FIRMAS: Isabel San Sebastián, Erasmo, Lucía Méndez, Manuel Hidalgo, Pedro G. Cuartango, Arcadi Espada, Manuel Lagares, Niall Fergunson

LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
El cónclave
Ya están todos allí, sentados a la mesa del gran señor, compartiendo plano con los otros amos del universo llamados a redimirnos de los males que nos aquejan. Desde que McLuhan profiriera aquello de que «el medio es el mensaje» nunca antes se había escenificado esta sentencia de un modo más elocuente. Lo de menos es y será lo que digan en sus ocho minutos de gloria cada uno de los asistentes al cónclave. Lo de más, la foto de familia que exhiban mañana en sus portadas las cabeceras de todo el orbe. Nadie quiere quedarse fuera. Ha habido mordiscos, mordidas y mordazas con tal de aparecer en ella. «El medio es el mensaje». Y el medio dice: «Fulanito estuvo en la cumbre de Washington».
Denostamos con desprecio progre-laicista los fastos que en el pasado sacralizaban al poder, mientras derrochamos fortunas en el empeño de superarlos. Hemos reemplazado el oro, el incienso y la mirra con hoteles de siete estrellas, viajes en jet presidencial, banquetes, nutrida corte de asesores y tiralevitas, amén de coberturas mediáticas desproporcionadas, que elevan el importe de la factura hasta cantidades tan escandalosas que es mucho mejor ignorarlas. A semejanza de lo ocurrido en la reunión de la FAO celebrada el pasado mes de julio en Japón, en la que 25 chefs de fama internacional elaboraron otras tantas exquisiteces para solaz de unos magnates empeñados en desterrar el hambre del mundo, los integrantes del G-20 (+2), especie de neo-Sacro Romano Imperio con sede en Estados Unidos, han programado un guateque inolvidable a fin de convencernos de que saben cómo combatir la crisis. ¿Qué mejor manera de hacerlo que reactivar, siquiera por espacio de 48 horas, el turismo y la hostelería en la ciudad sede del magno encuentro?
¡Ya tenemos foto! ¡Ya las teles y los digitales han inmortalizado el evento! Que descansen los súbditos atribulados por la sombra del paro, la hipoteca o lo exiguo de la pensión. Soseguemos el ánimo y dispongámoslo para la esperanza. Nuestros líderes han escuchado los lamentos que se elevaban desde el pueblo y han acudido a la llamada del más grande entre los grandes, determinados a transmitirnos confianza entre un plato de langosta Thermidor y un brindis con Moët Chandon.
El medio es más que nunca el mensaje. Vivimos en la «era del surf» (como bien la define Barico), en la que todo se capea muy deprisa y en nada se profundiza un milímetro, no vaya a ser que descubramos algo que nos disguste. ¡Que siga la fiesta! ¡Que no paren las máquinas! Lo importante no es lo que es, sino lo que parece.
ERASMO
Taibo I
Paco I. (84), El Jefe de la saga, Benito (poeta), Paco Ignacio II (novelista), aquel Taibolito vivaracho, mustélido tan adorable. Recibía, caluroso, en el D.F., las fabadas legendarias de Mari Carmen. Se fue. Larga ausencia de medio siglo: se asqueó de la España gris marengo, atrás quedó su Gijón. Dejó hijos, (libros), bastantes, acaso árboles. Un filme legendario: Mecánica Nacional (Luis Alcoriza). Descanse
TRIBUNA LIBRE
MANUEL LAGARES
Ideas para una reforma del sistema financiero
MANUEL LAGARES
Desde ayer están reunidos conjuntamente en Washington dos grupos de países que representan a los económicamente más avanzados del mundo y a un núcleo muy importante de naciones en vías de desarrollo. Las reuniones tienen como finalidad encontrar alguna solución a la actual crisis económica y poner las bases para una reforma del sistema financiero internacional. En ese contexto se han elaborado las líneas que siguen para presentar algunas ideas sobre cómo afrontar una crisis que, sin duda, es la más importante que hemos padecido desde 1929.
Las causas son muy diversas, pero tres de ellas emergen con fuerza sobre las demás. La primera, la concesión masiva de créditos para la adquisición de activos inmobiliarios a personas incapaces de devolverlos, al amparo de garantías hipotecarias insuficientes sin una continuada subida de los precios de esos activos. A ello hay que añadir el uso masivo de instrumentos financieros escasamente regulados y que permitían traspasar a otros y difundir internacionalmente los riesgos de esos créditos. Es evidente que la responsabilidad directa de la selección errónea de los riesgos y del uso de tales instrumentos corresponde a los banqueros que desarrollaron y aplicaron tales prácticas.
La segunda se encuentra en el grave error de las autoridades, que no fueron capaces de poner coto a la utilización abusiva de unos instrumentos financieros altamente tóxicos y de sus derivados, lo que permitió que se multiplicaran sus efectos y se difundieran por toda la economía mundial. Ese error, unido a políticas fuertemente expansivas en el ámbito monetario y fiscal, ha constituido el segundo y no menos importante origen de la crisis actual.
Finalmente, la tercera causa se relaciona con la inexistencia de reglas estrictas de capitalización de las entidades financieras, lo que les ha conducido a un alto nivel de apalancamiento que multiplicaba artificialmente sus beneficios y generaba un ambiente de despreocupación por el riesgo latente en activos y operaciones. La responsabilidad en este caso es compartida por las autoridades -que han facilitado fórmulas suaves y acomodaticias de cálculo de los capitales mínimos necesarios- y los banqueros, que se han olvidado de las más elementales reglas de seguridad de su propia profesión.
La coincidencia de esos tres factores con el inevitable y previsible final del proceso especulativo, ha producido la hecatombe que hemos vivido en las últimas semanas, con sus gravísimas consecuencias sobre la economía real, que ha visto cómo todas sus fuentes de financiación se cerraban de golpe y por plazo indefinido. Porque el problema básico que plantea la estabilidad del sistema financiero -corazón de cualquier economía moderna- es que, si las entidades que lo integran se derrumban, la economía real se colapsa totalmente y de modo quizá irreversible. De ahí que, pese a la manifiesta responsabilidad de las entidades financieras en su propia crisis, no quede más remedio que sostenerlas para evitar males aún mayores a los ciudadanos y a las restantes empresas, es decir, a la economía real.
