AHORA que se discute la continuidad de la prensa de papel ante el avance arrollador de los nuevos cauces de comunicación abiertos por la tecnología. Ahora que cualquiera puede convertirse en informador sin más armas ni bagaje que un ordenador y un blog. Ahora que millares de colegas se ven abocados al paro por el durísimo castigo de la crisis a un sector, el de la comunicación, ajeno al pesebre de la Administración, hay más razones que nunca para congratularnos de que existan periódicos y periodistas libres, independientes y capaces, dispuestos a cumplir con su misión de marcar al poder muy de cerca. No es casualidad que sea este diario, EL MUNDO, quien haya desvelado las miserias de Alberto Saiz al frente del CNI. Ya hizo lo propio y sigue haciéndolo al revelar los abusos del ex ministro Bermejo en la cartera de Justicia, desmontar la tupida red de silencio tejida por el Gobierno de Felipe González en torno a los asesinatos de los GAL, desmenuzar las tramas de Filesa o Gescartera, husmear la verdad que sigue escapando al conocimiento de los españoles en todo lo concerniente a la masacre del 11-M, destapar las mentiras y ocultaciones que jalonaron la negociación del Ejecutivo con ETA o rebuscar en los cajones del senador Bárcenas elementos que expliquen su inexplicable prosperidad. Esta mancheta tiene una larga y honrosa tradición en el campo del periodismo de investigación, que, con todas las sombras que quieran adjudicársele, resulta vital para la supervivencia de una democracia cuyo vigor inicial se va debilitando con el paso de las décadas.
Es tiempo de reivindicar nuestra labor de vigilancia porque cada vez estamos más solos a la hora de llevarla a cabo. El Poder Judicial, custodio institucional de las esencias legales del sistema, fue sometido tras la reforma de 1985 a la bota política de la que sigue preso, reo de un Consejo General en el que las decisiones no se toman con criterios jurídicos sino de conveniencia política (véase, a modo de ejemplo, el caso Baltasar Garzón). Los partidos son gigantescas maquinarias electorales en las que no se premia el talento, la audacia, el valor o la lealtad, sino la obediencia, la sumisión, la docilidad y eso que algunos denominan flexibilidad y otros llamamos por su nombre: chaqueteo. La sociedad es sometida a dosis bestiales de pan y circo (¿qué otra cosa es el fútbol elevado a la categoría que ha alcanzado en la actualidad?) a fin de tenerla adormecida. Y los que mandan van a lo suyo, cazando, pescando, mintiendo, robando a manos llenas del erario público, mientras la banda sigue tocando…
EL MUNDO QUE VIENE / MICHAEL PORTILLO:
«Políticas de izquierda, como la de Obama, han convertido la deuda en una amenaza mundial»
CARGO: Ex ministro de Defensa británico, ex candidato al liderazgo 'tory' y columnista del dominical británico 'The Sunday Times' / EDAD: 56 años / AFICIONES: La ópera, los libros (fue jurado del Premio Booker) y el trabajo para ONG / SUEÑO: Que el Partido Conservador regrese al poder en el Reino Unido 12 años después
EDUARDO SUÁREZ
Como Roy Jenkins, Michael Heseltine o Denis Healy, Michael Portillo pertenece a un club prestigioso pero imaginario: el que reúne a aquellos políticos británicos que aspiraron un día a mudarse a Downing Street y pese a sus evidentes talentos nunca lo lograron. Porque hubo un día en que Portillo fue la figura más prometedora del Partido Conservador, el hombre señalado por todos para asumir el liderazgo de la derecha británica y suceder al entonces primer ministro, John Major. No lo logró ni en 1997 -cuando el tsunami que aupó a Blair lo dejó fuera del Parlamento- ni en 2001, cuando sucumbió en la carrera por el liderazgo tory frente a Iain Duncan Smith, menos carismático pero más dócil a los dictados de la derecha del partido.
