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Actualización de madrugada

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Nombre: e-pesimo
Lugar: Cantabria, Spain

martes 2 de diciembre de 2008

FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Luis María Ansón, David Gistau, Raúl del Pozo, Erasmos, Fernando Sanchez Drago, Jorge de Esteban



COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
El Chantajista

Pincha para oír en directo a Federico, o su último programaSi yo creyera en la Justicia española, acudiría a ella en demanda de protección contra el oneroso alcalde que esquilma a los madrileños con los impuestos que exigen sus desorbitados gastos y exhibe su despotismo en todas partes. La última vez, ayer, con Esther Esteban en EL MUNDO, presumiendo de haber chantajeado al presidente de la Conferencia Episcopal para presionar al Papa, a ver si me echaba de la COPE y, probablemente, cerraba la cadena en un año.

No es por lo que yo valga (aunque algo valdré, cuando colecciono enemigos con tanto poder como falta de escrúpulos), sino porque todas las cadenas de radio privadas y con cobertura nacional (apenas tres o cuatro, raquítica oferta, con abrumadora mayoría de la SER, incluídos los postes ilegales de Antena3) se organizan comercialmente en torno a los grandes programas de la mañana, que concentran hasta el 70% de audiencia y de publicidad. En plena crisis, cambiar de motor supondría dejar el coche en la cuneta. Por supuesto, Gallardón lo sabe y por eso quiere hacer lo que hace y deshacer lo que deshace.

Hasta ahora, el privilegio de amordazamiento de la Cope pertenecía al separatismo catalán, vía clerical nacionalista o vía CAC, en la rama rubianesca progre o en la rufianesca carca del 3%, ambas del mismo árbol libertófobo. Por cierto, el Ignasi Guardans que tan vilmente ha injuriado a Esperanza Aguirre, ya se distinguió insultando a la Cope en su día. Casi tanto como los parlamentarios de ERC, no sé si antes o después de burlarse de la corona de espinas en Jerusalén, que se encadenaron para la prensa catalana en las rejas de la que llamaban «la cadena del odio», terminacho que ahora copia Gallardón. Tampoco olvido al sociata Paco Vázquez, que utilizando ilegítimamente su condición de embajador de España -no del PSOE- en el Vaticano, quiso también yugular la libertad de la Cope.

Pero lo de Gallardón chantajeando a Rouco y queriendo presionar al Papa a cambio de ayudar a la Jornada Mundial de la Juventud es nuevo en el PP. En los ataques del PSOE y los separatistas contra la Cope, el partido de Aznar, Aguirre, Acebes y Zaplana siempre salía en nuestra defensa, porque nos atacaban los mismos y por lo mismo: defender a las víctimas del terrorismo, a España y la libertad. Ahora, Rajoy apoya los atracos del CAC y Gallardón nos ataca poseído por un espíritu evangélico que desconocía hasta Sebastián, el que, exhibiendo con la foto de su amiga Corulla en Telemadrid, no vulneraba su honor.

Pero miente Gallardón sobre la sentencia, recurrida y revocable, de la jueza Iglesias. Me condenó por comentar algo dizque «inveraz», la portada de ABC: «Gallardón pide al PP obviar el 11-M», veraz cuanto gallardonista. La verdad nos hace libres, pero sale carísima.

ERASMO
Erasmo X
Diez años. Y bastantes días, en verdad, que Erasmo deplora esa redondez tan excesiva de aniversarios, efemérides. Afán gozoso de toda una década, desde aquel de Octubre '98: Don Gil de las Zonas Verdes. Esparcir al viento, sembrador de letras en los surcos minuciosos de palabras de este recinto enternecedoramente ínfimo de cada día, forzosamente gracianesco, que lo bueno si breve, etecé. (Chin, chin)

AL ABORDAJE
DAVID GISTAU
La camiseta

El día de los atentados de Bombay, apenas unas horas antes de que empezara la matanza, hubo en la ciudad india un acontecimiento mundano. Fue presentada una película de producción local, The President Is Coming, y un galán de Bollywood llamado Imraan Khan acudió a la première con una camiseta en la que estaba impreso un retrato de Bush con el siguiente lema: International Terrorist.

