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viernes 2 de enero de 2009

FIRMAS: Luis María Ansón, Raúl Rivero, Antonio Lucas, Raúl del Pozo, Erasmos, Rafa Martínez-Simancas, Arcadi Espada



TRIBUNA LIBRE
RAUL RIVERO
Socialismo o muerte, valga la redundancia


 Anoche, en una de esas angustiosas llamadas de Año Nuevo para escuchar a la gente querida y lejana, el hermano de un amigo mío le decía a éste desde La Habana: «Ramón, lo que pasa es que este país, Cuba, está muerto».

El hombre, un ex combatiente de Sierra Maestra jubilado, que sobrevive con las remesas que le envían sus familiares desde España, y que se pasó la juventud al servicio de Fidel Castro, remató la frase con este comentario: «Está muerto, pero nadie lo acaba de enterrar».

La metáfora, con todo su trasfondo patético y su mensaje de tedio cardinal, retrata la fatiga con la que los grandes sectores de la ciudadanía cubana reciben el amanecer de los 50 años de socialismo con pachanga. Un ritmo sabrosón de negros santiagueros (que inventó el músico Eduardo Davidson), deformado por el acompañamiento obligatorio de un acordeón soviético, primero, y de un cuatro venezolano ahora, al final.

Es cansancio de exportación. Desaliento y desidia porque en la experiencia de tres generaciones de hombres y mujeres, después de medio siglo de promesas y anuncios de planes fantásticos y triunfalistas, hay una sensación de clausura y atolladero, de desconcierto y falta de brújula, acompañada por la certeza: la materia pura de la pobreza sin esperanza.

Esa es la realidad del hombre de la calle, de la gente de bicicleta china como único vehículo, de la cartilla de racionamiento, del peso cubano (24 por un euro); es la realidad del cubano de a pie que ve a los turistas como diosecillos y que sigue, desde su casa desvencijada, la función de teatro que trasmite la televisión estatal y que reseñan los panfletos del Partido, publicados con cabeceras de diarios. Es el desplazamiento en escena de un grupo de dirigentes que ha envejecido delante de las cámaras. Con las entradas y salidas al golpe de los mismos uniformes (hoy apenas disimulados por guayaberas y trajes mal cortados), sus gestos, los discursos, el papeleo, las estadísticas, las consignas roncas por la repetición y desleídas por el uso, desnudas en el casco y la mala idea.

Se trata de un agotamiento que produce una reacción natural de quejas y lamentos, pero que no puede -o casi no puede- pasar de ahí porque ese proceso de cierre y empobrecimiento sistemático está protegido por la algazara de la propaganda. Y, sobre todo, por la maquinaria (más discreta) de la policía política y su aparato de represión científica, uno de los dos organismos estatales que funcionan con cierta eficacia -el otro es el Ministerio de las Fuerzas Armadas-.

Así es que después de 50 años de penurias, hambres, golpizas y candados, guerras fantasmas y reales, cinturones apretados y ausencia de cinturones, el panorama de Cuba traduce ese sentimiento de capitulación que la mayoría recibe con críticas de baja intensidad, chistes, ironías y candelas internas. Otros se van. Usan las pericias de la picaresca, gestiones legales o, sencillamente, desafían al mar y a los tiburones en una balsa... Como se dice allí, le dejan una raya al Comandante y salen al exterior a rehacer sus vidas.

Hay, sí, una tercera parte de la sociedad que se enfrenta a pecho descubierto con la dictadura. Hablo de los partidos y grupos de la oposición pacífica. Los periodistas independientes, los bibliotecarios, los activistas de derechos humanos y las Damas de Blanco, una agrupación de mujeres que trabaja por la liberación de sus familiares presos. Son 55 los que siguen condenados después de una razzia policial en la primavera de 2003 en la que 75 cubanos fueron lanzados a los calabozos con penas de hasta 28 años.

Coincidiendo con este aniversario redondo -50 años desde el triunfo de la Revolución- y entre el júbilo de la izquierda cerrera (que cenó en Nochevieja con amigos), amanecieron, un día más, en las más de 300 cárceles cubanas, 209 presos políticos.

