FIRMAS: Isabel San Sebastian, Cayetana Álvarez de oledo, Florentino Felgueroso, Luis María Anson, Carmen Rigalt

LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIÁN
Primero, el caviar del loro
EL AJUSTE anunciado por Zapatero en el Congreso, entre ovaciones entusiastas de la bancada socialista, es una vileza de dudosa legalidad en lo que atañe a los pensionistas, una nueva manifestación de su arbitrariedad si hablamos del recorte de sueldos a los funcionarios y, en conjunto, una clamorosa injusticia. La salida desesperada de un presidente mediocre.
Claro que debía embridar ese déficit disparado al 12%, y no a todo correr, improvisando en 24 horas obligado por la presión internacional, sino hace mucho tiempo, cuando él mismo negaba la crisis a fin de ganar las elecciones. Sin embargo, antes de meter la mano derrochadora del Gobierno en los bolsillos de los más débiles, habría sido exigible que nuestro Campeón de la Progresía Solidaria retocara la dieta suntuosa del loro. De tantos loros alimentados con caviar como cargamos los españoles sobre nuestras espaldas.
Para empezar, tendría que haber adelgazado drásticamente su Ejecutivo trufado de carteras inútiles, empezando por las de Chaves, Aído y Espinosa. Acto seguido, eliminar de la lista de pagos públicos los 193 millones de euros en subvenciones directas y 500 más en concepto de formación que reciben patronal y sindicatos. (Que se financien con las cotizaciones de sus afiliados o desaparezcan.) Laminar igualmente los 100 millones destinados por el Ministerio de González-Sinde a la «promoción de la cultura catalana» (y lo que haya, si lo hay, a la de cualquier otra cultura regional). Poner fin al dispendio lingüístico de Carod-Rovira (785.000 euros, entre otras propinas, para que los franceses aprendan un idioma que no les interesa lo más mínimo). Suprimir muchos de los 30.000 coches oficiales que circulan por nuestro país e invitar a la mayoría de los 1.200 cargos autonómicos y otros tantos estatales que van en ellos a que viajen en transporte público. Olvidarse de poner traductores de vascuence o gallego en el Senado, dejar la memoria histórica a Garzón, muy aficionado a ella, ahorrando al contribuyente los 5,6 millones de euros previstos para ese capítulo en los Presupuestos Generales de este año… Y por supuesto acabar con ese Plan E que contempla gastar 5.000 millones en arreglar aceras y embellecer fuentes sin crear un solo puesto de trabajo estable.
Una vez concluida esa poda, puede pedir Zapatero sacrificios a los empleados públicos, cumplir con su deber de reformar el mercado laboral, condición sine qua non para combatir el paro, y abordar el cambio paulatino del sistema de pensiones; no quitar el pan de la boca a los jubilados, que es lo que se dispone a hacer.
POLÍTICA NACIONAL / CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO
Elecciones generales, ya
Cree que un nuevo Gobierno es requisito imprescindible para acometer las reformas y sacrificios necesarios
lo que la tragedia de la T-4 supuso para la política antiterrorista de Zapatero, lo ha supuesto la intervención in extremis de Merkel y Obama para su política económica: su atroz despertar, el abrupto y cruel final de sus ensoñaciones y engaños. Se acabó el optimismo estratégico; se acabaron las invocaciones huecas a la confianza en su liderazgo mesiánico; se acabaron todos los presagios infundados de un mañana mejor. España se hunde y, para evitarlo, los españoles vamos a tener que sufrir. Mucho. Sobre todo los más débiles.
Lo que le faltó ayer a Zapatero fue pedir perdón por el daño causado en los últimos seis años y anunciar su dimisión inmediata. Hubiera sido lo coherente y sobre todo lo decente después de un discurso que significa no ya una rectificación absoluta, radical, integral de su política, sino una enmienda a la totalidad de sí mismo. O del personaje que se ha venido a conocer popularmente como Zetapé.
Zapatero construyó su personalidad política sobre la base de tres beatíficos conceptos que se retroalimentan: el talante, la paz y los derechos sociales. Durante las celebraciones del primer aniversario de su llegada al poder, en 2004, acuñó el que, actualizado año a año, iba a ser el gran eslogan económico y social de todo su mandato: «Ocho años de derechas y uno de derechos». Sobre ese tosco pedrusco intelectual y político, construyó un discurso maniqueo y sectario de demonización del adversario: el Partido Popular está a favor de los ricos y en contra de los pobres; el Partido Popular no entiende ni defiende a los trabajadores; el Partido Popular es una grave amenaza para los funcionarios; el Partido Popular es insensible a los problemas de los pensionistas y al drama de los dependientes; el Partido Popular da la espalda a las mujeres y a los jóvenes.
