CARGO: Responsable del laboratorio de Biología Molecular y Tecnológica del Instituto Científico San Rafael de Milán / EDAD: 67 años / FORMACION: Físico, ha dedicado 30 años a investigar la biológica molecular / CREDO: No creyente / AFICIONES: Viajar, sobre todo en cruceros / SUEÑO: Entender desde el punto de vista cerebral por qué los seres humanos tienen lenguaje Que si Dios mío por aquí, que si nuestro Señor por allá, que si Padre Eterno más adelante... Edoardo Boncinelli no deja de invocar al Altísimo cuando habla. La cosa no tendría mayor trascendencia si no fuera porque este hombre bajito y regordete, uno de los científicos italianos más respetados en todo el mundo, se declara no creyente. Sin embargo, tantas interjecciones religiosas contribuyen a darle un aire de hombre chapado a la antigua, muy a tono con la fama de sabio renacentista que se ha forjado a causa de los muchos campos que abarca su saber. No en vano, Boncinelli es físico, genetista, biólogo molecular, neurocientífico, psicólogo, psicoterapeuta, filósofo...
Y más. Ha publicado 22 libros de ciencia, el último de los cuales se titula Cómo nacen las ideas. Se hizo famoso tras dedicar muchos años al estudio de los genes que regulan la disposición y formación de las distintas partes del cuerpo humano, obteniendo unos resultados muy apreciados en todo el mundo. Actualmente da clases de Biología y Genética en la Universidad Vita-Salute de Milán y es responsable del laboratorio de Biología Molecular y Tecnológica del Instituto Científico San Rafael de Milán. Además, es miembro de la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO).
Pero aunque Boncinelli ha dedicado 30 de sus 67 años de vida a la genética y la biología molecular, su pasión la constituye un órgano que cuando nacemos pesa unos 380 gramos y que cuando está plenamente desarrollado alcanza los 1.380 gramos: el cerebro. «Es fascinante», sentencia Boncinelli, quien, puestos a elegir, se considera por encima de todo un neurocientífico.
PREGUNTA.- ¿Cómo ha cambiado genéticamente el hombre de hoy con respecto al de hace 100.000 años?
RESPUESTA.- Absolutamente nada. El hombre es genéticamente idéntico desde hace exactamente 150.000 años. Lo importante del genoma no ha cambiado.
P.- ¿Ni siquiera nuestro cerebro?
R.- Absolutamente no. Todo lo que se dice al respecto son pamplinas. Y debemos agradecerle a Dios que el cerebro no haya cambiado. Piense si no lo que ocurriría si alguien creciera en una familia equivocada, de personas que razonan mal desde hace generaciones: se convertiría también en alguien equivocado. Pero cuando nacemos estamos limpios, vírgenes, puros. Después de algunos meses, o de algunos años, claro está, nos convertimos en ciudadanos del presente, ciudadanos de una nación, inmersos en el clima cultural correspondiente.
P.- ¿Pero cómo es posible que nuestro cerebro no haya cambiado, con lo mucho que ha cambiado el mundo? ¿Cómo se ha adaptado?
R.- Eso es lo maravilloso del ser humano: mientras los animales sólo tienen la evolución biológica, y por lo tanto una adaptación lentísima, el hombre, además de la evolución biológica también tiene una evolución cultural, que va rapidísima, quizás demasiado. Nosotros nacemos exactamente como los hombres de hace 150.000 años. Pero tenemos una suerte de doble nacimiento porque bastan pocos meses, pocos años, para que un niño de tres años hoy sea distinto del niño de tres años de la era de las cavernas. A los cinco o seis años un niño de hoy es muy, muy distinto del niño de hace 150.000 años.
P.- ¿Y cual es la explicación biológica?
R.- Es muy simple: nosotros somos los animales que nacemos con el cerebro más inmaduro. Cuando llegamos a este mundo, nuestro cerebro es pequeño y está vacío. Es como si yo comprara un ordenador cuyo hardware no está terminado, sino que se perfecciona mientras funciona. Por eso las primeras nociones no se fijan al cerebro sino que se esculpen en él y, de hecho, son las que nunca olvidaremos. Nuestro cerebro es totalmente maleable y en los primeros cinco, seis, 15 años, todo lo que pasa por él queda grabado como si hubiera estado ahí desde el nacimiento. Esa es la gran diferencia.