Nadie puede creer que el viaje hasta el desencanto ha sido fácil. Comenzó con una fiesta. Con la alegría de más del 95% de los seis millones de cubanos que vivían en la isla en 1959.

Los viejos que arrastran hoy patologías y vicios de mando por el arruinado territorio nacional, hace medio siglo (llenos de juventud, fusiles, barbas, crucifijos y collares de santajuana) entraron triunfales en los pueblos y ciudades, porque hicieron una guerra de 24 meses contra la tiranía de Fulgencio Batista y Zaldívar, un general negado, durante siete años, a bajarse de la silla presidencial.

Dirigía, enfundado en una colección de trajes dril 100 y con un leve olor a colonia inglesa, un régimen corrupto, producto de un golpe de Estado, que llegó a asesinar a más de 3.000 cubanos. La guerrilla fue recibida como una bendición en aquel Año Nuevo. Nadie imaginaba entonces que el líder rebelde -un abogado de 33 años llamado Fidel Castro Ruz, que había mostrado indignación por la interrupción violenta de la vida democrática en Cuba- iba a multiplicar por siete los siete años que estuvo en el poder el dictador que le precedió.

El libertador no iba a mostrar sólo sus habilidades para multiplicar. Pronto lo haría también para dividir. A los pocos meses de su llegada al poder, comenzó un proceso de división y encono entre las familias -así, en estos momentos el 20% de la población cubana está fuera de las fronteras del país-.

El único presidente electo en democracia que permaneció en Cuba y murió allí, hacia 1968, fue el doctor Ramón Grau San Martín, un agudo profesor universitario. El clavó con una frase el trabajo de demolición que comenzó enseguida Fidel Castro. Le preguntaron su opinión sobre la gestión gubernamental del revolucionario y el viejo médico dijo como una exhalación: «Durante años, muchos malos políticos trataron de acabar con el país y no pudieron. Este hombre lo ha conseguido en poco tiempo». Esa labor de destrucción tiene que ver con el estado de la economía nacional. El abandono de las tierras que debían producir alimentos y producen desolación. Con el control del Estado y su gestión diabólica sobre cualquier dominio que genere riquezas.

Se relaciona con la indigencia de la agricultura cubana, atacada cada año por intensos y erráticos ciclones temporales, pero que tiene su enemigo mayor en el huracán estacionario que es la torpeza enciclopédica con que el Estado la maneja. De modo que en ese país donde uno dejaba caer una semilla y crecía un árbol, según los guajiros de otros tiempos, el Estado socialista no alcanza a producir ni el 15% de los alimentos que necesitan la población.

Entonces, mientras la jefatura criolla y sus amigos de América y Europa empeñados en convalidar su inmovilismo, lloran en los foros internacionales por las presiones del embargo comercial norteamericano, Cuba le compra a Estados Unidos (en este año del 50 aniversario, por ejemplo) productos alimenticios por valor de más de 720 millones de dólares. El rechazo visceral debería ser contra el bloqueo que le impone el gobierno a los 11 millones de cubanos de la isla. Un sitio donde hay que vivir con un salario de entre 6 y 12 euros al mes y en el que un aguacate se vende por 12 pesos.

El cuadro es el de una sociedad enferma, crispada, pobre y dividida. Una nación sin pan, sin sueños, sin libertad y como un barco al pairo. Un país que vivaquea en una corriente de abulia, en el que el anuncio de reformas, que se enseñan y se esconden a conveniencia de los magos del asilo de ancianos, produce sólo un poco más de indiferencia.

Cuba no ha muerto, como dijo ayer el hermano de Ramón desde La Habana. Está paralizada. Asiste al velorio del Frankestein del socialismo tropical, espantoso en su media rueda. Y nadie quiere afeites para esa cara. Ni remedios para su corazón de estopa.

Raúl Rivero es escritor cubano en el exilio y columnista de EL MUNDO.



CABO SUELTO
ANTONIO LUCAS
Revolución
El mundo va haciendo su colección de fantasmas con el mismo esmero que empeñaba Nabokov en trinchar mariposas sobre una lámina de corcho. La Historia, al final, es una selva disecada, un país extranjero. Lo vemos ahora que se cumple el 50º aniversario de la Revolución cubana. La cosa prometía, pero no cumplió.

