GONZÁLEZ
29/07/2011
Islas griegas
Si no de igualdad, lo que sí lleva dentro es un notable poder de imitación. Lo que conseguían vascos y catalanes para sus comunidades era reclamado de inmediato por las restantes, «las autonomías de la envidia», según acuñación de Arzalluz, en aplicación de la célebre cláusula Camps, que es una adaptación del «comeré lo mismo que ella», que dice Estelle Reiner en Cuando Harry encontró a Sally, tras ver a Meg Ryan fingiendo un orgasmo mientras se come el postre.
Con el gobierno de unos y otros, las autonomías fueron convirtiéndose en un mecanismo para recabar dinero y poder, sin contraprestación de responsabilidad. No se conoce el caso de ningún gobernante autonómico que haya pensado financiar su autogobierno o reducir su déficit mediante el uso de su capacidad normativa en materia de impuestos y aumentar éstos en el tramo que les corresponde. Ni en cerrar su televisión.
Luego está el extraño caso de Rajoy. ¿Cuántas veces habrá dicho el Gobierno que el jefe de la oposición no tiene propuestas y que no arrima el hombro? Bueno, pues cuando hace alguna, van y se la tumban. Hay más parecidos, aunque los papeles han cambiado tras las últimas elecciones autonómicas.
El dinero que deben devolver las autonomías es el que recibieron del Estado por las erróneas previsiones del Gobierno cuando las gobernaban mayoritariamente los socialistas. Ahora que casi todos los gobiernos autonómicos están en manos adversarias, que las cajas están vacías y los cajones llenos de facturas pendientes, Elena Salgado se expresa con el rigor de Angela Merkel. El discurso de los nuevos líderes recuerda en algo los editoriales de la prensa amiga en los que se pedía razonablemente flexibilidad para la deuda griega. Madrid y Galicia, que están más rodadas, son quienes encabezan la protesta, junto a Cataluña, que es un clásico.
Este modelo de financiación ya no da más de sí, por más que el presidente que lo impulsó dijera hace dos años, al darles el dinero de más que ahora les reclaman: «Es el modelo de financiación que más se parece a la España real, porque incorpora a través del diálogo el interés general y el interés de cada una de las comunidades autónomas, demostrándose así que el Estado de las Autonomías funciona con el diálogo». Las comunidades autónomas tienen que recortar para que 'R.', que prometió 8.000 millones para Sanidad, pueda acusarlas de recortar el Estado del Bienestar
RUBÉN AMÓN
29/07/2011
El error de Kosovo
La guerra de Kosovo se había justificado para evitar la limpieza étnica de Slobodan Milosevic, pero el artificio geopolítico resultante no es sólo un estado artificial, corrompido e insolvente, sino además un estado étnicamente puro, tal como prueba el éxodo masivo de los genuinos serbios -quedan 60.000- y la hegemonía de la estirpe albanesa (1,7 millones).
Recuerdo el discurso entusiasta que Bill Clinton ofició en el pabellón de deportes de Urosevac al abrigo de la victoria aliada. El presidente norteamericano se congratulaba de haber ganado la guerra, pero matizaba desde posiciones demagógicas la importancia de ganar la paz.
Se refería al esfuerzo de cohabitación que se debían vencedores y vencidos. Con un matiz. No ganaron la guerra los albano-kosovares, sino la OTAN. Y no perdieron la guerra los serbios. La sacrificó Milosevic en su delirio endogámico: «¿En qué se parece Yugoslavia a un Nokia?», ironizaban en Belgrado. «Pues en que cada vez sale un modelo más pequeño».
Slobo convirtió en pedazos el precario puzle que había apuntalado Tito. No sólo por las sucesivas independencias de Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia. También porque la autodeterminación de Montenegro hurtaba a Serbia la salida al mar y porque la secesión de Kosovo sustraía a la nación sus raíces religiosas y sus mitos fundacionales.
Hicieron falta 79 días de bombardeos para obtener la capitulación de Milosevic, aunque la independencia de Kosovo ya estaba decidida desde que sobrevoló Belgrado el primer caza de la Alianza. Solana, antaño suscriptor del «OTAN no, bases fuera», asumía un papel de marioneta en la torre de mando con dos objetivos complementarios. Demostrar, por un lado, que la OTAN era necesaria en la conmemoración del 50 aniversario y, por otro, limpiar la conciencia respecto a la pasividad y complicidad silenciosa del prosaico avispero balcánico.
