ZAPATERO SIGUE JUGANDO A ENGAÑAR A LOS ESPAÑOLES

MARISA CRUZ / OLGA R. SANMARTÍN
Madrid
Zapatero y Rajoy acercan sus posturas sobre las reformas
La necesidad de alcanzar acuerdos, ahora sí, les urge a ambos y aseguran estar dispuestos a ello. Puede ser un «gran pacto» o «pactos individuales», como apuntó el presidente, pero con «espíritu de acuerdo» al fin y al cabo.

Zapatero tendió la mano por segunda vez en apenas una semana e hizo especial hincapié en la conveniencia de que el PP «se moje» y se sume al empeño de las grandes transformaciones. Y Rajoy, por su parte, aseguró estar dispuesto a respaldar las propuestas del Gobierno con la única condición de que sean sensatas.
El presidente insistió una y otra vez en el deseo de diseñar con consenso los cambios que requiere el país para entrar de lleno en la vía de la recuperación y crear empleo neto. Sólo entonces, cuando se cumpla esta última condición, se podrá «certificar» la salida de la crisis, dijo.
«Hay que mirar a largo plazo y no a corto, con el acuerdo máximo de todas las fuerzas políticas, que deben actuar con responsabilidad», afirmó. «Lo digo con toda seguridad, éste es el camino: reformas y protección social». Y, a partir de ahí, insistió en que el 28 de enero presentará el proyecto de ley de reforma de las pensiones, y con ello espera abrir un «amplio debate» que, en su opinión, los ciudadanos entenderán. Después, afirmó que dejará que se agote el plazo de diálogo entre empresarios y sindicatos para pactar la negociación colectiva y, de no cerrase con un acuerdo, «el Gobierno legislará». Por último, urgió a las cajas de ahorros a completar su reestructuración, que, recordó, aún no está concluido porque las entidades deben elevar sus niveles de transparencia y fortalecer su capital.
Mientras, el líder del PP dijo que su partido «va a apoyar todo lo que sea bueno para el interés general de los españoles» y prometió estar «a la altura de las circunstancias».
Se mostró a favor de que las cajas de ahorros se conviertan en bancos porque, en un mundo globalizado, «el pequeño lo pasa mal»; consideró necesario hacer una reforma de la negociación colectiva, y estuvo «dispuesto a escuchar» lo que diga el Gobierno sobre las pensiones.
Rajoy insistió en que «lo mejor» para los españoles es que se adelanten las elecciones generales, pero anunció que, si esta situación no se produce, trabajará para que «la factura que deje el Gobierno a los ciudadanos sea la menor posible».
El ciclo político se acerca a su término. Zapatero se aproxima al final y Rajoy se acerca a la casilla de salida. En este último tramo, con el país todavía hundido, las trayectorias de ambos convergen en un punto: las reformas radicales, duras, con la vista puesta en el largo plazo, son imprescindibles.
Coincidiendo casi al minuto; uno, en La Moncloa, el otro, en la sede de Génova. Y ambos hablando al tiempo de la necesidad de impulsar las medidas urgentes que necesita el sistema financiero para completar su reconversión; abordar de lleno la reforma de las pensiones elevando la edad de jubilación, e incluso acometer los cambios que aún restan en el marco de la reforma laboral, como la negociación colectiva. Cierto es que cada uno pone sus matices -«las diferencias ideológicas existen», reconoció ayer de nuevo Zapatero; «hay acuerdos en algunas cosas y discrepancias en otras», explicó Rajoy-, pero el diagnóstico básico por fin parece común. Sigue en página 4
MARISA CRUZ / Madrid
«Los socialistas estamos dispuestos a jugárnosla por el futuro de España»
No compareció cabizbajo ni haciéndose perdonar como en otras ocasiones. Ayer, Zapatero acudió a su cita anual de balance del año que se cierra y previsiones para el nuevo ejercicio, revestido de la autoridad de presidente. Decidido, resuelto y firme, pese a que no podía ni de lejos presentar un listado de éxitos ni pintar un futuro de colores, y a sabiendas de que en la batalla electoral que se presenta lleva todas las de perder.
En esta ocasión, el presidente no vaciló al afirmar su decisión de poner en marcha, por encima de todo, las reformas estructurales que necesita el país y que, según sus previsiones, requerirán de un plazo de cinco años, por lo que, con toda probabilidad, tendrán que ser culminadas por un Gobierno de distinto color político.
Ayer, a Zapatero no parecieron atenazarle los riesgos electorales. Habló como presidente y fue explícito: «Los ciudadanos saben que cada partido que apuesta por una reforma dura que supone sacrificio, se la juega. Ésa es la realidad y la realidad es también que el PSOE siempre se la ha jugado por España a la hora de hacer reformas, y ahora también. Los demás tendrán que valorar el sentido histórico que tienen en esta cita con su país».