Por eso habrán de articularse medidas excepcionales para enfrentar coordinadamente la dura realidad económica actual mediante reformas profundas del sistema financiero y fuertes apoyos a la demanda global, sobre todo en el ámbito de las familias y de las empresas. Esas medidas podrían concretarse en las ideas siguientes, seguramente incompletas y parciales, pero que sólo tratan de presentar un primer y muy provisional catálogo de las mismas:
1. Las reuniones de Washington deberían dar por resultado un Tratado o Acuerdo internacional, abierto a todos los países que cumplan o se comprometan a cumplir, en plazo breve, unos determinados requisitos en cuanto a liberalización de mercados y a política monetaria y fiscal. El objetivo más inmediato del Tratado o Acuerdo debería ser el de proteger a los ciudadanos, a las familias y a las empresas contra las más graves consecuencias de la crisis, especialmente a los de menores niveles de renta y a las pequeñas y medianas empresas, que serían los más perjudicados si persistiese o se agravase la misma. Esa protección se debería articular tanto a través de una política monetaria y crediticia encaminada al saneamiento del sistema financiero y a evitar las malas prácticas que han originado la situación actual, como mediante una política fiscal orientada a las rentas más reducidas y a los beneficios empresariales.
2. A largo plazo, el objetivo del Tratado o Acuerdo debería ser el establecimiento de un orden económico internacional equilibrado, que impulsara el rápido desarrollo de los países más atrasados y que permitiese una eficaz actuación contra las crisis económicas, difundiendo prosperidad y estabilidad entre todos los países.
3. Su principio esencial debería consistir en un firme compromiso respecto a la aplicación de las normas de la economía de mercado, de la globalización y de las reglas de la libre competencia en el ámbito nacional e internacional.
4. El contenido de este Acuerdo debería contemplar también normas respecto a la política de mercados y de liberalización económica, debiendo aplicar la mayor libertad en cuanto a establecimiento, contratación de factores productivos y condiciones de funcionamiento de las empresas, dentro de un marco general de respeto a la dignidad de las personas, de mejora de sus condiciones económicas y de preservación cuidadosa de los recursos naturales. Igualmente debería fomentar la libre circulación de mercancías y servicios, aunque acomodándola a las posibilidades y niveles de desarrollo de cada país. Además, debería estimular que los países más desarrollados promoviesen el crecimiento de los más atrasados, restando presión a las desordenadas corrientes migratorias entre unos y otros. Finalmente, debería impulsar la globalización y homogeneización de los mercados, suprimiendo los obstáculos que la impiden o dificultan, para lo que debería fomentar la mejora de las comunicaciones entre países y regiones y la normalización de sus legislaciones civiles, mercantiles y laborales.
5. En cuanto a política monetaria y crediticia, las autoridades monetarias deberían actuar con total autonomía frente a sus respectivos gobiernos nacionales, conforme a criterios objetivos derivados de referencias concretas de mercado. Esas referencias para la fijación de los tipos de interés de intervención deberían considerar no sólo la evolución de los precios al consumo sino, además, los precios de los activos más significativos -inmuebles y valores cotizados-, las necesidades exteriores de financiación y las tasas reales de crecimiento de la producción. En todo caso, el coste del capital no debería resultar nunca negativo, para evitar despilfarros en el uso de este escaso factor de la producción. Deberían establecerse también límites concretos para los déficits exteriores, que deberían ser mucho más reducidos para los países desarrollados. Los que superasen tales límites tendrían que instrumentar de inmediato políticas económicas restrictivas.
6. Por otra parte, los países que suscribiesen el Tratado o Acuerdo deberían garantizar la estabilidad de sus sistemas financieros y la sanidad y el adecuado funcionamiento de las entidades que los integren. Para ello se debería establecer una definición amplia de lo que se entiende por sistema financiero, que incluyera tanto a las entidades habituales como a las que actúan en los mercados de valores y en los de seguros y similares, para evitar la elusión de las normas regulatorias y de la supervisión. Excepcionalmente se debería regular también, bajo normas comunes, la cuantía y forma de las ayudas para dotar de liquidez a las entidades con dificultades temporales mientras persistan las circunstancias actuales en los mercados y siempre bajo estrictos criterios de transparencia en el uso de los fondos públicos. También excepcionalmente, se debería regular bajo normas comunes el salvamento de las entidades financieras en situación de insolvencia mediante inyecciones temporales de capital público, sin inmiscuirse en su gestión diaria pero supervisando sus estrategias y comportamientos y exigiendo a sus gestores y accionistas las responsabilidades en que hubiesen incurrido.
Se deberían regular también los criterios para la supervisión y vigilancia efectiva de las entidades financieras y de sus circuitos de selección y asunción de riesgos, así como sus productos, servicios y actividades, y elevarse los niveles mínimos actuales de capitales exigibles a todas las entidades financieras. Las normas de evaluación de riesgos y de ponderación de los mismos deberían ser comunes y excluir cualquier sistema basado en la experiencia interna de las propias entidades.
Del mismo modo se deberían establecer retenciones obligatorias, por parte de los emisores de títulos y de sus negociadores, de los riesgos que se titularicen. Un criterio similar debería establecerse para la emisión y negociación de instrumentos derivados que, en todo caso, deberían ser objeto de una adecuada tipificación de sus aspectos esenciales y de sus normas de contratación. También se deberían crear fondos anticíclicos de reservas adicionales y genéricas para compensar la morosidad. Y se deberían establecer normas estrictas para el buen gobierno de las entidades financieras, en especial las referentes a transparencia, adecuación y control de las retribuciones de sus gestores y de sus decisiones empresariales.
