FIRMAS: Raúl del Pozo, Erasmo, Luis María Anson, Arcadi Espada, J.Müller, A. Romero, S. Sostres,

luis MARÍA ANSON
28/06/2011
La guerra de Zapatero
JOSÉ MARÍA Aznar se sumó a la posición del socialista Blair y del conservador Bush II, favorables a la guerra en Irak. Pero no envió un solo soldado a combatir en la contienda. Tras la victoria de los aliados, la ONU solicitó la participación de las naciones en las tareas de paz y reconstrucción. Respondieron 32 países, entre ellos España. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero se convirtió en presidente por accidente, acertó al decidir la retirada de las tropas españolas de Irak porque aquello era una guerra. Se equivocó en el procedimiento y en la precipitación. También en su apelación a las demás naciones para que hicieran lo mismo. El nuevo presidente se convirtió en un apestado internacional y dedicó su alta sabiduría a cultivar la alianza con el eje Castro-Chávez-Ortega, situando a España en la marginación.Tras la victoria de Obama, Zapatero se hincó de hinojos ante el nuevo César. Se había dado cuenta de que no se puede funcionar en el mundo occidental con la hostilidad abierta de Estados Unidos. A petición del presidente americano, robusteció la presencia militar española en la peligrosa guerra de Afganistán. Obama le obsequió con algunos gestos condescendientes y, en su desdén, ni siquiera se molestó en visitar España, que ocupaba la presidencia rotatoria de Europa. Las tropas españolas están hoy en Afganistán con el mismo aval de la ONU que las respaldó en Irak. Zapatero, el pacifista, en plena contradicción, nos metió de hoz y coz en la guerra afgana y comprometió en ella a otra pacifista de conocido perfil: Carmina Chacón. Todo un despropósito, toda una incoherencia. España debió quedarse fuera de la guerra de Afganistán de la misma forma que ha sido un error participar en la guerra de Libia.
Las consecuencias de la política zapatética están a la vista. Cerca de un centenar de militares españoles han perdido la vida en Afganistán, amén el crecido número de heridos y mutilados. Y todo ello sin otro motivo real que el deseo de Zapatero de establecer una buena relación con Obama. Carmina Chacón, la pobrecilla, está volada y no sabe cómo justificar la presencia de España en la guerra que acosa a los dos antiguos pacifistas.
Las jubilosas movilizaciones de antaño contra la guerra de Irak se han convertido en un sarcasmo. El club de la ceja está desolado. No fue la cultura la que se sumó a las campañas zapaterescas de los años 2003 y 2004 pero sí un grupo de artistas destacados que hoy, en privado, abominan de Zapatero. He publicado varios artículos en los últimos años advirtiendo de la sangría que se podía producir en Afganistán, de la conveniencia de retirar nuestras tropas. El goteo de bajas me ha dado la razón pero Zapatero prefiere el desdén calculado con que le obsequia Obama antes que desairar al Imperio.
P.S. Mi carta del domingo a Alfonso Ussía terminaba con una cita entrecomillada de Mingote: «Tengo que esforzarme muchas veces para no regalarle mi lápiz a un pobre y echarme a llorar». Los duendes de la imprenta suprimieron «a un pobre y echarme a llorar». Por tratarse de una cita de Mingote, de gran profundidad, por cierto, hago la aclaración.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
arcadi espada
28/06/2011
El nuevo bricolaje
- ¿Y entonces tú de qué vives?
- Ah, bueno, yo tengo una empresa de internet.
Siempre ha habido artistas de domingo por la tarde. Jaime Gil de Biedma escribía poemas en la ducha, incluso en días laborables. Y Juan García Hortelano hacia jornada intensiva en un ministerio. Pero hay una diferencia muy importante: uno y otro traba-jaban, a pesar de sus sospechosas aficiones artísticas. Es decir, las empresas les toleraban la poesía. La empresa de nuestro músico, en cambio, se beneficia intensamente de la publicidad que le procura el gratuito activis-mo copyleft del dueño. Hasta el punto de que no queda muy claro si su propio arte no es una extensión naturalísima de la empresa.
