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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

jueves 29 de abril de 2010

FIRMAS: ´Luis María Anson, Isabel San Sebastián, Joseba Arregi, Carmen Rigalt

CANELA FINA

luis MARÍA ANSON

A las puertas de una noticia grave para el sistema financiero

PUERTAS al campo. Uno de los financieros más sagaces de la vida española ha dicho entre bastidores: «Atención, estamos a las puertas de un accidente de extremada gravedad en el sistema financiero». Como no he podido contrastar la noticia que viene, dejo a los lectores de EL MUNDO la especulación sobre asunto tan sabroso y alarmante. Que «nunca un español dilata / la muerte a quien le maltrata, / ni da a su venganza espera…» Palabra de un fraile, coño, que se firmaba Tirso y encima de Molina. Intelligenti pauca.

En todo caso, el accidente que todos esperábamos se ha producido ya. Rozamos los 5.000.000 de parados. Los maquillajes zapaterescos de nada sirven a estas alturas de la película monclovita. C. Segovia y M. Cruz han tenido el acierto de resumir en este periódico las diez declaraciones escupidas por José Luis Rodríguez Zapatero, desde el año 2008 hasta ayer mismo, anunciando la recuperación económica y la disminución del paro. El presidente y sus asesores, inasequibles al desaliento, dan largas a la situación para llegar a las elecciones generales sin tomar las medidas que exige a gritos la crisis económica. Zapatero no quiere comprometer ninguna de sus bolsas de votos con la ineludible reforma laboral y el recorte de las prestaciones sociales.

Lo que ocurre es que el problema no sólo lo tiene en España, sino, sobre todo, en Bruselas. Europa intervendrá en los Presupuestos Generales españoles para el año 2011. Ni una broma más. Alemania y Francia no quieren contemplar el derrumbamiento del euro por las veleidades griegas, portuguesas o españolas, naciones que viven un 20%, tal vez un 30% por encima de sus posibilidades. Grecia es asumible para el poderío europeo. España, no. España es la décima potencia económica del mundo. La política de ocurrencias y disparates de Zapatero puede fragilizar la estabilidad de toda Europa. Ángela Merkel, sobre todo, analiza minuciosamente la parálisis zapatética y no tolerará ni más ligerezas ni más improvisaciones. Zapatero tendrá que engullir muchos sapos. Los principales dirigentes europeos le consideran un pardillo ignorante, encumbrado en el poder por una anécdota interior del PSOE y por la torpeza del partido de la oposición. Si España no disfrutara de la zona euro, Zapatero habría desbocado la inflación y estaríamos hoy en un corralito tipo Argentina.

Asistimos, en fin, a la peladura de barbas del vecino. Las nuestras todavía no están a remojo. Pero el Gobierno camina a brincos sobre el filo de la navaja, entre la pirueta y el aspaviento. Cualquier incidente puede provocar la caída. Y hay quien anuncia con información privilegiada que estamos en puertas de un accidente de extrema gravedad para el sistema financiero español.


Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española

LA TRASTIENDA

ISABEL SAN SEBASTIÁN

Zapatero I el Infausto

LA HISTORIA apoda a los gobernantes con el rasgo más característico de su personalidad o de su mandato: Pedro I el Cruel, Alfonso X el Sabio, Felipe IV el Hermoso, y así sucesivamente. ¿Cómo pasará a la posteridad José Luis Rodríguez Zapatero, en el supuesto de que los historiadores del mañana no tengan la caridad de borrarle de nuestra memoria?

Lo primero que me viene a la mente es el calificativo de Impotente, que descarto por dos razones. Por estar atribuido ya a Enrique IV de Castilla y por su connotación sexual. La impotencia de este presidente no se refiere a sus prestaciones íntimas, que me traen sin cuidado, sino a su probada incapacidad para resolver uno solo de los problemas que padece España.

