11-M, VUELTA AL JUZGADO: La Guardia Civil avala que ETA montó móviles como los del 11-M

11-M / Vuelta al juzgado
La Guardia Civil avala que ETA montó móviles como los del 11-M
Acredita en un oficio remitido al juzgado que al etarra Sáenz Olarra se le incautó «un dibujo de un teléfono móvil manipulado como sistema de iniciación de explosivos» / Cuando Del Olmo le pidió un informe sobre el tema, Manzano omitió este dato
JOAQUÍN MANSO/Madrid
La Guardia Civil certifica en un oficio que en 2002 se intervino al etarra Balbino Sáenz Olarra, ingeniero electrónico, el diseño de un teléfono móvil manipulado para que sirviese como iniciador de artefactos explosivos, con un sistema idéntico al que utilizaron los terroristas del 11-M.
Este documento ha sido aportado durante el juicio por la demanda interpuesta contra EL MUNDO por el ex comisario jefe de los Tedax Juan Jesús Sánchez Manzano.
Éste no informó de ese hallazgo que ahora confirma la Dirección General de la Guardia Civil cuando, en mayo de 2006, remitió al juez Juan del Olmo un documento en el que detallaba, a solicitud del magistrado, los atentados en los que ETA utilizó un teléfono móvil para activar bombas y comparaba el sistema empleado por la banda con el del artefacto de la mochila de Vallecas.
Manzano afirmaba que en los tres atentados en los que ETA utilizó móviles -uno contra el cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo; otro contra la cúpula del PP en el cementerio de Zarauz y el último contra una garita del puerto de Pasajes-, lo hizo de manera distinta a los terroristas del 11-M: «Los teléfonos fueron utilizados como sistema de activación a distancia de forma controlada mediante una llamada», sostenía el ex jefe de los Tedax.
Y continuaba añadiendo que, «por el contrario, el teléfono móvil que contenía el artefacto explosivo desactivado en el parque de Azorín de Vallecas en la madrugada del día 12 de marzo de 2004 cumplía con las funciones de temporizador a través de su ALARMA RECORDATORIO DIARIO», destacando en letras mayúsculas el elemento que constituía la principal diferencia entre el sistema de ETA y el del 11-M.
Es decir que, según el informe de Manzano, ETA sólo habría utilizado móviles como activador a distancia, mediante una llamada desde otro teléfono, mientras que en las bombas del 11-M el impulso eléctrico iniciador se producía cuando saltaba la alarma del propio terminal conectado al explosivo, que actuaba también como temporizador.
Lo que no aportó al juez el ex jefe de los Tedax fue el hallazgo que ahora acredita la Guardia Civil, y del que informó EL MUNDO en junio de 2006. Según la Dirección General del Instituto Armado, en un oficio remitido al juzgado a petición de este diario, tras la desarticulación en Madrid en mayo de 2002 del comando Txirrita de ETA fueron intervenidas «unas notas manuscritas en euskara referidas a los detalles de un dibujo manuscrito de un teléfono móvil manipulado para ser utilizado como sistema de iniciación de artefactos explosivos, significando que la autoría, tanto de las anotaciones como del dibujo, fueron atribuidos, mediante estudio realizado por el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil al miembro de ese comando de ETA Balbino Sáenz Olarra».
Esto es: según ese diseño, el teléfono móvil funcionaría directamente como iniciador, de manera idéntica a como lo hicieron los de las bombas del 11-M. El documento de la Guardia Civil certifica igualmente que ese dato se incorporó al sumario abierto en el Juzgado Central de Instrucción número 1 de la Audiencia Nacional -cuyo titular era, entonces, Guillermo Ruiz Polanco- tras la desarticulación del comando Txirrita y el arresto de los etarras Mikel San Argimiro e Imanol Miner. Sáenz Olarra huyó entonces, pero fue detenido en Francia en diciembre de 2002.
E
L MUNDO informó el 26 de junio de 2006 de que, en la operación de la Guardia Civil contra el comando Txirrita, se registró un piso alquilado por la banda en el número 27 de la céntrica calle madrileña de Piamonte. En esa vivienda, se encontraron 96 kilos de clorato sódico y 14 kilos de azufre para fabricar cloratita; 88 kilos de dinamita de la marca Titadyn; 10 metros de cordón detonante; una bomba lapa; un subfusil; dos pistolas; 64 detonadores, y un número indeterminado de temporizadores. Además, había tres teléfonos móviles de la marca francesa Alcatel, modelo One Touch Easy.