Khan, esa sucursal oriental de Bardem, no intentó sino adherirse a un tópico progresista según el cual los insultos a Bush son suficientes para demostrar la posesión de una inteligencia comprometida: cuántos prestigios intelectuales de la España reciente no se habrán consagrado a base de cagarse en Bush y, por añadidura, en la caricatura imperial de Estados Unidos. Sin embargo, y a menos que se demuestre que la sinagoga, la estación y los hoteles Oberoi y Taj Mahal fueron asaltados por miembros de la Delta Force y no por terroristas islámicos, Khan tal vez considere que el momento es apropiado para revisar sus prejuicios políticos y los inspiradores de los miedos que denuncia y se afana en compartir.

Imraan Khan está muy lejos de nuestra cotidianeidad. Pero su camiseta la comparte con gente que nos es más cercana y que justifica la definición que Adler dio del antiamericanismo: «Bajo una apariencia vagamente progresista, es un conglomerado de viejos sueños perdidos bajo las ruinas del Muro de Berlín». Y el resentimiento es tal, y fue tan fácil darle cauce contra Bush, que cualquier enemigo de Estados Unidos es benigno por definición, trae la venganza por las utopías malogradas, y merece por el mero hecho de existir un prestigio revolucionario comparable al del Che. Poco importa que decapite civiles indefensos para colgar luego las imágenes en internet, como hacía Zarqawi. O que vuele trenes o autobuses, como en Madrid y Londres. O que irrumpa en un hotel para ejecutar en frío a cualquiera que no pueda presentar la fe o el pasaporte adecuados. Poco importa todo eso: el enemigo es Bush, así lo ha decidido la inteligencia oficial, a quien hay que temer hoy por la tarde en Madrid o Bombay es a Bush, y siempre habrá un matiz de justicia en lo que le ocurra al Occidente culpable.

Ayer mismo, Jiménez Losantos se mofaba de la izquierda que, por llevar el Muro dentro, convierte en depositario de su afán de revancha histórica a cualquier enemigo de Estados Unidos. Es una corriente cejijunta y reaccionaria que se ha dejado penetrar por dos de las tres grandes plagas que han surgido contra la democracia global -el comunismo y el islamismo- sin advertir siquiera que estaban contribuyendo desde retaguardia a cercenar su propia libertad y una forma de vida que no cambiarían por ninguna otra. Y de la que hasta Zetapé reconoce ya que Estados Unidos es el único protector, ahora como en la Guerra Fría, contra el gulag como contra Bin Laden, quien debería estar en las camisetas progresistas.

CANELA FINA
LUIS MARIA ANSON
Descristianizar España
Baltasar Garzón ha sido siempre un hombre muy atareado. Se comprende que no se enterara de la muerte del dictador Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975 y que, para asegurarse de la circunstancia, solicitara certificación del Registro. A mí no se me olvida esa fecha tal vez porque el dictador me persiguió como a una rata. Acusado de injurias al jefe del Estado -seis años de cárcel- por una crítica de libros, me senté en el banquillo ante el Tribunal de Orden Público. Me defendió Martín Calderín y declararon en mi favor José Antonio Novais y Andrés Travesí, que vive felizmente y era jefe de Redacción del ABC verdadero. Unos años después, Franco ordenó el secuestro del periódico por un artículo mío titulado La Monarquía de todos y me envió al exilio durante un año largo. Aquel día, 21 de julio de 1966, el dictador escribió en su diario recogido por Franco Salgado Araujo: «Luis María Anson es el mayor enemigo del Régimen». A mí no se me pasó, claro es, como a Garzón, la muerte de Franco, al que 70 años después de la guerra incivil no le deben juzgar los jueces sino los historiadores.

Pero si es explicable que un hombre ocupadísimo como Garzón no recordara la muerte de Franco, no lo es tanto que un político de reconocida cultura como Alberto Ruiz-Gallardón no sepa que la Navidad es una fiesta en la que se conmemora el nacimiento del Niño Jesús hace ahora 2.008 años. Se puede ser ateo, agnóstico, budista, hindú, judío o islamista, pero la Navidad recuerda en todo el mundo el nacimiento en una ciudad palestina, Belén, de un Niño singular. Lástima que ni la Piccirilli ni Gallardón sepan esto puesto que, en el despilfarro luminoso que adorna las calles de Madrid, se han suprimido las estrellas de Belén y cualquier alusión al origen y significación de la fiesta que celebramos. A mí me parece bien que se festejen con sus señas de identidad el Día del Orgullo Gay, el Carnaval o el aniversario de Safo de Lesbos. No me parece de recibo sin embargo que se esconda el carácter religioso y familiar de la celebración de la Navidad.

