COALICIÓN DEL TOMAHAWK: La Guerra de Zapatero en apoyo del Alzamiento Nacional libio contra un Gobierno reconocido legítimo durante casi medio siglo




E. SUÁREZ / R. MENESES
Londres / Trípoli
Corresponsal / Enviada especial
El ministro libio de Exteriores abandona a Gadafi
Kusa llevaba en Túnez desde el martes. Según habían dicho fuentes del régimen libio, en una visita privada. Según se ha demostrado ahora, preparando cuidadosamente su deserción. Un portavoz del Foreign Office ha confirmado la llegada del ministro libio y ha emitido un comunicado subrayando la trascendencia de la situación: «Musa Kusa es una de las figuras más importantes del Gobierno de Gadafi y su rol era representar al régimen en la escena internacional. Algo que ya no tiene voluntad de hacer. Animamos a aquéllos que están junto a Gadafi a abandonarlo y a trabajar por un futuro mejor para Libia que permita una transición política y unas reformas reales».
Al cierre de esta edición, algunos rumores apuntaban a que el jefe de los servicios libios de Inteligencia también habría cruzado la frontera con Túnez. Pero ni el Gobierno británico ni las grandes agencias lo daban por hecho.
Musa Kusa tiene buena prensa fuera de Libia, pues fue la figura clave -junto con Saif al Islam, hijo del líder libio- del giro total que dio Gadafi con respecto a sus relaciones con Occidente a principios de la década del 2000. Pero en realidad está lejos de ser la cara amable del régimen. Ex jefe de la Inteligencia exterior libia, está implicado en el asesinato de disidentes en el extranjero.
El mazazo político para el círculo del coronel ahogó la euforia tras la victoria militar de ayer. Los soldados gadafistas lograron contener ayer a los rebeldes en Sirte, enclave simbólico por ser la ciudad natal de Muamar Gadafi, y los obligaron a retroceder hasta Ajdabiya.
«Los rebeldes tuvieron que retroceder de Sirte gracias a una tormenta de arena. Los de Bengasi tienen la ayuda de la OTAN; nosotros contamos con la ayuda de Dios». De esta manera tan grandilocuente explicaba una persona próxima al Gobierno de Gadafi el nuevo avance de las tropas del régimen.
Los rebeldes tuvieron que replegarse, después de que el ejército de Gadafi reconquistara el enclave petrolero de Ras Lanuf. La apisonadora del régimen se dirigió a Brega, forzando a los sublevados a huir y a ponerse a cubierto en Ajdabiya. Cientos de civiles huyeron de esta ciudad rumbo a Bengasi, según el Comité Internacional de la Cruz Roja.
Tras días de rápidos avances de los rebeldes, que habían llevado la revolución a las puertas de Sirte, las fuerzas de Gadafi les expulsaron de Bin Jawad hasta Ras Lanuf, ciudad que habían ganado el domingo pasado.
Las tropas de Gadafi aún conservan su poderío militar, pese al establecimiento de zonas de exclusión aérea que les han privado de la supremacía en el aire. La OTAN, que ya ha tomado el mando de la operación Odisea al amanecer, ha bombardeado objetivos militares para facilitar el avance de la insurgencia. Sin embargo, la pobre dotación armamentística de estas fuerzas y su pésima preparación militar hace que sus avances se tambaleen cada vez que las fuerzas gadafistas contraatacan.
A Occidente le llevó más de cinco días de bombardeos conseguir la destrucción de los blindados y la artillería del régimen en la estratégica Ajdabiya, donde se habían estancado los insurgentes. Sólo entonces, los rebeldes avanzaron unos 300 kilómetros al oeste. Sin embargo, sólo fue un espejismo, porque dos días después, la sublevación se encuentra en el mismo punto de partida.
Los vínculos de Al Qaeda y la rebelión
Sin embargo, ayer el comandante rebelde Abdel Hakim al Hasidi en una entrevista para el diario italiano ' Il Sole 24 Ore' admitía contar entre sus filas con luchadores que mantenían lazos con el grupo terrorista.
Pese a reconocer sus vínculos con Al Qaeda, Hasidi precisaba que sus hombres «eran patriotas y buenos musulmanes y no terroristas», aunque añadía que «los miembros de Al Qaeda son buenos musulmanes que luchan también contra el invasor».
Este comandante rebelde afirmaba haber reclutado «alrededor de 25 hombres» en el área de Derna, al este de Libia, para luchar contra las tropas de la coalición en Irak. Algunos de ellos, confirmaba, están «hoy en los frentes de batalla en Ajdabiya».
Hasidi reconocía, asimismo, haber luchado contra el «invasor extranjero» en Afganistán, antes de ser capturado en 2002 en Peshawar (Pakistán). Más tarde fue detenido por los norteamericanos y puesto en libertad en el año 2008.
EDUARDO DEL CAMPO / Bengasi
Enviado especial
La victoria de un superviviente
El monumento que más visitantes atrae ahora en Bengasi es la Katiba, el cuartel central de las fuerzas de seguridad de Muamar Gadafi que la población rebelde hambrienta de libertad asaltó, derribó y quemó en la revolución de febrero, sacrificando la vida decenas de ellos. Dentro de la Katiba, un recinto inmenso, ocupaba un lugar destacado el edificio donde se alojaban en sus visitas el propio Gadafi y sus hijos.
