
LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
El huerto
Existe un lugar sombrío, a resguardo de vientos críticos, donde reina la quietud y se respira buen rollito. Es el reino del talante, patria de la progresía, bañado por la lluvia fina y alimentado de mentiras casi nunca piadosas. Un espacio libre de «crispación», tal como se denomina allí a esa tarea generalmente llamada oposición, en el que nadie se mueve y las fotos salen nítidas. Es la España de ZP, también conocida como el Huerto. El pasado mes de junio -me cuenta un pajarito justiciero- este acogedor rincón fue escenario de un acuerdo verbal suscrito entre el anfitrión, Zapatero, y el invitado, Rajoy, que estrecharon metafóricamente sus diestras para sellar varios «pactos de Estado» en materias de vital importancia: Política antiterrorista, incluida su vertiente penitenciaria, Justicia y Constitución. La cosa quedó entre ellos y un pequeño número de escuderos, ya que oficializar los compromisos en un documento firmado habría obligado al presidente del Gobierno a extender la invitación a otros partidos potencialmente peor dispuestos. Ese fue al menos el argumento empleado por el inquilino de La Moncloa para convencer a su interlocutor, y éste, asiduo visitante ya de los mullidos paisajes del Huerto, aceptó un apretón de manos, sin luz, ni taquígrafos, ni puertas abiertas al sol, confiado en la buena fe de ese encantador de serpientes que es nuestro líder patrio, el de la eterna sonrisa, a quien sonrie la suerte.
Amparado en ese pacto, que amordaza a la oposición y lleva a más de un diputado popular a echar de menos el Grupo Mixto, donde al menos podrían «hablar todos los días un ratito», Rodríguez mantiene intacta su política de ambiguedad respecto de ETA, combinando los palos certeros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad con esas zanahorias merced a las cuales mantienen los terroristas el gobierno y los dineros de 41 ayuntamientos (existiendo instrumentos legales sobrados para forzar su disolución) y se acerca a 10 asesinos presuntamente «arrepentidos» a cárceles próximas al País Vasco. ¿Dónde está el arrepentimiento? ¿Dónde la colaboración activa de Pakito y compañía a la derrota definitiva de la banda? ¿Y qué pasa con las víctimas, nuevamente escarnecidas?
Hay estupor en el PP entre quienes no comprenden que se haya cedido a Rosa Díez el protagonismo en la denuncia de estas medidas indecentes. Crece la rabia ante las consignas que llaman a «no tensar la cuerda», haga lo que haga el Ejecutivo en este campo. Las pocas almas combativas que sobreviven en el Huerto se resisten a rendirse.
ERASMO
Sepla
Tal sindicato de pilotos: huelga de celo en Iberia y la que está cayendo, tan cuantioso, angustioso diluvio de procesos concursales, quiebras, ERES, and son on. Real: dos horas detenidos en Bilbao, el asiento del piloto, bajo. Johannesburgo: el copiloto fue a comprar tabaco. Marcan estilo en la historia del movimiento obrero, tan adorables huelguistas y su salario medio: 150.000 ( ) año. ¿Resto? Apriétense los cinturones
SABATINA SABATICA
MANUEL HIDALGO
Schuster y la droga
«Bah, no trae nada», decía mi abuelo, y volvía a dejar, tras un vistazo, el periódico sobre la mesita. Eso sucedía hace muchos años, cuando la prensa empezaba a ser una droga adictiva. La ausencia de grandes noticias -esto es, malas, trágicas, fuertes- comenzaba a crear mono entre los lectores, cada día más enganchados a la nicotina, la cafeína o la heroína de las emociones. Porque de eso se trata: de emociones.
A mí me cae bien Schuster. Entre otras razones, por antipático. O, dicho de otra manera, por su nula disposición a caer bien a nadie. A la prensa, menos aún. No dudo de que habría tales y cuales razones para echarlo, pero, desde semanas antes de su cese, comencé a notar ese mono de noticias fuertes en torno a él, ese movimiento ansioso y agitado de la opinión pública y quienes la manejan -es lo mismo- necesitados de titulares, de emociones intensas, del chute de cada día. Ya llegó, obtuvimos la dosis, y ahora estamos en el nirvana del reposo. Hasta necesitar el siguiente pinchazo, que ya se va retrasando.
El pueblo acudía a la plaza pública a presenciar las ejecuciones, la quema de brujas. Bajaba el pulgar en el circo romano pidiendo la muerte del gladiador. Emociones que ahora se exigen y se reproducen sobre la arena de papel y plasma del circo mediático.
Sé de sobra que hay otros motivos e intereses en el rodar de cabezas. Pero quiero centrarme aquí en esta hipótesis psicológica relacionada con la adicción a esas sustancias estupefacientes que son las emociones. En todo caso, subrayaría -en cierta concomitancia- que una ciudadanía que decide muy pocas cosas por los procedimientos democráticos necesita creer que decide algo cuando se junta en turba de presunta opinión pública y ve cortar la cabeza que, tras tantear aquí y allá y mover el radar en todas direcciones, ha seleccionado.
Las decapitaciones y su íntima relación con la droga emocional aún guardan conexión con otro aspecto del momento: la prisa, la urgencia, el corto plazo. En esta época de rapidez y fragmentación del tiempo -y de noticias al segundo-, casi nadie sabe trabajar a largo plazo. Todo tiene que ocurrir ahora mismo, el éxito o la tragedia que indique su carencia.
