LA GUERRA DE ZAPATERO: Comienzo del ataque. Bombardeo y lanzamiento de tomahawks sobre Libia

JUAN MANUEL BELLVER / París
Corresponsal
Los aliados bombardean al dictador

El jefe de Gobierno español informó también de que nuestro país contribuirá a la creación de una zona de exclusión aérea en Libia con un avión cisterna y cuatro aviones de combate F-18, y al embargo de armas con una fragata, un submarino y un avión de vigilancia marítima C-235. En total, un despliegue de alrededor de 450 militares, según reconocieron fuentes del Ministerio de Defensa, aunque el número exacto de efectivos que participarán en la operación terminó de concretarse ayer.
En palabras de Zapatero, las tropas españolas se hallaban ayer «en fase de despliegue hacia Italia» y estarán a partir de hoy «a disposición de la coalición». En concreto, la fragata que viajará al teatro de operaciones será la F-104 Méndez Núñez, con 200 tripulantes y base en Ferrol (Pontevedra), mientras que el submarino será el S-74 Tramontana, con una tripulación de 60 marinos y habitualmente radicado en Cartagena (Murcia).
Tanto el Méndez Núñez como el Tramontana son navíos con una moderna dotación que han participado ya anteriormente en algunas acciones de la armada española.El primero contribuyó a la liberación del pesquero Alakrana, secuestrado por piratas somalíes en aguas del océano Índico. Mientras que el segundo ayudó a la resolución de la crisis de Perejil en 2002. En cuanto al C-235, es un avión biturbohélice versátil, que puede ser utilizado como carguero, transporte o patrulla.
Ahora estos efectivos vienen a integrarse en la operación militar conjunta Alba de la Odisea, que arrancó durante la tarde de ayer, poco después de que el presidente Sarkozy cerrara la cumbre internacional extraordinaria de París con un discurso en el que anunció el despliegue inmediato de aviones franceses en Libia. «En acuerdo con nuestros socios, nuestras fuerzas aéreas se opondrán a cualquier agresión de los aviones del coronel Gadafi contra la población de Bengasi».
Tras el anuncio, los cazas empezaron a hacer su trabajo. A media tarde de ayer, el ministro de Asuntos Exteriores galo, Alain Juppé, confirmó a la cadena televisiva France 2 que los aviones Rafale «habían efectuado cuatro ataques, destruyendo varios blindados libios», mientras que su homólogo libio Moussa Koussa denunciaba: «Se trata de una agresión inaceptable y un riesgo para la estabilidad del Mediterráneo». «Gadafi todavía puede evitar lo peor si respeta sin demora y sin reservas la resolución de la ONU. La puerta de la diplomacia volverá a abrirse cuando cesen las agresiones contra civiles», había advertido en su alocución Sarkozy, quien se erigió después de dos horas de reunión, en portavoz de 18 países y cuatro organizaciones internacionales. Todos a una para poner en marcha una acción militar que haga cumplir el mandato de la ONU.
Mientras una veintena de sus aviones Rafaele y Mirage 2000 sobrevolaban el espacio aéreo libio, Francia ya tiene en la zona de operaciones el portahelicópteros Mistral mientras que su portaviones Charles de Gaulle llegará mañana, así como aviones de guerra electrónica Awacs. Vendrán a sumarse a las fragatas británicas HMS Cumberland y HMS Westminster y sus aviones de combate Tornado y Typhoon, así como al portaaviones estadounidense Enterprise y la flota que lo acompaña. Todos unidos pero no revueltos. Italia ha preferido limitar su participación a la cesión de sus bases en Amendola, Gioia del Colle, Sigonella, Aviano, Trapani, Decimomannu y Pantelleria; en tanto que Alemania «no participará con sus soldados, pero se implicará en todo lo que no sea militar», según explicó ayer la canciller germana, Angela Merkel.
«Es hora de pasar a la acción», exclamaba por su parte el premier británico, David Cameron. Dicho y hecho: 112 misiles cruceros fueron lanzados ayer sobre Libia por navíos y submarinos de Gran Bretaña y Estados Unidos alcanzando diversos objetivos estratégicos. Los Tomahawk norteamericanos y los Tornado británicos iban dirigidos a inutilizar las baterías antiaéreas de Gadafi. Unos ataques coordinados desde un cuartel norteamericano situado en la ciudad alemana de Stuttgart.
¿Y Rusia qué dice? Pues la potencia que ha estado bloqueando la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas estos últimos días se mantiene en sus trece y su ministro de Exteriores, Serguei Lavrov, anunció anoche que su país «lamenta profundamente la intervención militar extranjera» en Libia.