El precio de semejante error consiste en haber cuestionado la soberanía territorial, legítima, de Serbia y en haberse inventado, a cambio, un estado discriminatorio y vengativo que España se niega a reconocer porque el gran Kosovo, pura y únicamente albanés, representa el paradójico antecedente de un país nuevo que levanta sus murallas y sus represalias en la utopía de la Europa sin fronteras
JULIO MIRAVALLS
29/07/2011
Economía tecnológica
La tecnología de consumo parece ser otro sector que está viviendo su propia crisis dentro de la crisis: la caída en ventas de informática ha sido espectacular. Será por la recesión y la disminución del consumo, pero también por el cambio de paradigma que supone la eclosión de e-books, tabletas y teléfonos listos. Los esquemas se han movido y de repente se venden menos ordenadores.
Algo tendrá que ver con el hecho de que el eje de la sociedad tecnologizada sean internet, las redes sociales y el concepto de «consumo» instantáneo aplicado a todo. Todo se consume. Hasta la cultura y las noticias son objetos de consumo. Que tiene narices, a menos que se refieran a los empalagosos reportajes en el marco incomparable, que rellenan la mitad del tiempo de los telediarios hasta provocar diabetes mental.
El caso es que la economía de la industria electrónica se hace insostenible. El modelo no resiste. Sólo ha aguantado porque las cifras de ventas se siguen contando por muchos millones de unidades al año.
Me lo explicaba el otro día un ejecutivo del sector: fabrican en masa en países asiáticos, encargando ahora lo que creen que el comprador podrá desear dentro de tres meses y jugando con márgenes mínimos. Pero cuando llegan a la tienda, o se anticipó otro competidor, bajando precios, o el consumidor está en otra vaina. O, sencillamente, en el barullo del escaparate saturado no se disciernen diferencias. El comprador informado espera la última virguería que ha leído en un blog -y no la encuentra- mientras el despistado sólo compara precios entre cosas parecidas.
El modelo de fabricación deslocalizada y por lo barato, alejada del consumidor en el tiempo y el espacio, se colapsa en el territorio de la tecnología, que tanto lo impulsó.
En el último Foro Innova, Francisco Belil, consejero delegado de Siemens España, advertía de que lo que nuestra economía necesita es una reindustrialización de alto valor añadido. O sea, fábricas muy tecnificadas, con pocos trabajadores pero de alta cualificación y mucha competitividad. Los coches alemanes de mayor prestigio se hacen en Alemania.
Hablan de «economía sostenible» basada en «el conocimiento», pero si sólo producimos patentes e ingenieros, será para que se vayan a Alemania. Y ya que vienen elecciones, a ver quién me pide el voto prometiéndome una reindustrialización tecnologizada. Si no, apaga y vámonos
RAÚL DEL POZO
29/07/2011
Felices vacaciones
Se cierra el Congreso, se cierra Zarzuela, Moncloa queda a media luz, se amortajan los muebles y nos vamos de vacaciones. Que a todos nos folle un pez en el mar, en el serrallo de los príncipes saudíes, en las islas Baleares donde va el Rey o en cualquier parte del anchuroso mar. Hemos cerrado la tienda cuando el paro y la corrupción preocupan más a los españoles. Ignoramos la fecha de las elecciones, porque algunos periódicos dicen que serán en otoño y José Luis Rodríguez Zapatero, que es el que las convoca, insiste que en primavera. Durante agosto no cesará el estrépito y la demagogia de la política.
Muchos, sin familia y sin dinero, quedarán abandonados. Los perros serán presos en las calles y algunos abuelos, en las residencias. No es por consolarlos, pero Madrid en agosto, recupera el fresco y la libertad, las grandes mansiones se abren a los golfos, las trasnochadas se abarrotan de guiris, con sed de beduinos y ganas de juerga. Aquí donde el mar no se puede concebir, hay mucha marcha en agosto. Ya no hay majas con rascamoños, pero sí poca vergüenza y poca conducta. Las cosas más extraordinarias suelen ocurrir en este mes.
En unas horas se inicia el éxodo a la arena y a la puta sardina; todo el mundo sale huyendo de sí mismo; las nuevas arcas de Noé, para homínidos de la recesión escupen multitudes en todo el universo. Dicen que el mar hipnotiza y huele a sexo, sonríe, atrae y respira un aburrimiento necesario. La gente tiene derecho a insistir en sus mitos.
