FIRMAS: Luis María Ansón, David Gistau, Raúl del Pozo, Erasmos, Arcadi Espada, Carmen Iglesias

CANELA FINA
LUIS MARIA ANSON
Del pleno empleo al récord de parados
Hace un año, en estas mismas fechas, Zapatero mentía al pueblo español al negar la negociación que siguió manteniendo con Eta, de tú a tú, a pesar de la atrocidad de Barajas. Hace una año, en estas mismas fechas, Zapatero mentía al pueblo español al asegurar que, si vencía en las elecciones generales de marzo, el pleno empleo se produciría en la nueva legislatura. El presidente circunflejo tenía información precisa sobre la crisis económica que se avecinaba. Negó la realidad para facilitar su reelección. Esa es la pura verdad.
Hace un año, en fin, Zapatero esgrimía las cifras de reducción de paro en su legislatura, sin reconocer, claro es, que eran producto de la herencia recibida de Aznar. En 1996, el presidente popular se enfrentó con una situación económica angustiosa, con España zarandeada por el déficit, la deuda, la quiebra de la seguridad social, el paro. Ocho años después entregó a Zapatero una España próspera, con superávit, disminuida la deuda, boyante la seguridad social, reducido el paro. Las cifras en este sentido resultan abrumadoras aunque Rajoy no sepa cómo usarlas. Zapatero I el de las mercedes dilapidó la herencia de Aznar y, hace un año, en lugar de reconocer la crisis y tomar a tiempo las medidas necesarias, se dedicó a proclamar a los cuatro vientos la robustez de la situación. Las cosas se hubieran puesto difíciles en todo caso por evidentes razones internacionales pero, tratada la enfermedad a tiempo, no habrían sonado las alarmas que inquietan ahora el tejido económico y social de España.
Pleno empleo radiante. Trabajo para todos. Zapatero, presentado como el mago que lo resolvía todo. Ayer se hicieron públicas las cifras apabullantes. En sólo un año, un millón más de parados. Y el récord zapateresco: desde 1987, si se emplea la misma fórmula de medición, no se conocía una cifra de parados tan alta. Más de tres millones de personas sin trabajo, amén los inmigrantes no legalizados. Una carga abrumadora para la seguridad social y trabajo extra para Rubalcaba puesto que los inmigrantes sin papeles tienen que comer y muchos de ellos buscarán el sustento fuera de la ley.
¿Soluciones? Zapatero lo tiene claro. Dar trabajo con dinero público y contratar a troche y moche, si se tercia, ampliando la nómina del Estado. Pero eso es hacer rayas en el agua. Sólo una ayuda real a la pequeña y mediana empresa, sólo un estímulo racional a los jóvenes que quieren poner en marcha proyectos nuevos, incidirá de forma fehaciente en el tejido del paro. Los Presupuestos Generales del Estado y la histérica financiación de las Autonomías contribuyen a que derrochemos un dinero que no tenemos, ahondando la crisis económica. Pero aquí no pasa nada. No pasa nada. El presidente está radiante. Zapatero, como la marquesa Eulalia de Rubén, sonríe, sonríe, sonríe.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española
AL ABORDAJE
DAVID GISTAU
Anuncio engañoso
En 1948, Bertrand Russell y el padre Copleston se trabaron en un extenso debate sobre la existencia de Dios radiado por la BBC. En el diálogo, que en ningún momento alcanzó una temperatura como para echar mano de un atizador de chimenea, como hizo Wittgenstein cuando riñó con Popper, respondieron a preguntas complejas. Sobre la naturaleza accidental de las decisiones morales y de la misma existencia si no da sentido a todo un ser supremo. O sobre si las potencias generadoras de la fe son el miedo y la ignorancia que atenazan a la ínfima criatura humana.
El debate sobre la existencia de Dios regresa a nuestro ámbito público por culpa de dos iniciativas de proselitismo urbano, reacción la una a la otra. Pero como este tiempo nuestro desestima por complicada cualquier idea que no pueda ser expuesta en el espacio de una camiseta, este desafío lo será de eslóganes. Tanto se ha reducido el aliento intelectual, que la postura de Russell la defenderá ahora el autobús barcelonés de la línea 14, Poblenou-Bonanova, que resume sus argumentos en un escueto: «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida». La réplica no la dará Copleston, sino el autobús de la línea 493, que enlaza Aluche, Fuenlabrada y Leganés, con un no menos sencillo: «Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo».
