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Actualización de madrugada

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Nombre: e-pesimo
Lugar: Cantabria, Spain

sábado 10 de enero de 2009

FIRMAS: Isabel San Sebastián, R. Martínez Simancas, Pedro G. Cuartango, Erasmo, Manuel Hidalgo, Arcadi Espada, Carmen Iglesias, Cornel West




LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
Victimismo

¡Claro que el lehendakari Ibarretxe y su partido pretenden sacar tajada victimista de ese banquillo al que les han llevado sus devaneos con ETA! ¿Debe eso impedir al Estado actuar? ¿Puede atarle de pies y manos, como tantas veces ha ocurrido en el pasado, con el fin de «evitar males mayores», según el argumento habitualmente esgrimido? No. Rotundamente, no.

En primer lugar, el nacionalismo vasco no necesita motivos ni pretextos para recurrir al victimismo. Lleva dácadas viviendo de ese cuento, con resultados altamente satisfactorios para sus intereses, por cierto. Merced al victimismo (desde su visión sesgada de la Historia parece que en la Guerra Civil no se llevaran a cabo más bombardeos que el de Guernica o que que el formidable desarrollo industrial del País Vasco se produjera por generación espontánea, sin mediar inversiones ingentes procedentes de lo que ellos llaman despectivamente «Madrid») ha conseguido arrancar, entre otras cosas, unos privilegios fiscales que para sí quisieran las demás comunidades autónomas, presentándose ante el electorado como único valedor de un presunto «pueblo» supuestamente sometido y castigado desde tiempos inmemoriales por una pérfida potencia denominada España. ¿Existe alguna razón objetiva sobre la que sustentar semejante patraña? No. Pero la estrategia funciona.

En segundo lugar, la Ley y la Constitución han sido ya suficientemente burladas y escarnecidas en nombre de ese propósito, un tanto acomplejado, de «no dar armas ni munición al enemigo». Con ese empeño hemos consentido durante años la presencia de etarras en las instituciones, les hemos dado voz en los medios de comunicación mientras silenciábamos a las víctimas, hemos tolerado sus «asociaciones» de diversa índole, tapadera de la actividad criminal de la banda, y hemos contemplado inermes cómo tomaban las calles. «Esta es la grandeza de la democracia», se nos ha repetido hasta la saciedad. «Hay que dar cauce a una organización a la que votan 150.000 ciudadanos» -nos recordaba recientemente ese Fiscal General de toga enfangada llamado Conde Pumpido-, que se ha lavado las manos en este caso dejando al Foro de Ermua y a Dignidad y Justicia la tarea de cumplir con un deber que correspondería en primer término a la Fiscalía. «Excluirles sería peor», aducen los más cobardes.

Pues bien, Batasuna es ETA, según ha sentenciado ya el Supremo, y darle rango de interlocutor político es una villanía, digan lo que digan los tribunales y lloren lo que lloren quienes dialogan con sus terroristas. Lo que se dilucida estos días en Bilbao es si constituye o no un delito.



INSOLENCIA PASAJERA
RAFAEL MARTINEZ-SIMANCAS
La oportuna gripe

La nieve tapa las carreteras, atasca los aeropuertos, retrasa los trenes pero también cubre las carencias políticas; todo aquello que tapa un manto blanco desaparece entre jolgorio infantil. Y si son las cifras de un paro abultado, mejor. Puede que la ministra de Fomento haga con Zapatero el mismo sacrificio que hacía Johan Cruyff con su equipo: cuando preveía un ambiente hostil, salía al campo cinco minutos antes que sus jugadores, hacía ver que repasaba el estado de la hierba y en realidad se llevaba parte de la bronca que esperaba al equipo. De esa forma, el público se mostraba menos agresivo. Magdalena Alvarez tiene una marcada vocación de clausura y de ahí que no quiera dejar el Ministerio, por tenerlo como santuario de la verdad. Llegado el momento no le importa convertirse en el muñeco de nieve que Zapatero coloca ante la puerta de La Moncloa cuando las cosas se ponen turbias. Hoy, que deberíamos estar contando parados, lo que hacemos es contar bolas de nieve.

La tendencia de Magdalena Alvarez por apuntarse los marrones de los demás debe de tener alguna compensación en el cielo. Dios no puede abandonar a tan devota sierva, ni dejarla partía o doblá a merced de las lenguas de triple filo. Este frío «siberiano», (calificativo que le da categoría de novela de Tolstoi), ha provocado una epidemia de gripe de la que apenas se habla; otra de la que se libra Bernat Soria I El Callado. Tosen, luego gobernamos. En Cataluña la Generalitat ha conseguido irritar a los médicos por recomendar que la gente se quede en casa y aplique remedios de la abuela antes de colapsar las urgencias; un pasillo repleto da muy mala imagen política. A los amigos y socios del tripartito se les pide, muy encarecidamente, que tosan en sus domicilios por no dar munición al enemigo.

