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sábado 31 de julio de 2010

EL SOCIALISMO DE ZAPATERO Y MONTILLA PROHIBE LOS TOROS: Cuando ERC iba a los toros




El toreo exige su paso a Cultura: «Es ahora o nunca»

Las máximas figuras ven con buenos ojos la contraofensiva del PP a la prohibición

Zapatero embusteroAsí lo confirmaron en una nota emitida a media tarde de ayer en la que también mostraban su apoyo a esta iniciativa otros diestros que no pudieron asistir a la reunión como Enrique Ponce, Morante de la Puebla, David Fandila El Fandi, Sebastián Castella, Alejandro Talavante y Cayetano Rivera Ordóñez.

González-Sinde siempre ha mostrado el respaldo al mundo del toro como parte de la cultura, como quedó de manifiesto en la pasada Corrida de Beneficencia al asistir acompañada por el maestro retirado Luis Francisco Esplá. Ahora, los toreros quieren recurrir a ella «para abordar los problemas a los que se enfrenta la Tauromaquia». El deseo general de los profesionales de que la Fiesta salga del Ministerio de Interior para pasar a depender de Cultura estará seguro sobre la mesa.

«Lo de hoy ha sido una cosa que ha salido de los toreros. Hemos decidido reunirnos para analizar la situación, exponer nuestras ideas e intentar buscar una solución al problema de Cataluña. Tenemos que movernos todos juntos», aseguraba El Juli a la salida del restaurante en representación del resto de toreros.

Ahora, tal y como concluye el comunicado, los matadores «quedan a la espera de que el Ministerio de Cultura fije la fecha para ser recibidos». «Ha sido un encuentro muy positivo. Lo que está claro es que en estos momentos los toreros somos una piña, existe una unión extraordinaria entre todos. Queremos estudiar las posturas de todas las partes, las políticas también, pero antes queremos reunirnos con la ministra. En el comunicado aparece una serie de toreros importantísimos, pero los que no están y también lo apoyan, tendrán que estar», afirmaba a ELMUNDO Roberto Domínguez, apoderado de El Juli.

Una persona clave en estos momentos es Antonio Matilla, empresario de la Monumental, tajante tras el encuentro. «Es ahora o nunca. Lo que queremos es que la Tauromaquia se reconozca como Bien de Interés Cultural, y para que eso ocurra lo primero que hay que hacer es hablar con quien tiene que declararlo», dijo.

«Vamos a estudiar las vías a tomar. Lo que no podemos permitirnos es quedarnos de brazos cruzados», afirmaba Victoriano Valencia, apoderado de Enrique Ponce.

Por otro lado, los toreros ya han mantenido una serie de contactos con la cúpula del Partido Popular. Tras la votación del miércoles en el Parlament, ha tenido lugar una serie de conversaciones en la que los populares han expuesto a los profesionales de la Tauromaquia la contraofensiva legislativa del PP como reacción a la abolición. Los toreros han visto con buenos ojos todas las propuestas expuestas por el PP y han ofrecido todo el apoyo que esté en su mano para intentar frenar la activación de la prohibición catalana el 1 de enero de 2012.

Pero hay más frentes. Y es que la Mesa del Toro ha previsto organizar este invierno unas jornadas de reivindicación de la Tauromaquia con el objetivo de «expresar públicamente» la prohibición de las corridas de toros en Cataluña que incluyen, además, la tópica y típica idea de un festival que reivindique la Fiesta. La Mesa necesita también actualizarse.

ROBERTO VILLARREAL / Tarragona

«No entiendo que se los carguen»

Fans de los 'correbous'creenqueselesjuzgadesdelaignorancia

Los tiempos cambian, pero los correbous permanecen. Así sucedió anoche en Sant Jaume d'Enveja, o el jueves en Sant Carles de la Ràpita, donde -responden de modo unánime al ser preguntados- no van a alterar sus costumbres «por mucho que digan los de Barcelona».

Que los tiempos cambian lo confirma Joan, de 72 años, acompañado por su esposa Marisa, de 68, y un grupo de amigos que ha instalado su particular versión del camping -con el kit clásico de neveras, mesas y sillas portátiles- bajo las gradas habilitadas para ver los correbous. «No nos gusta ver tanta cámara por aquí; ya sabemos a lo que vienen, a hacer daño», confiesa este payés que acude a la cita con el toro desde que tiene uso de razón. «Hace unos años les hubiésemos corrido a todos a tomatazos», comenta sin el menor asomo de bravuconería. «Sólo queremos que nos dejen en paz con lo nuestro, ni más ni menos. Nadie se había acordado de nosotros hasta que se ha montado este Cristo. No puedo entender que se carguen los toros en Cataluña».

