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jueves, 16 de septiembre de 2010

EDITORIALES: El Gobierno socialista miente y encubre el abuso y dispendio de los liberados sindicales

Sólo se reconocen 499 de 321.168 empleados

En la Administración del Estado hay más liberados

Zapatero embustero

LOS MÁS de mil testimonios enviados ayer espontáneamente a ELMUNDO.es sobre los liberados sindicales demuestran dos cosas. Primero, que el desmán de los sindicatos ha llegado a extremos insoportables incluso para los propios trabajadores y, en especial, para los funcionarios. Segundo, que las cifras aportadas ayer por el Ministerio de la Presidencia (De la Vega es Vicepresidente del Gobierno y Ministro de la Presidencia) sobre el número de liberados en el sector público estatal -499 sobre 321.168 empleados- no pueden ser ciertas. Incluso el sindicato de funcionarios CSIF da por bueno que hay más de 3.000 liberados en la Comunidad de Madrid y apoya a Esperanza Aguirre en su intención de reducirlos al límite legal.

El Gobierno no debe seguir ocultando una realidad que, como se está demostrando, genera una profunda inquietud entre los trabajadores. La sociedad tiene derecho a saber el número real de liberados que se mueven en las administraciones y en las empresas.

Si Afganistán es crucial, los plazos sobran

POR PRIMERA vez desde que llegó a La Moncloa, Zapatero acudió ayer al Congreso para abordar en un debate monográfico la misión de nuestras tropas en Afganistán. El presidente del Gobierno descartó una retirada española unilateral y aseguró que permaneceremos allí hasta que los miembros de la OTAN decidan conjuntamente la salida. Más alambicado se mostró al definir el conflicto, al que describió como un «escenario de violencia bélico y peligroso», empeñado en seguir sorteando la palabra «guerra». Su obstinación semántica le acarreó las mayores críticas de toda la oposición, incluida la de Rajoy, que acabó diciendo que ya le da igual el nombre que use Zapatero para llamar a «la cosa».

Es cierto que el lenguaje no es inocente y el empecinamiento del presidente en enmascarar la crudísima realidad afgana encierra tanto un pacifismo mal entendido como su perenne obsesión por intentar marcar distancias con el Aznar de la Guerra de Irak. Sin embargo, en lo sustancial del asunto hace mucho tiempo que el Gobierno dejó atrás su titubeante estrategia en Afganistán, y cabe reconocer que la ininteligible «misión humanitaria» dio paso a un compromiso y colaboración absolutos con nuestros aliados en esta guerra contra el terror.

En este sentido, Zapatero hizo gala ayer de responsabilidad al no aventurar ninguna fecha de salida de aquel avispero, remitiéndose a la próxima Asamblea de la OTAN de noviembre en la que se abordará el tema. Máxime cuando la misión -que ya ha costado la vida de 93 españoles- es cada vez más impopular. Incluso una encuesta ayer elevaba al 70% el porcentaje de ciudadanos que rechaza que nuestros soldados sigan más allá del verano de 2011, polémica fecha en la que Obama ha prometido el comienzo del repliegue de sus hombres.

Pero el termómetro de la opinión pública occidental refleja también la incapacidad de nuestros gobernantes para explicar esta guerra. Y, lo que es peor, el fracaso de la misión bélica hasta ahora ha dado paso a una nueva estrategia de afganización tan tibia que no conduce sino al pesimismo. Así, del objetivo inicial de acabar con los talibán, garantizar la pacificación del país y prevenir atentados en Occidente, las tropas aliadas han pasado a convertirse casi en meros adiestradores de policías y soldados afganos para que les sustituyan con urgencia. Y esto, además de un reconocimiento implícito de derrota, no ofrece ninguna garantía. Afganistán no cuenta con las mínimas estructuras para contar a medio plazo con un ejército fuerte y eficaz. Y a nadie sorprendería que soldados fieles hoy al débil Gobierno de Karzai sean mañana otra fuerza más contra él. Las estrategias en el pasado de vietnamización o la mucho más reciente de iraquización no pueden ser más desalentadoras.

En ese sentido, el debate no debiera centrarse en cuál es la fecha idónea para irse. Sino en si sirve, si tiene sentido, seguir allí o no. Si la respuesta fuera negativa, difícil tendrían los líderes mundiales responder por qué no nos hemos ido ya y, en todo caso, deberíamos hacerlo cuanto antes. Pero si, como creemos, sí tiene sentido librar esta guerra, porque -como tantas veces se nos ha asegurado- en juego está la seguridad global, entonces hay que demandar a la Casa Blanca y a la OTAN mayor ambición en sus objetivos, y la redefinición de una estrategia para la victoria y no para salir corriendo con disimulo.

Y nuestro Gobierno, además de mostrar lealtad, debe exigir a los aliados esos planes claros, firmes y creíbles. Sólo así podría convencerse la sociedad de que tantas víctimas no han sido en vano. Eso sí, una estrategia dirigida a luchar hasta el fin contra el terrorismo islámico pasa por permanecer en Afganistán tanto tiempo como sea necesario, por más duro que resulte.