El negocio, sin embargo, tiene una base objetiva. La sociedad del ocio y la tecnología de bolsillo han multiplicado de modo exponencial el artista de domingo. Domina una suerte de bricolaje del espíritu. Los buscadores han acabado con la erudición. La obra de arte se ha puesto al alcance del público, como en ninguna otra época: no solo para disfrutarla, sino para crearla. Es probable que en la mayoría de los casos se trate de un arte mediano, regurgitado. Pero tiene su clientela adicta. La industria del porno sabe hasta qué punto el porno amateur la ha puesto en peligro. La verdad peligrosa avanza: a la mayoría del pueblo le basta con el entretenimiento y la meditación que el propio pueblo en horas libres le procure: Facebook y Twitter son resultado de esa evidencia. Es probable que con los años y la alfabetización masiva la exigencia aumente. Pero este no es el momento de la exigencia sino del descubrimiento. El momento del verdadero arte de las masas hasta un punto que el leninismo no pudo sospechar.
Todo esto, que admite poca discusión, obli-gará, ya está obligando, a la industria del ocio (incluido el periodismo) a una cierta reconver-sión. Buena parte del negocio será pura arqui-tectura, a la manera que son arquitectura y gestión Google o las redes sociales. No es, como dicen, que el contenido lo procure el usuario; es que el usuario es el contenido. Pero el avance implacable de las masas autó-fagas debe contrarrestarse, en la medida de lo posible, defendiendo enérgicamente los espa-cios y las vocaciones de profesionalidad. Gil de Biedma y Hortelano habrían querido vivir de su arte (En el caso de Jaime Gil siempre que su arte, desde luego, le hubiese dado para vivir como un noble señor del Tabaco de Filipinas). Nuestro músico, en cambio, renuncia a semejante posibilidad. La razón es que él vive de lo gratuito. No es un caso raro. Hay un creciente número de abogados y mandangas que cobran por conseguir que no cobren otros. Cobradores del frac inversos cuyo negocio debe destaparse.
salvador sostres
28/06/2011
'Simba' en Twitterland
Existe siempre la tentación de tratar de empatizar con la masa, con la confianza de poderla controlar y hasta manipular. Pero es una pretensión vana, porque de un modo o de otro la masa se lo acaba llevando todo por delante.
Las redes sociales son el imperio del caos, el gobierno de las hienas. En Twitter participan personas maravillosas de las que se puede aprender mucho. Twitter es una herramienta fantástica, que bien usada puede dar frutos muy considerables. Pero de momento no hay jerarquía ni orden y lo falso suele acabar cuajando con apariencia de ser verdad. Príncipes y gañanes están en plano de igualdad. El anonimato, y por lo tanto la impunidad, contribuyen a la indefensión ante gravísimas amenazas.
La jerarquía es la base de todo cuando se vive en sociedad. Un periódico es un sistema jerárquico: la primera jerarquía es decidir lo que merece la pena ser publicado y la segunda dar prioridad a unas noticias y las otras publicarlas más brevemente. Lo mismo pasa con los columnistas. Los lectores también tienen su rincón, perfectamente acotado.
El caos de las hienas lleva a la tierra baldía y por eso Simba no tiene más remedio que regresar y acabar con la siniestra dictadura de la masa amorfa y amoral, y hacer que vuelvan a prevalecer los valores que aseguran la fertilidad de todo, la convivencia y el progreso de la especie.
Para continuar con la metáfora del director de EL MUNDO en su carta del domingo, si Alicia irrumpiera en Twitter, más que en Wonderland se encontraría en Dogville, y pronto se convertiría en Grace encadenada por el cuello a una rueda oxidada. Acabarían todos abusando de ella. Los primeros, los que piden mi cabeza por misógino.
Ocurre con las redes sociales lo mismo que con muchos de los inventos y descubrimientos de la Humanidad. Son grandes hallazgos, pero si se usan de un modo perverso o equivocado pueden resultar dañinos y hasta letales. Sobre muchas de estas novedades, tanto tecnológicas como científicas, ha resultado imprescindible una legislación específica para evitar desastres que podrían ser de magnitudes imprevisibles. Antes de dejarnos llevar por las fascinantes posibilidades de nuestros nuevos logros tenemos que pensar en cómo protegernos de los también nuevos peligros que plantean.