El veraneo es una de las pasiones del hombre desde que los romanos se fugaban a Pompeya o a Hispania, incluso a Marbella, donde todavía hay puentes y termas romanas. El dolce far niente, el derecho a la pereza, son conquistas del Estado del Bienestar. Los ricos han veraneado siempre, en Torrelodones o en Zarauz, mientras un inmenso país dormitaba en el botijo y en el pepino, en el chotis y en las fiestas de las vírgenes de agosto. Primero fue el Atlántico, la Costa Azul, Cabourg, donde iba Proust, con el lirio en el ojal; el de la raya en medio abría la ventana al sol «como desvendando una momia egipcia». Después triunfó el Mediterráneo, cuando la Europa de la posguerra logró el descanso para la clase obrera y la clase media. Los españoles viajaban y veraneaban poco. «Alguna excursión a Toledo y algún veraneo en San Sebastián solía ser todo el bagaje geográfico del madrileño indiferente», escribe César González Ruano, que veraneaba en el Café Colón de Cuenca.
Antes de la burbuja el verano se llenaba de silicona y los paletas viajaban en Mercedes. Llegaban a Nueva York y decían eso de «Give me two», dejándonos en ridículo. Quizás, por todo eso, nos hacían falta unos baños de humildad en lo que fue lupanar de cemento
Buena educación, ante todo
Explica cómo las normas de etiqueta varían a lo largo del tiempo y critica la actual falta de corrección en las formas
Sólo después me di cuenta del valor de ese precioso texto histórico, que contenía las más básicas normas de urbanidad en un país como Pakistán, donde se mezclaban la tradición, la cultura ancestral islámica y una sociedad todavía preindustrial, con una élite educada en instituciones imperiales británicas, que querían convertir sus comedores locales en los de la Universidad de Oxford o de la Academia Militar de Sandhurst, y a sus colegas y subordinados en émulos del duque de Wellington o de un caballero de Camelot.
Me pregunto cuáles serán las reglas actuales del Ejército del Aire paquistaní. Seguro que se habrán transformado, porque las buenas costumbres son muestras del contexto cultural de una sociedad y cambian de un momento a otro. Me acordé el otro día de aquel texto que tanta gracia le hacía a mi madre en mi niñez, porque leí un mensaje -que causaba furor en internet- de una señora inglesa, preocupada por inculcar a la novia de su hijastro los más elementales principios de comportamiento. Bajo el título Buena Educación, la señora criticaba algunas conductas de su futura nuera. Si lo que dijo era verdad, se trata, por lo visto, de un monstruo de niña, que al acudir de visita a casa de la familia de su novio se queda en la cama hasta el mediodía, que desdeña la comida, que se sirve en la mesa sin esperar a los demás y que menosprecia en voz alta, y en público, a sus familiares.
La chica incluso había propuesto que el banquete de boda se celebrase en el Castillo de Berkeley, conocido en la historia de Inglaterra por haber sido el escenario del asesinato del rey homosexual Eduardo II en 1327, al parecer introduciéndole un atizador candente por el ano. De modo que, a mí al menos, acudir a un lugar así, me quitaría el apetito en la boda. Sin embargo, la madrastra se opuso a la sugerencia de celebrar allí la comilona por otro motivo. «Casarse en un castillo es cursi» -rezaba el correo electrónico- «y propio de celebridades, a menos que seas su dueño». Y resultó que el colmo de todas las faltas de formalidad de la novia era que su familia no podía pagar el coste de la boda, «por motivos económicos», comentó la futura suegra, molesta por considerar que hubiera sido de esperar que los padres ahorrasen «algo de dinero para la boda de su hija».
No quiero defender a la chica, porque, si todos los comentarios de la madrastra fueran ciertos, estaríamos ante una combinación asquerosa de pereza, egoísmo y pretensiones exageradas. Aunque, ni aun así, apoyo la falta de formalidad de la señora al mandarle un correo tan imprudente y tan feroz. Lo que me llama la atención es la falta de comprensión mutua entre personas de distintas generaciones.
Mis hijos me aseguran que hoy en día es normal que las familias de los novios compartan los gastos de una boda - revelación lamentable en mi familia, ya que sólo tenemos hijos varones, por lo que en una época anterior y mejor no hubiésemos pagado un céntimo-. Por otra parte, yo ya soy muy viejo y me fastidian los jóvenes que se presentan desarreglados y aun desaseados en fiestas o restaurantes -ni hablar de venir con corbata o chaqueta-, pero reconozco que hay que soportar tales mutaciones culturales. A los que visitan mi despacho sigo ofreciéndoles cigarrillos, aunque nadie los acepta y algunos me miran con cara asustada. A cada generación, su código de etiqueta.
Las normas de comportamiento no son homogéneas en todos los países, como consecuencia de la diversidad cultural. Así, por ejemplo, en España supone una falta de formalidad hacer esperar a un camarero mientras piensas en lo que vas a pedir; en cambio, la formalidad inglesa o estadounidense exige que todos pierdan el tiempo conversando entre sí y con el camarero -y no sólo para comentar los platos, sino también para tratar cualquier asunto- antes de decidir. Cuando estoy en un bar español, sufro infinitamente por el pobre camarero cuando acudo con convidados de estas naciones.