P.- Entonces, a los 15 años el cerebro ya está plena e irreversiblemente formado...
R.- Digamos a los 15 años. En realidad, la maduración tiene lugar a los 18-20 años. Pero a los 15 ya pasó todo. Esto no quiere decir que no podamos también aprender a los 60 o a los 70. Pero, por ejemplo, un idioma aprendido a los dos años no es lo mismo que uno que se estudia a los 15.
P.- ¿Todavía podemos evolucionar a nivel biológico?
R.- Seguramente, pero tenemos que pensar que harán falta 200.000 o 300.000 años. Nadie puede prever el futuro, pero ése es el ritmo de la evolución. Yo creo que antes de que evolucionemos de manera biológica, el hombre intervendrá sobre su genoma. Porque en unas dos décadas será posible intervenir artificialmente sobre nuestro genoma, algo que será un evento excepcional. A partir de ese momento, la evolución biológica empalidecerá respecto a la evolución que el hombre habrá impuesto a través del genoma.
P.- ¿Cómo cree que reaccionará la naturaleza ante esa manipulación genética?
R.- La naturaleza no existe... Lo que nosotros llamamos naturaleza es el nombre que designa una serie de impulsos y contraimpulsos ciegos. Lo que puedo decir es que la naturaleza no lo sabrá. Pero el ambiente se dará cuenta, como ya se ha dado cuenta de que los hombres, que antes eran pocos, ahora son mucho más numerosos. Y todo hace pensar que lo serán más aún, y el ambiente sentirá ese peso.
P.- ¿Y qué opina sobre el problema ético y moral que muchos consideran que entraña la manipulación genética?
R.- Para mí es una discusión muy interesante que aún está por llevarse a cabo. Los periódicos hablan de hijos rubios con ojos azules, pero a mí eso me parece una de las estupideces más grandes que se pueden imaginar. En cambio sí se puede hablar de hijos más inteligentes, más longevos, más sanos, que ya no sufran ciertas enfermedades... Aunque mi apuesta es que los primeros genes que se tocarán serán aquellos que regulan la longevidad. Porque ahora los hombres podemos llegar a vivir cerca de 100 años, pero tocando algunos genes podremos vivir 200 o 300. Cuando eso suceda, seguramente el mundo dará un vuelco. Para mí habría que comenzar a discutir el tema ya hoy, pero el hombre nunca discute antes, sino que primero hace las cosas, y después las discute.
P.- ¿La manipulación genética puede hacer al hombre moralmente mejor?
R.- Esa es una buena pregunta. Yo primero le doy una respuesta científica: todos los caracteres complejos, como la inteligencia, la docilidad, la bondad y la voluntad no son controlados por un solo gen, ni tampoco por cientos o por mil, sino probablemente por miles de millones de genes.
P.- ¿Pero son características controladas genéticamente?
R.- Sí, son ampliamente genéticas, pero no podemos esperar que cambiando uno o 10 genes obtengamos grandes resultados. Es decir, el problema técnico es hacer las cosas justas progresivamente. Respecto al problema moral, yo escribí un libro titulado El mal, en el que dejé claro que el mal y el bien son dos conceptos relativos, que, de hecho, cambian en la historia. Hay que ver en el momento qué es lo que la humanidad, no una nación sí y otra no, considera el mal y considera el bien. Yo no sé qué es bien y qué es mal. Sí, lo sé con mi vida, con mis hijos, con mi mujer, pero nunca me pondría a decirle a otro qué es bien y qué es mal como hace la Iglesia. Es la humanidad la que debe decidir dónde quiere ir. Parados no podemos estar.
P.- ¿La espiritualidad, o la ideología también tienen una dimensión genética?
R.- En todo hay un componente genético, en mayor o menor parte.