El lujo de sus salones con vistas al jardín es ahora sólo cenizas, escombros y hierros retorcidos. En la fachada, los ciudadanos se burlan del poder con pintadas. Una recuerda con ironía la amenaza del dictador de entrar a sangre y fuego en Bengasi y cazar a los rebeldes. «Nos busca calle a calle, casa a casa, habitación por habitación», dice una frase, y añade el autor anónimo, señalando cómo ha quedado la mansión del perseguidor: «Casa en venta».
Familias enteras, hombres y mujeres, adultos y niños, se pasean por el edificio haciéndose fotos con cara de felicidad. A un lado, a la sombra de un árbol, un hombre joven medita a solas. Ha venido a saborear su victoria personal contra la dictadura que lo aplastó, dice Jaled Yousif el Beigo, electricista de 32 años de Bengasi, cuando se levanta, cojeando, para contar por qué está aquí.
Hay decenas de miles de historias en Libia que documentan la represión del régimen, pero la de él tiene un interés añadido, porque refleja cómo la Unión Europea, ahora comprometida en apoyar a los rebeldes contra Gadafi, no sólo ha aceptado durante años las violaciones de derechos humanos cometidas por el estrambótico e impredecible Gobierno del coronel, sino que a veces ha sido cómplice necesario de sus crímenes. Consentirlo era el precio que había que pagar para tenerlo como socio, garantizar los contratos de explotación de gas y petróleo de sus multinacionales en suelo libio o de venta de armamento a su ejército, y que controlara la emigración clandestina desde sus costas hacia Europa a través de Italia.
El Reino Unido, explica, le negó en 2008 su petición de asilo político y lo mandó de vuelta a Trípoli vigilado por dos policías que lo entregaron a agentes del Ministerio del Interior libio. Del aeropuerto lo llevaron a la cárcel. Tal como él, inútilmente, había alertado.
«En 2008 [su pasaporte tiene sello del 9 de enero] me fui en avión a Londres porque estaba amenazado de muerte. Yo quería casarme con la hija de un familiar de Gadafi, aquí en Bengasi, pero su familia no quería. Sus hermanos me agredieron. Me clavaron una bayoneta en la espalda y me golpearon con una piedra en la cabeza», dice Jaled, y se señala la cicatriz de la frente.
No quiere revelar el nombre de la chica. Añade que además estaba señalado por su actitud contestataria contra el régimen. Como ya había estado otras veces en el Reino Unido, desde que fue allí a hacer unas prácticas, consiguió el visado de visita y se compró el billete a Londres para, dice, huir de los que querían matarlo. «Cuando aterricé en el aeropuerto de Heathrow, en la terminal 2, pedí asilo político, pero en vez de dejarme libre me encerraron durante cuatro meses. No me dieron el asilo, y me expulsaron a Trípoli en un avión de British Airways». Su pasaporte tiene un sello del Departamento de Inmigración y Naturalización del Ministerio del Interior británico, el Home Office, del 29 de abril de 2008. «Me metieron en el avión el primero, antes del resto de pasajeros, y me pusieron al final. Estuve una hora con las manos esposadas por detrás de la espalda. Iba en calzoncillos. Me llevaban dos policías británicos, muy fuertes. Yo le dije a una azafata que quería hablar con el piloto, para que no me expulsaran. El piloto escuchó mis gritos pero no vino. Los policías me agarraron por la garganta para que no pudiera protestar, me taparon la cabeza con una manta y me la sujetaron doblándome hacia abajo», describe mostrando la posición, encogido contra las rodillas. «Le decía a la gente, a la policía, a todo el mundo, '¡ayudadme!'». Pero nadie acudió.
«En el aeropuerto de Trípoli, los policías me entregaron a agentes del Ministerio del Interior. De allí me llevaron a la cárcel de Trípoli. Unos meses después me trasladaron a la prisión de Bengasi. En todo este tiempo no vi a ningún juez, no sabía de qué me acusaban».
Después de tres años de encierro, una inesperada ola de justicia histórica lo liberó. El 17 de febrero estalló en Bengasi la revolución popular contra la dictadura de Gadafi y la multitud abrió las celdas de la cárcel. «El pueblo me liberó. Si no fuera por ellos, yo hubiera seguido en prisión años».
Jaled se unió a la revolución y a las protestas civiles en la rebautizada como plaza de la Liberación. Estaba entre los hombres que el 20 de febrero, después de varios días de represión con balas contra los manifestantes y decenas de muertos, se lanzaron contra la Katiba. «Me dieron dos balazos en la pierna izquierda. Una bala me hirió la pantorrilla y otra me atravesó el muslo», cuenta, y, en un rincón, se baja el pantalón para mostrar las cicatrices. Un mes y medio después las heridas se han cerrado, pero aún cojea, y por eso no puede ir a combatir al frente.
