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jueves, 24 de junio de 2010

EEUU: Obama 'despide' al general McChrystal



CARLOS FRESNEDA / Nueva York

Obama 'despide' al general McChrystal

El presidente recurre a Petraeus y habla de «cambio de personal, no de estrategia»

Zapatero embusteroCorresponsal

A Barack Obama no le tembló ayer el pulso a la hora de tomar su decisión más fulminante como comadante en jefe. El presidente norteamericano forzó la dimisión del general Stanley McChrystal, por sus explosivas declaraciones a la revista Rolling Stone, y recurrió a David Petraeus para tomar el mando de la misión en Afganistán.

«Cambiamos de personal, pero no de estrategia», advirtió Obama, que destacó el papel desempeñado por el general Petraeus al frente del Comando Central y recordó sus méritos como estratega durante su campaña en Irak. El relevo se produce justo cuando julio de 2010 se ha confirmado ya como el mes más trágico en los nueve años de guerra en Afganistán (76 soldados muertos en las fuerzas aliadas).

«No toleraré las divisiones», fue la escueta razón con la que Obama justificó el despido de McChrystal, a quien acusó de «subvertir el control civil del poder militar, que es la raíz de nuestro sistema democrático». «Nuestra nación está en guerra, y debemos mantener la unidad en el esfuerzo», agregó el presidente.

Obama aseguró que lamenta la marcha de McChrystal, pero reiteró que es «la decisión correcta para nuestra seguridad nacional». El presidente recalcó que su dimisión no se debe al desacuerdo sobre la estrategia en Afganistán ni a una revancha por «un insulto personal». El presidente no ahorró elogios al pasado militar del general, pero se refirió expresamente y en tono muy reprobatorio a sus comentarios a Rolling Stone (el nombre del revista resonó con un inusitado eco musical en la rosaleda de la Casa Blanca).

En sus declaraciones a la famosa publicación, McChrystal se mofó del vicepresidente Joe Biden, llamó «payaso» al consejero de Seguridad Jim Jones y arremetió contra el enviado especial a Afganistán Richard Holbrooke y el embajador Karl Eikenberry. También se refirió a la «decepción» de su primer encuentro con Obama y cuestionó la implicación del presidente en «esta jodida guerra».

El general McChrystal fue convocado ayer en el Despacho Oval con la máxima urgencia por Obama y traía ya su carta de dimisión escrita. Según fuentes citadas por The Politico, la decisión estaba tomada ya de antemano y el intercambio de palabras fue mínimo. Los asesores de Obama decidieron por unanimidad que el general rebelde se había ganado el despido por «insubordinación».

Al cabo de 45 minutos, McChrystal abandonó la Casa Blanca por la puerta trasera y con la máxima discreción. Poco después emitió un escueto comunicado confirmando su marcha: «Apoyo firmemente la estrategia del presidente en Afganistán y estoy profundamente comprometido con las fuezas de la coalición, nuestros aliados y el pueblo afgano. Es precisamente por el respeto a este compromiso -y por el deseo de que la misión tenga éxito- por lo que he presentado mi dimisión».

Con tanta premura abandonó McChrystal la mansión presidencial que ni siquiera tuvo tiempo para cruzarse con el general David Petraeus, cuyo nombre circulaba ya como la nueva y segura apuesta de Obama para Afganistán, por delante de al menos media docena de candidatos, como el almirante James Stavridis o los generales Martin Dempsey, John Allen, James Mattis y David Rodríguez (hasta la fecha, el número dos de McChrystal en Afganistán).

La decisión de Petraeus se interpreta sin embargo como señal de continuidad, después de las expectativas creadas por la marcha de McChrystal y las críticas por los escasos avances de la nueva estrategia de Afganistán. Se espera que el Senado confirme el relevo la semana próxima con el respaldo tanto de demócratas como de republicanos.

La semana pasada, en la misma sesión que saltó a los periódicos por su desmayo ante las cámaras, Petraeus anticipó que la fecha señalada por Obama para el inicio de la retirada de Irak, podría ser «extendida». «Tenemos que ser cuidadosos a la hora de poner fechas límites y de asumir que se darán las condiciones que permitirán la retirada en julio del 2011», agregó el general, que admitió que no vislumbra un «final rápido» para la guerra, que dura ya nueve años.