Si Afganistán es crucial, los plazos sobran

POR PRIMERA vez desde que llegó a La Moncloa, Zapatero acudió ayer al Congreso para abordar en un debate monográfico la misión de nuestras tropas en Afganistán. El presidente del Gobierno descartó una retirada española unilateral y aseguró que permaneceremos allí hasta que los miembros de la OTAN decidan conjuntamente la salida. Más alambicado se mostró al definir el conflicto, al que describió como un «escenario de violencia bélico y peligroso», empeñado en seguir sorteando la palabra «guerra». Su obstinación semántica le acarreó las mayores críticas de toda la oposición, incluida la de Rajoy, que acabó diciendo que ya le da igual el nombre que use Zapatero para llamar a «la cosa».

Es cierto que el lenguaje no es inocente y el empecinamiento del presidente en enmascarar la crudísima realidad afgana encierra tanto un pacifismo mal entendido como su perenne obsesión por intentar marcar distancias con el Aznar de la Guerra de Irak. Sin embargo, en lo sustancial del asunto hace mucho tiempo que el Gobierno dejó atrás su titubeante estrategia en Afganistán, y cabe reconocer que la ininteligible «misión humanitaria» dio paso a un compromiso y colaboración absolutos con nuestros aliados en esta guerra contra el terror.

En este sentido, Zapatero hizo gala ayer de responsabilidad al no aventurar ninguna fecha de salida de aquel avispero, remitiéndose a la próxima Asamblea de la OTAN de noviembre en la que se abordará el tema. Máxime cuando la misión -que ya ha costado la vida de 93 españoles- es cada vez más impopular. Incluso una encuesta ayer elevaba al 70% el porcentaje de ciudadanos que rechaza que nuestros soldados sigan más allá del verano de 2011, polémica fecha en la que Obama ha prometido el comienzo del repliegue de sus hombres.

Pero el termómetro de la opinión pública occidental refleja también la incapacidad de nuestros gobernantes para explicar esta guerra. Y, lo que es peor, el fracaso de la misión bélica hasta ahora ha dado paso a una nueva estrategia de afganización tan tibia que no conduce sino al pesimismo. Así, del objetivo inicial de acabar con los talibán, garantizar la pacificación del país y prevenir atentados en Occidente, las tropas aliadas han pasado a convertirse casi en meros adiestradores de policías y soldados afganos para que les sustituyan con urgencia. Y esto, además de un reconocimiento implícito de derrota, no ofrece ninguna garantía. Afganistán no cuenta con las mínimas estructuras para contar a medio plazo con un ejército fuerte y eficaz. Y a nadie sorprendería que soldados fieles hoy al débil Gobierno de Karzai sean mañana otra fuerza más contra él. Las estrategias en el pasado de vietnamización o la mucho más reciente de iraquización no pueden ser más desalentadoras.

En ese sentido, el debate no debiera centrarse en cuál es la fecha idónea para irse. Sino en si sirve, si tiene sentido, seguir allí o no. Si la respuesta fuera negativa, difícil tendrían los líderes mundiales responder por qué no nos hemos ido ya y, en todo caso, deberíamos hacerlo cuanto antes. Pero si, como creemos, sí tiene sentido librar esta guerra, porque -como tantas veces se nos ha asegurado- en juego está la seguridad global, entonces hay que demandar a la Casa Blanca y a la OTAN mayor ambición en sus objetivos, y la redefinición de una estrategia para la victoria y no para salir corriendo con disimulo.

Y nuestro Gobierno, además de mostrar lealtad, debe exigir a los aliados esos planes claros, firmes y creíbles. Sólo así podría convencerse la sociedad de que tantas víctimas no han sido en vano. Eso sí, una estrategia dirigida a luchar hasta el fin contra el terrorismo islámico pasa por permanecer en Afganistán tanto tiempo como sea necesario, por más duro que resulte

Ante la nueva provocación de Marruecos

El Gobierno debe apoyar a Rajoy en Melilla

CUANDO ya parecía superada la crisis diplomática provocada por Marruecos en la frontera de Melilla el pasado mes de agosto, Rabat vuelve a la carga. En una iniciativa insólita, el primer ministro marroquí ha enviado una carta a Mariano Rajoy en la que le dice que su visita a la ciudad autónoma, prevista para hoy, es «provocadora» y supone un «ataque a la dignidad y al sentimiento nacional» del país vecino. Se da la circunstancia de que El Fasi firma la misiva en calidad de líder del Istiqlal, partido que forma parte de la Internacional de Centro donde también está el PP. Por usar sus propios términos, es esta carta la que constituye una auténtica provocación por parte de Marruecos, puesto que -hasta da reparo subrayar una obviedad- Melilla es una ciudad española donde gobierna el PP. Por ello el presidente de este partido no sólo está en su derecho de visitarla, sino que cumple con su deber al hacerlo. El Gobierno, tal y como le han exigido los dirigentes populares, debe reaccionar con firmeza y sin «silencios cómplices» a esta nueva acción hostil marroquí.

El Mundo en dos minutos

ZP y Rajoy deben aunar fuerzas en política exterior

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