OORBYT.es
> Videonálisis de J. M. Bellver
JAVIER ESPINOSA Bengasi (Libia)
Enviado especial
Los aliados atacan a Gadafi con el apoyo aeronaval de España (Y sin que se haya votado en el Parlamento)
Trípoli denuncia que los aliados han bombardeado áreas civiles de la capital y de otras ciudades, y varios depósitos de crudo en la localidad en Misrata
Zapatero afirma que España colabora con cuatro cazas F-18, dos aviones de apoyo, la fragata 'Méndez Núñez' y el submarino 'S-74 Tramontana'
Pocas horas después, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, realizaba una declaración al término de la Cumbre de París en la que se debatió la aplicación de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Libia.
«Francia está decidida a asumir su papel ante la Historia», sentenció el mandatario galo, poniéndose al frente de las operaciones de los aliados. Estados Unidos lanzó 112 misiles Tomahawk contra 20 objetivos en Libia y los Tornado británicos inutilizaron las baterías antiaéreas. Mientras, cazas franceses destruyeron blindados del dictador Gadafi, que estaban participando en el ataque a Bengasi, donde se vivieron escenas de horror y se sufrió una violenta batalla que dejó decenas de muertos. La ciudad pagó con sangre el retraso de la intervención internacional y sufrió la maquinaria bélica del coronel.
El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, dio su apoyo aeronaval a Nicolas Sarkozy y detalló que España colaborará en el freno al sátrapa libio con cuatro cazas F-18 y dos aviones de apoyo, así como una fragata y un submarino.
La morgue del hospital Yala de Bengasi estaba repleta de cadáveres. Algunos eran mera piltrafa humana. Uno estaba cercenado por la mitad. A otro le faltaba una pierna. A su lado reposaban dos reducidos a carne ennegrecida. Lo que fue un rostro era ahora un macabro pingajo negro que contrastaba con la hilera de dientes blancos.
«¡Nos está quemando vivos!», gritó el médico Mohamed Binnur de nuevo.
Muamar Gadafi sólo mintió a la comunidad internacional. A los habitantes de Bengasi les había prometido el miércoles que no tendría «clemencia». Que les perseguiría «casa por casa». Sus tanques, sus aviones y sus cohetes cumplieron esa promesa. Ayer la maquinaria bélica del dictador se abatió sobre una ciudad de 700.000 habitantes, que luchó una batalla tan desigual como admirable, cuyo precio en sangre fue brutal: decenas de muertos y cientos de heridos en ambos lados.
Tan sólo horas después de que Musa Kusa, el ministro de Exteriores del autócrata, dijera que Trípoli había decidido «poner fin a todas las operaciones militares» y decretar un alto el fuego «inmediato», las columnas de blindados y todoterrenos artillados del régimen se lanzaron a una vertiginosa carrera durante la noche que les hizo recorrer casi 100 kilómetros, la distancia que separa la zona de Al-Sultan, donde se encontraban 24 horas antes y Bengasi.
La arremetida comenzó muy pronto. Antes del amanecer, la urbe se estremeció con los primeros bombardeos. La refriega se intensificó a partir de las ocho de la mañana. A esa hora se divisaban ya varias columnas de humo negro en el oeste de la metrópoli.
La azotea del Hotel Uzu, una de las sedes de la prensa internacional, se convirtió en plataforma privilegiada para observar la refriega. Desde el cercano barrio de Hayet Tabalino se veían surgir las llamaradas de los cohetes Grad con los que las milicias locales intentaban frenar el avance de las fuerzas armadas leales a Gadafi.
Varios proyectiles pasaron silbando por encima del edificio para hacer explosión en el centro de la localidad. Un MiG-23 sobrevoló en varias ocasiones el entorno. De repente surgió de las nubes con un ala envuelta en llamas mientras se precipitaba hacia el suelo. La imagen parecía propia de un filme de acción bélica. El aeroplano se estrelló entre los gritos de júbilo de los locales. Su impacto generó una enorme bola de fuego. Los chavales no sabían que el aparato era uno de los suyos, según reconoció horas después un portavoz de los sublevados a la agencia Afp.
Incluso bajo el martilleo incesante de la artillería y con los tanques a tan sólo unas calles, los jóvenes de Bengasi mantenían el desconcertante espíritu que ha caracterizado a esta sublevación popular.
Asad Ahmed defendía una de las esquinas de Hayet Tabalino con una escopeta de cañones recortados y un solo cartucho. Su amigo Fathi Lebruqi portaba un vetusto fusil de la era colonial que decía fue utilizado por las guerrillas de Omar Mojtar contra la ocupación italiana. Ahmad Ali deambulaba con un casco militar y un mechero. «Lo usaré para encender un cóctel molotov», dijo. Hablaba en futuro. Ni siquiera disponía de eso.
«Los pararemos con piedras si es necesario, con el pecho. Le prometo que si Gadafi se refugia en el infierno iré hasta allí para matarle», afirmó Ahmed, de 23 años, sumido en el delirio. Según el chaval, sus nueve hermanos estaban combatiendo en ese instante en las calles cercanas. Su padre se había quedado en la residencia familiar armado con otra escopeta. «Para defender la casa», apuntó.
