
LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
El presidente champú
Tiene razón Esteban González Pons. Nunca en la Historia se había alzado con la Presidencia del Gobierno español un candidato/producto tan absolutamente carente de atributos objetivos y tan bien gestionado desde el punto de vista del marketing político. En el espacio de pocos años el Partido Socialista ha pasado del «cambio» de Felipe González, que, sin ser gran cosa, al menos encerraba alguna esperanza de futuro, al «ZP» o «Z». De la síntesis a la vaciedad. De la inconcreción a la nada. A una nada que respaldan más de once millones de ciudadanos. ¿Cómo se explica? El vicesecretario de comunicación del PP dio alguna pista el pasado miércoles en una conferencia que llevaba por sugerente título: «La Política no es lo que parece». (¡Y tanto que no! Se lo dice una «plumilla» que lleva demasiado tiempo nadando en esta piscina de pirañas y ha sufrido todas las decepciones posibles.) Apuntó con acierto el valenciano a ese mecanismo perverso en virtud del cual nuestro «presidente-champú» propone y dispone en función de lo que dictan las encuestas, en lugar de ejercer su papel de líder, y se extendió en el análisis de este nuevo escenario marcado por la revolución de las comunicaciones, en el que los «sms» han sustituido a la lectura y la navegación a través de la red ocupa el tiempo antaño dedicado a la reflexión. Cien por cien de acuerdo. Pero ¿qué, sino esta perversión de las cosas, explica el éxito en las urnas del creador de eslóganes tan «profundos» como «todo cabe en una sonrisa»? ¿Qué hay de maravilloso en esta revolución?
Zapatero-ZP-Z es, sin lugar a dudas, un hombre de su tiempo. Maneja como nadie los hilos de esta sociedad estupidizada por la televisión-basura. Domina el antilenguaje de los blogs (no permitas que tu «idea» ocupe más de dos líneas) y la retórica de los anuncios. Pero es mucho más que eso. Mucho peor que eso. Hace unos días Earl Wilson, analista del New York Times, lo retrataba con precisión de relojero después de entrevistarse con él durante una hora:
«Zapatero es un político fino, suave, irónico; un socialista de esos típicos europeos que se divierten con casi todo y no se comprometen con casi nada....Sus réplicas destilaban relativismo moral de leguleyo. Ilustra la razón por la cual Orwell se vio obligado a decir: 'no basta con ser antifascista; uno tiene que ser por principio contrario a cualquier totalitarismo'. La izquierda europea tiene problemas para asumir esta noción».
Amén.
TRIBUNA LIBRE
ARACELI MANGAS MARTIN
Europa al timón
A pesar de agoreros y tertulianos, los Estados y la Unión Europea han logrado respuestas de consenso para actuar de forma coordinada en una crisis de gran alcance. Las reuniones en un espacio de menos dos semanas de los participantes europeos en el G-8 (que agrupa cuatro estados europeos entre los ocho más ricos del mundo), del Eurogrupo (los quince estados miembros de la UE que compartimos el euro como moneda) y la del reciente Consejo Europeo el 15 y 16 de octubre (los veintisiete de la Unión) son un reflejo del esfuerzo por actuar de forma escalonada, conjunta y eficaz. Europa es una superviviente de las crisis y suele salir reforzada y con bríos. La crisis financiera, siendo la más grave, no es la única tempestad que tiene que sortear la UE. Irlanda, las relaciones con Rusia y el papel de los observadores en Georgia, el pacto sobre inmigración y asilo, los aprovisionamientos energéticos, medidas relativas al cambio climático y los precios de los alimentos. Se viven momentos difíciles y de incertidumbre y, de puertas adentro, sin poder definir el cierre de la crisis originada por el referéndum negativo en Irlanda ni poder precisar una fecha para taponar esa vía de agua; los más optimistas sitúan la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en el comienzo de 2010 (con presidencia española en ese semestre).
Lo vivido en las últimas semanas nos enseña varias lecciones. La primera, sobre la relevancia del Estado, en términos generales. Es cierto que la globalización ha erosionado el ejercicio de las capacidades estatales y ha producido en conjunto una de las transformaciones más importantes del poder político en la historia de la Humanidad. Hemos visto que los estados existen; y que son extremadamente útiles y necesarios en la globalización de la economía. No hay una situación de «apolaridad» económica, aunque la mundialización ha facilitado que la economía escape del poder político territorial. La crisis nos está revelando que el Estado es la tabla de salvación de la economía globalizada. En tiempos de vacas gordas el Estado se difumina y deja el espacio al mercado para crear riqueza; en tiempos de vacas flacas se reclama la presencia y acción del Estado, reaparece y es capaz de asumir las riendas de una economía financiera infartada. Ha caído uno de los dogmas de la globalización: la renuncia a gobernar. El Estado debe ejercer sus responsabilidades, más allá del mero guardia urbano que ve pasar el tráfico. Liberalización, globalización y Estado no son incompatibles.