Twitter es un reflejo engañoso e ilusorio de la realidad, un ámbito exento de heroísmos donde se embrutece la opinión. Encierra fuerzas irracionales procedentes de los fondos más oscuros e inconscientes de la vida.
Es necesario imponer, a una manifestación puramente tumultuosa y anárquica, una legislación específica que regule su uso, porque de momento vive de espaldas al imperio de la civilización. Vive de espaldas a la obligación de que todo el mundo tenga que estar identificado en todo momento y permite el anonimato en que tan a gusto operan bárbaros y salvajes. Agresiones de todo tipo son jaleadas en lugar de ser perseguidas.
Tiene que volver Simba para ahuyentar a vándalos y hienas y proteger la libertad y la ley que en el occidente civilizado tanto hemos luchado por conseguir y conservar.
El culto sesgado de la ética del trabajo
Lamenta que ese falso mito gane vuelo al ver cómo la crisis ha dañado especialmente a países católicos como España
Tengo que confesar que soy católico y perezoso, pero no existe ningún vínculo entre ambos hechos. Tampoco hay motivo para pensar que un protestante, por el mero hecho de serlo, trabajará más que yo. La creencia, empero, de que el protestantismo conduce a la industria parece irresistible. El historiador escocés Niall Ferguson, catedrático de la Universidad de Harvard, acaba de dedicar una serie de televisión de la BBC a insistir en que el predominio mundial de Inglaterra en el siglo XIX y el de Estados Unidos en el XX se explican por el hecho de que los protestantes son grandes trabajadores por naturaleza.
A través de la denuncia de su presunta pereza es como se expresa en Estados Unidos el resentimiento hacia los inmigrantes hispanos, católicos en su inmensa mayoría y que no comparten, según la declaración de otro catedrático de Harvard, Samuel Huntington, la ética trabajadora.
En Europa, la distribución de la actual crisis está sirviendo para alimentar el mito. Así, los países de mayoría protestante parecen haberse librado de los efectos más graves de la debacle económica. Pero la teoría engaña.
Sí, Lutero y Calvino recomendaban el trabajo, pero lo mismo hacían casi todos los moralistas del siglo XVI, católicos incluidos. «Enséñame, Señor», rezaba San Ignacio de Loyola, «a trabajar sin buscar respiro, y a labrar sin pedir recompensa». Santo Tomás de Villanueva inauguró un esquema para animar a los pobres a montar empresas en lugar de depender de limosnas. «Laborare est orare» -trabajar es rezar- es un antiguo eslogan católico, inventado por San Benedicto mil años antes de que Lutero iniciase la Reforma.
Es cierto que en la Edad Moderna los estados protestantes solían perseguir a los holgazanes, sometiéndolos a tareas coercitivas o encerrándolos en casas de trabajo. En el mundo católico, en cambio, se apreciaba a los pobres e incluso se los trataba de santos. A mí, de chiquitín, mi madre me exigía que diera dinero a los mendigos y les diese las gracias por la oportunidad de realizar una obra de caridad. Tal cosa jamás podría ocurrirle a un niño protestante. Sin embargo, cabe recordar que a raíz de la Reforma el dinero que los protestantes ahorraban en limosnas no solía destinarse a actividades productivas, sino que se invertía en la vida holgazana y lujosa. Basta con evocar los interiores calvinistas de la Holanda del siglo XVII, con sus cuadros dorados y sus tulipanes extravagantes, que costaban miles de florines, escondidos detrás de las fachadas de los palacetes burgueses que presiden los canales de Ámsterdam. Los líderes del protestantismo en la Inglaterra de Isabel I, Francis Drake y William Cecil, gastaron sus rentas -fruto respectivamente de la piratería y la corrupción- en comprar terrenos y edificar palacios. Barthélémy d'Herwarth, supuestamente el financiero calvinista por excelencia de la Francia del siglo XVII, derribó un enorme palacio ducal para construir otro aún más grande para su uso personal. Jules Siegfried, magnate de la revolución industrial francesa, a quien se cita a menudo como ejemplo icónico del protestante trabajador, hizo gravar la frase Ser es trabajar en sus gemelos. Luego se jubiló a la edad de 44 años.
Todos sabemos, por nuestra propia experiencia vital, que somos trabajadores o vagos no por motivos religiosos, sino por circunstancias particulares, genética, educación, carácter o psicología. ¿Por qué entonces sigue en vigor la teoría de la ética protestante del trabajo? ¿Cómo logró establecerse a pesar de los hechos?
