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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

martes, 26 de abril de 2011

FIRMAS: David Gistau, Raúl del Pozo, Erasmo, Luis María Anson, Arcadi Espada, J.Müller, A. Romero, S. Sostres,


david gistau

El baremo Rubalcaba

Zapatero embusteroEXISTEN diversas formas de medir el éxito en su acepción más prosaica, contable. Los escritores son sometidos a comparaciones de a ver quién tiene más larga la cola en la Feria del Libro. Los toreros riñen en el escalafón, como los deportistas en el palmarés. Hasta la cantidad de pregones que uno ha sido invitado a dar puede establecer la medida de una popularidad.

Sin embargo, estos métodos se me antojan obsoletos, apenas reflejan una fama de cabotaje. Porque el caso de la atleta Marta Domínguez revela que, en España, la auténtica consagración le viene a uno dada por el Baremo Rubalcaba. Es decir, que de verdad has triunfado e ingresado en la posteridad cuando te conviertes en un nombre propio lo bastante poderoso como para desviar la atención de la opinión pública en las ocasiones en que el Gobierno tiene un problema que le conviene extirpar de las conversaciones del bar de la esquina. Que no se dé tanto pisto Vargas Llosa por el Nobel. Ni Santiago Segura por su ingente recaudación. Ninguno de los dos pasará de mindundi mientras no salga de su portal esposado, sometido ante las cámaras convocadas al escarnio de la pena de telediario. Igual que Ussía escribió que, en Madrid, el éxito de una presentación depende del número de canaperas que se hayan colado, el de las detenciones de Rubalcaba dependerá de la cantidad de funcionarios vestidos con un chaleco reflectante que hagan el paripé de sacar cajas de la casa. Marta tuvo muchos, dispuestos incluso a retorcer la ley con tal de imputarla siendo inocente, recordatorio de cómo el sistema puede triturar al individuo. Y si esto no basta para avalar la importancia de su nombre, recordemos que se le tributó el mayor de los reconocimien-tos posibles: una declaración personalizada del mismísimo megaministro declarándola culpable y tramposa sin atender a presunciones ni aguardar sentencia alguna. ¡Ole! ¿Se puede llegar más arriba?

La vida pública española ya ha aceptado la validez del Baremo Rubalcaba. Tan es así que en los cócteles culturales, para impostar una aureola personal de la que se carece, ya es posible escuchar frases como ésta: «Uuuyy, mañana salen los datos del paro. Voy a pedirle a mi abogado que duerma con el móvil encendido, por si acaso». A lo que se escucha susurrar en el corrillo: «Pero qué se ha creído este petimetre, antes conseguirá un sillón en la Academia que una redada de Rubalcaba...». Por eso está tan enojado Troitiño. Tanto dejarse ver durante días para facilitar la detención, que no le faltó sino llevar encima un luminoso de neón, como los de los puti-clubs, que rezara Aquí Troitiño, y no hubo modo. Regresó a la clandestinidad sintiéndose ninguneado por el hacedor de famas y árbitro de los prestigios.

RAÚL DEL POZO

Indignaos

EL RUIDO DE LA CALLE
Cuando uno se pasa unas tardes en los grandes almacenes sentado en una mesa esperando firmar y vender un libro como el niño que vendía naranjas en la autopista o la sota que esperaba clientes en el taburete del hotel Hilton, se entera no sólo de lo que vale un peine sino de lo difícil que es colocar una novela en las estanterías de un cerebro en plena recesión. También se observa cómo algunas novedades se mueven y cómo algunos autores tienen un maravilloso tirón.

Me fascina el misterio del bestseller del que nadie sabe nada porque discurre por caminos inescrutables como la fe. Puedes pensar que los lectores de hoy no son más listos que los que pusieron en la lista de los más vendidos la Biblia o el Quijote, pero ésas serían excusas de mal vendedor. El mercado es el gran escrutinio y el cliente siempre tiene razón.

En estos días he visto cómo Indignaos volaba desde la mesa de novedades a la caja. Se trata de unas hojas de propaganda, un sermón ético, pura literatura panfletaria que cuesta cinco euros y que ya ha vendido millones de ejemplares en toda Europa. Entre firma y firma me dio tiempo a ojear y hojear ese espabilaburros que yo modestamente escribiría, descuidando el estilo, en un par de tardes. No hablo desde la envidia sino desde la sorpresa para explicar que el librito tiene 64 páginas, es de tapa blanda y tampoco por eso es criticable. El Manifiesto Comunista también era un panfleto, también breve, y cambió el mundo. He dicho panfleto, no libelo, porque carece del arte de la injuria. Un abuelo pancartero, piquetero a la francesa, ha armado el follón con ese opúsculo corto y barato en el que utiliza la filosofía del tango: el mundo fue y será una porquería.