Eran las 10 de la mañana y los militares de Gadafi circulaban ya por Hayet Tabalino y el vecino barrio de Garyunes. La segunda ciudad de Libia recordaba a Sarajevo. Los estampidos se sucedían. Lo mismo que el reconocible zumbido de los órganos de Stalin.
«¿Dónde están los RPG [anti blindados]?». Los gritos del uniformado resumían su impotencia. Casi una decena de tanques y un enorme convoy de jeeps seguían su marcha imparable.
«¿Dónde está Europa? ¿Dónde está [Barack] Obama?», inquiría Asad mientras se sucedían las carreras disparatadas bajo el sonido de los disparos.
Miles de civiles se habían lanzado a las calles. En el centro antiguo se sucedían las barricadas. Simples parapetos creados con contenedores de basura. Había niños de pocos años apilando ladrillos para cortar las avenidas. Un chaval intentaba controlar el escaso tráfico rodado con un arpón. Otro se había fabricado una singular lanza con un palo al que había amarrado un cuchillo.
Junto al consulado italiano -el mismo donde las fuerzas de seguridad de Gadafi mataron a más de una decena de manifestantes en el año 2006-, Fauzi Mohamed, un profesor universitario, volvía a despotricar contra la inacción de Europa y EEUU. «No nos están haciendo un favor, sino que tiene que pagar los errores de todos estos años. Este Gadafi es el mismo que consideraban su amigo, con el que hicieron negocios. Sabían que era un criminal loco pero primó el interés material. El petróleo vale más que la sangre de los libios», señaló.
Pero en la lucha urbana la supremacía bélica puede verse frenada por el espíritu desquiciado de unos jóvenes que, como Firas Abdulá, proclamaban su «deseo de morir». Los serbios lo aprendieron en la capital bosnia. La misma regla se aplicó durante la jornada en Bengasi.
Los militares del régimen se replegaron poco después del mediodía. De forma tan súbita como habían llegado hasta la ciudad. Dejaron tras de sí un reguero de muerte y destrucción.
La llamada calle Trípoli, que circula hasta la Universidad de Garyunes y el acceso oeste a la urbe, aparecía trufado de edificios marcados por la metralla o parcialmente derruidos. Dos árboles cercenados y varias farolas tiradas sobre el asfalto obstaculizaban la ruta. También un reguero interminable de vehículos cribados de balazos. Algunos ardían.
El hospital de Hayet Tabalino tenía un impacto de RPG en su entrada. «Una bala ha entrado en la habitación de un paciente. Han ametrallado la sala de operaciones. Hemos tenido que meter a los enfermos en el sótano. Decía que iba a respetar el alto el fuego. ¿Qué hace la comunidad internacional? ¿Están durmiendo?», increpó el doctor Islam Ammar.
Los sublevados celebraban lo que consideran una victoria sobre los cuatro tanques que habían capturado. Disparaban sus fusiles al aire y gritaban «¡Ala Uakbar! [Dios es grande]». Uno de los blindados permanecía encaramado en el camión que lo trasladaba. No tuvieron ni tiempo para utilizarlo.
Las pérdidas del ejército oficialista fueron sustanciales. «¡Vengan, venga, miren cómo han acabado los soldados de Gadafi!». La locura de un personaje como Gadafi ha abocado a este país al horror. Dentro del habitáculo había 13 cuerpos apilados. Nadie sabía cómo habían muerto. Uno tenía un tiro en la coronilla. A su lado se encontraba otro chaval con el cráneo reventado. El proyectil le había vaciado literalmente la masa cerebral, que reposaba a su costado. El resto estaban alineados en las habitaciones colindantes. Un muchacho que exhibía dos granadas de mano rompió a llorar. Se hincó de rodillas en el suelo y clamó al cielo. «¡Gadafi, hijo de puta!», gritó.
Todavía a media tarde se peleaba en esa zona. Las fuerzas de Trípoli replicaban con andanadas de cohetes. Las explosiones levantaban grandes fumarolas entre los habitáculos. Los insurgentes respondían disparando como posesos sus ametralladoras.
El primer asalto contra Bengasi había concluido. Los shabab (muchachos) mantenían el control de la villa. Todos coincidían, sin embargo, en que cualquier intervención internacional llega ya muy tarde. «Si querían justificar su acción con sangre y muertos, ya los tienen. ¡Enséñele estas fotos [los cuerpos calcinados] a Zapatero y Sarkozy! Dígale que aunque ahora ataquen a Gadafi, ya es muy tarde. Nunca olvidaremos esto», sentenció el doctor Mohamed Binnur.
En uno de los muros cercanos al hospital se descubría una pintada en inglés que rezaba: «Gadafi, tú eres el árbol. Nosotros el hacha. Y te vamos a cortar por la mitad».