Cuba era el triunfo del socialismo instintivo frente al electroshock del comunismo siberiano, que se resume en dogma y muro de hormigón. En 1959 impartieron marxismo a ritmo de guanguancó. Las mulatas agitaban libremente las caderas y nadie sospechaba que un día llegaría la humillación. El herbolario de las utopías lo fundó Fidel Castro, un tipo de barba trabajada con las tijeras de los pies, vidente sulfúrico con manos de rezador, guerrillero espectacular que amortiza por igual las cartucheras y los rosarios. Un gran póster.

Pero el sueño se jodió pronto, lo jodió él mismo con modales de plomo cuando las cárceles se llenaron de inquilinos que desconfiaban del único dios verdadero. Las conquistas de la igualdad no pasaron de la democratización del daiquiri en Tropicana, del habano para todos, de Sartre y la Beauvoir disfrazados de derroche intelectual, de coartada. Y qué viejo suena todo esto. Qué terco. Qué del siglo XX. Qué cueva vuelta del revés. La vieja mística de la revolución no ha resistido la «espuma fálica de nuestro cham-pán», que dijo Umbral. Aquello es una peli de ruinas en el follón guapo y verde del Caribe. La vida cambió el rumbo. Todo conflicto ha dejado de ser ideológico para asumir abstracciones religiosas, veleidades financieras, eurekas tecnológicos, invisibles amenazas. La última tangana de la que se habló en términos utópicos fue de internet. Y la nueva Guerra Fría se juega en Wall Street, entre el dinero robado y el dinero falso. Aunque ya ni eso.

Cuba sólo es un comodín hueco de contenido al que no recurre ni EEUU, como no sea para renovar el miserable, vergonzoso embargo. Los yanquis comprendieron que resultaba más rentable atizar a bombazos el avispero de los árabes, mear azul petróleo. Y a Fidel, para no perder la costumbre, le dejaron la propina perversa de Guantánamo, ese aeródromo delictivo.

El reportaje de los 50 años de la Revolución lo echan ahora en los telediarios después de una noticia de osos panda. No da más de sí. En la isla no sucederá nada que no quieran los dólares. Así que mientras llega el giro de los gusanos de Miami, hay que salvar el espectáculo, el merchadising del azúcar recién cortado, el falso motor de un pueblo acojonante cuya revolución huele a escasez, a estafa, a mojama vestida de chándal con un megáfono en la barba, a gobierno ineficaz de trepas y viejos chicos de los recados.

No iba a decirlo, pero si no fuera por los que allí han sido fumigados de un modo u otro (feliz año, Raúl Rivero), este jaleo conmemorativo de la Revolución no pasaría de ser un cancán tardopop, un bolerito de alegre lejanía. Y no este oscuro cromo fracasado.

CANELA FINA
LUIS MARIA ANSON
Zapatero, Arendt, Barack Obama

Perdería yo el sentido de la objetividad si negara la calidad, la lucidez, la profundidad del artículo que José Luis Rodríguez Zapatero ha publicado en EL MUNDO: El horizonte del cambio.

«Si la política ha producido el cambio, ahora le toca al cambio producir política. No es fácil, nunca lo es, pero se puede», escribe el presidente español. Barack Obama, hombre intensamente patriota, político profundamente religioso, representa para Zapatero la integración de la diversidad, la lucha sincera contra el totalitarismo y la violencia, sin innecesarios aspavientos militares. «Estoy convencido de que Obama no levantará los brazos guiado por los prejuicios, la ira o el deseo de venganza». Para Zapatero una agenda progresista global no es siquiera imaginable sin el impulso de Estados Unidos.