De ahí mi segunda opción: Incapaz. Incapaz de atajar una crisis económica que nos retrotrae al pasado sombrío heredado de su correligionario Felipe González, de contener la hemorragia del paro, de adecuar los gastos a los ingresos, de mostrar algo de austeridad, aunque sea por vergüenza torera, de tener una idea útil, de preservar la cohesión nacional, de mantener nuestra posición internacional y proteger nuestros mercados, de darnos algo de esperanza. ¿Cómo va a crear confianza quien vive obsesionado con corregir el pasado a costa de reabrir sus heridas? El futuro, según Zapatero, se sitúa en 1976 o más bien en 1934. Allí es donde pretende llevarnos desde que llegó al poder.

¿Deberíamos otorgarle por ello el título de Perverso? Perversas son, sin lugar a dudas, las consecuencias de su empeño: Una crispación política y territorial descontrolada, agresiones verbales y físicas al discrepante en ámbitos tan sagrados como la Universidad, deslegitimación de la Justicia, encarnada en el Constitucional y el Supremo, propiciada desde la Generalitat de Cataluña y su presidente, José Montilla, por no mencionar a los sindicatos, artistas y demás colectivos abonados a la subvención oficial. El país abierto en canal, enfrentado nuevamente a garrotazos, como en el magistral cuadro de Goya, y al borde de la quiebra. Un desastre sin paliativos.

Entonces me viene a la mente el adjetivo exacto: Infausto. «Se aplica -dice el María Moliner- a lo que constituye una desgracia, va acompañado de desgracia o la anuncia o evoca. Aciago, desdichado, desgraciado, funesto, infortunado». Eso es exactamente lo que representa José Luis Rodríguez Zapatero en la historia de esta España que antes de él fue una nación indiscutida e indiscutible: Un paréntesis de infausto recuerdo. Una desgracia.

TRIBUNA / POLÍTICA NACIONAL / JOSEBA ARREGI

Un momento clave en la lucha contra ETA

El autor denuncia que el actual discurso del nacionalismo vasco sólo condena el terrorismo en el plano ético
Observa un esfuerzo por impedir que el historial de atentados deslegitime el proyecto independentista al que sirvió

Cuando se habla de ETA, al igual que cuando se habla de sus aledaños políticos, afirmar que se está acercando un momento crucial puede resultar peligroso. Vaya por delante, pues, que la banda terrorista todavía es capaz de hacer daño y causar sufrimientos, que continúa amenazando y extorsionando, que la libertad sigue aún amenazada.

Pero todos los datos apuntan a que ETA se encuentra en la situación más difícil de su historia. Y que nadie crea que los esfuerzos de Batasuna por marcar distancias nacen de una conversión a la democracia de quienes se han dejado mandar por ETA durante tantos años. Esos movimientos son la señal más inequívoca de la debilidad de la banda.

Y esa flaqueza está conduciendo a que, por primera vez en su historia, el brazo político de ETA esté buscando fórmulas que, al menos, hagan creer que se ha separado de los terroristas. El fin de ETA puede estar acercándose bajo dos formas posibles: porque el esfuerzo de los cuerpos de seguridad del Estado consiga llevarla a la inoperancia, o porque Batasuna consiga romper radicalmente con ella, dejándola herida de muerte.

El momento en el que estamos es clave porque puede ser malinterpretado por las fuerzas democráticas, por las fuerzas no nacionalistas vascas. Y para no errar en la interpretación de lo que requiere el presente, es preciso recordar la historia reciente. Si algo ha marcado esa historia es la decisión adoptada por el Estado de luchar contra ETA con todos los medios a su disposición dentro del Derecho y la ley. Fruto de esa decisión ha sido la caída del mito de la imbatibilidad de la banda, la asunción por la sociedad vasca de que la pregunta no es si, sino cuándo desaparecerá ETA. Se rubricó el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, la Ley de Partidos Políticos, la ilegalización de Batasuna bajo todos sus ropajes y su confirmación por el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.