Está claro, por otra parte, que Delia Piccirilli, siguiendo enseñanzas precisas de Lenin, al no poder ocultar el pasaje histórico de los Reyes Magos, lo desvirtúa mezclándolo en la Cabalgata con los cuentos de Antoñita la Fantástica, Blancanieves o El Mago de Oz para crear en los niños la idea de que se trata todo de ficción y nada más que ficción.

El Ayuntamiento madrileño se suma así a la política descristianizadora de José Luis Rodríguez Zapatero. Se acosa a la Iglesia Católica en todos los frentes, sobre todo en Educación. Ya han empezado a arrancarse los crucifijos en las escuelas para no molestar a los ateos o a los islamistas. De la misma forma se dirá un día que hay que desmochar iglesias, templos, capillas, ermitas, asilos, conventos, monasterios, colegios y orfanatos cuyos edificios están rematados por la cruz. Y para que ateos e islamistas no se incomoden se propondrá la destrucción de las cruces en los cementerios.

Un eminente colaborador de Zapatero cree, incluso, que para no ofender a los musulmanes y a los agnósticos, las tiendas religiosas no deberían exhibir en sus escaparates símbolos de una fe tan abominable como la cristiana, manteniendo sus cristaleras ciegas como las sex-shop. Gallardón podría ser el progresista pionero de esta idea y encargar a Delia Piccirilli una relación de los establecimientos que muestran signos cristianos para extirpar de raíz esa execrable exhibición.

Asistimos a un proceso tenaz de descristianización de España. También a una reacción cada vez más viva de las comunidades de base cristiana y de los movimientos neocatecumenales, hartos todos de tanto sectarismo y tanta estupidez.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

TRIBUNA LIBRE
JORGE DE ESTEBAN
La Constitución devaluada
Se acerca el trigésimo aniversario de la Constitución y es de esperar que, en una efeméride como ésta con números redondos, serán muchos los comentarios que se formulen sobre el periodo transcurrido desde que el 6 de diciembre de 1978 el pueblo español la aprobó por referéndum. Sin embargo, creo que de nada serviría expresar aquí, con el botafumeiro de las palabras, las bondades que nos ha deparado nuestra Norma Fundamental durante estos años. Por el contrario, me parece más provechoso hacer un balance crítico de las frustraciones que están lastrando nuestra democracia a causa de la continua devaluación que nuestros gobernantes hacen de la Constitución. Para ello analizaré los dos aspectos más significativos que impiden que la misma pueda cumplir con las funciones que le confieren su preeminencia en el ordenamiento jurídico del Estado social y democrático de Derecho.

Antes de nada, una Constitución democrática es sin duda un pacto político-social con el que se funda un régimen y en el que deben intervenir todos los ciudadanos, directamente o por medio de sus representantes, con vistas a lograr una convivencia pacífica y progresista. Como es obvio, este pacto será más sólido y legítimo cuantas mas formaciones políticas y ciudadanos intervengan en su aprobación. Y así fue, en nuestro caso, en diciembre de 1978, puesto que, por primera vez en nuestra historia, la Constitución no fue obra de un sector o tendencia política, sino que fue aceptada por la inmensa mayoría de la población y de los partidos políticos. De este modo, el pueblo español, tras la amnistía concedida para todos los represaliados de un bando u otro que se habían enfrentado en la Guerra Civil y durante la Dictadura, confirmaba su deseo de partir de cero, sin estar condicionado por un pasado nada glorioso, que a todos salpicaba de una u otra manera.

Renovación del pacto

Por supuesto, ese pacto fue suscrito por miembros de varias generaciones, algunas de las cuales ya han desaparecido, mientras que otras nuevas se han incorporado en estos 30 últimos años. ¿Significa entonces que estas nuevas generaciones están atadas por ese pacto político-social que suscribieron sus antepasados y que, por consiguiente, será así por toda la eternidad? Ciertamente que no, porque el pacto debe poder ser renovado constantemente por los que vienen detrás para que pueda seguir teniendo su total legitimidad. Así lo declaraba el artículo 28 de la Constitución revolucionaria francesa de 1793, con estas palabras: «Un pueblo tiene siempre el derecho a revisar, reformar y cambiar su Constitución. Una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras». Dicho con otras palabras, las generaciones actuales, las nacidas en democracia, tienen el derecho a coparticipar en el pacto político-social que representa la Constitución, a través de su reforma y puesta al día, porque las normas también envejecen y requieren adaptarse a una realidad en perpetua evolución. Sólo así se puede afirmar la superioridad de la Constitución, porque de lo contrario una norma anquilosada ni sería de todos ni sería tampoco eficaz.