A partir de ahí, insistió una y otra vez en llamar a Rajoy al acuerdo. Sobre todo en las tres grandes reformas que ya están planteadas: la de las pensiones, la laboral y la del sistema financiero. Muy especialmente sobre la primera de ellas: «La reforma», dijo, «es sensata. Rajoy lo sabe y ahora tiene que mojarse».
Zapatero espera abrir, a partir del 28 de enero, un debate con los partidos, con los sindicatos y con los ciudadanos sobre esta cuestión. Y ayer reveló algún detalle más de la posición que mantendrá el Gobierno: la elevación de la edad de jubilación de 65 a 67 años será «flexible y progresiva», lo que implica que contará con un plazo de 15 años para ir instalándose, hasta culminar en 2027. El presidente está convencido de que los ciudadanos entenderán la necesidad de introducir cambios en un sistema que redunda en su bienestar futuro y que, además, es clave «en la estabilidad de las cuentas públicas».
Tan seguro se mostró de que esta reforma y la del mercado laboral son «esenciales» que insistió: «Si es necesario hablar más con Rajoy para llegar a acuerdos, hablaré más». Pero no dijo si estaba dispuesto a citarle en La Moncloa de manera inminente.
Lo que sí anunció fue su deseo de comparecer ante el Pleno del Congreso para debatir ampliamente sobre la evolución de las políticas sociales y el Estado del bienestar, así como los objetivos y las prioridades para el futuro. Y es que Zapatero se resiste a ser recordado como el presidente del Gobierno que «más recortes sociales ha hecho». Quiere reivindicar los avances de su primera legislatura, las subidas de las pensiones y del salario mínimo, las becas, la ayuda a la dependencia..., aunque, después, la fuerza de la crisis le haya obligado a dar pasos atrás. Quiere explicar por qué y aspira a ser comprendido. Pretende trasladar la idea de que los ajustes y las reformas tienen sólo un objetivo: «Mantener y extender los pilares del Estado del bienestar».
Zapatero admitió que la recuperación de la economía española es todavía muy débil, incapaz de crear trabajo, pero se mostró seguro de que en 2011 por fin veremos crecimiento neto de empleo.
No obstante, su mensaje en este sentido fue muy prudente porque reconoce que los peligros que se ciernen sobre España aún no están conjurados, especialmente las tensiones financieras. «Tenemos que estar con todas las alertas puestas», recalcó.
Después se refirió también a otras reformas que deben acometerse sin demasiada tardanza y que ya están esbozadas pero aún no detalladas. Así, por ejemplo, mencionó la reforma energética, ahora en el punto de mira por la «excepcional subida» del precio de la luz. No obstante, en este terreno se mantuvo firme en la defensa de un modelo en el que sigan teniendo protagonismo las energías renovables aun cuando resulten caras porque son, dijo, «una inversión de futuro», y no quiso entrar a valorar la posibilidad de hacer sitio en el mismo a la energía nuclear.
Totalmente centrado en los problemas económicos que afronta el país, el presidente del Gobierno se mostró muy reacio a incluir otros temas en su balance del año y en sus perspectivas para 2011.
Así, rehusó tajantemente hablar de su futuro político. Ni siquiera quiso opinar sobre si el país está ya preparado para tener a una mujer como presidenta. Su hermetismo fue total.
Tampoco quiso dar alas a las expectativas de un hipotético anuncio de alto el fuego permanente y verificable por parte de ETA. Aquí se limitó a recordar que ya no valen «ni subterfugios ni palabras gastadas» y que el Gobierno sólo escuchará una decisión «firme e inequívoca» de acabar con la violencia.
OORBYT.es
>Vea hoy en EL MUNDO en Orbyt el análisis de Casimiro García-Abadillo sobre el balance político de 2010
OLGA R. SANMARTÍN / Madrid
«Estaremos a la altura de las circunstancias»
Cuando el líder del principal partido de la oposición reconoce en público que se lleva bien con el presidente del Gobierno es que los tiempos de beligerancia han quedado atrás. Mariano Rajoy no tuvo reparos en admitir ayer que tiene una relación «incluso buena» con José Luis Rodríguez Zapatero, aunque ambos discrepen políticamente en algunas cosas.
Sus palabras, pronunciadas en Génova durante su balance de un año «duro» y «de malas noticias» -«ha sido el año de los recortes sociales, los mayores de la Historia de la democracia»-, evidencian un punto de inflexión. El presidente del PP tenía, de hecho, un argumentario de significativo título -Agravamiento de la crisis, agonía del Gobierno- lleno de cifras desoladoras, pero no quiso utilizarlas y, a cambio, se volcó en realizar sucesivos llamamientos al «consenso» y al «acuerdo». Que si «el PP va apoyar todo lo que sea bueno para el interés general de los españoles»; que si «hemos hablado con el Gobierno y seguimos dispuestos a hablar»; que si «cuando hay cosas razonables las hemos apoyado, como vamos a seguir haciendo en el futuro»; que si «hay algunos temas en los que es preciso el consenso, sobre todo en algunas reformas»...