A Magdalena Alvarez los virus le atacan por la parte de siempre, por la del caos, ¿pero alguien la ha escuchado toser o flaquear en su voluntad? Pues no. Magdalena no es tan sutil como la Generalitat, no llega a recomendar que la gente se quede en casa, pero tampoco pone los elementos necesarios para que se dé el libre tránsito de las personas. España es un país de vocación tropical que se cierra cuando el termómetro baja de los dos grados bajo cero; entonces no hay ni colegios, ni tráfico, ni nada. Toda nevada es siempre una jornada de reflexión. Quizá la Ministra haya pensado que para evitar el caos circulatorio lo mejor es cerrar Barajas y poner los trenes AVE a velocidad reducida, (tanto como para que puedan asaltarlos los cuatreros como pasaba en las películas del oeste). Y al que le pille por carretera, que rece a San Cristóbal, que es patrono del gremio de la conducción.

Aquí todo es habitual: los constipados, las nevadas, el caos en sus distintas formas. Lo único extraordinario es la vocación de Magdalena Alvarez por pisar charcos y, llegado el caso, romper la capa de hielo con unas botas de tacón duro para gobernar en contra de los elementos.

ERASMO
Nieva
Tanto idiota extemporáneo y sobre ruedas: Dios no/sí existe. Meteorólogos teológicos del Vaticano envían, a destiempo, querubines sobre Madrid: y un CD de Bing Crosby con White Christmas (1942, lyrics by Irving Berlin, the boys luchan en Europa), «where the treetops glisten/and children listen», etecé. Nieva, meteoro cristiano por antonomasia, los copos caen con tanta mansedumbre y. Feliz Navidad. (Probably)

TRIBUNA LIBRE
CARMEN IGLESIAS

La invención de la infancia (y II)

Nuestra sensibilidad y actitud actual hacia los niños, procedente de esas transformaciones paulatinas que desde el siglo XVIII experimentan las sociedades desarrolladas, con la introducción de ese «individualismo afectivo» en el núcleo familiar y relacional en general, puede medirse cuando comparamos las actitudes tan distintas de siglos anteriores, en contextos de supervivencia y de fragilidad que no conviene olvidar pues es un pasado relativamente reciente y desgraciadamente actual para otras regiones del mundo.

Cuando la muerte está siempre presente

En la numerosa información de nuestra actualidad sobre la situación de la infancia en distintos lugares del mundo, se aludía no hace mucho al hecho, conocido por los medios con motivo de un viaje de la Reina, de que en alguna isla indonesia no se da ningún nombre a los recién nacidos hasta cumplidos al menos seis meses, a fin de asegurarse al menos esa corta supervivencia y no sufrir el desgarro emocional por una tan breve vida. Pues, en una sociedad con una alta mortalidad infantil, si el bebé muere sin nombre, es más una categoría que un individuo. Esa era también una práctica occidental durante los largos siglos en los que la mortalidad infantil rondaba entre el 30% y el 50% de media, según la demografía histórica ha podido reconstruir en buena medida a través de documentos parroquiales, notariales, testamentarios y otros. Según datos de Pérez Moreda, de esa media de niños, un 75% aproximadamente no llegaba al primer año, un 60% alcanzaba los 10, y sólo un 50% superaba los 15 años. Demasiada carga para ser soportada por unos adultos que, por su parte, tenían una media de vida entre los 32 y 40 años. Todavía en el siglo XIX los niveles de mortalidad, en bastantes zonas europeas, para niños menores de cinco años seguía siendo del 500 por 1.000. Y en algunas regiones y en ciertos sectores (los niños expósitos, por ejemplo), esos índices pueden llegar en algunas ocasiones al 70% de muertes e incluso a casi el 100%. Adam Smith, ya en la segunda mitad del XVIII, todavía da datos escalofriantes, aunque sean referidos sólo a Escocia y en relación a la pobreza de la región: «Es muy común -escribe- en las montañas de Escocia (...) no tener dos hijos vivos una madre que ha llegado a parir 20 (...), son muy pocos los niños que llegan a la edad de 13 o 14 años. En algunas partes mueren por lo regular antes de la edad de cuatro, en otras antes de los siete y en las más sin llegar a la de 10».

Nada por tanto puede entenderse de la historia de la infancia y de la vida del Antiguo Régimen sin tener en cuenta la omnipresencia de la muerte en todas las edades y en toda condición, pero en especial en los niños. Por eso, cuando leemos en un Montaigne que «se le han muerto dos o tres hijos»; cuando comprobamos que se repite una y otra vez entre hermanos el mismo nombre, incluso sin haber fallecido el anterior; cuando constatamos en sus correspondencias y testamentos la resignación de un Felipe II y de otros monarcas y notables ante la muerte de sus hijos, no podemos aplicar nuestro sentimiento actual a la pérdida prematura de aquellos niños. Ante la fragilidad de esos bebés y niños que apenas llegan a los siete años -la «edad de la razón» según fuentes eclesiásticas y civiles de la época-, comprendemos el esfuerzo humano por reducir en lo posible el capital emocional volcado en cada niño que nace, con el fin de poder mantener un cierto equilibrio y cordura ante la muerte continua. Fue frecuente también no hacer constar el nombre individual de los varones -y sobre todo el de las hijas- hasta que heredaban, si es que ese era el caso.

Las edades infantiles

Si sobrevivían, la vida de los niños en el Antiguo Régimen se estructuraba fundamentalmente en tres períodos que, a grandes rasgos, siguieron vigentes en el siglo XVIII, si bien fueron cambiando actitudes y prácticas a medida que se extendía ese nuevo sentimiento de la infancia y según convergían o luchaban por su control ese triple círculo de interés que empieza a rodear al niño: familia, Iglesia, Estado.