Pues bien, lo grave de nuestra Constitución, cuando va a cumplir 30 años de vigencia, es que salvo una mínima reforma obligada por nuestra integración en Europa -y que, además, se hizo mal-, no ha sido revisada hasta ahora; y, lo que es peor, no parece reformable, salvo que actúe Sor Maravillas, la monja que si hiciese este milagro podría tener legítimamente la famosa placa en el Congreso de los Diputados. El procedimiento de reforma, ordinario o agravado, que adoptaron los constituyentes es sin duda el mayor error de nuestra Constitución, porque impide rectificar los otros errores. En consecuencia, si jurídicamente resulta enormemente sofisticado el procedimiento que se aprobó para la revisión de alguna de sus partes más sustanciales, políticamente es casi imposible por la dificultad para ponerse de acuerdo los dos grandes partidos y también por el cáncer que representan para nuestra democracia los pequeños partidos nacionalistas que, merced a una absurda ley electoral que se debía haber refomado ya, tienen asiento en el Congreso, dificultando así cualquier política de carácter nacional que les pueda perjudicar, para acabar llevando el agua a su molino local.

Si realmente queremos que la Constitución dure y no sea, como en tantas ocasiones, un mero papel mojado, habrá que buscar una salida -que la hay- a esta imposibilidad de reformarla hoy por hoy, y en la que existen varios artículos que ya se han vaciado de contenido, puesto que regulaban el proceso para que las diversas regiones pudiesen alcanzar la autonomía y, por tanto, eran meras disposiciones transitorias.

El presidente del Gobierno, en un reciente acto organizado por este periódico, expresó curiosamente su admiración por la democracia americana, porque «nos ilumina a todos». Ojalá fuese así, ya que entonces se darían cuenta nuestros políticos de que tal democracia se rige por una Constitución que está vigente desde hace más de 200 años, pero que si ha durado todo este tiempo se debe fundamentalmente a que las generaciones sucesivas sabían que ese pacto político-social por el que se fundó la nación americana les sigue afectando a ellas también, tras el transcurrir de los siglos, porque pueden participar en él, mediante su revisión y puesta al día. En efecto, desde entonces la Constitución americana ha sido revisada en 27 ocasiones, por lo que nadie se puede sentir excluido de un pacto que se renueva cada vez que es necesario y que convierte en reales esos versos de Juan Ramón Jímenez que, dicen: «¡ Oh tiempo, dame tu secreto, que te hace más nuevo, cuanto más envejeces!». Porque sólo las constituciones que se reforman son las que duran, como nos lo demuestra, por una parte, el hecho de que no haya, entre las democracias modernas, ni un solo país que tenga una Constitución de más de 30 años de antigüedad, que no se haya reformado ya algunas o muchas veces. Y, por otra, porque cabe alegar, en sentido opuesto, el nefasto ejemplo de nuestro constitucionalismo histórico en donde no se admitía prácticamente ninguna reforma de los textos constitucionales, los cuales acababan derribados por golpes de Estado, guerras civiles o asonadas militares.

Reforma inviable

Es más: la presunta intangibilidad de la Constitución, a causa de un procedimiento inviable de reforma, ha dado lugar a una patología de nuestro régimen político actual, que consiste en que si la reforma constitucional no puede entrar, como sería lo lógico, por la puerta grande -ya que ésta se halla bien sellada y bloqueada-, se está imponiendo una mutación constitucional que se introduce por las ventanas, es decir, de forma completamente irregular o espurea. La mutación constitucional aparece así como una tergiversación heterodoxa de algunos artículos de la Norma Fundamental, que, aún manteniéndose con el mismo texto, puede llevar a la larga, como está ocurriendo ahora en España, a una regulación muy diferente de lo que preveía aquella originariamente, y, por tanto, a su más profunda erosión. Desde luego, esto es lo que está ocurriendo con la absurda reforma de los Estatutos de autonomía, que inició, marcando así las lindes por donde transitan los otros, el nuevo Estatuto de Cataluña. El inspirador probablemente más importante del mismo, catedrático de Derecho Constitucional y paradojicamente también magistrado emérito del Tribunal Constitucional, señalaba así hace algún tiempo que, tras 25 años de vigencia de la Constitución y de los respectivos Estatutos, «conviene reformar el Estado de las Autonomías para conseguir un mayor y, sobre todo, un mejor nivel de autogobierno de las Comunidades Autónomas», añadiendo que «según todos los indicios esa mejora del autogobierno, hoy por hoy, sólo puede producirse a través de la reforma de los Estatutos», para acabar recalcando que si «la vía de la reforma constitucional está cerrada y si se quiere resolver el problema político que, queramos o no, está sobre la mesa, desde la perspectiva jurídica no pueden paralizarse los procesos de reforma con el argumento de que es preferible una reforma constitucional previa».