Ejemplos hay para aburrir. En China, según me cuentan, un eructo fuerte sirve para expresar gratitud a la hora de la comida. Por eso no me apetece viajar a China. En Irán es costumbre que el invitado de honor inicie el almuerzo comiéndose la exquisitez más apreciada del lugar, que suele ser un ojo de oveja. Por eso procuro que en Irán nadie me honre con una invitación a comer. En Baluchistán, según me dicen, pasa algo parecido, pero con la diferencia de que hay que empezar por ingerir los líquidos del estómago del bicho. En Estados Unidos, lo normal es servirse a uno mismo en la mesa y pasar los servicios al resto de comensales para que hagan lo mismo. Por ello, me levanto siempre de la comida con un hambre espantosa porque no me atrevo a pedir que me pasen ningún plato, ni soy capaz de tragar nada sin ofrecer el plato a los demás. Allí lo aceptan sin darse cuenta de que sigues sin probar bocado y te lo arrebatan antes de que te dé tiempo de pinchar siquiera un pedacito.
Y aun dentro de una misma tradición cultural, a lo largo de la historia se producen cambios en las costumbres sorprendentes. Baldassare Castiglione, autor del gran libro de etiqueta del Renacimiento italiano, tuvo que aconsejar a sus lectores corteses que no orinasen en lugares públicos. Hoy en día hay lugares donde ese consejo ha vuelto a ser relevante, a juzgar por el olor de algunas calles de Londres a la hora del cierre de los pubs. Y, por supuesto, el buen comportamiento sexual también ha experimentado varias revoluciones. En el siglo XIX, un hombre se sentía obligado a mantener su propuesta de matrimonio, incluso si la dama le había rechazado. Al duque de Wellington, Kitty Pakenham le rechazó varias veces antes de cambiar de propósito. «¡Dios! ¡Se ha vuelto vieja y fea mientras tanto!», exclamó el noble ante el altar, lo que fue, desde luego, una falta de formalidad, aunque menos grave de lo que hubiera sido entonces retirar la oferta de matrimonio.
HACE RELATIVAMENTE poco tiempo, antes de la revolución feminista de los años 60 y 70, hubiera sido muy mal visto que una mujer dijera que «sí» a un hombre que le tirase los tejos; hoy en día es preciso obtener esta respuesta antes de iniciar cualquier coqueteo, si quieres evitar que te acusen de violador -y aun así puedes acabar como Dominique Strauss-Kahn-. Debido a mi educación de los años 50, soy incapaz de sentarme si una mujer se mantiene de pie, o de pasar por una puerta sin mantenerla abierta para que pase antes una fémina. Pero hay mujeres que se sienten insultadas por el gesto, como si quisiera yo insinuar con ello que no tienen suficiente fuerza para agarrarse de una manilla o sostener su propio peso. En una ocasión, en un acto que yo presidía, invité a una señora del público a que expusiese en voz alta su pregunta. Como ignoraba su nombre, me referí a ella como «la dama del vestido azul». «Oye»», me respondió airada, «no soy una dama sino una mujer». «Mujer», le contesté, «ya lo veo». Mi respueta fue poco galante, desde luego, pero creo que la dama me obligó a ello.
No hay que confundir la formalidad con la moralidad. Volviendo a la señora del correo electrónico y a su ¿futura nuera?, deberían esforzarse por amoldarse cada una a las normas de la otra. Hay que reconocer que no existen reglas universales de conducta, menos la del respeto que merecen las diferencias. Ser bien educado consiste, nada más ni nada menos, que en valorar a los demás más que a uno mismo.
Mis lectores dirán que suelo meterme mucho con los ricos y poderosos de la Tierra, y que ministros, millonarios y meretricios de la fama vulgar se retratan a menudo en esta Tribuna Libre como imbéciles y viciosos. Pues bien, se trata del mayor gesto de respeto imaginable, y lo hago confiando en que ellos sean capaces de apreciar la verdad sobre sus defectos de inteligencia y moralidad, en lugar de contentarse con la adulación acostumbrada de los sicofantes. Y no es que quiera sugerir que yo sea mejor que ellos, sino, sencillamente, digo que su riqueza y su poder permite que se les critique más que a los pobres y desvalidos del mundo, que merecen la indulgencia que les concede Dios. En mis crónicas, procuro no criticar nunca a quienes son más pobres o más débiles que yo. Eso me parece lo esencial del comportamiento cabal y la única formalidad que realmente cuenta como moral.
Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame
Etiquetas: Firmas





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