La segunda lección viene de Europa. No es un Estado y no se le puede exigir desde tertulias y columnas que tome decisiones como un solo hombre y en minutos. Ni tan siquiera sucedió así en un Estado fuertemente presidencialista como los EEUU en la gestión de la crisis. La Unión Europea es un mecanismo complejo y delicado y, desde luego, en perspectiva comparada (e histórica) muy exitoso. Es complejo y delicado porque aúna 27 Estados con un liderazgo difuso y débil en lo personal pero con tres Estados muy fuertes que conforman su timón: Francia, Alemania y Reino Unido. La UE es un buen ejemplo de globalización, es decir, liberalización de mercados -personas, mercancías, servicios-, políticas comunes, eficiencia, cohesión y solidaridad interterritorial.
Los estados europeos, debilitados como todos los estados en la globalización, han demostrado gracias a la UE que es posible una gobernanza económica con reglas: la UE es un regulador global en tiempos de bonanza, pero también de crisis. Por ello, la UE combina las medidas conjuntas con las circunstancias específicas. Se ha criticado de forma despectiva que el Eurogrupo dejaba la puerta abierta a medidas nacionales para atajar la crisis. Afortunadamente hay unidad en la diversidad (nuestra lema o divisa). En todo caso esas actuaciones nacionales deben tener en cuenta las consecuencias para los vecinos europeos. A su vez, junto a acciones europeas y nacionales ya adoptadas en días pasados sobre el blindaje con dinero público del sistema financiero, el Eurogrupo, primero, y, a continuación, el Consejo Europeo han mirado hacia la economía real. Piden flexibilidad a la Comisión Europea en materia de ayudas de Estado a las empresas para salvar el empleo, así como contar con las excepcionales circunstancias a la hora de exigir a los Estados miembros que cumplan el pacto de estabilidad, al tiempo que se estimula la reacción del Banco Europeo de Inversiones al poner 30.000 millones de euros al alcance de las Pymes europeas en apoyo del crecimiento y el empleo.
Y lo que reconforta todavía más y nos debe hacer recuperar la confianza es que se apela a lo que me gusta llamar unas nuevas «tablas de la ley» de los mercados. Liberalización económica pero con reglas, con mejores reglas, ya sean con los socios internacionales, ya sean europeas, nacionales o nuevos códigos de conducta. A finales de septiembre, con la tormenta financiera ya desatada en EEUU, algo más de medio centenar de afortunados del mundo de la empresa, de las finanzas, del derecho, de las nuevas tecnologías y audaces emprendedores, etcétera, nos reuníamos en Pamplona bajo el mecenazgo de la ejemplar banca cívica que es Caja Navarra. Entonces recomendábamos la exigencia de transparencia a las empresas que actúan en los mercados de capitales, sobres los productos «creativos» que lanzan sin conocer sus consecuencias, mecanismos de supervisión y alerta, transparencia en los modelos de gobierno de esas empresas, más responsabilidad en el nombramiento de los administradores, cambios sustantivos y controles sobre los sistemas retributivos de los directivos y gestores, basados ahora en el corto plazo frente a la necesaria estabilidad de los beneficios en el largo plazo, revisión del estatuto de las empresas de auditoría con separación drástica de las funciones auditoras respecto de la consultoras o de otro género y en términos generales una regulación preventiva de los conflictos de interés.
Pues bien, en esa línea, la Unión Europea acaba de confirmar que no se limitará a las medidas inexcusables de urgencia ya adoptadas sino de revisión plena y estructural, dado que las crisis financieras en la globalización son sistémicas -como reconoce el propio Fondo Monetario Internacional-, aunque ninguna tan grave y arrolladora como la actual. Habrá una revisión normativa importante en la UE pues no parece tolerable que nos limitemos a aceptar que el riesgo privado pase a ser público; no puede volver a suceder y por ello el Consejo Europeo confirma que la acción debe ser coordinada con los socios internacionales -tales como EEUU, Japón, Suiza, etc.- en materias relativas a la transparencia de las entidades financieras, normas mundiales de regulación, supervisión transfronteriza y gestión de crisis, prevención de los conflictos de interés y creación de un sistema de alerta temprana.
De forma más específica, la UE estima que se debe regular en nuestro ámbito el control de las agencias de calificación crediticia, si bien no se ha ido tan lejos de momento como auspiciaba el Reino Unido de separar claramente el negocio auditor del consultor, pero se pondrá en marcha su vigilancia en el plano europeo. El Consejo Europeo, como ya acordó el Eurogrupo, aborda también otros problemas ligados a la falta de rectitud moral de los responsables de entidades financieras y sus sistemas retributivos basados en los beneficios a corto plazo que les ha llevado a «una asunción excesiva de riesgos» y recomienda cambios normativos en cada Estado. Conscientes de que no ha amainado el temporal y que el efecto contagio de la crisis financiera exige proteger la economía real se comprometen a preservar la competitividad internacional de la industria europea. El nuevo sistema europeo en todo caso contará de inmediato con un órgano de alerta, intercambio de información y evaluación (la célula de crisis financiera) con capacidad de reacción rápida y eficaz.
Frente a la imputación de pasividad de la UE por quienes ni se esfuerzan en conocer lo que realmente se hace día a día desde el conjunto de Instituciones, incluidas éstas en las que trabajan de forma cooperativa los Gobiernos de los Estados como el Consejo Europeo, el «trabajo de hormigas» de las instituciones consigue resultados, a duras penas, pero los consigue. El temporal financiero no nos debe hacer olvidar, aunque aquí y hoy no haya espacio para analizarlo, que siguen preocupando y ocupando las inquietudes europeas de nuestra época. El Pacto sobre Inmigración y Asilo es otro ejemplo. Hemos redescubierto la red del Estado y de la Unión Europea (que a su vez, son los «estados en red»). Desde luego, hay que recuperar la confianza en Europa y en nuestros Estados democráticos. Como la película de Fellini, la nave va.
