LA CRISIS DEL 'ALAKRANA': El regreso

LA CRISIS DEL 'ALAKRANA' / El regreso a Galicia
El patrón: «Nos han protegido bien, damos las gracias a la Armada»
Blach relata los nervios en la liberación, con la amenaza de un nuevo secuestro
M. GIMENO
Vigo
Son de otra pasta. Lo dejaron patente ayer nada más pisar tierra en el aeropuerto de Peinador (Vigo) los ocho tripulantes gallegos del atunero Alakrana, que tras pasar 47 días secuestrados, padeciendo una situación «superextrema», sometidos al terror de sus captores y a «toda clase de humillaciones», no pusieron ningún reparo en agradecer a coro las gestiones para su liberación del Gobierno español, la Xunta, la Audiencia Nacional, los ayuntamientos y su armador Kepa Extebarría, pero ante todo la lucha de sus mujeres.
Lo dijo con lágrimas en los ojos, sin ocultar la emoción, Secundino Dacosta. «Estamos muy agradecidos a nuestras familias y a nuestras mujeres que han trabajado al cien por cien y han sido las verdaderas artífices de la liberación», declaró.
Recibidos a pie de pista por las familias que desde primera hora de la mañana esperaban en Peinador la llegada del avión fletado por la Xunta de Galicia, se emocionaron al escuchar el incontenible aplauso de sus seres más queridos. También estaban presentes el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, el delegado del Gobierno, Antón Louro y el conselleiro de la Presidencia, Alfonso Rueda.
A diferencia de sus compañeros vascos, los tripulantes gallegos comparecieron ante los medios para dar una breve pincelada de la «terrible y muy desagradable» situación vivida. «Es prensa para toda España, ¿no?» interrogó el patrón, Ricardo Blach, para «no contestar sólo en gallego», antes de aclarar que ha sido «terrible» tanto el secuestro, como toda la «estancia» y el momento final de la liberación.
Blach relató que entre los momentos de gran tensión figura el momento de la liberación, por la advertencia realizada por sus propios secuestradores de que podían volver a ser capturados por otras bandas que ya merodeaban en torno al atunero. «La liberación fue de nervios, de temor y desconfianza total, porque cuando estaban a punto de liberarnos había otro barco, con otra banda, y los piratas nos dijeron que tuviéramos cuidado porque cuando nos liberaran nos iba a intentar coger el otro grupo. Yo ya había avisado a la fragata y a los helicópteros para que estuviesen pendientes. Nada más saltar el último pirata les llamamos, vinieron. Nos han protegido muy bien. Nos han acompañado día y noche, por eso damos gracias también a la Armada».
Blach no sólo se refirió al final feliz, también «al principio» del secuestro, cuando permanecían retenidos en el comedor de marinerías «los treinta y tantos marineros, todos tirados boca abajo», con los piratas «siempre» encañonándoles y en un «cuadrado de 20 metros cuadrados».
El patrón del barco aclaró que él y el capitán estaban en la «parte de arriba» del barco, «también encañonados».
«Al final gracias a Dios a ellos les han metido abajo, con las puertas del exterior cerradas, pero tenían libertad para ir al servicio, cocina, comedor y visitar a sus compañeros», apuntó en referencia al resto de tripulantes.
Ricardo Blach manifestó que el capitán y él dormían «en el suelo» y que permanecían el resto del día «sentados en una silla», y que para ir a un servicio que distaba «dos metros» era necesario «pedir permiso» a los corsarios «cuando lo daban, un sacrificio total».
Cambio de hermanos en el 'Alakrana'
>Les prepararon caldo gallego como menú de celebración. Por lo menos así lo hizo la madre de Pablo Costas, Anunciada Durán, que atenuó así los nervios previos a la llegada de su hijo. Con ella estaba otro hijo, Antonio, con un pie en el vuelo que el lunes le trasladará a Seychelles para formar parte de la tripulación de relevo .
>Dacosta, padre de Secundino, que volvió ayer, y de Jesús, que parte mañana, asegura que sus hijos seguirán en la pesca «porque es el oficio que tienen». Antonio y Jesús relevan desde mañana a sus hermanos en el barco. «No tenemos miedo porque ahora hay seguridad», dice Antonio sin descartar que haya más incidentes
LA CRISIS DEL 'ALAKRANA' / El regreso a
Bermeo retira los carteles de presos por los pescadores
LEYRE IGLESIAS
Bilbao
Los vecinos de Bermeo no brindaron ayer un recibimiento especial a sus pescadores, pero sí aprovecharon las fiestas de Santa Cecilia para dar rienda suelta a la alegría por tener a los suyos, de nuevo, junto al puerto. Un ambiente festivo en el que el edificio del Ayuntamiento, del PNV, ofrecía una imagen muy distinta de la habitual: de sus balcones no colgaban los carteles en favor del regreso de los presos de ETA que había en los últimos días.