Rajoy presentó un conjunto de propuestas para «recuperar la confianza» y salir de la crisis, algunas de las cuales no difieren sustancialmente de lo que plantea el Ejecutivo. Por ejemplo, la reestructuración del sistema financiero, que es, dijo, «la más urgente». «Hemos apoyado todas las iniciativas que el Gobierno ha planteado en esta materia, todas sin excepción», recordó Rajoy, que respondió con un rotundo «sí» cuando se le preguntó si está de acuerdo con que las cajas de ahorros se conviertan en bancos: «Hoy el mundo es muy global y el pequeño lo pasa mal, se necesita tener tamaño», argumentó. Y dijo también: «Cuanto antes se reestructure y se le dé trasparencia al sistema, mejor nos irá a todos».
Otro punto de entendimiento: la negociación colectiva. «El Gobierno nos está diciendo que es fundamental proceder a una reforma de la negociación colectiva. Que lo haga», instó. «Los convenios tienen que adaptarse a las empresas. Esa reforma hay que hacerla y, si no la hacemos ahora, se tendrá que hacer en próximos años».
Tampoco se opuso a ampliar la edad de jubilación hasta los 67 años, como pretende el Ejecutivo, aunque no cree que deba imponerse de forma obligatoria, sino estableciendo «incentivos que hagan atractivo» al trabajador el prolongar su vida laboral. «Estamos dispuestos a escuchar lo que diga el Gobierno», afirmó.
Hasta en la reforma energética expresó su «voluntad de llegar a un acuerdo», que vaya, eso sí, más allá de que «nos llamen para decirnos que se aprueba la subida de la luz».
Rajoy sólo puso ayer una condición: «No nos pidan que apoyemos una cosa y la contraria» (en alusión a anuncios que se hacen y se deshacen, como el cheque bebé). Y prometió: «No les quepa la menor duda de que estaremos, y yo particularmente, a la altura de las circunstancias».
A CONTRAPELO
SANTIAGO GONZÁLEZ
Un discurso de Capra
La Navidad no sería tal si no viniera acompañada de signos laicos que le confieren carácter. Por ejemplo, la lotería, puro azar al que quizá no le quede mucha vida como acontecimiento público y bien que lo lamento. La lotería es una versión seglar de la Divina Providencia (a quien Dios se la da, San Pedro se la bendice) y la DP queda mejor como empresa estatal que privatizada, como aceptarán los más ferviente liberales.
Otro par de signos distintivos de estos días son las películas de Frank Capra y el balance de fin de año del presidente del Gobierno, al que se suma el del líder de la oposición y los de los presidentes autonómicos. Ni el cine de Capra ni el discurso de Zapatero son de un extraordinario rigor descriptivo, pero ayudan a crear la sensación de felicidad un poco boba que nos embarga en estos días a los espíritus integrados, aunque los diabéticos deberían consumirlas en dosis muy moderadas o ponerse a continuación un chute de insulina.
El presidente, un hombre que ayer estaba entre Caballero sin espada y Qué bello es vivir, y el aspirante, estuvieron amables. Ambos mostraban una actitud muy adecuada para el traspaso de poderes. El primero, dispuesto a dejar la tarea razonablemente encarrilada y el segundo, crítico, pero constructivo: recordó las reformas que él propuso en 2009 para 2010, que coinciden bastante con las que el presidente enunció ayer para 2011, a la par que justificaba que él arrima el hombro cuanto sea necesario: «El PP ha aprobado 36 de las 58 iniciativas que ha presentado el Gobierno», mientras «el Gobierno no ha apoyado, prácticamente, ninguna de las muchas propuestas» del PP. Es hora de la responsabilidad y el líder de la oposición no quiere obstaculizar el aparente empeño presidencial de acabar las reformas «me cueste lo que me cueste».
Era como si el presidente hablara ya para la historia con un discurso bifronte: una yuxtaposición de Churchill y el protomártir del optimismo antropológico que nos dejó Voltaire repartido entre el doctor Pangloss y su pupilo Cándido. La parte churchilliana es reivindicar para sí toda sangre, sudor y lágrimas. La candidez (no confundir con candidiasis) está en su radical incapacidad biológica para renunciar a la sonrisa institucional, si bien la imprecisión de su lenguaje lastra notablemente la solidez de su discurso. «Si algo caracterizará a la crisis económica, es el esfuerzo titánico que este Gobierno ha venido haciendo para mantener las políticas sociales». Emocionante lágrima socialdemócrata, pero lo verdaderamente característico está en los datos: crecimiento negativo del PIB, tasa de paro, déficit y, sobre todo, las víctimas que dejará tras de sí. He aquí «datos contundentes», no «el proyecto, las políticas sociales y la coherencia». Eso son actitudes, intenciones o valores, no datos. A partir de estas imprecisiones no es de extrañar que quiera «mantener la extensión y la evolución de los pilares del Estado del bienestar». Seguramente quiso decir fortalecimiento o refuerzo. Los pilares son partes fijas de un edificio o de un proyecto. No evolucionan ni se expanden, ni siquiera en los proyectos con futuro.





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