«Indignaos sin blasfemias» es un llamamiento a la movilización de los encabronados para derrocar a los malvados que gobiernan el mundo. El autor, Stéphane Hessel, de 93 años, ha conectado con el malestar y la crisis mostrando una vez más que para vender libros primero hay que tener una biografía. Hessel participó en la Resistencia francesa, estuvo en Buchenwald, fue redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ahora llama a la insurrección pacífica, incita a los jóvenes a tomar el relevo en las barricadas de la conciencia. El prólogo al panfleto lo ha escrito José Luis Sampedro.

En mi época no había bestsellers y no podíamos prostituirnos, decía Borges, y explicaba que los libros de Voltaire nunca pasaron de los 3.000 ejemplares, y eso que eran panfletos. El propio Voltaire explica que el Anticatón de César y la Filípicas de Cicerón también fueron panfletos. Indignaos no busca la fuente pura de la prosa ni propone una filosofía alternativa… y sin embargo se mueve; se mueve tanto en la mesa de novedades como un libro de cocina.

ANA ROMERO

Windsor 2005-Londres 2011

Preparados, listos, ¡acción!

En menos de 48 horas, las cabezas reinantes de medio mundo (y algunos aspirantes a ellas) estarán aterrizando en Londres para asistir al Gran Evento. El enlace del viernes será, además de una grandiosa boda real, un acontecimiento mediático global (8.000 periodistas in situ, más de 2.000 millones de espectadores), la madre de todos los culebrones, y/o una pesadilla logística para muchos londinenses, según se mire.

Pero desaparecidos el oro, los trajes y las carrozas, los historiadores se pondrán a trabajar: estudiarán la oportunidad única que supondrá este Gran Día (así lo han bautizado los medios) para cerrar heridas y para recuperar el honor mancillado de los Windsor. Y con el de ellos, el de todo un país. No en vano patriotismo se dice en inglés Queen and Country (reina y país).

Los británicos, aún bajo el manto de su supuesta frialdad, están deseando recuperar el orgullo por su monarquía. Bajo esa falsa modestia que les inculcan desde niños, hay una cosa que les gusta infinitamente más que a los españoles: congratularse por la robustez de sus instituciones. Todo eso es lo que les facilitarán los inminentes príncipes Guillermo y Catalina (cómo cuesta referirse así a Kate Middleton) con su unión en la abadía de Westminster, la catedral gótica del siglo XIII.

«Qué diferencia: en vez de hablar de esos horribles días, hacerlo de dos jóvenes guapos y agradables que se casan locos de amor». Me lo dice una vieja amiga y me hace sonreír: bajo la expresión horribles días se esconde el eufemismo con el que se refiere a todo ese tiempo en el que el príncipe Carlos y Lady Diana lavaron sus trapos sucios en público. Un horror.

El viernes habrán pasado sólo seis años y casi tres semanas de la boda del príncipe Carlos con Camila Parker-Bowles, los principales artífices de la erosión de la casa Windsor. Efectivamente, qué diferencia. Ese día hacía un frío espantoso a las afueras de Londres. El heredero a la Corona y su pareja de toda la vida se casaron en el desangelado registro de Windsor. Una sala pequeña y deprimente en la que sólo cabían sus familiares más directos. Luego, hicieron una modesta bendición en la capilla de San Jorge del Castillo. Muchos protestantes divorciados recurren a ese gesto, imposible para los católicos. El blessing reviste de cierto oropel la ausencia de un enlace por la iglesia pero no es más que un recurso falto de contenido. Entonces, más de la mitad de los británicos rechazaba a la pareja y quería sustituir al príncipe Carlos por su hijo Guillermo una vez muerta la reina Isabel. Lógico.

Esto ha cambiado. La última encuesta, realizada el pasado noviembre, muestra que sólo un insignificante 14% apoyaría una fórmula constitucionalmente endiablada. La mayoría coincide: Camila lo ha trabajado duro.