Rodri, acompañado por un grupo de amigos, tiene 50 años menos que Joan, pero se afana igualmente a la hora de recoger las mochilas, capazos y neveras de la merienda-cena. Luce su camiseta del FC Barcelona y habla catalán con ese especial acento del delta del Ebro. De todos modos, se le entiende bien sin abrir la boca; cuando se le pregunta qué sentido le encuentra a que le prendan fuego a las astas de un toro, se lleva la mano al pecho: «Eso se mama», responde lacónico. Una de sus amigas, que prefiere el anonimato, se extiende algo más y aporta su peculiar visión del encierro: «Aquí venimos a merendar y pasarlo bien. Casi ni atendemos a lo que pasa, sólo cuando hay algún sustillo levantamos la vista… me hace gracia que digan que maltratan al animal; si lo que nos gusta es cuando pilla a alguien», suelta entre risas.

Desde una perspectiva más profesional, uno de los operarios de Vincenç Benavent, de Quatretonda (Valencia), una empresa que tiene sus toros en el top festivo por el buen juego que dan en estos saraos, accede a responder con naturalidad: «Este toro que acabamos de subir al camión lleva cinco actuaciones esta temporada. ¿Me pueden explicar cómo es posible si se le causan unas lesiones tan graves? Los primeros interesados en que no le pase nada al animal somos nosotros, y si hay que soltar algún varazo… pues eso».

A su lado están Andrés y Josep, gente que les ayuda antes y después de los correbous. «Estamos en contra de que nos dejen sin toros. Aquí nos gusta este mundillo y creo que se nos juzga desde la ignorancia. Que vengan los de Barcelona y lo vean. No somos ningunos bárbaros ni trogloditas», aseguran.

JOSEP GUIXÁ / Barcelona

Cuando ERC iba a los toros

La Fiesta nacional ya fue un instrumento político en la II República y la Guerra Civil

A pesar del modesto cartel de novilleros, el primer festejo celebrado en la Monumental desde la proclamación de la II República, constituyó un improvisado acto político. A instancias de un sector del público, las cuadrillas interrumpieron el paseíllo y escucharon con respeto como la banda de la Cruz Roja atacaba los compases de La Marsellesa. «Iguales aplausos se repitieron durante la lidia del tercer novillo, al aparecer en un palco el gobernador civil, señor Companys, a quien Maravilla brindó la muerte de dicho astado y Morales la del cuarto», anotaría el reputado crítico Don Ventura. Aunque el gobernador abandonó el palco «acompañado de su familia» a la muerte del quinto novillo -nadie supo si por aburrimiento o porque tenía prisa-, no era una sorpresa que las nuevas autoridades se diesen un baño de popularidad en el coso de la Gran Vía y desoyeran las versiones que asociaban toros con Monarquía.

Lluís Companys, abogado de sindicalistas que consideró fundamental atraer el voto de los sectores obreros, no ignoraba que la famosa quema de conventos de 1835 tuvo como detonante una mansa corrida en la plaza de la Barceloneta o que, durante la Semana Trágica de 1909, los huelguistas llenaron la plaza mientras la ciudad ardía. En 1913, un crítico local saludó con entusiasmo el debut de Belmonte y lamentó que una muchedumbre «formada en su mayoría por gentes enemigas del impuesto del inquilinato y hasta del inquilinato con y sin impuesto, condujo a Belmonte en hombros desde la plaza a la fonda París (...) Esto podrá estar muy bien en Miguelturra o en Socuéllamos, pero no en una gran capital como la nuestra».

Desde el famoso mítin abolicionista de 1902, presidido por el doctor Robert, creció la oposición a las corridas entre las elites catalanas. Al principio se trataba de una postura extravagante, ligada a las campañas antiflamenquistas de los librepensadores, pero cuando el reformismo social fue asumido por el retrógrado catalanismo -que tenía entre sus padres fundadores a un Valentí Almirall que iba con agrado a los toros-, la nueva generación noucentista se propuso erradicar aquel espectáculo que, al margen de su «españolismo», evidenciaba la dificultad de «civilizar» a las masas populares. De este modo incluso La Vanguardia, cuyo director Miquel dels Sants Oliver sostenía en 1904 en el Diario de Barcelona que «toda la vida española se ha teñido con reflejos de sangre y se ha perfumado con olores de matadero», dejó de reseñar corridas.