Araceli Mangas Martín es catedrática de Derecho Internacional Público y de Relaciones Internacionales de la Universidad de Salamanca.
ASUNTOS INTERNOS
LUCIA MENDEZ
'We are Garzón'
Cualquiera que haya tenido una conversación con un juez se habrá dado cuenta de que cada uno de ellos se considera la encarnación física de la Justicia. Los jueces están inmediatamente por debajo de Dios en el escalafón del poder sobre los seres humanos. Dios da y quita la vida. Los jueces pueden dar y quitar la libertad. Hace ya muchos años que Baltasar Garzón dejó de ser un juez para convertirse en una leyenda urbana, rural, marítima y celestial. El punto de inflexión de su meritoria carrera hacia la cumbre de la egolatría fue aquel libro de Pilar Urbano, El hombre que veía amanecer. Nadie medianamente pudoroso hubiera metido a una periodista debajo de la cama de matrimonio para certificar que hasta cuando se pone los calcetines por las mañanas está pensando en cómo cazar a los criminales. «Como decía mi padre, hay que ver amanecer porque el criminal no duerme».
La biografía de Garzón merece un respeto. Hijo de una familia humilde, escaló la pirámide social hasta llegar a lo más alto. En algún peldaño de la escalera dejó de ser una persona para convertirse en un personaje con guión propio. Es cierto que Garzón posee uno de los tres o cuatro egos más grandes de España y que tiene entre sus objetivos la Justicia universal. Gracias a ello, los chilenos y todos tenemos que agradecerle que a un criminal como Pinochet se le hayan atragantado sus últimos años de vida.
El juez podía ordenar abrir las fosas de las víctimas del Franquismo para dar satisfacción a las familias. Pero no se ha conformado con eso. Y cuando un juez de carrera dicta más de 60 folios incomprensibles desde el punto de vista jurídico-penal porque pretende juzgar a los muertos -Franco, Mola, Queipo de Llano- y además logra que este disparate sea portada de todos los medios de comunicación, hay que preguntarse cómo hemos llegado a esto.
Porque los egos no surgen como las setas, por generación espontánea. Los egos se siembran, se trabajan, se cultivan, se abonan, se riegan y crecen a veces descontroladamente. Mucha gente en los últimos 20 años ha regado y abonado el ego que nos ocupa.
El ego de Garzón lo ha cultivado, en primer lugar, nuestro sistema judicial. Ese sistema que rechaza de plano cualquier error en su seno, aunque sea tan flagrante como el de la niña Mari Luz. Los jueces no asumen ninguna responsabilidad en los fallos del sistema, no quieren que al juez Tirado -que coadyuvó a que el presunto asesino anduviera por la calle- se le sancione y por eso han convocado una huelga.
El ego de Garzón lo ha regado con abundan-cia la clase política. Felipe González lo fichó como reclamo electoral limpiador de la corrup-ción, el PP lo utilizó después contra el PSOE cuando instruyó el caso Marey y señaló al líder socialista como la «X» de los GAL, y los ministros del Interior del PP casi le pusieron un despacho en el Ministerio para perseguir a ETA.
Garzón es patrimonio de todos. Porque su ego también lo han abonado los medios de comunicación, tratándole como héroe o como villano, indistinta y a veces sucesivamente.
SABATINA SABATICA
MANUEL HIDALGO
El enfermero
Esta crisis del capitalismo es una crisis del socialismo. El capitalismo vive una crisis, pero no parece ser de identidad, sino de funciona-miento. ¿Cuál es la identidad del socialismo hoy? ¿Ser el bombero, el policía de tráfico o la unidad de cuidados paliativos del capitalismo? Algunos lanzan las campanas al vuelo: se nota, se siente la necesidad del Estado. Vale. ¿Es ésa la victoria final, que el Estado saque pecho como unidad de emergencias con tubos de oxígeno financiero para que el capitalismo siga vivo? Los bancos había que nacionalizarlos, decía el socialismo. Nada de insuflarles vitaminas, ni medio comprarlos, ni socorrerlos. El socialismo renunció al marxismo, hubo aplausos, y ahí mismo nació su grave crisis de personalidad.
El logro de la igualdad, el reconocimiento de la lucha de clases, el internacionalismo, la colectivización de los medios de producción y la nacionalización de la banca eran algunos de los pilares del pensamiento socialista.
Ahora, un notable énfasis en el papel del Estado, la filosofía del bienestar amparado, el auxilio a los más desfavorecidos y la corrección homeopática de las desigualdades ostensibles parecen ser las reliquias de la doctrina socialista. Salvo que los liberales más brutos se empeñan en adelgazar el protagonismo del Estado y reducir -incomprensiblemente- los derechos relacionados con las libertades personales, lo demás ha sido asumido -a nariz tapada, quizás- por los llamados liberales conservadores. ¿Qué pinta el socialismo si no es otra opción?