No es probable que la BBC tenga interés en radiar un encuentro de los dos autobuses. Como tampoco lo es que éstos vayan a alterar sus recorridos: nadie se condenará o salvará rumbo al purgatorio o al cielo por tomar uno u otro, pues el bonobús no es el óbolo de Caronte, y si Dios está impreso en la chapa es como publicidad contratada y no como destino. Y eso que, en La tournée de Dios, Jardiel ubicó la puerta celestial en el Cerro de los Angeles, muy cerca, por tanto, de por donde pasa el 493.
Lo que sí le sorprende a uno, habida cuenta de lo estricto que es el control ejercido sobre la publicidad, es que estos dos anuncios se vayan a beneficiar de una tolerancia que ya querrían la Coca-Cola, un crecepelo, o cualquier otro producto condenado por «publicidad engañosa» en cuanto induce a error o promociona servicios inexistentes. Al russelliano autobús 14 lo salva el «probablemente», que agrega a su mensaje un matiz más agnóstico que ateo y deja un margen para la duda comparable al que admitió aquella cerveza que sólo probablemente era la mejor del mundo. Pero el 493 no duda. Vende sin matices la existencia de Dios, que es mucho menos comprobable que el sabor prometido por un refresco o que la eficacia de un remedio para quienes sufren en silencio las hemorroides. «Disfruta de la vida en Cristo», dice, como si se refiriera a un producto tan tangible como disfrutar la vida en Marina D'Or, que usa el señuelo de una moza en biquini, pero al menos especifica el precio en vez de esconderse en la letra pequeña.
ERASMO
Ibarretxe
Pobre. Exorciza su rostro de Wilson en Shane (Raíces profundas), Jack Palance autista. Si los antecedentes nazis del partido fueran pocos: cráneos, RH, sandeces teóricas del chiflado Sabino Arana (luna de miel en Lourdes). El, intocable por leyes, el poder dizque soberano de los jueces: puro Carl Schmitt, aquel «Hitler crea Derecho». Ibarretxe: otro vatxo/de txevetxa/ que se sube a la txabetxa. (Txevetxa no más)
ZOOM
ARCADI ESPADA
Tanta o más
Es largo, casi diez mil palabras, aunque no tiene las dimensiones homéricas de otros de sus discursos. Fue pronunciado el 9 de enero de 1959 al entrar en La Habana engalanada. El que lo pronunció, comandante en jefe Fidel Castro Ruf, apura sus penúltimos días, para decirlo con las muy premonitarias palabras del escritor Ernesto Hernández-Busto. En determinadas agonías se va al revés y conforme se avanza se pasa de lo último a lo penúltimo; y así este escritor cubano, que empezó dando a su blog el nombre de Ultimos días, se vio pronto en la necesidad de trocar a más realista su profecía. Y quién sabe hasta dónde deberá hacerlo porque incluso después del hecho biológico nadie sabe si Cuba, esta Cuba, alcanzará la categoría de postrera.
La isla aparece más quieta que nunca. Se celebra el 50º aniversario de la Revolución y la melancolía puede con la peor disidencia, que es la del tiempo. Para apuntalar el paisaje embalsamado, Granma anuncia la reedición de célebres discursos de Fidel. Lean Granma. Su prosa ya no existe. Yo he pasado un buen rato de esta tarde prendido a esta lectura. Lo comprenderán: yo soy uno de ésos que dibuja Michael Hirschon en su pompa fúnebre del Times: «El fin del periódico impreso significará también el fin de cierto tipo de existencia urbana quasi bohemia para miles de escritores de clase media, periodistas e intelectuales públicos que, hasta ahora, llevaban semiafortunadas vidas mentales». En efecto es una vida casi afortunada que incluye, durante una tarde de mucho frío, la lectura de un carcomido discurso de Castro. Ahora parece que Joe el fontanero está a punto de llegar a Gaza, como enviado especial de un medio norteamericano. Otra vida. Me gusta mucho el cinismo con que recibirá a Joe la enviada del periódico, Sal Emergui: le dirá que sabe de Gaza lo mismo que nosotros.
El discurso del Comandante. Trata sobre la verdad. Todo es falso. Salvo el asombroso último párrafo con que Fidel se despide de las multitudes: «Sé, además, que nunca más en nuestras vidas volveremos a presenciar una muchedumbre semejante, excepto en otra ocasión -en que estoy seguro de que se van a volver a reunir las muchedumbres-, y es el día en que muramos, porque nosotros, cuando nos tengan que llevar a la tumba, ese día, se volverá a reunir tanta gente como hoy».
