XX ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL SOCIALISMO Y EL DERRIBO DEL MURO DE LA VERGÜENZA: Documento de EL MUNDO: EL MURO / 1989/2009

DOCUMENTO
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009
UNA IMPARABLE ANSIA DE LIBERTAD
Gorbachov y las personas que huyeron por Hungría y Checoslovaquia hirieron de muerte al régimen
-->ROSALÍA SÁNCHEZ
Aquel verano de 1989 fue inestable y lluvioso en las dos Alemanias. Los aires de perestroika y glasnost que Mijail Gorbachov insuflaba en Moscú desde 1985 habían ido cobrando fuerza, convirtiéndose en vientos racheados del este que agitaron las ansias de libertad y el hartazgo. En la República Democrática Alemana (RDA) era tradición ir de vacaciones al lago Balatón (Hungría), donde iban también, para encontrarse con ellos, sus parientes occidentales.
Desde mayo, Hungría había comenzado a desmantelar la alambrada de púas de su frontera con Austria y, ese verano, las tiendas de campaña y los Trabis se amontonaban más de lo habitual en torno al Balatón. El 29 de
julio, un centenar de turistas se presentó en la embajada de la RFA en Budapest, que reconoció sus pasaportes y su petición de asilo. Berlín Este exigió a Budapest que deportase a los refugiados, pero los húngaros se negaron y de allí pasaron a Austria y a Bonn.
En pocos días, el éxodo por esta vía cobró proporciones bíblicas. Otto de Habsburgo propuso un «picnic de Europa»: el paso a Austria fue totalmente abierto durante unas horas y Europa central contempló, pasmada, las imágenes de televisión en las que unos 65.000 alemanes, fiambrera a cuestas, cruzaban, para no volver.
La RDA cerró el paso a Hungría, pero sólo sirvió para que los refugiados
acudiesen a la embajada en Checoslovaquia. Llegaban con lo puesto y dormían incluso sobre los peldaños de la espléndida escalinata del palacio barroco de Lobkowitz, en la calle Vlašská, sede de la embajada en Praga. En el siglo XVII, cuando los Habsburgo querían presumir de palacio, decían que sólo en las caballerizas del ala oriental cabían 37 caballos. Se calcula que ese verano el Lobkowitz llegó a albergar a 5.000 personas, en unas condiciones higiénicas similares a las de las caballerizas de los Habsburgo.
Helmut Kohl organizó un sistema de abastecimiento y varios camiones salían a diario desde Baviera cargados con alimentos, ropa y tiendas de campaña. Para los refugiados aquello era un festín. Procedían de un país en que se contaban chistes como «un hombre se desespera ante los estantes
vacíos del Kaufhof [un gran centro comercial en Alexander Platz, Berlín Este] y pregunta '¿es que no tienen un solo filete para vender?'. 'No, aquí es donde no tenemos un solo par de zapatos para vender. Donde no tienen filetes es un piso más arriba'».
FURIA EN PRAGA. El 29 de septiembre, el secretario personal de Erich Honecker interrumpe un banquete ofrecido por diplomáticos chinos para que el líder de la RDA atienda por teléfono al jefe del Gobierno checoslovaco, hecho una furia y pidiendo que resuelvan la situación, porque sirve de ejemplo e incentivo a la oposición.
Honecker sigue comiendo con los chinos y al día siguiente protesta ante Moscú, pero Gorbachov, una vez más, dejó paso a la Historia. Según
Gorbachov ha hecho constar en sus memorias, las relaciones con Honecker eran ya muy tensas: «Había discutido varias veces en mis encuentros con Honecker. Conocía su postura contraria a la perestroika y sabía que quería colocarse a la cabeza de la oposición ortodoxa contra mí, como verdadero representante de la patria del marxismo».
Sin apoyo para lanzar el Pacto de Varsovia, el Politburó permite que los refugiados partan en siete trenes desde Praga hacia Alemania Occidental a través del territorio de la RDA.
Y mientras decenas de miles de personas huían de la RDA, crecía otro movimiento que acabó siendo más definitivo: el de los que querían
quedarse, pero que exigían reformas. Estaban convencidos de que la RDA podía sobrevivir como Estado democrático. Las organizaciones de oposición, como Nuevo Foro, Partido Socialdemócrata y Alternativa Democrática, se fortalecían a ritmo acelerado. Sus dirigentes, Jens Reich, Barbel Bohley y el pastor Rainer Eppelman eran disidentes, intelectuales comunistas que habían roto con el sistema o cristianos progresistas. Estos últimos aglutinaron a una gran masa de población en protestas en la calle.
En la Iglesia de San Nicolás de Leipzig, las oraciones por la paz de los lunes, organizadas por Christian Führer, habían ido desembocando de forma espontánea en manifestaciones masivas, a la luz de las velas, por la libertad. La revolución pacífica se extendió a las desangeladas calles de
muchas otras ciudades de la RDA. Las fuerzas militares estaban preparadas para una operación de castigo y los manifestantes sabían que podía ocurrir en cualquier momento.
Honecker, que había felicitado públicamente al embajador chino por la solución en la plaza de Tiananmen, llegó a dar la orden de atacar, en un involuntario homenaje al «¡Qué disuelvan al pueblo!» de Bertolt Brecht, pero la retiró, convencido por los suyos de que el Ejército no obedecería.
En medio de esta tensión, el 7 de octubre se celebra el 40º aniversario de la Fundación de la RDA y el Partido organiza un último y patético gran acto de propaganda comunista: se adecenta la Karl Marx Allee, se reparten miles de banderitas y se abrillantan los obsoletos tanques para el desfile. Las
cámaras de televisión no reciben a Gorbachov en el aeropuerto de Tempelhof, pero los berlineses lo aclaman como «salvador». Ante Honecker, a quien ha dado un beso de Judas, dice: «A quien llegue demasiado tarde, la vida le castigará». Durante los actos, ante los abucheos y las pancartas, otro de los invitados, el primer ministro de Polonia, Mieczyslav Rakowski, susurra a Gorbachov, con el que compartía puesto honorífico en el escenario: «Esto es el final, Mijail Serguéyevich».
Pocos días después, Honecker fue despojado de sus cargos y sustituido por un títere, Egon Krenz, mientras en la pared este del Muro de Berlín, que a diferencia de la occidental permanecía limpia, aparecía un primer grafiti: «Proletarier aller Länder, verzeihen uns!» (Proletarios
del mundo, ¡perdonadnos!).
SEGUIR EL CURSO. El 11 de octubre, Kohl llama a Gorbachov por teléfono: «Lo único que quiero es que la RDA siga su curso de reformas. Los recientes acontecimientos confirman que ya está madura para ello. En lo relativo a la población, somos partidarios de que los ciudadanos de la RDA se queden en su tierra. No tenemos intención de abocarlos a ninguna acción que después puedan reprocharnos». Gorbachov asiente. El día 23, su portavoz, Guennadi Guerasimov, en unas declaraciones sin precedentes, se sirve del imaginario colectivo occidental para ilustrar la nueva consigna del Kremlin: «La doctrina Breznev ha sido sustituida por la doctrina Sinatra», esto es, dejarían que cada país soviético hiciera las
cosas a su manera.
El 4 de noviembre, un millón de personas corea Wir sind das Volk (Somos el pueblo) en una manifestación en Berlín Este. Al Muro le faltaba sólo un empujón.
LAS GRIETAS
'Wir sind das Volk' ('Somos el pueblo'). El 9 de octubre de 1989, los germano-orientales que se manifiestan en Leipzig adoptan este eslogan provocador contra el régimen de la RDA. Lo corearán en todas sus protestas
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009 / CHRISTIAN FÜHRER Párroco protestante, pacifista militante«No éramos tontos, teníamos mucho miedo»
-->ROSALÍA SÁNCHEZ
La revolución pacífica que llevó a la desaparición de la República Democrática Alemana (RDA) nació en Leipzig. Las oraciones por la paz de los lunes, organizadas en la iglesia evangélica de San Nicolás por el padre Christian Führer, se convirtieron en manifestaciones espontáneas de cientos de miles de alemanes que pedían libertad.