Liberado del yugo de la política, Portillo se ha labrado en los últimos años una brillante carrera como documentalista, ensayista y analista político. Estos días ha estado en España como ponente en el campus veraniego de la fundación FAES. Una oportunidad para charlar con EL MUNDO sobre el futuro de la UE, la Presidencia de Obama, los errores del PP y el probable retorno de los conservadores al poder en el Reino Unido.
Pregunta.- Usted es un gran defensor del vínculo trasatlántico. ¿Se llevarán mejor EEUU y Europa con Obama?
Respuesta.- Yo veo más problemas que oportunidades porque los europeos han utilizado la Presidencia de Bush como una excusa. Y me refiero sobre todo a la renuencia de la mayoría de los países europeos a involucrarse en las intervenciones en Irak y Afganistán. Ahora tenemos a la persona que la inmensa mayoría de los europeos quería en la Casa Blanca. Un hombre que ha reforzado la misión en Afganistán y ha llamado a otros países europeos a hacer lo mismo. ¿Le han hecho caso? No. Ni siquiera el Reino Unido, que es siempre un caso aparte pero para el que aportar más tropas era ahora imposible.
P.- ¿Se arrepiente de haber votado en el Parlamento a favor de la Guerra de Irak?
R.- Supongo que sí, aunque debo aclarar que lo hice influido por personas de la Inteligencia británica que me dijeron que había armas de destrucción masiva. En cualquier caso, creo que las cosas terminaron saliendo muy mal. Sobre todo porque subestimamos el seísmo que la guerra provocó en el equilibrio de poder en la región, convirtiendo a Irán en una potencia mucho más fuerte de lo que era.
P.- ¿Actuaron Aznar y Blair de buena fe al ir a la guerra?
R.- No tengo ni idea sobre Aznar. En cuanto a Blair, siempre le animó un cierto espíritu misionero y la idea de que el Reino Unido no podía estar en ningún otro lugar que no fuera al lado de EEUU, percepción que yo comparto. Lo de las armas de destrucción masiva, supongo que se lo quiso creer porque le daban un pretexto para actuar. Que obrara o no de buena fe es algo que prefiero no juzgar.
P.- La izquierda está en horas bajas en media Europa. ¿A qué lo atribuye?
R.- Desde luego, al clima económico. Las personas tienen que hacer cambios en sus propias vidas. Pierden sus empleos o asumen bajadas de sueldos. Y esos ciudadanos que tienen que hacer sacrificios no entienden por qué los funcionarios o las empresas públicas son inmunes a esos mismos problemas, ni por qué los gobiernos se endeudan hasta los dientes mientras ellos tienen que ser más austeros. La gente tiene problemas con sus deudas y esto hace que las políticas clásicas de la izquierda empiecen a estar cada vez más desacreditadas. Políticas, por cierto, como las de Obama, que suponen una amenaza para todos nosotros. Este año está tomando prestado un 13% del PIB, lo que elevará la deuda pública de EEUU hasta el 80%. Lo contrario de lo que hace Alemania, que quiere restringir sus niveles de deuda, equilibrar sus presupuestos y tomar el camino de vuelta del despilfarro de los últimos años. Las políticas de Obama son las opuestas a las de Angela Merkel y a las que muy probablemente aplicará el Reino Unido tras las próximas elecciones.
P.- ¿Qué le parece la decisión del líder conservador británico, David Cameron, de separarse del Grupo popular y crear un grupo propio en el Parlamento Europeo?
R.- Es algo que no me quita el sueño. David Cameron tenía que elegir entre estar en un grupo con partidos que tenían una perspectiva federalista del proyecto europeo y aliarse con partidos que de alguna manera podrían ser vistos como excéntricos. Ninguna de las situaciones era buena, pero Cameron ha acabado con lo que él creía que era una situación insostenible: sentarse con partidos con los que no compartía su visión de la UE.
P.- ¿Parece más euroescéptico de lo que es?
R.- No. Cameron siempre ha sido una persona euroescéptica. Lo que no significa que cuando sea primer ministro no vaya a comprometerse en los asuntos europeos. Estoy seguro de que será un primer ministro que se implicará sobremanera en las negociaciones y de que tendrá buenas relaciones con sus colegas, pero desde luego no hará avanzar a la UE hacia una unión más estrecha.