Apuesto a que será verdad. Una terrible y durísima verdad que herirá por igual a los que aman la Revolución y a los que la detestamos.
(Coda: «Con la publicación del texto íntegro del discurso pronunciado aquella memorable noche, Granma comenzará a reflejar en sus páginas a lo largo de este año diversos documentos e intervenciones del líder de la Revolución, cuyas ideas y conceptos mantienen su plena vigencia medio siglo después y constituyen lecciones históricas de enorme valor para los días de hoy y los tiempos por venir». Granma, 8 enero de 2008.)
TRIBUNA LIBRE
CARMEN IGLESIAS
La invención de la infancia (I)
Si un niño muere, todas las sociedades son culpables», exclamaba hace unas semanas una alta autoridad académica, posiblemente ante las noticias recientes de niños maltratados, de bebés abandonados o torturados -incluso escandalosamente en nuestras sociedades desarrolladas-, o quizás ante la injusticia de los miles de niños en otros países forzados salvajemente a convertirse en pequeños y mortíferos guerreros asesinos, o en trabajadores en minas, industrias, faenas agrícolas -que nos recuerdan remotamente un pasado occidental de industrialización no tan lejano-, o simplemente recordando el número escalofriante de los millones de niños que mueren o arrastran las lacras de desnutrición, enfermedad, maltrato, prostitución, desarraigo, carencias de todo tipo.
En cualquier época histórica, los niños han sido rehenes y víctimas de circunstancias políticas e ideológicas (no hay mas que recordar la famosa cruzada medieval de niños para conquistar Jerusalén), pero su vulnerabilidad nos resulta ahora doblemente dolorosa cuando de forma impactante vemos en directo el sufrimiento y la muerte de los inocentes en el contexto de conflictos bélicos de naturaleza y origen diverso, sometidos a campos de fuerzas en los que los fundamentalismos, la irracionalidad, el fanatismo y el uso de la fuerza provocan unas matanzas particularmente odiosas e inasimilables. Por todo ello, casi todo el mundo adulto, sobre todo en la sociedad desarrollada, suscribiría la sentencia condenatoria que a todos nos incluye.
En términos generales, la sensibilidad occidental de comienzos del siglo XXI hacia los niños viene marcada por el reconocimiento y exigencia de sus derechos, de su dignidad, de su protección. Pero algo que parece hoy tan natural como es la protección al inocente, a la infancia desvalida del mundo, es un sentimiento y una actitud bastante reciente en la historia humana. Ni mucho menos fue siempre así.
La ambivalencia hacia lo infantil -hacia unos seres situados todavía cerca de la supuesta espontaneidad de la naturaleza bruta, incapaces de habla racional, pero al tiempo aún incontaminados e inocentes en su ignorancia- se tradujo desde los griegos en una consideración generalmente negativa respecto a la infancia o, al menos, bastante indiferente, en escala similar a las categorías inferiores de los esclavos y de las mujeres; predominó por tanto una visión del niño como un ser incompleto, un simple adulto en pequeñito -quizás algo retrasado-, no individualizado ni valioso en sí mismo mas que por el adulto potencial que llevaba. Las raíces latinas de infans-ntis y de infantia-ae son bien expresivas: mudo, que no habla / incapaz de hablar, infacundo / niño, infantil, pueril... Infacundia, infancia, niñez.
Aunque el cristianismo introduce nuevos factores, la creencia en el pecado original y la perspectiva agustiniana de la existencia del mal refuerza en ciertos sentidos esa visión negativa predominante, aunque no sea única. Lo que no está reñido en absoluto con la voluntad de descendencia. Los hijos son siempre un bien necesario, preferentemente si son varones, tanto para la pervivencia y continuidad del linaje y la familia, como también un seguro para la vejez del padre -especialmente en este caso para las familias pobres-. La esterilidad de cualquier mujer fue considerada como una maldición durante muchos siglos y sólo en los conventos las mujeres estaban a cubierto de ese menosprecio.