Hay problemas, es bien cierto, que requieren soluciones urgentes. Pero los problemas más importantes se solucionan a largo plazo por una razón muy sencilla: porque sólo un trabajo a largo plazo garantiza que el problema no llegue a producirse. No sé si me explico.
El problema número uno de España, a distancia de cualquier otro -el que queramos- es la Educación. Y es la causa de buena parte de los demás problemas. Pero en 30 años de democracia ni los partidos han trabajado en este asunto a largo plazo ni la sociedad -ávida de emociones inmediatas- lo ha demandado. Es un campo que cada día produce un sinfín de percances graves -hay que saber relacionar cosas para poder verlo-, pero excita más gastar dinero en televisión y festivales, en cosas que estén pasando y reporten noticias y emociones ahora mismo. Ya.
ASUNTOS INTERNOS
LUCIA MENDEZ
La abstención
La abstención en un proceso colectivo de toma de decisiones consiste en no tomar posición. Ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Todos y cada uno de los abstencionistas tienen motivos distintos para no ir a votar. Desde los colectivos antisistema a las personalidades perezosas, hay un amplio abanico de causas para no emitir el voto. En Estados Unidos, por ejemplo, se dice que ir a las urnas es inútil porque, según los economistas, tienes más probabilidades de morir en el camino para ir a votar que de decidir el resultado de una elección. La abstención, en cualquier caso, refleja una cierta abulia, una apatía cívica, una dejadez ante la disyuntiva de tener que pronunciarse con claridad sobre algo.
El PP se abstuvo esta semana en la votación del Fondo Estatal de Inversión Local que inyecta 8.000 millones de euros en los ayuntamientos para obras públicas. Al optar por la abstención, el PP no dijo ni sí, ni no, sino todo lo contrario. La cuestión es si el principal partido de la oposición, que aspira lógicamente a ser Gobierno, puede permitirse el lujo de no tener opinión sobre un plan de estas características. Lo que importa, o debería importar un poco a los diputados del PP, es si la abstención es una fórmula adecuada para hacer política. Hay que recordar que hace poco, el PP rompió su pacto con UPN porque uno de sus diputados optó por abstenerse en la votación de la Ley de Presupuestos.
No sería justo decir que los diputados del PP se abstuvieron por pereza. En realidad, al PP le daba un poco de vergüenza votar no, mientras sus alcaldes hacían uso, como es lógico, del fondo aprobado gracias al voto afirmativo de otros grupos. ¿Por qué, entonces, la dirección no ordenó pulsar el botón del sí? En este caso, por vergüenza interna, para evitar las críticas de su ala derecha sobre la supuesta blandenguería de Rajoy frente a Zapatero.
En descargo del PP hay que decir que la pereza abstencionista no es exclusiva de este partido. El presidente Zapatero, por ejemplo, también ha optado por la dejadez abstencionista ante la evidente pérdida de fuelle político de algunos de los ministros de su Gobierno. El diagnóstico interno no deja lugar a dudas: el Consejo de Ministros necesita un lifting político. Pero al jefe le da pereza afrontar una crisis a ocho meses de haber tomado posesión.
El vicepresidente Solbes, suponemos que a su pesar, se ha convertido en el rostro de esa crisis. El hombre hace lo que puede, llegando al extremo casi surrealista de tener que pedir a los bancos que concedan créditos a las empresas y a las familias, que viene a ser algo así como tener que pedir a los panaderos que hagan pan o a los sastres que corten trajes. Si los bancos no cumplen su función principal, ¿para qué sirven entonces? También los banqueros se ven afectados por la abulia y la desidia abstencionista. Menudo panorama
VIDAS PARALELAS / TEDDY BAUTISTA / VESPASIANO
PEDRO G. CUARTANGO
'Pecunia non olet' Vespasiano fue un aristócrata y un militar que llegó a ser proclamado emperador de Roma tras una cruenta guerra civil. Agobiado por los gastos del aparato administrativo del Imperio, Vespasiano tomó la decisión de subir los impuestos. Como no sabía de donde recaudar más dinero, el emperador impuso una tasa por el uso de los baños y las letrinas públicas, que hasta entonces habían sido gratuitos. Un buen día se encontraba con su hijo Tito, cuando el recaudador del impuesto de las letrinas le entregó una gran bolsa de monedas. Tito hizo una mueca de repulsa y le reprochó a su padre que cogiera el dinero, que, a su juicio, tenía un origen sucio.
Vespasiano tomó la bolsa, olió las monedas y le respondio a Tito: «Pecunia non olet» (el dinero no huele).
Teddy Bautista se ha debido sentir muy identificado con la filosofía de Vespasiano, hasta el punto de que me lo imagino respondiendo con la misma frase a quienes le reprochan la voracidad recaudadora de la SGAE.
El ex cantante canario -que se hizo famoso por aquella premonitoria canción que decía Ponte de rodillas- ha dejado pequeño al emperador en su afán de sacar dinero de las piedras. Quería que las Fallas pagaran más dinero por las orquestas que amenizan las calles de Valencia, al igual que cobra por la Feria de Abril de Sevilla, los bailes de fin de año, los concursos de sardanas y la música en los bares, los estadios o las academias de baile.