Como siempre que examinamos una teoría, tenemos que formular la pregunta que Cicerón planteaba en la investigación criminal: ¿Cui bono? ¿A qué intereses sirve, a qué fines obedece?
Max Weber, uno de los grandes patriarcas de la sociología, fue en 1905 el inventor de la ética protestante del trabajo. Hasta cierto punto, el concepto reflejaba su propia niñez. Mi madre daba limosna a los pobres, y la suya no.
La madre de Weber era una calvinista a ultranza que tiranizó a su hijo para que trabajara a destajo hasta convertirse en una máquina insuperable en los exámenes y, por fin, en un catedrático precoz. Weber buscaba por tanto una respuesta personal -burguesa y evangélica- a las doctrinas de Marx. El autor de El capital dijo que la economía determinaba la religión. Weber contestó que, al contrario, era la religión la que determinaba la economía. Marx insistía afirmando que la religión era el opio de los trabajadores. Weber sostenía por contra que la religión -siempre que fuera protestante- estimulaba el trabajo.
Weber publicó su teoría el mismo año de la edición de la primera versión de la teoría de la relatividad de Einstein. Quería elaborar una ciencia de la sociedad, con causas identificables y efectos predecibles. Propuso los valores, sobre todo religiosos, como clave para configurar leyes que formasen las civilizaciones, a semejanza de las leyes que rigen la evolución y forman los organismos vivos. Desgraciadamente, Weber no tuvo razón, porque lo cierto es que las sociedades no suelen reflejar los principios religiosos que se supone imperan en su seno. De hecho, no ocurre habitualmente que los países cristianos practiquen como política de Estado la benevolencia universal, ni que los budistas luchen concienzudamente para alcanzar la iluminación.
Tampoco entendió Weber los orígenes del capitalismo, que interpretó como una consecuencia del protestantismo. Los mayores capitalistas de la Edad Moderna no eran protestantes, ni siquiera cristianos ni europeos, sino chinos, jaínes, musulmanes, y hasta hindúes (antes de que juzgaran el comercio como desdeñable por contaminar la casta del practicante). Los protestantes sinceros, en cambio, solían ser hostiles al capitalismo, apreciando más el modelo del cristianismo primitivo de bienes compartidos en una vida común. «Comprar y vender», según Gerrard Winstanley, el gran revolucionario protestante del siglo XVII inglés, «es un arte para engañar». Weber contempló a unos capitalistas protestantes y descubrió una ética trabajadora. Podría haber contemplado a otros protestantes anticapitalistas y deducir la existencia de una ética social.
weber se había dado cuenta de que en el siglo XVI algunas potencias protestantes -Inglaterra, Holanda, Suecia- lograron enormes éxitos económicos, mientras que algunos países católicos -España, Portugal, Venecia- sufrían dificultades. Pero mientras, Moscovia ascendía sin abrazar el protestantismo y Turquía perdía importancia sin ser católica.
Luego, Weber viviría rodeado de éxitos protestantes. Los norteamericanos vencieron a España, los prusianos a Francia y Austria. Gran Bretaña mantuvo sumisa a Irlanda y su imperio superó al de Francia. Tales hechos nutrían el racismo, la teoría de que los nórdicos eran superiores a los latinos, celtas y eslavos. También servía para confirmar los estereotipos intolerantes de que el protestantismo era progresista mientras el catolicismo y la ortodoxia dejaban estancados a sus fieles. Pero, otra vez más, Weber dejó de notar los hechos contrarios a su parecer. Si la Gran Bretaña protestante fue el primer país industrial, la Bélgica católica fue el segundo. De hecho, en 1870 la productividad de la industria metalúrgica belga era superior a las de Inglaterra y Alemania.
En las islas británicas se hablaba mucho de lo que Samuel Smiles, gran defensor de la industrialización, llamó «el evangelio del trabajo». Pero esa ideología no tenía nada que ver con el protestantismo. Se trataba más bien de una ética secular que justificaba las largas horas de trabajo en las fábricas y minas de la revolución industrial. «Así», según reza un himno de la Iglesia anglicana, «la servidumbre viene a ser un sacramento».