Los socialistas se llaman socialistas, pero no hablan de socialismo. Como antes: futuro, meta, estado de las cosas, alternativa de siste-ma. Son gestores y correctores, ya se dijo, de los errores y enfermedades del capitalismo hegemónico. El capitalismo ha vencido de momento, porque ha embaucado con sus golosinas a la clase media de todo color y, atención, a buena parte de la antes llamada clase obrera -la cualificada y con empleo-, que deriva hacia el voto conservador por esas cosas que pasan en los barrios: inmigración, drogas, delincuencia, malestar, nostalgia del autori-tarismo en quien tiene algo que preservar.
Pero vamos a tener un trauma, si no llama-mos a las cosas por su nombre. Si los partidos socialistas son el enfermero del capitalismo, ¿por qué no cambian su denominación? Progresistas, socialdemócratas, reformistas, radicales -y otros- serían adjetivos más ade-cuados -mezclados- para evitar la esquizo-frenia y la melancolía. Los partidos conserva-dores están apegados al voto católico, aunque no observan -en la intimidad- las normas católicas. Los católicos se enardecen con el Papa, pero no siguen al Vaticano. Algunos liberales son criptofachas. Y los socialistas no son socialistas. ¿Estamos todos locos?
Alguien vendrá pronto para argumentar orgánicamente y con sistema la revuelta contra esta farsa. Un Marx sin marxismo, quizás. No sé. Los pobres de Occidente, los inmigrantes y el Tercer Mundo le están esperando. Los bancos, no. La clase media, tampoco. ¿Ha nacido ya?
EL MUNDO QUE VIENE
ROBERT COOPER
«La crisis subraya el problema del siglo XXI: la economía es global, pero la política es local»
COMO DIPLOMATICO DE CONFIANZA DE BLAIR, ABOGO POR EL 'NUEVO INTERNACIONALISMO'. PERO ES AHORA EN BRUSELAS CUANDO TRATA DE ARRASTRAR A TODA EUROPA PARA PONERLO EN PRACTICA. Y FRENTE A LA CRISIS, DEFIENDE MAS POLITICA GLOBAL, ORGULLOSO DE LA REACCION DE LA UE DE LA ULTIMA SEMANA MARIA RAMIREZ
CARGO: Director General de Exteriores y Defensa del Consejo de la UE / EDAD: 61 años / FORMACION: Diplomático / CREDO: La política / AFICIONES: Jugar al bridge, los bailes de salón, Shakespeare, el ciclismo y el trabajo / SUEÑO: Resolver el problema iraní
A las seis de la tarde, las luces del Justus Lipsius -la sede del Consejo de la UE- en Bruselas se apagan automáticamente para evitar el gasto de luz en oficinas que se suponen vacías. Pero, en medio del laberinto, en un despacho de paredes adornadas con carteles de Piero della Francesca, Robert Cooper está para darle al interruptor. Sus horas entre montañas de papeles y revistas son largas, porque este diplomático británico, ensayista apasionado de Maquiavelo y célebre en el Consejo por sus corbatas -la de hoy es de una jirafa porque, como explica, «la Unión Africana está en la ciudad»-, es uno de los principales artífices de la Política Exterior y de Defensa de la UE. Como director político, cambió a Tony Blair por Javier Solana y no se arrepiente.
PREGUNTA.- ¿Es la actual crisis financiera una amenaza para la seguridad desde el punto de vista de la Política Exterior?
RESPUESTA.- Este es un mundo globalizado, donde, sobre todo los grandes centros financieros tienen que ser actores responsables, porque la manera en que los bancos se regulan en Nueva York, en Londres o en Tokio tiene un impacto sobre todos nosotros. La crisis obliga a los gobiernos a demostrar su habilidad para controlar el ambiente financiero, que afecta a los ahorros, las pensiones y la seguridad en general. Una de las consecuencias de la globalización es que nos afecta cómo están gobernados otros países. Hay que tener en cuenta que en 1910 el comercio mundial suponía un 18% del PIB; ahora, un 50%. Si se añaden las inversiones financieras, estamos totalmente conectados. Hasta ahora, no estaba impresionado por la reacción europea, pero las cosas han cambiado. En este mundo donde los mercados son globales y la política es local, los mercados pedían una respuesta política global y los europeos lo han hecho con un plan coherente, que será aplicado nacionalmente, pero con la misma guía. El mérito es de Sarkozy, por su energía y liderazgo, y de Brown, por su intelecto. Para Europa, es una lección sobre la importancia de la acción conjunta. Cuando la crisis termine, habrá que sentarse y pensar cómo hacer algo permanente para la reacción común.
P.- ¿No es peculiar que un británico una a Europa?
R.- La vida está llena de paradojas.
P.- ¿Es el triunfo del modelo franco-continental, más intervencionista?
R.- En realidad, el modelo británico es más parecido al del resto de Europa que al de Estados Unidos. En el Reino Unido, es aceptable que el Estado intervenga, que proteja a sus ciudadanos y que utilice el dinero de los impuestos. En EEUU, algunos llamaban socialismo al plan; en el Reino Unido, no ha habido nada de eso. Tal vez, una de las lecciones de esta crisis es que los británicos están más cerca de Europa que de EEUU.
P.- ¿Empieza una nueva era del capitalismo con los Estados tan metidos en las empresas?