OORBYT.es
>Análisis de Javier Espinosa sobre la situación libia.
J. E. / Bengasi (Libia)
Enviado especial
«Para Occidente el petróleo valía más que nuestra sangre»
El libio Fathi Terbel, miembro del Consejo Nacional Transitorio, pretendía que la sublevación popular en su país siguiera los cánones de la de Egipto y Túnez. Por eso, intentaba emular a personajes como el bloguero egipcio Wael Ghonim. Este abogado defensor de los derechos humanos siempre abogó por una revuelta pacífica. Silmiya (sin violencia) era su eslogan.
Sin embargo, quien inspiró las primeras movilizaciones populares en esta nación árabe deambulaba ayer por la mañana por Bengasi con una pistola al cinto, mientras los bombardeos de las fuerzas leales a Muamar Gadafi retumbaban a pocos kilómetros, y respondía a las preguntas de EL MUNDO antes de que los aliados atacaran objetivos del líder libio.
Pregunta.- ¿Qué ha ocurrido para que se llegue a este extremo? ¿Cómo es posible que esta revolución haya derivado en una guerra civil?
Respuesta.- Nosotros siempre quisimos que esto fuera pacífico. Pero [Muamar] Gadafi está loco y nos ha obligado a defendernos. Él me ha forzado a llevar esta pistola. Se trata de defender mi vida. Hace unos días mi primo Ibrahim Mariam, de 18 años, fue asesinado. Le sacaron de una ambulancia y lo mataron. No estamos ante una guerra civil, sino que la gente está luchando por sobrevivir.
P.- ¿Qué opina de la intervención internacional?
R.- No le puedo decir lo indignado y enfadado que estoy con los líderes de la comunidad internacional. Todo son discursos muy bonitos pero no hacen nada. Los presidentes y dirigentes de esos países se mantuvieron al lado de Gadafi durante años, sabiendo que era un asesino sanguinario. Lo hacían porque sólo defendían sus propios intereses. Para Occidente el petróleo valía más que nuestra sangre. Espero que ahora comprendan que deben actuar ya.
P.- ¿Cree que la acción internacional puede cambiar la situación sobre el terreno? ¿Qué futuro le espera a la sublevación?
R.- No tengo ninguna duda de que Gadafi está acabado, pero pagaremos un precio enorme. Se irá matando a miles de personas y cometiendo grandes masacres.
ANÁLISIS
ROSA MENESES
Libia, ante el abismo de un Estado fallido
El conflicto libio ha entrado en una nueva fase sin señales de que una intervención internacional ayude a una rápida conclusión. Con dos bandos enfrentados militarmente y un escenario de guerra civil, los expertos reconocen que el rumbo de este conflicto es difícil de predecir, debido a la falta de información y de acceso a los procesos internos de una de las dictaduras más opacas del mundo árabe.
«Las fuerzas de Gadafi están ganando por ahora, con la recuperación de ciudades clave como Zawiya, Misrata y Ras Lanuf. Los rebeldes no tienen posibilidades de poder seguir reteniendo el este y, si Gadafi logra controlar de nuevo el país, las consecuencias serían horribles», apunta a EL MUNDO George Joffe, profesor de la Universidad de Cambridge y uno de los mejores especialistas del mundo en el Magreb.
Este escenario ha precipitado una decisión en Naciones Unidas a favor de una intervención militar de la comunidad internacional, sin la que los rebeldes no serían capaces de derrocar al coronel Muamar Gadafi. Sin embargo, cabe preguntarse cómo será el día después en Libia.
El curso de lo que empezó como una revolución y se ha revelado en una guerra abierta es muy diferente del esquema ya visto en Túnez y Egipto, donde el ejército ha servido de garante de la unidad nacional una vez que sus longevos presidentes han sido depuestos. En una hipotética Libia sin Gadafi, las fuerzas armadas no podrán ser utilizadas en un principio como una institución aglutinadora.
La ausencia de un ejército consistente en Libia se debe a que Gadafi ha minado sus estructuras durante sus más de 41 años en la cúpula del Estado, precisamente con el objetivo de que no constituyese un contrapoder. Como casi todo en Libia, el ejército no existe como tal: bajo la denominación oficial utilizada por el régimen, las fuerzas armadas sólo son «milicias populares».
Otro síntoma claro de que las cosas en Libia pueden remitirnos a escenarios más propios de Afganistán o de Somalia es que el Estado carece de estructuras políticas básicas. No existe el Parlamento. «Gadafi destruyó el edificio del Parlamento, situado cerca de la Plaza Verde, y construyó una cafetería de dos plantas», explica un profesor universitario libio que prefiere permanecer en el anonimato. Este detalle ejemplifica el desapego de Gadafi hacia las instituciones.