«Comenzamos en 1982, éramos 10 jóvenes, relativamente informados. Volcábamos en la oración nuestras ansias de paz, la insatisfacción con el mundo», cuenta el párroco protestante, nacido en Leipzig en 1943. «Pronto comenzaron a sumarse otros, muchos no creyentes. La iglesia les ofrecía un espacio de libertad donde podían hablar de lo que querían, pedir libremente por lo que les importaba, mostrarse tal y como eran, un espacio que les
negaba su país. Yo me encargaba de preparar reflexiones sobre la cruz y sobre el sentido de la libertad. Aquello creció sin parar».
Pregunta.- ¿Y cómo pasaron a pedir reformas?
Respuesta.- De manera espontánea. Las Bienaventuranzas hablan de libertad y de paz, y del camino para llegar a ellas. Nosotros lo seguimos.
P.- ¿Eran conscientes de que constituían un movimiento político contra el régimen?
R.- No éramos tontos.
P.- ¿Se sentían en peligro?
R.- Teníamos mucho miedo. El 8 de mayo de 1989, los asistentes ya no cabían físicamente en la iglesia. Muchos permanecían en la plaza y la Stasi bloqueó las calles de acceso. Temí lo peor. El miedo era constante. La población de la RDA desarrollaba enfermedades crónicas psicosomáticas a causa del miedo. No estamos hablando de que no nos dejasen ir de vacaciones a Mallorca, sino de que se nos limitaba el espacio vital: a dónde puedes ir, de qué puedes hablar, cómo puedes pensar. El organismo humano no está preparado para eso, pero sí puede soportar el miedo.
P.- Alemania entera conoció las oraciones de Leipzig el 4 de septiembre de 1989...
R.- A esas alturas venía cada lunes mucha gente de fuera, atascaban la autopista. Pero ese día llegaron los periodistas. Una cámara de la República Federal Alemana (RFA) filmó durante 15 segundos una pancarta con este mensaje: «Por un país abierto y con gente libre». La Stasi impidió seguir grabando, pero los alemanes del Oeste vieron las imágenes. Y también los del Este que pirateaban la señal televisiva. Así comenzaron a llegar autobuses llenos para rezar con nosotros.
P.- Fue entonces cuando Honecker dijo: «Hay que cerrar la iglesia de San Nicolás».
R.- El 7 de octubre, los policías se presentaron con garrotes y perros. Molieron a golpes a todo el mundo. Estábamos avisados. Anunciaron la operación contrarrevolución para el día 9, con armas de fuego. Logramos meter a unas 8.000 personas en la iglesia, pero habían venido ¡70.000! Todos llevaban una vela en la mano. Llamaron a Berlín y Egon Krenz hizo lo mejor que ha hecho en su vida: no hacer nada.
P.- Un miembro del Comité Central del Partido confesó: «Estábamos preparados para cualquier cosa, menos para velas y oraciones».
R.- Muchos policías cambiaron de bando esa noche y dos miembros del Comité se unieron a la oración del siguiente lunes. Lo que ocurrió entonces fue un milagro. En un país no cristiano, el pueblo en masa había resumido las Bienaventuranzas: no a la violencia. Y las había llevado a la práctica. No hubiera sido posible sin un entrenamiento previo, sin las oraciones por la paz que realizamos cada semana.
P.- Sin embargo, usted criticó después la reunificación...
R.- Se ha marginado al Este. ¿Puede imaginar que hubiesen llamado al país RDA? ¡Pues lo llamaron RFA! La fiesta nacional debería celebrarse el día 9 de octubre, fecha de la revolución pacífica, y no el 3 de octubre, cuando el canciller Helmut Kohl firmó un papel. El éxito no es la reunificación, sino la lección que aprendimos sobre el poder de la no violencia y, para los religiosos, sobre el papel de la iglesia en el mundo: con los oprimidos, no con los opresores; con los pueblos, no con los poderosos.
P.- ¿Contó usted con el apoyo de las autoridades de la iglesia evangélica?
R.- Puse a mi iglesia en varias situaciones difíciles. Preocupaba un enfrentamiento violento. Yo no podía garantizar que no ocurriese, pero en la iglesia evangélica cuenta lo que dicen las bases.
P.- ¿Siguen realizando las oraciones por la paz?
R.- Todos los lunes. Esta semana rezaremos por los parados. La iglesia sigue abierta a todos
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009
LA REVOLUCIÓN TELEVISADA
La caída del Muro de Berlín necesitó lo mismo que su construcción: una sola noche
->
SILVIA ROMÁN
oviembre es el mes más desesperante para los alemanes. El frío hace mella en sus robustos cuerpos y la luz les abandona poco después del mediodía. Al menos, en diciembre, se pueden refugiar en los mercadillos de Navidad, con un vino caliente en la mano y rodeados de luces de colores. Noviembre, sin embargo, es sinónimo de oscuridad, recogimiento y tristeza.
Pero hubo un noviembre, el de hace 20 años, que curiosamente significó todo lo contrario: esperanza, revolución y euforia.
Nueve de noviembre de 1989. Nueve horas. Berlín Oriental y Occidental han amanecido con un débil sol que a veces da paso a una ligera lluvia. La temperatura es de seis grados centígrados y alcanzará, como mucho, los 10. El Muro se alza implacable, dividiendo a los berlineses, como todos los días desde el fatídico 13 de agosto de 1961. En el lado de la República Democrática Alemana (RDA), hombres y mujeres -todos, por obligación- se dirigen a sus trabajos en tranvía o en sus renqueantes Trabant. En la República Federal Alemana (RFA), lo hacen -sin seguir órdenes del Estado- en Volkswagen o Mercedes.
En la Mauerstrasse (calle del Muro) de Berlín Este, en el despacho 509 del Ministerio del Interior, cuatro funcionarios (un general y un coronel de la policía y dos coroneles de la Stasi, los servicios secretos de la RDA) se afanan en el borrador de una resolución. La tarea es ardua y delicada. Se trata de poner fin a la sangría de ciudadanos que está sufriendo la RDA, especialmente vía Checoslovaquia. No se van a sacar los tanques. Todo lo contrario. Hay que hallar una pequeña válvula de escape que calme y contente a los ossis (alemanes del Este), y que éstos decidan seguir en la RDA.
Esa misma mañana, el Neues Deutschland publica un artículo firmado por varios reformistas que suplican a los alemanes del Este que se queden en la RDA para luchar, desde dentro, por un futuro mejor para el país. «Os lo suplicamos, quedaos en vuestra patria. ¡Quedaos con nosotros!».
Egon Krenz acaba de tomar las riendas del Partido Comunista (SED) y de Alemania Oriental. Frente a la mano dura de Erich Honecker, el nuevo camarada jefe ha prometido una era reformista. Pero la gente está hastiada y necesita mucho más de lo que el flamante líder de la República Descontenta de Alemania está dispuesto a dar.
De hecho, la resolución en la que los funcionarios están enzarzados ese 9-N pretende sustituir a una propuesta de ley anterior, que no hizo el efecto esperado en la población. Consistía en poder viajar al extranjero 30 días al año (previa solicitud con un mes de antelación) y sólo 15 marcos de la RFA en el bolsillo. «In dreissig Tagen um die Welt. Ohne Geld! [La vuelta al mundo en 30 días. ¡Sin dinero!]», respondieron con burla y enfado los ossis.
PERMISO PARA EMIGRAR. Antes de las 12.00 horas, la reglamentación a la que han dado forma estipula que todo aquel que tenga un pasaporte en regla puede irse, incluso de manera permanente, al extranjero. Es más, los ciudadanos de la RDA pueden salir por cualquier paso fronterizo del país, incluido Berlín Este. Los permisos se darán ipso facto en las comisarías y sin tener que alegar nada. De ahí que los funcionarios avisen -en un último punto- de que la agencia de prensa oficial, ADN, no haga pública esta información hasta el día siguiente, 10 de noviembre, con el fin de que la policía se vaya preparando para una avalancha de gente.
La resolución es enviada al Comité Central, donde se reúne en esos momentos el Politburó. Sus miembros, prácticamente novatos tras haber sustituido a los halcones de Honecker, sólo piensan en acabar con la situación que les está granjeando problemas con Checoslovaquia y seguir las consignas de Krenz. De esta manera, sin ser conscientes de las consecuencias, dan el visto bueno al proyecto de texto. A continuación, el Consejo de Ministros le da también luz verde.