R.- Los Estados siempre han sido parte del mercado. En sus orígenes, lo primero que hacían era regular las medidas y la moneda y acuñar dinero. El Estado siempre ha jugado un papel como regulador, es lo normal. Lo anormal ha sido lo de EEUU. Se trata, de momento, de dar confianza. Cuando uno entra en un banco, se encuentra a alguien que nunca había visto antes y le da todo su dinero; lo hace porque hay una estructura detrás sostenida por un sistema de leyes y de gobierno. Ahora hay que recuperar esa confianza que hace que alguien le dé a un extraño su dinero.
P.- Una parte de su teoría del nuevo imperialismo liberal se basa en la economía global, ¿va a ser difícil vender la idea del libre mercado?
R.- Este no es el fin del mundo. Ha sido un golpe particularmente fuerte, pero no es el primero ni será el último. El desarrollo de los mercados es una historia continua de cosas que van muy rápido, se estrellan y vuelven a empezar. Este no es el fin del capitalismo, sino otro paso para hacerlo más sofisticado. Para mí, subraya el problema del siglo XXI: la economía es global, pero la política es local, y la seguridad está en algún punto intermedio. Las explicaciones de los congresistas de por qué votaron la primera vez contra el plan eran difíciles de entender si has crecido en un ambiente europeo; para ellos, era socialismo. Responden al ambiente político de EEUU y representan a su electorado local, pero su voto tiene un impacto en el mundo. La UE es un intento de resolver esa contradicción, de combinar la política nacional y la responsabilidad regional.
P.- En el Consejo de Seguridad de la ONU, hay un bloqueo constante y la UE tiene sus dificultades sin el Tratado de Lisboa. ¿No están perdiendo terreno las organizaciones multilaterales frente a las superpotencias?
R.- Como Adán le dijo a Eva, cuando dejaron el Jardín del Edén, «estamos en un periodo de transición». Hay grandes Estados, pero, a escala global, incluso Alemania es pequeño. Una vez, estuve por casualidad en un encuentro de la APEC [Foro de Cooperación Asia-Pacífico], en Nueva Zelanda, con el ministro de Exteriores británico. De repente, nos encontramos en una habitación con los delegados de EEUU, Rusia, China, Japón e Indonesia, y nos miraban en plan «ah, Reino Unido, interesante, está en algún lugar de Europa». Eso pone a los países europeos en perspectiva. La idea de Europa tiene sentido por eso, aunque lo que, de verdad, funciona bien son los Estados nacionales. Necesitamos una UE que funcione mejor, pero el mundo aún está diseñado alrededor de los Estados, que todavía se sienten más poderosos, más eficaces, más democráticos y más legítimos. Y, sin embargo, ya no bastan.
P.- ¿Por qué es tan difícil convencer a sus conciudadanos británicos?
R.- Es una larga historia...Tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial. El Reino Unido no fue derrotado, no fue invadido y no vio ninguna necesidad de cambiar. Cambias cuando te derrotan. En algún punto, todos los países europeos -España estaba en una posición diferente- fueron vencidos y sintieron que debían cambiar. Reino Unido, no.
P.- Si gana David Cameron, la UE va a tener un problema, incluso para la entrada en vigor del nuevo Tratado.
R.- Esperemos que el Tratado se apruebe muy pronto. No sé cómo serían exactamente las políticas del Partido Conservador. Para la UE, el último periodo con el actual Gobierno británico no ha sido malo. Cuando, en 2002, volví a Bruselas ya no se asumía que el Reino Unido fuera el que buscaba problemas. Creo que ahora es mejor europeo.
P.- ¿Son los países del Este los nuevos problemáticos?
R.- Requiere algún tiempo adaptarse a Europa. Durante un par de años, Suecia tuvo muchos problemas como miembro de la UE, pero después encontró el equilibrio. Es un error sugerir que Europa sea más difícil y menos eficaz por la ampliación. Se tarda más, porque hay más gente, pero hay más disciplina. Incluso en las reuniones de ministros es muy inusual que hablen los 27. Si miras algunos documentos, es casi un milagro, pero cada palabra de 50 páginas ha sido acordada por 27 Estados miembros. Se puede decir que es una manera ridícula de operar, pero, entre los cuerpos multilaterales, la UE es claramente el más eficaz.
P.- ¿Entonces necesitamos tan urgentemente el nuevo Tratado?
R.- Desde hace tres o cuatro años. No hay más que ver los acontecimientos en Georgia. Francia ha gestionado la crisis muy bien. Pero, ¿qué pasa si hay un país menos fuerte en la Presidencia de la UE? La idea de una Presidencia permanente es buena, igual que la de unir la autoridad política del Consejo y la capacidad burocrática de la Comisión.
P.- Sobre Georgia, algunos Estados se quejan de que se legitima la independencia de Osetia y Abjasia al proteger sus fronteras.
R.- La misión es un gran paso para la UE en su carrera como actor político. En el pasado, las misiones estaban en un marco preestablecido de la OTAN o la ONU. El despliegue en Georgia es inusual, porque el marco todavía es fluido. El primer objetivo era parar la guerra, porque cuanta más violencia, menos se puede hablar. El segundo objetivo era replegar las fuerzas rusas. Lo que pase ahora, aún no está claro. Nuestro objetivo es desplegarnos en toda Georgia, ver que la paz se aplica y vuelven los civiles. No planeamos legitimar ningún cambio de estatus. No creo que lo hagamos de facto poniendo a gente sobre el terreno: sólo vamos a asegurarnos de que no haya violencia y haya progreso político.