Paso a paso, anuncio a anuncio, Rodiezmo a Rodiezmo, fue inflando este discurso y, al tiempo, las promesas y las deudas que hoy él ya no puede cumplir ni los españoles pagar. El globo de su demagogia se pinchó en Bruselas. Y colgado del hilo sólo queda ya la caricatura arrugada de un gobernante que ha arruinado a su país.
A partir de ayer, Zapatero es sinónimo no sólo de crisis económica y paro masivo, sino también de recortes sociales. Del mayor recorte social de la democracia; de un recorte -y esto es lo más importante- que se podría haber evitado. La dimensión del ajuste anunciado es directamente proporcional al tiempo perdido por un presidente que no ha querido aprender ninguna certera lección, ni escuchar ninguna oportuna advertencia, ni aceptar ningún buen consejo. Sobre todo si provenían de su adversario político, Mariano Rajoy.
Le ha faltado modestia y le ha sobrado soberbia. Y por eso pagará una factura electoral en las urnas. El problema es que la factura del desempleo, el déficit, el desprestigio y la desconfianza la tendremos que pagar todos los españoles. Pagaremos la factura política, económica e institucional de seis años de pésimo Gobierno.
Con la defunción política de Zetapé se acaba una etapa en la historia de nuestra democracia. Ahora sólo falta contar los días para las elecciones generales. O, mejor, exigir que los comicios se convoquen cuanto antes. Por dos razones elementales.
La primera es que el problema nunca puede ser la solución. Y Zapatero es el problema; garantía de incertidumbre y causa de desconfianza dentro y fuera de España. Las Bolsas podrán subir. El FMI podrá celebrar la rectificación del Gobierno español. Hasta Angela Merkel podría tener la gratificante sensación de que ha sido obedecida.
Pero todo será coyuntural. Porque, como en la fábula del escorpión, está en el carácter de Zapatero incumplir su palabra. Y, además, porque nunca tendrá la credibilidad necesaria: el campeón del despilfarro no puede ser nunca el líder de la austeridad.
La segunda es que Zapatero no tiene el mandato social para llevar a cabo ni su improvisado tijeretazo ni las meditadas y difíciles reformas estructurales que son necesarias para sacar a España de la crisis. Frente a la fortaleza que aún podrían darle a Zapatero unos sindicatos domesticados a golpe de talonario público, siempre será mayor la fortaleza de las urnas. El duro proceso de reformas económicas, políticas e institucionales al que está abocada España requiere de la legitimidad que sólo puede dar el respaldo mayoritario de unos españoles a los que se haya dicho la verdad. Tanto sobre la gravedad de la situación como sobre el programa de Gobierno para salir de la recesión y recuperar la prosperidad.
Los ciudadanos deben decidir quién les lidera en estos tiempos de sangre, sudor, trabajo duro y lágrimas. España necesita un Gobierno política y moralmente legitimado para reclamar los enormes sacrificios necesarios. España necesita elecciones ya.
Cayetana Álvarez de Toledo es portavoz adjunta del Grupo Popular en el Congreso.
RECORTE DEL DÉFICIT / FLORENTINO FELGUEROSO
El sobrecoste de no reformar
el empeñopor retrasar sine die las reformas que se vienen exigiendo para salir más rápido de esta crisis y, desde luego, intentar evitar al menos una década de apatía económica, también tienen su sobrecoste. La reforma laboral, la de las pensiones, la financiera, la del mercado inmobiliario, la educativa, la sanitaria y la de la función pública, entre otras, se venían reclamando desde hace tiempo. Alguna desde antes de iniciar la crisis. Emprenderlas a tiempo hubiese limitado sus efectos. Por ejemplo, si se hubiese diseñado y aplicado una reforma laboral seria en el pasado reciente, no se habría destruido tanto empleo, otros mecanismos de ajuste hubieran funcionado y, seguramente no nos encontraríamos con una tasa de paro del 20%.