Hemos sabido esta semana que la SGAE se cuela hasta en las bodas para que nadie se libre de pagar su óbolo cuando suena una nota. ¿Habrá que tributar también por cantar en la ducha?
Hay muchas leyendas sobre la avaricia de Vespasiano que llegó incluso a hacer negocios con la acuñación de moneda, pero Teddy Bautista ha superado todos los récords al lograr que el Gobierno imponga un canon sobre los discos vírgenes y los aparatos electrónicos por si a alquien se le ocurre copiar.
Las legiones romanas al mando de Vespasiano llegaron a conquistar la costa este de Inglaterra, pero los detectives contratados por la SGAE están dispuestos a ir mucho más lejos para que no haya bicho viviente que deje de tributar.
Bautista ha construido un Estado dentro de un Estado y tiene a su servicio a una legión bien pagada de autores e intelectuales que glorifican su celo persecutor. Lo mismo hizo Vespasiano con Suetonio, Tácito y Plinio el Viejo, que trazaron un retrato favorable del emperador que erigió una colosal estatua a Apolo.
Bautista le tendría que erigir un monumento semejante a Zapatero, que ha sacado adelante el impuesto más impopular e injusto de la historia.
Si Vespasiano llevó los límites de Roma más lejos que ningún otro gobernante tras aplastar las rebeliones de Egipto y Judea, Teddy Bautista ha hecho lo mismo con la SGAE, siglas temidas como las legiones imperiales pero no queridas.
Vespasiano, cuando expiraba víctima de una infección instestinal, exclamó que sufría la alucinación de creerse Dios. Teddy Bautista también se cree lo mismo, pero no es una alucinación.
EL MUNDO QUE VIENE / ROBERT KUTTNER
«Obama se está rodeando de centristas para poder gobernar desde la izquierda»
ECONOMISTA Y «ANALISTA DE IZQUIERDAS», RECOMIENDA AL PRESIDENTE ELECTO DE EEUU QUE SIGA LA ESTELA DE LINCOLN Y ROOSEVELT E IMPULSE UN CAMBIO RADICAL EN EL PAIS. 'EL RETO DE OBAMA' ES EL ULTIMO LIBRO DE QUIEN LLEVABA AÑOS ALERTANDO CONTRA LOS EXCESOS DE LOS MERCADOS Y LA CRECIENTE DESIGUALDAD ENTRE LOS NORTEAMERICANOS. CARLOS FRESNEDA
CARGO: Economista, periodista y escritor, autor de 'El reto de Obama' / FORMACION: Estudios en la London School of Economics, doctorado en la Universidad de Berkeley / EDAD: 65 años / LUGAR DE NACIMIENTO: Nueva York / CREDO: El humanismo y la democracia, «una lucha que nunca acaba» / SUEÑO: Mejorar la sociedad
La crisis. No se habló de otra cosa en la reunión que hace sólo unos días celebraron los socialistas europeos en Madrid. Allí estuvo también Robert Kuttner, como miembro de la delegación estadounidense. Para alguien que se jacta de trabajar «en el lado izquierdo de lo posible», éste ha sido sin duda un encuentro muy reconfortante, sobre todo ahora que las dos orillas del Atlántico parecen aproximarse. Kuttner coincidió con Zapatero, y le extendió la misma fórmula que recomienda a Obama desde los mentideros de Washington: «El Gobierno va a tener que gastar mucho dinero para prevenir la depresión».
A sus 65 años, con una reputación ganada a pulso entre la política (es cofundador de la revista The American Prospect) y la economía (autor de Everyting for sale y The Squandering of America), Kuttner vuelve a la palestra con un opúsculo visionario que figura entre los libros más venerados de esta intensa y trepidante transición en la Casa Blanca: Obama's Challenge (El reto de Obama).
Vaticina el autor que si el presidente electo quiere entrar en la lista de los elegidos, al oreo de Roosevelt y Lincoln, no le va a quedar más remedio que echarle valor y gobernar desde la izquierda, pese a su gabinete centrista. La historia, asegura Kuttner, ha dado repetidas veces esa lección: Obama tiene dos años por delante para encauzar la crisis económica e inaugurar una nueva era progresista en Estados Unidos.
PREGUNTA.- Usted sostiene que Obama necesita ser más radical como presidente de lo que ha sido como candidato. Sus primeros nombramientos, sin embargo, han confirmado su giro hacia el centro. ¿Se siente usted decepcionado, como tantos progesistas?
RESPUESTA.- Su equipo económico es un poco frustrante, ésa es la verdad.. Se ha rodeado de los viejos clintonianos, como Larry Summers, que fueron los que nos metieron en este lío, con sus políticas neoliberales que favorecieron las desregulación de los mercados... Pero Obama es más inteligente que todos ellos, y creo que hay que darle tiempo. La realidad se está desplazando hacia la izquierda. La recesión en la que estamos requiere cada vez más intervención del Gobierno y Obama se va a dar cuenta, como se fue dando cuenta Roosevelt cuando llegó al poder, antes de poner en marcha el New Deal.
P.- Pero no negará que su gabinete es hasta cierto punto continuista. ¿Dónde está el cambio que prometió?