Ahora, libre, dice que quiere buscar un abogado en Inglaterra para que le revoquen la prohibición de regresar. ¿Está enfadado con el Reino Unido? «Por supuesto. Si no fuera por la revolución del 17 de febrero, hubiera seguido en la cárcel diez o veinte años más». Es el primer día que vuelve a la Katiba desde que lo hirieron. Que este castillo siniestro sea ruinas y él esté vivo es impresionante. Herido, expulsado, encarcelado, tiroteado... y libre. ¿Cómo se siente? «Muy, muy feliz», contesta saboreando su victoria.
OORBYT.es
>La historia de Jaled Yousif, por Eduardo del Campo.
CARLOS FRESNEDA / Nueva
Corresponsal
Obama armará a los rebeldes
El presidente de EEUU Barack Obama ha firmado una orden secreta autorizando el apoyo a las fuerzas rebeldes al presidente libio Muamar Gadafi. La agencia Reuters reveló anoche -citando a fuentes de la propia Administración en Washington- que Obama podría incluso haber dado su autorización antes de la resolución del Consejo de Seguridad de ONU que dio pie a la imposición de la zona de exlusión aérea y el inicio de las a las operaciones militares.
Fuentes oficiales citadas por Reuters en Washington precisaban que esta autorización inclye la posibilidad de que EEUU de armas y munición a los rebeldes libios. Paralelamente a la información distribuida por la agencia británica, la edición electrónica de The New Tork Times informaba ayer de que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense apoya desde hace semanas con acciones encubiertas a los opositores del líder libio citando a funcionarios del Gobierno de EEUU.
Ayer, por otra parte, congresistas del Partido Republicano y del propio Partido Demócrata criticaron duramente al presidente por no haber pedido la autorización para la intervención en Libia. La secretaria de Estado Hillary Clinton y el titular de Defensa Robert Gates fueron acribillados por una batería de preguntas sobre el alcance de la misión en el país magrebí.
«Se consultó con la Liga Arabe, se consultó con la OTAN, ¿por qué diablos no contaron con nosotros?», lamentó el republicano Greg Walden. «Despachar con los congresista está bien, pero la ley requiera una autorización expresa», recalcó por su parte el demócrata Jerrold Nadler.
Hillary Clinton defendió a Obama alegando que el presidente actuó de acuerdo con la Ley de Poderes de Guerra.
Robert Gates recordó por su parte que hubo «frecuentes consultas» con los congresistas durante los días anteriores a la intervención militar. Ambos respondieron también a las críticas contra la doctrina Obama y recalcaron que se trata de una intervención «limitada» y que no habrá eventualmente tropas sobre el terreno.
«¿Cuál es nuestro objetivo último?», preguntó el líder conservador en el Senado Mitch McConnell. «Si no aspiramos a un cambio de régimen, ¿cuál es realmente nuestra política?», agregó McConell.
CARLOS TORO
Un caza ligero, rápido, económico y... ¡perfecto!
No sería exagerado afirmar que el F-16 Fighting Falcon (o Falcon, a secas) es el caza perfecto, atendiendo a sus prestaciones, su precio (unos 15,5 millones de euros la versión más cara), su facilidad de mantenimiento y su capacidad para ir incorporando continuas estandarizaciones (blocks) que lo convierten en un avión siempre mejor.
A comienzos de los años 70, la fuerza aérea estadounidense (USAF) quería un caza ligero, pequeño, ágil y económico. Lo necesitaba, porque por aquel entonces se hallaba enfrascada en el diseño de un supercaza supercaro: el F-15. Dos gigantes del sector, General Dynamics y Northrop, se pusieron a la tarea con todo el interés del mundo, porque la USAF pensaba adquirirlo en grandes cantidades para hacer de él, numéricamente hablando, su fuerza principal. Ganó la propuesta de General Dynamics, aunque la de Northrop era tan buena que no fue tirada a la basura. La Navy la hizo suya y el proyecto acabó convirtiéndose en el F-18. Aunque eso, como suele decirse, es otra historia.
Y ahí teníamos, flamante y computerizado, al F-16, al Falcon (halcón). Una «monada» (en palabras de un jefazo) monomotor. Era, efectivamente, pequeño (14,5 metros) y liviano (16.000 kilos a plena carga). Pero volaba muy alto (más de 15.000 metros como techo de servicio) y a mucha velocidad (2.100 k.p.h). Tenía una corta ala delta situada en el centro del fuselaje. Bajo éste, una ancha y original toma de aire. Y, muy elevada sobre él, una cabina de policarbonato en forma de burbuja que proporcionaba una inigualable visibilidad. Además, podía soportar hasta nueve fuerzas G (gravedad).
Instantáneamente, se convirtió en el mejor caza del mundo en combate cerrado (dog fight, o lucha de perros). Su producción en masa empezó en 1976. Nueve países -acabarían siendo 25- lo incorporaron casi en el acto y en distinto número a sus filas. Desde 1993 lo fabrica Lockheed Martin. A lo largo del tiempo, y en sus sucesivas mejoras, la producción no hizo sino crecer hasta alcanzar, más o menos, las 4.500 unidades en sus múltiples variantes.
Israel fue el primer país en utilizarlo en combate. En el atardecer del 7 de junio de 1981, ocho F-16 cargados con bombas Mk84 de 907 kilogramos despegaron de la base de Etzion, en el Sinaí. Volando a ras de suelo para no ser detectados por los radares, recorrieron los casi 1.000 kilómetros que los separaban de la central nuclear iraquí de Osirak.
