LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
'Mediocrópolis'Sepultado bajo la avalancha Obama y el diluvio crisis, ha pasado prácticamente desapercibido el implacable veredicto del CIS sobre la política española. Una sentencia que condena a nuestros representantes electos al más negro oprobio colectivo, por mostrarse incapaces de suscitar una brizna de entusiasmo entre quienes pagan sus nóminas. El Gobierno purga con una caída de cuatro puntos su incapacidad para gestionar las vacas flacas, pero la oposición se deja igualmente tres décimas desde las últimas elecciones, por la torpeza con la que realiza su labor. Unicamente Unión, Progreso y Democracia, el partido capitaneado por Rosa Díez, parece dispuesta a recoger algunos restos de este colosal naufragio, apelando a la conciencia de los votantes, a sus principios y convicciones, en lugar de sumarse a esa carrera relativista que va dejando en la cuneta de la indiferencia (o peor, de la desesperanza) a millones de ciudadanos.
Especialmenre cruel es el macroestudio del Centro de Investigaciones Sociológicas con los dos máximos próceres patrios. A José Luis Rodríguez Zapatero, cabeza visible del PSOE, le castiga espetándole que el 62,65% de sus gobernados tiene «poca o ninguna» confianza en él. A Mariano Rajoy le zahiere incluso con mayor dureza, al recordarle que 77,9 de cada 100 españoles (esto es, muchos de quienes votaron las siglas PP) desconfían de su persona. ¿Cabe mayor varapalo?
España está sumida en una recesión galopante, sin una luz que despeje el horizonte; en un estado ya cronificado de disolución de la identidad nacional, agravado por la persistencia de una banda terrorista crecida en su papel de interlocutora del Ejecutivo, y huérfana de liderazgo. El diagnóstico es demoledor, sin que aparezca un facultativo que recomiende el tratamiento.
En la Italia de finales de los 80, la del socialista Craxi, se produjo una situación similar, debida a causas bien distintas, que dio en rebautizar a la vieja bota con el nombre de Tangentópoli. Allí y entonces fue la corrupción, incrustada hasta la raíz en todos los ámbitos de la vida pública, la que dio al traste con la credibilidad de los políticos y los partidos, hasta provocar una auténtica revolución de las estructuras vigentes desde la Segunda Guerra Mundial. Aquí y ahora es la mediocridad insoportable de nuestros dirigentes la que está provocando una desafección creciente del electorado, que sabe Dios a dónde conducirá a esta pobre Mediocrópolis. De momento, a un suspenso colectivo clamoroso que debería hacernos reflexionar.
ERASMO
Del bosqueCarlos de Hita en este diario, tan apacible semiólogo de vientos, arboledas y otras músicas de Mother Nature, estudia córvidos. Grajos, grajillas, arrendajos. Jotas, erres, pesadilla para alumnos franceses, anglosajones («Debajo de un carro había un perro; Juanito y Jorgito juegan en»), melodía verde de las espesuras para oídos respetuosos. Grajo: palabrota con alas (inevitable Ramón G. Serna)TRIBUNA LIBRE
FELIPE FERNANDEZ-ARMESTO
Se acabó. Ganó el deseado. ¿Y qué más da?FELIPE FERNANDEZ-ARMESTO
Al cabo de unos días, la elección supuestamente histórica ha pasado a ser historia -parte de ese pasado que pierde relevancia con el transcurso del tiempo-. En Estados Unidos, donde escribo estas líneas desde mi apartamento en el campus de la Universidad, la euforia de la noche del martes ya se ha marchitado, como las hojas otoñales. Los porteros y los inmigrantes empleados como trabajadores de la limpieza retiraban los carteles en los que los estudiantes proclamaban su entusiasmo por Obama. Han recogido los vasos de plástico con los que celebraron hasta bien entrada la madrugada la victoria. Y han pasado la fregona por los charcos de vómito, vestigios de los excesos del momento. Hemos vuelto a nuestro típico horario norteamericano, duro y muy madrugador. En la luz pálida de un otoño que rápidamente se transformará en invierno, nos esforzamos, sin lograrlo, en distinguir signos de ese cambio tan prometido por nuestro candidato preferido. Con la sobriedad del día después de la fiesta, contemplamos nuestros problemas. Y nos damos cuenta de que son insuperables.
El mismo Obama, que envuelto en las emociones del martes, era el mesías de unos y el anticristo de otros, ya se ha convertido en otro presidente más. Y el motivo principal para calificar su elección de «histórica» es sencillamente el hecho de que es un hombre negro. Por supuesto, esto tiene cierto valor simbólico. Pero su negritud es de un tinte distinto al de la gran mayoría de la gente negra de EEUU. Barack Obama no es descendiente de esclavos, sino un hijo de inmigrantes. Su pérfil histórico tiene poco en común con las memorias colectivas de conciudadanos negros, que soportaban la opresión, el menosprecio y toda clase de agravios como víctimas del racismo blanco durante tantas generaciones. Obama se asemeja más a presidentes como Kennedy y Reagan, descendientes de pobres inmigrantes irlandeses, quienes desafiaban la tradición anglosajona que ha prevalecido en el proceso de formación de EEUU y que sigue siendo la base de la ideología e identidad estadounidenses.
