JAPÓN: Terremoto, tsunami y alarma atómica

DAVID JIMÉNEZ / Tokio
Enviado especial
Contaminar más para salvar la central nuclear
El agua radiactiva ha sido detectada en los sótanos de los edificios de cuatro de los reactores de Fukushima, fuera de la planta e incluso en el mar frente a la planta. Pero a la vez los reactores siguen sin contar con el sistema de refrigeración, averiados tras el terremoto y tsunami que golpearon la costa noreste de Japón el 11 de marzo, y la única forma de evitar su deterioro pasa por seguir arrojando agua.
Los trabajadores que luchan desde hace más de dos semanas para poner la central bajo control se encuentran con peligros adicionales según pasan los días. Tres de ellos sufrieron días atrás graves quemaduras y una exposición radiactiva muy superior al límite tras haber entrado en contacto con líquido radiactivo.
Los riesgos, sin embargo, no impidieron que ayer empezaran a retirar agua contaminada de los reactores, una tarea más dentro de una operación que ha empezado a hacer mella en la moral de los hombres. «No puedo soportarlo más», decía un operario cuya identidad no ha sido revelada y que describía el lugar como una «escena de guerra» en correos electrónicos obtenidos por el Wall Street Journal.
El número de trabajadores que siguen en la central de Fukushima Daiichi varía entre unas pocas decenas hasta los cerca de 400 que permanecían anoche en el interior. No tienen contacto con sus familias, trabajan en turnos de hasta 16 horas y son alimentados con una botella de agua y alimentos de supervivencia. Aunque cada pocos días reciben permiso para descansar en un centro deportivo y un barco atracado en un puerto cercano, la mayoría pasan la noche en el suelo cubiertos por laminas que contienen plomo y protegen contra la radiación.
La principal misión es devolver el suministro eléctrico a la planta, paso previo para reparar los sistemas de refrigeración. El aumento de las fugas radiactivas, el cansancio y las bajas de algunos de sus compañeros han ido haciendo más duro su compromiso. «Apenas hablamos unos a otros. Al final de la jornada estamos exhaustos», aseguraba el líder de una de las unidades.
Japón libra la batalla por controlar Fukushima a la vez que trata de coordinar la mayor operación humanitaria desde la II Guerra Mundial, con la movilización de hasta 100.000 soldados y decenas de miles de policías y bomberos.
El Gobierno aportó ayer nuevos detalles del desastre natural al asegurar que la costa noreste del país fue embestida por siete tsunamis tras el terremoto de magnitud 9.0 registrado en el Océano Pacífico. El mar se adentró hasta 40 kilómetros hacia el interior en algunos casos, inundando 443 kilómetros cuadrados de las provincias de Aomori, Iwate, Miyagi y Fukushima. Más de 28.000 personas han muerto o se encuentran desaparecidas desde entonces.
Entre las víctimas económicas del desastre podría añadirse muy pronto Tepco, la compañía eléctrica que gestiona la central de Fukushima. Sus acciones en la bolsa de Tokio han perdido más de un 70% de su valor desde que comenzó la crisis y el Gobierno se ha planteado la posibilidad de nacionalizar una empresa de la que depende el suministro eléctrico de 45 millones de japoneses. «En este momento, la prioridad del Gobierno es ordenar a Tepco que haga todo lo posible para contener el accidente y hacer frente a las secuelas», aseguró un portavoz del Gobierno, desmintiendo una decisión inminente sobre la que se ha convertido en la compañía más odiada del país.
P&R
MIGUEL G. CORRAL / Madrid
Resurge el miedo al plutonio
¿Qué partes de la central de Fukushima contienen plutonio?
El plutonio se genera en todas las nucleares del mundo como un subproducto de las reacciones que se producen en los núcleos. En un reactor alimentado con uranio-238 y uranio-235 -como cinco de los seis de Fukushima- los residuos pueden contener un 1% de plutonio. Se produce al ganar un neutrón el uranio-238 y decaer hasta neptunio-239 y después hasta plutonio-239. Los núcleos de los reactores y las piscinas de combustible gastado lo contienen. Además, en Fukushima uno de los reactores -el tercero- utiliza como combustible una mezcla llamada MOX que contiene tanto uranio como plutonio.