Desde su nacimiento hasta los dos años (en algunas zonas hasta los tres o cuatro), en que se produce el destete, a los bebés supervivientes se les envolvía nada más nacer en pañales o vendas como pequeñas momias -según zonas durante más o menos meses-, siguiendo la práctica tradicional procedente de la antigua Roma y utilizada en todas las clases sociales, con más o menos entusiasmo según épocas y regiones, hasta el mismísimo siglo XX. Fue una costumbre, basada en la creencia de que así se evitaban deformaciones y otros problemas, que sólo comienza seriamente a ponerse en cuestión en el siglo XVIII, a través de las críticas ilustradas: «Apenas ha salido el niño del vientre de su madre... cuando se le ponen nuevas ligaduras. Le fajan, le acuestan con la cabeza fija, estiradas las piernas y colgando los brazos, le envuelven con vendas y fajas de todo género, que no le dejan mudar de situación...», denuncia Rousseau, citando a Buffon y siguiendo la estela de Locke y algunos moralistas y médicos que desde finales del siglo XVII abominan de una práctica que oprime el cuerpo del bebé y coarta su libertad de movimientos.

Además de la cuestión del fajado, el otro gran núcleo de discusión ilustrada sobre estos temas gira alrededor del amamantamiento de los bebés. Está documentado que al menos ya en el siglo XIV, en las clases medias de las ciudades, en diversos lugares de Europa, existía la práctica de dejar al cuidado de amas de crías el amamantamiento, y ésta fue una costumbre que perduró a lo largo de siglos -con mayor o menor intermitencia según regiones y épocas- en prácticamente todos los grupos sociales, incluso en el campo. Una práctica ancestral que constituía un auténtico oficio para mujeres generalmente pobres, y que, en algunas épocas, convirtió el amamantamiento de niños ajenos en un particular negocio. No hay que guiarse por tanto exclusivamente por la visión que tenemos actualmente de las nodrizas que las clases pudientes mantienen en el siglo XIX y primera parte del XX, o por la otra vertiente de amas de crías contratadas en los hospicios o que amamantaban en el campo a varios niños a la vez -lejos de sus padres- y tenía como consecuencia una mortalidad de los niños de pecho que rozaba cifras espeluznantes. Ambas situaciones fueron reales, pero el problema básico de largos siglos radicaba en la dificultad real de las mujeres -debilitadas por partos y pospartos siempre peligrosos- y en la duración de tales amamantamientos -entre 18 y 24 meses, e incluso en ocasiones hasta los cuatro años del infante-, al no existir alimentos alternativos a la leche maternal. Cuando la crítica moralista y médica ilustrada insta a las mujeres a dar siempre el pecho a sus bebés y hace responsables a las madres de la mortalidad de sus hijos por no amamantarles, además de incidir en el costo económico que el sistema representaba para familias de clase media, sitúa a las mujeres muchas veces entre varias fuegos. Uno de ellos fue sin duda la obligación de lo que se llamaba el débito conyugal («incluso -debe aceptar la esposa, decía un manual eclesiástico de la época- el beso del cónyuge leproso»), que se dificultaba con el amamantamiento y que creaba la disyuntiva entre el hijo o el marido. Sólo el desarrollo de la Medicina, de la higiene y de técnicas alimentarias artificiales, junto con el despegue material y mental de la sociedad occidental, hicieron superfluas las amas de leche. Pero de la importancia de la cuestión da fe la propia actualidad de nuestros días, desde los debates sobre si la lactancia materna influye o no en la inteligencia de los niños, sobre sus efectos secundarios, o sobre lo que se ha llamado «la revolución de la teta» en el mismo 2008.

Del destete a la «edad de la razón», de los dos a los siete años, era quizá la fase más libre y relativamente feliz para los niños, cuando volvían al hogar familiar a los dos o cuatro años y se criaban bajo la supervisión de las mujeres, pero en un ambiente de cierta tolerancia indiferente. El corte abrupto a los siete años -pasando de la permisividad indeterminada anterior a la educación estricta o al trabajo en el campo o en la ciudad, según la procedencia social- marca toda la etapa siguiente de la difícil pubertad, entre los siete y los 14 o 15 años (si se tiene en cuenta que en el caso de los varones no llegan a casarse, cuando lo hacen, entre los 24 y 27 años, se crea una masa de cierto energumenismo adolescente y frustración juvenil que preocupó mucho a los responsables de orden social y que, según algunos historiadores, fue una fuente de sublimación hacia la aventura y la innovación en algunos aspectos).