Así que la elección de Obama no es tan novedosa como dicen. A lo largo de su campaña electoral, me he acordado mucho de Michael Dukakis, el candidato demócrata que en 1988 saludaba a sus partidarios mientras de fondo sonaba la canción They Come to América. Efectivamente, entre quienes votaron masivamente a Obama estaban los inmigrantes -que lo hicieron por abrumadora mayoría y sin excepción de ninguna comunidad minoritaria-. Hasta cierto punto, hay más importancia simbólica en el hecho de que su mujer ocupará la Casa Blanca que en la elección del mismo Obama. Porque Michelle es una afroamericana auténtica, por sus venas corre la sangre de los antiguos esclavos, y su ascenso a primera dama de la nación supone una especie de ajuste de las desigualdades heredadas de la Historia.
Pero aun si se admite la importancia simbólica del triunfo de la pareja, las consecuencias prácticas de la futura Presidencia de Obama no prometen ser demasiado grandes. La nefasta herencia de los años de mandato de George Bush deja maniatado al nuevo presidente. Es por ello que las promesas de cambio lanzadas por Obama en los últimos meses no han dejado de ser bastante vagas. E incluso la retirada de las tropas de Irak, que encabeza la lista de promesas consideradas como profundamente importantes, resulta poco o nada creíble para la mayoría de los ciudadanos. Porque esa guerra es como una honda trinchera que nos tiene aún enlodados en un fondo viscoso de barro y sangre.
La segunda gran meta de Obama es la reforma del sistema de salud pública. Es una vergüenza que el país más rico del mundo, donde el presupuesto nacional para la salud es superior al de cualquier otra nación, carece de un sistema civilizado de atender a los ciudadanos, incluidos naturalmente los pobres. Pero cuando el presidente Clinton intentó acabar con esa injusticia, fracasó por completo, en circunstancias económicamente mucho más favorables que las actuales, y con una mayoría parlamentaria tan abultada como la que tendrán los democrátas en la próxima legislatura. Las compañías de seguros y la profesión médica prefieren mantener un sistema que les permite cobrar mucho a sus clientes ricos. Con la economía del país hundida, y la obligación de hacer frente a los costes de las guerras y de las ayudas de rescate a los bancos colapsados, no habrá dinero suficiente en el Tesoro público para satisfacer a las sanguijuelas de la industria médica que chupan la sangre a los enfermos del país.
Y mientras tanto, el pueblo sigue obsesionado por su miedo irracional al terrorismo y por la guerra que se libra contra un enemigo fantasma. Probablemente, Obama se mostrará menos obesesionado por este asunto que su predecesor, y los abusos y las torturas disminuirán. Algunas de las víctimas de Guantánamo conseguirán, por fin, su libertad, y no se seguirán sacrificando, con tanto entusiasmo, las libertades civiles. Pero no hay que olvidar que la opinión pública exige un nivel de seguridad aplastante. Y respecto a las otras grandes ofensas que EEUU dirige contra la moralidad -la pena de muerte y la matanza diaria de un número escandalosamente elevado de embriones humanos- Obama ya se ha comprometido a no hacer nada.
Tampoco, si no me equivoco, hay grandes probabilidades de que se mejore el sistema de financiación pública -o de «rellenar el barril de carne salada», como dicen los estadounidenses-, lo cual significa que los congresistas seguirán pagando su elección con costosísimas inversiones en obras públicas en sus respectivas circunscripciones, muchas veces sin necesidad objetiva. Es así que se levantan los notorios «puentes hacia ninguna parte», que son los grandes monumentos a la corrupción de la vida política.
Hasta la reciente Ley de salvación económica, por la que han sido autorizados ingentes préstamos públicos a las empresas bancarias y a las compañías de seguros arruinadas por su propia avaricia, no pudo ser aprobada en la Cámara de Representantes sin la contrapartida de esos enormes suministros de carne salada. Basta recordar que el borrador de la ley ocupó tres páginas, nada más. Sin embargo, la versión final sumó más de 400, gran parte de ellas llenas de proyectos de construcción propuestos por congresistas para sus propios distritos.
Mientras tanto, las infraestructuras básicas y verdaderamente necesarias del país se caen a pedazos: puentes semiderruidos, aeropuertos anticuados, carreteras sin mantenimiento, suministro de energía poco fiable, y medidas de control sanitario de la alimentación tan deficientes que se han producido escándalos espantosos. Nueva Orleáns, medio destrozado por los efectos del huracán de 2005, no se ha reedificado aún ni hay visos de que se vaya a hacer. Lo mismo se puede decir de la ciudad texana de Galveston -que debe su nombre a Bernardo Galvez, uno de los grandes héroes españoles de la Guerra de Independencia estadounidense-, que resultó arrasada por otro huracán el año pasado. Y en la próxima legislatura no se cumplirá tampoco la promesa de modificar el Tratado de Libre Comercio para proteger así el empleo autóctono. Eso es algo que dicen los demócratas en todas las campañas electorales para animar a sus votantes sindicalistas. Pero luego olvidan la promesa y el ritmo que marca la mundialización económica vuelve a imponerse.