Esta semana se nos ha ofrecido una nueva oportunidad, un plan que puede funcionar si se acometen las reformas necesarias y el ajuste fiscal para recuperar la estabilidad presupuestaria en el medio plazo. A cambio, hemos recibido una nueva lección sobre los efectos de no reformar bien y a su debido tiempo. El ajuste fiscal que hoy tenemos que emprender hubiese sido probablemente más moderado si nuestros socios hubiesen tenido más confianza en nuestra capacidad para cambiar nuestro modelo productivo agotado y hacer frente a tan elevada tasa de paro.
No es que no tengan confianza como tal en nuestra economía, sino en que se den los pasos precisos para que cambiemos de rumbo. No es que crean que no existan soluciones, sino que nuestra economía está enferma, que nos estamos empeñando en no darle el remedio adecuado y que tanta resistencia a las reformas las conviertan en placebos o incluso recetas equivocadas.
Lo que pagamos hoy con el recorte fiscal es en gran parte culpa de no haber actuado antes. Éste es un nuevo sobrecoste de no reformar. Ya sólo quedaba por recortar los salarios de los empleados públicos y congelar las pensiones. Habrá una caída de la demanda, nuevos colectivos también tendrán que reajustar sus planes de consumo. Además, se procede a un recorte salarial en un sector con problemas claros de productividad, que tampoco se ha reformado a su tiempo, en el que sólo funciona la zanahoria (el aumento salarial), dado que el palo (el despido) no es posible. Bien, todos nos tenemos que sacrificar. Pero a cambio de qué se pueden preguntar los empleados públicos. Porque si no se emprenden reformas, nos pedirán aún más recortes, y peor, nos echarán del club.
El sobrecoste de no reformar también se podrá evaluar pronto en el aumento galopante del paro de larga duración, que ya alcanza el 40% del total de desempleados. No hay previsto que se emprendan reformas del diseño de las prestaciones por desempleo y no habrá recursos para aumentar las políticas activas, en especial las relativas a los Servicios Públicos de empleo, que permitan la reactivación, o al menos limiten la depreciación del capital humano de nuestros parados. Qué decir del coste de una no reforma de la pensiones para las próximas generaciones, o del sistema de sanidad que también se enfrenta al envejecimiento galopante.
Finalmente, también se habrá de considerar el sobrecoste del conflicto social que se avecina. El poder de convocatoria sindical seguro que no ha sido tan grande como lo será en los próximos meses. Se mezclarán las protestas por el recorte salarial de los empleados públicos con aquellas relacionadas con las reformas. Otro coste que nos hubiésemos ahorrado si se hubieran emprendido las reformas a tiempo. Pero sigamos teniendo esperanza, habrá reformas, el sobrecoste aún puede ser mayor.
Florentino Felgueroso es profesor titular de la Universidad de Oviedo y director de Cátedra en Fedea.
CANELA FINA
luis MARÍA ANSON
Un diez para Alberto Aza
NI UNA FILTRACIÓN. La opinión pública tuvo conocimiento de la operación del Rey cuando su Casa informó que el Monarca estaba en el quirófano. Me consta que algún periodista conocía lo que iba a pasar. Respetó el off the record. Ni siquiera uno solo de los diarios digitales anticipó la noticia. Se evitaron así especulaciones, rumores, bulos, en un momento de grave crisis nacional. Durante unos días se habría emponzoñado todo.
«Lo único que nos faltaba». «El Rey tiene un cáncer gravísimo». «Le van a operar a vida o muerte». «El Príncipe se prepara para asumir la Jefatura del Estado». Titulares como éstos hubieran proliferado. El rumor, la insidia, el sensacionalismo se habrían cebado con el pueblo español de forma inevitable. Menudo estrago político y, sobre todo, económico.
Pero la Casa del Rey tiene a su frente a un político sagaz, a un diplomático prudente. Alberto Aza desempeñó un papel preeminente, al lado de Suárez, durante la Transición de la dictadura a la democracia. Fue después embajador en Londres, en unos años especialmente arriscados para la Monarquía británica. Nos hemos olvidado ya. La Corona en el Reino Unido era una institución más firme que en España la sierra de Gredos. Las andanzas de cierva triste de una princesa bellísima y las torpezas de su marido cuartearon lo que parecía indestructible porque los pueblos exigen de sus Monarquías ejemplaridad.
Alberto Aza tuvo ocasión de aprender sobre el terreno cómo hay que tratar los asuntos que conciernen a la Casa Real, cómo la reina Isabel II acertó a vadear la torrentera. Ha gobernado la Casa del Rey con sabiduría y si algún libro torticero se le escapó no fue por su culpa.