7. La supervisión de las entidades integrantes del sistema financiero debería estar encomendada al Banco Central de cada país o a un solo organismo público de supervisión, que aplicaría las normas y directivas generales emanadas del organismo multilateral de coordinación. Este supervisaría, a su vez, a los supervisores nacionales para vigilar el cumplimiento de sus directrices y evaluar la calidad de la supervisión.
8. Las entidades financieras y el Tesoro público de cada país contribuirían a la formación de fondos de garantía que gradualmente se hiciesen cargo de responder frente a los clientes hasta límites únicos y tipificados para todos los países. Del mismo modo, las entidades financieras, el Tesoro Público y las demás entidades interesadas constituirían fondos conjuntos con los que satisfacer los honorarios de las Agencias de calificación y tasación, que serían sometidas a una vigilancia rigurosa y periódica por parte de los supervisores.
9. En cuanto a política fiscal, la estabilidad presupuestaria debería ser un objetivo irrenunciable de esa política. Ello implicaría el mantenimiento de unas cuentas de las Administraciones públicas anualmente equilibradas, admitiéndose sólo excepcionalmente situaciones temporales de déficit en periodos de recesión o de crecimiento notablemente inferior al potencial, pero con el compromiso de alcanzar superávits razonables en las etapas de expansión. El organismo multilateral de coordinación supervisaría los saldos presupuestarios y la confección de las correspondientes cuentas públicas. La cuantía del déficit público anticíclico no debería superar el 3% del PIB de cada país.
Además, los déficits anticíclicos deberían originarse por la reducción selectiva de ingresos antes que por el aumento de los gastos públicos, al objeto de evitar un crecimiento del sector público que dificultase el eficiente funcionamiento de la economía privada y la recuperación del equilibrio presupuestario al superarse la crisis. Por ello, los países que tuviesen que incurrir en déficits coyunturales deberían evitar el crecimiento real de los gastos públicos consuntivos a tasas sensiblemente superiores a las del crecimiento de la población, para de esta forma mantener el nivel real de servicios públicos por persona o aumentarlo sólo ligeramente. Esta norma podría ser flexibilizada para los países en vías de desarrollo, cuando fuesen evidentes sus carencias de servicios públicos esenciales. En todo caso, deberían excluirse del criterio limitativo anterior los gastos públicos en educación y, muy especialmente, los orientados a la formación para el trabajo. Además, para ahorrar gastos corrientes, las familias e individuos de rentas más elevadas deberían colaborar a la financiación parcial de algunos de los servicios públicos que utilizasen, mediante tarifas para el copago.
Se deberían impulsar fuertemente los gastos públicos de formación de capital en tanto no implicasen otros gastos recurrentes significativos y fuesen necesarios para la inversión privada. A tales efectos deberían impulsarse especialmente los gastos en infraestructuras y los relativos a redes de distribución de productos esenciales, tales como agua y energía. Para evitar un excesivo peso de estos gastos, debería recurrirse a financiarlos total o parcialmente mediante concesiones temporales de su explotación al sector privado en cuanto resultase económicamente viable.
A su vez, para aplicar el criterio de reducción de impuestos y coadyuvar a la protección de la renta disponible de familias e individuos, los impuestos directos que recayesen sobre ellos deberían responder de forma clara y bien definida al criterio de capacidad de pago conforme a las propias circunstancias personales y familiares de los obligados, y deberían tratar más favorablemente a los rendimientos procedentes del trabajo, por la inevitable limitación temporal de los mismos; impulsar el ahorro a largo plazo de las familias, como medio de fortalecer su capacidad financiera y de reducir las necesidades de financiación externa del país; establecer tarifas impositivas que favoreciesen a las personas y familias de rentas más reducidas y simplificar la regulación y exacción de estos impuestos.
Los impuestos sobre los beneficios de las sociedades deberían reducirse sustancialmente como medio de mejorar la rentabilidad neta de las inversiones empresariales. También debería evitarse o disminuirse la doble imposición de los dividendos para no discriminar contra la financiación mediante capitales propios y reducir el apalancamiento por motivos fiscales.
Los impuestos indirectos deberían gravar exclusivamente el consumo final de las familias e individuos, evitando la reiteración de gravámenes sobre productos y servicios en etapas intermedias de producción o distribución, para ahorrar así costes de transacción y cumplimiento y hacer más eficiente el funcionamiento de los mercados y la formación de los precios.
Finalmente, el endeudamiento acumulado del sector público no debería superar la cuantía del PIB en los países en vías de desarrollo y no elevarse por encima de los dos tercios de esta magnitud en los países más desarrollados.
10. Consecuentemente con todo lo anterior, debería crearse en el FMI un organismo multilateral de coordinación, con la participación de todos los países que suscribiesen el Tratado o Acuerdo y que estaría abierto a la incorporación de nuevos países a medida que fuesen cumpliendo los requisitos básicos para su incorporación y admitiesen sus objetivos y compromisos. Ese organismo multilateral se encargaría de la elaboración de las propuestas de medidas para garantizar la estabilidad económica, el adecuado funcionamiento del sistema financiero internacional, la supervisión de los supervisores nacionales y las directrices para las políticas monetarias y fiscales de los gobiernos implicados. La representación y los derechos de voto en el citado organismo multilateral deberían estar en función de la cuantía del PIB de cada país que lo integre, medido en paridades de poder de compra y en términos cuatrienales, y ningún miembro tendría derecho de veto, aunque podrían exigirse mayorías cualificadas para determinadas decisiones.
Como puede suponerse, es ilusorio pensar que ideas tan duras de aplicar y que suponen la cesión de una parte considerable de la soberanía nacional de cada país a un organismo multinacional, van a encontrar eco con facilidad entre los dirigentes políticos actuales. Pero si algunas de ellas no se materializasen en los próximos tiempos, poco podría esperarse respecto a una solución adecuada para la actual crisis. Y, sobre todo, poco podría confiarse en que episodios semejantes no se repitiesen periódicamente en un sistema financiero que, hoy por hoy, parece realmente incontrolado e incontrolable.
Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
SABATINA SABATICA
MANUEL HIDALGO
Washington
Ha tenido gracia todo este lío para ver a Zapatero sentado en la cumbre de Washington. Parece que la gente, aquí, tenía ilusión, enfado, pulso en la sien -según-, ante la perspectiva de que Zapatero tuviera o no tuviera silla en la reunión. Hombre, yo creo que conviene ir -y no vamos siempre- a las juntas de vecinos, porque es verdad que el adelanto en el encendido de la calefacción de la comunidad o la conveniencia de revocar la fachada del edificio son decisiones que están en nuestra mano y en nuestro voto de propietarios.
¿Esto de Washington? Refundar, corregir, regular o, no digamos, sustituir el capitalismo me parecen tareas de mucha enjundia, incluso para el G-20. Aclaro: no tengo energía ni vergüenza para ser ácrata o antisistema. Ideas, sí, desde luego. Pero me doy perfecta cuenta de que las ideas no bastan. Las ideas, triste es decirlo, a veces, incluso sobran. Pero es necesaria la energía -la propia y la de muchos- para acceder a la coherencia entre las ideas y la acción, y así, y después de más vueltas y revueltas, hacerle un siete -no diré al sistema- al estado de las cosas.
Es que tengo la sensación, por eso lo digo, de que el mundo no está en manos de quienes aparentan tenerlo agarrado por el cuello, sino en manos de otros que son los que condicionan las decisiones de esos. ¡Vaya descubrimiento! Ya, ya, si ya lo sé. Las grandes corporaciones -banca, energía, informática, armamento, automóvil y por ahí- son quienes llevan la gestión del mundo, creo que sobreponiéndose, como pueden, al caos, al azar, al ir tirando y al Dios dirá. En tal sentido, la democracia -un hombre, un voto- es una cosa bonita, mejor que su contraria, pero toda esta gente que se reúne en Washington -y otra que se reúne cuando le da la gana- no piensa en mí directamente ni en el momento en que yo compro la barra de pan. Ya, ya, si ya lo sabemos.
Es verdad que los intereses de quienes manejan el cotarro más o menos en la sombra y nuestros intereses coinciden en un punto que no deja de ser un punto y de tener su interés: mi acceso a la barra de pan guarda relación -en el comienzo de una larga línea- con su acceso a la fortuna, al poder y a la gloria. Puede parecer paradójico, pero me necesitan más de lo que yo les necesito a ellos. Eso no quiere decir que se vayan a preocupar estrictamente por mí, ellos están más preocupados por ellos. ¿Incongruente? Por supuesto. Y por esa incongruencia, el mundo se nubla cada equis tiempo.
No sabemos con exactitud quién maneja el mundo, si el G-20, el Banco Mundial o el Club Bilderberg, pero estamos en condiciones de intuir que el mundo no se maneja trenzando una cadena que empieza por mi voto.
Y, si quieren que les diga la verdad, lo encuentro hasta lógico. Lo que voy a decir no es muy correcto -y me duele-, pero escucho y leo las opiniones de los votantes en todas partes, y algo me dice que es muy difícil sacar algo en limpio de todas ellas, más las mías. Eso lo saben quienes tienen clarísimo lo que quieren sacar en limpio. Bueno, ya nos dirán.
ASUNTOS INTERNOS
LUCIA MENDEZ
El relato del PP
Las recientes elecciones americanas y la sensacional campaña del ganador, Barack Obama, están siendo analizadas por los partidos políticos para ver si pueden copiar alguna cosa. Casi todos los analistas coinciden en que Obama debe su victoria, entre otras cosas, a que ha sabido construir un relato atractivo para los electores. La importancia de un relato que tenga sentido y que esté bien contado es indiscutible para los expertos en comunicación política.
Veamos, entonces, cuál es el relato que el Partido Popular ha narrado esta semana a los españoles, a través de los distintos y diversos actores que tienen eco en los medios de comunicación.
Empezó la secretaria general, María Dolores de Cospedal, con un relato sobre la cobardía de la condición humana. Decía ella que en su partido hay algunos que disparan contra la dirección emboscados en el anonimato, aunque no los consideraba muy peligrosos. Situaba el teatro de operaciones de este grupo de cobardes en el grupo parlamentario del Congreso.
No hace falta ser un lince para sospechar que la invectiva de la secretaria general le sentó como un tiro a la portavoz parlamentaria, Soraya Saénz de Santamaría, quien convive todos los días con los emboscados en los pasillos del Congreso, lugar de todas las conspiraciones. Por el relato se cruzó durante un segundo, sin saber quién lo convocó, la sombra del ex portavoz, Eduardo Zaplana, que está tan a gusto ganando dinero en Telefónica. Sostienen los emboscados, en declaraciones anónimas a medios digitales, que la dirección del PP ni es dirección ni es nada. A pesar de lo cual, en la última reunión del grupo con la portavoz los emboscados no dijeron ni pío. Bien es verdad que faltaron bastantes diputados. La pereza atenaza a este grupo, el más absentista de la Cámara.
Aprovechando la locuacidad de la secretaria general contra los conspiradores, han surgido dentro y fuera del partido numerosos voluntarios que han ideado otro sugerente capítulo para el relato, invocando el lado oscuro de la mitología española. A saber: el problema de Mariano Rajoy es que la ultraderecha no le traga. Todo un alarde de originalidad, al tiempo que fino análisis de la situación.
Destellos aislados de este relato han sido el enfrentamiento de dos pesos pesados del PP, Aguirre-Gallardón, a cuenta de Caja Madrid, la rebelión del PP murciano contra el Estatuto de Castilla-La Mancha aprobado por el Grupo Popular y la petición del vicepresidente del PP de la Mesa del Congreso, Jorge Fernández, de una placa para la santa Madre Maravillas. En el capítulo de gamberradas políticas, cabe situar las 5.300 preguntas de dos diputadas contra Rubalcaba.
A ver dónde se encuentra el genio capaz de articular todo esto en un relato atractivo para que los españoles voten al PP. O, cuando menos, para que lo entiendan.