«Libia no tiene partidos políticos o sindicatos; no existe una sociedad civil organizada, ni ONG», añade este académico. El país africano se ha construido a imagen y semejanza de la idiosincrasia de un iluminado. Por no tener, no tiene ni capital oficial. No en vano, el coronel Gadafi afirmó recientemente: «Yo soy Libia. Yo os he creado y yo os voy a destruir».
Sin embargo, Joffe no está de acuerdo con que la ausencia de estructuras políticas conduzca a los libios a un vacío institucional en la era post Gadafi. «En el este del país la población ha demostrado que hay líderes resilientes a la falta de experiencia política. La imagen de que los libios serán incapaces de organizarse es absolutamente equivocada», afirma el profesor de Cambridge.
Aunque bajo el régimen de la Yamahiriya (Estado de masas) el único 'ministerio' que ha funcionado como tal es la empresa estatal de petróleo. Hasta el punto de que algunos expertos han sugerido que el Gobierno de transición se constituya sobre estas bases. Sin embargo, es precisamente el petróleo lo que para algunos analistas constituye una garantía de que el país árabe no caiga en una somalización.
Según comentaba al diario The New York Times Frederi Wehrey, un experto del think-tank RAND que ha regresado recientemente de un viaje de tres semanas a Libia, el petróleo puede comprar la tranquilidad social durante un periodo de transición. La importancia del crudo libio para Europa ofrecería la seguridad de que las potencias no se quedarán de brazos cruzados mirando cómo se desintegra el país.
El panorama de escenarios en los que puede transformarse Libia a largo plazo puede asemejarse al de otros países en conflicto. Aunque Joffe descarta que «la nación árabe se vaya a convertir en otra Somalia u otro Irak», veamos cuáles son los ejemplos que se pueden trasladarse al vasto país norteafricano:
1.Somalia. Un Estado fallido con zonas autodeclaradas independientes que escapan a su jurisdicción puede ser el espejo de una Libia en la que el este permanezca en manos de los sublevados y el oeste siga retenido por las fuerzas leales a Gadafi. Como Puntlandia o Somalilandia, la Cirenaica podría constituirse en una región autogobernada por el Consejo Nacional Transitorio formado en Bengasi.
2.Afganistán. Un Estado desestructurado donde Al Qaeda u otros grupos radicales puedan aprovechar el caos y operar con impunidad es otro de los riesgos que acechan a Libia. Los terroristas podrían aprovechar la sublevación para apoderarse de bases en los enormes espacios no gobernados del suroeste, cerca de la frontera con Argelia, donde opera Al Qaeda en el Magreb Islámico). El fantasma de Afganistán ha sido agitado por los que abogan por una intervención exterior para ayudar a las fuerzas rebeldes a controlar el país. No obstante, existen serias dudas sobre el atractivo que representa la narrativa de Osama bin Laden entre los libios, que practican un islam suní moderado.
3.Irak. Un Estado donde resurjan las rivalidades entre tribus acerca a Libia al abismo iraquí. La falta de unidad de la oposición y las rivalidades internas pueden desatar una caza de brujas en la era post Gadafi. En este sentido, el vacío de poder ayudaría a que grupos políticos extremistas lleguen al poder. Según el profesor Joffe, las tribus pueden constituir una «institución de gran importancia, embrionaria de organizaciones políticas».
4.El Líbano. Una guerra de todos contra todos con varios grupos enfrentados es improbable, pero no imposible. El escenario libanés (la guerra civil se prolongó de 1975 a 1991) podría producirse si el conflicto se prolongara a largo plazo y si la comunidad internacional no se implicara a fondo. Esto llevaría a crear diferentes milicias con sus correspondientes señores de la guerra. La miríada de grupos de oposición en Libia contribuye a una libanización. Adem Arqiq, miembro de la rama libia de los Hermanos Musulmanes, reconocía que «no hay comunicación entre los grupos opositores ni un liderazgo común».
LUIS MARTÍNEZ / Madrid
Tobruk, un mito devorado por las 'ratas del desierto'
Samarkanda, Tombuctú, quizá Tobruk. Hay dos tipos de mapas, los que diseñan los cartógrafos, precisos y con la letra diminuta, y los dibujados a tientas. Tal vez en la oscuridad infectada de una sala de cine. Estos segundos, y por no excederse en los lirismos, son imprecisos, confunden los nombres ríos. Y todo por culpa de la fiebre o, si se prefiere, de la pasión. En ellos, la ruta de la seda, las aventuras de Tarzán, la guerra o las agonías del coronel Kurtz comparten caracteres y, si uno se fija bien, las mujeres (o los galanes) que los habitan son idénticas entre sí.