En otras palabras, si no se puede abrir la lata de conservas con el abridor, porque no se encuentra disponible, abrámosla a fuerza de martillazos, con lo que se corre el peligro de que se vierta todo el contenido de la misma inutilmente. Eso es lo que está pasando exactamente en la realidad actual de nuestro país y la única manera de parar esta ola de reformas estatutarias que desbordan claramente la Constitución, es que el Tribunal Constitucional, apartándose de la errónea sentencia que dictó sobre el Estatuto de Valencia, cambie para alinearse, en cambio, con la modélica sobre la Ley de Consultas del País Vasco. En este caso, rememorando una frase de Churchill, se podría decir de los magistrados del Tribunal Constitucional aquello de que «nunca tantos dependemos de tan pocos», porque la suerte de nuestro actual régimen constitucional depende de los 10 magistrados que tendrán que valorar la presumible inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña, haciendo frente así a las amenzas fascistoides que se dejan ver por parte los nacionalistas catalanes en caso de que la sentencia recorte o eche abajo el Estatuto.

Pero vayamos ahora al otro aspecto de nuestra Constitución que me gustaría señalar brevemente. Retomando otra vez, la frase del presidente del Gobierno ya citada, habría que decir que el ejemplo americano nos indica que su escueta y antigua Constitución sigue estando vigente, porque ha demostrado una fuerza expansiva ejemplar respecto a la profundización de la democracia. Como se sabe, el texto original no contenía el reconocimiento de ningún derecho fundamental, pero enseguida, a través de las primeras 10 enmiendas, se garantizaron los derechos más importantes que han ido consolidándose y ampliándose por la jurisprudencia del Tribunal Supremo, de la que se desprende fundamentalemente algunas ideas claves como la superioridad del Estado Federal sobre los estados miembros y la lucha por la libertad de expresión y la igualdad.

De esta manera, se ha conservado, ampliado y consolidado la Unión y se ha logrado hacer realidad la igualdad de derechos de todos, en un país que fue esclavista en su origen y racista durante muchos años. Hace poco más de 40 años en algunos estados del sur los ciudadanos de raza negra tenían que viajar en los últimos asientos de madera de los autobuses, dejando los primeros y más confortables a los blancos; no podían tampoco estudiar en ciertas universidades y se les prohibía entrar en locales y bares que eran sólo para los ciudadanos blancos. Pero el avance, no exento ciertamente de retrocesos y dificultades, acaba de culminarse con la elección del primer presidente de color en la historia de Estados Unidos, lo que significa una verdadera revolución.

Por el contrario, en lo que respecta a España, el proceso está siendo paradojicamente el inverso, ya que en lugar del expansionismo de la Constitución americana, asistimos aquí a un reduccionismo de nuestra Norma Fundamental. En 1978 aprobamos una Constitución que pretendía, con el reconocimiento de las autonomías, consolidar una unión más perfecta entre las diversas regiones españolas y se enunciaba una serie de derechos y libertades que hacían sin duda a nuestra Constitución una de las mas progresistas del mundo. Pues bien, con respecto a la primera cuestión, la conjunción de un suicida Título VIII de la Norma Fundamental y de la existencia en el Congreso de Diputados de partidos nacionalistas o claramente separatistas, apoyados por una minorías de electores, está teniendo como resultado que nadie pueda asegurar a estas alturas que no se pueda fraccionar ninguna parte de nuestro territorio, causa de la interpretación que se está dando de esos artículo farragosos y confusos de dicho Título. La idea de una e indivisible Nación está en crisis, y de ello tendrán que responder los que han contribuido a debilitar la idea nacional.