Sobre el sistema educativo, que también requiere reformas urgentes, hemos oído muy poca cosa por parte del senador Obama. Y hay dos grandes retos que resultan sencillamente escandalosos. El primero es la elevadacuantía a la que deben hacer frente los universitarios, incluso si estudian en instituciones estatales. Tan es así, que el acceso a la universidad no es un derecho en Estados Unidos, sino una posibilidad más de las que ofrece el mercado. Y el segundo es la situación de la educación primaria y secundaria, ya que los barrios pobres tienen escuelas pobres, lo que contribuye a que las injusticias históricas sigan sin ser reparadas. Pero incluso si Obama estuviera dispuesto a hacer algo para intentar cambiar el sistema, se lo impediría el gran problema con el que se enfrenta: la herencia de Bush, es decir, la falta de dinero.
Así las cosas, es casi seguro que vamos a experimentar cuatro años de desengaño. Pese al cambio tan esperado y tantas veces prometido, la vida seguirá siendo la de siempre. Las guerras continuarán. Las injusticias no se arreglarán. La decadencia del país seguirá. Los que vivimos en Estados Unidos seguiremos presenciando el auge de nuevas superpotencias que nos llevarán la ventaja.
Todo ese desencanto, por supuesto, se experimentará dentro del país. En el extranjero sí cambiarán algunas cosas tras el éxito electoral de Barack Obama. La imagen de Estados Unidos en el mundo se transformará. El rechazo a los republicanos demuestra que Lincoln tuvo razón al decir que «aunque se puede engañar al pueblo estadounidense, no se puede engañar a todos, todo el rato». Pero la realidad es la que es, y la política exterior no puede cambiarse mucho. Por ejemplo, el apoyo de EEUU a Israel es un rasgo hondamente inscrito en el sistema. Asimismo, la esperanza que tiene mucha gente de que Obama logre establecer relaciones razonables con Irán se acabará esfumando, con probabilidad, por la extraordinaria dificultad del reto.
Pese a todo, el mundo entero contemplará a Estados Unidos con una nueva simpatía y con cierta admiración por el hecho de que el sueño norteamericano sigue siendo alcanzable para un hijo de inmigrantes menos privilegiados. Y se producirá, por lo menos, un cambio más: se pondrán cortinas más bonitas en la Casa Blanca. La señora Bush mostró el mismo gusto a la hora de decorar la residencia presidencial, por lo visto, que el que le llevó a casarse con su marido: cursi y desastroso. En cambio, la señora Obama parece ser una mujer elegante y sagaz. Del eslógan de la campaña electoral de su marido -podemos- se hizo eco hasta la selección española en la pasada Copa de Europa de fútbol. Así que, parafraseándolo una vez más, el nuevo presidente no podrá cambiar EEUU, pero al menos en lo que se refiere a las cortinas de la Casa Blanca, sí, podemos.
Felipe Fernández-Armesto es catedrático de Historia en la Universidad de Tufts (Boston). Su última obra publicada es Américo. El hombre que dio su nombre a un continente (Tusquets)
VIDAS PARALELAS EMILIO BOTIN / BARACK OBAMALos ganadores de la crisis PEDRO G. CUARTANGO
Esta vez el paralelismo no es mío. Ha sido el diario británico The Times el que ha colocado a Emilio Botín y a Barack Obama en una lista de los diez grandes ganadores de la crisis, en la que también figura Karl Marx. Me han comentado que las ventas de los libros de Marx se ha multiplicado por diez en los últimos meses. No sé si Botín habrá leído El capital, pero ha evitado cometer muchos de los errores que han llevado a la ruina a sus competidores.
The Times le pone como ejemplo de banquero cauteloso que va a salir fortalecido de esta crisis gracias a su apuesta por una banca comercial que ha convertido al Santander en una de las cinco mayores entidades financieras del mundo.
Nadie podía suponer en 1986, cuando Emilio Botín sucedió a su padre, que el Santander pasaría de ser el séptimo banco español a un gigante mundial.
En un país donde el dinero tenía connotaciones pecaminosas y los banqueros eran identificados con usureros, Botín ha logrado convertir su actividad en un noble negocio.
Tampoco podía suponer nadie hace 20 años que un negro llegaría a presidente de EEUU y pronunciaría un discurso que haría llorar por igual a blancos y negros.
Al igual que Botín, Obama ha sabido sacar partido de la crisis al convencer a los americanos de que él tiene las recetas para crear empleo y reactivar la economía.
Botín y Obama se han puesto el listón muy alto. Son dos perfeccionistas que disfrutan con los retos que asumen tras un frío cálculo de posibilidades.
No es difícil percibir en uno y otro -aficionados al golf- un extremado individualismo que les lleva a escuchar distintas opiniones pero a decidir en solitario.
Ambos disfrutan de lo que Manuel Conthe llama «el efecto aureola», que les hace parecer más listos y respetables que los demás mortales.