Aunque la introducción de ese «individualismo afectivo» a partir del siglo XVIII en determinados ámbitos familiares se vio que modificaba positivamente la actitud de los adultos hacia los niños, el problema de la socialización y la educación en la sociedad patriarcal que está ya prácticamente estructurada en los siglos XVIII y XIX sigue diversos caminos. Puede observarse, paradójicamente, como en la medida en que se desarrolla el cuidado y la atención hacia la infancia, se va ampliando su vigilancia y la preocupación para que no crezcan en direcciones equivocadas. Si la nueva visión de la infancia y de su educación se orienta desde luego a desarrollar las potencialidades del niño, este desarrollo podía en teoría realizarse fundamentalmente por medios permisivos -línea que se impondrá desde finales del siglo XX-, o por medios coercitivos principalmente, a través de procedimientos más o menos agresivos que intentan domesticar la voluntad y el deseo omnipotente infantil. Indulgencia, persuasión y afecto en unas ocasiones, y, por otro lado, un «autoritarismo cariñoso» que utiliza incluso la violencia física (la práctica de los azotes -ya utilizada desde la época medieval- en una sociedad autoritaria y patriarcal, sobre todo en el trasero, había sido incluso celebrada entusiásticamente por algún clérigo inglés del siglo XVII, que creía firmemente que «Dios había diseñado en el cuerpo humano las posaderas para que pudiesen ser azotadas sin lastimar gravemente a la persona»).

Pero también paradójicamente, en esa sociedad que empieza a ser orientada al niño se producirá un incremento galopante de abandonos o exposición de recién nacidos y niños pequeños que, entre 1760 y 1830 alcanzará cotas inimaginables en los países europeos, particularmente en Inglaterra, Francia, España e Italia, según los datos de los que se dispone. El mundo dickensiano coexiste con las primeras disposiciones que obligan a los padres a cuidar a los hijos, con la creación de los primeros juguetes de entretenimiento, de los primeros libros infantiles (en 1745 se crea en Londres la primera librería infantil). La presión sobre los padres y la carga de responsabilidad sobre los adultos, además de la creciente tendencia intervencionista del Estado, son rasgos de nuestra sociedad actual que, unidos al desarrollo tecnológico y científico, y al cambio de mentalidades y costumbres, marcan un perfil complejo en la relación con niños y adolescentes y en la evolución del sentido y organización de la célula familiar y de la sociedad en general.

Carmen Iglesias es presidenta de Unidad Editorial y miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia.



SABATINA SABATICA
MANUEL HIDALGO

Nieve

El filósofo Alain, en Mira a lo lejos, ya bromeaba, a comienzos del siglo XX, con la desmemoria asombrada: nunca ha hecho tanto frío, nunca ha llovido tan poco, no se ha conocido un otoño tan seco. Y lo contrario. El clima, no se sabe por qué, activa el mecanismo de la memoria, activa los resortes que nos devuelven al pasado. Pero lo hace, por lo común de una forma errónea. Tan pronto decimos que ya no nieva como antes -como si el antes fuera ayer mismo-, como, cuando nieva, decimos que no recordamos una cosa semejante.

La nieve es una forma de medir el tiempo. El clima, no. El tiempo, la medida del fluir de los hechos, las personas y las cosas. La caída de la nieve es un paradigma de la lentitud y de la monotonía, que no son lo mismo, pero vienen a ser lo mismo. La machadiana monotonía de la lluvia tras los cristales es menos monotonía comparada con el pausado abatirse de la nieve, que, además, si cuaja, borra formas y perfiles bajo la extensión de su manto blanco. Reduce protagonistas, reduce acontecimientos. Instaura, a lo largo y a lo ancho, lo igual. La nieve tiene la monotonía del mar, sólo rota por el horizonte. La nieve produce en nuestro ánimo efectos contradictorios, alegría y tristeza. Ayer traía entre la gente el nerviosismo de quien contempla un prodigio inesperado, una magia que no se corresponde con los azares reglados de la vida urbana. A la vez, y sin embargo, la nieve remueve la melancolía gris del invierno, tan opuesta a la luminosa y recental alegría del verano.

El poeta golfo y delincuente del siglo XV François Villon se preguntaba, en una de sus célebres baladas, por las nieves de antaño. ¿Dónde están las nieves de antaño?, decía en su repetido verso suelto. Pero su poema evocaba y convocaba a las reinas de otro tiempo, a las grandes heroínas y mujeres míticas. ¿Dónde están?

La nieve no viene con el recuerdo de la nieve. Viene con el recuerdo de otro tiempo. Viene, sobre todo, para confirmar el transcurso del tiempo, la apabullante comprobación de que todo ha transcurrido demasiado rápido, de que nuestra infancia y lo que vino después han respondido al vértigo de lo efímero. Preguntarse por las nieves de antaño y por las mujeres extraordinarias que poblaron otra época no es sino preguntarse por uno mismo. ¿Dónde estoy yo?, ¿dónde está el que fui?, ¿adónde fue a parar el tiempo que viví? Cuando la nieve caía sobre mis rodillas coloradas y quemaba mis manos con su hielo ardiente.

«Cae la nieve/ y esta tarde no vendrás./ Cae la nieve,/ y mi amor de luto está./ Es como un cortejo de lágrimas blancas/ y el pájaro canta/ las penas del alma». Eso cantaba Salvatore Adamo, y después Brassens cantaba las letras de Villon, y después... ya es ahora.

Tan deprisa. Los telediarios y los periódicos hablan de alertas, carreteras colapsadas, vuelos suspendidos y emergencias activadas. Eso es la nieve como noticia. Pero la nieve es mucho más que una noticia. La nieve es lo que se escapa entre los dedos de una mano: el tiempo, la vida. Una canción con estribillo y final.