Españoles desiguales

Como era de esperar, esta situación ha comportado también la existencia de desigualdades por el hecho, por ejemplo, de que ya no haya cuerpos nacionales homogéneos, ya que los funcionarios de los mismos, sean policias, profesores o similares, tienen tratamientos económicos diferentes según las comunidades autónomas a que pertenezcan. Pero donde este reduccionismo de la idea nacional y de los derechos fundamentales se haya más visible es en las comunidades autónomas gobernadas por los nacionalistas, en las que se intenta establecer un uniformismo totalitario en contra de los que siguen sintiéndose españoles. En Cataluña, en el País Vasco, en Galicia -con la connivencia en algunos casos del PSOE-, se está poniendo en entredicho el ejercicio de derechos fundamentales reconocidos por la Constitución, comenzando por el más elemental de todos que es el de exprearse y educarse en la lengua propia, que es, además, la oficial de todo Estado. En estas comunidades, la Constitución se ha devaluado hasta tal punto, en parte por la estulticia de nuestros gobernantes y por las vacilaciones del Tribunal Constitucional, que los ciudadanos españoles que desean que sus hijos estudien en la lengua castellana, sean, en esas comunidades, como los ciudadanos negros de Estados Unidos que tenían que viajar en los últimos bancos de madera de los autobuses y que no podían matricularse en determinados colegios y universidades.

Me temo, pues, que a pesar de lo que dice el presidente del Gobierno, la democracia americana no nos está iluminando según sus avances, sino que, por el contrario, nos demuestra que estamos llegando a situaciones parecidas a las que existían hace años, cuando en Estados Unidos, la discriminación, sobre todo de tipo racial, era la que imperaba en algunos de sus estados miembros. Por lo demás, podría mencionar igualmente otros muchos casos que nos demuestran que la Constitución no ha conseguido expandirse, como lo ha hecho la americana, sino que hoy está siendo menos aplicada que hace 20 años. En este sentido, cabe afirmar que se encuentra en franco retroceso, porque no se cumple en algunos puntos, no se ha reformado en aquellos que era necesario, se ha trasmutado su sentido en otros y, en consecuencia, ha dejado de ser la primera de las normas del Estado en algunas partes de nuestro territorio.

Si en la sociedades humanas, el mero hecho de pensar es paradójicamente la mayor de las transgresiones, cuando se trata del pensamiento crítico muchos consideraran entonces que es la subversión definitiva. Asumo, pues, ese riesgo, ante los comentarios edulcorantes que se nos vienen encima en el trigésimo aniversario de nuestra Constitución.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO

El paraíso

Yo os aseguro -dijo Jesús a sus discípulos, que eran una pandilla sin techo- que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Para reforzar su oratoria de líder radical, el Maestro insistió: os lo repito, es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos. La literatura posterior a los Evangelios confirma la maldición; Dante y Milton meten a los millonarios en los últimos círculos del infierno. «Oh Creso, dinos qué sabor tiene el oro», preguntan en el averno al que creó la moneda, aquel Rockefeller temprano que según el Diablo Cojuelo paseaba subido en un asno de oro. Creso robó del tesoro criptas mortuorias, fascinó a los grandes escritores; después, como sus colegas de Forbes, fue discriminado por los guardianes del cielo. Tal vez por eso los ricos han buscado un edén en la tierra, el paraíso fiscal. Pero la última recesión también los ha saqueado. La Justicia les mira las manos como si fueran rateros.

La mano es un diseño perfecto y, como la mayor parte de los delitos se cometen con el cazo, las religiones monoteístas ordenaron que se las cortaran al ladrón o al falsificador de moneda. Los castigos para los que defraudaban al tesoro eran feroces; se les arrojaba al Bósforo metidos en un saco, se les cortaban las orejas o las manos. Los paganos no fueron tan justicieros. Según sabemos por el trato dado a Diógenes el perro y a su padre, Icesio el falsificador, apenas los condenaron al destierro, aunque en algunos casos los convirtieron en esclavos.