El presidente del Gobierno español se suma a la denuncia de Obama contra el cinismo político que consiste en «la indiferencia ante el dolor humano, ante la desigualdad, ante la pobreza extrema; indiferencia culpable...». Seguro que nadie le ha explicado a Zapatero que esa fue la posición de Juan XXIII en la Mater et magistra y en la Pacem in terris; de Pablo VI en la Populorum progressio; de Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis. El gran desafío del siglo XXI se centra en la justa distribución de la riqueza mundial. Durante la centuria pasada la justicia distributiva se alcanzó en las democracias pluralistas occidentales. El mundo globalizado exige ahora soluciones en las que se erradique la miseria de las tierras duras del hambre. En la sociedad mundial, las naciones ricas deben pagar impuestos en favor de las pobres.

«Aun a sabiendas de la frágil textura de las ilusiones humanas -escribe Zapatero- sólo se puede hacer política con ilusión». Eso es lo que representa Barack Obama. La verdad es que me jode un poco reconocer la calidad del artículo del presidente español, la claridad con que se expresa, la profundidad de su análisis en el que por cierto cita a Hanna Arendt. Descubrí yo tarde a esta pensadora judía, alemana, sin patria. Fue en 1969, en un ensayo que publicó en la Revista de Occidente sobre Martin Heidegger, el octogenario. Resulta que Hanna Arendt fue novia del autor de Sein und Zeit. Alumna de Edmund Husserl, amiga de Walter Benjamin, mantuvo una intensa relación intelectual con Karl Jaspers, que dirigió su tesis en la Universidad de Heidelberg: El concepto de amor en San Agustín. Se escapa Arendt de la Alemania de la Gestapo, aborrece durante unos años a Heidegger -«se cita a sí mismo como si fuera un texto de la Biblia»-, se amiga con Bertolt Brecht, escribe sobre Albert Camus y el existencialismo francés y publica su gran ensayo filosófico, Kant, Montesquieu y Proust al fondo, Los orígenes del totalitarismo. Lo escribió en 1951. Lo leí en 1974 en la traducción de Guillermo Solana en Taurus, la editorial pastoreada por Jesús Aguirre. En casa de Pedro Sainz Rodríguez, en el Parque de las Avenidas, el consejero de Don Juan, el cardenal Tarancón, Aguirre y yo departíamos con frecuencia sobre la situación límite de la España de entonces. Hanna Arendt distingue entre las dictaduras de Franco o Salazar y los totalitarismos de Hitler o Stalin. En su libro Sobre la violencia se sumó por cierto al movimiento estudiantil de 1968. Frente a la «la radicalidad del mal» de Kant estableció su «banalidad del mal». Es, en fin, una de las pensadoras más sugerentes, más innovadoras, más penetrantes de la última mitad del siglo XX. Me ha sorprendido, la verdad, la cita que de ella hace José Luis Rodríguez Zapatero en su espléndido artículo de EL MUNDO, lleno de sugerencias, de inquietud constructiva, de visión del futuro. Al reconocerlo así, me sacude la perplejidad cuando pienso en la gestión zapateresca de los últimos años, tan roma, tan torpe, tan menor, tan insoportable por su levedad y su inconsistencia.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.



INSOLENCIA PASAJERA
RAFAEL MARTINEZ-SIMANCAS
Año nueve

Mientras no consigamos neutralizar a los que envían SMS pretendidamente graciosos por Navidad (localizarlos para su posterior envío al Santo Oficio donde darán con sus huesos en cochambrosa mazmorra), tendremos que acostumbrarnos a que los teléfonos piten en Nochebuena y Nochevieja. Lo peor ya pasó, apenas nos quedan unas coñas con Obama como rey de las cabalgatas, poca cosa y con poca gracia. En los SMS de Nochevieja ha triunfado el mensaje de «Feliz 2010» que volaba de mano en mano entre quienes son poco adeptos a Zapatero (habrá que investigar si fue idea de Solbes).