P.- Nuestro cerebro está controlado por aproximadamente 20.000 genes, los mismos de un gusano o un arbusto...
R.- Sí, es verdad que el número de genes del hombre no es muy grande. No sólo eso, sino que hace 25 años descubrimos, yo mismo contribuí a ello, que los genes importantes son iguales en todos lados. Por ejemplo: todos tenemos cabeza, tórax y abdomen. Usted no encontrará ningún animal sin cabeza, tórax y abdomen, porque hay genes -que yo descubrí en 1985- que conforman eso. Son los genes que yo llamé «arquitecto» porque son los que hacen de cimientos de una casa. Pero los demás son diferentes, son los que permiten que a mí me salga una mano, al delfín una aleta, al lobo una pata, a la cigüeña una zanca... Es decir, los genes importantes son los mismos, el número más o menos es el mismo, pero los genes que nosotros llamamos «ejecutores», es decir, los que hacen efectivamente la mano, la boca, la nariz, son diferentes en cada especie.
P.- Intuyo que está usted a favor de la investigación con células madre. ¿Acierto?
R.- Sí, porque es la esperanza del futuro. Aunque no sé cuando se materializará esa esperanza, no lo sé, quizás arrancamos con demasiado entusiasmo. Yo mismo hace 10 años decía que era inminente su utilización, pero en cambio todo esta yendo más lento. Por un lado hay gente que frena, por otro hay gente que promete el oro y el moro y que tendremos todo mañana. Le puedo decir que no será mañana, porque todavía hay cosas que no sabemos hacer.
P.- ¿Qué les diría a los que afirman que las células madre son individuos?
P.- No se trata de que las células no sean individuos. Hablemos por ejemplo del zigoto, es decir, del óvulo fecundado. ¿Es un individuo? Hay quien así lo cree. Yo personalmente, habiéndolos visto y manejado durante 30 años, pienso que no. ¿Pero cómo podemos decir quién tiene razón? Objetivamente no se puede decir. Lo que yo no entiendo es como en Italia es legal el aborto, que supone la eliminación de un embrión de dos o tres meses, y es ilegal la investigación con células madre. No tiene sentido, ¿no le parece? Yo no logro entender, me parece una contradicción total.
P.- Volviendo a su amigo el cerebro, ¿qué tiene el cerebro humano que nos haya permitido desarrollar el lenguaje?
R.- Esta es una pregunta cuya respuesta me encantaría saber antes de morirme. ¿Qué hace que nosotros aprendamos y usemos el lenguaje y los animales no? Es una de las preguntas más interesantes que se puedan plantear. En los genes que nosotros conocemos no está escrito, por lo tanto debe estar escrito en esa parte del genoma que todavía no conocemos. No en el sentido que no la hayamos descifrado, la hemos descifrado pero no la sabemos leer. Cómo está escrito que yo no tengo pelos y el chimpancé sí, que yo tengo el mentón hecho de una manera y el chimpancé, en otra. Pero éstas son preguntas menos interesantes.
P.- Pero sabemos muchas cosas. Por ejemplo, en su último libro, Cómo nacen las ideas, usted explica que hay una zona del cerebro donde están los nombres genéricos (cómo por ejemplo árbol) y otra donde están los nombres particulares (sauce, olivo, roble, tilo...).
R.- Sí, hemos aprendimos muchas cosas sobre el lenguaje. Sabemos que nuestro cerebro tiene un área para los verbos y otra para los nombres, algo que los maestros de escuela intuyeron siempre. Pero por qué tenemos la capacidad de aprender el lenguaje es algo que todavía no sabemos. En los últimos 20 años hemos aprendido muchísimas cosas, y en los próximos aún 20 sabremos más.También sobre cuestiones que a los hombres no les gustan, como, por ejemplo, que nunca somos racionales. Aun cuando nos empeñamos, cuando tratamos con todas nuestras fuerzas de ser racionales, no lo somos. Nunca somos racionales porque nuestro cerebro es perezoso, y prefiere sacar conclusiones rápidas y equivocadas, antes que lentas y rigurosas.