¿De dónde proviene la contaminación hallada en la planta?
La composición de las partículas encontradas indica que procede de los reactores de la propia central, pero los expertos aún no saben exactamente de dónde. Es muy poco probable que provenga del núcleo de algún reactor. Lo más factible es que se haya liberado de las piscinas de combustible gastado, que están al aire libre desde que las explosiones volaron los edificios de los reactores. Algunas de las vainas que recubren el combustible gastado pueden estar rotas. Y las partículas más pequeñas de plutonio podrían haber salido de estas piscinas arrastradas por el vapor cuando se quedaron casi sin agua y se sobrecalentaron, pudiendo llegar incluso al punto de ebullición.
¿Cuanto plutonio se ha encontrado en las muestras de la central?
La compañía que opera la central encontró plutonio en dos de las cinco muestras de suelo que tomó hace una semana en el interior del recinto de la planta. Pero la cantidad de plutonio medida es pequeña, ligeramente superior al fondo radiactivo de plutonio que hay en cualquier parte del mundo debido a las pruebas nucleares realizadas en la época de la experimentación con armamento atómico o a lanzamientos reales como los de Hiroshima y Nagasaki.
¿Cómo se sabe entonces que el plutonio procede de los reactores?
En las muestras de Fukushima se detectó plutonio-238 en dos puntos y de plutonio-239 y 240 en los cinco. El primero de ellos tiene un periodo de semidesintegración de 40 años. En cambio, tanto el 239 como el 240 tardan miles de años en perder su radiactividad (24.100 en el caso del 239). Por eso el plutonio-239 y el 240 pueden ser detectados en cualquier parte del mundo donde hayan caído. Sin embargo, debido a la rapidez de la desintegración del plutonio-238, si su actividad es suficientemente alta indica de forma inequívoca que ha sido liberado de forma reciente por un reactor nuclear.
¿El plutonio liberado podría alcanzar otros países o áreas alejadas?
El plutonio es un metal muy pesado y con una volatilidad casi nula. Esto dificulta mucho su transporte por el viento. Por este motivo, cuando se libera en tierra, lo más probable es que se pegue al suelo y permanezca allí hasta que sea limpiado. Sin embargo, si se libera en el mar el plutonio podría diluirse y dispersarse por el océano.
¿La cantidad detectada es peligrosa para la salud humana?
Según han asegurado tanto la Agencia Internacional para la Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés) como el Ejecutivo japonés, no entraña peligro para los seres humanos. Pero es superior a la que puede presentar un suelo cualquiera. La radiación más alta detectada en uno de los puntos de muestreo es de 0,5 bequerelios por kilogramo de suelo seco. Y la medida que se considera fondo radiactivo, presente en cualquier suelo del mundo, ronda los 0,15 bequerelios por kilo.
¿Cuál es el mayor peligro que tiene el plutonio encontrado?
El plutonio, concretamente el plutonio-239, tiene un periodo de semidesintegración de 24.100 años. Emite radiación de tipo alfa, que puede ser detenida por la ropa o por un simple papel. El mayor riesgo es que entre en contacto con el cuerpo, ya que puede provocar cáncer o alteraciones celulares.
¿El plutonio es un elemento que esté presente en la naturaleza?
El plutonio no es un elemento que se pueda encontrar de forma natural. Sin embargo, sí está presente en casi todo el mundo debido a que ha sido liberado por el hombre en pruebas de armamento nuclear, explosiones atómicas o accidentes como el de Chernobil. Pero a excepción de lugares conflictivos altamente contaminados, la radiactividad que emiten es baja y no supone un peligro grave.
OORBYT.es
>Vea hoy en EL MUNDO en Orbyt el videoanálisis sobre el plutonio de Miguel G. Corral.
DESDE KIOTO CON AMOR
FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ
¿Cien mil años de soledad?