Pero, pese a la idealización de la maternidad y del niño en la representación de escenas bíblicas o, a partir sobre todo de la Baja Edad Media, de las escenas piadosas y entrañables de la Virgen con el Niño, incluso amamantándolo, creo que no hay que confundir la necesidad de los hijos, de los niños, con la consideración específica, siempre ambivalente, que se da en general a esos niños. La infancia asusta en cierto sentido -sigue asustando o asombrando incluso ahora y de ahí la inevitable tensión e inseguridades en la relación padres-hijos- y se tiende a regular de una u otra forma. En lo que llamamos Antiguo Régimen -un periodo que sabemos cuándo termina, 1789 como fecha simbólica, pero no cuando empieza, pues la modernidad lo atribuye vulgarmente a todo el tiempo histórico que le antecede-, esa regulación se basa en la desconfianza y en el autoritarismo frente a la niñez y la infancia.
Mas todo cambia en el mundo occidental a partir del siglo XVIII. Una nueva sensibilidad ha ido surgiendo respecto a los niños, un descubrimiento del niño, un sentimiento de la infancia que se convertirá en nuestro sentimiento actual, siempre creciente a partir de entonces. Una nueva mirada que deja de considerarles como adultos en pequeño, vistos con mayor o menor indiferencia, para empezar a convertirse en el núcleo alrededor del cual gira la familia y a individualizarse como personas singulares e insustituibles. Una nueva sensibilidad que empezó a perfilarse en ciertos círculos restringidos cultos de finales del siglo XVII, especialmente en Inglaterra y en Estados Unidos, y que se fue extendiendo con la Ilustración por determinadas elites europeas de Francia, Italia, España, Centroeuropa, para luego ir calando en distintos estratos sociales a lo largo del XIX y XX, hasta llegar en el siglo XXI en algunas sociedades desarrolladas a transformar el nuevo aspecto positivo de lo infantil en algo a imitar o mimetizar, rodeado de una aureola traspasada por el romanticismo de lo espontáneo, y desembocar en una cierta infantilización de la sociedad actual e incluso en varios aspectos en una suerte de tiranía del niño sobre padres, profesores y adultos.
Aunque ese proceso general de sensibilización es comprobable en nuestra área cultural occidental y en el periodo de estos dos siglos largos desde que surgió, es obvio que no fue un proceso homogéneo, sino muy complejo y singular según países y épocas. Desde el punto de vista historiográfico, falta todavía mucha investigación pormenorizada por regiones y países; hay también una escasez de fuentes sobre todo respecto a las clases populares, pero, en el estado actual de conocimientos, sí es observable la transformación paulatina más o menos acelerada y con más o menos solapamientos, según los casos, de la organización familiar extensa, comunitaria, a un tipo de familia nuclear, patriarcal en primer lugar, que supuso unos cambios profundos tanto para las mujeres y el sentido del matrimonio, como para los niños sobre los que se empieza a ejercer una protección y control individualizado, en donde la familia, la Iglesia y el Estado cobran unas funciones antes prácticamente inexistentes.
Vaya por delante que en ningún caso se puede caer en la ensoñación de proyectar utopías de transparencia y comunicación feliz en sociedades comunales antiguas, generalmente en el nivel de subsistencia, en las que, desde una perspectiva histórica, existieron parecidos o peores problemas de lucha por la vida, de frustración, de condiciones materiales e inseguridad y mortalidad extrema, tan complejas o aún más difíciles que en nuestras sociedades competitivas modernas, y en las que la suerte de los niños, los más débiles, no fue nada envidiable.
La historia de la mutación cultural respecto a la infancia va unida, naturalmente, a transformaciones materiales de profundo calado que desembocarían en la Revolución Industrial y en un mayor bienestar y riqueza, que no es el caso examinar aquí, pero también es correlativa a una profunda transformación de creencias, mentalidades y actitudes que experimenta la institución familiar, especialmente las mujeres en su función de esposas y madres. Como han señalado diversos historiadores (Stone, Flandrin, Ariès, Gélis, etcétera), el siglo XVIII es testigo del surgimiento explícito y recomendado del amor familiar como paradigma: entre cónyuges o entre amantes, entre padres e hijos, especialmente entre la madre y su bebé. No es que antes no existieran esos sentimientos, como es obvio, pero su posible manifestación era muy distinta y en ningún caso se instalaba en el núcleo duro de las relaciones familiares y sociales.
El surgimiento desde finales del siglo XVII en ciertos estratos cultos anglosajones de lo que se ha llamado individualismo afectivo y la creencia que se extiende en el siglo ilustrado de que hay que procurar la felicidad en esta vida -lo que no implica la exclusión de la creencia en la otra, pero la desplaza de su omnipresencia u objetivo único- son fundamentales para entender el proceso. Hay que recordar que tradicionalmente, y de hecho en casi todas las sociedades humanas, el matrimonio es producto de un intercambio o contrato entre familias y grupos, con finalidades sociales, económicas y mentales muy diversas.