P.- ¿Es inevitable la comparación con Kosovo? Usted escribió que en el mundo post-moderno, debemos «acostumbrarnos a los dobles raseros».
R.- No. Legalmente, Kosovo estaba bajo una resolución del Consejo de Seguridad que dejaba claro que su estatus no estaba determinado y debería haber un acuerdo. En Georgia, también hay una serie de resoluciones y todas subrayan su integridad territorial... Los casos se parecen superficialmente, pero son, en realidad, muy diferentes.
P.- ¿El reconocimiento de Kosovo no va a perseguir a la UE en el futuro?
R.- Es preocupante que esté haciéndose demasiado fácil crear Estados nuevos. Y, en este sentido, Kosovo, es verdad, es un precedente indeseable. En realidad, todo lo que pasó con Yugoslavia es indeseable. Es una pena que no funcionara por ser gobernada tan mal durante tanto tiempo. A veces, pienso que deberíamos imponer un impuesto por bandera para animar a los Estados a unirse más que a separarse, porque tener un montón de Estados pequeños va a hacer el mundo innecesariamente complicado. Creo que todos en la UE vieron la independencia de Kosovo como la mejor solución en esas circunstancias, pero hubieran preferido un acuerdo entre Kosovo y Serbia.
P.- ¿Es más fácil para los vascos o los flamencos crear un micro-Estado porque la UE da seguridad?
R.- Sí, de una manera extraña, los acuerdos en Europa han hecho posible la vida para los pequeños Estados y eso no es deseable.
P.- ¿El nacionalismo lleva a una política de la identidad donde la mayoría y la minoría no se consideran en términos ideológicos, sino de lengua o religión?
R.- Sí, me parece muy extraño que esto pase cuando tenemos una sociedad europea más liberal y abierta. La gente puede expresar su identidad étnica sin tener que crear nuevos Estados.
P.- ¿Qué piensa de la idea de la liga de las democracias?
R.- McCain habla de ella y también Ivo Daalder, asesor de Política Exterior de Obama. No estoy de acuerdo, no creo que los grandes problemas del mundo vayan a resolverse creando nuevas divisiones. En el cambio climático, la crisis financiera o el comercio no va ayudar decir que Rusia o China pertenecen a un grupo y nosotros a otro. Además, debemos ser un poco más modestos. España es una democracia desde hace 30 años; EEUU, desde la legislación de los derechos civiles en los 60. Esperar que China pase, de repente, de un Estado maoísta a una democracia equiparable a la europea es históricamente poco razonable. Por supuesto, es deseable que haya un gobierno transparente y los chinos lo entienden, pero no me gusta la idea de dividir el mundo en buenos y malos. Siento que es un poco insultante para esta gente que ha hecho un progreso tan dramático en los últimos 30 años. Y poner a China en la misma categoría que Birmania no es sensato.
P.- ¿Quién sería mejor para los intereses de Europa: Obama o McCain?
R.- Europa trabajará con quien sea elegido. Cualquiera de los dos será muy diferente de Bush. Los sondeos muestran que si los europeos pudieran votar, lo harían abrumadoramente por Obama.
P.- ¿Ve grandes diferencias en política Exterior?
R.- McCain es muy serio, muy independiente en su juicio. Y hay que separar el candidato de la campaña. Obama parece muy reflexivo, da la impresión de no contestar nunca a una pregunta sin haberla pensado antes. Pero es imposible juzgar cómo serán como presidentes. Pero quién sea el presidente supondrá una gran diferencia, todo depende de él. El hecho de que tuviéramos a Lyndon Johnson, y no a Goldwater, hizo que se aprobara la legislación de los derechos civiles y por eso Obama puede presentarse hoy. Hay decisiones que cambian el mundo.
P.- ¿McCain puede crear problemas a la UE con Rusia o Irán?
R.- Nunca se debe juzgar la política por la campaña. Cuando la gente llega al cargo, no sabes bien qué va a hacer, sobre todo en el segundo mandato. El ganador debe ser elegido dos veces, porque el primer mandato es frecuentemente un lío y, en el segundo, los presidentes se comportan de manera más constructiva. No sólo pienso en esta última Administración, sino también en Clinton o en Reagan. Este fue elegido con una política agresiva hacia la URSS, pero estableció la relación más cercana con un líder soviético. No sabemos lo que va a pasar en los próximos cuatro u ocho años y por eso elegir a alguien por su política sobre Rusia no es tan importante, porque habrá alguna sorpresa. ¿Cómo se reacciona al 11-S? ¿A la crisis de los misiles de Cuba? En general, diría que McCain piensa más en términos de victoria y Obama más en términos de compromiso. Los dos tienen una visión mucho más internacional que casi todos los candidatos recientes. Obama tiene parientes en pueblos de Kenia y pasó parte de su vida en Indonesia. McCain se ha involucrado en Política Exterior toda su vida. El único comparable es George W.Bush.