Hay tanto en Botín como en Obama una innata veta artística que les ayuda a representar sus papeles. Son actores consumados que cuidan la puesta en escena de sus apariciones públicas porque conocen mejor que nadie la importancia de la imagen.
Al fin y al cabo, la banca y la política se parecen mucho. Ambas se basan en obtener el dinero y la confianza de los demás.
Botín y Obama no han llegado por casualidad a la meta. Han ganado en una carrera donde había que dar bofetones y encajar duros golpes.
Obama logró derrotar a los Clinton y Botín a los Escámez y compañía, que se resistieron con uñas y dientes a ceder el sillón al banquero cántabro.
Los demócratas, los hispanos, los blancos, las mujeres y las minorías ya han encontrado la referencia que necesitaban. La derecha española sigue buscando. A lo mejor el coriáceo Botín es el líder para sacar a España de la crisis.
Botín, como Rajoy, también se viste por los pies, pero tiene una ventaja: le gusta lo que hace. Y además acostumbra a comer sardinas en lata, lo que le acerca mucho al común de los mortales.
Bien pensado, Obama sería un buen presidente del Santander y Botín de EEUU, aunque tal vez saldríamos perdiendo en el cambio.
SABATINA SABATICA
MANUEL HIDALGONavarra Ideas sueltas, incompletas, por si sirven. Parto de la creencia en que todos somos sustancialmente iguales y accidentalmente diferentes, sustantivamente semejantes y adjetivamente distintos. Pero cuenta lo uno y lo otro: noruegos e italianos, gallegos y malagueños no tienen el mismo carácter, mentalidad, cultura. Es cosa del clima, la latitud, la altitud, la orografía, incluso la Historia. Navarra está entre dos rayas, el Ebro y los Pirineos. Es un territorio acotado, enmarcado. En la esquina, fronterizo, acostumbrado a repeler -con mayor o menor fortuna- la invasión de los extraños y, por propia iniciativa, a dar el salto de relacionarse con quien quiera. Si hay que ir, se va, pero que no me reclamen a toque de silbato. Los navarros son muy independientes, pero, hoy por hoy, no son independentistas. Se sienten cómodos como españoles, pero no son lo que se dice españolistas. Viene de antiguo. Parieron España con Sancho III el Mayor y se resistieron a Castilla cuando los Reyes Católicos. Tuvo que ir el Duque de Alba, para sumarlos con las armas, los últimos, después del reino moro de Granada. Y aguantaron, con mucho gusto, a su aire y a su bola durante siglos. Con aduanas hasta anteayer. Sin más, con su habitual discreción: buey suelto bien se lame. Tampoco tiene que pregonarlo. ¿Para qué? Hasta Franco desistió: los carlistas navarros fueron pieza clave en la Cruzada, pero luego salieron raros. No se avenían. Mejor dejarlos en paz, pensó el Dictador. Una vez que fue, le tiraron tomates, y no volvió.
Navarra tuvo autonomía, con la Dictadura, cuando no la tenía nadie. De aquella manera, claro. La Diputación: pactos, conciertos, fueros. Carreteras, sanidad, educación, hacienda. Propias. A su bola, a su bola. Sin alharacas, sin complejos. Quien tiene, de verdad, la autoestima muy subida, no necesita dar el cante. Mejor, pasar desapercibido. E ir al grano. Al propio. Nacionalismo, ¿para qué?
Los lunes de Sanfermines, tras la riada de visitantes del finde, en Pamplona se dice: «Ya estamos los de casa». Los de casa: si vienen otros, bueno, pues que vengan. Pero no les llamamos. Navarra, discreta. Próspera, moderna en muchas cosas y tradicional en otras, pero muy suya. Suyísima, con un narcisismo de diván. Se ve en el espejo y se gusta. Pero no tiene la necesidad de proclamarlo. ¿Para qué? Muy importante fue la industrialización de los 50 y 60. Ahí se fraguó la extraña mezcla entre pasado y futuro, entre carcundia y progresismo. La Navarra diversa, vasca y española, socialista y conservadora, obrera, burguesa y rural. Un difícil equilibrio, con tensiones que disgregan, sí, y también con un sentido solidario y comunitario -red social- que no se ve en cualquier parte.
En resumen (de carácter), no tiren de mí, no me agobien. Si tengo mal rollo es cosa mía, y si tengo buen rollo, no digamos. Si quiero voy, y, si quiero, vengo. Y, si quiero, ni voy ni vengo. Estoy. Y yo me lo guiso, y yo me lo como (¡y de qué manera!). ¿Y la política? Ah, yo hablaba del carácter.