Este pueblo vizcaíno pedía hasta hace poco, desde el balcón del Consistorio, la liberación del atunero. Así fue hasta el martes. Una vez lograda esa libertad, cuando las mujeres retiraron la pancarta de la fachada quedaron al descubierto dos carteles en los que se exige otra libertad diferente, la de los presos de ETA. Una consigna a la que el PNV nunca se ha opuesto expresamente, pero que no forma parte de la simbología de este partido.
El viernes, las proclamas abertzales habían desaparecido poco antes de que los marineros volvieran a sus domicilios. A la imagen desconcertante de un ayuntamiento del PNV con ese emblema radical se unen otras dos circunstancias: no está el cartel blanco que hay en muchos consistorios vascos con la frase ETA ez, ETA no, ni la bandera de España, sólo la ikurriña.
Política aparte, ayer fue un día duro para las familias, que pudieron abrazar a los tripulantes tras 47 largos días de secuestro. Los pescadores llegaron a la base aérea de Torrejón, en Madrid, poco después de las 8.00 horas, en un avión de la Fuerza Aérea Española, desde donde se trasladaron a Galicia y el País Vasco. Los gallegos ofrecieron una rueda de prensa en Vigo, pero las familias vascas reiteraron su petición de «intimidad». Por expreso deseo de éstas, los fotógrafos y cámaras no sacaron imágenes de ellos en Torrejón.
Los periodistas lograron una imagen de los pescadores, de lejos, y unas palabras de las mujeres, en el aeropuerto de Loiu, donde la hermana del capitán, Argi Galbarriatu, dijo que los tripulantes están agradecidos por «el apoyo de los medios, del pueblo y de todo el mundo».
Minutos más tarde, la mujer del engrasador Gaizka Iturbe, María Ángeles Jiménez, dijo a este periódico -en el portal de su casa, en Sestao- que había encontrado a su marido «muy tocado». «Cuenta poco. Les han hecho de todo. Han visto cosas aberrantes, que les han afectado humanamente».
Sufrió un cólico nefrítico en el Alakrana. Ahora, dice su mujer, está «un poco mejor», pero no quiere hablar. «Se ha ido un Gaizka y ha vuelto otro», resume.
El silencio de estos pescadores concluirá el martes, cuando declaren en Guernica ante el juez Santiago Pedraz. Después quizá atiendan a las preguntas de los medios.
Hasta entonces piden respeto a su silencio, la postura «más prudente», según Jiménez. Por deseo de las familias, ninguna institución vasca organizó un recibimiento oficial, aunque la consejera Pilar Unzalu quiso arroparlos en Loiu. Con ellos en casa termina la pesadilla
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Los otros tripulantes del 'Alakrana'
JOANA SOCÍAS. ENVIADA ESPECIAL
Puerto Victoria (I. Seychelles)
Son los otros del Alakrana. A diferencia de los españoles, a la tripulación africana y asiática del atunero vasco no les recibieron en las islas Seychelles sus familiares. Tampoco una veintena de periodistas de sus respectivos países de origen. Es más, los 20 marineros de Indonesia, Malasia, Senegal, Ghana, Costa de Marfil y las islas Seychelles que sufrieron el cautiverio al igual que vascos y gallegos dan gracias al cielo de que el armador español pagara el rescate a los criminales somalíes. Si se hubiera tratado de un armador de sus respectivos países, varios de los marineros consultados por EL MUNDO aseguran que allí seguirían.
Pocas horas después de poner pie en tierra firme, dos marineros africanos declararon a este periódico que durante el secuestro estaban «absolutamente aterrados» y que no piensan volver a poner un pie en el mar hasta que no acabe el problema de la piratería.
El relato de los otros marineros es terrorífico. Gritos, insultos, golpes y patadas era la rutina a las que los piratas sometían a los cautivos. «Yo mismo vi como uno de los piratas le pegaba una patada al patrón», contó uno de los entrevistados mientras disfruta de sus primeras horas de libertad.
«Solo volveré a subir a un barco si el armador lo llena de agentes de seguridad. Si no, no vale la pena», declaró uno de los marineros consultados, que prefiere guardar el anonimato para «no tener problemas con el jefe». El lunes aterrizará en su país de origen, donde recogerá el sueldo que le ha enviado el armador. 120 euros al mes. Una miseria si se compara con el rentable mercado del atún en el Océano Índico.
«Desde el primer momento, nos quitaron toda la ropa. Incluso la interior. No teníamos nada hasta el viernes por la mañana».. El mismo ex rehén señaló también que los «militares españoles» ayudaron a los pescadores del Alakrana a «limpiar y reparar» la cubierta del barco tras la liberación. «Estaba todo muy mal», explica el marinero.