La consecuencia, a su vez, de todos estos acontecimientos de gran importancia en la lucha contra ETA ha sido que el nacionalismo vasco ha ido reconvirtiendo su discurso para adaptarlo a la nueva situación. El nacionalismo vasco llega a la situación de la posible desaparición de ETA con un discurso bien hilvanado, con una narrativa elaborada, con una argumentación pulida. Malo sería que la democracia constitucionalista no supiera responder a la nueva situación con un discurso, con una narrativa, con una argumentación no igual, sino superior a la del mundo nacionalista.

Estos son los elementos clave del discurso nacionalista: después de haberse cansado de afirmar que sólo el reconocimiento del derecho de autodeterminación y de la territorialidad posibilitarían que ETA abandonara la lucha armada, han dado un salto mortal, del que nadie les pide cuentas, y afirman ahora que es ETA la que impide la consecución de esos derechos, de autodeterminación y de territorialidad. Afirman que la desaparición de los violentos es la condición para la consecución de ambos derechos. Han dado totalmente la vuelta a la tortilla sin esforzarse lo más mínimo en explicar el porqué.

Ese giro radical de 180 grados va acompañado, especialmente en el ámbito del llamado nacionalismo moderado, por el argumento, en apariencia intachable, de que todos podemos estar de acuerdo en la condena ética de la violencia y del terror de ETA. Y el conjunto del nacionalismo añade así que, una vez condenado el terror violento en el plano ético, el Estado español como Estado de Derecho y su Constitución pueden ser puestos entre paréntesis y rechazados, siempre que esa repulsa y cuestionamiento se hagan por medios pacíficos.

La consecuencia de esta triple argumentación, de ese discurso sobre tres pilares es clara: ETA es un estorbo para conseguir lo que ETA siempre ha querido. Afirmando lo anterior, y dotándole del valor moral de condenar la violencia terrorista sobre bases éticas, se inmunizan los fines de la banda. Y esta hace suyo el acervo nacionalista ante cualquier crítica política: nadie puede tratar de deslegitimar el proyecto nacionalista, puesto que el rechazo de la violencia sólo se debe hacer desde un plano ético, de forma que en el plano político incluso el proyecto de los criminales es defendible. El uso de la violencia ha pasado por el programa político del nacionalismo sin romperlo ni mancharlo. No ha dejado ninguna huella en él. En el plano político podemos pasar de la desaparición de ETA a la afirmación de que, en la realidad de la dimensión política, nunca ha existido. No sólo puede desaparecer ETA, sino que desaparecen todas las consecuencias que acarreaba.

Es muy importante que la democracia española sepa argumentar hábilmente contra esta nueva situación. No basta ya la hasta ahora adecuada frase de «bombas o votos», pues la argucia que está preparando Batasuna -con una inestimable ayuda internacional, ámbito en el que ha sabido manejarse mucho mejor que el Gobierno-, es la de distanciarse del próximo atentado etarra pero sin atreverse a condenar su historia de violencia terrorista. Y si no hay rechazo de ese sangriento currículo, los asesinados bien asesinados estarán. ETA habrá triunfado sin ETA.

La aparente altura moral de una condena ética de la violencia terrorista esconde la ambición de impedir que esa violencia deslegitime el proyecto a cuyo servicio ha sido ejercida. Es verdad que ETA no es consecuencia directa ni querida del nacionalismo del PNV. Sin embargo, también es verdad que una vez surgida ETA y tras su decisión de usar sistemática y estructuralmente el terror y el asesinato, el PNV no ha sabido ni legitimar el marco constitucional-estatutario que le ha permitido gobernar, abriendo así las puertas a las críticas de los violentos, ni tampoco ha sabido formular su nacionalismo separándose no sólo de los medios sino también de los fines de la banda -como reclamaba Ardanza en septiembre de 1987 en el Parlamento vasco-. Es más: violencia y fines políticos quedaban estructuralmente unidos en el plan Ibarretxe -por la paz y la convivencia-, que ha estado en contra de todas las medidas efectivas de lucha contra los terroristas, además de justificar indirectamente su causa afirmando que su existencia se debía a la existencia de un conflicto político en el País Vasco.

