CRÓNICA: Así echo Franco a Hitler de la alfonbra roja

JOSÉ REY-XIMENA
26/06/2011
así echó franco a hitler de la alfombra roja
¿Ojos cerrados? No, ojo avizor
Documentando el viaje de Leslie Howard a Madrid en mayo de 1943 para el libro El Vuelo de Ibis revisé las conocidas fotos de la reunión de Hitler y Franco en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Autores e historiadores, sobre todo españoles, han dedicado encendidas páginas en estos años a la figura del dictador. El que fuera el «Caudillo de las Españas» es tratado por unos de inepto, acomplejado y otras lindezas, mientras que por otros es ensalzado hasta extremos ridículos. Al repasar aquellas fotos, y su maniobra fullera ante Hitler, ví que ayudaban a conocer su personalidad.En Hendaya Franco juega con ventaja psicológica en los primeros momentos, y eso a pesar de que los prolegómenos del encuentro no podían ser más desfavorables para él, que llega con 20 minutos de retraso a causa del enorme deterioro tanto de las vías como del tren. Al detenerse la máquina, se dejan oír los desagradables chirridos que produce un freno mal ajustado y unas desgastadas zapatas al tiempo que los vagones se bambolean antes de pararse, consecuencia del lamentable estado de los amortiguadores de los topes. Al abrirse la portezuela, el Caudillo, con una agilidad impropia de lo que cabría esperar de su rechoncha figura y una gran sonrisa, alarga la mano hacia el Führer. Sorprendido, Hitler le da la mano con los guantes puestos, rectifica y con prisas se los quita y busca de nuevo la mano de Franco, quien se la estrecha ajeno a todo y hasta posa su mano libre sobre las entrelazadas para dar más calor a la situación.
El encuentro sigue en un ámbito donde Franco es maestro y Hitler un títere. No sabe ni estirar de manera marcial el brazo cual fascista. Franco, militar de carrera, está en su terreno: pasar revista a la tropa. La carrera militar de Hitler no había llegado a más allá de cabo austriaco, pero el humillante Tratado de Versalles (1919) le había convertido en Führer de Alemania. Por eso, cuando se suben al fastuoso vagón-salón del Erika para la entrevista, las imágenes nos presentan a un Hitler con gesto descompuesto escuchando, sin saber cómo evitarlo, la teórica de guerra internacional de Franco, que habla y habla.
Serrano Súñer, ministro de Exteriores, recordó después el comentario que Queipo de Llano, de los pocos que se permitía confianzas con Franco, le hizo: «A Napoleón, que era más inteligente que tú, le perdió la familia». Y así fue Franco a la segunda fase de la entrevista (en el vagón de Hitler de madrugada). El Führer se desesperó de las vaguedades de Franco [esperaba el desenlace de la batalla de Inglaterra para decidir si España entraba en guerra]. Según el barón De las Torres, intérprete de los españoles, Hitler se levantó «y de malísimo humor dijo a su ministro de Exteriores: Mit diesem Kerl ist nichts zu machen (Con éste no hay nada que hacer)».
La revista a la tropa se inicia con Franco, que camina a la izquierda del Führer porque a ese lado estaba situada la compañía que rendía honores; se encuentra con que Hitler se ha apropiado de la alfombra y no tiene nada fácil desplazarlo de la misma. Pero, los reflejos del ferrolano son rápidos y contundentes. La retranca gallega no sólo son frases sino también gestos. La maniobra de Franco en esos pocos minutos que dura la ceremonia es de tal claridad mental, pese a la situación embarazosa, que consigue, sin perder el ritmo marcial, desestabilizar al alemán, que se ve obligado a salir de la alfombra y acompañar a su protegido por el borde del andén y a escasos centímetros de la vía, como si fuera su edecán.
Franco es capaz de pasar revista, levantar el brazo marcialmente, mirar donde le interesa, sonreír si es oportuno, y no perder el paso. En eso era como un gran jefe de orquesta, un virtuoso. Él, que se sentía con baraka, la protección divina de los moros, inicia su maniobra fullera de acoso y derribo con la ayuda de su brazo derecho. Como si ese brazo fuera la inspiración, en su subconsciente, del incorrupto de Santa Teresa que reposaba sobre la mesa de su despacho en El Pardo.





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