P.- ¿Le gustaría que Tony Blair fuera el primer presidente de la UE?
R.- Preferiría que no hubiera nunca uno, pero si se aprueba el Tratado de Lisboa y hay que encontrar a alguien para el cargo supongo que Blair sería una buena elección. Es un tipo carismático, eficiente y quizá lo más importante: es un hombre famoso en todo el mundo. Y es probable que la UE quiera inaugurar el cargo con alguien famoso. Por supuesto, hay algunas cosas que juegan en su contra. Cuando era premier y tuvo que elegir entre Europa y EEUU, por ejemplo, eligió EEUU, y eso no se ha olvidado. Y fue una de las personas que lideraron una guerra controvertida.
P.- ¿Blair en Bruselas ganaría más adeptos para la causa de Europa en el Reino Unido?
R.- No lo creo. Entre otras cosas porque los británicos se cansaron de Blair. En cierto modo le echan de menos porque era más carismático que Gordon Brown, pero me da la impresión de que es un vendedor al que la gente ya no le compraría nunca nada.
P.- ¿Sobrevivirá a Blair el nuevo laborismo o el partido abandonará el centro político?
R.- Es una muy buena pregunta. Si el laborismo pierde los próximos comicios, es muy posible que el partido se derrumbe. Y si eso sucede será muy difícil que gane las elecciones siguientes, sea quien sea su líder. De todas formas, yo diría que el próximo líder será alguien como Harriet Harman, una mujer que encarna todos los valores del viejo laborismo.
P.- ¿Y no cree que Brown ya ha ido desplazando el partido hacia el viejo laborismo?
R.- Según. Lo que sí sé es que Brown no es honrado consigo mismo y que su mandato está lastrado desde el principio por una contradicción. Él está en política porque quiere ayudar a los pobres: el instinto que le guía es la justicia social. Y el proyecto del nuevo laborismo siempre ha tenido que ver con un objetivo distinto: ganar los votos de las clases medias, que son las que deciden quién gana unas elecciones en el Reino Unido. Brown ha oscilado desde el principio entre un polo y otro.
P.- Todo el mundo da por hecho que los tories volverán al poder el año que viene, pero usted es casi siempre cauto...
R.- Lo soy porque los conservadores han sufrido tres derrotas consecutivas: en 1997, en 2001 y en 2005, y por los problemas de la aritmética electoral, que siempre favorece a la izquierda en el Reino Unido. Aquí los conservadores necesitan nueve puntos más para lograr unos resultados similares a los de los laboristas. Y luego cabe decir que pese a que el laborismo ha tenido unos resultados catastróficos en los últimos comicios, los conservadores no lo están haciendo demasiado bien. Apenas tienen un 40% en las encuestas cuando Blair y Brown tenían casi un 60% en 1997. En mi opinión, es probable pero no inevitable que los tories ganen.
P.- Hay quien compara el Gobierno de Brown con el de John Major, el premier conservador que sucedió a Margaret Thatcher. Usted fue ministro de Defensa en aquellos días. ¿Le parece justa la comparación?
R.- Supongo que sí. Aunque quizá la situación es peor ahora. Nosotros éramos entonces un partido divivido. El laborismo hoy simplemente se descompone. Abandona sus políticas y sus propuestas. Es un barco a la deriva que parece haber olvidado dónde se dirige.
P.- Supongo que es difícil para un partido encarar el futuro después del mandato de un líder muy carismático. Estoy pensando en Margaret Thatcher o Tony Blair, pero también en Aznar o en Felipe González.
R.- Por supuesto, es difícil hacer esa transición y es también muy difícil sobrevivir en el poder durante demasiados años.
P.- ¿Cree que los tories podrían haber adelantado su regreso al poder o era inevitable que Blair ganara tres generales consecutivas?
R.- No lo sé. Lo que sí sé es que los conservadores estarían hoy en una situación mucho mejor para conquistar el poder si en cualquier momento y bajo cualquier líder hubieran ido ocupando el centro político.