A las 18.00 horas, el nuevo portavoz del Gobierno, Günter Schabowski, tiene previsto dar una rueda de prensa. La conferencia se emitirá en directo por la televisión de la RDA y a ella acudirán corresponsales extranjeros que podrán hacer preguntas. Novedades de la era Krenz.
Cuarenta minutos antes, Schabowski se pasa por el despacho de Krenz para tomar nota de lo que tiene que informar. Tras resumirle los puntos más importantes de la jornada, Krenz le hace entrega de un papel con la recién aprobada reglamentación de viajes y le espeta: «Dales eso. ¡Es una exclusiva!». Sin mirarlo siquiera, Schabowski lo coge y se lo guarda en el bolsillo.
Vestido con corbata, traje gris y camisa rosa, Schabowski protagoniza una aburrida rueda de prensa. El final de ella, sin embargo, será y hará Historia. El corresponsal de la agencia de noticias italiana Ansa le pregunta si no cree que es un error la nueva opción de poder viajar 30 días al año sin apenas dinero. Schabowski se agobia, suda, no sabe qué responder. Después de dispares declaraciones, se acuerda de la exclusiva que le había mencionado Krenz. Saca el papel, lo lee y se desata la confusión y la expectación en la sala. «¿Cuándo entra en vigor?», le preguntan. «A mi entender… Ab sofort! [¡Inmediatamente!]».
E inmediatamente decenas de berlineses del Este, que habían visto la rueda de prensa en sus hogares, comienzan a acercarse a los puestos de control de la Bornholmerstrasse, Heinrich-Heine-Strasse e Invalidenstrasse, exigiendo cruzar a Berlín Occidental.
En Varsovia, el canciller federal, Helmut Kohl, se entera de que la RDA ha abierto sus fronteras en un banquete oficiado por el Gobierno polaco liderado por el movimiento no comunista Solidaridad. Kohl se queda desconcertado. No se había imaginado que estuviera tan cerca el fin del Muro y de la empobrecida RDA.
En Moscú, Mijail Gorbachov duerme a pierna suelta. Nadie de la embajada soviética en Berlín se atreve a despertarle. Lo sabrá a la mañana siguiente, mientras se afeita. Reaccionará con buen humor y una carcajada nerviosa.
En Bonn, se celebra una sesión del Bundestag. Un diputado bávaro sube a la tribuna y da el anuncio. Todos aplauden. Willy Brandt, el ex alcalde de Berlín Occidental y antiguo canciller, rompe a llorar.
Mientras, en Berlín Oriental, la gente sigue acercándose a los pasos fronterizos. Los hay que empiezan a ponerse muy nerviosos y a arengar a la masa a entrar como sea en Berlín Oeste. Los oficiales de los puestos de control les dicen que se vayan a sus casas y que pidan el permiso en las comisarías al día siguiente. Pero, ¿quién puede dormir ya esta noche? ¿Quién está dispuesto a esperar? Hombres y mujeres empiezan a empujar las vallas previas al Muro y se opta por dejar pasar a los más revoltosos. Eso sí, se les pone en el pasaporte «sin derecho a regresar». Y éstos cruzan a El Dorado. Pero muchos vuelven enseguida. Las madres de familia lloran pidiendo que les dejen volver, pues han dejado a sus hijos solos, en la cama.
SITUACIÓN DESCONTROLADA. El caos se desata. Más y más gente se arremolina frente al Muro. Los guardias no saben qué hacer. Les gritan y empujan. Los oficiales preguntan por teléfono a sus superiores y éstos no les dan una sola respuesta. De hecho, ni el mismísimo Krenz dice nada. ¿Qué hacer ante las hordas? ¿Masacrarlas? ¿Cerrar a cal y canto las fronteras y sembrar más descontento aún del existente? «Todo tiene que seguir su curso. Ya no quedan opciones», se dice a sí mismo el líder del SED.
A las 23.30 horas, en la Bornholmerstrasse, el teniente coronel Harald Jäger ordena a sus hombres que ni se molesten en mirar los pasaportes y que dejen paso libre. En Invalidenstrasse, la presión viene desde Berlín Occidental, donde cientos de personas, que han escuchado la noticia en su cadena pública, la ARD, intentan pasar a Berlín Oriental. A la una de la madrugada, incluso en bata y en pijama, la gente se atreve a cruzar a través de la mismísima Puerta de Brandeburgo, hasta hace escasas horas una escalofriante tierra de nadie. Unos tras otros, los puestos fronterizos se van rindiendo y cayendo como fichas de dominó.
Lo que sigue está en las retinas de todos: berlineses orientales y occidentales abrazándose en medio de emocionados llantos, subiendo el Muro y acabando con él a golpe de pico y martillo (los llamados pájaros carpinteros del Muro), e intercambiándose botellas de vino espumoso comunista y de cerveza capitalista.
La noche es glacial, pero no importa. Al amanecer, los periódicos titulan «Berlín vuelve a ser Berlín».
EL DERRUMBE
«El Muro seguirá en los próximos 50 o 100 años, si no se superan las razones por las cuales se erigió». Erich Honecker lanza esta amenaza en enero de 1989, para frenar las ilusiones que estaba generando Gorbachov
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009PREGUNTA CORTA, GRAN EFECTO
-->ANA ALONSO MONTES
A las 18:53 horas del 9 de noviembre, el periodista italiano Riccardo Ehrman, de la agencia italiana Ansa, propició que la Historia cambiara de rumbo. «Yo no hice que cayera el Muro. Lo habría hecho igual, quizá unos días más tarde. Pero di la palabra clave. No fue una casualidad». Ehrman, un octogenario coqueto que vive en Madrid por razones conyugales (su esposa es española), recuerda cómo antes de la rueda de prensa de Schabowski recibió una misteriosa llamada en la que un hombre del submarino, una oficina situada bajo el nivel del mar, la sede de la agencia de noticias germano oriental ADN, le sugería que preguntara sobre la nueva política de viajes. «Yo había conseguido contactos con personas importantes del régimen. Me llamó Günter Pötschke, el jefe de ADN, y miembro del Comité Central. Eso rebate a cualquiera que piense que aquello fue casual», explica Ehrman. Hasta ahora se había especulado con que había sido Pötschke, pero es la primera vez que Ehrman lo confirma. Pötschke murió hace tres años. Sí fue casual que Ehrman llegara tarde y que no encontrara sitio y tuviera que sentarse junto al estrado donde Schabowski hablaba. Pidió la palabra insistentemente y finalmente la consiguió. Algunos dicen que otros también querían preguntar pero que Schabowski le eligió con intención. Ehrman cree que no fue así. «Schabowski me confesó que le puse nervioso al pedir explicaciones sobre la ley de visados», señala. Fue entonces cuando el portavoz del régimen anunció que se levantarían las restricciones para desplazarse al oeste. «¿Cuándo entra en vigor?», le replicaron. «Ab sofort! (De inmediato)», fueron las palabras de Schabowski. En ese momento Ehrman y el portavoz de la llamada representación permanente (la RFA) en el Este, Eberhard Grasshof, se cruzaron las miradas pues se habían dado cuenta de lo que significaba. «Mi mérito no fue la pregunta sino darme cuenta de lo que implicaba. Mi crónica hablaba de la caída del Muro. Mis jefes creían que me había vuelto loco», recuerda ahora este veterano corresponsal. De lo que dijeron de él se queda con las palabras de Willy Brandt: «Kleine Frage, grosse Wirkung (Pregunta corta, gran efecto)».
RICCARDO EHRMAN
«Señor Schabowski, ¿no cree que ese proyecto de ley de viajes es un error? -Hoy aprobamos una nueva regulación que permitirá a todo ciudadano de la RDA cruzar a la RFA»
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009 / UNA PEQUEÑA HISTORIA SOBRE UNA GRAN REALIDADEL MURO BLOQUEÓ EL SOL
-->JOHN MÜLLER
Una vez que se erigió el Muro en 1961, los alemanes orientales derribaron todas las viviendas que había en la franja contigua para evitar fugas. Pero una casa de tres plantas sobrevivió, muy cerca del Reichstag. De las ventanas de las tres plantas, sólo las de la primera no estaban clausuradas y se veía una luz encendida dentro. Me pareció absurdo, porque el sol entraba a raudales por encima de los árboles de Tiergarten. Me acerqué a la ventana y vi a un hombre joven haciendo fotocopias.
