EL PP PRESENTA A ZAPATERO NO YA COMO INCAPAZ para hacer frente a la doble crisis, económica e institucional, sino como su principal detonante

MARISA CRUZ / Madrid
El PP adereza la crisis económica con el conflicto entre instituciones
La estrategia de ataque se ha ido perfilando en las dos últimas semanas y ya se pasea abiertamente por el Hemiciclo. Los populares han hecho presa, como se temía el Gobierno, y no dudan en sumar a los males económicos los males institucionales, presentando a Zapatero no ya como incapaz para hecer frente a la doble crisis, sino como su principal detonante.
Los socialistas, Gobierno incluido, llegaron ayer a la sesión de control en el Congreso de los Diputados preparados para hacer labor de contraataque, aún a sabiendas de que insistir en el caso Gürtel ya impresiona poco.
El líder del PP, Mariano Rajoy, optó por automarginarse de la faena y enfocó su pregunta a Zapatero sólo por el lado económico. Lleva haciéndolo así desde hace meses, una y otra vez. Rajoy machaca con el déficit, el paro, la deuda y la prima de riesgo país. Lo suyo es jugar sobre seguro, sobre todo porque los datos siguen sin dar apenas respiro al Ejecutivo por más que el presidente del Gobierno se empeñe, como ayer, en presentar una catarata de cifras de segundo orden en las que puede empezar a apreciarse algún viso de broteverde.
Rajoy dejó el terreno libre a su número dos en el Congreso. La portavoz de los populares, Soraya Sáenz de Santamaría, no vaciló a la hora de explorar nuevos campos de batalla y lo hizo enfrentándose a la vicepresidenta segunda, Elena Salgado, quizá la menos preparada para responder a la estrategia de la doble crisis.
Sáenz de Santamaría recogió el hilo económico que había dejado Rajoy y lo enrolló para presentar una bobina compacta. Empezó con las apabullantes cifras del paro (4,6 millones) y terminó con la crisis institucional.
«España», dijo la diputada del Partido Popular, «hoy más que nunca, necesita instituciones fuertes, políticas creíbles y reformas valientes, y ustedes», acusó, «cuestionan las instituciones, improvisan las políticas y boicotean hasta sus propias reformas».
Salgado intentó acotar los reproches al terreno económico, quizá porque ayer la vicepresidenta segunda sólo tenía la cabeza puesta en la crisis griega y en las graves repercusiones que está teniendo para la credibilidad económica de España.
«Nuestra estabilidad institucional», dijo tras un largo titubeo, «es lo que nos diferencia fundamentalmente de Grecia, y la calidad de nuestras estadísticas».
Elena Salgado, además, para defenderse, recordó que si bien es cierto que «todos los ojos», como dijo Sáenz de Santamaría, están pendientes de lo que haga y diga el Gobierno, no es menos verdad que «todo el mundo mira también a la oposición».
Una oposición, que, en opinión del Ejecutivo, tal y como precisó la vicepresidenta segunda, no sólo peca de «incoherencia» en las recetas que propone, sino que además, «en momentos delicados, parece el peor enemigo de la recuperación económica».
En la sesión de ayer, ningún representante del PP había presentado cuestión alguna ni para el ministro de Justicia, Francisco Caamaño, ni para la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, que en esos momentos aterrizaba en Madrid procedente de Nueva York.
A falta de ambos, fue el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien aprovechó para dejar constancia durante su intervención -a cuenta, una semana más, de una pregunta sobre el caso Faisán-que el Gobierno está dispuesto a contrarrestar el ataque del PP recordando cuantas veces sean necesario la actitud del primer partido de la oposición en relación «con los fiscales y los jueces que les afectan y con la Policía que les investiga».
«Yo lo recuerdo», precisó Rubalcaba, «porque todos los días me toca salir a defender el Estado de derecho y de eso es de lo que hablamos aquí la semana pasada, no porque me preguntaran a mí, sino porque preguntaron a muchos ministros [hubo hasta media docena de preguntas referidas a los ataques al Tribunal Constitucional y al Tribunal Supremo]. Hablamos exactamente del funcionamiento del Estado de derecho, de eso que ustedes no hacen sistemáticamente: de fortalecerlo».
BARRA BRAVA EN EL CONGRESO
DAVID GISTAU
A paro batiente
El PP se propuso ayer extirpar del parlamento la barahúnda guerracivilista y demás operaciones de agit-prop que hierven en la calle para volver a fijar el debate en la economía. Hubo de bregar con la querencia evasiva del presidente Zapatero, quien sin duda preferiría pasar los próximos dos años calibrando si el PP es una reminiscencia franquista en vez de enfrentarse a ese retrato de Dorian Gray nacional que es su legado: el aumento del 37% del déficit, el del paro a más allá del 20%, el derrumbe de la Bolsa, los miedos a estar en la misma cordada que Grecia y la desconfianza que obliga a España a caminar por los mercados internacionales con una campanilla como la del leproso. Cuando los asuntos debatidos incurren en el fatalismo prosaico e impiden llamar facha a nadie, el Gobierno aparece hundido en una indefensión argumental penosa que apenas redime el hábito, cada vez más instalado en la bancada socialista, de intentar sabotear con ruido las preguntas de Soraya Sáenz de Santamaría.
¿Y cómo se simula la indefensión? ¿De qué manera se refutan datos tan demoledores como los que expuso Rajoy en un zurriagazo estadístico? «Usted ha tocado suelo», culminó el líder de la oposición. Zapatero, quien no en vano, además de un optimista panglossiano, es lo que Carmina Ordóñez habría llamado «un desahogado», primero vertió una información económica tan maquillada que Rajoy le acusó de «mentir» en sede parlamentaria antes de modificárselos. Luego, aseguró que el paro ya no subiría más, no porque manejara informes que permitan compartir su esperanza o porque vaya a sustituir con otras recetas las que ya han fracasado, sino simplemente porque ésa parece ser su voluntad: como a un vendedor de crecepelo, poco le queda ya salvo la retórica milagrera. Más floja aún estuvo la ministra Salgado cuando intentó replicar a Sáenz de Santamaría, que la acusó de no tener política económica, de haber sumido a sus colaboradores en una confusión en la que unos y otros se contradicen, y de haber llevado el paro a unas cuotas de las que no lo bajará «ni la ley de la gravedad». Salgado se encasquilló y avivó la hilaridad de la Cámara cuando, mientras repasaba apuntes sin encontrar lo que buscaba, procuró señalar en qué está resucitando la economía española: «Vamos mejor en… Eeehhh…. Eeehhhh». Y nada hubo. Como se dejó intactos 37 segundos de los que disponía, hay que concluir que el inventario de estos nuevos brotes verdes no da ni para dos minutos y medio de exposición.
La matinal al menos sirvió para descubrir un nuevo personaje volcánico y vehemente: el secretario de Estado de Comunicación, Félix Monteira. Es el encargado de vender el mensaje del Gobierno y de lubricar las relaciones con la prensa, y el hombre se empeña con pasión a su tarea: forma corrillos, moldea opiniones, y todo en un tono furioso y malhablado por el que parece siempre estar echando una bronca a su interlocutor. Como dijo un periodista, recuerda al tipo del chiste que entra en una librería: «¿Me da el libro de cómo hacer amigos, caraculo?». Los que ya han viajado con él recuerdan frases de antología como ésa de que a él el Constitucional le «llena de resquemor los cojones» y que todo se arreglaría si Casas tuviera «ovarios para hacer valer el voto de calidad». Bienvenido





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