SU PROPIO MUNDO
«Las relaciones internacionales son apasionantes» Robert Cooper reconoce que, pese a lo que disfruta de sus viajes veraniegos en bicicleta, su principal afición es su trabajo. Las relaciones internacionales le parecen «irresistiblemente apasionantes» y sigue creyendo en el poder revolucionario de los gobiernos, que «sobrevaloran lo que pueden hacer a corto plazo y subestiman lo que pueden cambiar a largo plazo». Tal vez por su fe, o su paciencia, cree en una solución para el complicado conflicto con Irán por su programa nuclear.
¿Qué espera de la nueva Administración de EEUU para Irán?
- Me gustaría ver una mayor combinación entre la vía del diálogo y la presión de las sanciones. Espero que podamos aumentar el ritmo de los contactos con Irán.
¿Puede Teherán tener la bomba en seis meses, como asegura un reciente informe?
- Probablemente, es exagerado. El informe de Inteligencia de EEUU presenta un calendario más largo. No sé si alguien sabe con certeza si Irán ha tomado una decisión para conseguir la bomba. Algunos dicen que sólo están buscando la capacidad. Las evidencias públicas son que se ve mucho uranio enriquecido y no se ve ninguna central, ¿para qué es todo? Es uno de los problemas más serios.
Pero, con las negociaciones, parece que estamos donde empezamos después de años.
- Es la política correcta, creo que tenemos que seguir por este camino. Estoy de acuerdo en que no hemos ganado, pero eso es normal en Política Exterior. En la Guerra Fría fracasamos durante 40 años y, de repente, ganamos. Que Irán adquiera armas nucleares, incluso capacidad nuclear, es tan estúpido que debe haber alguna posibilidad de conseguir una solución negociada. ¿Qué van a hacer si consiguen armas nucleares? ¿En qué les ayuda? Y es incluso más estúpido tener un programa civil nuclear que haga pensar que es un programa militar. Creo que tiene que haber formas de convencerles para que sean más sensatos.
¿No se arreglará hasta que EEUU no se implique más?
- Este problema no se resolverá sin EEUU. Parte del logro de Europa es haber conseguido que EEUU se implicara más y aumentara su compromiso en el proceso negociador, enviando al subsecretario de Estado William Burns a nuestra última reunión. Pero en algún momento tienen que producirse contactos directos con Washington.
LA CUESTION
- ¿Europa está perdiendo terreno en la política global? - El problema es el mundo al que nos hemos acostumbrado. El mundo en el que importaban EEUU en primer lugar y después Europa ahora está desapareciendo. China, India, Brasil y otros países latinoamericanos quieren ser protagonistas. No vamos a tener nunca una posición en el mundo como la que teníamos en el siglo XV. En realidad, llevamos cinco siglos perdiendo terreno.
EL CORREO CATALAN
ARACADI ESPADA
Uno de los nuestros
Querido J:
Hace algunos días, y en este periódico donde te echo las cartas, Daniel G. Sastre escribía a propósito de la transfiguración de don José Montilla. Bien: él no empleaba esta palabra, pero creo que es una buena palabra (incluida su connotación religiosa) para describir el proceso que ha experimentado el actual presidente de la Generalitat respecto a uno de sus antecesores, el 126 presidente, honorable señor Jordi Pujol i Soley. Escribía Sastre sobre la transfiguración: «Pudo comprobarse con nitidez durante su discurso en la inauguración del Debate de Política General que tuvo lugar la semana pasada en el Parlament. Sus apelaciones al trabajo y al esfuerzo -y a unas supuestas características ancestrales del carácter catalán- para salir de la crisis transportaron a los presentes a otras épocas y provocaron que hasta Oriol Pujol, portavoz parlamentario de CiU e hijo del ex president, le acusara de pujolear».
Es probable que la transfiguración fuera más visible que nunca en ese debate. Pero no arrancó ahí, desde luego. La aprehensión (como si fuera un alijo) del discurso de Pujol por parte del socialismo catalán fue muy visible desde tiempo atrás. Baste observar con qué veteranía los socialistas hablan en nombre de Cataluña y descalifican a sus oponentes políticos con la técnica pujolista fundamental que siempre fue la de acallar cualquier réplica mediante el uso del terminante van contra Catalunya. Los años de gobierno de izquierdas no han supuesto la emergencia de una cultura política alternativa al nacionalismo conservador. El del presidente Montilla es un gobierno que ha ideado una fórmula de segregación de los niños inmigrantes imitada por la Liga Norte italiana; que no ha corregido, aunque sí aumentado, el intervencionismo gubernamental en los vericuetos privados: baste ver el proyecto de ley sobre adopción, que indica a los padres el día y la hora en que tienen que comunicar a sus hijos que son adoptados; un Gobierno que ha sido incapaz de muscular la cosa pública respecto a la sanidad o la enseñanza o que tiene un consejero que no duda en declarar cuando le parece necesario que la solidaridad entre los ciudadanos españoles ha de tener límites; no hay un relato progresista en el Gobierno catalán, partiendo del principio de que se trata, como todos los anteriores, de un Gobierno convencionalmente nacionalista.