Ojalá que la teoría del protestante trabajador fuera cierta. Odio el trabajo y lo considero como la consecuencia maldita del pecado del Edén. Me encantaría poder culpar a los protestantes de nuestra expulsión del Paraíso, pero no son responsables. Las funestas consecuencias habitualmente asociadas al genio industrial del protestantismo -el capitalismo salvaje, el colonialismo, la industrialización- son males de los cuales me agradaría también culpar a los protestantes, pero la verdad es que son vicios humanos. Los católicos los practican y los han practicado tanto como los demás.
En términos morales, el ocio vale más que el trabajo. Por eso, cuando Marta se quejó de su hermana por dejarle cumplir con todas las tareas de la casa, Cristo contestó que María había elegido el camino superior. Las lirias, según dijo, ni hilan ni cosen pero exceden la gloria de Salomón. El trabajo carece de valor moral si no es para prolongar el ocio. Así que en lugar de la protestante, apuesto por una ética católica del trabajo, dedicando las tareas a mayor gloria de Dios, convirtiendo el sudor en un líquido salvífico, como vino hecho sangre, como una alquimia sacramental. Y sigo dando limosnas a los mendigos, agradeciéndoselo, y aceptando su bendición con reverencia.
Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.
DAVID TORRES
28/06/2011
Palabra de Dios
Hay una corriente de pensamiento (por llamarlo de algún modo) que pretende hacer creer que todos los valores de libertad y dignidad de los que disfrutamos en Occidente han nacido por obra y gracia de unos cuantos gañanes con sotana. En realidad, la historia del catolicismo es la historia de la infamia, de la mentira, de la tortura y de la abominación. Los curas que convirtieron a Giordano Bruno en cenizas junto a sus libros son los mismos que siglos después felicitaron el cumpleaños de Hitler en Berlín, y, de paso, los que ayudaron a unos cuantos criminales nazis a escapar rumbo a Sudamérica. Los curas que iniciaron el odio secular contra los judíos por haber crucificado a Jesús son los mismos que armaron con sus manos el campo de exterminio de Jasenovac, un matadero inconcebible levantado y gestionado por católicos, y bendecido por el cardenal Stepinac, el angelito que colaboró con los nazis y que Juan Pablo II elevó a los cielos en una de sus multitudinarias olimpíadas de beatos.
En fin, estos mismos siervos del Señor vienen otra vez a dar lecciones de moral y a decirnos cómo debemos comportarnos a la hora de morir. Dicen que la ley de la eutanasia se acerca peligrosamente al homicidio y quizá tengamos que escucharles porque probablemente no haya una institución que sepa más de asesinatos, de muertes dignas e indignas que esta primitiva factoría de hogueras, fábulas y hostias. Palabra de Dios
JOHN MÜLLER
28/06/2011
El Estado mal administrado
Es evidente que en España no sólo hubo burbuja inmobiliaria, sino hinchazón constructora al calor de la enorme influencia que ese sector tiene en los despachos oficiales debido al cariño que los políticos tienen desde tiempos predemocráticos por el hormigón.
Con la financiación suficiente, hasta la más peregrina iniciativa pública (o privada) parece rentable. Pero la crisis subprime acabó con el dinero barato. La del AVE, ayer, es la otra cara de un país al que le sobran infraestructuras: carísimos aeropuertos para disfrute de las palomas, trozos de autopista invadida por las jaras, apeaderos de trenes poblados de cardos. Es verdad, hay partes de España donde faltan infraestructuras. Un éxito de planificación.
Ayer, Aseta, la asociación española de concesionarias de autopistas y vías de peaje que preside José Luis Feito, realizó en Santander sus jornadas anuales. La reunión se celebra desde hace 21 años. Pero ayer había poco entusiasmo porque en el sector de la obra pública se acumulan las perspectivas negativas. El tema central fue la Euroviñeta, esa tasa al transporte por carretera al que le dio luz verde el Parlamento Europeo a comienzos de junio. Alemania impuso esta tasa con la excusa de cobrar por las externalidades negativas del sector del transporte: contaminación, ruido y congestión. El resultado es que está recaudando 5.000 millones de euros anuales que dedica a mantener y mejorar su red viaria que hace un lustro estaba en franco deterioro.