R.- Quiero pensar que lo que está haciendo Obama es crear una especie de gabinete centrista para poder gobernar desde la izquierda. El nuevo centro está a la izquierda de donde solía estar, porque las circunstancias así lo exijen. Obama va a tender una mano a los republicanos, no lo dudo, pero es que hasta los republicanos van a tener que girar a la izquierda, lo están haciendo ya... Cada semana, los programas de rescate o de estímulo económico son más abultados porque la economía va a peor.. Si la gente que te vota pierde su trabajo, si las infraestructuras se desmoronan, si el dinero no llega a las escuelas... ¿cómo no vas a pedir ayuda al Gobierno federal? La situación en la que estamos va a servir para que muchas posturas progresistas, como la inversión pública o la regulación de los mercados financieros, se perciban como postideológicas. La Casa Blanca va a tener que gastar mucho dinero para prevenir la depresión; nadie lo pone ya en duda.
P.- Usted se hace en su libro la misma pregunta que McCain lanzó a los americanos durante la campaña: «¿Quién es realmente Barack Obama?». Me pregunto si ha encontrado la respuesta...
R.- La he ido encontrando, sí. Creo que su posición política es la de un progresista y su estilo es el de un unificador. Creo también que es un hombre pragmático sin renunciar a un cierto idealismo. Ahora bien, ¿será capaz de abanderar una era postideológica y de unir a los americanos en un propósito común? Eso está aún por ver.
P.- ¿Cómo le ve hasta ahora en el papel de presidente electo?
R.- Obama ha asumido completamente el mando. Quedan todavía cinco semanas para que se produzca el relevo, pero a los ojos de los americanos ya es el presidente. ¿Dónde está Bush? Ha desaparecido por completo. Ha ido a engrosar la lista de presidentes débiles y fallidos, como Nixon o Carter.
P.- ¿No corre acaso el riesgo de estrellarse en los dos primeros años por quererlo hacer todo muy rápido, como le ocurrió a Clinton?
R.- El problema de Clinton es que llegó a Washington como un outsider e ignoró por completo al Congreso. Actuó más como un primer ministro británico que como un presidente norteamericano, empujando los asuntos sin más. Perdió mucho capital con los demócratas por culpa del Tratado Norteamericano de Libre Comercio (NAFTA). Intentó impulsar también la reforma sanitaria sin contar con el Capitolio... Obama ha aprendido de ese error, y lo primero que ha hecho ha sido rodearse de gente con mucha experiencia en el Congreso, como Ralph Emanuel o el ex senador Tom Daschle. Sus primeros movimientos han sido estratégicamente inteligentes, a pesar de lo poco que me gusta su equipo económico, insisto. A mí me hubiera gustado ver a gente como Joseph Stiglitz, James Galbraith o Sheila Bair.
P.- ¿Cuál es su receta como economista para plantarle cara a la recesión?
R.- Hay cuatro cosas que necesita hacer Obama. La primera es invertir mucho dinero público, y eso lo va a hacer. Desde que el secretario del Tesoro Paulson puso el listón en los 700.000 millones de dólares para el plan de rescate financiero, podemos hablar de cifras que antes parecían impensables. Por ejemplo, a los 150.000 millones que Obama prometió para la reconversión a las energías renovables en una década deberíamos sumarle ya un cero... El segundo paso es recapitalizar el sistema financiero, pero con un plan coherente, no con parches como hasta ahora. El tercero es una regulación muy explícita del sistema bancario, para que nunca más pueda producirse una situación como la que nos ha llevado hasta aquí. Y por último hay que poner en marcha un programa robusto para refinanciar las hipotecas y garantizar que la ayuda llega a los propietarios de las casas. Yo creo que Obama irá en esa dirección. Al fin y al cabo, Tim Geithner y Larry Summers han cambiado también en los últimos meses.
P.- ¿Y qué hacemos con los tres grandes fabricantes de coches?
R.- Necesitarán también ayuda, y hasta cierto punto tienen argumentos a su favor, por los puestos de trabajo que generan y por lo importante que son para la marcha de la economía. Con razón se preguntan: «¿Cómo es posible que el Citibank logre 45.000 millones y que a nosotros nos den sólo una tercera parte y con condiciones?». También es cierto que los fabricantes americanos dejaron escapar su oportunidad de reinventarse a sí mismos, como hicieron los japoneses.
P.- ¿Puede quedar Obama atrapado en la crisis y descuidar la política exterior?
R.- La crisis económica va a consumir estos dos primeros años, no cabe duda. Su futuro político va a depender de si será o no capaz de encauzar la situación de aquí al 2010. Si lo consigue, y logra revalidar la mayoría demócrata en el Congreso, tendremos Obama para rato... Su primer objetivo va a ser claramente ése, y en política exterior podemos esperar una vuelta relativa a la normalidad. Lo anormal es lo que hemos visto estos ocho años. América volverá a abrazar el multilateralismo y a ejercer el poder blando, a apoyarse en la diplomacia y usar el poder militar sólo como último recurso. Aquí, como en la cuestión económica, Obama se ha vuelto a rodear de gente más centrista que él, como Hillary Clinton. Pero creo que estará otra vez por encima y contará con el favor popular en el exterior. La guerra de Afganistán, más que la retirada de Irak, será su verdadera prueba. Pero no podemos descuidar la situación explosiva de Pakistán, ni por supuesto el reto de Irán.
P.- ¿No existe también el peligro de una situación límite como la que arruinó la Presidencia de Jimmy Carter?