Pero el antitaurinismo intelectual no se traduciría en medidas políticas hasta mucho después. En parte porque a la Lliga de Cambó le favorecía que el lerrouxismo mantuviera a las masas obreras alejadas de la política pero, también, porque el toreo vivió una nueva edad de oro que obligó a inaugurar la Monumental en 1916. En 1928, los exiliados aglutinados en torno a Macià redactaron la Constitució de La Habana que abogaba por la supresión de los toros y el boxeo «en el término de dos años, una vez alcanzada la independencia». ¿Les suena de algo? Poco después Cataluña llegó a tener tres boxeadores campeones de Europa y el posibilista partido de Macià no dudó en convertir al gran Gironés, nacido en el barrio de Gracia, en una especie de símbolo de la raza catalana.

Los políticos de Esquerra sabían que ir a los toros les daría algunos votos pero, entre el catalanismo más elitista e intelectual, las corridas seguían bajo sospecha. En mayo de 1933, tras un triunfo de Carnicerito de México, un diestro de valor algo aparatoso que participó en las famosas novilladas de 1930 que catapultaron a Ortega, un grupo de incondicionales le pasearon a hombros desde la Monumental hasta su hotel al lado de la Rambla. La escena escandalizó al escritor Josep María de Sagarra, aficionado a los toros y vinculado a Acció Catalana que escribió: «Permitirán que les diga que es intolerable que la mentalidad lerrouxista de cloaca y patíbulo utilice nuestra Rambla para un espectáculo de este tipo». Tras unas semanas se publicó el ensayo Una política catalanista del poeta noucentista Jaume Bofill i Mates, más conocido por Guerau de Liost, quien acusaba al Estado español de fomentar una «separación moral» con los catalanes al elevar «las corridas de toros a la categoría de Fiesta nacional».

La actitud de las nuevas autoridades españolas no difería de la del catalanismo republicano. Aunque en la clase política había aficionados de nuevo cuño como Indalecio Prieto o líderes populistas que gustaban darse el baño de multitudes, como Niceto Alcalá-Zamora o Alejandro Lerroux, Hemingway advirtió que «se lleva a cabo una gran campaña contra las corridas en ciertos periódicos subvencionados por el Gobierno», pero no creía «que el Gobierno pudiera abolir las corridas, aunque fuera lo suficientemente fuerte».

Si los republicanos catalanistas intentaban distanciarse de España con el antitaurinismo, sus colegas españoles hacían lo propio para aproximarse a Europa. El único reportaje que el semanario más afín al partido gobernante, La Rambla, dedicó a los toros, tuvo como argumento el polémico sobre a los críticos taurinos. El motivo fue que el político del partido radical César Jalón (que firmaba Clarito sus crónicas taurinas en El Liberal) sonaba como presidente de la Generalitat suspendida a raíz de la revuelta catalanista de octubre del 34. Por supuesto, cuando Companys recuperó el poder en 1936, tuvo su momento de gloria en el palco regio de la Maestranza, en compañía del presidente Diego Martínez Barrio. La Guerra Civil estaba próxima y los toros jugarían un importante papel propagandístico. Comenzada la contienda, se celebró una corrida mixta a beneficio del Comité de Milicias Antifascistas (18 de agosto) que resultó todo un éxito. El jefe de la columna Durruti, Ricardo Sanz, se dirigió al público para agradecer el dinero recaudado, pero a los pocos días el anarquista se despachó contra los toros en las páginas de Solidaridad Obrera: «Las corridas de toros han de ser abolidas cuando así lo exija la conciencia del pueblo», escribió.

Según relatan las crónicas, el público vibró con los himnos patrióticos y con el fino toreo de Aurelio Puchol, Morenito de Valencia III, una especie de fetiche para el empresario Balañá en la posguerra, ya que vivía en la calle Manso y le sirvió a menudo para recomponer carteles que quedaban incompletos por bajas de última hora. Murió de una cornada en Guayaquil.

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