VIDAS PARALELAS / CARME CHACON / FREDERIC KANOUTE
PEDRO G. CUARTANGO

Etica y estética
Que la forma de vestir tiene una significación política es algo tan viejo como nuestra civilización. Lo que separa a los pobres de los ricos o a los poderosos de sus súbditos es el vestido, una frontera más infranqueable que la del espíritu. La primera dictadura -y tal vez la más sutil- es la del atavío.

Ello explica perfectamente las críticas que han sufrido esta semana Carme Chacón y Frederic Kanouté, que se han atrevido a franquear ese límite vestimentario que coloca a cada uno en un círculo no intercambiable. La ministra ha roto las reglas de los códigos militares del uniforme y el futbolista ha vulnerado el tabú de que los que pegan al balón deben carecer de ideas políticas.

Lo que hace esas imágenes rechazables para muchos es el contexto, lo que demuestra que el vestido para ellos tiene una lectura que va más allá de los códigos del buen gusto. Paradójicamente se dice que la ministra y el delantero han querido hacer política con su vestimenta cuando, por el contrario, han puesto en evidencia esa dictadura de lo políticamente correcto al salirse de la norma.

Vestida a lo gar-çon con esa camisa blanca partida por una tira negra, Carme Chacón estaba muy guapa y atractiva en la Pascua Militar. García Calvo ha escrito en este periódico que parecía Ludmila Tcherina con un toque de maquillaje kabuki para bailar Copelia. Difícilmente se podrá encontrar otro mejor elogio. ¿Es que los generales hubieran preferido que se disfrazara de almirante?

Lo mismo se puede decir de Kanouté, que ganó muchos enteros al reivindicar la causa palestina tras marcar un gol. Está bien visto quitarse la camiseta para saludar a la suegra, pero el Comité de Competición castiga con una multa si uno protesta por la masacre de Gaza. El delantero sevillista no sólo regatea bien en el área sino que además tiene principios.

La ministra de Defensa ha traído un soplo de aire fresco a nuestro mustio Ejército, que ganaría mucho si vistiese a los soldados con los viejos uniformes de húsar de las guerras napoleónicas en lugar del abominable color caqui que yo soporté hace 30 años.

Kanouté, fino estilista del fútbol, ha demostrado que los profesionales del balón son ciudadanos con las mismas inquietudes que los demás. Muchos admiran sus goles en el Sevilla, pero pocos saben que ha creado una fundación en Malí para dar cobijo y educación a los niños.

A mí no me importa que Carme Chacón vista como George Sand si hace bien su trabajo. Es inteligente, competente y laboriosa. Entre ella y el cursi de Federico Trillo, no hay ni la menor duda. Y qué podemos decir de Kanouté, cuyas virtudes ciudadanas y futbolísticas son dignas de encomio. Ambos han reunido en sus conductas ética y estética, algo muy inusual en un país de horteras como éste.

¡Viva el arte y la diferencia!

EL MUNDO QUE VIENE / CORNEL WEST
«Si la era de Obama no acaba siendo la era de la gente corriente, será una gran oportunidad perdida»

VOZ DE LA CONCIENCIA DE LA COMUNIDAD NEGRA EN ESTADOS UNIDOS, EL INFATIGABLE FILOSOFO, RELIGIOSO Y ACTIVISTA SOCIAL VUELVE A LA CARGA Y PROMETE SER LA ESPUELA DE LA GENTE CORRIENTE, PRESTO A RECORDAR AL FUTURO PRESIDENTE SU PROMESA DE CAMBIO.

CARLOS FRESNEDA

CARGO: Profesor del Centro de Estudios Afroamericanos de Princeton, intelectual, filósofo y autor de 'La raza importa' y 'Esperanza en la cuerda floja' / EDAD: 55 años / FORMACION: Licenciado en Harvard y doctorado en Filosofía en Princeton / CREDO: Cristiano, tamizado por Anton Chejov, John Coltrane y Toni Morrison / AFICIONES: La música / SUEÑO: Un mundo sin pobreza

El despacho de Cornel West, en la Universidad de Princeton, tiene algo de camarote de la música y de la sabiduría. Los libros no están comprimidos en las desbordantes estanterías, sino que exhiben orgullosamente sus tapas, como reclamando a todas horas la atención del ilustre propietario, que a veces entra en trance en medio del desorden jazzístico: García Lorca, el rapero Tupac Shakur, Cervantes y Kafka, Sócrates y Unamuno, Muddy Waters, Louis Armstrong, Martin Luther King... Todos parecen interpretar una inaudible sinfonía que sólo escucha Cornel West, que se maneja entre ellos como un hombre-orquesta, de smoking y con corbata, guardando la compostura del profesor pero deshaciéndose en abrazos ante los recién llegados, a quienes bendice en el acto como «hermanos».

Reconocido como «una de las voces más auténticas y proféticas de América», venerado en Princeton con la misma devoción que su hermana Toni Morrison, Cornel West es, a sus 55 años, algo así como el oráculo ineludible de la comunidad negra. Desde la publicación de La raza importa, tras los disturbios de Los Angeles, todos los reflectores del futuro apuntan hacia él.