De repente, una catástrofe hace que todo se mezcle y los mapas milimetrados de los cartógrafos arrasan con el escenario, único y casi sagrado, en el que se desarrolla la aventura, cualquiera de ellas. Y así, de golpe, los perezosos caen en la cuenta de que Tobruk, por ejemplo, no es sólo el mítico emplazamiento donde Rommel, al frente del Afrika Korps, fue frenado por la 9ª División australiana, las ratas del desierto, comandada por el general sir Leslie Morshead. Aunque poco más tarde, todo sea dicho, Tobruk caería con la misma eficacia con la crecería el mito de Rommel. Tobruk, duro es reconocerlo, existe y no sólo en el cine.
Sea como sea, su nombre siempre quedará asociado a esa parte de la Segunda Guerra Mundial comida por el sudor y el polvo. Bien temprano, en 1944, el cine de propaganda australiano vio en la hazaña de los suyos, que resisitieron durante ocho meses un asedio que debía durar ocho semanas, el mejor de los argumentos posibles. Y así, con Peter Finch a la cabeza, ya apareció una cinta ya olvidada con el nombre de Las ratas de Tobruk. Dicen que los australianos adoptaron con orgullo lo que la radio nazi escupía con desprecio: «Caerán como ratas en un trampa». El mismo argumento serviría para que, una década más tarde, el siempre eficiente Robert Wise diera a Richard Burton la posibilidad de lucir todo el sudor y el heroísmo del que era capaz. Y era mucho.
Sin embargo, lo que desde el minuto uno sedujo a Hollywood no fue la dureza y el vigor de sus aliados, sino la subyugante atracción del mal. Tanto la maldad física del propio desierto como la del genio de Rommel. Ya en 1943, un Billy Wilder recién llegado a América no pudo por menos que ofrecer al siempre turbio Erich von Stroheim el papel del Mariscal en la entretenidísima (y bien graciosa) Cinco tumbas al Cairo. Caída la fortaleza de Tobruk, el director compone una intriga de enredo (si es que esto existe. Téngase en cuenta que el libreto estaba basado en una comedia). Y todo, alrededor de un mapa que esconde el más estrátegico de los secretos: el lugar preciso en el que el ejército alemán guarda sus suministros. Rommel, sin embargo, tendría que esperar a James Manson para covertirse, y para siempre, en El Zorro del desierto, según el título de la cinta de Henry Hathaway de 1951.
Y junto a la rendida admiración por el villano, la no menos entregada fotogenia del calor. Si en Sahara (1943), Bogart pelea contra los rigores de la falta de agua en las inmediaciones de la mítica ciudad, en Tobruck (1967) son Rock Hudson y George Peppard los que se descamisan en una misión suicida destinada a destruir el puerto y, de paso, cambiar el destino del mundo. Tobruk es eso. Si la primera es un ejemplo de frenética propaganda, la segunda es sólo torpe ruido a vueltas, admítase, con la más certera de las admoniciones: «Haced lo imposible... Parad a Rommel», se lee en el cartel.
Pero donde el nombre de Tobruk luce como debe es una producción francesa de 1960. Un taxi para Tobruk, del eficaz artesano Denys de la Patelliére (que, por cierto, perdió a dos hermanos en la guerra), es algo más que un firme alegato por la cordura. Es eso en mitad del desierto. Deslumbrante. Lino Ventura, Charles Aznavour y el español Germán Cobos se ven obligados a compartir viaje con un alemán prisionero. Por el camino, obviamente, descubrirán que la supervivencia no entiende de nacionalidades. Y así, el nombre polvoriento y heroico de una ciudad portuaria en el extremo oriental de Libia adquiere el tamaño justo de la más emocionante de las aventuras. La única humanamente posible. No hay mapa capaz de dar con el sitio preciso en el que nace la aventura, cualquiera de ellas. Tobruk.
MÓNICA G. PRIETO / Beirut
Especial para EL MUNDO
Llamamiento a la rebelión contra Damasco
Las exequias de los dos jóvenes tenían lugar en la ciudad de Deraa, al sur de Siria, donde se produjo la marcha masiva que el viernes terminó en una represión policial sin precedentes en la que fueron enviados helicópteros con refuerzos para contener a los manifestantes. Ayer, los cuerpos de seguridad sellaron la localidad para impedir que la marcha fúnebre atrajese a opositores y terminara transformando el duelo en una nueva demostración de fuerza. Según explicó el conocido activista Mazen Darwish, la población de Deraa podía salir pero no entrar en la ciudad. Oficiales sirios, informó la agencia Ap, fueron enviados a la localidad para presentar sus condolencias a las familias en un intento de calmar los ánimos.
No lo consiguieron, como demostró que miles de personas participasen en la marcha fúnebre tras el rezo coreando lemas como «revolución, revolución, levántate Hauran» -en referencia a la estratégica región sureña donde se enclava Deraa- o «quien mata a su pueblo es un traidor». Las fuerzas de seguridad trataron de dispersar a la multitud con gases lacrimógenos pero no provocaron heridos. Hubo un detenido.
