EDITORIALES: El oportunismo del PSC deja sin aire a Zapatero... ...y los mercados le estrangulan con su desconfianza

El oportunismo del PSC deja sin aire a Zapatero...
ZAPATERO apareció ayer ante los ciudadanos como un presidente al borde de la asfixia política. Su imagen que hoy ilustra nuestra portada, captada en el Senado, es lo suficientemente explícita. De puertas afuera trató de minimizar la crisis que vive el país a todos los niveles y se limitó a señalar que ha percibido «una cierta sensación de conflictividad institucional», pero la tensión y el estrés se reflejaban en su rostro.
El oportunismo del PSC volvió a dejar ayer en evidencia al presidente del Gobierno. Y es que, un día después de que María Emilia Casas, presidenta del Tribunal Constitucional, denunciara la «intolerable campaña de desprestigio» que sufren pilares básicos del Estado, sólo un día después de que pidiera «respeto» para la institución y que apelara a la «concordia» como clave para la convivencia, el presidente de la Generalitat de Cataluña le respondía con un corte de mangas. Sólo así cabe interpretar el anuncio de Montilla de que presentará una resolución en el Parlamento autonómico, que luego trasladará a las Cortes, en la que exige al Alto Tribunal que se declare incompetente para resolver la sentencia sobre el Estatuto. Eso es tanto como pedirle que se haga el haraquiri -como si se tratara de las Cortes franquistas-, porque desde el mismo momento en que el Constitucional se inhibiera perdería su propia razón de ser.
El jaque mate que plantea Montilla al Constitucional de la mano de Artur Mas volvió a tener ayer una tibia respuesta por parte del Gobierno. Ya hemos dicho que Zapatero prefirió mirar hacia otro lado pese al grave conflicto institucional que vive el país y que explica que la presidenta del Constitucional haya tenido que salir al paso con una declaración insólita. En la misma línea que el presidente, el ministro Caamaño se limitó a decir que las fuerzas políticas «están en su derecho de realizar, por los cauces procedimentales establecidos, las peticiones que estimen pertinentes», como si aquí lo trascendente fueran las formas y no el desafío intolerable que socava uno de los cimientos de nuestra democracia.
En similares términos se expresó el portavoz de los socialistas en el Congreso, Alonso, que se limitó a añadir que los votantes del PSOE pueden confiar en que, si la declaración promovida por Montilla llega a la Cámara Baja, el Grupo Socialista se atendrá a la disciplina de voto. Pero el conflicto que vive el PSOE en su seno con el PSC, y que ha acabado contagiando al resto de la vida pública por las continuas cesiones al nacionalismo, no es una cuestión que pueda resolverse con la aritmética.
Zapatero -y con él, España- empieza a recoger los frutos amargos de las semillas que sembró. Apadrinó un Estatuto claramente ilegal que ha acabado abocando al Tribunal Constitucional a la peor crisis de su historia; consintió a Montilla que compitiera en nacionalismo con CiU y ERC y, lejos de apaciguar el soberanismo, asistimos a referendos sobre la independencia de Cataluña un día sí y otro también; jaleó una Ley de Memoria Histórica que igual sirve al asesino de Bultó para reivindicar el papel «propagandístico» de Terra Lliure, que Garzón lo utiliza de coartada para cuestionar la Ley de Amnistía y la Transición entera, con la peligrosísima derivada que ha tenido después, debido a la disparatada campaña contra el Tribunal Supremo, al que se acusa de franquista por haber imputado al juez por prevaricación.
El lío en el que el presidente ha metido al país coincide además con una profunda crisis económica, y lo peor es que Zapatero está demostrando que no tiene recetas para combatir ninguno de esos males.
...y los mercados le estrangulan con su desconfianza
AL GOBIERNO se le ha ido de las manos la solución a los problemas económicos del país. Dos cifras demoledoras conocidas ayer muestran hasta qué punto la inacción del Ejecutivo está perjudicando la salida de la crisis. La primera es la subida del paro al 20,05% de la población activa -dato oficioso de momento por un error informático del INE- en el primer trimestre del año, lo que supone que 4,61 millones de españoles quieren trabajar y no encuentran dónde. La segunda es la imparable ascensión del déficit público, que creció un 15% en los tres primeros meses respecto al mismo periodo del año anterior. Algo muy peligroso si se tiene en cuenta que el Gobierno tiene previsto reducir del 11,4% al 8% el déficit este año y en la primera parte no sólo no lo rebaja, sino que lo aumenta a pesar de la subida del 5,5% de la recaudación por impuestos; y aún falta por contabilizar el déficit de autonomías y ayuntamientos, que pueden suponer casi otros dos puntos de PIB.
Sin medidas extraordinarias, que no se ven, es imposible recortar 50.000 millones en tres años, como ha prometido el Gobierno. Estos datos de desempleo y déficit ya serían extremadamente preocupantes por sí solos, pero si se suman a la gravedad de la situación internacional se entiende que ayer la prima de riesgo que exigen los mercados para invertir en España y el seguro contra el impago de la deuda (CDS) alcanzaran máximos históricos y que la Bolsa cayera un 4,19%, por encima de otros mercados de valores europeos.
Es ahí hacia donde hay que apuntar el foco del análisis, más allá del comentario de unos datos coyunturales. El Gobierno ha perdido la credibilidad dentro y fuera de nuestras fronteras. Zapatero ha consumido ya la mitad de la legislatura y no ha tomado ni una sola medida eficaz en la lucha contra la recesión. Sólo ha aplicado cataplasmas de incremento de gasto que lo único que han conseguido es elevar el déficit y, por lo tanto, aumentar la deuda para sufragarlo. La Ley de Economía Sostenible es un fiasco que nadie se ha creído; el pacto de Zurbano se ha quedado en una serie de medidas de menor calado, algunas interesantes si se quiere, pero superficiales; la reforma laboral está enmarañada por unos sindicatos cómplices que tienen al Ejecutivo rehén de una supuesta paz social. Y la reforma financiera se encuentra entrampada, sobre todo, por unas comunidades autónomas que no quieren perder el control de las cajas de ahorro. Ayer vimos en el Senado el último ejemplo de la impotencia de Zapatero, cuando su respuesta a la pregunta del senador del PP Pío García Escudero sobre las cifras de desempleo fue un «no se ha perdido protección social» y «el paro ha llegado al nivel más alto».
En el enésimo intento por lavar la imagen de su Gobierno en el extranjero, Zapatero manifestaba al diario Financial Times hace dos semanas su empeño en recortar el déficit público «cueste lo que cueste», incluso con «medidas impopulares». Pues eso es lo que piden los inversores institucionales, que aplique, al menos, una de esas medidas impopulares que tiene en la mente. El tiempo se le acaba a Zapatero. Podemos estar llegando a un punto sin retorno en el que el Ejecutivo no pueda ya convencer a nadie de que vaya a hacer reformas económicas y quede al pairo de lo que le marquen los mercados. Y estamos viendo lo que han hecho con Grecia, cuya deuda está desde ayer al nivel del bono basura.
Triple crisis: política, económica, social





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