Se interpretó a sí mismo (Consejero West) en dos entregas de The Matrix. Su prolífica obra (Recuperando la esperanza, La democracia importa) ha encontrado una prolongación poética y musical. Sus discursos son más bien performances que provocan el entusiasmo desmedido del público. Y ahora, Esperanza en la cuerda floja, su particular visión de lo que puede o no ocurrir en «este momento verdaderamente profético de la historia de América»...

PREGUNTA.- Usted criticó durante años la profunda crisis del liderazgo negro y proclamó la necesidad de «un profeta que trascienda la raza y ponga en marcha una visión fundamental de cambio social» ¿Es Barack Obama ese tipo de líder?

RESPUESTA.- No, no creo que lo sea. Cuando escribí aquello, en 1993, yo tenía en mente a un líder negro que trascendiera a la raza precisamente abrazando su propia raza. Barack Obama tiende por el contrario a huir de la cuestión racial, a menos que no tenga más remedio que hacerle frente, como ocurrió cuando los medios explotaron el asunto del reverendo Jeremiah Wright. Finalmente dio el discurso sobre la raza en Filadelfia, pero fue para pasar de página, con una intención claramente electoral...

Desde el principio, el hermano Barack tuvo esa obsesión estratégica sobre cómo ganar al votante blanco centrista e independiente. Y parte de esa estrategia consistió en no mencionar durante la campaña presidencial a Martin Luther King. Podía hablar de Lincoln, de Roosevelt, de Kennedy e incluso de Clinton ya al final, pero no mentar por su nombre a Martin Luther King. ¿Por qué? ¿Por no gratificar a la comunidad negra? ¡Vamos, Barack! ¿Es que Martin no es lo mejor de la democracia americana? ¿Podrías acaso hablar de la historia de la música americana sin mencionar a Duke Ellington o Louis Armstrong?

P.- Muchos piensan que Obama no podría haber llegado a la Presidencia de otra manera, que la única manera de trascender la raza era precisamente evitando el cliché del candidato negro.

R.- Efectivamente: en vez de ser un líder negro, Obama es un líder americano que resulta ser negro. Hay una diferencia muy clara de matices, y estratégicamente le ha funcionado con los votantes blancos. Me alegro por una parte de que haya sido así: yo mismo le di mi apoyo y mi entusiasmo... Pero se puede trascender la raza como hizo Martin Luther King: no huyendo de ella, sino trabajando desde dentro y conectando con la humanidad de otros, sean blancos, marrones o amarillos. Hasta ahora, Barack Obama no ha sido ese tipo de líder: ha preferido distanciarse de la raza.

P.- El propio Obama ha llegado a hablar de la América «post-racial»...

R.- Ese es un concepto vacío. Como ese otro de la «ceguera del color», como si pudiéramos ponernos una venda en los ojos e intentar no ver la pigmentación de la gente. Lo que tenemos que hacer es abrazar la diversidad y la humanidad de los otros... En todo caso, con la llegada del hermano Barack a la Casa Blanca podemos esperar una América menos racista. Aunque también cabe la posibilidad de que Obama acabe siendo el rostro negro del imperio supremacista blanco, y que la injusticia se siga perpetuando fuera y dentro de nuestras fronteras. No olvidemos que el 40% de los niños afroamericanos viven bajo la línea de la pobreza, y que los jóvenes negros siguen siendo encarcelados masivamente, y no hablemos del racismo en la aplicación de la pena de muerte.

Tenemos aún muy recientes las heridas del huracán Katrina, donde saltó a la vista la tremenda desigualdad de la sociedad americana, con un millón de personas deplazadas y sin techo ¿Cómo se puede hablar de la América post-racial en esas condiciones?

P.- Su libro La raza importa (Race Matters) fue un aldabonazo en la conciencia de los americanos tras los disturbios raciales de 1992 en Los Angeles ¿Cree usted que sigue existiendo la posibilidad de un estallido similar o esa era quedó definitivamente atrás?

R.- La injusticia, la pobreza y la desigualdad son el caldo de cultivo de la ira social, y de eso hemos tenido mucho durante estos últimos años... Yo creo que la medida final de Obama no será si es demasiado blanco o demasiado negro, sino si atiende de verdad las necesidades de la gente corriente, de los pobres y los oprimidos, de la clase trabajadora que sufre más que nadie la catástrofe a la que nos ha llevado la ideología del libre mercado. Obama toma las riendas en un momento crucial: el país entero tiene el blues, todo el mundo siente el peso de la catástrofe. Y ahora que la nación conoce el blues, puede sin duda aprender algo del pueblo del blues, que lleva más de 400 años haciendo frente a esas circunstancias. Desde este punto de vista, el hermano Barack tiene la oportunidad de llenar el vacío que dejó hace tiempo el Partido Demócrata, que se quedó sin médula espinal desde el momento en que viró hacia el centro de un modo oportunista y se acomodó a las élites.

P.- Usted se acaba de desmarcar con un libro profético, Esperanza en la cuerda floja (Hope on a Tightrope), que parece una espuela clavada de antemano sobre la era Obama.