Esta ollita de oro descubierta por Berlín ha despertado la codicia de todos: del Estado que ve que puede liberar recursos para darse otros gustos (contratar más burócratas, por ejemplo), de los constructores que creen que ese dinero puede revitalizar la obra pública y de los concesionarios que piensan que ellos podrían administrar el sistema.
Sé que a muchos no les gustó que dijera que la introducción de la Euroviñeta para el transporte puede resultar tan difícil como justificar el canon digital, pero así es como lo veo. Y algunos quieren ir aún más allá: ven la Euroviñeta como el primer paso para que todo aquel que use las infraestructuras, no sólo aquel heavy user cotidiano sino también el conductor dominguero, pague por ello, ya sin la excusa medioambiental, sino con el simple razonamiento de que quien consume, paga, porque el Estado ya no puede hacerlo. Podría estar de acuerdo con ese principio, pero siempre que el hecho imponible o el servicio prestado esté nítidamente identificado. Y sobre todo quisiera saber en qué momento el edificio del Estado en que vivimos fue adornado con tales lujos que se hizo insostenible y el copago se convirtió en la clave para afrontar el recibo del agua.
john.muller@elmundo.es
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El cambio necesario para crecer
Bien es cierto que las cifras del sector exterior que hemos conocido en los primeros meses de 2011 son favorables. La demanda externa, especialmente en las regiones españolas más abiertas al comercio exterior, se mantiene como el único componente capaz de contribuir al crecimiento económico, gracias al dinamismo de la zona euro y de los países emergentes, así como al buen comportamiento del sector turístico. La recuperación del sector exterior no está basada, sin embargo, en una evolución de precios relativos que, a través de una depreciación del tipo de cambio real, impulse la posición competitiva de nuestras empresas y, siguiendo el ciclo tradicional, pueda dar el relevo a una demanda interna todavía muy debilitada.
El sector exterior no podrá ser elemento vertebrador para la recuperación si la demanda interna sigue aquejada de falta de financiación, reflejando la profundidad de una reforma financiera tardía, así como la fragilidad de la situación presupuestaria, y si no se resuelven las debilidades de la reforma del mercado de trabajo para impulsar nuestra competitividad. En materia de contratación laboral, no se ha dado solución al problema de fondo de nuestro modelo, la profunda brecha entre los costes de despido de los contratos temporales y los de carácter indefinido. La reforma del verano pasado, hasta ahora, ha sido ineficaz.
El flujo de los trabajadores que, estando desempleados, consiguen un empleo en el trimestre siguiente no para de retroceder (20% en el primer trimestre de 2011 frente al 23% en el primer trimestre de 2010), la contratación temporal va en aumento (82% de las nuevas contrataciones en el primer trimestre de 2011, frente al 80% en el primer trimestre de 2010); además, la aprobación de la reforma laboral supuso un aumento considerable del número de expedientes de regulación de empleo, pasando de 850 a más de 2.000 antes de finalizar el año, y de trabajadores afectados por los mismos, de poco más de 10.000 a más de 50.000.
Por su parte, la reforma del Consejo de Ministros de días pasados no acaba con los males endémicos del sistema de negociación colectiva. Se han introducido tantas limitaciones y prevenciones para la aplicación de los convenios de empresa y para limitar la llamada ultraactividad, que dejan la reforma en una mera lista de buenos propósitos. Además, no se aborda una de las principales causas por las que los convenios se separan de la realidad empresarial de las pymes, y que está vinculado con las reglas de representatividad para negociar convenios.
En definitiva, no se ha avanzado en flexibilizar significativamente la institución del mercado de trabajo, muy ineficiente para las pymes, y se están dejando sin abordar propuestas para crear empleo, como la reducción selectiva de cotizaciones sociales, con efectos neutros en la recaudación. La reforma nace sin estar cerrada y contribuye a mantener unos cuantos meses una dosis de incertidumbre jurídica durante el periodo de tramitación parlamentaria, nada saludable para la toma de decisiones.
Ante la insuficiencia de las reformas, la elevada tasa de paro preocupa a los mercados, no sólo por su efecto devastador en la recuperación de la demanda interna y la actividad empresarial, sino también por su elevado coste presupuestario. El coste de la prestación contributiva por desempleo supondrá este año 21.000 millones, un 15% del gasto no financiero en los Presupuestos Generales.