ASUNTOS INTERNOS
LUCIA MENDEZObama y Zapatero Zapatero y Obama nacieron el mismo día: 4 de agosto, aunque con un año de diferencia. El presidente americano es del 61 y el jefe del Gobierno español nació en el 60. Inexplicablemente, tan feliz coincidencia no ha sido destacada ni por el Palacio de la Moncloa ni por el principal publicista del presidente, José Blanco. Y mira que lo tenían fácil. Los dirigentes socialistas se han contenido en público a la hora de equiparar a su líder con el nuevo y victorioso icono del mundo occidental. La más explícita ha sido la responsable de Relaciones Internacionales, Elena Valenciano: «Obama y Zapatero representan el liderazgo útil del siglo XXI, el liderazgo basado en el diálogo y no en la fuerza». Hace menos de un año, los intelectuales de la derecha española señalaban las similitudes que había entre los dos líderes para concluir que Obama era un azucarillo sin sustancia, un fuego de artificio que se apagaría a las primeras de cambio. Ahora, sin embargo, aseguran que Zapatero no se parece en nada a Obama. En realidad, sí se parecen en algunas cosas. Los dos han tenido mucha suerte en su carrera política. En 2004, Obama fue elegido por los medios como el político más afortunado de los Estados Unidos, cuando -contra todo pronóstico y en el último minuto- logró ganar a los republicanos el escaño del Senado por Illinois. La suerte que ha tenido Zapatero en la vida está suficientemente documentada.
Los dos van de modernos, pertenecen a la misma generación, tienen atractivo personal, simpatía, fotogenia y telegenia. Ambos se expresan con idéntico arrobo al hablar de sus mujeres y de sus hijas. «Mi roca», dice Obama de Michelle. «Lo mejor de mi vida», dice Zapatero de Sonsoles. A Obama le han votado mayoritariamente las mujeres, los jóvenes, los desfavorecidos y las minorías raciales. También en España estos colectivos votan mayoritariamente a Zapatero. Incluso podríamos decir que -a una escala infinitamente menor- el español despertó cierta ilusión en la izquierda cuando fue elegido líder del PSOE.
Ya no existen más semejanzas y sí muchas diferencias. Por ejemplo, Obama no quiere vengarse de veteranos y respetados líderes de la comunidad que fueron miembros del Ku Klux Klan y apalearon a los negros. Zapatero, por el contrario, desempolvó la Guerra Civil abriendo la caja de los truenos de vencedores y vencidos. Después ha corregido el tiro, pero los fantasmas ya habían salido de sus tumbas y eran incontrolables. Obama soportó con templanza y nervios de acero las brutales campañas de descrédito personal lanzadas primero por los Clinton y después por el equipo de McCain. Zapatero entró en la espiral acción-reacción cuando el PP deslegitimó su victoria en las elecciones de 2004. Obama llega dispuesto a combatir la división del país entre republicanos y demócratas. Mientras que, después de cuatro años en La Moncloa, muchos españoles consideran que Zapatero no ha sido el presidente de todos.
EL MUNDO QUE VIENE DAVID HAMBURG«No sé si un negro podría haber sido elegido presidente de EEUU sin la grave situación económica actual» REPUTADO PSIQUIATRA Y ASESOR POLITICO Y CIENTIFICO DE CARTER, DE CLINTON Y AHORA, CON ALTA PROBABILIDAD, DE BARACK OBAMA. ESTE PESO PESADO DE LA ELITE INTELECTUAL DEMOCRATA CONFIA EN QUE EL PRESIDENTE ELECTO DE EEUU SALVE AL PAIS DE LA CRISIS Y REPARE LOS DAÑOS DE LA 'ERA BUSH'MARIA RAMIREZ
CARGO: Presidente del Grupo de la ONU y la UE para la Prevención del Genocidio, presidente de la Fundación Carnegie, psiquiatra de la Universidad de Cornell, escritor, asesor político y científico / EDAD: 83 años / FORMACION: Licenciado en Psiquiatría / CREDO: Demócrata / SUEÑO: Ver el fin de los crímenes masivos Horas después de las elecciones, en los pasillos de la Universidad de Cornell, a orillas del East River, las sonrisas y las felicitaciones son continuas. David Hamburg, el incansable profesor, psiquiatra, asesor político, mediador, escritor -acaba de publicar un libro sobre la prevención del genocidio- y hasta documentalista, ha estado despierto casi toda la noche y aún le cuesta creer la victoria de Barack Obama.
En su despacho, que acumula montañas de libros de sus pasiones, desde la psiquiatría social hasta el desarme nuclear, el ex asesor de los Clinton -él fue quien convenció a Hillary de que tuviera su propia política exterior como primera dama- explica cómo los demócratas pueden salvar, de nuevo, el capitalismo. El «conejito de Duracell», como lo llama Betty, su polifacética y energética mujer, sigue sorprendiendo a diplomáticos cuya edad dobla cada vez que le preguntan por mail y él contesta, en pocas horas, con informes detallados de una decena de páginas.
PREGUNTA.- ¿Confiaba en la victoria de Obama?
RESPUESTA.- Los republicanos han desarrollado el arte de robar elecciones desde el Watergate. Está claro que Al Gore ganó y tenía que haber sido presidente; Kerry se quedó muy cerca y hubo manejos muy oscuros en Ohio, así que ahora había preocupación por que pudieran pasar cosas raras si el resultado era ajustado. Pero Obama estaba mucho más preparado para reaccionar. Ahora queremos formar una comisión bipartidista que recomiende leyes para que nuestras elecciones sean más limpias. Se nos da muy bien aconsejar a otros países sobre comicios, pero nosotros patinamos. Además, quedaba la cuestión de fondo: ¿estamos preparados para elegir a un afroamericano como presidente? Aunque Obama ha hecho una campaña excelente, había más miedo por su posible derrota en EEUU que en el resto del mundo.