Tampoco logró disminuir la tensión el anuncio que llegó desde Damasco mediante la televisión estatal. «El Gobierno sirio está dispuesto a abrir una investigación transparente para castigar a los responsables del asesinato de personas durante la concentración del viernes», decía. Eso implica un sustancial cambio de actitud de las autoridades, que la víspera acusaban a un grupo de «infiltrados» de mezclarse entre los manifestantes para «generar el caos», según la agencia oficial Sana, y de haber incendiado coches atrayendo así la respuesta policial.
Se trata de la intervención más violenta desde que comenzasen, esta semana, los primeros movimientos de protesta contra el régimen de Bashar Asad, quien heredó el poder de su padre Hafez Asad y cuya formación, el Baaz, lleva en el Gobierno medio siglo y mantiene desde entonces leyes de emergencia que justifican la falta de libertades.
El miércoles, docenas de activistas fueron detenidos cuando protestaban ante el Ministerio de Interior en Damasco por la existencia de presos de conciencia. Según el responsable de la Liga Árabe para los Derechos Humanos, Abdul Karim al Rihawi, las 10 mujeres arrestadas han iniciado una huelga de hambre. Una de ellas, Diana al Jawabra, es originaria de Deraa: protestaba por el arresto de 15 escolares detenidos por escribir lemas revolucionarios inspirados en las revueltas de Egipto y Túnez.
El encarcelamiento de activistas sólo está dando aire a las protestas, que el viernes se extendieron de Damasco a Homs, Aleppo, Deir al Zor y Deraa, el único lugar donde terminaron de forma violenta. «Libertad, libertad», «Dios es grande», «No a la corrupción» y «No a la violencia» fueron sus lemas.
La represión del viernes ha sido condenada por Naciones Unidas, cuyo secretario general ha dicho que «el uso letal de la fuerza contra manifestantes pacíficos y su detención arbitraria es inaceptable».
MOHAMED SUDAM / Saná
Reuters / EL MUNDO
Prosiguen las protestas en Yemen a pesar de los asesinatos del viernes en Saná
Dos miembros destacados del partido gobernante en Yemen dimitieron ayer como protesta por el asesinato -el viernes- de 44 manifestantes contrarios al régimen, al tiempo que tropas yemeníes patrullaron en las calles de acuerdo con el estado de emergencia decretado por el presidente Ali Abdulá Saleh.
Las fuerzas de seguridad atacaron ayer de nuevo a los manifestantes que protagonizaron una sentada en la ciudad portuaria de Adén, mientras las protestas se extendían a otras partes del país. En Saná, la capital, los detractores de Saleh continuaron acampados en la Plaza Tahrir, donde tuvieron lugar los sucesos sangrientos.
Respecto a las dimisiones, el diario Yemen Post informó de que se trataba del embajador yemení en el Líbano, Faysal Amin abu al Ras, y el director general de la agencia de noticias nacional, Saba. El viernes, renunció también el ministro de Turismo Nabil al Faquih.
El estado de emergencia quedará vigente durante 30 días.
El Ministerio del Interior aseguró que se están debatiendo otras medidas como el toque de queda. Expertos legales aseguran que la medida no es constitucional porque no hay una ley de emergencia vigente en el país, según informa la agencia Dpa.
El prominente clérigo islamista Abdul Mayid al Sindani exigió a Saleh que entregue el poder al vicepresidente Abed Rabbo Mansur Hadi. Saleh sólo cedió hasta ahora renunciando a no presentarse como candidato en los comicios presidenciales que tendrán lugar dentro de dos años.
Mientras, una fuente presidencial saludó la mediación saudí y del Golfo entre las partes en Yemen, según la agencia de noticias yemení Saba, que señaló que los responsables de la masacre del viernes pretendían impedir el proceso de mediación.
Tiradores de precisión apostados en tejados y vestidos de civil dispararon a matar el viernes contra una manifestación convocada bajo el lema Día de la Dignidad para exigir, una vez más, la renuncia del presidente.
Saleh negó sin embargo que la policía disparara contra los manifestantes y afirmó que éstos fueron atacados por matones infiltrados entre los manifestantes cerca de la Universidad de Saná.
Además de decretar el estado de emergencia, el presidente anunció la creacion de una comisión para investigar las muertes en Saná, Taiz y Hudeidah y prometió ayudas a los familiares de las víctimas.
FERNANDO LÁZARO / Madrid
La intervención militar de España en Libia divide a la izquierda

Ahora sí, los conocidos como los artistas de la ceja mostraron su apoyo sin fisuras la decisión del Gobierno de participar activamente en la guerra de Libia. También los representantes de los sindicatos. Todos ellos tuvieron un papel muy activo durante las movilizaciones en contra de la intervención en Irak.
El mensaje entre ellos fue unánime hasta que las preguntas llegaron a los máximos representantes de Izquierda Unida, quienes se mostraron de forma tajante, radical y muy clara en contra de la intervención en Libia. Tanto Cayo Lara como Gaspar Llamazares no tuvieron matices en su rechazo.