R.- No quiero que nadie me malinterprete. El hermano Barack me parece un hombre inteligente, brillante, un padre maravilloso... Como un hombre negro en América, estoy muy contento por su llegada a la Casa Blanca, aunque sólo fuera por el alivio de dejar finalmente atrás la era Reagan y asistir al deshielo... Ahora bien, no pienso darle tregua. Vamos a tener que poner una presión muy grande sobre él para que revitalice la democracia, para que tenga en cuenta las necesidades de la gente corriente y mueva el país en una dirección progresista. ¡Hermano Barack, haz lo que debes! Deja de ser un símbolo y danos sustancia. Ese va a ser mi empeño y no voy a dejar de recordárselo.

P.- ¿Qué le parecen sus primeros pasos como presidente electo?

R.- He de admitir que me siento decepcionado, y aún no ha empezado siquiera. El cambio en el que podemos creer ha dejado paso al cambio en el que solíamos creer, aunque debemos darle tiempo... De momento, parece que Obama no se atreve a entrar por su propio pie en su propia era. A mí me gustaría que fuera el Lincoln negro, pero debe tener mucho cuidado y dejar de envolverse como hasta ahora en el ropaje de Lincoln o de ningún otro. Me preocupa también que se haya rodeado de los acólitos reciclados de Clinton. Se ha dejado seducir por el establishment, y a mí no me vale esa excusa a la que se suele agarrar: «Yo tengo la visión, ellos la ejecutan»... Soy lo suficientemente viejo para saber que la gente que me rodea influye en mí. ¿Es que no te vas a dejar influir por Rahm Emanuel cada vez que te sisea en el oído? ¿Y qué me dices de Hillary? ¿Cómo te atreves a elegirla como secretaria de Estado después de todo lo que dijiste sobre su «falta de juicio» durante las primarias? ¿Es que no recuerdas que votó a favor de la Guerra de Irak sin leerse siquiera los informes de los servicios de inteligencia? ¡Vamos, Barack, puedes hacerlo mejor!

P.- ¿Sugiere usted que Obama pueda acabar convirtiéndose en un nuevo Bill Clinton?

R.- ¡Ah, Bill Clinton, el maestro del oportunismo y de la triangulación! ¿En qué consiste la triangulación? En vender a los pobres para contentar a las élites y ganar las próximas elecciones. Clinton aprobó leyes para endurecer las penas y las encarcelaciones, Clinton firmó una ley que suprimía los beneficios sociales que ni siquiera se atrevió a firmar Reagan, Clinton impulsó la desregulación de la economía con la ayuda de Rubin y Summers... y aquí están de nuevo. ¡Los mismos que nos metieron en este embrollo financiero! ¿Por qué los recompensa Obama de esta manera? ¿Dónde están Joseph Stiglitz, James Galbraith, Robert Kuttner y otros economistas altamente cualificados y alejados de la ideología del libre mercado? ¿Dónde está el cambio? Creo que en su afán por contentar y gustar a todo el mundo, Obama puede acabar corriendo la misma suerte que Bill Clinton.

P.- Usted ha advertido que Obama puede ser la «culminación» o el «agotamiento» del sueño americano ¿Cuál es la diferencia?

R.- Si la Presidencia del hermano Barack se interpreta como una conquista colectiva, si consigue abrazar el legado de las luchas sociales de los años 60, si reconoce el peso de la Historia y logra ser parte de ese proceso en vez de distanciarse estratégicamente de él cuando le conviene, entonces será verdaderamente un triunfo. Pero si todo queda en su éxito personal, será el fin del sueño americano basado en el individualismo, que nunca es suficiente para acabar con la miseria colectiva. Si la era de Obama no acaba siendo la era de la gente corriente, será una gran oportunidad perdida, una tragedia.

P.- Como amigo personal del reverendo Jeremiah Wright ¿qué le pareció el desmarque y la renuncia de Obama durante la campaña?

R.- Otra decisión estratégica que puedo entender, pero no compartir. Las palabras del reverendo Wright, que fueron sacadas de contexto, fueron éstas: «Que Dios maldiga a América cuando mata a gente inocente». Y yo las suscribo plenamente: que Dios maldiga no sólo a América, sino a España, o a Brasil o a cualquier otro país cuando mata gente inocente. Obama podría haber hecho algo más por evitar que los medios convirtieran al reverendo Wright en la imagen del negro malo, pero no le convenía electoralmente. Coincidiré precisamente con el reverendo Wright en la Howard University el día antes de la inauguración presidencial...

P.- Hablemos de otro reverendo polémico, el pastor evangélico Rick Warren, que leerá la invocación de Obama.

R.- ¡Vaya una patética elección! Se trata de un tortazo en plena cara de mis hermanos y hermanas homosexuales. El reverendo Warren respaldó el referéndum contra los matrimonios gays en California, y ésta es la recompensa que merece. ¡Vamos, Barack, puedes hacerlo mejor! No necesitas contentar a estas alturas a la derecha evangélica con otra de sus decisiones estratégicas.

P.- ¿Y qué me dice del reverendo Jesse Jackson? ¿Cómo explicar sus lágrimas en la noche del triunfo de Obama después de haberle acusado de olvidarse de los problemas de la comunidad negra?