P.- ¿Qué significa la victoria de Obama para Estados Unidos y para el mundo?
R.- Como persona, es muy inteligente y tiene mucha curiosidad intelectual. Es joven y relativamente inexperto, pero está creciendo mucho, como vimos en la campaña. Sabe que el mundo es muy complicado, así que su actitud es la de aprender de distintos sectores de la sociedad y de otros países. Y respecto a lo vivido en los últimos años, él es drásticamente diferente en sus actitudes internacionales, en parte por su propia experiencia: su padre era de Kenia y él ha vivido en Indonesia y en Hawai, el Estado más internacional de la nación. Obama es un ciudadano del mundo y le parece natural congeniar con otros países.
P.- Y en plena crisis económica, ¿qué diferencias habrá en esta materia entre Obama y Bush?
R.- Tal vez habría que hablar de la filosofía de demócratas y republicanos. La diferencia era dramática antes de la Depresión. El presidente Hoover fue un hombre bueno, pero seguía la filosofía de que el Gobierno no debe intervenir en la vida del ciudadano y que el mercado funciona bien por su cuenta. Pero entonces se produjo un gran crash. Las cifras oficiales de desempleo eran del 40 ó 60%, casi todo el mundo estaba sin trabajo, excepto un 5% de ricos, cuya total ausencia de solidaridad me hizo darme cuenta de que tenían un profundo compromiso de no hacer ningún esfuerzo organizado para ayudar a la gente. Cuando Roosevelt empezó a experimentar con soluciones, los republicanos se opusieron, pero él salvó el capitalismo de EEUU contra una posible revolución fascista o comunista. Las dos eran posibles, la gente estaba desesperada y el populismo proponía medidas radicales. Los republicanos se opusieron duramente a la Seguridad Social, y, desde entonces, la mayoría de los presidentes republicanos han intentado limitarla o eliminarla.
En los últimos ocho años, esta filosofía ha estado en su nivel máximo. Su idea es que si se concentran poder y dinero en una pequeña parte de la población, esa gente de gran capacidad y educación genera riqueza que, en teoría, se extiende hacia abajo. Después de la Depresión, desarrollamos un modelo de regulación de los mercados financieros, pero en los últimos años, incluso con los demócratas, casi se ha acabado con él. Con Bush, volvió una creencia fundamentalista, casi religiosa, en el mercado, con gran indeferencia hacia el destino de la clase media. No era conservadurismo, sino dogmatismo radical de derechas. Los líderes de la Administración no tenían preguntas, sólo respuestas, y, cuando no tienes preguntas, no hay resolución pragmática de los problemas.
P.- ¿La crisis ha beneficiado a Obama?
R.- Como quería ser el candidato de todo el mundo -ni negro ni dogmático, con eso de «no hay Estados rojos y Estados azules, sino Estados Unidos de América»-, le costó reconocer el atractivo de los demócratas con la economía. Hay millones de personas que recuerdan la Depresión y el miedo de la destrucción del capitalismo y de la libertad. Kennedy llegó al poder con una moderada recesión; inmediatamente, movilizó a expertos y, en poco tiempo, la recesión había terminado. Clinton también consiguió lo mismo después de reunir los mejores intelectos con la aspiración a una riqueza compartida de manera amplia. Los demócratas quieren promover la riqueza -Clinton se enorgullecía de que había más millonarios al final de su mandato- mientras apoyan a la clase media y reducen el nivel de pobreza. El sentimiento extendido de que los demócratas cuidan de la gente era un gran activo para Obama, pero sólo se dio cuenta al final. Los problemas económicos le ayudaron mucho. No debemos ser ingenuos: no sé si un hombre negro podría haber sido elegido presidente de EEUU sin la gravedad de las condiciones económicas actuales. Yo lo dudaba por mucho que admirara su habilidad y sus ideas y la gente que tenía alrededor. Incluso con el enorme progreso que ha hecho este país desde el movimiento de los derechos civiles, en la comunidad negra también había mucha ansiedad. Hemos recorrido un largo camino, lo que sugiere que ahora cualquiera suficientemente capaz, si las circunstancias son las buenas, puede ser elegido presidente. No hay duda de que la crisis llevó al país hacia el Partido Demócrata. En lugar de dar vueltas como McCain, Obama reunió expertos de distintos sectores, y dejó claro que había mucho que aprender.
P.- ¿Son demasiado altas las expectativas sobre Obama?
R.- Tendrá que movilizar mucho talento y escuchar a mucha gente de distintos campos y distintos países. Los europeos, sobre todo el premier británico Gordon Brown, nos han ayudado mucho en esta crisis. Podemos volver a una situación de liderazgo si aprendemos de los otros para el beneficio mutuo. Bush ha estado más abierto a las ideas de Europa en los últimos meses. Obama tiene que rodearse de buenos asesores. Mi recomendación es que no deje al secretario del Tesoro a cargo de la situación económica, sino que nombre un consejero, o un panel, del presidente, con gente como Warren Buffett, un exitoso hombre de negocios y muy decente.