P.- ¿Cree que tiene sentido que un partido como el PP mantenga en el cargo a un líder que ha perdido dos elecciones generales?
R.- No tengo opiniones sobre lo que ocurre en otros países. Todo lo que debo decir es que en el Reino Unido eso no sucede. Los partidos no tienen piedad de los líderes que pierden siquiera una vez en las urnas. Y no hay dudas de que Brown dejará el liderazgo laborista si pierde, como tampoco las había en los casos de los líderes conservadores William Hague (1997-2001) y Michael Howard (2003-2005).
P.- ¿No cree que para el Reino Unido después de Blair es difícil creerse a un líder carismático como David Cameron?
R.- Lo es y por eso Cameron ha cambiado el discurso en el último año. Al principio se presentaba como el heredero de Blair pero ahora ha descubierto que lo que le interesa en el fondo es ser el heredero de Margaret Thatcher. Porque al igual que ella tendrá que poner en orden las finanzas públicas a su llegada al poder y tomar decisiones muy duras. Decisiones que probablemente le convertirán en un primer ministro impopular pero que le ayudarán a ganar las próximas elecciones. Al fin y al cabo, los ciudadanos sabrán valorar que ha tomado las decisiones adecuadas y no le juzgarán por su carisma sino por su carácter y por su capacidad de tomar decisiones.
P.- ¿Y qué tipo de primer ministro será Cameron?
R.- Creo que uno mucho más radical de lo que la gente cree. Hace un año quizá habría sido una mezcla entre Blair y Harold McMillan. Hoy no tengo dudas de que seguirá los pasos de Thatcher. Y no lo creo sólo yo. También lo cree Brown, porque trata de retratarlo como un político que recortará el gasto en Sanidad y en Educación. Una línea de ataque que no parece que vaya a funcionarle porque en este asunto los medios no creen a Brown y creen que cualquier Gobierno después de las elecciones tendrá que emprender reformas para cuadrar las cuentas públicas.
P.- ¿Cree usted que la Historia será benévola con Aznar?
R.- Seguro que sí. Básicamente porque Aznar puso España en el mapa. El hecho de que estuviera en la foto de las Azores sorprendió a mucha gente y también, para bien o para mal, a muchos españoles, que vieron cómo su primer ministro estaba en un foro tan importante. Y luego está el hecho de que un partido conservador lograra gobernar por primera vez desde el fin de la Guerra Civil y ganar dos veces las elecciones, la segunda por mayoría absoluta. Por supuesto, pasó momentos difíciles pero en general el de Aznar fue un Gobierno muy eficiente.
LA POLÉMICA NACIONAL:
No mandamos a Saiz a luchar contra la canallesca
LA DIMISIÓN DEL JEFE DE LOS ESPÍAS ESPAÑOLES. La sonada dimisión, o destitución encubierta, o lo que fuese, de Alberto Saiz, director del CNI, cobra unos tintes peculiares por haber sido consecuencia directa de las revelaciones de este periódico. Algunos competidores, como en otros casos pasados, no pueden evitar colocar ese hecho por encima de otras consideraciones
VÍCTOR DE LA SERNA
El GAL no tuvo nada que ver con el Gobierno. Nadie conspiró para matar a 200 personas con varias bombas simultáneas en Madrid. Ramón Calderón presidió el Real Madrid con prístina pulcritud. Los malos, los verdaderamente malos, son esos periódicos sin escrúpulos, el sindicato del crimen como los llamaba Juan Luis Cebrián, que harían cualquier cosa por alcanzar sus siniestros fines, y a veces los alcanzan. Esa ya tradicional reacción de ciertos medios y ciertos periodistas se reproduce, claro, en el caso de Saiz. Aquí y fuera de España: lo publicado sobre el jefe de los espías, escribe Giles Tremlett en The Guardian, ha sido «propaganda negra».