R.- Todos sentimos una gran emoción esa noche. El hermano Jesse intentó ser en 1988 ese líder negro capaz de trascender la raza, pero no lo logró. Quiero mucho al hermano Jesse, pero no hay suficiente amor en él. En cuanto a sus críticas, las comparto también. ¿Cuántas veces ha mencionado Obama en su campaña a los pobres, a los más desfavorecidos, sean negros o blancos? Cuando habla a los hermanos negros, apela siempre a la responsabilidad personal. Eso sí, cuando lo hace ante una audiencia blanca habla de las «políticas públicas». ¿Por qué no les habla de «responsabilidad personal»a los líderes financieros? Insisto sin embargo en que todas las críticas contra el hermano Barack han de hacerse con el espíritu correcto, sacando a la luz el sufrimiento de la clase trabajadora. El hermano Jesse ha caído tal vez en la crítica personal.

P.- Hablemos por último de la famosa ex alumna de Princeton, Michelle Robinson Obama.

R.- Tengo un gran respeto y un gran amor por Michelle Obama. Le ayudamos a organizar un acto de recaudación de fondos en la Universidad, y dio un discurso muy poderoso. Habló sin tapujos de la alienación de los estudiantes negros en Princeton. Ella es muy honesta, muy directa, y sí se ha atrevido a poner sobre la mesa la cuestión racial durante la campaña. En cierta manera, lo lleva más directamente en la sangre. Es descendiente de una familia de esclavos del sur, mientras que Barack es hijo de un inmigrante africano y pasó parte de su infancia en Indonesia. Su experiencia es muy valiosa, pero tiene un origen diferente, una sensibilidad distinta. Sin duda, la presencia de la hermana Michelle a su lado va ser muy importante. Ella es la auténtica voz del blues.

SU PROPIO MUNDO

«La justicia es un fuego que llevas en los huesos»

Usted ha dicho de sí mismo: «No soy optimista, pero soy un prisionero de la esperanza». ¿Cómo se aplica a los tiempos que corren?

- Desde luego, uno no puede ser optimista, porque el optimismo se basa en la evidencia, y la evidencia ya la vemos... La esperanza es otra cosa. La esperanza es un movimiento, una corriente, la puerta abierta a nuevas posibilidades. La esperanza corre pareja al amor y a la justicia. Y la justicia no es para mí un concepto abstracto, sino un fuego que llevas en los huesos. Si no lo llevas, te acabas acomodando a la injusticia. Pero si te quema por dentro, si tienes amor por la gente oprimida y pobre, tienes que hacer necesariamente algo por ella.

También le gusta definirse como un «bluesman en el mundo de las ideas». ¿La música como tabla de salvación?

- No, la música en todo caso como máxima expresión del valor o del coraje. La música condensa la historia de la negritud en América y el blues es la manera de capear la catástrofe, de permitir que el sufrimiento aflore (y también las sensaciones placenteras). La música -y no sólo el blues, también el jazz, el soul o el hip hop- ha sido siempre mi mayor influencia y mi mejor compañera. En mi despacho los tengo a casi todos: Muddy Waters, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Louis Armstrong, Duke Ellington, John Coltrane, B. B. King... La música te permite encontrar tu propia voz, tu vocación. Nunca llegarás demasiado lejos replicando el eco de los demás. Hay que tener valor de mirarse al espejo e interrogarse a uno mismo.

¿Su credo?

- Soy cristiano, tamizado por Chejov, el hermano Coltrane y la hermana Morrison.

¿Por qué la fe es tan vital para los negros en Estados Unidos?

- El cristianismo, en su origen, era una forma de resistencia. Fueron las élites las que lo monopilizaron más tarde, como acaba ocurriedo en casi todas las tradiciones religiosas. En los afroamericanos pesa mucho el poder simbólico de la cruz: ser un buen cristiano significa en último término cargar con la cruz y luchar con las cicatrices que te va dejando... El cristianismo es mi elección: creo que es una manera magnífica de estar en el mundo.

Explíquenos su pasión por Unamuno...

- Tendría que hablar también de Cervantes y Lorca, posiblemente el mejor novelista y uno de los mayores poetas de todos los tiempos. Hablo a menudo de ellos en mis clases. Unamuno me interesa como filósofo. Estoy de acuerdo con él: la filosofía no va a ninguna parte si no examina las circunstancias del individuo. Por mucho que nos rebelemos, todos somos hijos de nuestros padres.

LA CUESTION

- ¿Qué opina del silencio que ha matenido Obama sobre el ataque israelí en Gaza?

- No puede ser más patético. ¿Cómo callar ante la muerte de más de 500 personas en esas circunstancias, el 45% de ellos niños y mujeres? ¿Cómo habría reaccionado Obama si los muertos fueran israelíes? Con un mensaje fulminante a las pocas horas, seguramente. Obama está ya atrapado en el círculo vicioso de la política exterior norteamericana, según el cual la vida de un palestino no vale lo mismo que la de un judío. Y tiene a su lado a consejeros como Rahm Emanuel que se lo seguirán recordando. Me hace sentirme enfermo este doble rasero. La postura de Obama ha sido decepecionante. Aunque peor aún ha sido lo de Condoleezza Rice, alegando que Hamas llegó al poder por un golpe «ilegal». No seré yo quien defienda a los gánsters de Hamas, pero alguien tendrá que recordarle que Hamas llegó al poder mediante un proceso electoral, y que los palestinos estaban tan desesperados que acabaron votando a los gánsters.

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