Con una precisión de cirujano (o de verdugo) soltaron sus bombas y la destruyeron. La acción (operación Ópera) tuvo una enorme resonancia internacional y llamó la atención sobre un avión considerado solamente apto para el combate aire-aire diurno y que, a partir de entonces, sería empleado con la misma eficacia para atacar a cualquier hora objetivos en tierra.
Hoy está capacitado para llevar misiles infrarrojos (Sidewinder, Iris T, Python), radáricos (Sparrow, Amraam), aire-superficie (Maverick), antibuque (Harpoon, Penguin), antirradar (Shrike, Harm). También bombas GBU Paveway guiadas por láser y JDAM guiadas por satélite. Y de racimo. Y de caída libre, etc.
Su historial de combate pasa por Irak, los Balcanes, Gaza, Afganistán… En la operación Tormenta del Desierto, en 1991, realizó 13.340 salidas, más que ninguna otra aeronave de la coalición.
Aunque se sigue fabricando para la exportación, el último F-16 para la USAF se entregó en marzo de 2005. Las fuerzas aéreas estadounidenses continúan transformando técnicamente sus más de 1.300 ejemplares en servicio. Será reemplazado paulatinamente por el F-35, pero permanecerá en activo hasta 2025.
CHRIS MCGREAL / Brega (Libia)
The Guardian / EL MUNDO
«Necesitamos cohetes y tanques como los de Gadafi»
Si las municiones empiezan a escasear, Jalif Saed no lo sabe. Desde su camioneta el rebelde no deja de disparar contra el cielo despejado de Brega, pese a que ningún avión enemigo se está acercando.
Es una escena que se repite a lo largo de toda la carretera que cruza el desierto libio, donde se encuentra el frente de batalla que separa las tropas de Gadafi de los combatientes revolucionarios. A menudo los rebeldes disparan al aire para celebrar, como cuando se difundió la falsa noticia de que Sirte había sido conquistada. Pero ayer las salvas eran un claro síntoma de frustración, ya que las tropas oficialistas acababan de recuperar parte del terreno perdido.
Preguntado por la razón de sus disparos al aire, Jalif se limita a decir: «Es mi arma». Pero no es verdad. La robó en una base militar de Bengasi tras la huida de las fuerzas de Gadafi. Un botín que ahora comienza a escasear, aunque también en el bando oficialista existe el mismo problema.
Los líderes revolucionarios llevan días pidiendo armas a la coalición internacional que les apoya desde el aire. «Necesitamos tener lo que tiene Gadafi», explica Ghanem Narsi en un checkpoint. Como la mayoría de los rebeldes, achaca las dificultades de su bando más a la falta de armas y municiones que a la poca preparación militar y táctica de los combatientes revolucionarios. «Necesitamos cohetes y tanques como los de Gadafi», no se cansa de repetir.
El coronel Ahmed Omar Bani, portavoz militar de los rebeldes, asegura que varios países occidentales le han ofrecido armas, pero rechaza decir de qué Gobiernos se trata y admite que de momento no han recibido nada.
PABLO PARDO / Washington
Especial para EL MUNDO
El otro frente de la guerra libia
«Para hacer la guerra se necesitan tres cosas: dinero, dinero y más maldito dinero». La frase, apócrifa, es atribuida a Napoleón. Pero, con independencia de quién la haya dicho, es una gran verdad. Sin dinero no hay forma de mantener las fábricas de armamento abiertas ni de pagar a los soldados.
Así que el frente económico se ha convertido en la penúltima incógnita de la guerra en Libia. Es un frente en el que, en teoría, Gadafi lleva todas las de ganar. No obstante, en la práctica, todo indica que la situación está más equilibrada de lo que parece a simple vista. Y, en todo caso, hay algo que parece evidente: ambos bandos tienen dinero suficiente como para mantener la carnicería sin peligro de caer en la bancarrota o en algo muy común en las guerras: la hiperinflación.
Empecemos por Gadafi. Su fortuna personal y la de su familia podría ascender a los 90.000 millones de euros -el doble de la de Bill Gates-, a los que hay que sumar una serie de instituciones del Estado que el dictador y sus allegados han utilizado como cajeros automáticos: el fondo soberano Libian Investment Authority, con activos estimados en 60.000 millones de euros, y el Banco Central de Libia, con otros 80.000 millones. En total, eso da 230.000 millones de euros, más de la mitad del presupuesto del Pentágono, incluyendo el gasto de las guerras de Afganistán e Irak. El problema para Gadafi es que casi todas esas cantidades están inmovilizadas, aunque acaso aún sea capaz de mover una pequeña parte de ellas a través de países africanos que apenas tienen capacidad administrativa para poner en práctica las sanciones.
Frente a eso, los rebeldes mantienen, al contrario que Gadafi, una pequeña producción de petróleo. Según el gobierno provisional de Bengasi, los campos bajo su control están bombeando unos 130.000 barriles diarios, alrededor del 30% de su producción en circunstancias habituales. No sabemos, sin embargo, qué parte de esa producción se destina a la exportación.