VIDAS PARALELAS
J. L. CAROD-ROVIRA / HERMANN GÖRING
Kristallnacht, 1938
PEDRO G. CUARTANGO
«La ciudadanía judía como castigo por sus abominables crímenes tiene que hacer frente a una multa de 1.000 millones de marcos. Debo reconocer que no me gustaría ser judío en Alemania». (H. Göring)
A mí tampoco me gustaría ser castellanoparlante en una comunidad donde reivindicar el simple derecho a ser educado en el idioma natal es motivo para ser estigmatizado como los judíos en Alemania en los años 30.
Los nacionalistas catalanes no sólo utilizan la lengua como factor de exclusión de quienes no piensan como ellos sino que además les molesta mucho que las víctimas no pongan voluntariamente el cuello bajo la horca del verdugo.
Sólo así se explica la reacción de indignación de Josep Lluís Carod-Rovira, vicepresidente de la Generalitat, que le parece intolerable que la revista The Economist describa lo que está sucediendo en Cataluña.
¿No es verdad acaso que los castellano-parlantes no pueden educar a sus hijos en su idioma, que se multa a quien rotula en castellano, que el Estatuto dice que la única lengua de la Administración es el catalán, que en TV-3 se llegó a prohibir el uso del castellano en las tertulias, que algunos profesores vigilan en los patios para que los niños no hablen en español y que se cierran las emisoras de radio que molestan?
Si lo que digo es falso me comprometo a tragarme este periódico, pero si lo que digo es verdad el comportamiento de Carod y sus aliados políticos roza el totalitarismo.
La situación en Cataluña ha llegado a tal extremo que se prohíbe manifestarse en la calle a los militantes de Ciutadans, se les insulta y se les agrede. ¿Ha protestado Carod-Rovira por esta violación de derechos?
En Cataluña, como en la Alemania de Göring, hay dos clases de personas: los que aplauden o no se quieren enterar de los abusos del Gobierno tripartito, que son la gran mayoría de la sociedad, y una minoría que se opone, a la que se la trata como si fueran judíos. Yo prefiero estar de parte de los judíos y que Carod me ponga una estrella amarilla en el brazo.
Mi amigo Arcadi Espada ha sufrido agresiones por no comulgar con ruedas de molino. Igual calvario ha tenido que soportar un intelectual tan valioso y honesto como Eugenio Trías, silenciado durante dos décadas por no ser nacionalista.
Cataluña va directamente al abismo entre la estulticia y el silencio generalizado de muchos intelectuales, dirigentes y empresarios que miran para otro lado cuando se veja a personas que han cometido el leso delito de simpatizar con el PP o Ciutadans.
Ya sólo falta en Cataluña una Kristall-nacht (Noche de los Cristales Rotos), en la que el régimen nazi incitó en 1938 al asesinato masivo de judíos y al saqueo de sus comercios y propiedades y luego Göring les multó por gemir mientras les apaleaban.
¿Exagerado? Sí, la comparación es una caricatura, pero a veces hacen falta los esperpentos para describir una realidad que supera la ficción.
En Cataluña, la anormalidad se ha vuelto normal, la perversidad se llama virtud y la mentira es mucho más creíble que la verdad. Y encima tenemos que aguantar que Carod-Rovira nos dé lecciones de ética. Eso sí que no.
EL MUNDO QUE VIENE
NIALL FERGUSON
«Lo peor de la crisis está por venir, el mundo encara un peligro similar al de la Gran Depresión de los años 30»
CELEBRE POR SUS TRABAJOS SOBRE LOS IMPERIOS BRITANICO Y AMERICANO, NIALL FERGUSON ACABA DE PUBLICAR 'THE ASCENT OF MONEY', UNA OBRA DONDE DESMENUZA LA HISTORIA ECONOMICA DE LA HUMANIDAD. AQUI ANALIZA LA TORMENTA BURSATIL Y EL ALCANCE DE LA CUMBRE DE HOY EN WASHINGTON
EDUARDO SUAREZ
CARGO: Profesor de Historia en las universidades de Harvard y Oxford / EDAD: 44 años / FORMACION: Historiador, experto en Historia económica / AFICIONES: La comida italiana, el vino argentino y la montaña escocesa / CREDO: Liberal-conservador / SUEÑO: Un mundo donde se tenga más en cuenta la libertad e importen menos los intereses de los estados-nación
La vida de Niall Ferguson simboliza a la perfección la relación trasatlántica. Vive a caballo de Harvard y Oxford y acumula datos, contactos y manías de las dos orillas del océano. Esta mañana está en la ciudad universitaria inglesa, donde despacha a EL MUNDO en una mesa de Quod, su restaurante favorito, pero su olfato de analista político está varado en América, tratando de vislumbrar pistas sobre las primeras decisiones de Barack Obama. «La política británica apenas me interesa» -confiesa a regañadientes-. «América es un lugar mucho más excitante».
Ferguson es un tipo atlético, acelerado e hiperactivo. Tiene el pecho depilado, va a todas partes con un pesado maletín de cuero y adora el vino argentino y la montaña escocesa. El lunes estrena libro y serie en la televisión británica. Un sugerente trabajo titulado The Ascent of Money sobre la historia de la economía desde los sumerios a nuestros días. Ferguson es célebre por su doble defensa del poder imperial, plasmada en sus libros sobre los imperios británico y estadounidense, pero es también un notable historiador económico, como demuestra su gran obra sobre la dinastía Rothschild. Esa doble vertiente de historiador económico y analista político lo convierten en una voz cualificada para atisbar cómo será el mundo que nazca de las cenizas de la era Bush y de los vaivenes de la tormenta bursátil.
PREGUNTA.- ¿Es la crisis tan grave como parece?
RESPUESTA.- Es una cosa muy seria y desde luego no se ha acabado. Es la crisis más grave desde los años 70. En el caso de los bancos, desde 1931. Hasta ahora los bancos centrales y los gobiernos han logrado contenerla. No han resuelto el problema pero han impedido que entre en una espiral diabólica y han evitado un colapso total. Es lo que yo llamo la gran represión.