P.- ¿Ni siquiera usted, que es un científico, es racional?
R.- Claro, nadie lo es. Nuestro cerebro, insisto, es perezoso. Y, por otra parte, fue hecho 150.000 años atrás, cuando no tenía que hacer pólizas de seguros de coches sino que tenía que ver llegar al león y escapar, o ver a una chica guapa y correr tras ella... No estaba hecho para las sutilezas de hoy. Pero lo sabemos todos, no hay de qué sorprenderse: cuando algo cuesta 10 euros, suele anunciarse como que vale 9.99 euros. La diferencia es ridícula, pero nuestro modo aproximativo y veloz de razonar hace que nos parezca más barato y lo compremos.
LA CUESTION - Usted sostiene que el hombre es el resultado de tres cosas: la genética, el ambiente y la casualidad. ¿Cuánto pesa el azar?
- Hasta hace 20 o 30 años se pensaba que contaba un 2-3%. Hoy, en cambio, todo parece indicar que cuenta aproximadamente un tercio, porque, visto que el cerebro nace inmaduro y a lo largo de su andadura debe madurar, debe tomar toda una serie de decisiones de conexiones. Si hay motivos válidos para tomar una decisión en lugar de otra, bien; pero si no la hay, como lo debe hacer igualmente, porque hay unas ventanas temporales en las cuales debe tomar decisiones, las toma casualmente. Y esto confirma que todos somos diferentes. Y no sólo eso: de una familia de gente muy inteligente puede nacer un hijo que 'no vale nada', y que de una familia que durante generaciones no aportó nada puede nacer un genio. La casualidad no se puede controlar, pero tampoco se puede controlar la genética. Lo único que se puede controlar, y sólo dentro de ciertos límites, es la educación.
SU PROPIO MUNDO «En Italia nadie toma en consideración a los científicos»
Usted ha publicado 24 libros. ¿Está trabajando en uno nuevo?
- En realidad, son tres. Uno sobre la libertad, otro sobre la conciencia y otro sobre la racionalidad. Si el Padre Eterno me lo permite.
Por cierto, ¿es usted creyente?
- Estoy bautizado, me casé por Iglesia y enseño en una universidad que en Italia se considera católica. Pero no soy creyente.
En fin, que después de la muerte no hay nada de nada...
- Nada. Y mire que lo siento, porque si hubiera infierno mucha gente que conozco debería ir allí... Pero no, no creo que haya otra vida después de la muerte. Pero si hubiera un más allá y nos encontramos por allí, para mí será un placer.
Muchas personas consideran que el Vaticano injiere de manera desmedida en la vida política italiana y en las cuestiones científicas. ¿Qué piensa usted?
- El Vaticano tiene un peso notable, pero pienso que la influencia de la Iglesia va más allá. En realidad, a nosotros los italianos la Iglesia nos ha transformado el cerebro porque nos cuenta ciertas cosas desde que somos niños... Por eso siempre digo medio en broma que en Italia no hay laicos, o por lo menos hay muy pocos y con muchas dificultades.
¿Por qué mucha gente tiene miedo a la ciencia?
- Porque el hombre, como todos los animales, le tiene miedo a lo nuevo, y la ciencia es lo nuevo. Si hubiera que buscar alguna explicación, cabría remontarse a los siglos XVIII y XIX, cuando la ciencia cometió un error gravísimo: prometió cosas que no pueden prometerse. La ciencia puede dar bienestar material, pero no puede dar la felicidad, ni la sabiduría. Cuando el hombre se dio cuenta de que era tan infeliz como antes y de que no era sabio, como se demostró con todas las atrocidades que vivió la humanidad a lo largo del siglo XX, el hombre se sintio decepcionado y en cierto sentido se rebeló en contra de la ciencia.
Ser científico en Italia no es nada fácil, ¿verdad?