«¿Es cierto que a Saiz se lo cargaron desde dentro?», preguntaba Ignacio Villa, en la Cope, al famoso ex espía Juan Alberto Perote. «Saiz se cargó a sí mismo con sus actos, aunque otros los revelasen», respondía Perote. Una respuesta sensata que no comparten los que, como poco, minimizan los abusos de los que se acusa a Saiz, reducidos caricaturescamente a «la caza y la pesca» (se saltan la contratación de la hija del juez y demás minucias, claro). Así, «los gastos privados de Saiz eran la música; la letra, el aparente descontrol interno», escribía Eduardo San Martín en ABC. «Y llegó el momento, según un alto cargo del PP, en que resultaba irrelevante si era inocente o culpable». Por su parte, Miguel Ángel Aguilar, en El País, recordaba en este contexto a William Randolph Hearst, «para quien la competencia daba noticias mientras que sus diarios las creaban»: «Hay un momento en que las noticias dejan de formar parte del panorama informativo y se convierten para quien las administra en una cuestión de poder. Lo vimos cuando la defenestración de Ramón Calderón como presidente del Real Madrid. También cuando la cacería del ministro Mariano Bermejo se saldó con su dimisión de la cartera de Justicia». (Luego nos acusan de conspiranoicos...). Pero no se pierdan a Eduardo Martín de Pozuelo, en La Vanguardia, con la aportación que solemos esperar de labios de Rubalcaba, Blanco o Fernández de la Vega: la culpa de todo la tiene Aznar. Escribía, en efecto: «Aun a riesgo de que salgan voces que lo nieguen, a nuestro CNI todavía le pesa la guerra de Irak y sus ocho muertos en aquellas tierras». Nos expliquen la relación con Saiz, por favor.
Ese estado de negación acarrea el peligro de promover incoherencias. Así, un análisis de N. Junquera, en El País, llevaba estos titulares: El hombre del que todos sabían demasiado. La 'guerra' dentro del CNI fulmina al jefe de los espías. ¿Qué había que saber de Saiz? Junquera no lo precisa. Y, claro, cuando se mantiene por activa y por pasiva, como hace ese periódico, que el problema era sólo la enemiga de sus agentes y de cierta prensa maligna, resulta un tanto incoherente ese titular que da a entender que, en efecto, Saiz tenía esqueletos en su armario... Más fino hilaba Ignacio Camacho, en ABC: «Al perito forestal le faltaba soltura para moverse en el bosque del espionaje, que confundió con una finca de caza como las que frecuentaba en su tierra manchega. En las centrales de inteligencia conviene no ser demasiado torpe».
EL CORREO CATALÁN:
Conócete a ti mismo (y II)
Querido J:
Recordarás que, tras identificar a mis ancestros, estaba a punto de abrir los informes clínicos del test genético que había hecho 23andMe sobre una muestra de mi saliva. Esto te pudo parecer una argucia retórica, pero no lo fue en absoluto. Me tomé mi tiempo. El conocimiento de la cadena genética es aún muy limitado y las indicaciones sobre la salud individual inciertas. Pero aun así, me tomé el asunto con nerviosa calma, seriedad absoluta y casi con reverencia. Días después hablaba con el genetista Ginés Morata sobre la experiencia y, sin haberla pasado, asentía:
- Al fin y al cabo, se trata de su intimidad. Y probablemente de la expresión más profunda de su intimidad a la que jamás haya tenido acceso. No es una broma.
No lo era. Cualquier hombre pasa algunas horas de su vida intentando conocerse. Intercambia puntos de vista, incluso con el Rochefoucauld al que aludía Pinker: «Y si realmente quiere conocerse a sí mismo (y ésta será la prueba de cuánto se conoce), considere la sugerencia de François La Rochefoucauld: 'La opinión de nuestros enemigos nos acerca más a la verdad que la nuestra propia'». Visita los divanes de especialistas en la profesión imposible (Janet Malcolm). Lee filosofías sobre la generalidad del hombre: Montaigne. Y de pronto se encuentra con el marcador genético rs1800497. Unos números deducidos de un salivazo que sugieren que el sujeto salivar aprende de sus errores de manera eficaz. Es puramente impresionante, pero así estaba anotado en el capítulo de los rasgos del estudio de 23andMe. Tal señalamiento me levantó el ánimo, amigo mío. Primero porque creo que es cierto (¡dado el gran número de errores cometidos!) y me parece asombroso que los genes lo corroboren de alguna manera. Y luego porque otros rasgos en los que yo tenía puestas grandes esperanzas destacaban sólo por su punzante mediocridad: apenas un ligerísimo incremento de la inteligencia no verbal y de la memoria. Así, la buena reacción ante los errores sugería que podría llegar a sabio aunque fuera por el engorroso camino de la rectificación.
