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Lugar: Cantabria, Spain

domingo, 31 de mayo de 2009

FIRMAS: Luis María Anson, David Gistau, Erasmo



LAS CARTAS BOCA ARRIBA



AL ABORDAJE:
Tomasistas 'on the road'

DAVID GISTAU

Pasada la medianoche de un martes, el andén del AVE en Atocha estaba lleno. La gente traía de Córdoba un pringue de sudor, impronta de lo que Ruiz Quintano llama «un calor omeya». El tren al Sur ya no es como ése al que el mozo de estoques de Gallito exigía cojones en Despeñaperros. Pero aún es posible descubrirle matices taurinos al escuchar el clarín que anuncia el cambio de tercio adaptado como señal de llamada en un móvil. Había sombreros de paja, osarios de botellines ya apurados, e incluso alguna almohadilla debajo del brazo: los tomasistas on the road, que regresaban a casa.

La voluntad periférica de José Tomás arrastra toda una peregrinación de creyentes cada vez que el torero se aparece en una de esas plazas donde el tendido no es un yunque de forjar a olés como martillazos los nombres inmortales. Hay quien diseña el verano errante clavando en un mapa una chincheta sobre cada ciudad en la que torea José Tomás, y estos seguidores constituyen una cofradía con conciencia de sí y memoria de platos y tragos: en la nuestra, la de la barrita que viajó a Córdoba, ya están incorporados los gin-tonics aspersados con una corteza de limón que nos bebimos en la terraza de una casa rodeada por un jardín selvático que parecía importada piedra a piedra de La Habana.

Mientras se propaga el rumor de que vuelve a estar harto, José Tomás torea sin televisión y lejos. Casi en una clandestinidad escogida, y así, de lo que hace, tan sólo se sabe lo que cuentan quienes estuvieron con él. Luego a Madrid, igual que las noticias de victorias o de derrotas alcanzaban con mucho retraso las gradas de San Felipe en Sol, llegan las crónicas de sus puertas grandes. Y parece que cuaja tardes memorables de las que sólo cabe lamentar que no ocurran en las plazas y en los carteles y ante los toros de verdadera exigencia. Pero no es para tanto. Las tres orejas de Córdoba, las vimos: no hubo que imaginar una faena a partir de un titular en internet. Y, mientras el público se derramaba en entusiasmo sólo porque estaba predispuesto a hacerlo para que nada arruinara la fiesta y la aparición del santo, los cabales de la barrita, aficionados duros de Madrid, se miraban como preguntándose: «¿Qué coño aplauden?». Es por ello que los triunfos de José Tomás, velados como un secreto de pocos y concedidos por públicos entregados de antemano, llegan a las gradas de San Felipe magnificados. Él ha encontrado ahí un camino poco comprometido en el que nada puede salirle mal. Pero la sangría de cogidos en este San Isidro revela que son otros los toreros que se exponen en la ley taurina allí donde los olés suenan como los martillazos de Vulcano



ERASMO
De Chávez

VARGAS Llosa busca «un debate» con la bestia parda. Mas: su inviabilidad es semántica, de lenguaje. Y un imposble jurídico: la incompatibilidad de «reglamentos» personales ruidosamente inmiscibles. Si el debate público es expresión litúrgica del hecho democrático, la controversia dialéctica para el espadón caraqueño sería la simulación grosera de quien finge respetar lo que desprecia. Tal stravaganzza: cual la lidia taurina con un tigre de Bengala, hambriento. (Y bastante disgustado).

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