Cuatro de los seis reactores de Fukushima siguen heridos de gravedad. No hay forma de repararlos. Su organismo se rebela contra todos los tratamientos, medicamentos e intentonas quirúrgicas. La electricidad ya ha sido conectada, pero la temperatura de los enfermos no desciende. Su fiebre es muy alta.
Sólo el agua fría puede bajar los humos a quienes no dejan de echarlos. Los irrigan, pues, con ella, pero sale despedida, de rebote, a la inmediata, con el agravante de que lo hace contaminada por elevadísimos índices de radiactividad. Eso obliga a cerrar las mangueras y a regresar al punto de partida. Un círculo vicioso.
La inquietud de los ciudadanos crece. Su indignación, siempre contenida y educada, también. Blanco de la incredulidad rampante es la nebulosa información que transmiten, o que no transmiten, los portavoces de TEPCO (Tokyo Electric Power Company), gestora de la central de Fukushima y responsable de su reparación. Es un coloso de la industria -el cuarto de su género en el mundo-, pero con musculatura de trapo, pupilas atontolinadas y lengua pastosa.
Sus técnicos aparecen, confusos y contritos, en la tele, dan rodeos, tartamudean, desvían las preguntas, omiten las respuestas, se contradicen y, en gráfica expresión de uno de mis informadores, profesor argentino que habla perfectamente el japonés, parece como si «en su puta vida» hubieran visto de cerca, «en vivo y en directo», un reactor nuclear.
La gente los acusa de ser como esos médicos que, si se les trae un ahogado, le toman el pulso, le miden la tensión, le hacen un electro, lo someten a diálisis, se rascan la cabeza y luego extienden el certificado de defunción.
Lo de los rodeos, los tartamudeos, las contradicciones y la ignorancia supina vale también para los expertos (es un decir) de la Comisión Japonesa de Energía Atómica. El espectáculo que ofrecen es, en opinión de casi todo el mundo, lamentable. Y se quedan cortos.
El críptico idioma en el que esas marionetas de gesto agrio dan abstractas explicaciones que nada explican resulta tan ininteligible para las gentes del común que, tras ellas, a renglón seguido, los locutores de la NHK no tienen más remedio que traducirlas al japonés paladino.
Los políticos no salen mejor librados. Lo suyo, hasta ahora, ha sido dar palos de ciego, y ninguno a derechas. Cuando el temporal amaine, caerá el Gobierno. Eso es seguro. Naoto Kan no tardará en besar la lona. Sus ministros se tambalean por el ring como boxeadores sonados. Buena la armó el lunes por la tarde Motohisa Ikeda, que lo es de Economía. Dijo ante el Comité de Presupuestos de la Cámara Alta que el Ejecutivo teme lo peor y sólo Dios sabe lo que va a suceder (sic). La oposición se le echó encima y el deslenguado tuvo que retractarse y pedir perdón. Eso es muy japonés. Y a todo esto, en Shizuoka, ciudad de cuatro millones de habitantes situada a unos 150 kilómetros de Tokio, hacia el sudoeste, en la costa y a los pies del Monte Fuji, el vecindario aguarda sin pestañear la llegada del feroz terremoto (tsunami incluido), de fuerza superior a la del título de una célebre película de Fellini, que desde hace mucho tiempo vaticinan los sismólogos.
Cada siglo y medio, aseguran los expertos, se produce en el lugar mencionado una catástrofe de esas características. La última se remonta a mediados del XIX. Creo que fue en el año 1853, quizá en 1857, pero no he podido verificar la fecha. La suerte, en cualquier caso, parece echada. El volcán, además, podría enfurruñarse y dar en cólera. Una de las mayores colmenas nucleares del país -la de Hamaoka- está precisamente allí. Si el terremoto la despanzurra, como ha sucedido en Fukushima, Tokio tendría que ser evacuado. Casi nada. Fácil de decir. Imposible, supongo, de hacer.
El profesor argentino dice que todo esto es la crónica de una muerte anunciada. ¡Ojalá se equivoque para que Japón no tenga que vivir cien mil años -los que se atribuyen a los residuos radiactivos- de soledad!






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