- ¿Qué es esto?, pregunté.
- Es la Cámara Técnica de la República Democrática Alemana -contestó el hombre.
- ¿Y por qué está encendida la luz?
- Cuando estaba el Muro, esta habitación quedaba en penumbra. Está muy abajo, por eso nunca la tapiaron. Hace tres meses que el Muro cayó, pero aún no me acostumbro a la luz del sol.
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009CAEN LAS FICHAS DEL DOMINÓ
Uno por uno, los satélites comunistas cambiaron de órbita aislando a una URSS con las horas contadas
-->FÁTIMA RUIZ
Los cimientos del Muro que cayó en Berlín se hicieron trizas en los astilleros polacos. Allí se fraguó el derrumbe de la primera ficha del dominó soviético, que arrastraría consigo al resto de piezas del tablero comunista.
Hoy la cuna de Solidaridad en Gdansk sobrevive como ruinoso parque temático de la revolución encabezada por aquel sindicato. Detenidos en el tiempo, los astilleros son un fantasmal monumento a la memoria de la primera mecha bajo el polvorín del Telón de Acero.
«Aquí comenzó todo», reivindica Polonia como lema oficial dos décadas después de aquel año cero en que, enterrados el dominio nazi y el soviético, volvió a ser libre. Un momento histórico que su héroe por antonomasia, el electricista que sacó de la oscuridad al más rebelde de los satélites de la URSS, recordaba en septiembre con nostalgia.
«Aquí empezó todo», repetía Lech Walesa a este diario, haciendo balance de dos décadas «que no han sido perfectas, pero sí bastante exitosas». Aunque reconocía sin amargura que «Polonia no es el país con el que soñaba» cuando depositó el voto en las primeras elecciones libres que el 4 de junio de 1989 renovaron el Parlamento.
ADIÓS A LA 'VIDA GRIS'. Unos comicios hipotecados por el régimen de Wojciech Jaruzelski, que aflojó el puño sin abrir la mano para permitir que se renovara sólo -y nada menos- el 35% de escaños.
Era el fruto de un contrato sellado cuatro meses antes en una Mesa Redonda por los viejos enemigos en nombre de la reconciliación nacional. En el centro del círculo, un gran ramo de flores blancas y rojas presenciaba el comienzo de una transición sin sangre en un país que había visto correr mucha en un siglo. El diálogo contaba con un escaño de honor para la Iglesia más revolucionaria del continente, que había exportado en 1978 un poderoso portavoz al Vaticano: Juan Pablo II. «Si no hubiera sido por el Papa, no lo habríamos conseguido», reconocía Walesa.
El hombre de Moscú en Varsovia, el mismo que impuso la ley marcial en el año 80 y aplastó las manifestaciones en las calles, entendió al fin que no podía remar contra una corriente de 10 millones de afiliados a Solidaridad. Sobre todo en mitad de la crisis económica que disparó los precios y dejó tiritando los escaparates. «No había manera de encontrar pan sin hacer cola. Tenía un sabor entre la arcilla y el papel higiénico», recordaba Agnieszka, polaca en la cincuentena que acabó este año sus vacaciones veraniegas visitando el museo de Solidaridad en Gdansk. Eran los tiempos del racionamiento -un kilo de carne al mes y un par de zapatos cada dos años-: «La vida era gris, ni siquiera negra. La gente no sabía cómo pelar un plátano porque no lo había visto nunca».
NUEVOS ROSTROS. En medio de aquel panorama, el frágil equilibrio de poderes entre la vieja guardia y los nuevos demócratas subsistía bajo la amenaza de una intervención soviética. Pero la URSS optó por permanecer en stand by y las reformas se aceleraron. El año 1989 vio el fin de las milicias ciudadanas (Zomo, en sus siglas en polaco) que, como en el Irán de la actual revolución verde, se encargaban de reprimir las protestas cabalgando en sus motos. Y presenció la subida al poder del primer gobierno no comunista desde la guerra. Junto al primer ministro Tadeusz Mazowiecki, llegaron nuevas caras. La más popular la de Jacek Kuron, el ministro de Trabajo casual, que en vaqueros abordó la misión de atajar el 16% de paro que la economía de mercado regaló a Polonia junto a una hiperinflación del 600%.
«EL MUNDO NOS NECESITA». La cara más conocida, la del propio Walesa, que acabó el año convertido en el primer presidente de la Polonia democrática. El Astérix que echó abajo el imperio comunista defiende hoy con su antiguo vigor intacto que no tuvo tiempo para acometer su empresa. «Tenía muchas ideas que no llegaron a puerto. Pero ¿cómo hacerlo todo en un solo mandato?», reconocía ante un puñado de estudiantes reunidos en Gdansk, a los que encomendó con un punto de guasa la tarea de aprovechar la herencia recibida. «No la malgastéis. Mi legado se perdería y me quitarían las medallas».
Polonia fue el primer satélite que se salió de la órbita soviética. Su estela alfombró el camino al resto de miembros del Pacto de Varsovia, dejando a la URSS flotar en medio de un sistema solar con las horas contadas.
En mayo de 1989 los soldados húngaros desmantelaron la valla electrificada que separaba su país de Austria. La decisión -que desafiaba por primera vez la solidaridad en el Pacto de Varsovia agujereando un trozo del Telón de Acero- chocó con los gobiernos de Praga, Bucarest y Berlín. El primer ministro, el reformista Miklos Nemeth, defendió su decisión de tirar ese trozo de muro por «obsoleto», aunque también por caro. «Nosotros necesitamos al mundo y el mundo nos necesita a nosotros», acuñaron en el Ministerio del Interior una de tantas frases históricas de ese año.
VACACIONES PERPETUAS. La frontera se convirtió inmediatamente en un colador para los alemanes de la RDA, que hicieron las maletas para cogerse vacaciones perpetuas del comunismo. Muchos lo hicieron el 19 de agosto, aprovechando la idea de hacer un picnic paneuropeo. La cosa se desmandó y muchos invitados de la Alemania Oriental prefirieron terminarse las salchichas en zona austriaca. «Dos naciones esclavizadas rompieron los muros de esa esclavitud», agradecía la canciller que vino del Este, Angela Merkel, en el 20º aniversario del picnic. «Los húngaros dieron alas a nuestro deseo de libertad». El 23 de octubre la República Popular de Hungría perdió aquello de «popular» y los comunistas se transformaron en partido socialista.
Pocos días después de aquel picnic, pero más al norte, se rompía otro eslabón del yugo soviético. Dos millones de personas unían sus manos en una enorme cadena humana a lo largo de Estonia, Letonia y Lituania. El grito de libertad fue también una ruidosa acusación contra la Unión Soviética, pues se elevó en el 50º aniversario del pacto Ribbentrop-Molotov que selló la alianza entre soviéticos y nazis. Con la perestroika de Gorbachov oxigenando el rancio ambiente en la URSS, los nacionalismos bálticos cobraron virulencia en su reclamo de autodeterminación. Lituania la obtuvo el 11 de marzo de 1990. Las otras dos repúblicas bálticas, dos años después.
'REVOLUCIÓN DE TERCIOPELO'. Mientras, en Praga, la primavera abortada en 1968 resurgía dos décadas después en octubre. La revolución de terciopelo llegó en el mejor momento y sacó a la calle a cientos de miles de personas para reclamar un «socialismo de rostro humano». En el estrado, el mismo líder de la revuelta reprimida 20 años antes, Alexander Dubcek, aparecía junto al dramaturgo Vaclav Havel, cabeza visible del opositor Foro Cívico. Esta vez la protesta echó abajo el régimen, que cayó finalmente entre el 26 y el 28 de de noviembre. «Havel na hrad (Havel al castillo)», clamaron 300.000 personas en la plaza de Wenceslao agitando sus llaves y franqueando el paso del intelectual a la sede presidencial. Un mes después, Havel se instalaba en ella como primer presidente democrático de una Checoslovaquia que tres años después se partiría en dos. El propio dramaturgo confesaba en Le Monde su propia sorpresa cuando aquella «bola de nieve mutó en avalancha y el sistema totalitario se hundió como un castillo de naipes». El poder cayó en sus manos inesperadamente. «No aspirábamos a él; lo aceptamos porque no había alternativa, con algo de bochorno».