El último relato alternativo al pujolismo lo redactó Maragall en sus años de alcalde. Era una apuesta por la modernidad frente a la tradición que utilizaba la ciudad de Barcelona y el discurso ciudadano (¡tan noucentista!) como encarnación de su propuesta. Por descontado, don José Montilla no ha recuperado nada de eso. La primera razón es que para hacerlo quizá le conviniera, previamente, ser moderno. Pero hay otra razón, y aún más vigorosa: él se ve y se representa a sí mismo como la antítesis de Maragall y el maragallismo. También en eso se identifica con Pujol. Estos días he echado un vistazo a las galeradas de un libro interesante, aunque inevitablemente apologético, que han escrito Esther Tusquets y Mercedes Vilanova y que traza un retrato biográfico de Maragall. En el libro habla Montilla, habla Pujol y hablan otros protagonistas de la política catalana. Hay un momento en que las autoras subrayan el orgullo con que a sí mismo se describe don José Montilla como sucesor de Pujol. Hasta el punto de que en la línea siguiente tiene que intervenir Narcís Serra, puntualizando: «Sin Maragall no hay Montilla». Es una obviedad. Descarnada. Pero se comprende que el actual presidente quiera obviarla con una suerte de pintoresco puenteo a la historia. En efecto, reclamarse el heredero de Pujol es liquidar también ese molesto y decisivo interregno, y el aún más molesto agradecimiento.
La lectura ofrece, sin embargo, otras claves de interés sobre el trío de presidentes. No puedo asegurar que don José Montilla guarde algo de aquello tan antiguo que era el resentimiento de clase; pero si así fuera tengo pocas dudas de que se proyectaría hacia Maragall y el conjunto del llamado socialismo de Sant Gervasi, el barrio alto de Barcelona. Hojeo este retrato biográfico de Maragall et copains y no dudo cuán más difícil sería para el joven Montilla entrar en las casas de Xavier Rubert de Ventós y del propio Maragall antes que en las de Pujol o Josep Maria Ainaud. La dificultad de entrada no está en el dinero. O no sustancialmente. La dificultad está en la pedantería. Fue el infranqueable racismo de la pedantería el que llevó a Maragall a decir, y en el diario Avui, que para ser presidente de la Generalitat «es importante donde hayas nacido». Creo que se refería menos a Cataluña que a su barrio. Fue, seguramente, la humillación más intensa e indeleble que don José Montilla sufrió nunca de su antecesor. La postrera, quizá, y la más inútil. Y tal vez la que desencadenó la venganza de la que Maragall y, especialmente, su esposa, Diana Garrigosa, hablan con apreciable crudeza en el libro que te cuento. Cuando don José Montilla y los suyos, ya definitivamente capitanes, observaron que Maragall empezaba a criticarlos con lengua muy suelta abrieron la espita y empezaron a filtrar lo que era un secreto... entrañable: que Maragall sufría una enfermedad mental. Hasta que le obligaron a convocar una insólita rueda de prensa para decir que sufría de alzheimer. Habla Maragall por su boca, en el libro de Tusquets y Vilanova, respecto de este episodio: «Dicen: '¡Oh qué tío tan valiente!'. ¿Valiente? A la fuerza ahorcan. A la fuerza ahorca la enfermedad y a la fuerza ahorca la maledicencia». Y habla Diana: «Ni Zapatero ni Montilla tuvieron ningún gesto ante la enfermedad de Pasqual».
Hay algo más, por último, y afecta al modelo de la transfiguración. A Pujol. La vida política de Pujol, que es lo mismo que decir su vida, está vertebrada en torno a un concepto: integración. Este concepto es muy sencillo de explicar. Dado que el auténtico rasgo diferencial de Cataluña (el único real, muy por encima de la lengua) es la inmigración, Pujol, y el nacionalismo que representa, tuvo siempre una obsesión: la de conseguir que los inmigrantes no formaran «una colonia separada». La integración está lejos de ser un concepto sintético: se trata de que el recién llegado acepte el nacionalismo como una premisa de vida. Eso es lo que indica, muy precisamente, la decisiva corrección que Pujol incorporó a su definición amable de la legalidad catalana, en los años 60: «Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña». Una década más tarde, en efecto, añadiría «...y que quiere serlo». Desde este punto de vista, don José Montilla es la creación más perfecta, casi soñada, de Pujol y de todo lo que Pujol representa. Hasta el punto de que puede decirse que si Maragall fue la derivación genialoide, pija y un punto gamberra del pujolismo, Montilla es el auténtico heredero. El inesperado hereu del pujolismo. Es impresionante y meditable: el heredero del pujolismo no se llama Oriol sino José. No es extraño que Pujol reaccionara casi violentamente cuando su despistada esposa criticó al actual presidente por no hablar perfectamente el catalán y por empeñarse en llamarse José: al punto salió desautorizando estas palabras y recalcando con todos los énfasis posibles que la catalanidad de Montilla era inatacable.
Tenía y tiene toda la razón. «Soy un catalán de Iznájar», dijo un día el presidente. Imagino perfectamente con qué satisfacción profunda acogería Pujol estas palabras. Es por esta suerte de imperialismo moral por el que había estado trabajando toda su vida, consciente de que la mitad de la nación había nacido extramuros. No hay otra prueba más grande de su éxito, y de la cristalización de su concepto de la nación, que ver cada día lo que don José Montilla dice y hace, gobernando a la generalidad absoluta de los catalanes.
Sigue con salud.
A.
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