Parecía estar consultando las notas de una evaluación sobre la vida, pero donde estuvieran ausentes la voluntad y el esfuerzo. El diseño de la interface podría mejorar, pensé, agarrotado. La primera pantalla mostraba un resumen de la posibilidad de desarrollar distintas enfermedades por encima, por debajo y con arreglo a la media. En vez de tal sopetón habría preferido pasar el ratón por cada enfermedad y elegir si quería conocer o no los pronósticos. Pero el diseño no era amigable: ahí estaban expuestas, secamente, mis altas posibilidades de contraer diabetes tipo 1 o artritis reumática. Por el contrario, había mejores noticias sobre la degeneración macular o los tromboembolismos. Me felicité con algo de cariño: este primer resumen de rasgos y enfermedades tenía una evidencia genética sólida y los resultados no eran desmoralizadores. Obviamente, la diabetes no era ninguna broma, pero se relativizaba aplicándole la corrección de mis 52 años. En cuanto a la artritis reumática, ningún problema: ya debo de sufrirla dadas mis rodillas. Iba a abrir una botella de Contador (por los números) cuando me fijé en dos informes cerrados con candado: uno se refería al Parkinson y el otro a las mutaciones de un gen que predispone al cáncer de próstata. Resoplé, como el que comprueba que aún no ha llegado al Infierno, me armé de valor y cliqué. Se abrió una página inquietante donde se me advertía de que la evidencia genética en la predicción del Parkinson era especialmente solvente y podría ser demoledora: y que si, dándome por enterado de eso, quería seguir. Prácticamente me dejé caer sobre la mesa. Tal vez no fuera a matarme ninguna de esas enfermedades; pero a fe mía que iba a morir de infarto si seguía abriendo pantallas. Pero abrí la pantalla del Parkinson. Y la de la mutación cancerígena.
Al día siguiente me ocupé de los informes clínicos sobre 86 enfermedades o rasgos cuya influencia genética es menos drástica. Las peores noticias eran casi humorísticas porque afectaban al llamado síndrome de las piernas inquietas, al que parecía llamado. Menos certezas (pero mucho más inquietantes) había sobre mi propensión a los aneurismas y al infarto de miocardio, ligeramente por encima de la media. Por contra, había buenas noticias sobre las esclerosis o la gota. Fiado en ellas dejé las enfermedades y bajé alegremente por la pendiente de los rasgos. Ya te he hablado del aprendizaje de los errores. No tuve la misma suerte con uno de los genes implicados en la longevidad, aunque este asunto es muy complejo y guardo mis esperanzas casi intactas. Se confirmaron mis ojos marrones y mi escasa propensión a la calvicie. También parece que no debo tomar demasiado café. Y que mis fibras musculares estuvieron dotadas para el sprint. Pero lo mejor llegó al final. Mi earwax type. Cerumen. Nunca pensé que llegara a saberlo. Wet. Húmedo.