En las democracias se ha desterrado ese feroz mandato de la mutilación para los defraudadores del fisco. Pero el colapso y la quiebra anuncian un aciago futuro. Se hunden los coches en la riada, hay despidos; los gobiernos han decidido tirar la plata desde el helicóptero, pero las burbujas no deflagran. Los responsables de esta recesión no han sido importunados, a pesar de que Roosevelt prometió que en el futuro las democracias tendrían que arrojar a los estafadores del tesoro de los altos sitiales del templo de nuestra civilización.

Los brillantes ojos del Estado han visto, por fin, que hay 10 billones de dólares en los paraísos fiscales, la cuarta parte del dinero de la humanidad. El juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz investiga una trama española de evasión que partió de Alemania cuando los servicios secretos compraron a un confidente un DVD que contenía los nombres de los evasores del Liechtenstein Global Trust Group. Alejandro Sanz es uno de los 67 españoles denunciados, supuestamente por blanquear dinero.

No en las islas de caimanes y tortugas se esconde dinero negro, sino ahí en el corazón de Europa, en los Alpes, entre Suiza y Austria, donde se monta la gran lavandería para enjabonar el oro que sale del río de sangre hirviente que es el mundo.



EL LOBO FEROZ
FERNANDO SANCHEZ DRAGO

Lobito bueno

Romper rutinas. Eso hace el sabio. No es fácil. Las circunstancias, a veces, vienen en nuestra ayuda y nos obligan a hacer cosas que antes no hacíamos. Yo, por ejemplo, nunca había tomado sedantes para escribir. Sí, en cambio, excitantes: cafeína, ahora, y centramina o dexedrina en otros tiempos, hasta que la democracia se puso a prohibir el libre albedrío. Ayer, por primera vez en mi vida, escribí sedado. Lo que de esa experiencia se derivó fue una elegía -Mortal y tigre- dedicada a mi gato Soseki y publicada en la sección de Cultura de este periódico. No habría sido capaz de escribirla si no me hubiese atizado un par de comprimidos de trankimazín. Detesto las benzodiacepinas y creo que lo mejor es no ingerirlas nunca o hacerlo sólo en situaciones de perentoria necesidad y extremando la cautela. Hoy, lunes -martes ya para ustedes-, sigo estando mal, tan mal, casi, como me he sentido durante los tres últimos días, pero no quiero meterme en la cama con la cabeza debajo de un almohadón. A Soseki no le gustaría. Vuelvo, pues, a escribir sedado, para que el lobo no falte, por primera vez en 11 meses, a su cita con los lectores. Ese lobo, por cierto, no será hoy tan feroz como lo pinto. No quiere morder a nadie. El trankimazín lo ha transformado en cordero o, mejor aún, en aquel lobito bueno de José Agustín Goytisolo al que puso voz y música Paco Ibáñez. Curiosa experiencia. Escribir con un chute de cafeína en la neuronas es como escalar ochomiles (digo yo, aunque nunca los he escalado, como lo hacían las bravas gentes de Al filo de lo imposible) o como jugar el último partido de la Copa Davis con los calzones bien agarrados para que el respetable no me los quite. Escribir, en cambio, medio groggy, tal como yo lo estoy haciendo ahora debido a la acción combinada de la pena y el trankimazín, es deslizarse por un suave tobogán a cuyo término te espera una colchoneta de nieve con textura de panettone. Lo mismo le cojo gusto y dejo de ser escritor espídico para convertirme en escritor sonámbulo. No estaría mal. Así, deslizándome cuesta abajo, patinando como lo haría la Sharapova con su faldita si se reencarnase en ella la Pavlova con su tutú, he salido del paso, he acudido a mi cita de los martes y he llegado al final de esta columna sin decir que el Ministerio de Cultura, discretamente gobernado por ese buen ministro y mejor poeta que se llama César Antonio Molina, ha hecho por fin justicia institucional a los dos Juanes -Goytisolo y Marsé- que más justicia literaria han impartido a lo ancho de media centuria en la república de las letras de este país. Sea. Se acabó la columna. Volveré a hablar de ellos. Hoy, amigos todos y de todos, yo, amigo: Marsé, los dos Goytisolos, César Antonio, la Sharapova, los de la copa Davis, Sebastián Alvaro y sus hombres, Paco Ibáñez y, por supuesto, Soseki. Cientos de personas me han enviado sus condolencias estos días. Gracias a todos. Me habéis hecho llorar. El mundo está lleno de buenas personas que jamás harían lo que otros lobos de verdad feroces acaban de hacer en Bombay.

www.sanchezdrago.com

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