Enfrentados a la crisis de deuda soberana, el Gobierno reaccionó en mayo de 2010 con un fuerte ajuste presupuestario que afectó a partidas muy sensibles para los ciudadanos, como sueldos de funcionarios, pensiones e inversión, pero que fundamentalmente incorporaba importantes subidas de impuestos. El ajuste fue inicialmente una decisión creíble para los mercados y permitió cumplir con el nuevo objetivo de déficit establecido para 2010.
No obstante, el ejercicio que queda por delante es una tarea hartamente compleja, con un objetivo de reducir el déficit en un 6% del PIB en 2011 y del 4,4% en 2012. Exige un esfuerzo de consolidación fiscal sin precedentes en nuestra democracia, teniéndose que desarrollar en un contexto de tensa calma con períodos de elevada volatilidad en los mercados financieros y de atonía en el crecimiento.
El programa de consolidación del Gobierno es fuente de incertidumbre; cualquier desviación sobre la senda de cumplimiento comprometida puede tener implicaciones muy relevantes sobre los mercados financieros. Aunque se aprobaron en 2010 medidas de recorte de gasto público, el programa de consolidación descansa fundamentalmente en un incremento de ingresos fiscales en un contexto de suavización de las reglas de estabilidad presupuestaria. Sin embargo, las experiencias de éxito indican que la consolidación fiscal debe ir en la dirección contraria, aplicando recortes de gasto público y reforzando la institución presupuestaria.
Existen, además, factores de riesgo que preocupan en los mercados, como el impacto negativo de la evolución del empleo en las cuentas de la Seguridad Social, una posible evolución en la recaudación inferior a la prevista. Son relevantes también el resultado de la revisión presupuestaria de las comunidades autónomas y las tibias señales dirigidas a la consolidación presupuestaria de medio plazo, con una reforma de las pensiones todavía en curso en el Parlamento, o la aparición de pasivos, como el déficit del sector eléctrico, que pueden tener consecuencias presupuestarias negativas.
Estos factores harán necesario, a nuestro juicio, la introducción de medidas adicionales de austeridad para cumplir con el objetivo de déficit del conjunto de las Administraciones Públicas del 6%. El retraso en la determinación y elevación al Parlamento del techo de gasto para 2012 es indicativo en este sentido.
La dependencia de la financiación exterior ha condicionado todo el proceso de ajuste presupuestario, haciendo que cualquier expectativa de desviación sobre la senda del ajuste fiscal comprometido pudiese tener implicaciones cruciales en las condiciones de acceso a la financiación extranjera, con sobresaltos periódicos como el actual, y que no son siempre imputables a la situación española. En este escenario, el brusco empeoramiento de las cuentas del Estado, que aquejaba la resaca de las medidas procíclicas y de los errores de política económica de 2008 y 2009, ha exigido un esfuerzo de austeridad sustancial y creíble, más exigente que en otros países.
Pero cumplir con el compromiso de déficit público de 2010 sólo ha permitido tranquilizar relativamente a los inversores. En un contexto de fuerte incertidumbre, aunque se ha conseguido separar la dinámica de nuestra deuda de la situación de Portugal y de Grecia, la prima de riesgo de nuestra deuda pública no se ha reducido y se mantiene alrededor de los 250 puntos básicos.
El diferencial de la deuda y las dudas sobre el valor de los activos de las entidades de crédito, motivadas por la falta de transparencia de la exposición al riesgo inmobiliario y la debilidad del modelo de gobernanza de las cajas, han frenado el acceso a los fondos a las entidades financieras. Como resultado, familias y empresas han visto restringido su acceso a la financiación y se han visto abocadas a un fuerte incremento de su tasa de ahorro, liderando así el necesario proceso de desapalancamiento de nuestra economía.
La tasa de crecimiento anual de la financiación bancaria, de la que depende el acceso al crédito de familias y pymes, ha pasado del 25% a cifras ligeramente negativas. La reforma del sector financiero ha sido positiva, en tanto en cuanto está permitiendo reforzar la transparencia sobre la exposición al riesgo inmobiliario, reestructurar en tamaño y en eficiencia el sector de las cajas de ahorro y hacer profundas reformas de su estructura de gobierno. No obstante, la reforma ha sido tardía, y lo que es más relevante, tanto la nueva regulación sobre requisitos de capital como el reciente incremento de las contribuciones al Fondo de Garantías de Depósitos se están convirtiendo en una restricción adicional para que fluya el crédito al sector privado.