Fue un largo momento, raro y ambiguo. Dominó el estupor. No sé cuántos tests genéticos ha hecho ahora 23andMe. La empresa, que lleva la mujer de uno de los fundadores de Google, ha heredado la absurda política informativa de la compañía. Si todo el mundo hiciera con la información propia lo que hace Google con la suya no habría un mísero nicho que linkar y Google no existiría. Sospecho que en España los tests genéticos son desconocidos. Mal asunto. Se trata de 280 euros por una prueba sencillísima. La cuestión individual es la más seductora, pero no la más importante. La incorporación al test (y a la singular comunidad de tus pares, hombres y mujeres con algunos de tus mismos números que se entrelazan en una curiosa red social) permitirá ampliar la base genética y el conocimiento resultante. Creo que 23andMe hace con los genes algo no muy distinto de lo que hace Google con sus extraordinarias herramientas de traducción: confiar en que el sentido se obtenga a partir de la acumulación empírica de letras. Hay una interesante cuestión moral por el medio. Un artículo reciente en The Journal of the American Medical Association alentaba a un cambio de actitud ante el ensayo clínico. Textualmente: «Si la proporción de los enfermos de cáncer que participan en los ensayos clínicos se incrementase del vigente 5% a un 10%, la duración de los estudios podría reducirse de los cuatro años actuales a uno».
Un asunto delicado. Pero este ensayo sólo pide saliva. Y además, hay algo a cambio: un viaje, no sin zozobra, hacia un lugar donde nadie estuvo antes. Sabiendo, como es norma en el género, que el que vuelve ya no es exactamente el mismo que partió.
Sigue con salud,
A.
VIDAS PARALELAS / FÉLIX SANZ / MARTIN FURNIVAL JONES:
Traidores en el Circus
PEDRO G. CUARTANGO
Félix Sanz, nombrado ayer director del CNI, llega al cargo en circunstancias muy parecidas a las que se dieron en el MI-5 británico en 1965.
Entonces el Gobierno de su Majestad decidió destituir a Roger Hollis, al que sus agentes acusaban de ser un infiltrado del KGB. Hollis, odiado por sus hombres, fue sustituido por un burócrata formado en la Marina llamado Martin Furnival Jones.
Furnival Jones murió en marzo de 1997 y yo mismo escribí su obituario en estas páginas. Tuvo que dirigir un servicio destrozado por escándalos y fracasos tan sonados como el caso Profumo. Igual le sucede ahora al general Sanz, que reconoció que va a tener que lidiar con «un miura».
El Circus, como se le conocía al MI-5, tenía al menos un mínimo de profesionalidad, pero La Casa de la Cuesta de las Perdices tiene una avalada trayectoria de incompetencia, que le sitúa más cerca de la TIA de Mortadelo y Filemón.
Ahí están los hombres del comandante Cortina haciendo un doble juego en el golpe de Tejero, los manglanos organizando la guerra sucia contra ETA y espiando «aleatoriamente» a políticos y empresarios y otras muchas fechorías de La Casa con la que se podría escribir una enciclopedia.
Las cloacas del Estado jamás han sido controladas por los Gobiernos democráticos ni aquí ni en ningún sitio porque los espías trabajan para ellos mismos dentro del secreto que les protege.
Lo mejor que puede hacer Sanz es cerrar el Circus español, del que se desconocen los servicios que ha prestado. Furnival Jones debió estar tentado de hacerlo cuando descubrió que hombres como Philby, Burgess y Blunt trabajaban para el otro lado.
A Furnival Jones le tocó la difícil papeleta de investigar si Hollis era un espía de los rusos. No halló enteramente convicentes las acusaciones de Peter Wright y archivó el asunto.
Muerto políticamente Alberto Saiz, la investigación de la ministra de Defensa también se va a quedar en nada porque el Gobierno nunca va a admitir que los agentes del CNI se dedicaran a quitar las algas de las piscinas de la casa del jefe.
Los abusos y las tropelías de los servicios secretos nunca salen al público por definición. El propio Gobierno Wilson fue investigado por el MI-5 durante la etapa de Furnival Jones, que sospechaba que varios ministros eran filocomunistas. El escándalo llegó hasta la etapa de Margaret Thatcher, que tuvo que dar explicaciones sobre este turbio asunto a petición del laborismo.
Soy escéptico sobre lo que el general Sanz pueda hacer en un mundo que desconoce y que funciona con reglas contrarias a las del honor y la lealtad. El propio espía es un traidor que sólo puede sobrevivir mediante la duplicidad. No me creo esa retórica de que el CNI ha rendido grandes servicios contra ETA, otro engaño más en la infinita cadena de mentiras del espionaje.
EN LA RED:
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