Un diez para Alberto Aza. Primero, lección de cautela y confidencialidad para que nada trascendiera a los medios de comunicación, a pesar de que inevitablemente varias personas tuvieron conocimiento de la enfermedad y la operación. Después, información completa, transparente, inmediata, intensa. Con la verdad por delante. Se ha dicho todo, absolutamente todo. Don Juan Carlos siempre ha sido un hombre de suerte. Y no hubo cáncer. Su tía, la Infanta Cristina, hija de Alfonso XIII, mujer admirable por cierto, lo solía afirmar: «Juanito tiene estrella». Su padre, Don Juan, cuya figura se agiganta con el tiempo, nunca fue un hombre de fortuna. Luchó siempre contra la adversidad, vivió una tragedia griega en sus propias carnes familiares, padeció un cáncer enroscado a la garganta. Rey de derecho, nunca lo fue de hecho, pero su posición frente a la dictadura durante cuarenta años hizo posible la Monarquía de todos de la que ahora disfrutamos y que él defendió siempre desde su exilio, repitiendo docenas de veces en sus declaraciones públicas: «El papel de la Monarquía, hoy, consiste en devolver la soberanía nacional al pueblo español». Esa soberanía le fue arrebatada tras la guerra incivil. Se la devolvió la Corona en 1978.
Y, claro, de nuevo la cantinela de la abdicación del Rey. Me han hecho esa pregunta cantidad de emisoras de radio, de canales de televisión. Desde hace diez años mi respuesta siempre es la misma: «Sí, Don Juan Carlos debe abdicar. Cuando cumpla 100 años».
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
ZOOM
CARMEN RIGALT
Yo también llevo velo
NO TENÍA pensado meterle mano al velo, pero yo no voy, que me llevan, y ahora me toca el turno. Espero que sea despedida y cierre: no conviene dramatizar más. En uno y otro lado de la barricada hay tópicos manufacturados que ayudan a apuntalar la argumentación. Lo malo de los tópicos es que se apuntalan a sí mismos con premisas gruesas y dogmáticas. En lo del velo funciona mucho la enmienda a la totalidad, y cuando alguien sube a ese carro, todo vale. Se empieza recordando que los españoles, allá donde fueron, hicieron lo que vieron (para que tomen nota los moros) y se termina inventando Ligas Norte y alcaldes de Vic.
Las opiniones que han circulado a propósito del velo suelen estar inspiradas por un lado en la rabia, y por otro, en el paternalismo fácil. Y así como hace unos años se dio en echar la culpa de todo a la mentalidad progre de los viejos sociatas, ahora se le echa al «buenismo», la doctrina emanada de ZP. Sin embargo, las muletillas no cambian las cosas. Si queremos hacer cruzadas de un tema menor, las haremos, pero el tema seguirá siendo menor. Salvo que los cruzados tengan a bien analizar desde cuándo, cómo y por qué, el uso del velo en el islam ha pegado un subidón.
Todos los argumentos tienen sus contraargumentos. Cuando surgió la polémica del colegio de Pozuelo de Alarcón, los políticos se vieron obligados a pronunciarse. Había tantos cabos sueltos, tantos argumentos y contraargumentos, que más de uno se vio pillado. Fue el caso de Esperanza Aguirre, quien, intentando poner cordura en el asunto, se llevó por delante a las monjas. En los espacios donde no está permitido el hiyab, tampoco pueden llevarse tocas, vino a decir ella. Pobres monjas. Toda la vida viéndolas en nuestras aulas y ahora resulta que son improcedentes. ¿Qué hay de malo en respetar el hiyab, la toga y hasta la boina? Pretendiendo minimizar el problema, el ministro de Justicia dijo hace unos días que el hiyab era como una medalla de la primera comunión. Ganas de enredar, o sea.
El atuendo es libre. Todos nos vestimos de acuerdo a nuestras creencias, nuestra cultura y nuestros gustos. Bien está que, por cuestiones de seguridad, no dejen a la gente andar por la calle con escafandra o burka. No es el caso que nos ocupa, pero si así fuera, tarde o temprano Rubalcaba se erigiría en Esquilache y obligaría a dar la cara.
Los colegios públicos deben consentir el velo y si no, imponer el uniforme, que evitaría esos problemas y algunos más, todavía pendientes.
Etiquetas: Firmas





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