También fue sorprendente la ausencia del director de cine Pedro Almodóvar, otro de los estandartes del «no a la Guerra de Irak», cuya presencia había sido anunciada.
Ayer, las posiciones eran sí a «la intervención» en Libia porque había que «parar los pies al sátrapa Gadafi». Algunos periodistas recordaron a los artistas que Sadam Husein también era un dictador, pero los interpelados sostuvieron que no hay similitudes entre ambos casos.
El cantante Miguel Ríos indicó que la situación en Libia «no tiene nada que ver» con Irak. «Aquí hay gente que está sufriendo, y la conciencia de cualquier ser humano de cualquier tipo de ideología es parar esa masacre». Para el cantante, «por supuesto» se trata de un mal menor. «Para un pacifista como yo, lo ideal es que esto no existiera, que no hubiera habido nadie que le diera las armas a Gadafi, que no se hubieran hecho fotos con él, ni les hubieran aceptado su sucio dinero».
Por su parte, el actor Juan Diego apostó por «intervenir» en Libia y apoyar a un pueblo «que se ha levantado contra un tirano, contra un sátrapa». Además, subrayó que sí se puede entender como un mal menor «porque una de dos, o se cargan a los rebeldes o intervenir». «Si en España y en Europa estamos disfrutando de la libertad, tenemos que ayudar a conseguir que esa libertad llegue al mayor número posible» de personas, agregó. En todo caso, sí reclamó que «no se mueva ni un sólo soldado hasta que nuestro Parlamento diga» que apoya la operación de intervención en Libia.
Mientras, la escritora Almudena Grandes subrayó que la intervención en Libia «es un tema muy complicado», porque «no me gustan las intervenciones militares de extranjeros en países ajenos, lo que ocurre es que la situación es muy distinta a la Irak». «La comunidad internacional se ve obligada a elegir entre la masacre de civiles inocentes o el peligro de crear un conflicto armado», añadió. Para Grandes, la intervención «me parece un mal menor; entre la masacre sistemática de población civil y una intervención militar creo que es más urgente» lo primero. En el mismo sentido se pronunció el también escritor Luis García Montero, quien señaló que es partidario de «evitar una masacre y que haya muchas víctimas civiles por la represión de Gadafi». «Es una decisión incómoda pero creo que es mejor que otras decisiones, como dejar que un dictador machaque a su pueblo».
En la misma línea se pronunciaron los máximos responsables de CCOO y de UGT. el líder de comisiones, Ignacio Fernández Toxo, aseguró que le parece «muy bien» que se entre en Libia porque significa que la comunidad internacional, a través de la resolución de la ONU, va a dar amparo a todo el pueblo libio. «Ojalá no llegue tan tarde como para que la masacre se haya consumado ya», señaló Toxo, quien aplaudió la decisión del Gobierno español de cooperar en la normalización de la situación en Libia porque la intervención es una defensa de la democracia y de los derechos del pueblo libio.
Por su parte, el secretario general de UGT, Cándido Méndez, indicó que le parece «adecuado» que España apoye la resolución de Naciones Unidas, aunque ha resaltado la importancia de actuar «con mucha rapidez» porque la matanza «puede seguir». «En este momento lo segundos son preciosos», añadió.
Pero los que históricamente han sido sus aliados ideológicos se mostraron ayer en las antípodas de estas posiciones. El líder de Izquierda Unida, Cayo Lara, fue claro. Consideró «hipócrita» la intervención en Libia porque responde a «intereses petrolíferos», al tiempo que acusó al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, de intentar tapar su ineficacia contra la crisis económica participando en una guerra que sólo puede traer más «caos y sufrimiento» al pueblo libio. «Zapatero llegó a La Moncloa de la mano del 'no a la Guerra' de Irak y va a salir de presidente del Gobierno de la mano del 'sí a la guerra' en Libia», añadió quien reiteró que los intereses en Libia son petrolíferos y «no de democracia y de libertades». «Gadafi es un dictador, pero lo era también ayer cuando era amigo, montaba jaimas en España y le reíamos las gracias».
El diputado de IU Gaspar Llamazares dudó de los verdaderos objetivos de la intervención porque los mismos que han apoyado a Gadafi durante años son ahora los que quieren entrar en Libia. «No se han convertido súbitamente a la defensa de los derechos humanos», indicó, tras asegurar que siguen teniendo intereses y que el procedimiento elegido para entrar en el país, el uso de la exclusión aérea le recuerda a situaciones como las de Irak y Bosnia, donde fue «el primer paso» para una guerra. A su parecer, la situación «habría que pensarla dos veces y no tener tanto ardor guerrero», sobre todo al ver como el PP «jalea» al PSOE y al Gobierno. «Si te animan tus adversarios por algo será, piénsatelo, probablemente estés equivocado».
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