Por todo eso la condena de ETA debe ser política, y reafirmar que los fines por los que ha matado son inaceptables en democracia, que no son metas legítimas aunque pudieran ser legales para una Constitución que, si de algo peca, es de ser demasiado liberal en este terreno.

ETA ha matado porque rechaza el pluralismo en el seno de la sociedad vasca. En eso consiste su totalitarismo. Pero el mismo problema tiene el llamado nacionalismo democrático: exige el derecho a decidir sólo para los nacionalistas, que saldrían victoriosos -al menos el 50% más un voto- de un referéndum de autodeterminación. Eso es lo que para ellos significa el derecho a decidir.

En Alemania no se puede ser nacionalista como los nazis. En España no se puede ser centralista como Franco. Y en el País Vasco no se puede ser nacionalista como ETA. Es el PNV quien tiene que formular su nacionalismo de forma radicalmente distinta al de la banda terrorista, no sólo respecto a los medios sino también a los fines. Es el Estado de Derecho el que es preciso defender y legitimar. Es la cultura constitucional la que está en juego y con ella la libertad de los individuos. Ni más ni menos. No nos equivoquemos ni rebajemos las exigencias ahora que puede estar llegando la hora de la verdad.


Joseba Arregi es ex diputado del PNV y autor de numerosos ensayos como Ser Nacionalista y La nación vasca posible.

ZOOM

CARMEN RIGALT

El ministro que sabe latín

LA GENTE cambia bastante con los años. No siempre es síntoma de evolución, como tampoco es síntoma de rectitud ser fiel a los ideales de toda la vida. Depende.

A veces, perseverar en las mismas ideas no indica coherencia sino burrez. En fin. Tómenlo ustedes como quieran. Hoy sólo pretendo hablar de los hombres con afán de superación. En realidad ya estoy hablando del ministro de Fomento.

El otro día vi a José Blanco y me acordé de cuando era Pepiño. Él mismo se encargó de refrescarme la memoria con una diatriba contra la Falange, esa cosa sepia y estrafalaria que nos da tanta grima. A Blanco le salió el ardor guerrero del militante que lleva dentro y se puso chulángano con el PP. Fue un gesto oportunista pero excepcional, porque el nuevo José Blanco ha cambiado mucho, y no precisamente de chaqueta.

Ahora es el hombre que empezó a ser cuando abandonó la secretaría general del PSOE. Sin darnos apenas cuenta, ha crecido en estampa, ha pausado la voz y poco a poco ha ido adquiriendo tics de hombre de Estado. Hasta se le ha puesto cara de infraestructura.

Me pregunto cómo ha conseguido Blanco imponerse a su pasado y ahuyentar chistes y esperpentos.

Mira que es difícil driblar la fama demoledora que esparcimos los medios de comunicación. Pues bien. El ministro ha sabido esquivarla. Realmente parece otro. Incluso ha corregido los vicios de sus cacofonías con denominación de origen, cuando decía «conceto» por concepto y no había manera de tomarlo en serio.

Que no se me enfaden los gallegos: después de medio siglo, yo todavía digo «Madrit».

José Blanco ha alcanzado a Castelar, en cambio pero yo sigo en Mary Santpere.

Recuerdo cuando Blanco venía a los actos conmemorativos de EL MUNDO. Era de los pocos sociatas que daba la cara. Solía llegar en compañía de Trinidad Jimenez, anfitriona del té con pastas que alumbró la Nueva Vía, hoy rebautizada como Vía muerta porque en ella duermen algunos nombres boicoteados por ZP, como Jordi Sevilla o Caldera. Pero Blanco destaca.

Él es la gran sorpresa, el hombre que entra en el futuro a la velocidad de crucero del Ave. Pepe Blanco sabrá mucho gallego, no digo que no, pero lo que más sabe es latín.

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