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sábado, 15 de mayo de 2010

EDITORIALES: El día en que Garzón perdió su estrella / Tras el recorte, las reformas estructurales




El día en que Garzón perdió su estrella

Zapatero embusteroLO ÚNICO que podía hacer ayer el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) es lo que hizo: suspender a Garzón tras el auto en el que el Supremo le sienta en el banquillo por prevaricación. El CGPJ se limitó a aplicar la ley, lo que explica -más allá de interesadas fantasías sobre abruptas divisiones- la unanimidad en la decisión.

Garzón estuvo maniobrando hasta el último minuto para evitar lo inevitable. Ayer mismo por la mañana, su abogado presentó un escrito en el Supremo pidiendo la anulación del auto de apertura de juicio oral, que no es recurrible. Lo ha intentado todo para eludir esa suspensión que pone fin de momento a 22 años en la Audiencia Nacional, en los que ha pasado de ser un joven magistrado desconocido a una superestrella mediática. En congruencia con su trayectoria, ayer organizó una salida teatral de la Audiencia, jaleado por un grupo de incondicionales.

Lo cierto es que Garzón ha rendido buenos servicios a la Justicia pero también se ha pasado muchas veces con esa «imaginación creativa» de la que le acusaba Luciano Varela en su auto y que él mismo reivindicó hace unos días. Garzón ha tentado en demasiadas ocasiones a la suerte con interpretaciones de las leyes que se apartaban del Derecho y de sus principios hasta que el Supremo ha empezado a decir basta.

Lo primero que hay que señalar es que, contra lo que afirman tercamente sus propagandistas, Garzón no se va sentar en el banquillo por investigar los crímenes del franquismo sino por haber vulnerado la legalidad vigente y haber realizado unas actuaciones para las que no tenía competencias en pos del brillo mediático.

Tampoco es cierto que Garzón haya sido víctima de una campaña de la extrema derecha. Ni Varela, el juez que instruye esta causa, ni Martínez Arrieta, que rechazó la recusación y al que también ha acusado de vulnerar sus derechos, son conservadores. Más bien, todo lo contrario.

Los miembros de la Sala de lo Penal del Supremo que han intervenido en este caso se han limitado a aplicar la legalidad en sus resoluciones, lo que tiene gran mérito en medio de la campaña de insultos e intimidación de la que han sido objeto. Una campaña en la que han participado ministros del Gobierno, dirigentes sindicales y medios de comunicación. En su persistente afán de confundir deseos con realidades, un periódico todavía titulaba ayer que el CGPJ se había roto «en dos» a la hora de suspender a Garzón. Sí, el CGPJ se rompió en dos partes: la mitad votó a favor de la suspensión y la otra mitad, también, porque hubo unanimidad absoluta.

Garzón no puede ejercer como magistrado mientras esté pendiente de juicio, pero volvería a su puesto si saliera indemne de los tres procesos que tiene abiertos. Sea como fuere, los importantes casos que ha acaparado y los muchos errores que ha cometido plantean la conveniencia de acotar el ámbito de competencias de la Audiencia Nacional o ampliar su número de juzgados, a todas luces insuficiente para la cantidad y la envergadura de las causas que instruye.

Nada será probablemente igual en la Audiencia Nacional tras la salida de Garzón, que ha aprovechado su posición para lograr protagonismo mediático y fortuna. Ahora sólo le queda el recurso de marcharse a La Haya como asesor de su amigo, el fiscal Moreno Ocampo, si es que se lo permite el CGPJ, que ayer aplazó su decisión. Ello corrobora lo mucho que han cambiado las circunstancias en muy poco tiempo. De momento, Garzón se ha quedado sin juzgado, lo que equivale a decir sin el inmenso poder sobre las vidas y haciendas de mucha gente del que había disfrutado y abusado durante dos décadas y gracias al cual ha brillado como una estrella del espectáculo.

Tras el recorte, las reformas estructurales

EL ENÉSIMO desplome de las Bolsas y del euro de ayer llevan pensar que la situación económica en Europa está peor de lo que parece. La jornada transcurrió entre una sucesión de datos negativos que fueron acelerando la caída de los mercados de renta variable y de la moneda única. Al final, el índice europeo Eurostoxx 50 perdió un 4,7% y el Ibex volvió a ser el más castigado de la región al perder un 6,6%. El primer dato que sorprendió a los mercados fue la inesperada caída de la inflación subyacente -que mide la tendencia de fondo de los precios quitándole factores volátiles como el petróleo- de abril en España, lo que despertó dudas en los mercados del continente. Este descenso puede anticipar un menor crecimiento de la economía por la atonía del consumo privado y, sobre todo, vuelve a poner sobre el tapete el riesgo de la deflación en Europa. Así, el temor ahora de los inversores es que las drásticas medidas de ajuste económico que están aplicando los países de la zona euro -con mayor o menor urgencia todos necesitan reducir sus déficits- frenen considerablemente el crecimiento económico en la región. La puntilla la pusieron unos datos muy positivos de producción y consumo en Estados Unidos, que indican que su economía crece más que la europea y por encima de las expectativas. Como consecuencia, el euro cotizó en los 1,23 dólares, nivel que no había tocado desde abril de 2006.

Como ha ocurrido en las últimas semanas, España fue el país más arrastrado por la impetuosa corriente vendedora. ¿Es posible que la situación sea tan grave que el mayor recorte social de la democracia no haya servido para nada? Desafortunadamente, los mercados están diciendo que es posible que no basten. Las duras medidas de ajuste anunciadas por el presidente Zapatero el pasado miércoles han sido un principio de solución y van bien encaminadas, pero a la larga no resolverán los problemas de fondo de la economía española y a la corta frenan el crecimiento y la creación de empleo, como reconoció ayer el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa. La recuperación se tiene que basar en las reformas estructurales que todavía están encalladas y la más urgente es la laboral. Ahora más que nunca, sindicatos y empresarios tienen la obligación de llegar a un acuerdo que permita acelerar la creación de empleo neto. Ya no hay excusas y si no se consigue en el plazo previsto -final de mayo- el Gobierno deberá emprender esa reforma de manera unilateral, tal y como avisó Zapatero a CEOE, UGT y CCOO en las reuniones del pasado jueves.

Mientras tanto, el país necesita calma social y política. La situación es muy seria y los partidos y los sindicatos deberían tener el suficiente sentido de Estado para no echar más leña al fuego. Los sindicatos deben pensarse mucho la magnitud de las movilizaciones de protesta -y no digamos la convocatoria de una huelga general-, que no tienen ningún viso de prosperar porque al Gobierno la UE no le va dejar volver atrás en su política económica.

El Mundo en dos minutos

Garzón, un simple mortal

Zapatero embustero

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