DIOS NOS LIBRE DEL SOCIALISMO: Metodo extremo: Se queman a lo bonzo para librarse de los gobernantes socialistas
La desesperación que acaba entre llamas
La chispa que prendió la 'revolución de los jazmines' se llamaba Mohamed Bouazizi. Era un joven de 26 años, universitario y sin empleo, al que la policía arrebató su puesto de verduras, su único sustento. Mohamed se prendió fuego para protestar por la injusticia de vivir en un país que lo ahogaba y oprimía.
> Efecto contagio
Desde entonces, la ira se ha propagado por otros países del Magreb, y en Argelia, Egipto o Marruecos, varias personas, en la más absoluta desesperación, se han quemado a lo bonzo' en un grito de auxilio que, muchas veces, se ha extinguido con el fuego.
> Los orígenes
Pero, ¿por qué se dice quemarse a lo bonzo'? En primer lugar, la palaba bonzo significa monje. Pero esta expresión comenzó a utilizarse a partir de 1963. El día 11 de junio de aquel año, un monje budista vietnamita llamado Thich Quang Duc se prendió fuego en una concurrida calle de Saigón (actual Ho Chi Minh) para protestar contra los abusos que sufrían los budistas por parte del Gobierno de Ngo Dinh Diem.
> Una forma de resistencia
Después de la desesperada acción de este monje, otros lo imitaron y esta forma de resistencia pasó a denominarse quemarse a lo bonzo. Desde entonces, esa ira transformada en fuego ha contagiado a muchas personas, que creyeron que ese sacrificio cambiaría el curso de la Historia. Un caso significativo fue el del chileno Sebastián Acevedo, que se prendió fuego en 1983 tras la detención de sus hijos durante la dictadura de Pinochet al no tener noticias de ellos. Su memoria inspiró la creación del Movimiento contra la Tortura. / MARÍA CRESPO
ERENA CALVO / Rabat
«Vivo como una muerta, no tengo a qué aferrarme»
Especial para EL MUNDO
A sus 42 años, Fatema no tiene estudios, tampoco tiene trabajo -ni perspectivas de encontrarlo-, ni dinero, ni una vivienda digna. Ha perdido la esperanza. Por no tener, hay días que no tiene ni qué llevarse a la boca. «A veces podemos comer, otras no». Lo que no le falta es determinación. Su infernal día a día y su frustración ante una Administración que tacha de «corrupta», la llevaron este lunes al borde del suicidio.
Sus armas eran un mechero y la gasolina de la moto de uno de sus hermanos. «Hacía tiempo que había pedido ayuda a las autoridades de mi pueblo para que me proporcionaran una vivienda dentro de un plan de alojamientos rurales, pero despreciaron mi dossier y no se tomaron ni el tiempo de estudiarlo porque me pedían a cambio ilegalmente un dinero que yo no tengo», se lamenta Fatema Abou al otro lado del teléfono en Bordj Djaâfar, un pueblo en el sur de la comuna de Sidi Bel Abbès, al oeste del país. Es la primera mujer argelina que ha intentado quemarse para alzar la voz y pedir ayuda. Más de una decena de compatriotas han hecho lo mismo esta semana.
Ante la negativa del Ayuntamiento a mejorar su situación, Fatema se plantó el lunes en una asamblea del Consistorio de Sidi Ali Benyoub, localidad de su comuna. «Me rocié con la gasolina, pero cuando iba a quemarme, unos agentes me quitaron el mechero y no pude llevar a término mi plan», cuenta.
Fatema vive en una pequeña casa de dos habitaciones con toda su familia. Su madre, sus dos hermanos y sus cuñadas, además de sus hijos y otros familiares. «Somos muchos, una decena de personas, pero ninguna trabaja y todos vivimos de la raquítica pensión de mi madre». Cuando su padre vivía la cosa tampoco andaba mucho más holgada. «Era obrero y apenas conseguía traer a casa un poco de dinero cada semana para alimentarnos».
El drama de Fatema no termina ahí. «Hace 20 años estuve casada con un hombre, pero como a los siete meses aún no le había dado hijos, me dejó». En la conservadora Argelia, «no es fácil para una mujer en mi situación conseguir trabajo; me rechazan en todos los empleos que busco por estar divorciada».
Critica a las autoridades «porque no hacen nada por su pueblo». Dice que tras su intento de quemarse, «en el Ayuntamiento me han asegurado que intentarán hacer algo por mí». Si no lo hacen, Fatema lo tiene claro: «Vivo como si estuviera muerta; no tengo nada a lo que aferrarme en la vida, ninguna esperanza, en este estado morir es mejor que vivir».