P.- ¿Qué quiere decir?
R.- Hasta ahora los gobiernos han mantenido a flote a los bancos a base de entrar en su accionariado y darles un crédito casi ilimitado. Sin embargo, eso no significa que éstos hayan vuelto a prestar dinero con entusiasmo. Al contrario. Siguen maniatados por su enorme nivel de deuda y no se fían unos de otros. Los bancos centrales han recortado los tipos, pero los intereses que aplican las entidades al prestarse dinero entre ellas son todavía muy altos.
P.- ¿Y cómo se puede lograr que se reanuden los créditos?
R.- El sistema está tan atascado que es difícil decirlo. Porque los bancos en este momento no necesitan prestar más sino prestar menos. Necesitan replegarse, no extender sus negocios.
P.- Una necesidad que llega con el mundo entero al borde de la recesión...
R.- Desde luego. Y si esto persiste, se creará un cuello de botella en el sistema que salpicará seriamente a la economía real. Ocurrió en Japón en los años 90 y está empezando a pasar lo mismo ahora.
P.- ¿Alguna receta?
R.- Hay tantos bancos en una posición débil que la respuesta lógica es una oleada de fusiones. Los grandes se comerán a los pequeños y el número de bancos se reducirá. Y está bien porque necesitamos bancos fuertes que puedan aprovechar las oportunidades para hacer dinero, que las hay. El problema, sin embargo, es que la economía real ha empezado a encoger, las empresas no logran préstamos, las personas pierden sus empleos y empieza a estar en camino una recesión que causará nuevos problemas financieros.
P.- O sea, que lo peor está por venir.
R.- Por supuesto. Aquí en el Reino Unido, por ejemplo. Se creen que Gordon Brown ha resuelto el problema. ¡Están locos! El Reino Unido está entrando en una recesión que será muy dolorosa. Básicamente porque es un país con un sector financiero enorme y que está endeudado hasta los dientes.
P.- ¿Qué podría suavizar las cosas?
R.- Habría que hacer lo mismo que se ha hecho hasta ahora pero mucho más rápido. Los bancos centrales deben ser tan agresivos como lo ha sido el Banco de Inglaterra [bajando los tipos el 1,5%] la semana pasada. Es muy probable que en todas partes los tipos de interés terminen muy cerca del cero.
P.- Como en Japón.
R.- Exacto. Y lo siguiente son los estímulos fiscales. Para que la gente lo entienda, básicamente arrojar dinero desde el cielo con helicópteros y rezar para que todo el mundo se lo gaste y no lo meta en el calcetín. Porque el gran miedo ahora es un escenario de deflación, en el que nadie consuma, los precios empiecen a bajar y la burbuja de la deuda pinche. En los próximos meses, los bancos centrales harán cosas que el año pasado nos habrían parecido increíbles.
P.- En su nuevo libro, usted analiza la historia de la economía mundial desde Mesopotamia hasta nuestros días. Esta crisis, ¿a qué otra le recuerda?
R.- Quiero pensar que el escenario más probable es el de la crisis de finales del siglo XIX. Fue una crisis liviana en la que hubo un frenazo pero en la que las economías siguieron creciendo.
P.- O sea, que descarta un escenario similar al de la Gran Depresión.
R.- Sí porque los gobiernos y los bancos centrales han aprendido al menos a no empeorar las cosas. Hay cosas que saben que no deben hacer, como subir los aranceles, cuadrar los presupuestos o dejar que los bancos quiebren...
P.- ¿A quién cabe endosarle la culpa de la crisis? ¿A las políticas de la izquierda o a las de la derecha?
R.- No se puede decir que tengamos izquierda y derecha. En todas partes los políticos convergen en el centro. El debate entre izquierda y derecha es hoy puramente técnico: hasta qué punto y en qué dirección cambiar el sistema con que se regula el capitalismo. Y hay al menos dos cosas en las que liberales y socialistas estarán de acuerdo. La primera, que los bancos estaban cortos de capital y habían contraído demasiadas deudas. La segunda, que los bancos centrales han gestionado la política monetaria con estrechez de miras, fijándose sólo en los precios de los productos, no en los de las acciones. Dicho esto, ninguna de esas dos cosas significa que estemos virando hacia el comunismo.
P.- Pues fuentes cercanas al presidente español, Zapatero, dicen que acude a la cumbre «para dar la batalla contra el neoliberalismo». ¿Qué le parece su actitud?
R.- Zapatero debe ir con cuidado. En América liberalismo es lo que defiende Barack Obama. La del libre mercado en EEUU se suele asociar más al conservadurismo o al neoconservadurismo. Pero dejando la terminología aparte, si Zapatero tiene sentido común, vendrá a Washington a luchar por la cooperación y la coordinación internacional. Esta crisis es demasiado seria para hacer politiqueo.
P.- ¿Han actuado los gobiernos en esta crisis demasiado tarde?
R.- Sin duda. Entre el inicio de la crisis en agosto de 2007 y su explosión en septiembre de 2008, ha habido un año en que los gobiernos han preferido mirar para otro lado.
P.- Como la orquesta del Titanic...
R.- Exacto. Aunque yo prefiero el símil del Coyote y el Correcaminos. Ese momento en el que el Coyote se queda suspendido en el aire sobre el precipicio durante unos segundos hasta que cae por su propio peso.
P.- ¿Qué cree que se debería haber hecho?
R.- Los gobiernos deberían haber acudido antes a China y a los países árabes y haberles animado a invertir en los bancos occidentales. El trato debería haber sido el siguiente: ustedes compran un 20 o un 30% de nuestras entidades y nosotros les garantizamos que las acciones no se desploman. Esa habría sido la solución ideal. Entre otras cosas porque no habría puesto en peligro el dinero de los contribuyentes. Por eso creo que al nacionalizar los bancos los estados tomaron la decisión correcta pero sólo después de que se le hubieran agotado todas las alternativas.
P.- ¿Erró Hank Paulson al dejar que quebrara Lehman Brothers?