EPÍLOGO SANGRIENTO. En Bulgaria el terciopelo se tiñó de verde. La oposición aprovechó una conferencia sobre medioambiente en Sofía para protestar por la falta de libertades. Las manifestaciones, cuya convocatoria fue masiva, tumbaron el 10 de noviembre al decano de los líderes del Pacto de Varsovia, Todor Zhivkov, de 77 años y con 34 de Gobierno a sus espaldas.
Mucho más sangriento fue el final de su colega Nicolae Ceaucescu, el cacique de la Rumanía comunista. Su decisión de reprimir las protestas en Timisoara contra el arresto del pastor Laszlo Tokes sentenció su trágico final. La ira popular estalló en las calles, condensándose el día de Navidad, cuando Ceaucescu y su esposa fueron ejecutados. La única transición violenta de la primavera del Este acabó con 1.100 muertos.
Pero si la democracia rumana tuvo un comienzo sangriento, más lo fue el de Yugoslavia. Los nacionalismos que el peculiar sistema de Tito había embridado se desataron entre 1991 y 1995, dividiendo entre convulsiones el mapa en seis Estados y un territorio, Kosovo, proclamado independiente. Ese epílogo sangriento de la revolución sirve para recordar que, caído el Telón de Acero, la guerra aún es posible en Europa.
ADIÓS AL TELÓN
«Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un Telón de Acero». Winston Churchill pronuncia otra de sus frases para la Historia el 5 de marzo de 1946, en Fulton (Misuri)
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009 / WALTER MOMPER Alcalde de Berlín Occidental de 1989 a 1991
«Es necesario reinventar la lucha por la libertad»
-->
ROSALÍA SÁNCHEZ
Su bufanda roja se veía a distancia y fue punto de referencia, como siempre, en medio de la masa oriental que cruzaba el Muro de Berlín con regocijo. Aquella noche, Walter Momper (Sulingen, 1945) hizo su «trabajo» con sencillez. Su sensatez, su capacidad para hablar con los berlineses de uno y otro lado y su sonrisa resultaron una fuerza facilitadora de evidentes consecuencias políticas e históricas. Después, su ética de postguerra no concordaba con el nuevo Partido Socialdemócrata que subió al poder con Gerhard Schröder y, en 1993, se retiró de la política. Hoy preside el Abgeordnetenhaus (cargo institucional en el Parlamento berlinés) y, para llegar a su despacho, hay que recorrer cientos de metros de alfombra roja, a través de corredores de donde cuelgan retratos de los más ilustres políticos alemanes (ninguno de Alemania Oriental). El edificio, frente al Martin-Gropius Bau, ocupa lo que hace 20 años era la zona de la muerte, cruzada por el Muro, deshabitada y desértica.
Pregunta. - Debe impresionar llegar cada mañana al despacho aquí, en lo que fue la zona maldita del Muro.
Respuesta.- Jamás pudimos imaginar que llegaríamos a ver justo aquí esta maravillosa nueva Berlín. No dejo de sorprenderme. Los sentimientos tan intensos de aquellos días, esas grandes emociones en torno al Muro ya no están, pero queda una felicidad serena. Una felicidad muy presente.
P.- ¿Realmente no sabía nada sobre la apertura del Muro, ni siquiera unos días, unas horas antes?
R.- No. El 29 octubre estuve con Schabowski y me dijo que iban a permitir más viajes, pero estaba por ver, no sabía si por un decreto o legislando, ni si serían permisos permanentes o temporales. Quedamos en que nos avisarían. La tormenta venía desde dentro del Muro, habría cambios, pero nunca pensé ni esperé lo que sucedió esa noche. En los últimos meses, las fronteras habían dejado de cumplir su papel. Pero no podíamos fantasear con su desaparición total. ¡Ni siquiera entre España y Alemania hay ya frontera!
P.- Pues, para no saber nada, reaccionó con rapidez. Fue uno de los primeros en llegar al puesto de control de Invalidenstrasse.
R.- Había que ser dinámico. Esperar media hora a ver qué pasaba hubiese sido fatal. Llamé a Schabowski, pero él seguía sin tener idea de cuáles eran las reglas, de cómo funcionaría aquello. De todas formas, no había nada que interpretar. «El Muro está abierto», no podían ser más claros, así que calculé que habría que organizar la entrada de 500.000 visitantes en las próximas horas y decidí hablar en la televisión: «Estamos felices de recibirlos a todos, pero, por favor, dejen los Trabis en casa, usen el autobús», porque no podríamos garantizar la seguridad en medio de un caos de circulación. Recorrí varios puestos de control. Había 300.000 personas apelotonadas. Tuve miedo de que acabasen aplastados. Llamé a Helmut Kohl y le dije que emitir visados o pedir pasaportes era físicamente imposible. Estoy muy orgulloso de que los berlineses no perdieran la cabeza.
P.- Mientras dirigía el tráfico de la avalancha, ¿tuvo un momento para pensar en lo que estaba pasando?
R.- Aquella noche creímos que había llegado la paz eterna. El conflicto Este-Oeste había terminado, la división de Berlín, de Alemania, de Europa y del mundo había terminado. Era un nuevo tiempo en el que los pueblos de Europa central se liberaban del yugo comunista. Sabíamos que se estaba dando un gran paso y que era un acontecimiento clave.
P.- Usted dijo: «Esta noche, el alemán es el pueblo más feliz del mundo». Pero hoy las encuestas señalan que los alemanes del Este no son tan felices: el 70% se considera «ciudadanos de segunda» y el 15% de los 82 millones de alemanes querría que el Muro volviese a construirse.
R.- Si uno pregunta a los alemanes del Este si les va mejor ahora, la mitad le dirá que no. Están inseguros e insatisfechos. Pero desmontar la República Democrática Alemana (RDA) ha tardado más de lo que nadie podía pensar. Era todo un país no competitivo. Y además, está el problema de la mentalidad de una generación que creció en 40 años de dictadura. Ningún otro país en la historia ha enfrentado un reto así. Los resultados son buenos. Las pensiones siguen sin ser tan altas como en el Oeste, bien, pero anualmente hay una transferencia del Oeste al Este de 30.000 millones de euros.
P.- No es la cuestión económica, hay un sentimiento de frustración.
R.- Hay una franja de edad, los que tenían 50 cuando cayó el Muro, que no se integra, ven que las empresas son del Oeste, creen que no participan en las instituciones, pero son prejuicios. Nuestra canciller viene del Este. Esa actitud psicológica no está fundada en los hechos.
P.- ¿Y cómo es la nueva generación de berlineses que no ha conocido, que no tiene recuerdos personales del Muro?
R.- Un tercio de los habitantes de Berlín ha cumplido la mayoría de edad en estos últimos 20 años. Para ellos no hay Este y Oeste, viven igual en Prenzlauerberg que en Charlottenburg. Sus padres cruzaron al Oeste esa noche y prácticamente no volvieron a cruzar más. Pero ellos han explotado en creatividad, la que hace esta ciudad tan interesante.
P.- ¿Qué han aprendido los alemanes del Muro?
R.- El Muro dejó un sello en la conciencia de mi generación: nunca más guerra. Y su caída nos dejó ver la trastienda, lo que de verdad hacía el comunismo. Supimos que teníamos que luchar por la libertad cada día de nuestras vidas. Como en España tras la muerte de Franco, la convicción de que la democracia debe ser defendida cada día. Franco no volverá y la Unión Soviética tampoco, pero nuestra libertad sí volverá a estar en peligro.
Las amenazas vienen desde otros ángulos porque nos equivocamos, no llegaba la paz eterna. Eso es lo que nosotros aprendimos: es necesario reinventar cada día la lucha por la paz y por la libertad, y hacerlo con una sonrisa. Berlín sonríe, fíjese usted cuando camine por sus calles.