Por su parte, los aproximadamente 1,1 millones de barriles/día de producción de la zona controlada por Gadafi parecen haberse convertido en cero por los bombardeos. Además, no parece que ningún petrolero vaya a dirigirse a la parte de Libia controlada por el Gobierno de ese país para cargar crudo bajo la amenaza de que le caiga una bomba aliada encima.
Sin embargo, un examen más detallado indica que ambos contendientes pueden tener más dinero del que aparentan. Gadafi ha situado a Libia entre los 25 países del mundo con mayores reservas de oro, y cuenta con un mínimo de 143,8 toneladas -valoradas en 4.600 millones de euros- de ese metal, según el Fondo Monetario Internacional (FMI).
La táctica de acumular oro es típica de países con complejo de persecución. Por ejemplo, Irán también acumula ese metal. La razón es que el oro, al contrario que las divisas, puede esquivar fácilmente los controles internacionales como los que se han impuesto a Teherán y Trípoli.
Así, el Gobierno libio parece haber trasladado gran parte de sus 143,8 toneladas de oro al sur del país, que controla plenamente y al que los bombarderos aliados parecen no tener apenas acceso, y lo podría haber situado junto a las fronteras de Níger y Chad.
Desde allí, puede sacarlo fácilmente a través del desierto y transportarlo a sucursales del Libyan Foreign Bank en ambos países, a cambio de dólares o euros. Pero Gadafi no necesita depositar ese oro en ninguna parte. Le basta con ofrecerlo directamente a los cientos de miles de jóvenes que circulan por África subsahariana a cambio de que vayan a combatir a Libia.
El oro es un valor al alza, está blindado contra la inflación y, por tanto, es muy atractivo para potenciales mercenarios de Gadafi. Según algunas informaciones, el dictador libio está ofreciendo 2.000 dólares (1.413 euros) a quien se aliste para combatir con él. Es una cifra ridícula si se compara con los 200.000 dólares (141.000 euros) brutos que un estadounidense cobra al año si trabaja para Xe, la famosa empresa de mercenarios antes denominada Blackwater. Sin embargo, se trata de una cantidad formidable para un subsahariano. De hecho, Xe paga según la nacionalidad de sus empleados. Un ex militar centroamericano, por ejemplo, no conseguirá más de 13.000 euros anuales -es decir, un 93,5% menos que sus colegas estadounidenses- aunque se vaya a Irak con esa empresa.
Así que Gadafi tiene al menos 4.600 millones libres de las sanciones. Aunque probablemente la cifra sea muy superior. Y la oposición cuenta con unos ingresos de alrededor de nueve millones de euros diarios si logra vender todo su petróleo. Pero la disparidad no es, en realidad, tan grande.
Gadafi invirtió dinero en todo tipo de proyectos megalomaníacos, pero no se le ocurrió desarrollar una Fábrica de Moneda y Timbre digna de tal nombre. Como consecuencia, el dinero libio se imprime en Londres. Y el Gobierno británico no sólo suspendió hace más de un mes el envío de billetes y monedas libios a ese país. Ahora, ha anunciado que va a enviar a la oposición 1.100 millones de libras (777 millones de euros) que ha fabricado y que en teoría deberían ir al coronel Gadafi, que es quien ha pagado por ellos.
Acaso sea esa noticia lo que ha llevado al ministro de Finanzas en funciones de la oposición libia, Ali Tarhouni -un economista formado en Estados Unidos que abandonó a sus estudiantes de la Universidad de Washington hace un mes para unirse a las revueltas- a declarar a la publicación especializada Oil and Gas Journal: «Por ahora, no hay una crisis inmediata o necesidad de dinero».
MÓNICA G. PRIETO / Beirut
Especial para EL MUNDO
Asad, contra la «moda» de las reformas
Asegura que las protestas sociales responden a una «conspiración» para dividir al país
La puesta en escena fue teatralmente solemne. El tono, conciliador. Pero el contenido del discurso pronunciado ayer por Bashar Asad -tan esperado por los sirios que esperaban en que el rais cumpliera su promesa de implantar reformas- estuvo vacío de contenido.
Por primera vez desde el inicio de la primavera árabe, el presidente compareció en el Parlamento, lleno a rebosar de diputados ansiosos por ovacionarle, para pronunciar un largo monólogo de su particular visión de las manifestaciones que sacuden su país desde hace algo más de dos semanas con demandas sociales que giran, fundamentalmente, en torno a las escasas libertades que permite el régimen. Protestas, según Asad, organizadas por conspiradores internos y externos que pretenden promover el odio sectario para dividir el país y derribar a su régimen con la ayuda de las redes sociales y las televisiones por satélite, «para las que las reformas nunca serán suficientes».
Ninguna referencia al esperado anuncio de levantamiento del estado de emergencia que impera desde el golpe de Estado baazista llevado a cabo en el año 1963. Sobre las reformas prometidas hace una semana, Asad se pronunció de forma ambigua, argumentando que no son algo nuevo. «Estamos introduciendo reformas por nosotros mismos, no por la presión. Las reformas no son una moda».