Decenas de personas se han sumado a este nuevo método de protesta por la falta de recursos económicos en las últimas semanas en Argelia, Egipto, Túnez o Mauritania. Ayer fallecía un ciudadano saudí de unos 65 años, del que no ha trascendido ni su identidad ni las causas que le llevaron a inmolarse. Este viernes, un marroquí lo intentaba en Casablanca. Como el saharaui Mohamed Lamine Ould Salek Ould Said Mahmoudi, de 40 años, que el mismo día se prendió fuego frente al Ayuntamiento y al que también pudieron salvar la vida.
FRANCISCO CARRIÓN / El Cairo
Diez violentos gritos de socorro
Especial para EL MUNDO
Egipto ha asistido esta semana a un dramático desfile diario de tentativas de quemarse a lo bonzo. Desde el lunes, al menos 10 hombres han querido emular al tunecino Mohamed Bouazizi, que al quemarse vivo prendió la llama de la revolución que derrocó la dictadura de Ben Alí.
En el humilde barrio cairota de Sayida Zeinab, cerca de la mezquita donde la tradición dice que reposan los restos de la nieta de Mahoma, sus habitantes aún están sobrecogidos por el acto desesperado de un vecino, Mohamed Faruk Mohamed Hasan. El hombre, de 50 años, se quemó el martes ante la sede de Gobierno, en protesta por la incapacidad policial para encontrar a su hija, desaparecida hace tres meses.
La casa de la familia de Faruk, situada en la primera planta de un modesto y destartalado bloque de pisos, está vacía. «Mohamed es un hermano para mí», explica Helmy Mahmud, dueño de la peluquería del inmueble y que desconcocía los planes de su amigo: «Hasta el martes, todo fue normal. El día anterior lo vi, como era habitual, sentado en el café leyendo la prensa y tomando té».
Otro de sus allegados, Ibrahim El Soli, señala que Faruk es «un hombre bueno, respetable y religioso». «Era abogado pero vivía de una tienda que había heredado tras la muerte de su padre, hasta que la cerró por bancarrota», agrega.
En los últimos meses, desde que vendió el negocio para liquidar sus deudas, Faruk se ganaba la vida organizando peregrinaciones a La Meca. A la maltrecha situación económica se sumó hace tres meses la desaparición de su hija, de 17 años, que, según la policía, se ha casado sin el consentimiento familiar. El Soli relata que «antes de que la menor huyera o la raptaran, la familia de un chico vino para proponerle matrimonio pero la madre rechazó el enlace porque su hija era muy joven».
Faruk sufre quemaduras superficiales gracias a que un agente se lanzó sobre él antes de que el fuego se extendiera por su cuerpo. No todas las tentativas de suicidio tuvieron el mismo desenlace. En Alejandría, Ahmed Hashem El Sayed, un licenciado en Derecho de 25 años que llevaba 12 meses buscando trabajo, murió el martes tras prenderse fuego en el tejado de su edificio.
Ahmed Hashem decidió quemarse a lo bonzo para denunciar el funcionamiento de la Administración, la policía y la política laboral de Hosni Mubarak, de 82 años y en el poder desde 1981. Motivos similares a los de Abdo Abdel Hameed, el primero en secundar a Bouazizi y tratar de inmolarse frente al Parlamento egipcio. O a los de Sayid Ali al Sayed, jubilado; Mohamed Ashour, agente de seguridad de la aerolínea Egyptair; Tarek Mohamed al Gadafi, mecánico; Hazem Abdel Fattah, trabajador en un empresa de suministro de agua y dos empleados de una compañía textil que lo intentaron el jueves. El último de la lista es Salah Saad Mahmud, un hombre de 35 años que se mudó a El Cairo para costear su boda y la construcción de una vivienda. Derrotado, Saad Mahmud se prendió fuego el viernes y resultó herido grave. Para detener esta sangría diaria, que ya se ha cobrado una vida, todas las mezquitas del país recordaron en su sermón del viernes que el suicidio está prohibido por el islam.
¿Por qué se queman vivos?, preguntan los diarios. La versión gubernamental insiste en que muchas de las víctimas padecían depresión, un extremo que niegan opositores como Ayman Nur: «No son enfermos. Sus actos expresan las únicas dolencias que sufren los egipcios: la del Gobierno de Mubarak y la propia de una vida de derrota y grandes injusticias», declaró a EL MUNDO. Nur se convirtió en 2005 en máximo rival del presidente al ser el segundo candidato más votado en los primeros comicios presidenciales del país






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