El posible amor o afecto de los contrayentes nada tiene que ver. El hecho de que en la institución se introduzca una variante tan importante como la necesidad teórica de ese individualismo afectivo tendrá consecuencias dispares en la modernidad. Por lo demás, el siglo XVIII es el siglo de la extensión de la civilidad, de unas nuevas maneras de urbanidad e incipiente desarrollo de la higiene y de prácticas médicas diferentes y, lo que es decisivo, de un ligero retroceso de la mortalidad general -según las zonas- que repercute, en lo que respecta a la infancia, en una actitud en los adultos que ya no es de absoluta resignación y distancia emocional frente a la galopante desaparición de los niños en los primeros años de su vida. Los niños dejan de ser intercambiables o sustituibles unos por otros, en la medida en que pueden sobrevivir mejor.
Desde finales de siglo, también en esos círculos restringidos cultos, aparecen por primera vez medidas anticonceptivas que no habían traspasado nunca la frontera que separaba la vida libertina o la prostitución de la vida familiar, y esa limitación voluntaria de nacimientos, correlativa a un incipiente proceso de secularización y de cierta liberación sexual que comienza a separar el placer y la procreación, paradójicamente no se debe al rechazo de los hijos, sino que refuerza la atención y el cuidado que se les debe -dice una fuente sobre la época-, puesto que exige mayores energías de todo tipo: «amor, esfuerzo, tiempo y dinero».
Carmen Iglesias es presidenta de Unidad Editorial y miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia.
EL RUIDO DE LA CALLE
Un millón
Mientras ladran los perros helados, crecen las flores de la subversión en la jungla de los piojos donde esconden la almendra en calcetines los hijos del ladrillo, ésos que sueñan con que la dureza de la piedra sea la madre del fulgor, a los que la policía llama guarros, antifas, nuevos guerreros del antifaz de la M-30, locos por romper escaparates y tirar cócteles molotov a los bancos que nos desvalijaron. Los capullos del 68 decían que no se tiraran piedras contra los edificios, sino contra las instituciones; éstos ya saben que las dos cosas son lo mismo. Algunos ricos dicen que la crisis es virtual, inventada por los periodistas; los que cavilan temen que el final de la crisis sea un alboroto, que ellos llaman orden público.
Pregunto a Jesús Caldera, ecologista que come ensalada de flores, si los antiglobalización se van a unir a los parados y a los emigrantes para quemar coches. Me dice que no. Caldera llegó en el Mayflower de la Nueva Vía y luego Zapatero lo sacrificó al banquillo de la ideología. «No creo que haya revuelta porque Zapatero ha asumido en primer plano la responsabilidad de la crisis y no hace nada sin consultar a los sindicatos y sin salirse del diálogo social». Caldera era el encargado de reunir en Ideas la FAES del PSOE, los cuatro chiringos de las fundaciones, pero los de la vieja guardia han dicho que no. Ahora Caldera es el primer sin techo, sin presupuesto, sin cartera, aunque atento al ruido de la izquierda infantil.
Cayo Lara llama a todos y a todas -no hable como los vaticanistas, coño- a la huelga general si esto sigue así. Esa máquina de adulación que es la política ya no puede ocultar que en el último año hubo un millón de parados. Desde Moncloa nos llegan los gráficos del cataclismo. Zapatero, que había trazado el camino de la amabilidad, tiene que enseñar las llagas; insiste en que el Gobierno invertirá en obra pública la cifra mayor de la historia, más que el general Primo de Rivera. Zapatero promete mientras escribo que en marzo se animará el empleo. Como las estadísticas son de barro maleable, envía un dato positivo: en 1988 trabajaban en España 12 millones de personas, ahora trabajan 20 millones.
La agitación del piercing no es imposible con un millón de personas tronchadas en medio de la acumulación más grande de la historia. Es una grosera inmoralidad esta fábula de Mandeville, un panal con sus zánganos, sus reyes y sus nuevos caciques de las autonomías que nos esquilman. La prueba de la resistencia es saber cuántos zánganos más puede tolerar el sistema. Las abejas del panal de Mandeville se pueden sublevar, pero después de la derrota de las utopías sabemos que del hambre y el paro nace la cólera, no el cambio.
Las uvas de la ira aún no están maduras, pero ya se oye la letanía antisistema.
Etiquetas: Firmas




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