P.- ¿Cree que tiene margen para cambiar EEUU?
R.- Este es un momento esperanzador. El Partido Demócrata tiene una mayoría abultada en el Congreso y puede sacar adelante la legislación que desee, aunque habrá oposición, sobre todo en la gestión del plan de rescate que pronto subirá al billón de dólares. Obama intentará negociar con los republicanos, con la ayuda incluida de McCain, a quien le puede ofrecer un papel importante, o del senador Richard Lugar, que suena como secretario de Estado. Quedará un pequeño, pero activo residuo racista en el país que querrá dinamitarlo a toda costa.
Estos años se han aplicado estándares diferentes de lo que es la democracia, por ejemplo con la tortura, fuera de la Constitución y de la tradición. Eso cambiará, aunque la oposición se quejará de que nos plegamos a los terroristas y cosas así. Obama intentará fortalecer nuestra democracia y, con la ayuda de Europa, Japón, Canadá y, espero, de Sudáfrica, expandirla a otros países, pero no a punta de pistola o a través de elecciones prematuras.
P.- ¿No se decepcionarán los europeos si Obama actúa con el principio de que EEUU es el líder del mundo?
R.- El liderazgo americano debe ser diferente. Después de la Segunda Guerra Mundial, sólo quedamos nosotros, así que teníamos que hacerlo casi todo. Nuestro liderazgo consistía en decirle a los europeos lo que tenían que hacer, pero eso ha terminado. Es poco práctico y no funcionará, en parte por la credibilidad perdida en los últimos ocho años. Nunca podremos reconstruir un nivel de respeto universal tan alto como en el pasado. Algunas cosas pueden recuperarse, como la ingenuidad o las oportunidades, pero tiene que ser desde el respeto y el beneficio mutuo, no el dominio. Obama lo entiende y quiere relacionarse así con otros países, pero tiene que convencer a los ciudadanos de que eso nos beneficia. Para demócratas y republicanos, es un reflejo hablar del liderazgo de los «buenos tiempos», cuando les decíamos a los demás lo que tenían que hacer, pero hasta los militares entienden que las cosas han cambiado.
El liderazgo americano depende del respeto por el soft-power [poder blando]. Retendremos nuestro poder militar, pero no al nivel de gasto que tenemos. Y la ciencia y la tecnología o la cultura americana son las que seguirán seduciendo. Para sobrevivir en el mundo, hay que cooperar. Hay muchas cosas necesarias, como la lucha contra el cambio climático o el desarme nuclear, que sólo se pueden conseguir con cooperación multilateral.
P.- ¿Liderará EEUU la lucha contra el cambio climático?
R.- Carter nos encargó a la Academia de las Ciencias un plan sobre energía renovable y eficacia energética en los años 70, con el que hoy estaríamos en una posición mucho mejor, pero Reagan lo liquidó para satisfacer a sus amigos petroleros. Con Clinton, lo recuperamos, pero llegó Bush y lo volvió a dar carpetazo. Obama intentará mejorar la economía con un esfuerzo intenso para afrontar los problemas energéticos. Habrá incentivos para el sector privado y ayudas a la Universidad para buscar energías alternativas y hacer un uso mejor de nuestros recursos. Se pueden crear muchos trabajos técnicos y científicos que den dinero y sean útiles para el mundo, al hacernos menos dependientes del petróleo de una región tan explosiva como Oriente Próximo, y ayudarnos a la vez a combatir el cambio climático. Desde el punto de vista psicológico y económico, creo que Obama lo entiende.
P.- ¿Y cómo será la relación con Rusia?
R.- Es muy difícil. Putin se queja de la humillación de los últimos ocho años y tiene razón en que EEUU ha provocado innecesariamente, pero su ira es insensata. No creo que sea lo suficientemente fuerte para iniciar una guerra, pero quiere ser duro con EEUU y Europa de todas las maneras posibles y se necesitará mucha diplomacia para contenerlo. Javier Solana, al que considero el mejor diplomático del mundo, defiende el uso de la empatía, entender la perspectiva del otro y así trabajar para el compromiso. Debemos demostrar empatía, pero dejarle claro a Putin que las amenazas no funcionarán.
P.- ¿Le recuerda la Rusia de Putin a la URSS?
R.- Está a medio camino de una vuelta a los años soviéticos. Lo preocupante es que en Rusia hay miles de armas nucleares: sólo cerca de la mitad han sido destruidas y una parte está en alerta para disparar. Esto es muy peligroso, porque el sistema soviético es ahora menos preciso y la alerta puede confundirse. Hay que hacer un esfuerzo serio para intentar reducir el arsenal nuclear a cero, como anunciaron Reagan y Gorbachov hace 20 años. Necesitamos la ayuda de Rusia, porque entre nosotros y los rusos tenemos casi todas las armas nucleares del mundo; el resto supone un porcentaje muy pequeño. No conseguiremos que los demás las reduzcan si nosotros no lo hacemos.