R.- He aquí el asunto más polémico de la crisis. Todo el mundo cree hoy que dejar que quebrara Lehman fue un error porque las consecuencias han sido devastadoras. Yo creo que desde un punto de vista teórico era la decisión correcta. Digamos que era necesario que hubiera una víctima importante que hiciera a otros bancos recapacitar.
P.- Y no hubiera sido mejor dejar que quebrara Bear Stearns.
R.-. Pues sí. Básicamente porque era más pequeño y porque cayó antes.
P.- Pero lo rescataron.
R.- Es el problema de la inconsistencia de la política. Al no haber ninguna regla escrita, las autoridades van dando tumbos. Y en el caso del secretario del Tesoro estadounidense, Hank Paulson, hay un problema añadido: que hasta hace cuatro días fue consejero delegado de Goldman Sachs. ¡Es uno de ellos!
P.- De todos modos, no es una decisión fácil para los políticos.
R.- No. Al rescatar a los bancos se les ha acusado de fomentar conductas de riesgo. Pero si no los hubieran apuntalado, estaríamos en un escenario similar al de la crisis del 29. Al final, lo mejor es una decisión intermedia. Algo que evite el Apocalipsis pero a la vez reconduzca a las entidades por el buen camino.
P.- ¿Sufrirá España más o menos que otros países europeos?
R.- Más. El sufrimiento irá en proporción a la deuda de los hogares y al tamaño de la burbuja inmobiliaria y los dos altísimos en España. La buena noticia es que los bancos españoles están más saneados que los británicos y los suizos, pero su fuerte endeudamiento hace pensar que tendrán algunos problemas.
P.- Hay gente en la izquierda que dice que vuelve Marx. ¿Qué opina?
R.- Quien ve en esta crisis la oportunidad para resucitar a Marx es que no lo ha leído. Porque no hay una sola línea en sus libros sobre el sistema financiero internacional. Un asunto que, por cierto, él nunca terminó de entender. Por ejemplo, Marx dijo que a medida que avanzara el capitalismo el proletariado sería cada vez más grande y la pobreza cada vez mayor. Lo que ocurrió fue precisamente lo contrario. Lo que nació fue la clase media. Marx nunca entendió que los proletarios terminarían siendo consumidores y teniendo tarjetas de crédito.
P.- Hay otros que dicen que quien vuelve es John Maynard Keynes.
R.- La gente lo invoca cuando ve a los gobiernos incrementando el déficit y el gasto público, pero de nuevo es que no lo han leído. La tesis de su Teoría general es que cuando los recursos y el trabajo escasean, el Gobierno debe reactivar el crecimiento echando mano de las obras públicas. Pero ésa no es la situación actual. Lo que está haciendo el Estado emitiendo deuda pública para comprar acciones en los bancos en un proceso que a medio plazo tendrá un impacto en los tipos de interés y en los impuestos. Nada que ver con lo que proponía Keynes. El hombre del momento no es Keynes sino Friedman.
P.- ¿Y eso?
R.- El libro de cabecera de los gobiernos debería ser su Historia de la Depresión en EEUU. En él dice: «La clave para el estado de la economía es la salud de los bancos. Pase lo que pase, los gobiernos no deben dejar que quiebren».
P.- Pero Friedman es un liberal. Estaba por un escenario sin regulación.
R.- Era un monetarista. Creía en el libre mercado. Pero si hoy estuviera vivo estoy seguro de que diría que los mercados no pueden funcionar bien si no están regulados de una forma adecuada. Uno de los grandes errores de Alan Greenspan fue asumir que no era posible que fallara el mercado.
P.- Hay gente que dice que ésta es una crisis americana. Otros se la endosan a lo que llaman el capitalismo anglosajón. ¿Cómo lo ve usted?
R.- Es una crisis que se cocinó en América, pero que nadie se engañe. Si uno echa un vistazo a la Bolsa, en EEUU ha caído un 30%. En países emergentes como Brasil, Rusia, India o China, alrededor de un 60%. La vida es injusta. Puede que EEUU sea el responsable de la crisis, pero los inversores le ven aún como un lugar seguro y por eso va a capear el temporal mejor que la mayoría.
P.- Incluso mejor que Europa.
R.- Incluso mejor que Europa. Ya sabe lo que decía Churchill: «Dios cuida de los idiotas, de los borrachos y de Estados Unidos».
P.- ¿Qué espera de la cumbre de hoy?
R.- No demasiado. Se ha vendido como una especie de segundo Bretton Woods, pero Bretton Woods se construyó sobre dos pilares: control del capital y tipos fijos de cambio. Y ése es un escenario donde de ningún modo vamos a volver. Lo más que se puede esperar es un acuerdo internacional que dé la bendición a todo lo que se ha hecho hasta ahora.
P.- ¿Alguna propuesta?
R.- A medio plazo, sería bueno poner en pie un organismo como la Organización Mundial del Comercio pero que supervise las instituciones financieras de todo el mundo. Yo lo llamaría la Organización Financiera Mundial y su papel sería dar un toque de atención a los gobiernos cuyos bancos estén demasiados endeudados e incurran en prácticas peligrosas para la salud del sistema. Pero no creo que se cree nada parecido. Hay demasiada resistencia por parte de los estados.
«Obama no podrá cumplir la mayoría de sus promesas»
EEUU va a tener un presidente demócrata y un Congreso demócrata. ¿Tiene miedo a que reverdezca el proteccionismo?
- Es un tema que aparecerá a medida que llegue la recesión. El mayor problema que tiene Obama es su propio partido.
¿Por qué?
- Porque está lleno de gente que está deseando darle un escarmiento a Wall Street, abrir el grifo del gasto y volver a regular el mercado de trabajo. Pero Obama no debe ceder. EEUU está de por sí demasiado endeudado.
¿Va a poder cumplir Obama su promesa de Sanidad gratuita para todos los ciudadanos?
- Por supuesto que no. Ni ésa ni la mayoría. Tendrá que reescribirlas y adaptarse a la nueva situación.
¿Ve usted inexperto a Obama?