Windsor 2005-Londres 2011. Qué diferencia. Volver a empezar para la monarquía británica.

ana.romero@elmundo.es


ERASMO

De boda

COMADRES de Windsor shakespeareanas explicarán el tumulto de pamelas, porcelanas de Wegwood, el azul inverosímil de Worcester. Imitan a Zarzuela, acaso lo mejor: Kate, una Letizia británica. Y un aggiornamento muy Vaticano II: esa Gaga, un rugby player gay, vientres de alquiler, todos en Westminster. Menú. Aminora la fatiga por el insufrible síndrome Ferran Adrià: rollito de salmón, mini salchichas, paté, inevitable roast beef, fresas ¡con nata! ¿Catering? Burger King of England. Bodas, banquetes, bautizos. Amenizaciones.


luis MARÍA ANSON

Toxo y Méndez, con el bozal de las subvenciones

A MARCELINO Camacho y a Nicolás Redondo les debe agradecimiento profundo el pueblo español. Los sindicatos son piezas vitales de la democracia pluralista y ellos supieron integrar a CCOO y a UGT en el espíritu de la Transición. Actuaron siempre en defensa de los trabajadores y, también, al servicio de los altos intereses de España. Se ganaron el respeto general.

Toxo y Méndez dan la sensación muchas veces de que entienden la política sindical como si fuera un negocio. Va de desafío: ¿a que ni Toxo ni Méndez se atreven a publicar una relación minuciosa del dinero que reciben del Estado? ¿A que no nos enteraremos por ellos de las subvenciones, patrocinios y prebendas con que, de forma directa o indirecta, les obsequian la Administración central, la Administración autonómica, la Administración municipal?

Gracias a las escandaleras de Andalucía, nos hemos informado de que la Junta ha galardonado a las centrales sindicales con 300.000.000 de euros en los últimos años, que solo por su asesoramiento en el Ere irregular de Riotinto percibieron 500.000.000 euros y que hace unos días Griñán obsequió a los sindicatos con 2.000.000 de euros para la camelancia de «acciones en el Tercer Mundo».

El presidente Zapatero, maestro en comprar voluntades, se ha dedicado en los últimos años a rubalmaquinar con los sindicatos. Sabe que Toxo y Méndez tienen una inclinación invencible a dejarse poner el bozal de las subvenciones, la mordaza de los patrocinios. Y ha cubierto a las centrales sindicales de dádivas y mercedes. Todo el mundo sabe que la huelga general fue un paripé en el que estaba pactado hasta lo que se iba a decir en la televisión adicta para que todos salvaran la cara.

Nos hemos enterado de que a las manifestaciones sindicales que organizan Toxo y Méndez casi todos los que acuden son los liberados sindicales. Ellos se encargan luego de multiplicar las cifras por diez. El trabajador medio ya no cree ni en Toxo ni en Méndez. Añora a Marcelino y a Nicolás porque sabe que los sindicatos son necesarios pero no como correa de transmisión del PSOE de Zapatero.

La política sindical, en fin, se ha emputecido. Para salir de la degradación actual, los líderes sindicales deberían hacer pública una relación minuciosa de lo que reciben de las tres Administraciones. Y a continuación anunciar que, en adelante, los sindicatos solo vivirán de las cuotas de sus afiliados y, en todo caso, del 0,7 que se arbitre en la casilla correspondiente de la declaración de la renta, a rellenar libremente, de forma voluntaria, por los contribuyentes.


Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española



arcadi espada

Los toros y el bien

ESTA EXAGERACIÓN de Francia. El que los toros se consideren un Bien (sic) de Interés Cultural. El problema de no distinguir entre la cultura, la habilidad y la costumbre: se abre la puerta para que la Unesco distinga la tomatina de Buñol. Por otro lado no se entiende la satisfacción ibérica por la decisión del Gobierno francés, si no es como fruto de una debilidad radical. Es un poco ridículo que Francia se apropie de un rito español y que aquí se celebre. Una España fuerte e irónica, ese imposible de los siglos, habría contestado: «Nosotros también sabemos hacer la Tatin». Y digo la Tatin, porque la tarta, junto a la tradición perfumera de Grasse, ha acompañado a los toros en esta nueva oleada de bienes altamente culturales. Se acabará de ver la magnitud de la exageración si se piensa en la posibilidad de que el fútbol alcance una categoría similar. Lo que, visto lo visto, parece muy razonable: no creo que nadie vaya a discutir sus aportaciones estéticas ni su influencia en la lengua ni la pasión perseverante que despierta en millones de personas. Dada esa hipótesis, piénsese ahora que a Brasil se le adelantaran los germánicos con la excusa, por ejemplo, de aquella exacta sentencia del pensador Lineker: «El fútbol es un deporte donde juegan once contra once y siempre gana Alemania».