P.- ¿Y cómo cree que hay que tratar a Irán?
R.- Los últimos ocho años han sido una pérdida de tiempo. Solana ha sido muy bueno en sus esfuerzos con Condi Rice y otros, pero estoy seguro de que ha sido frustrante. EEUU, Europa y Japón deben reunirse, con otras democracias, y trabajar en más incentivos. Hay que asegurar que no queremos conquistar Irán, que no vamos a derrocar al Gobierno, y tal vez, firmar un pacto de no agresión, con un proceso de verificación. No queremos una guerra si podemos evitarla. Hay muchos jóvenes y mujeres en Irán que quieren mejores relaciones con Occidente, pero el poder está en manos de los clérigos antioccidentales. Hay que intentarlo como con la URSS en los peores años, aunque el fanatismo puede complicar la situación. Los rusos no estaban dispuestos a morir o a que su país desapareciera por una diferencia política. Pero si crees, de verdad, que el paraíso emergerá con una devastación nuclear, no hay nada que te pueda parar.
«Siempre hay que buscar el equilibrio entre reconciliación y justicia» Uno de los primeros recuerdos políticos de David Hamburg se remonta a cuando su padre, de una familia de Indiana empobrecida por la Depresión, le llevó a la Convención Demócrata en Chicago que nombró a Franklin Roosevelt como candidato a la Presidencia. «Tenía siete años y he estado interesado por la política desde entonces», explica el activo académico y asesor, que sigue cruzando el mundo, escribiendo libros y aconsejando a políticos -ha estado involucrado en todas las Administraciones demócratas desde Carter- y ahora, sobre todo, luchando para evitar los genocidios. Trabaja para crear un centro permanente de prevención con el apoyo de la UE y la ONU, y ultima ahora un documental que ayude a concienciar.
¿EEUU se involucrará más en la lucha contra el genocidio? ¿Se unirá al Tribunal Penal Internacional?
- Será difícil. Dependerá de lo valioso que sea estar en él. Al final, probablemente, entraremos, pero pediremos más salvaguardias. Hay que ver qué valor preventivo tiene. Una vez que se produce un genocidio, u otras atrocidades masivas, es demasiado tarde. Lo que quiero es prevenirlas. Si Hitler hubiera sabido que iba a haber Juicios de Nuremberg y le iban a colgar, ¿eso le habría detenido? No creo, los fanáticos reales, una vez que tienen el poder, no se paran por tribunales nacionales o internacionales. Pero sí necesitamos un sistema global para proteger los Derechos Humanos. Yo ayudé a Carter para apoyar el Tribunal Penal en los 90 en EEUU o crear un Alto Comisario de Derechos Humanos, que la ONU no quería.
Probablemente, hay un montón de criminales de guerra en EEUU, sobre todo si miras hacia atrás, a los años de la Guerra Fría y las políticas con América Central. En mi opinión, Henry Kissinger sería muy vulnerable. Nunca sería juzgado en una corte americana. En los últimos ocho años, con Irak, hemos creado una nueva masa de gente vulnerable a ser juzgada por crímenes de guerra. Será difícil entrar hasta que las políticas domésticas se calmen, pero creo que es más interesante crear comisiones de reconciliación, para equilibrar deseo de revancha y la justicia.
¿Ha oído hablar de la investigación del juez Garzón sobre la guerra civil española?
- Un poco. Pero lo ideal es el modelo de Sudáfrica, donde hubo un gran equilibrio entre reconciliación y justicia. Los juicios, si tienen publicidad y audiencia, pueden tener un valor como forma de educación para que la población se dé cuenta de los horrores de las violaciones de derechos humanos y se convenza de que no deben suceder nunca más. Pero yo, como dice mi amigo Desmond Tutu, valoro mucho la reconciliación.
LA CUESTION - ¿Teme por la vida de Obama?
- Sí, la posibilidad de un atentado es un riesgo claro. Estoy involucrado en un comité para estudiar asesinatos de presidentes y hemos creado un código de conducta. Tenemos un mal historial a las espaldas, con uno de cada cuatro presidentes asesinados. Este es un país lleno de pistolas, algo muy peligroso cuando tienes reductos de gente muy violenta. Hay que tener un nivel muy alto de seguridad. A un cierto punto, Bill Clinton quiso dejar su servicio secreto y ser un hombre normal del pueblo, pero algunos le convencimos para que no lo hiciera. Obama es más prudente, aunque no tanto como yo quisiera, y ha aceptado medidas de seguridad más intensas de las que ningún candidato había tenido nunca. Pero hay riesgos... Es horrible pensarlo, aunque, al menos, tiene un vicepresidente muy capaz y preparado, no como Sarah Palin. Como médico, siento lo de McCain. Ha tenido el peor tipo de cáncer de piel y tiene un 50% de posibilidades de sobrevivir en los próximos ocho años. Si hubiera sido elegido, Palin podría haber sido presidente y eso habría sido un desastre.
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