R.- Carter fue un presidente fallido por muchas otras razones. La crisis de los rehenes no hizo más que ponerle la puntilla. Fue uno de los peores presidentes en sus relaciones con el Congreso y culpó de alguna manera a los americanos del malestar económico. Su respuesta fue muy errática durante la crisis. Si Carter hubiera sido un poco mejor, nunca habríamos tenido a Reagan, que tuvo también su mérito de transformar el país, sólo que en la dirección equivocada. La historia da a veces esos volantazos repentinos.
P.- ¿Cómo se distingue a un presidente transformador de un presidente sin más?
R.- Como apunta mi amiga Doris Kearns Goodwin, que ha indagado en los logros de Lincoln, de Roosevelt, de Kennedy y de Johnson, los grandes presidentes han sabido usar su liderazgo primero para trasformar la opinión pública y después para romper el impass político y movilizar la sociedad. Lincoln hizo posible la abolición de la esclavitud, Roosevelt expandió tremendamente el papel del Gobierno federal en la economía, Kennedy y Johnson impulsaron los derechos civiles (aunque el último empañara su legado con la guerra de Vietnam). Todos tuvieron en común algo que le va a hacer falta a Obama: no fueron centristas en el sentido convencional, sino que asumieron un gran riesgo político para defender sus principios.
P.- Mucha gente piensa que los líderes redentores pertenecen a otra época...
R.- Eso lo piensan en todo caso los pesimistas. La verdad es que vamos a necesitar siempre líderes, y van a surgir en los sitios más inesperados. Lincoln era un personaje oscuro hasta 1858, tras su paso por el Congreso, y luego resultó ser el mejor presidente que hemos tenido. Nelson Mandela emergió después de 25 años de cárcel con una dignidad increíble. Martin Luther King supo ascender también en una era de grandes convulsiones y cambios sociales. El ascenso de Obama ha sido de algún modo un accidente. ¿Quién iba a pensar que un tipo joven, afroamericano y con poca experiencia iba a estar en el lugar y en el momento adecuado? El liderazgo no es una ciencia exacta: nadie podía haber previsto el fenómeno Obama hace cuatro años.
P.- Parece que los mejores presidentes emergen en los momentos más difíciles...
R.- Sí, pero no siempre. Ahí tenemos a Herbert Hoover, que no fue precisamente el líder que necesitábamos en la Gran Depresión. Y por supuesto a Bush, que ha fallado estrepitosamente como líder tras el 11-S. En todo caso fue capaz de mover a la opinión pública durante seis meses, pero luego aprovechó los atentados de una manera oportunista, en vez de crear un propósito común.
P.- Gorbachov le ha recomendado a Obama que ponga en marcha una perestroika en Estados Unidos...
R.- No creo que sea una comparación adecuada. En todo caso, una perestroika para restablecer los derechos constitucionales saboteados por Bush. Por poco perdemos nuestra democracia: tuvimos unas elecciones robadas y un Gobierno que interfirió en el derecho a votar. Pero hemos recuperado la esperanza y empezaremos a parecernos más a cualquier otra democracia occidental, donde los ciudadanos cuentan con más servicios y están más protegidos.
P.- ¿Entramos en la era postracial?
R.- Todavía nos falta, pero hemos dado un paso de gigante. La raza solía ser un contrato social, pero ahora se ha convertido en algo muy complejo. Ya no hay sólo blancos y sólo negros, sino también hispanos y asiáticos, y los hijos mezclados de todos ellos. Obama no es tanto un presidente negro como un presidente birracial. Nunca habría ganado las elecciones si llega a haber competido como el candidato negro. Compitió como el mejor candidato, que casualmente era negro. Hasta las primarias de Carolina del Sur, los afroamericanos no le aceptaron como uno de los suyos. Y gran parte del mérito lo tiene Michelle. Ella sí que es una mujer fuerte y negra en el mejor de los sentidos.
P.- ¿Cree que el escándalo del gobernador Blagojevich, que ha intentado vender el escaño de Obama, puede empañar su imagen como presidente? ¿Hasta qué punto se le puede percibir como un producto de la política sucia de Chicago?
R.- Obama ha salido de momento limpio de este escándalo, y todo parece indicar que nunca ofreció nada al gobernador. Los medios se lo pasarán muy bien durante una semana con este asunto, pero creo que al final le va a servir a Obama para desmarcarse de la política sucia de Chicago. Los demócratas de Illinois han estado divididos entre los reformistas y los corruptos, y Obama pertenece a la primera tradición, al igual que el otro senador del Estado, Richard Durbin.
P.- Por último, ¿de qué habló con Zapatero en Madrid, durante su breve encuentro en el Consejo de los socialistas europeos?
R.- Hablamos sobre todo de la respuesta ante la crisis, de la necesidad de un gasto público muy sustancial y de la regulación de los mercados financieros. Coincido con el planteamiento de que hay que poner a la gente primero. Confío en que el Partido Demócrata vuelva a ser en EEUU el partido del pueblo, y no el segundo partido de Wall Street.
«Tras lo vivido en EEUU, uno sólo puede ser un optimista»
¿Cómo puede un economista como usted ser optimista en estas circunstancias?