LA PALABRA
'Ich bin ein Berliner' ('Soy un berlinés'). John F. Kennedy grita su legendaria frase en el Ayuntamiento de Schöneberg, en Berlín Occidental, el 26 de junio de 1963, en solidaridad con los ciudadanos alemanes
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009 / KLAUS WOWEREIT Alcalde-presidente de Berlín desde 2001«Aún hay Este y Oeste. En Berlín andan juntos»
-->ROSALÍA SÁNCHEZ
Coqueto, inteligente y divertido, Klaus Wowereit (Berlín, 1953) se mimetiza con la ciudad de la que es alcalde-presidente desde el año 2001. Entre sus citas más célebres están «Berlín, pobre pero sexy» -que popularizó sus austeros incentivos a la cultura y el dinamismo- y la frase «Soy homosexual, y está bien así», con la que hizo pública su relación con el neurocirujano Jörn Kubicki, con el que vive desde 1992.
Wowereit encabeza la nueva generación que quiere liderar el Partido Socialdemócrata y el Muro forma parte de su infancia. «Crecí en Berlín, con el Muro casi delante de casa. Solíamos jugar en los últimos descampados y te advertían: 'No te acerques a la zona, acabarán disparándote'. En los puestos de control los soldados tenían un montón de armas que nos fascinaban. Y sentíamos satisfacción por estar en el Oeste, sabíamos que al otro lado era peor».
Pregunta.- No parece una experiencia traumática.
Respuesta.- A esa edad no se comprende el horror del Muro. En este aniversario nos volcamos en los niños para transmitirles una convicción emocional. A los más mayores queremos enseñarles cómo ha cambiado Berlín.
P.- Pero la caída del Muro tiene mucho más alcance.
R.- Berlín fue el punto físico de confrontación de la Guerra Fría. La caída del Muro es el punto de partida de la liberación de Europa.
P.- ¿Leyó a Francis Fukuyama? ¿Tiene que ver la crisis de la socialdemocracia alemana con esa muerte de las ideologías?
R.- No, la fase tan difícil por la que pasa la socialdemocracia en Europa -no sé si España es una excepción- tiene más que ver con cambios sociológicos. La pérdida de votos y militantes nos exige articular una nueva oferta, nuevas respuestas. Debemos centrarnos en la Justicia. En un mundo globalizado no podemos pensar que una sociedad ha conseguido sus objetivos mientras sigan muriendo niños de hambre.
P.- En su autobiografía, cuenta cómo su madre trabajaba a destajo, limpiando, para sacar a cinco hijos adelante y pagar un terreno de 3.000 metros cuadrados. Y luego escribe esta frase: «Si uno tiene 80 euros al mes para cigarrillos, lotería, móvil... Me pregunto si lo que hoy denominamos pobreza no tiene que ver más con la pérdida de la capacidad de llevar correctamente un presupuesto. A quien no sabe manejar su dinero no le sirve de nada una subida de las ayudas sociales». ¿Es ésa una idea de la nueva socialdemocracia?
R.- No necesariamente. Pero la ayuda social debe reservarse a casos de seria necesidad. Lo decisivo hoy es cómo incentivar a quienes la reciben para valerse por sí mismos. Mi madre no trabajaba día y noche para ella, sino para sus hijos. Hoy no hay esa motivación, los valores que la generaban se han perdido. Pero aquéllo no estaba bien. Y lo arregló Willy Brandt, logrando que también los hijos de los trabajadores pudieran estudiar. La socialdemocracia puede mejorar las cosas.
P.- Le pregunto todo esto porque se habla de usted como figura de futuro del SPD, para saber qué rumbo ideológico tomaría el partido. Se habla incluso de que será el próximo candidato...
R.- [Ríe] Yo preferiría hablar del Muro.
P.- Sólo una más. Ha mencionado a Willy Brandt. ¿Qué político vivo admira?
R.- Felipe González hizo brillar la imagen de España en el mundo. Barack Obama hace historia.
P.- Veinte años después, ¿da por terminada la reunificación?
R.- Aún hay Este y Oeste. Berlín es la ciudad donde ambos caminan juntos. Diferentes problemas, mentalidades y experiencias vitales, pero un solo Parlamento. El problema del Este sigue siendo económico, demográfico (despoblación y envejecimiento) y de infraestructuras. Eso genera la ostalgie [nostalgia de la RDA] y la frustración. El Gobierno debería estar haciendo mucho más.
P.- ¿Qué más haría usted si estuviese en la Cancillería? No voy a preguntarle si quiere ser candidato, pero dígame qué haría con el Este en el hipotético caso de...
R.- Le diré que no vale con multimillonarias transferencias, sino que es necesario mejorar las infraestructuras y reorientar la economía hacia la actividad. Merkel viene del Este, sí, pero no tiene programa para el Este.
P.- Estos días, muchos españoles han viajado a Berlín para celebrar el aniversario. Recomiéndeles un rincón especial, algo que le guste al alcalde.
R.- No me permito favoritismos. Es una ciudad muy creativa, cada día hay algo nuevo y eso es lo que la hace tan especial. La mezcla de la alta cultura y los nuevos grupos que llegan constantemente la hace muy vital y deliciosamente imprescindible.
P.- ¿Es Berlín la capital cultural de Europa?
R.- Si usted lo dice, no lo desmentiré.
P.- No querría irme sin un consejo del alcalde a los lectores de EL MUNDO.
R.- El [centro cultural] Tipi. Platos de temporada, buena carta de vinos y amenas actuaciones.
P.- Está justito a la puerta de la Cancillería.
R.- Sí
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009
EL FIN DEL COLOR GRIS
El nieto de Konrad Adenauer asegura que el comunismo cayó porque era un sistema en bancarrota
-->
ANA ROMERO
Cerca del Check-point Charlie había unas escaleras de madera desde las que asomarse a Berlín Este por encima del Muro. Como en un zoológico. Eran los famosos miradores para turistas de Berlín Occidental. Desde ellos se avistaban la zona de seguridad -la llamada tierra de nadie- y la segunda parte del Muro, que era una valla de alambre reforzado. Corría la primavera de 1978, y con tan sólo 12 años, me impresionó ese panorama desolador, ese mundo en blanco y negro en contraste con el color radiante que quedaba a mis espaldas.
Cruzados los controles, y ya al otro lado del Muro, el gris se acentuaba. ¿Por qué iban los ciudadanos de Berlín Oriental en pequeños y renqueantes Trabants mientras que los del Oeste conducían BMW? ¿Por qué en Ost Berlin la comida estaba malísima y no había nada, absolutamente nada que comprar? ¿Por qué la gente tenía la cara triste? Y sobre todo, ¿por qué no podían salir de allí?
Cuando todavía se está digiriendo la vorágine financiera y aún se oyen voces en contra de los malvados banqueros capitalistas, ¿por qué no recordar lo que fue el otro sistema, el comunista? «Si les das a elegir entre los problemas de ahora y lo que tenían antes, nadie en Europa del Este pediría volver al antiguo régimen. Prefieren controlar sus propias vidas, aunque sea imperfectamente, a lo que tenían antes», afirma desde Londres Michael Cox, profesor de Relaciones Internacionales en la prestigiosa London School of Economics y codirector del Centro Ideas, especializado en Diplomacia y Estrategia. «El comunismo cayó por la revolución de abajo, sí, pero también y sobre todo por los gravísimos problemas estructurales del sistema, además de por la perestroika, que en 1987 empezó a abrir la antigua Unión Soviética al mundo».
Desde el feudo familiar de Colonia, Patrick Adenauer, nieto de Konrad Adenauer, coincide con el profesor Cox: el comunismo estaba en bancarrota mucho antes de que cayera el Muro. «No funcionaba, no cumplía con los mínimos requerimientos de la economía, empezando por la competitividad». El nietísimo del padre de la nación democrática alemana es un empresario que preside la poderosa Asociación de Empresas Familiares de Alemania, un conglomerado que da empleo a 2,5 millones de personas y que genera el 15% del PIB nacional. Además, asesora a la canciller alemana, Angela Merkel.
POLUCIÓN. Meses antes de la caída del Muro, Patrick Adenauer experimentó en carne propia lo que era el sistema comunista. Fue a Alemania del Este a adquirir material para sus empresas de construcción porque el gobierno occidental daba unas interesantes subvenciones. Tenía 29 años. Lo que vio le impactó: «Fue una experiencia terrible. La polución era increíble. Realmente no se podía respirar. Las ciudades eran grises, sin vida. No había felicidad».