- No. La actitud del italiano medio hacia la ciencia no es positiva. Pero lo más grave para mí es que se desprecia al científico. Yo en estos momentos gano aproximadamente lo mismo que mis colegas ingleses, pero no disfruto de su misma consideración. Bueno, yo sí porque he escrito muchos libros y soy viejo, pero cuando trabajaba, es decir, cuando era un verdadero científico, nadie me tomaba en consideración, mientras que un inglés o norteamericano medio tenía un cierto reconocimiento social. Aquí en Italia, ninguno.
EL CORREO CATALAN
El negacionismo, al fin entre sus pares
Querido J:
Pasé una tarde muy emocionante, el último sábado. En la Librería Europa habían convocado una conferencia de David Irving. Tenía ganas de conocerle y la cita me había cogido leyendo ¿Por qué creemos en cosas raras?, el libro de Michael Shermer que Alba acaba de publicar, y donde hay un completo retrato del personaje. Así que llegué a la calle Séneca unos policías me cerraron el paso - La calle está cerrada por seguridad.
- Ya. Voy a la conferencia.
- ¿Qué conferencia?
Me pareció que el policía levantaba la ceja con un punto de altivez y que se hacía el tonto con excesivo realismo.
- A la conferencia -le contesté, tan secamente como en las novelas.
- Caporal... ¿Pasan?
Y abrió el paso. La librería estaba tomada. Y eso que no habían llegado los fotógrafos, arrinconados en la calle hasta que entrara Irving. Pagué cinco euros y me condujeron a un cobertizo trasero, donde se pronunciaría la conferencia. Me tranquilizó que para llegar a él hubiese que atravesar un patio al aire libre, y eché una ojeada a los distintos caminos de evacuación. No me senté, aunque había sitio: me gusta estar preparado. Cuando Irving y los fotógrafos se acomodaron hubo que luchar sin descanso por el lebensraum. La salita: porque no cabían más de 50 personas. Había mucho chiquito nazi y sobre todo mucho policía disfrazado de chiquito nazi. Se me puso al lado un honrado funcionario judicial. Pobre hombre, en sábado por la tarde.
- Me ha enviado el juez.
- ¿A ver qué dicen?
- Sí, más bien a levantar acta de que están grabando lo que dicen.
En efecto. Entre la multitud de cámaras destacaba la de la Policía. Hasta que no se instaló y empezó a filmar no habló nadie. El primero en hacerlo fue un Varela, catalanísimo, quiero decir racialmente catalanísimo. Yo diría que de la Terra Ferma. No dijo más que estupideces, pero para eso estábamos allí. Ahora bien, voy a detenerme en las estupideces. Sobresalían las vinculadas con los judíos y la crisis económica. Es decir, el presente histórico. Varela vino a decir que los judíos nos habían llevado (de nuevo: antes fue en los 30) a la ruina. Una estupidez, ya digo. Y con el peligro habitual: nos han llevado a la ruina en tanto que judíos. Pero eché un vistazo a la sala tomada, a la calle tomada... ¿Todo esto porque un catalán diga lo que está en el ambiente, cada día, en los diarios, en los foros internáuticos, especialmente después de lo de Madoff, al que nadie llama sinvergüenza porque basta llamarle judío, esto es, digo, lo que está en el ambiente, la especie, el conocido reptil, de que la banca judía nos arruina? Hombre, hombre, qué dilapidación.
Se calló Varela y empezó a hablar Irving. Mientras tanto su ayudante, una hosca y fría rubia, guapa y sobre todo sana, disponía sus libros en la mesa. Irving tiene una simpática apariencia de boxeador irlandés. Nada más empezar desgranó todos los asuntos de los que no podía hablar, Auschwitz y las cámaras de gas, entre muchos otros. En realidad demasiado había hecho con estar aquí. Según el libro de Shermer, Irving tiene prohibida la entrada en Alemania, Austria, Canadá, Italia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, y esto era a finales del siglo XX por lo que es probable que la lista haya aumentado. Con la enunciación de todo aquello que por orden judicial debía obviar el conferenciante y paladeado ya el ambiente, el objetivo estaba más que cumplido y me largué no sin dejar con un poco de lástima a mi secretario judicial, a merced de la insolencia de algunos fotógrafos y sus prepotentes cañones que amenazaban con sacarle un ojo a cada movimiento.