El rais se limitó a exponer su particular visión de qué ha llevado a miles de habitantes de la localidad sureña de Deraa -y, tras la represión, a buena parte del país- a salir a las calles en exigencia de «Dios, Siria y Libertad» o de «Revolución». Si bien admitió que «las necesidades de la mayoría de los sirios no están siendo atendidas», Asad afirmó que quienes han salido a las calles están «engañados» y no tardó en culpar a «una conspiración a cargo de una minoría» que pretende incitar al odio sectario y «derribar Siria».
«Éste es un momento excepcional», admitió el líder baazista. «Parece ser una prueba para nuestra unidad». El presidente culpó a una «conspiración diferente en la forma y en el momento elegido a las cosas que ocurren en el mundo árabe». El objetivo, a su juicio, es «fragmentar y romper Siria para forzar una agenda israelí». Para ello se estaría promoviendo el odio sectario mediante el uso de los mensajes SMS, destinados a azuzar la desconfianza entre las comunidades del país, denunció el presidente. «[Pero] de todos esos intentos estamos aprendiendo, tanto de sus fallos como de sus éxitos», aseguró.
«El enfrentamiento sectario puede tener resultados inesperados: tenemos que mantener la concienciación acerca de sus peligros», argumentó el líder baazista.
Sobre las reformas prometidas la pasada semana por su portavoz, Bouthaina Shaaban, el presidente fue menos concreto. «Estamos completamente a favor de las reformas. Es el deber del Estado. Pero no somos favorables a las disensiones», afirmó. Argumentó el rais que lleva trabajando en dichos cambios desde que accediera al cargo -por herencia de su padre, Hafez Asad, en 2000- pero que las «circunstancias exteriores» no le han permitido aplicarlas. Entre ellas, el jefe de Estado citó el 11-S, la invasión de Irak, el asesinato de Rafic Hariri, la guerra israelí contra el Líbano o la operación Plomo Fundido contra Gaza.
Asad recordó también que ya el año pasado se redactó un proyecto de ley de partidos políticos que permite la pluralidad en un país monopartidista, y otro sobre la ley de los medios de comunicación.
Se justificó diciendo que la prioridad en su carrera han sido las reformas económicas, para aliviar las penurias de la población, sobre las políticas, que habrían podido dar libertades. Pero dentro del Parlamento nadie le cuestionó, muy al contrario. Sus palabras originaron aplausos hasta el paroxismo.
El fervor de sus diputados, que le interrumpían con poéticas y excesivas intervenciones -como la que decía «el mundo árabe es demasiado pequeño: deberías gobernar el mundo entero»-, tuvo su reflejo en el exterior: centenares de personas leales al rais volvieron a congregarse en la Plaza de las Siete Fuentes para cantar al unísono: «El pueblo quiere a Bashar Asad», provocando escenas de apoyo que la televisión estatal se preocupó de intercalar durante la retransmisión del discurso presidencial.
En Latakia, sin embargo, la decepción por la ausencia de reformas que implicó el discurso sacó a centenares de personas a las calles: fueron dispersadas a tiros. Poco va a cambiar en la Siria de Asad.
OORBYT.es
Decenas de muertos en la represión
>Organizaciones humanitarias y opositoras denuncian que en los últimos días han muerto más de 100 personas en los enfrentamientos entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad. Damasco sólo reconoce una treintena de fallecidos.
>El pasado martes el presidente aceptó la dimisión del Gobierno de Mohamed Nayi Otri, en una jornada en la que en todo el país se organizaron concentraciones multitudinarias en apoyo a Asad.
ANÁLISIS
M. G. P. / Beirut
Especial para EL MUNDO
«Esto no va a sentar nada bien entre los sirios»
«El hecho de que culpe de todo a los conspiradores significa que ni siquiera entiende la raíz del problema», explica el activista y abogado sirio Razan Zaituneh. «No tengo explicación para este discurso, estoy en estado de shock. Ya está habiendo llamadas para un viernes de ira. Esto no va a sentar nada bien entre los sirios», añadía.
Los peores augurios de los analistas se hicieron ayer realidad tras la comparecencia del rais y la constatación de que las anheladas reformas siguen sin ser una prioridad. Días antes, cuando la represión dejaba entre 60 y 100 muertos, el insistente rumor de que el estado de emergencia sería levantado calmó los ánimos revolucionarios y generó alguna esperanza entre la población.
Para muchos analistas era un parche, «un mero cambio cosmético», como lo califica un asesor de la ONU destacado en Beirut y buen conocedor de la zona, destinado a desactivar el problema y a acabar con las protestas. «Hay dos formas de hacerlo, mediante la represión o mediante una promesa de levantamiento del estado de emergencia que nunca se llevará realmente a cabo», explica.
En esa línea se redactaba el último informe sobre Siria del International Crisis Group. Su autor, Peter Harling, estimaba que «Siria se enfrenta a un momento definitivo para su liderazgo. Sólo hay dos opciones: una implica una inmediata e inevitablemente arriesgada iniciativa política que convenza a los sirios de que el régimen está dispuesto a cambiar; la otra conlleva represión, lo cual tiene muchas posibilidades de terminar de forma sangrienta».