ANÁLISIS
CARLOS TORO

Soldados rebeldes y temerarios

En la Historia de EEUU no han faltado militares de alto rango reacios a obedecer

Siempre han existido soldados de todo rango que han discutido, cuestionado o desobedecido órdenes. Aunque lo normal es acatarlas en función de un sentido de la disciplina disuelto en la masa de la sangre de los militares.

En el caso de Estados Unidos, las declaraciones del general Stanley McChrystal se inscriben en una larga serie de comportamientos de militares de la máxima graduación reacios a obedecer las órdenes del mando. Del militar o del civil. La desobediencia admite muchos matices. En sus extremos, va desde la simple protesta hasta la franca insubordinación.

Entre la historia y la leyenda, recordemos a Georges Armstrong Custer, paradigma del militar excéntrico, pagado de sí mismo, indisciplinado y temerario. Siempre mantuvo tensas relaciones con sus superiores. Y, al igual que McChrystal hoy, se enfrentó a su presidente, Ulysses Grant, al acusar a su hermano, secretario de Defensa, de irregularidades que endurecían la vida de los indios en las reservas. Grant le despojó del mando, aunque se lo restituyó más adelante tras una carta ni arrogante ni humilde de Cabellos largos, como lo apodaban los indios.

Los pecados de George Patton eran de impaciencia, imprudencia y exceso de seguridad en sí mismo. No siempre cumplió estrictamente las órdenes. Y, cuando, tras la conquista de Pilsen y gran parte de Bohemia, celebraba el éxito con los oficiales rusos, sus aliados, se descolgó con un incendiario, inoportuno y prematuro discurso anticomunista que lo envió a otro destino más discreto. Patton era una especie de cowboy acorazado e impulsivo, armado con sus colts de cachas de nácar, que inauguró en cierto modo, anticipándola, la Guerra Fría.

Ningún general tan representativo de ella, tan beligerante y descontento con el timorato poder político como Curtis LeMay. Apodado Culo de Hierro, héroe y cerebro de los bombardeos contra Alemania y, más tarde, contra Japón, prototipo del halcón, fue, desde su jefatura del Mando Aéreo Estratégico, un permanente dolor de cabeza para el Estado Mayor Conjunto y las presidencias de Eisenhower y Kennedy. El primero era un irresoluto por sus concesiones a la URSS. El segundo, un cobarde por su negativa a arrasar Cuba. No se atrevieron a destituirlo.

Douglas MacArthur, general de cinco estrellas, fue el genio desafiante y ególatra que no reconocía autoridad militar, moral o intelectual superior a la suya. Ya durante las campañas del Pacífico, los desplantes al presidente Truman, a quien detestaba, su desdén hacia la Junta de Jefes del Estado Mayor y, en definitiva, su desprecio hacia los planes y las decisiones ajenos, habían desembocado en numerosos conflictos. Su inmensa popularidad y el apoyo de los medios de comunicación, para los que, como McChrystal, reservaba sus mensajes a la Presidencia, le procuraban un blindaje indestructible al tiempo que hacían crecer su osadía y su sentido de la impunidad. Su forma de conducir la guerra de Corea no hizo más que acrecentar tales desencuentros y colisiones, resueltos a menudo en impotentes cóleras presidenciales. Cuando sus quejas y pretensiones desembocaron en su propósito de arrojar la bomba atómica sobre China, a Truman no le quedó más remedio, en abril de 1951, que destituirlo con todas sus consecuencias.

El general de cuatro estrellas Wesley Clark, desde su puesto de comandante en jefe de la OTAN, criticó la política de Bill Clinton. Como ha sido tradicional en las relaciones entre los militares y los burócratas de Washington, se encontró con la resistencia presidencial a endurecer el conflicto de Kosovo y proveer de más medios a las tropas. Sus tensas relaciones con el general Michael Jackson, jefe de las fuerzas británicas en la zona, y su pretensión de frenar entre ambos las exigencias soviéticas respecto a la ocupación del aeropuerto, hicieron exclamar a éste: «No empezaré por usted la Tercera Guerra Mundial». Resuelto el conflicto de Kosovo, Clark fue destituido.





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