Fuentes policiales confirmaron que uno de ellos estaba manipulado. En la parte superior de la carcasa de plástico, los terroristas habían realizado dos agujeros con un soldador. En el interior del aparato, habían practicado dos soldaduras a la altura del altavoz. Según el dibujo de Balbino Sáenz Olarra que se encontró en el mismo piso, de cada uno de esos dos puntos debían salir dos cables de cobre plastificados que irían conectados a un detonador adherido a la carga explosiva para transmitir el impulso eléctrico directamente desde el teléfono móvil, como se ve en el gráfico que acompaña a esta información.
Cuando el móvil se utiliza como activador a distancia, como en los tres atentados de ETA de los que Manzano informó a Del Olmo, el teléfono tiene que permanecer encendido. El terrorista suele utilizar la estrategia de mantenerse a una distancia desde la que pueda visualizar su objetivo, para efectuar la llamada que produce la explosión en el momento preciso: por ejemplo, cuando se acerque un policía.
Ese sistema tiene los inconvenientes de que se retrasa la huida, de que al terminal puede acabársele la batería y de que los inhibidores de frecuencia que utilizan las fuerzas de seguridad impedirían que se transmitiese la llamada y, por tanto, que se produjese la explosión.
Todos esos riesgos se eliminan cuando el móvil se emplea directamente como iniciador, con la alarma funcionando como temporizador, como ocurrió el 11-M. El terrorista tiene el tiempo que necesite para preparar su huida, el teléfono puede permanecer apagado, por lo que no se le acaba la batería, y los inhibidores de frecuencia son del todo inútiles contra este sistema. Por el contrario, el atentado que se cometa de esta manera sería menos preciso y más indiscriminado.
En mayo de 2006, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, también negó, a preguntas de la diputada del PP Alicia Castro, que ETA hubiese utilizado móviles como temporizadores. Meses antes, EL MUNDO ya había informado de que un confidente trasmitió a la policía francesa que el ingeniero de ETA Tomás Elgorriaga Kunze había desarrollado un sistema así.
A petición de EL MUNDO
La Guardia Civil remitió el documento a la juez a petición de EL MUNDO el 9 de marzo, pero este periódico esperó para revelarlo a que tuviese lugar el juicio por la demanda que presentó Juan Jesús Sánchez Manzano.
11-M / Vuelta al juzgadoUn manto de silencio
GABRIEL MORIS
Transcurridos cinco años y cuatro meses del mayor atentado perpetrado en España, podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos que no conocemos casi nada sobre el mismo y, por lo tanto, la sentencia del tribunal que juzgó el caso y la del Tribunal Supremo no responden las incógnitas fundamentales de cualquier atentado: los móviles del mismo, las personas que lo planificaron y ejecutaron, la forma en que se llevó a cabo, los beneficiados por el mismo y -algo muy especial del caso que nos ocupa- el interés por ocultar las pruebas, así como por evitar todo recuerdo del atentado y toda investigación que no coincida con la falsedad de la versión oficial.
El juicio tuvo unos comienzos ciertamente prometedores, ya que el tribunal estaba constituido por jueces prestigiosos y comenzó su andadura solicitando una pericia sobre los explosivos y llamando a declarar a los dos miembros de ETA apresados con una cantidad importante de Titadyn. Sin embargo, produjo una sentencia que no explicaba las incógnitas formuladas anteriormente. Sólo tres de los 29 acusados fueron condenados como autores: Emilio Suárez Trashorras, como colaborador necesario en el suministro del explosivo de mina Conchita; Otman Gnaoui, como colaborador en el transporte, y Jamal Zougam, identificado como presente en los trenes.
En estos tres condenados existen lagunas y falta de pruebas: resulta incomprensible que un confidente de la Policía que en todo momento estuvo en contacto con el policía que le controlaba sea condenado y los hermanos Toro, que lo introdujeron en ese mundo, hayan sido absueltos. Respecto a Gnaoui, no se entiende una condena cuando no se ha podido describir con pruebas irrefutables la secuencia del transporte de los explosivos. La condena a Zougam tampoco parece responder a una certeza plena de su presencia en los trenes ni a una relación con los grupos que teóricamente ejecutaron el atentado.