Tras la comparecencia de ayer del presidente, todo parece indicar que los próximos levantamientos civiles que exijan la liberación de presos de conciencia, el final del estado de emergencia o la caída del régimen se encontrarán con más represión. Asad ni siquiera se refirió a la posibilidad de anular la draconiana legislación que coarta las libertades, como se temía Aliya Saidi, responsable del Centro libanés de Estudios Árabes y de Oriente Próximo. «Va a seguir la misma pauta que los demás: primero se prometen reformas, luego se aplazan, cuando el mundo se haya olvidado de Siria la gente volverá a levantarse y entonces habrá más represión. Incluso si se levantase el estado de emergencia se volvería a implantar con cualquier excusa», explica desde su despacho de Beirut.
A juicio de Saidi, la promesa de levantar la ley de excepción fue «una manera de comprar tiempo. Incluso si lo hiciese temporalmente, eso no desbandaría la muhabarat [Inteligencia] sino que la mantendría lejos de la escena. Incluso en el Líbano sigue teniendo agentes activos y llevan seis años sin ocupar el país», asegura.
Pero la analista descarta que vayamos a asistir a grandes matanzas en Siria contra manifestantes, como la que acometió Hafez Asad en Hama para liquidar una revuelta islamista suní que costó entre 10.000 y 20.000 vidas sin provocar ninguna reacción exterior. «Hama sigue jugando un papel importante en el subconsciente sirio [suní]. Además, ahora en dos minutos estaría en las noticias», argumenta.
Incluso si lo estuviera, todos los analistas descartan una intervención internacional como la que ha tomado partido por los manifestantes en Libia. La secretaria de Estado de EEUU, Hilary Clinton, ya adelantó hace días que «cada país es diferente» y que Washington no interferirá en los acontecimientos internos sirios. «EEUU no quiere un cambio de régimen en Siria porque eso costaría estabilidad a la región. Sería plantear un escenario desconocido en la frontera con Irak, en la frontera con Jordania y con Israel, y eso no les conviene. Además, siguen intentando atraer a Siria a su campo político», afirma Saidi.
Los analistas coinciden en que hay un elemento que claramente frena la revolución siria, y que explicaría que la población no tome parte de la insurrección de forma masiva: la división sectaria. Con más del 70% de la población suní controlada por un régimen alauí [escisión del chiísmo, seguida por el 10% de los sirios] el temor a una guerra sectaria como la que han padecido sus vecinos libaneses e iraquíes es una realidad.
LEILA JOHNSON / Saná
Especial para EL MUNDO
La protesta con rostro de mujer
Esta semana se cumplen dos meses del inicio de las protestas antigubernamentales en Yemen que exigen la renuncia del presidente Ali Abdulá Saleh. A la llamada Plaza del Cambio, donde acampan miles de personas, se han unido diversos sectores del país, entre ellos quienes ocasionalmente manifiestan su descontento y deseos. Las mujeres.
Una de ellas es Amal Basha, activista de derechos humanos, directora de la organización no gubernamental Foro de las Hermanas Árabes. Basha nos espera en su Mafraj (el salón tradicional yemenita). Ella habla por teléfono y en la otra mano sostiene un delgado cigarrillo. No lleva pañuelo ni velo. Es raro ver una mujer descubierta en Yemen. Sus carcajadas asustan a un gato callejero recientemente adoptado que se regodea en los cojines. «Este gato creo que es europeo, es demasiado dulce; mis otros 11 gatos son yemenitas, son duros». ¿Es ella más europea que yemenita? «Yo soy una gata dura cuando la situación requiere que sea dura, pero lloro con facilidad».
La última vez que lo hizo fue el 18 de marzo cuando 54 manifestantes opuestos al gobierno de turno fueron asesinados por francotiradores en la Plaza del Cambio. «Fue desgarrador ver a decenas de cuerpos en la mezquita, sus heridas, la sangre, el dolor, toda esa juventud perdida. Lloré».
Sus visitas a la Plaza del Cambio son casi diarias; allí, como otras miles de mujeres que han roto el silencio, ella manifiesta a viva voz su mensaje al presidente Saleh, incrustado en el poder más de 32 años: «Vete». Como ella, y contra todas las expectativas y deseos de muchos, las mujeres han reconocido un espacio y un momento para remover el velo que las ha silenciado por años. Son tiempos de revolución.
A través de los altavoces se escuchan las proclamas de mujeres por más igualdad y por la abolición de la discriminación de género casi endémica en el país. Basha no es ajena a estas historias de injusticia. Después de trabajar con las Naciones Unidas, en 1999 funda el Foro de las Hermanas Árabes (SAF, por sus siglas en Inglés) la primera organización de derechos humanos femenina en el país.
Sus denuncias sobre violaciones de derechos humanos, detenciones ilegales, desapariciones y tortura en Yemen no tardaron en generar reacciones. Las amenazas, hostigamientos y hasta un intento de acabar con su vida le han hecho, según dice, más decidida en su trabajo. «No tuve miedo. Me convertí en una fiera, cuando mas quieren dañarme más fuerte me siento. Sé que quienes intentaron matarme son cobardes; sus formas son cobardes y yo soy claramente más valiente que ellos».
