EDITORIALES: Reformas sí, pero sin patada al tablero

Reformas sí, pero sin patada al tablero
LA MAREA de protestas que ha inundado las redes sociales y que se ha traducido en concentraciones en las principales ciudades españolas ha puesto sobre el tapete la existencia de ese malestar larvado contra la clase política que vienen constatando encuestas como las del CIS. Muchos ciudadanos se sienten hoy frustrados por la incapacidad de sus dirigentes a la hora de resolver los problemas, con el agravante de que les ven, además, como una casta privilegiada, preocupada por preservar sus prebendas antes que por buscar el bien general en un país que se desangra por la crisis. Lo novedoso es que ese enfado ha sido canalizado a través de internet, al margen de los partidos y de los sindicatos, y reúne a un grupo heterogéneo de ciudadanos cuyo denominador común es el inconformismo.
La movilización del 15-M, que llevó a la calle a miles de personas en todo el país convocadas por grupos como Democracia Real YA, Juventud sin Futuro o #nolesvotes, prácticamente desconocidos hasta ese momento, debería llevar a reflexión a los principales partidos. No para sacar rédito, como han hecho las fuerzas de izquierda -que ayer se apresuraron a lanzar sus redes en ese potencial caladero de votos a cinco días de las elecciones- sino para tratar de subsanar el déficit democrático que se denuncia.
«Apoyamos este movimiento de rebeldía e indignación porque somos parte de él», dijo Cayo Lara, en un evidente intento por capitalizar el movimiento desde IU. Los socialistas también intentaron salir al encuentro de estos ciudadanos: «Me identifico con sus reivindicaciones», dijo Tomás Gómez, mientras Lissavetzky pidió «escucharles, entenderles y atenderles».
No son los únicos que han visto la posibilidad de ganar con las protestas. En Madrid, grupos antisistema causaron el domingo por la noche destrozos en el mobiliario urbano del centro de la ciudad y agredieron a varios policías, por lo que se practicó una veintena de detenciones.
Es cierto que quienes apoyan la movilización pacífica de estos días han configurado un programa utópico y, en algún caso, incompatible con una democracia liberal moderna. Ahora bien, ponen el dedo en la llaga de la atrofia en el acceso a la participación política de un sistema que los partidos han convertido casi en un coto privado. En el caso de Democracia Real YA, sorprende lo anticuado de sus iniciativas tras haber surgido de algo tan nuevo como las redes sociales. Propugna mayor gasto público y más impuestos; en definitiva, más Estado y menos sociedad.
Lo que bulle estos días en el ambiente es desencanto e insatisfacción. Pero hay que valorar el fenómeno en su justo término. En parte, está retroalimentado por la propia condición mediática de los protagonistas de la protesta. Y sería absurdo, como plantean algunos, tratar de crear una dinámica tipo Plaza Tahrir en la Puerta del Sol. La Policía tiene que impedir la ocupación de los espacios públicos si ésta pretende prolongarse en el tiempo.
La respuesta de los políticos debería ser acometer cambios, demostrar que son parte de la solución. Por eso Rajoy haría bien en retomar la agenda reformista. Desde luego, apoyar listas como las que lidera Camps, a quien anoche respaldó en Valencia, no es el camino. Su defensa del sistema habría sido más creíble con alguien al lado como Bauzá, que en Baleares ha vetado a todos los imputados de las listas. Sí hizo bien Rajoy al salir en defensa de la democracia formal, representativa, que con todos sus defectos ha sido la causa del éxito de España. «Lo fácil es descalificar a la política y los políticos», aseguró, desmarcándose así de los coqueteos del PSOE hacia los colectivos que pretenden tomar la calle y que podrían ser un elemento de distorsión en la jornada electoral. Nuestra democracia necesita una revisión y puesta a punto, pero desde la serenidad, no desde la agitación
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