EDITORIALES: Una economía varada y un Gobierno feliz

Una economía varada y un Gobierno feliz

Porque eso es lo que certificó ayer el Banco de España: que el incremento experimentado por el PIB durante la primera mitad del año fue un espejismo derivado de las ayudas fiscales -Plan 2000E para el automóvil- y de la anticipación de gasto de los ciudadanos por la subida del IVA a partir de julio. Acabado esto, «la demanda nacional intensificó su descenso (...), las actividades de construcción y servicios se resintieron de la pérdida de tono del gasto interno y la ocupación siguió sin dar muestras de recuperación», indica la entidad en su boletín económico de octubre. Ni el consumo privado, que «quebró la trayectoria de recuperación de los últimos meses», ni la inversión empresarial, que «experimentó un nuevo retroceso» han podido estimular la economía. Sólo las exportaciones han evitado que el PIB experimentara una caída en términos intertrimestrales.
El frenazo del tercer trimestre es la mejor prueba del tremendo error cometido por el Gobierno al retrasar tanto las medidas de ajuste ante la crisis. Cuando España podía empezar a seguir la estela de sus socios llegaron, a la vez, el final de las subvenciones, el recorte salarial de los funcionarios, la subida de impuestos, el anuncio de la congelación de las pensiones y la reducción de la inversión en infraestructuras; decisiones que pararon en seco el débil intento de recuperación del primer semestre. Ahora, el Ejecutivo se encuentra atado de pies y manos porque no puede, ni debe, variar esta política fiscal.
¿Y el futuro? Los últimos datos que se van conociendo -producción industrial, encuestas de confianza, concesión de créditos,...- indican que los próximos meses van a ser muy similares a los pasados, por lo que tendremos que seguir confiando al sector exterior el incremento de la actividad. Pero en estos días estamos viendo que tampoco fuera encontramos un buen asidero.
Por una parte, los problemas de Irlanda están devolviendo la inestabilidad al mercado de deuda en Europa y la prima de riesgo española volvió a superar ayer los 200 puntos básicos. Por otra, lejos de la coordinación que el FMI lleva pidiendo desde 2008, cada país intenta salvarse por libre. Así se explica la guerra de divisas y la reciente medida de la Reserva Federal de inyectar 600.000 millones de dólares -equivalente a más de la mitad del PIB español- para estimular la economía de EEUU. Una decisión que debilita al dólar y, por tanto, encarece las exportaciones europeas al hacer el euro más fuerte. Las críticas de China, Alemania o Brasil son un ejemplo de que no hay coordinación, como se verá de forma palpable la próxima semana en la reunión del G-20.
Volvamos a Rubalcaba y su triste consuelo. Lo crucial en estos momentos es darse cuenta de que con más de cuatro millones y medio de parados, necesitamos un Gobierno capaz de poner el barco a velocidad de crucero para crear empleo. Jactarse de que los demás no acierten en predecir su velocidad cuando está varado en tierra, en lugar de esforzarse por conseguir que navegue, es pura demagogia. Rubalcaba en estado puro.
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Con el trasfondo de la ausencia de Zapatero en los actos religiosos
El viaje de Benedicto XVI, por encima de quienes pretenden mediatizarlo
EL VIAJE que inicia hoy Benedicto XVI a Santiago y Barcelona ha sucitado varias polémicas previas. La primera de ellas surgió cuando los nacionalistas quisieron ver en el gesto del Pontífice de hablar en catalán en la consagración de la Sagrada Familia un reconocimiento de la identidad nacional de la Iglesia catalana. El propio arzobispo de Barcelona, Martínez Sistach, tuvo que matizar que «hay una Iglesia que vive y trabaja en Cataluña», que no es lo mismo que una Iglesia catalana. Lo lógico y lo natural es que el Papa hable en Barcelona en catalán y en castellano, lo que refleja el bilingüísmo y la pluralidad de la sociedad. Otra polémica viene motivada por la ausencia de Zapatero en los actos religiosos de Santiago y Barcelona, dado que se limitará a despedir al Pontífice en el aeropuerto. Nos parece un error, ya que por lo menos debería haber acudido en función de su cargo a un evento tan importante como el de la Sagrada Familia. Si Zapatero no dudo en desplazarse a Washington para acompañar a Obama en sus oraciones, bien podría haber estado mañana en Barcelona. Por último, algunos se han quejado del coste del viaje papal a España. No dirían lo mismo si fuera otro jefe de Estado quien visitara nuestro país. Pero ese reproche carece de sentido tanto por el impacto internacional de la estancia de Benedicto XVI como porque el dinero es un mal baremo para medir la trascendencia política y espiritual de esta visita.