«¿Que si tenían armas? No las soltaban ni un segundo. Lo más gracioso de todo es que yo solo hubiera podido con cinco de esos piratas. Pero, claro, la diferencia es que ellos tenían metralletas, kalasnikov y bazocas. Desde el momento que el armador pagó el dinero, ya nos dejaron llamar a nuestras familias», añade el africano.
Sólo Wilson, el único marinero de las islas Seychelles a bordo, se atrevió a dar la cara ante la prensa. En su casa en un barrio de clase media alta de Victoria, la capital de Seychelles, cuenta que a él el mal trago le brindó la posibilidad de tener un nuevo amigo. Un amigo pirata. «Nunca me dijo su nombre, pero hablábamos siempre. De la vida, de la familia. De nuestras cosas. Me trataba bien e incluso me daba tareas que hacer. Recuerdo que un día se les rompió el motor de uno de sus esquifes. Se lo arreglamos entre varios», cuenta en el salón, mientras abraza a su mujer, Pamela. «Y también me pidió que por favor le arreglara el parachoques de su coche. Se lo trajo de tierra. Lo arreglé e incluso lo pinté. Estaba muy contento», añade el marinero que ha aprendido español gracias a la convivencia con sus compañeros. «Por las noches escuchábamos el programa Españoles a la mar, en la radio. ¡Hablaban de nosotros todo el rato!», recuerda Wilson, que saborea el inicio de dos meses de vacaciones.
Esta vez, armados
El Alakrana volverá pronto a navegar, con tripulación de refresco y una carga extra respecto a su último viaje: armas. En la imagen, miembro de la seguridad privada del Alakrana supervisa la colocación de las armas de guerra que a partir de ahora protegerán al atunero.
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«Yo por mí sí volvería al barco, pero mi mujer no piensa lo mismo»
NAIARA ORTIZ
Santurce
Ángel Diego no ha sido un marinero mediático pero sí primordial para la supervivencia de sus compañeros y paradójicamente, también de sus captores. Es por ello que en Santurce, su pueblo de toda la vida, no se enteraron de que este jefe de cocina era uno de los marineros secuestrados del Alakrana hasta más de un mes después de su captura, cuando las mujeres decidieron salir a la palestra para luchar por la liberación de sus arrantzales.
La discreción ha sido la máxima de su familia y ayer lo volvió a demostrar con la tranquila llegada a su barrio en un coche junto a su mujer, Marisa, y una de sus hijas. Nada más poner un pie en la calle fue recibido con abrazos y ánimos por parte de algunos amigos que esperaban su llegada. En su anhelado hogar aguardaba impaciente su hija Eider, una de las mujeres que ha dado la cara durante estos días ante los medios de comunicación y que le hizo abuelo poco antes de que embarcara en el atunero.
Ángel llegó ayer a la localidad marinera «muy cansado» pero ni el secuestro le ha quitado las ganas de seguir desempeñando el duro trabajo que le aleja de su familia durante ocho meses. «Estoy que no sé ni por dónde me pega el aire. Ahora sólo quiero descansar, ni sabemos lo que vamos a hacer. No tengo miedo a barcos ni aviones, así que podría viajar perfectamente. Yo por mí sí volvería al barco, pero mi mujer no piensa lo mismo. Ahora tengo cuatro meses por delante para descansar y reflexionar», afirmó Ángel en declaraciones a este periódico, acompañado de su mujer, cuyo rostro reflejaba el temor a que el cocinero vuelva a faenar en el Índico.
Eider, la hija, trabaja en una tienda de electrodomésticos, y su jefa ha sido una testigo de excepción de cómo ha sufrido el secuestro. Sin duda, el «peor momento» fue cuando llegaron las noticias de que tres marineros habían sido llevados a tierra. «En ese momento se desplomó pero cuando se supo que habían vuelto al barco, recuperó la gran fuerza que tiene», recuerda.
También Begoña, dueña de una librería anexa al portal de la familia de Diego, ha sufrido cada día con el secuestro de su vecino y cliente. «¡La de libros de cocina que se ha llevado para el barco!», exclama
LA CRISIS DEL 'ALAKRANA' / El regreso a
La familia no quiso recibimiento oficial
La ministra de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, Elena Espinosa, explicó ayer en Orense que ni ella ni nadie del Gobierno acudieron a recibir a los marineros del atunero 'Alakrana', cuando llegaron a la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid), por deseo de los familiares que «pidieron privacidad».
Según la ministra, el secretario general del Mar, Juan Carlos Martín Fragueiro, y el de Defensa, Luis Cuesta, estuvieron pendientes «de asistir o no» a un encuentro con los marineros en las Islas Seychelles, de donde partieron con destino Madrid, pero desistieron ante la petición de sus familiares





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