Explica Adenauer que Alemania Oriental sobrevivía entonces gracias al crédito de 1.000 millones de marcos que Franz Josef Strauss y Helmut Kohl le habían concedido para que pudiera pagar las deudas contraídas con los bancos occidentales: «Se notaba que era un país que ya no podía seguir funcionando. Lo que nunca sospeché es que fuese a ocurrir tan rápido».
La transición al capitalismo completo no ha sido tan veloz. Recuerda Adenauer que aún hay mucho por hacer: «Calculo que faltan otros 10 ó 20 años para culminar la labor de igualar a las dos Alemanias. Pero estamos en ello, y lo vamos a conseguir».
Este mes se han publicado dos libros definitivos sobre la caída del Muro. Ambos corroboran la experiencia del nietísimo Adenauer. El primero, The Rise and Fall of Communism, del politólogo escocés Archie Brown, supone el epitafio definitivo del comunismo. En él, Brown explica que la deuda contraída con los bancos de los países occidentales era tan grande que en la mayoría de los países del Este el dinero generado por las exportaciones no les daba ni para pagar los intereses. Fue el propio establishment comunista el que acabó con el régimen. La alternativa era la subida de los precios y el racionamiento de los alimentos. El segundo, Uncivil Society: 1989 and the Implosion of the Communist Establishment, de Stephen Kotkin, profesor de Princeton University, es igual de claro: «Fue el establishment el que acabó con su propio sistema».
PARANOIA. Según el profesor Cox, sólo quedan cuatro regímenes comunistas propiamente dichos en el mundo: Cuba, Corea del Norte, China y Vietnam. Pero incluso estos cuatro ejemplos sufrieron el impacto de la caída del Muro. Vietnam, con su particular sistema de doi moi, y China son prácticamente economías de mercado, Cuba está en transición y Corea del Norte no es más que un régimen paranoico.
¿Cómo se explican entonces los resultados de la encuesta publicada esta semana por el Pew Global Attitudes Project? En todos menos uno de los nueve países de Europa del Este incluidos en la encuesta ha bajado el sentimiento a favor del capitalismo. Lo explica así el profesor Cox: «En 1989, los ciudadanos optaron por la libertad política y la inseguridad económica. Pronto descubrieron que las cosas se ponían difíciles. Exceptuando Polonia, todos los países de la antigua órbita comunista tienen problemas. Si no fuera así, el comercio del sexo en Londres no estaría en manos de chicas de Ucrania y de Rusia. Al abrazar el capitalismo, se decantaron por más oportunidades y también por más problemas. La economía de mercado mundial no es el lugar confortable y calentito que algunos creían. Pero es el sitio donde impera la libertad, y eso tiene su precio. La euforia ha pasado, y estamos en lo que yo llamo un proceso de madurez».
Estos días de noviembre los alemanes viven unos momentos muy especiales. «En su autobiografía, mi abuelo dejó escrito su sueño: una Alemania reunificada en libertad», concluye Patrick en referencia al que fue canciller durante 14 años después de la II Guerra Mundial.
«No como la que quería Stalin, que era una Alemania unida pero neutralizada. Este aniversario es muy bonito, de acercamiento entre los alemanes. Nos recuerda el sentido de pertenencia conjunta a una nación y nos hace olvidar por unos días la tasa de solidaridad (Solidaritätszuschlag, una sobrecarga del 5,5% del IRPF para pagar por los errores del comunismo)».
EL OCASO
«Algún día, la RDA no será más que una nota a pie de página en los libros de Historia». El escritor germano-oriental Stefan Heym hace pública esta sentencia premonitoria días antes de la caída
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009FUKUYAMA, VEINTE AÑOS DESPUÉS
Pese a su proclama del fin de la Historia y el triunfo de Occidente, aún existen más dictaduras que democracias
-->FELIPE SAHAGÚN
El triunfo de Occidente (…) es evidente, en primer lugar, en el total agotamiento de los sistemas alternativos posibles al liberalismo occidental», escribía Francis Fukuyama en la revista The Nacional Interest en el verano de 1989. «Probablemente estemos siendo testigos no sólo del fin de la Guerra Fría o de una etapa determinada de la Historia de la posguerra, sino del fin de la Historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica humana y la universalización de la democracia liberal occidental como forma definitiva de gobierno de los seres humanos».
Samuel Huntington advertía en el número de otoño de la misma revista que «Rusia, aunque pierda su estatus de superpotencia, no dejará de ser una amenaza para sus vecinos».
En The New Republic, Leon Wieseltier señalaba que «creer en el final de la Historia exige creer en el final de la naturaleza humana».
Jean-François Revel fue más rotundo: «Me importa un bledo el largo plazo. Lo que cuenta es el plazo corto porque la vida es corta».
La defensa de Fukuyama ha sido desde el primer día que lo importante no son los hechos concretos, sino si las ideas que los inspiran compiten con la democracia liberal.
Al Qaeda se encargó de desmentir sobre el terreno el fin de los adversarios ideológicos, la democratización se ha estancado y la recesión mundial de los últimos dos años obliga a relativizar las bondades del modelo liberal capitalista.
Osama bin Laden y sus yihadistas interpretaron la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría como la consecuencia directa de su victoria sobre la URSS en Afganistán.
Lejos de ver en ellos el triunfo del sistema político, económico e ideológico occidental, los vieron como una oportunidad histórica para el renacimiento islámico global. «Si hemos sobrevivido al comunismo, acabaremos también con el capitalismo», concluyeron.
Fracasaron en su primer intento de destruir el World Trade Center, en 1993, pero lo consiguieron ocho años después. Echaron por tierra así una de las conclusiones principales de Fukuyama en su polémica visión hegeliana sobre el fin de la Historia y el último hombre: que ninguna otra ideología lograría desafiar seriamente al capitalismo democrático por carecer de atractivo universal.
RETAGUARDIA ISLAMISTA. Es fácil subestimar la amenaza islamista mientras sólo proceda de una Al Qaeda en la clandestinidad, dependiente cada vez más de internet para compensar su debilidad geopolítica, pero ¿qué ocurriría si grupos islamistas que comparten muchos de sus objetivos se hicieran con el poder en Arabia Saudí, Egipto o Pakistán?
La historia que Fukuyama dio por terminada retornaría con fuerza tectónica, religiosa y nuclear, y el choque de civilizaciones que Huntington anunció en 1993 ensombrecería cualquier otra forma de conflicto.
En vez de reconocer su error, a los pocos días del 11 de Septiembre Francis Fukuyama describía el extremismo islamista de Al Qaeda como «una acción de retaguardia contra el éxito de la democracia liberal» que venía a corroborar, a su entender, su tesis del 89 y cerraba los ojos a los desastres acarreados por el Proyecto para un Nuevo Siglo que él, con los neocon más destacados, había firmado en 1997. Sólo el desastre de la ocupación de Irak y las dificultades crecientes en Afganistán le despertaron del letargo.
En uno de sus últimos libros (Después de los neocons: América en la Encrucijada, 2006) rompe con sus correligionarios neoconservadores de los 90, vincula el unilateralismo liberal de Clinton con el neoimperialismo de Bush, contrapone la invasión de Irak con las revoluciones pacíficas en Europa y apuesta abiertamente por el multilateralismo y la reconstrucción institucional.
LA LIBERTAD SE ESTANCA. Según Freedom House, en 1988 había 60 países libres, 39 parcialmente libres y 68 sin libertad. En 2008, según cifras publicadas en septiembre, los países libres eran 89, los semilibres 62 y los no libres 42, pero las cifras no dicen toda la verdad.
A pesar del optimismo de Fukuyama 20 años atrás, hoy todavía hay menos democracias que dictaduras y el número de habitantes del planeta que vive en democracias plenas (poco más de 3.000 millones) representa sólo el 46% de la población mundial.
Según Arch Puddington, director de la investigación de Freedom House, «la libertad se ha estancado en casi todas las regiones del planeta, sobre todo en el África subsahariana y en la ex Unión Soviética, excluyendo los países bálticos».