Y quizás también intrépida. En 2001 SAF promovió una representación femenina del 30% en el parlamento. Gobierno y sociedad civil catalogaron sus aspiraciones de poco realistas y había un consenso en que debían aspirar sólo a una cuota del 3%.
«Un reciente muestreo indica que 70% de los encuestados está de acuerdo con la presencia de la mujer en el porcentaje que nosotros empezamos a promover hace 10 años», dice. «Hemos influido en la actitud de la gente frente al rol de la mujer en nuestra vida política, y esa es una conquista importante», añade. En otro sonado caso, un menor fue sentenciado a la pena de muerte. Cuarenta y ocho horas antes de que se cumpliera la sentencia, su organización tocó puertas nacionales y extranjeras y amenazó al Gobierno con poner en ridículo al sistema de justicia yemenita.
«Contactamos a todo quien conocíamos. Un día antes de que ejecutaran al menor, la sentencia fue suspendida. Hoy este muchacho cursa su cuarto año en la escuela de leyes, es brillante y una fuente de orgullo», relata.
Apuntarse logros bajo un régimen tan represivo como el de Saleh no ha sido fácil, y más cuando se es mujer en una sociedad patriarcal y tribal como la de Yemen. «Aquí se espera que seas suave, callada y obediente para ser aceptada y respetada pero si resistes el statu quo, si tienes una voz diversa, si tienes una causa y contravienes las normas establecidas te rechazan. Hay mucha soledad cuando se es distinto y mujer».
«¿Como se puede ser dueño de tu país cuando ni siquiera puedes expresar tus sueños, cuando hay opresión, cuando no hay democracia?», me pregunta Basha. Según ella, «es por eso que hay una revolución. Nuestros jóvenes están removiendo las aguas atascadas, para que esos sueños se vuelvan realidad y el país regrese a las manos de sus dueños legítimos. Nosotros». Para Amal Basha, esta es la revolución de todos los yemenitas pero es una oportunidad histórica para lograr más equidad y derechos para las mujeres. «Inshallah», concluye.
FRANCISCO CARRIÓN / El Cairo
Especial para EL MUNDO
Egipto completará su transición a fin de año
Los enigmas de la transición egipcia se desvanecen. La tierra de los faraones prescindirá de la tutela castrense en unos nueve meses. Un parto rápido, condensado en tres citas con las urnas, que alumbrará un nuevo país. El primero, dado a conocer el pasado lunes, tendrá lugar en septiembre con la celebración de una elecciones a doble vuelta para elegir la composición de la Asamblea del Pueblo y la Shura, los homólogos egipcios del Congreso de los Diputados y el Senado. Ayer el general Mahmud Shanin, miembro del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, anunció los dos hitos restantes para el alumbramiento.
El calendario prevé la convocatoria de comicios presidenciales «uno o dos meses después» de las parlamentarios y la celebración de un referéndum que someta a votación una nueva Constitución y para el que no existe fecha porque la redacción de la Carta Magna será responsabilidad del futuro Parlamento. No obstante, Shanin confía en que el comité constituyente finalice su trabajo antes de que el nuevo jefe del Estado asuma el poder.
Tras la renuncia de Hosni Mubarak el 11 de febrero el consejo militar, presidido por el mariscal Mohamed Husein Tantawi, disolvió las dos cámaras legislativas, suspendió la Constitución y heredó el poder con el compromiso de cederlo al pueblo cuanto antes. «Cuando se elija el Parlamento, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas entregará el poder legislativo. Cuando el presidente sea elegido, se cederán el resto de los poderes», reiteró ayer Shanin.
Fijadas las citas electorales, se mantiene la incógnita de si los uniformados, protagonistas de la historia del país desde el golpe de estado de 1952, permitirán que alguien ajeno a la esfera militar alcance la jefatura del Estado. «Un candidato apoyado por el ejército tiene mayores posibilidades de ganar», admitió el domingo el secretario general de la Liga Árabe, Amro Musa, quien concluye el próximo 15 de mayo su mandato al frente de la organización y es uno de los favoritos para alcanzar la presidencia.
La junta militar también reveló ayer el Anuncio Constitucional, un texto fundamental que regirá la transición hasta el refrendo popular de una nueva Carta Magna. El texto contiene 62 artículos e incluye las ocho enmiendas a la Constitución de 1971 aprobadas por un 77% de los votos en el referéndum del 19 de marzo. La declaración provisional mantiene la sharia (ley islámica) como «la principal fuente» de legislación e insiste en la prohibición de constituir partidos políticos basados en principios religiosos. Egipto, según el texto, es un país democrático que garantiza la libertad de religión, opinión y prensa.
Entretanto, la megalópolis egipcia ha recobrado el bullicio, animada por un marginal toque de queda que desde el lunes reduce su dominio a tres horas en la madrugada. Y sus calles viven una inusual efervescencia política con el anuncio de nuevos partidos y coaliciones. «Votaré a Musa. Y los jóvenes que estuvimos en Tahrir no dejaremos que nos roben la revolución. Ni los Hermanos Musulmanes ni nadie», señaló Rami Mohamed, un funcionario de 26 años que confía en que la democracia mejore su paupérrimo salario, de 35 euros mensuales.





Links to this post:
Crear un enlace
Home