En definitiva, en la situación actual, la debilidad del marco institucional vigente es el principal elemento de incertidumbre que preocupa a inversores y consumidores. Durante 2010 se cumplió con éxito el déficit presupuestario comprometido y se anunciaron reformas en materia financiera, de pensiones y laboral, interpretadas inicialmente de manera positiva en los foros internacionales. Sin embargo, la conjunción de falta de confianza y caída de la demanda interna en estos primeros meses de 2011, junto a las débiles perspectivas de crecimiento para este año y el siguiente, son un signo inequívoco de la debilidad y falta de credibilidad de las reformas aprobadas. Cuando los países de la OCDE han confirmado la salida de la crisis, sigue siendo una incógnita cuándo España va a ser capaz de crecer.
En este país existe una base empresarial magnífica de multinacionales y también de dinámicas pequeñas y medianas empresas que, durante el pasado ciclo económico, adquirieron posiciones de liderazgo internacional. Ahora son responsables en gran parte de los buenos datos del sector exterior, pero se están viendo gravemente afectadas por la debilidad del mercado doméstico.
Salir de nuestra situación de atonía, crear empleo y defender a nuestro tejido empresarial exige un fuerte compromiso con un nuevo programa de estabilidad macro y de reformas estructurales que profundicen en la liberalización, que ya tuvo buenos resultados para nuestro país en el pasado ciclo económico. A mi juicio, estas reformas sólo las podrá adoptar de forma creíble un nuevo Gobierno, que con el aval de las urnas, las aplique como terapia de choque para corregir los desequilibrios y sentar las bases de un nuevo período de crecimiento económico creador de empleo.
Ricardo Martínez Rico es presidente del despacho Equipo Económico y ex secretario de Estado de Presupuestos.
RAÚL DEL POZO
28/06/2011
Soldados y diputados
Pero una vez muertos los combatientes perderán su nombre; eso de la inmortalidad queda para los de La odisea, cuando las leyes antiguas prohibían escribir el nombre del difunto en la tumba a no ser que se tratara de caídos en combate. Los que mueren en Afganistán apenas tienen dos telediarios de gloria. A los soldados que se quedan sin piernas les dan 36.000 euros; a los que se quedan sin vida, 140.000 euros y una medallita.
El entierro de los militares, las canciones para ataúdes coincidirán con el Debate del estado de la Nación en el palacio que tiene un bajorrelieve que representa a España abrazando la Constitución. Ahora, más que abrazarla la magrean en un templo bizantino, donde -como decía el filósofo- se pesan los huevos de hormiga en balanzas de telaraña. Mientras, surgen nuevas banderas contra los palacios y las academias, y las serpientes cambian de camisa porque la política es una sociedad de socorros mutuos donde los cesantes, antes de irse, se colocan.
Hoy asistiremos al entierro de los soldados y la inmolación de José Luis Rodríguez Zapatero en su último Debate, el día en el que la prima de riesgo supera los 300 puntos básicos. Parece que gracias a su inmolación casi a lo bonzo ante las enaguas de Angela Merkel, España no está condenada al rescate. Les digo a los de Génova, 13 que ZP se ha sacrificado en la hoguera como un hereje y ellos me contestan: «No queremos que se inmole, sino que se largue».
Hoy en San Jerónimo se hablará en el idioma de los recortes, una jerga franco-alemana que se ha vuelto odiosa. Heine, el «ruiseñor alemán anidado en la peluca de Voltaire», llegó a decir: «Todo lo alemán me es antipático. El idioma alemán me destroza las orejas». Con su idea de una Europa a empujones y sus caricaturas de los abuelos griegos y españoles jugando al dominó en unas eternas vacaciones, no encuentran otra receta que la de bajar salarios y bajar pensiones.
Entierros e inmolaciones, medallas y desfiles mortuorios mientras, como dicen los últimos izquierdistas, «los terroristas de corbata» nos hacen pagar su desfalco.
Etiquetas: Firmas





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