- Si eres un progresista auténtico, después de todo lo que hemos vivido en EEUU el último medio siglo, tienes que ser optimista por fuerza. En el siglo XX tuvimos periodos horribles de guerra y otros de gran redención. Esa alternancia se produce también en la vida de cualquiera. Creo que pese a la recesión económica profunda, estamos a las puertas de un periodo de redención. A veces, en momentos así, surge un líder capaz de captar esa voluntad de cambio y logra que la gente ascienda a la altura de las circunstancias. Digamos que tengo bastante fe en Obama.
¿Ha recibido alguna llamada de la oficina del presidente electo?
- Uf, no creo que Larry Summers me diera un puesto después de todo lo que he dicho de él... Pero estoy como asesor en la comisión del Congreso que supervisará el plan de rescate financiero. Eso es todo. Prefiero mantenerme como un outsider para seguir escribiendo libros y decir lo que quiero en mis columnas. También quiero seguir tendiendo puentes entre la democracia política y la democracia económica en foros de pensamiento como Demos. Digamos que he elegido trabajar en los cauces convencionales de la política antes que hacerlo desde la izquierda radical. Mi esfuerzo consiste en empujar la política americana hacia el centro-izquierda.
Usted lleva toda la vida alternando la militancia progresista con el periodismo y la economía ¿En qué papel se siente más cómodo?
- A mí me gusta trabajar «en el lado izquierdo de lo posible», como decía Michael Harrington, autor de La otra América, uno de los autores más influyentes de la izquierda americana (Kennedy se inspiró en él para lanzar su cruzada contra la pobreza). Empecé con el periodismo convencional en el Washington Post, en la época del Watergate, luego trabajé como investigador en el Comité de Banca del Senado, y ahí fue donde aprendí de verdad economía. Trabajé desde dentro en la Administración Carter y participé en las primeras reuniones estratégicas de economía en la era Clinton. Conozco el Gobierno desde dentro y por eso sé que soy más útil desde fuera.
¿Algún sueño incumplido?
- Mejorar la sociedad y perfeccionar la democracia, una lucha que nunca acaba.
¿Y en el tiempo libre?
- Lo paso entre mis nietos, el tenis, la fotografía y la poesía... Hace 10 años publiqué un libro, Family Reunion, en el que trabajé a medias con mi primera esposa, Sharland, que murió hace 11 años. Con mi segunda mujer, Joan Fitzgerald, tengo también mucho en común: es profesora en la Universidad de Nueva York y está acabando un libro sobre el renacimiento verde de las ciudades.
LA CUESTION
- ¿Tiene Obama lo que hay que tener para ser un presidente transformador, como lo fueron Lincoln o Roosevelt?
- Sí. Su historia personal es el mejor de los indicios. Su autobiografía, 'Sueños de mi padre', es un libro extraordinario, con una profundidad y una capacidad de reflexión sorprendente. Se diría que con 33 años tenía ya esa rara cualidad llamada 'sabiduría'. Obama es un hombre con mucha seguridad y confianza en sí mismo, pero sin llegar a ser arrogante. Tiene tanta cofianza que es capaz de nombrar a Hillary como secretaria de Estado. Pocos se habrían atrevido a tanto. No tiene miedo a que le robe protagonismo, lo cual es bastante destacable... Si Obama logra capear el temporal económico en dos años y consigue revalidar la mayoría demócrata en el Congreso en el 2010, no me cabe la menor duda de que será un presidente 'transformador' e iniciará una era progresista en EEUU que puede durar décadas. Será el contrapunto a la 'revolución conservadora' de Reagan que ha durado hasta el 2008, con el breve interludio de Bill Clinton.
TRIBUNA LIBRE
ANTON SARACIBAR
14-D: 20 años después
Al terminar las campanadas de las 24 horas del 13 de diciembre de 1988, un joven que estaba viendo la televisión le dijo a su padre, ante el apagón televisivo que se acaba de producir: «Se ha averiado la televisión». El le contestó que no y le explicó a continuación, de la mejor manera que supo, y no sin dificultades, que era el primer síntoma de que había comenzado la huelga general. Los dos, padre e hijo, estaban asistiendo por primera vez a una huelga general convocada legalmente por los sindicatos en un contexto democrático.
Efectivamente, había comenzado la huelga del 14-D de 1988, posiblemente la de mayor participación e impacto entre los trabajadores y la opinión publica de las llevadas a cabo por el movimiento obrero en España -además, sin ningún tipo de incidentes- a lo largo de toda su historia.
Si nos remontamos al siglo XIX, son dignas de mención las movilizaciones obreras en respuesta a los llamamientos tanto de la I y II Internacional como de las centrales sindicales, en contra de la explotación de los trabajadores y en defensa de sus reivindicaciones relativas, principalmente, al derecho de sindicación y de negociación colectiva y, por supuesto, a los salarios y a la jornada de trabajo, sobre todo en torno al Primero de Mayo. De la misma manera son de destacar, a comienzos del siglo XX, las movilizaciones obreras en torno a la guerra de Marruecos y a la carestía de la vida y al aumento del precio del pan, como consecuencia de la I Guerra Mundial.
Más tarde se produjo la huelga general de 1917 -una fecha también emblemática del movimiento obrero-, convocada contra el poder despótico del Gobierno y a favor de un cambio de régimen. En la II República, la historia del movimiento obrero se hizo eco sobre todo de la huelga general de 1934 -con amplia repercusión en Asturias-, ante el avance del fascismo internacional.