Aparte de la antigua URSS, entre los países que han perseguido a la oposición política y a la sociedad civil de forma más agresiva sobresalen Irán, China, Zimbabue, Israel (en Gaza) y Venezuela. Los atentados del 11 de Septiembre primero y la recesión mundial desde 2007 han influido negativamente en la democratización global.
El terrorismo, el extremismo religioso, el genocidio en Darfur, los estados fallidos caóticos, las guerras civiles, la creciente influencia de regímenes autoritarios económicamente poderosos (China), la pérdida de influencia y de prestigio de Estados Unidos con Bush y el pánico financiero no favorecen el avance de la libertad preconizado por Francis Fukuyama.
ÚNICO SISTEMA. «A pesar de todo, la democracia sigue siendo el único sistema de gobierno respetado globalmente y, aunque Rusia, China, Irán y Venezuela desafíen su expansión, ninguno ha consolidado una alternativa que compita seriamente con la democracia y sus libertades», señala Puddington. «No hay, de hecho, un modelo chino o ruso y prácticamente nadie desearía vivir en sociedades gobernadas por Putin o el Partido Comunista Chino».
En su último libro, El retorno de la Historia y el fin de los sueños (2008), Robert Kagan pide paciencia. «Ha pasado demasiado poco tiempo para que fructifiquen en Rusia y China las fuerzas de la modernización y de la globalización», escribe
DOCUMENTOS / EL MURO / 1989/2009
Érase una vez un Muro
ANTONIO SKÁRMETA
A veces la gente me pregunta cómo fue que mi vida se implicó tanto con Berlín. Al comienzo atribuí este hecho a una mera casualidad, pero ahora que conozco profesional y afectivamente a los berlineses, dudo de que haya sido tan azaroso. Nunca tuve una especial relación ni familiar ni cultural con Alemania cuando niño. Mi gran entrevero con el alemán lo tuve gracias a mis profesores republicanos españoles en la Universidad de Chile, adictos a Heidegger, quienes decidieron que esa filosofía era lo que América Latina necesitaba para salir del subdesarrollo, y sin piedad nos inculcaron texto tras texto del genial pensador en traducciones castellanas. Pocas veces, sin embargo, un filósofo que ha basado su pensamiento desprendiéndolo de intuiciones poéticas, como las de Hölderlin, ha estado tan ligado a un idioma. La Filosofía es en sus prodigiosas manos una artesanía etimológica. De allí resultó que aprendí a Heidegger en castellano. Lo que equivale a confundir el durazno con el cuesco.
Mi imaginario de Berlín, cuando llegué tras el golpe de Pinochet era muy escaso: el de las películas norteamericanas sobre la guerra -donde los oficiales nazis ladraban más fuerte que sus perros- una canción de la Ópera de Tres Centavos (Mac the Knife) cantada por Ella Fitzgerald o Bobby Darin, la espesa sombra de La montaña mágica de Thomas Mann, y mi adolescencia con las novelas de Herman Hesse.
Mi primera visión de esta ciudad fue que era un territorio dominado por la política. Si en Chile las posiciones confrontacionales habían desembocado en una dictadura, el breve territorio de Berlín Occidental -llamado coloquialmente una «isla»- vivía su existencia cotidiana de cara al Muro de la República Democrática Alemana.
Sus habitantes -exagero como buen latinoamericano- parecían ser sólo ancianas con perros, viudas de guerra, viejos gruñones y pálidos, abrumados por legiones de estudiantes desordenados, locuaces recitadores de Althusser, de Mao, y de anarquistas italianos.
La gran estrategia para demoler el Muro desde West Berlin no era tanto el frenesí de la derecha organizada políticamente, sino el discurso libertario de la izquierda alternativa. Aún no se había formado el partido de Los Verdes. En los cafés y en las calles había verdaderas batallas entre los Realos y los Fundis. Entre aquellos que querían que el gran partido alternativo entrara a las instituciones, o las rechazara con violencia.
Me impresionaban en Berlín esa enorme energía cultural que era en el fondo un gesto libertario y contrastante con el país del Muro. Gracias a esta táctica se alentaba todo tipo de subvenciones: había excelente teatro a precios mínimos, no faltaba una gran orquesta filarmónica y los espectáculos copaban la ciudad, un gran Festival de Cine, y una caótica vida multirracial de cafés y clubes de jazz.
La concentración geográfica de esta pequeña República le daba a todo un color y una calidez intensa.
Nunca he chequeado esto que alguien me contó: los estudiantes que venían a estudiar a Berlín podían postergar indefinidamente, mientras estudiaran, hacer el servicio militar. Esto creaba una nueva profesión: la del estudiante eterno.
Se les veía añosos y canos comer en la Mensa de la Universidad Técnica, cuyas modestas sopas y boulettes por menos de un marco consumían tanto los estudiantes como cuanto hambriento rodeaba la estación del Zoo.
Mi Berlín fue siempre West Berlin: un escenario de libertades, de juventud desordenada y desorganizada, de compraventas de segunda mano. No había gran empuje empresarial, pues me imagino que ninguna compañía de seguros extendería pólizas en un territorio rodeado por un sistema que podría algún día desmoronarse -como ocurrió- o bien atreverse a echar un zarpazo.
Frases como la de Kennedy, Ich bin ein Berliner, puentes aéreos, la permanente confrontación con el Este, eran el oxígeno de la ciudad. Desde las ancianas conservadoras hasta los más radicales punks, había un desafecto por el socialismo real del país del lado. Entre ellos mismos no se entendían, pero sí se comprendían en lo que no querían ni les gustaba.
West Berlin fue una escuela de la diferencia: el lugar donde las convicciones más dogmáticas tendían a probarse en la polémica y en la evidencia de la superioridad de la democracia sobre las dictaduras de signos opuestos. Allí convivimos los exiliados de las dictaduras de América Latina con los fugitivos del socialismo real. Los rigores nos acercaban. Las asperezas de la vida y el culto a la tolerancia democratizaron el esquematismo de nuestras convicciones.
Los intelectuales latinoamericanos que antes sólo aterrizaban en Madrid, Barcelona, París o Londres comenzaron a frecuentar la ciudad, a escribir sobre ella artículos, libros. Hubo temporadas con Vargas Llosa, y João Ubaldo Ribeiro, Antonio Cisneros, Ignacio de Loyola Brandão. Al cubano Miguel Barnet se lo invitó, pero en La Habana le dijeron más bien que no. Un Festival Horizontes, dedicado a América Latina, atrajo a escritores de todo el continente, incluido el parco Juan Rulfo.
Los intelectuales díscolos de la Alemania Oriental tenían acá una potente caja de resonancia. Las expulsiones o castigos a Wolf Biermann, a Thomas Brash, por ejemplo, eran tema obligado de discusión y furia. La reciente Premio Nobel Hertha Müller y el poeta rumano Oskar Pastior eran estrellas de la disidencia.
Pero aparte de estos debates de altas esferas -que bajaban en tonos menos sofisticados- a las universidades y a los cafés, West Berlin era una ciudad con la amabilidad que daba la vocación de cosmopolitismo de sus habitantes.
Reducidos geográficamente, sus ansias de mundo eran evidentes, y las políticas oficiales se las daban básicamente a través de la cultura, masiva y esplendorosa, y de la solidaridad: no había grupo extranjero que no recibiera en esta zona tan golpeada por la guerra y la partición del país el afecto y el apoyo de grupos de ciudadanos sensibles: los partidos políticos, las organizaciones religiosas, los centros estudiantiles, ... ... las comunidades de mujeres, las minorías sexuales o étnicas. Se diría que en los gobernantes de la Alemania Occidental y en la dirigencia y en la gente de West Berlin se producía un consenso a veces explícito, a ratos tácito, de hacer de «la isla» una pequeña imagen del mundo.
Eso es lo que tuvo West Berlin: podíamos seguir siendo de otro lado y nunca nos faltaba un oído atento a nuestros sueños y vicisitudes.
EL AUTOR
La última novela de Antonio Skármeta, 'El baile de la victoria' (Premio Planeta) fue llevada al cine por Fernando Trueba. Skármeta se exilió en Alemania, donde fue embajador de 2000 a 2003. Dos obras suyas tienen como escenario Berlín Occidental: 'No pasó nada' y 'La velocidad del amor'




Links to this post:
Crear un enlace
Home