DELINCUENCIAS ZP: SITEL y el lechero de Churchill

A CONTRAPELO
Confianza en el lechero
-->SANTIAGO GONZÁLEZ
Una de las facultades que más ha desarrollado el vicesecretario general del PSOE es un instinto especial para detectar el punto débil del adversario y aplicarse a él con malicia perseverante. José Blanco no es lo que podríamos llamar un intelectual por mucho que relativizáramos el concepto, pero tiene un olfato cainita ante el que un duro como Alvarez-Cascos parecería una novicia y el mejor Alfonso Guerra no pasaría de poeta. A veces sobreactúa. Por ejemplo ayer, en la Ser, cuando dijo que si los populares tienen alguna prueba de que se les había grabado ilegalmente, que lo denuncien al juzgado «y, si no, que callen para siempre».
La fórmula de Blanco, deudora de las amonestaciones en el rito matrimonial -«si alguien tiene algo que alegar en contra de este matrimonio que hable ahora o que calle para siempre»-, tiene el problema de que deja escapar por los resquicios del subconsciente un sueño totalitario, como le pasaba a un músico de mi pueblo al que mosqueaba la voluntad de divertirse de los mozos, hasta el punto de gritarles: «¡No bailéis, que me confundís!»
Los obstáculos son consustanciales a la democracia, pero el partido del Gobierno no parece concebir esa razón. De hecho, la respuesta de Blanco en la Ser es una parábola del argumentario empleado en el asunto Sitel. Repasémoslo. Es cierto que el sistema lo compró Rajoy, según dice el PP, para emplearlo en la lucha antiterrorista, pero que los informes de los ministerios de Interior y Justicia y del CGPJ desaconsejaron su empleo. Sostiene el PP que el PSOE comenzó a usarlo en diciembre de 2004.
Al PP podría reprochársele haber gastado un dinero en el artilugio antes de asegurarse de su idoneidad legal, pero nada más. Decir «lo compraron ellos» no tiene más valor que si los legendarios hermanos Izquierdo argumentaran que las escopetas con las que diezmaron el censo de Puerto Hurraco hace 10 años las había comprado su padre, un suponer. El problema fue el empleo que le dieron después ellos. No parece que los populares puedan acusar al Gobierno de haberlos espiado, pero parece razonable la propuesta de regular el empleo de Sitel por medio de una ley orgánica, que es la clase de leyes que regula «los derechos fundamentales y las libertades públicas», según el artículo 81 de la Constitución.
El ingenio no es un sistema de escuchas convencional. Controla, no una conversación concreta, sino el móvil en su totalidad, la agenda telefónica, las citas pasadas y previstas y los mensajes que se han enviado desde dicho terminal. También permite la manipulación de las grabaciones. Como Woody Allen en Misterioso asesinato en Manhattan, pero en plan profesional.
¿Qué hay de malo en regular un sistema como éste? ¿A qué viene tanto aspaviento como el que montan Rubalcaba y Blanco? Dice el ministro del Interior que nunca se ha usado indebidamente y nadie debería dudar de su insobornable amor a la verdad, pero no se entiende su oposición a un protocolo, a una ley que garantice ese extremo. El Estado de Derecho contra el que conspira el PP, en opinión de Blanco, no es más que la seguridad de que el autor del timbrazo a deshoras no puede ser otro que el lechero de Churchill. Esa tranquilidad viene de la ley, no de la fe ciega en el encargado de la tranca




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