Ya en plena dictadura franquista, fueron destacables la huelga general del País Vasco en mayo de 1947, y las repetidas movilizaciones llevadas a cabo a lo largo de las décadas de los 60 y de los 70 reivindicando, además de las demandas laborales, la recuperación de la libertad, la democracia, y la disolución del sindicato franquista. Movilizaciones que fueron fuertemente reprimidas -significando la cárcel y el destierro para muchos militantes obreros-, produciendo incluso víctimas mortales entre los trabajadores en El Ferrol, Granada y Vitoria en la etapa final de la dictadura. En cuanto a las movilizaciones obreras que se llevaron a cabo al comienzo de la Transición, es de reseñar la huelga general convocada por la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (COS ), en noviembre de 1976, secundada por más de dos millones de trabajadores en toda España.
También, después del 14-D, se celebraron importantes huelgas generales ante las reformas laborales impuestas: la del 28 de mayo de 1992; la del 27 de enero de 1994; y, finalmente, la huelga general del 20 de junio de 2002 -en este caso, en contra del Gobierno del Partido Popular-, que fueron seguidas mayoritariamente por los trabajadores.
Esta breve reseña histórica demuestra la fuerte capacidad de movilización del movimiento obrero, destacando en esas convocatorias hechos verdaderamente relevantes, como lo fue la huelga que estamos comentando. Efectivamente, la huelga del 14-D fue tan importante como singular; no estamos hablando por lo tanto de una huelga más de las convocadas por el movimiento obrero en nuestro país. Desde luego fue distinta; tuvo algo de especial, destacando sobre todo la unanimidad con que la ciudadanía secundó las reivindicaciones de los sindicatos, lo que conmocionó al Gobierno y creó estupor y sorpresa en la opinión pública europea. Se trataba, además, de la primera huelga general en democracia después de la dictadura franquista, y de la primera huelga general convocada por los sindicatos con el PSOE en el poder.
El paro fue secundado masivamente por los trabajadores en los centros de trabajo; el comercio y los servicios cerraron en su gran mayoría; el transporte también secundó la huelga, e incluso el paro se secundó en los medios de comunicación audiovisuales y escritos.
La gran mayoría de la ciudadanía secundó la huelga como no se recordaba en España, a pesar de las sucesivas campañas del Gobierno para evitarla, tratando para ello de desprestigiar a los sindicatos, descalificando sus reivindicaciones, estableciendo servicios mínimos abusivos y desestabilizando en concreto a UGT a pesar de que los 11 miembros de su comisión ejecutiva eran afiliados del PSOE.
Los sindicatos asumieron un gran protagonismo social en esta etapa -ante la ausencia de una verdadera oposición política- y demandaron una serie de medidas en relación con los trabajadores más desfavorecidos, oponiéndose particularmente al Plan de Empleo Juvenil como banderín de enganche de la huelga, además de exigir el derecho de los funcionarios a la negociación colectiva, la mejora de la prestación por desempleo y el aumento de las pensiones. Sin embargo, además de estas reivindicaciones, existían problemas más profundos que justificaban una movilización de estas características contra un Gobierno socialista, como podemos observar a continuación.
Debemos dar por hecho que el único objetivo de la política sindical seguida por UGT y CCOO en la década de los 80 seguía siendo la defensa de los intereses de los trabajadores, que es lo único que justifica su propia existencia. Algunas de las referencias que se tuvieron en cuenta para llevar a cabo esa política son conocidas: la centralidad del trabajo en una sociedad democrática, el movimiento sindical europeo, las ideas socialdemócratas que se intentaban aplicar con el mayor rigor posible, además de la memoria histórica que seguía siendo una referencia constante para UGT.
Precisamente, en la defensa de los trabajadores, los sindicatos se sintieron incomprendidos al no ser correspondido por el Gobierno el esfuerzo de corresponsabilidad realizado por los trabajadores y los sindicatos, en un contexto económico particularmente difícil. Se equivocaban, pues, quienes manifestaron que la única razón de la huelga se debía a razones de enemistad personal entre Nicolás Redondo y Felipe González o a las ansias de poder de UGT dentro de la llamada familia socialista.
Debemos recordar que UGT aceptó en los primeros años de la década de los 80, con lealtad, un duro ajuste industrial y de salarios justificado por la crítica situación de la economía española, esperando recuperar más tarde una parte de los beneficios que se generarían por un mayor crecimiento de la economía.
Sin embargo, eso no ocurrió y además se comprobó que en el Gobierno predominaba un enfoque neoliberal que mantenía una permanente demanda de contención salarial y planteaba duras propuestas que chocaban con las reivindicaciones sindicales. La reforma de la Seguridad Social (en el año 1985) y el referéndum de la OTAN (en 1986) son dos motivos de grave confrontación que antecedieron a la huelga.
Además de las medidas impopulares, lo que preocupaba a los responsables de los sindicatos era el tono con el que éstos eran tratados en las altas esferas del Gobierno, dando una imagen de ellos como organizaciones opuestas al progreso social, como grupos de presión en defensa de intereses corporativos a los que había que limitar su capacidad de acción. Se postuló, en definitiva, una política calificada de socialdemócrata sin sindicatos... Como si eso fuera posible.