Podemos concluir que en la sentencia hay demasiadas lagunas importantes como para dar por finalizada toda la investigación. Resulta igualmente extraño que la Audiencia considere cerrado el caso, pues las investigaciones, según nuestro saber, quedaron suspendidas a todos los niveles desde que la sentencia fue ratificada por el Supremo.
Últimamente han aparecido noticias periodísticas, así como libros sobre el asunto, habiendo caído todos ellos en el más absoluto de los silencios. Entiendo que la perdida de un hijo en el atentado nos autoriza a nosotros y a cualquier víctima a instar a la reapertura de las investigaciones a nivel judicial y a todos los niveles.
Recientemente apareció en El MUNDO una noticia que recordaba nuestra petición de reabrir el sumario. En mi opinión, dicha noticia era digna de aparecer en portada, ya que, por mucho que los poderes del Estado se empeñen en cerrarlo y olvidarlo, este caso no lo está. Mi familia y muchas personas con principios y rectitud de conciencia entendemos que el silencio sólo puede ayudar a encubrir a los autores.
Durante las dos últimas legislaturas se ha hablado de «hombres de paz» y de «proceso de paz», pero yo entiendo que sin verdad no puede haber justicia, y sin justicia no puede haber paz, a no ser que este término tenga distinto significado para una víctima del terrorismo que para los representantes del Estado de Derecho.
Gabriel Moris es padre de un fallecido en el 11-M y fue perito en el análisis de los explosivos ordenado por el tribunal.
BALBINO SÁENZ OLARRA Ingeniero electrónico de ETAEl líder del último 'comando Madrid'
JOAQUÍN MANSO/Madrid
Balbino Sáenz Olarra, ingeniero electrónico de ETA y especialista en aplicar las nuevas tecnologías a sus atentados, fue el líder del comando Txirrita, el último que actuó en Madrid que tuvo verdadera actividad. Permanece en prisión desde que fue arrestado en la localidad francesa de Arcachon en diciembre de 2002. En Francia, donde cumple pena actualmente, fue condenado a 10 años de cárcel; en España, a 108. En el piso franco que la Guardia Civil registró en el barrio de Recoletos de Madrid después de desarticular el comando Txirrita, la Guardia Civil encontró informaciones, fotografías y datos de seguimiento de más de 1.500 personas. Entre ellas, los ex ministros José Barrionuevo y Matilde Fernández, y la superestrella de la canción Rocío Jurado. También había un móvil manipulado para conectarlo a una bomba y el diseño de un sistema iniciador idéntico al que se utilizó años después en el 11-M.
Sáenz Olarra nació en San Sebastián hace 47 años. A principios de los 90, se integró en el comando Ipar Haizea, cuya función era prestar apoyo logístico al comando Donosti de ETA. Ese grupo fue desarticulado en 1991 y Sáenz Olarra escapó primero a Francia y, en la primavera de 1993, a México. Allí permaneció hasta 1998. Aprovechando la tregua que la banda mantuvo durante el Gobierno de José María Aznar, regresó a España y se reintegró de manera activa en la banda, cuya cúpula militar le encargó formar en marzo de 2002 un comando que sustituyese al Madrid.
Sáenz Olarra reclutó a su viejo amigo Mikel San Argimiro y a Imanol Miner y formó el comando Txirrita. Durante el escaso tiempo que permaneció activo, apenas dos meses, tuvo una actividad intensísima.
El 22 de abril, colocó un coche bomba en la sede de la compañía petrolífera Repsol YPF, que no llegó a causar víctimas. Días después, el 1º de mayo, llevó a cabo su atentado más exitoso desde el punto de vista de la propaganda de ETA: otro coche bomba estalló cuando se encontraba aparcado en los bajos de Torre Europa, frente al Santiago Bernabéu, horas antes de que el Real Madrid se enfrentase al Barça, con el paseo de la Castellana repleto de gente. Sólo hubo 17 heridos, pero las imágenes dieron la vuelta al mundo.
El 14 de mayo, la Guardia Civil detuvo a sus compañeros de comando cuando colocaban una bomba lapa en un coche. Sáenz Olarra escapó en un coche robado. En Madrid quedó aparcado su último intento de atentado: una furgoneta con 40 kilos de explosivos que el comando había intentado hacer explotar, sin conseguirlo, junto al estadio del Rayo Vallecano.
Etiquetas: Juicio 11-M





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