De vuelta a casa pensaba lo que ahora pienso: el acoso a Irving es un asunto ridículo. Y grotesco y lesivo que se le indiquen bajo apremio judicial cuáles son los asuntos de los que no puede hablar. Desde luego no creo que se pueda mentir impunemente. Y creo también que la misión principal de los jueces es intervenir en los conflictos sobre la verdad. Y que deben intervenir frente a Irving y el negacionismo y frente a cualquier otra petición fundamentada en la ofensa que causa una mentira. Pero la sentencia no debe ser el silencio. Los libros de Irving no deben prohibirse: simplemente deben llevar obligatoriamente incluidas las sentencias que dictaminan su falsedad. Sus conferencias no deben acotarse: sólo que alguien debe explicar obligatoriamente en cualquier sala donde Irving hable esas mismas decisiones judiciales. Lo sé, los preservativos son muy engorrosos: pero evitan muchos males mayores. En cuanto a la verdad no es cierto que se defienda sola. Montaigne nos enseñó que a diferencia de la verdad la mentira tiene mil caras: una clara superioridad numérica que hay que contrarrestar.
Los jueces deben intervenir, además, porque libros como el de Shermer no se recitan de carrerilla en los colegios. En los colegios se pierde la vida entre himnos y oraciones. Se trata de un clásico y hermoso catecismo para nuestra improbable patria. La primera edición se publicó en 1997 y hasta ahora no había sido traducida al español. Ya sé que casi nada, salvo las ruedecillas de humo de Auster, se traduce al español; pero en esa suerte de cánon de las ausencias la obra de Shermer, que es hoy una de las grandes figuras del escepticismo aunque ayer fue creyente, estaba en el primer lugar. Sí, de acuerdo: no hay traducciones de Elizabeth Loftus, de Susan Blackmore o de Patricia Churchland, y es muy grave; pero lo de Shermer es previo. Un catón: un libro indispensable para estudiantes, políticos, periodistas y pedagogos, que enseña a reconocer la verdad y a ejercerla.
El ensayo contiene la más sucinta y convincente refutación del negacionismo que haya leído jamás. Se centra, como es pertinente, en el argumento fundamental, que es la negación de las órdenes exterminadoras. Los negacionistas menos delirantes asumen que murieron centenares de miles de judíos, entre otras razones, porque les resulta difícil dar cuenta de su actual lugar de residencia; pero sostienen que murieron, sobre todo, a causa del hacinamiento y que las cámaras de gas servían para desinfectarlos aunque no de la manera traumática a que alude la propaganda judía. Shermer relata con gran parsimonia las pruebas (aportadas por los propios nazis desde Eichmannn hasta Göring) de que el exterminio existió y fue consecuencia de las órdenes dadas por los jefes nazis. Cualquier argumento negacionista, sea de Irving, Cole o Weber, se deshace ante la prosa escalonada de nuestro escéptico. Sin embargo, y respecto a la verdad y su florecimiento, ni siquiera esto es lo más importante del libro. Lo realmente devastador es el tratamiento pragmático que recibe la negación del Holocausto. El mayor acierto de Shermer respecto a este asunto no ha sido, probablemente, el dedicarle un estudio completo al negacionismo, que lo ha hecho y se llama Denying History: Who Says the Holocaust Never Happened and Why Do They Say It? [Negando la Historia: quién dice que el Holocausto nunca sucedió y por qué lo dice?], sino el incrustar un capítulo de 100 páginas sobre el asunto en un libro dedicado a las pseudociencias. Creo comprender las razones por las que el combate contra el negacionismo adquiere un carácter político y sentimental. Y deben seguir activas. Pero, a mi juicio, nada más eficaz que la estrategia de Shermer. El negacionismo en franco diálogo con sus pares: la videncia, la ufología, el creacionismo, las brujas y la imposición de manos.
Y la Librería Europa, como una garita donde echan el tarot.
Sigue con salud.
A.