Todo ello unido a un discurso sobre el fin de la clase trabajadora en un mundo postindustrial, defendiendo que las clases medias profesionales abandonaran la alianza con la clase obrera. Esta pasó de ser vanguardia de la transformación social a un grupo en declive, retardatario, y conservador al que había que frenar en su creciente influencia en la sociedad. Fundamentalmente, esto justificó que el conjunto del movimiento sindical encabezara la contestación obrera donde se reivindicó principalmente el reparto de una parte de los beneficios que se estaban generando por un mayor crecimiento de la economía: exigencia del «giro social», como compensación de la «deuda social» contraída con los trabajadores desde años atrás.
La consecuencia más negativa de todo ello fue el enfrentamiento con el Gobierno socialista de Felipe González, y con su política económica en concreto, en coherencia con la defensa que hicieron los sindicatos de una política de solidaridad y, por lo tanto, de los trabajadores más débiles: jóvenes sin empleo, pensionistas, trabajadores con un contrato precario, dependientes del SMI o con salarios bajos y desempleados sin prestación por desempleo.
La parte positiva del enfrentamiento fue que los sindicatos se hicieron mayores de edad; rearmaron a sus cuadros en la defensa de sus siglas; reafirmaron su autonomía; y consiguieron con su actuación fortalecer, más si cabe, el carácter constitucional de los sindicatos en defensa de los trabajadores en una sociedad democrática. Los sindicatos hicieron músculo, fundamentalmente con sus afiliados en los centros de trabajo, y ello les hizo más fuertes y seguros de sí mismos, demostrando que la lógica política no tiene nada que ver con la lógica sindical y que el papel de los sindicatos y de los partidos políticos es distinto en un sistema democrático, sobre todo cuando los partidos son interclasistas, como ocurre en la actualidad.
Además de todo ello, y a pesar de las críticas que se hicieron a los sindicatos de no saber gestionar el éxito de la huelga -por no saber «negociar de manera realista»-, las reivindicaciones obtenidas, eso sí, un año después del 14-D, se pueden considerar muy positivas, siendo valoradas por encima de los 250.000 millones de las antiguas pesetas como pago de la deuda social contraída. Además, los sindicatos consiguieron retirar el Plan de Empleo Juvenil, y que se aprobaran la Ley de pensiones no contributivas, el derecho a la negociación en el ámbito de la función pública y la cláusula de garantía de la retribución de los funcionarios, la cláusula de garantía para los pensionistas, el incremento de la ayuda familiar para las rentas más bajas, y el salario social a través de las comunidades autónomas, entre otras medidas.
Sin embargo, todo hay que decirlo, los sindicatos no consiguieron cambiar ni la política económica del Gobierno ni la extensión de los contratos temporales hasta límites insospechados en el resto de los países europeos. Tampoco significó la debacle electoral del PSOE, aunque los sindicatos volvieron a demostrar con la huelga su capacidad para deslegitimar la política del Ejecutivo socialista entre los trabajadores.
Desde entonces han pasado 20 años y la situación ha mejorado mucho en España. Destacan los avances relacionados con las libertades, la consolidación de la democracia, el crecimiento económico, la plena integración en la UE, el control de la inflación, el avance en políticas sociales, y, por supuesto, en políticas de igualdad. Pero, sobre todo, cabe destacar en estos años el protagonismo de los sindicatos a través del diálogo social y de la negociación colectiva, reafirmando con ello el pleno reconocimiento de la representatividad de los sindicatos en la defensa de los trabajadores, que hoy nadie discute.
Sin embargo, y a pesar de los avances que se han producido, los sindicatos siguen teniendo en la actualidad nuevos retos y nuevos compromisos con los más desfavorecidos. A mi entender, estos son los más significativos:
- La globalización de la economía y de las comunicaciones, en un contexto de crisis financiera y recesión.
- El aumento de las desigualdades y de la pobreza en el mundo.
- El dumping social y la deslocalización de empresas.
- La presencia del capitalismo financiero en las empresas.
- El cambio climático.
- El fenómeno de las migraciones.
- El déficit en protección social, por debajo en nuestro caso de la media europea.
- El desarme fiscal.
- La pérdida de los salarios en la renta nacional.
- El desempleo y la precariedad alarmante de nuestro mercado de trabajo.
- El preocupante número de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales.
- Y, finalmente, el estado de nuestros servicios públicos -sobre todo los relativos a la enseñanza y la sanidad- y las políticas encaminadas a su privatización en algunas comunidades autónomas.
Estos son algunos de los retos que tenemos que recordar al cumplirse el 20º aniversario de una fecha memorable para los trabajadores como el 14-D, que, según pasan los años, es mejor comprendida por muchos de sus antiguos detractores al considerar ahora normal que los sindicatos utilicen un recurso como el derecho de huelga, que reafirma su autonomía y sus competencias constitucionales en la defensa de los intereses de los trabajadores, incluso en contra, si es necesario, de un Gobierno con la etiqueta de progresista... y desde luego de los empresarios.
Eso es lo que viene sucediendo desde hace ya muchos años en la UE y esa es la normalidad que queremos que se consolide, también en nuestro país, a partir de la experiencia que estamos viviendo en la actualidad y de la madurez adquirida aquel14-D.
Antón Saracíbar es ex dirigente de UGT y miembro del Patronato de la Fundación Francisco Largo Caballero.
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