Se trataba de una broma para iniciados. Los que enviaban esa maldad nos querían hacer viejos de golpe; pero por malos que sean los tiempos uno tiene derecho a disfrutar de los días que le han correspondido. No tiene sentido borrar un año sólo porque estemos en marejada económica. Sería tan absurdo como eliminar a los menesterosos porque no comen pan y deslucen por las calles de las tiendas caras. Uno puede ser pobre de solemnidad, feo y sin remedio quirúrgico pero tiene derecho a disfrutar de su vida bebiendo a morro vinos peleones envasados en tetrabrik (por cierto son los que han subido en ventas en las últimas semanas). Si no padecemos el 2009 difícilmente vamos a llegar al 2010, fecha que tampoco dan por segura los analistas para el inicio de la recuperación económica. No vale coger sólo los mangos bajitos como cantaba Juan Luís Guerra; a menudo hay que dejarse el lomo en el empeño. Si suprimiéramos 2009 por Decreto volveríamos a las campanadas con Anne Igartiburu la semana que viene, ¡por Dios no añadamos crueldad a las dificultades crediticias!

Quién sabe si en estos doce meses que nos esperan los codiciosos, aquellos que han reventado el sistema financiero, no encuentran un punto de salvación que otorga a un alma la salvación como decía El Tenorio. Démosle el tiempo necesario para que entren en razón, se arrepientan de sus pecados y salgan de Wall Street en cuerda de presos camino de la penitenciaría más cercana (donde espero se reúnan con los autores de los SMS pretendidamente graciosos en Navidad). De momento Wall Street está lleno de codiciosos pero muy callados, algo que ocurre también en otras Bolsas europeas. Hasta el día en el que veamos terapias de grupo con banqueros reconociendo que fueron especuladores pero que lo están dejando, no hay nada que hacer. Pero que levanten la mano como se hace en las iglesias evangelistas cuando se quiere liberar a un hermano de sus pecados. Así, agitados por la mala conciencia de un demonio especulador que les poseyó y al que renuncian.

Año nuevo, año nueve. De momento nos toca atravesar, y vivir, este 2009 con todas sus hojas del calendario político y financiero. Que no nos quiten lo bailao, puesto que uno descubre que se hace mayor cuando los años te parecen muy cortos y la mano no te cabe en el bote de los caramelos.



ERASMO
Año Nuevo

Y Thomas Mann: sólo el humano marca confines, celebra en el tiempo años, siglos, milenios. Mas, mister Mann, acaso wrong number. Música: máquina tan óptima para medir el tiempo. Ni Picasso (operación de aritmética inconsciente), ni Leibniz (relato inadvertido). Mas Pitágoras (la música: su armonía es matemática, una relación numérica simple). El compás binario de aves enigmáticas: trino, luego existo. (Buen 2009)

ZOOM
ARCADI ESPADA
Empeorando
El periodismo despide el año con un relato de miedo. En un momento de la otra tarde coincidieron estos tres titulares en la edición digital del periódico: «Lo peor está por llegar» (Gaza) «¿Quién ofrece la peor previsión?» (Economía española) «La gripe ya ha llegado y aún falta lo peor». Hace tiempo que tengo la sospecha de que el periodismo ha contribuido notablemente a la expansión y profundidad de la crisis. En realidad siempre lo hace, con el miedo y también con la euforia. Aunque ahora se añade un factor diferencial: la propia y objetiva crisis del periodismo. La capacidad de confundir los apocalipsis personales con los colectivos es un rasgo propio de la Humanidad. Sólo hay que ver el principal pronóstico de los viejos: esto se hunde. Y creo que el periodismo está ampliando el apocalipsis a fuerza de obsesionarse con el suyo privado.

Pero eso no es todo. Hay algo aún más sorprendente: ¿Apocalipsis del periodismo? ¿Estamos seguros? El periodismo se encara a la transformación más importante de su historia. Nació con Gutenberg y jamás ha sufrido una transformación como la de internet. Esta transformación es tecnológica, pero sobre todo moral: el periodismo ha dejado de gestionar en régimen de monopolio el debate sobre el conflicto social. Antes los ciudadanos discutían en los medios, siempre (en la radio, en la televisión o en la prensa) moderados por periodistas. Hoy lo hacen en millones de foros internáuticos, y los moderadores no son necesariamente periodistas. Se percibe también algún signo inquietante: como ese descenso (ligero) en el interés por las noticias de los jóvenes norteamericanos. Un instante de crisis, desde luego. Pero también podría decirse un maravilloso instante de crisis. Nunca hubo en el mundo tantas personas interesadas por el relato periodístico: nunca los periódicos soñaron con la audiencia digital. Y nunca hubo una posibilidad técnica comparable de hacer gran periodismo. ¿Apocalipsis, porque el trasvase de lectores de lo impreso a lo digital vaya más lento que el trasvase publicitario? Nada de apocalipsis; sólo lo de siempre: problemas.