Se deduce hasta qué punto me parece risueña la decisión francesa. Si pensando específicamente en los problemas españoles dejara de sonreír, añadiría algo sobre la desazón que provoca ver a la cultura como una señora cataplasma que acude allí donde se debate sobre la libertad. Pero como suele suceder la respuesta antitaurina acaba monopolizando, por su probada estulticia, las inquietudes retóricas. Tanto en Francia como en España el antitaurinismo se exalta porque la cultura, vienen a decir, es incompatible con la crueldad. Lo que evidentemente supone la práctica liquidación de la cultura. A los reseñados peligros de confundir la cultura con la habilidad y la costumbre se añade este, tremendo, de confundirla con el Bien. Y de prever para el artista el destino que sugirió Pla: «Si es un buen hombre, que lo hagan cajero del banco». Los toros pueden morir en nombre de la política, pero jamás en nombre de la cultura. La confusión entre política y cultura es una de las señales más inequívocas del advenimiento del totalitarismo. La cultura sólo puede formar moralmente al hombre en un sentido indirecto: mostrándole como es.

Dicho lo cual aquí quedo esperando que los franceses, después de los toros, se atrevan con Céline.

SALVADOR SOSTRES

Muchos culpables

La juez ha archivado el principal caso de dopaje contra Marta Domínguez. No es que la haya absuelto, es que ha considerado que no hay causa contra ella. Fue expuesta casi como una criminal ante la opinión pública y se pusieron en duda todos sus éxitos deportivos, y, a través de ellos, los éxitos del deporte español en general. El Ministerio del Interior -siempre Rubalcaba- levantó la falsa liebre con una actuación frívola e irresponsable; y lo que El País dijo que era periodismo de investigación parecieron sólo filtraciones de este Gobierno al que no se cansan de hacerle los coros, con tutús y pompones. Una vez más, Rubalcaba y sus sicarios dejaron su habitual rastro de injusticia y de crueldad.

Porque los días de asedio y difamación que conoció Marta Domínguez no pueden archivarse. Es inaceptable que una ciudadana inocente -y ejemplar- haya visto cómo su honorabilidad era pisoteada y haya sido molestada e insultada de un modo tan grave. La actuación irresponsable de un ministro con ganas de desviar la atención pública de los desastres de su Gobierno no tendría que quedar impune y es impresentable que algunos periódicos fueran cómplices de la trama publicando chismes sin otra comprobación que la del ordeno y mando de un ministro afín. Cuando, en lugar de pensar, obedeces, acabas con las manos manchadas de las peores barbaridades.

Marta tendría que querellarse contra quienes la envenenaron con aquellos días terribles. No puede quedar como un simple incidente, porque lo que hicieron con ella fue arrastrarla por la arena pública sin ninguna piedad -y sin ninguna prueba, como se ha comprobado- y usando un despliegue policial incendiario e innecesario, con el único propósito de armar lío mediático y de humillarla. Con su actuación, los medios de comunicación afines al Gobierno se saltaron todos los artículos del código deontológico del periodismo y, después de saltárselos, volvieron al lugar del crimen para orinarse en ellos.

Sólo la sección de Deportes de EL MUNDO funcionó como una sección de periodistas y no de animadoras. Mucho antes de que la juez archivara el caso, los periodistas Luis Fernando López y Pablo de la Calle llegaron a la trabajada conclusión de la inocencia de la atleta, y la entrevista que le hizo el director de EL MUNDO en Veo 7 marcó un antes y un después en el devenir de las investigaciones y puso fin al linchamiento. Lo peor de la España negra persiste en este destrozar a inocentes e indefensos para disimular las propias vergüenzas y culpabilidades. Este regusto a checa y a gulag que tienen siempre los encarnizamientos.

Lo que tuvo que soportar Marta durante los días en que los de siempre decidieron lincharla fue mucho peor que cualquier multa imaginable, y nadie se ha disculpado por haberle causado aquel tormento, ni nadie ha asumido tampoco ninguna responsabilidad. Sufrió, de hecho, una condena de angustia personal y de escarnio público que fue muchísimo más allá de la sanción que habría recibido si se hubiera confirmado la peor de las falsas acusaciones.

El caso archivado de Marta no sólo subraya su inocencia, sino que deja en evidencia que hubo muchos culpables de asedio y de mentira. Sería un escándalo político, moral y cívico que no tuvieran que pagar por ello.

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