Estoy leyendo un libro excepcional: Diario de Berlín, de William Shirer. Entre otros fragmentos maravillosos está el que describe el nacimiento de la radio como medio de comunicación real, en la crítica Europa nazi y con Shirer y Ed Murrow inventando a medias... ¡nada menos que la rueda de corresponsales! Hace sólo 70 años. No recuerdo qué alma cándida y ucrónica se preguntaba si con internet el watergate sería posible. El tipo de preguntas que ofenden con sólo formularse. Tiraba con poco vuelo el apocalíptico. Porque lo que pudo preguntarse es si el nazismo habría ocurrido con internet y contestarse de paso lo único posible: no.

Ahora bien: todo hombre vivo puede decirse sin equivocarse que le espera lo peor.

(Coda: «Que ha nacido, por así decirlo, el corresponsal de radio en el extranjero». William Shirer, Viena, 12 de abril de 1938,)



EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO

Entre el centeno

Hay un personaje que inquieta a Pedro J, en el esplendor de las encinas, tanto o más que el propio José Luis Rodríguez Zapatero. Es un escritor amargo al que llaman J.D. Salinger, delgado, alto, sordo, displicente, solitario, invisible y bello. «Si es que vive -me dice el director entre sus cinco perros- o vivió alguna vez, cumple hoy 90 años». Es un eremita con la soberbia de los locos, proclamado escritor de culto con un solo libro, como Rulfo; ha vendido 70 millones de ejemplares. El autor de El guardián entre el centeno desasosiega tanto por su vida como por su obra: da con el carrito de la compra a los paparazzi porque está tocado por las musas, esas madres aurorales que se aparecieron a Hesíodo cuando guardaba las ovejas y le anunciaron que escribir es decir mentiras con apariencia de verdades.

Dichosos los escritores a los que les llega la inspiración; afligidos los que reciben el soplo mientras trabajan. Ellos, los elegidos, pueden permitirse el lujo del desaire. Salinger, la certeza de que todo el arte es desleal, no escribe para la gente, sino para sí mismo. Trata a sus seguidores con un menosprecio parecido al odio, como trataban a sus fans Greta Garbo o Fernando Fernán Gómez, al que una vez le dije: «Si fuera rico sería antipático», y me contestó: «Yo lo soy sin ser rico». Salinger confesó que le hubiera gustado hacerse pasar por sordomudo para no tener que hablar. No escribió el monólogo de Hamlet, ni siquiera Moby Dick, apenas una historia corta de niños que juegan entre el centeno al borde de un precipicio. «En cuanto empiezan a correr sin mirar donde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Yo sería el guardián entre el centeno».

El desdén es una de las bases de su leyenda, en unos tiempos en los que hay que hacer biografía antes que obra. Pero hay en la novela algo que estremece: la semilla del mal fue sembrada entre metáforas. Mark David Chapman asesinó a John Lennon y llevaba el libro; luego leyó un pasaje de la obra antes de la sentencia, John Hinckley intentó matar a Reagan obsesionado con el guardián. Robert John Bardo asesinó a la actriz de 21 años Rebecca Schaeffer.

Lo que hace a Salinger legendario es su lejanía. No se sabe si es cierto o no que pertenece a la Iglesia de la Cienciología, si sufre, como apunta su hija, de glosolalia, el don de las lenguas que experimentaron los místicos, los ascetas y las pitonisas, cercana a la transverberación de la santa de Avila. Los filósofos sacan la filosofía ordeñándose las barbas; los poetas necesitan el aliento de los inmortales o el soplo de la publicidad. ¿Y si Salinger fuera sólo un mito, es decir, una superstición? En literatura, como en política, muchas veces la gente se deja deslumbrar por fascinaciones de segunda mano, por burbujas y pirámides de engaños, como las de Madoff.

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