- Tengo el presentimiento de que en la política exterior no se siente como pez en el agua. Es una enfermedad propia de los demócratas. Casi siempre son elegidos con programas pacifistas y sus mandatos casi siempre terminan en guerras. Sucedió como Woodrow Wilson, con Franklin D. Roosevelt y con Carter. Y quién sabe si sucederá también con Barack Obama, que se hizo célebre precisamente por su oposición a la Guerra de Irak y cuyo mandato podría terminar de la misma manera.
¿En Rusia o en Irán?
- En Irán. Si los ayatolás siguen adelante con su programa nuclear, Obama se enfrentará a una elección muy difícil: guerra o negociación. Y los israelíes le presionarán sin descanso para que elija la primera opción.
¿A qué presidente le recuerda Obama?
- Espero que se parezca a Roosevelt. Un presidente pacificador, capaz de cambiar el tono de la política americana. Obama es una figura tremendamente inspiradora. Un hombre capaz de mantenerse en calma en cualquier debate. Hay gente que lo compara con Reagan pero no estoy de acuerdo. Obama es quizá la persona intelectualmente más sofisticada en la Casa Blanca desde la II Guerra Mundial aparte de Bill Clinton.
¿Y no le recuerda a JFK?
- No mucho. Kennedy es una figura que hemos mitificado. Fue mucho peor de lo que la gente cree. Era un producto de la maquinaria demócrata, cometió errores de bulto en política exterior, metió a EEUU en Vietnam y luchó mucho menos por los derechos civiles que Lyndon Johnson. A quien de verdad me recuerda Obama es a Nelson Mandela.
¿Cómo será la política exterior de Obama?
- No creo que cambie mucho con respecto a la del último Bush. Lo más importante que hará Obama será cerrar Guantánamo y renunciar públicamente a la tortura. Decirle al mundo que Estados Unidos predica con el ejemplo.
LA CUESTION
- Usted ha dicho recientemente que tiene miedo de que, por esquivar una crisis como la de los años 70, los gobiernos y los bancos centrales nos terminen abocando a una mucho más grave, del estilo de la de los años 30. ¿Qué quiere decir?
- En un escenario como éste, a los bancos centrales les toca elegir entre un escenario de inflación o uno de depresión económica. Creo que a estas alturas el temor a la inflación se ha disipado. Los precios del petróleo y de las materias primas no son los de hace unos meses. Por eso creo que el peligro que el mundo encara ahora se parece más al de la gran depresión de los años 30 que al de la crisis del petróleo de los 70. El peor horizonte es uno en el que la economía mundial esté 10 ó 15 años sin crecer, pero es poco probable porque nuestro mundo es muy diferente del de los años 30. Las economías están muy interconectadas, los mercados laborales muy liberalizados, hay un gran flujo de comercio y capital alrededor del mundo.
EL CORREO CATALAN
ARCADI ESPADA
El periodista que nació y murió con la Gran Guerra
Como sabes, e incluso maldices, tengo en mi biblioteca los cuatro volúmenes de crónicas que Gaziel escribió sobre la Gran Guerra, e incluso tengo su remate, el quinto, aquella delicia sobre la Conferencia de Génova que puso fin a la guerra y principio a la siguiente, titulado El ensueño de Europa. Los libros están muy viejos y se comportan como un milhojas de hojaldre. Pero de cuando en cuando vuelvo a ellos. Esta semana, por ejemplo, ya que nadie conmemoraba en España el 90º aniversario del fin de aquella guerra atroz. Respecto del conjunto de las crónicas disponemos de una novedad extraordinaria, que no sé si conocerás. Como sabes, las que se recogen en los libros acaban a finales de 1916, con El año de Verdún. Pero la frustración ya puede remediarse desde que el diario La Vanguardia ha abierto digitalmente su inmensa hemeroteca, que es una de las mejores del periodismo universal y donde paso horas absorto y enardecido como un niño en un parque de atracciones.
Allí, a un fácil y limpio clic, está la totalidad del trabajo de Gaziel, tal como se publicó y hasta el final de la guerra. Leyéndole en su propio periódico, al que sirvió y quiso con obsesiva tenacidad y que convirtió en el primer periódico moderno de España, no dejaba de pensar en la extravagante anécdota de que su nombre no pudiese imprimirse en el periódico durante muchos años, por causa de las disputas y traiciones de la guerra civil que lo enfrentaron con su editor, Carlos Godó, y a las que daría publicidad y venganza en la célebre Historia de La Vanguardia. Hay un interesante ejercicio a hacer aprovechando las funcionalidades casi mágicas de la timeline, ese cardiograma digital que registra la aparición de un nombre en el tiempo. Pon Gaziel entre 1887 y el día de hoy. Verás erguirse crecientes y orgullosas barras a partir de 1914 y hasta 1938. Y las verás despuntar de nuevo a partir de 1981. En medio un valle largo y profundo. Y entre 1938 y 1962 una sima abisal y muda. ¡Veinticuatro años sin que el nombre de Gaziel apareciese en las informaciones del periódico! Es simbólico que el honor de rescatarlo, el 19 de julio de 1962, le correspondiera a un redactor anónimo que en una anodina reseña musical daba cuenta de los asistentes a un acto sardanista en Sant Feliu de Guíxols, la tierra natal del escritor. Tal vez el hecho alentase al crítico Juan Ramón Masoliver, que el 17 de abril de 1963 nombró de nuevo al prohibido en una columna literaria.
Ya que estás en la hemeroteca no te vayas sin echarle un vistazo al artículo publicado el 10 de noviembre de 1918, un día antes del armisticio, aunque fechado en octubre. Gaziel narra su paseo de alta noche por un París en tinieblas, donde sólo cabe palpar los muros y seguir caminando como entre la muerte. Es un artículo soberbio, inquietante, apenas iluminado por los pequeños reflectores de bolsillo que llevan algunos caminantes prevenidos y cuya luz repentina se lanzan recíprocamente a los ojos al cruzarse, como la exigencia crucial de un santo y seña. Escribe Gaziel sobre aquel París: «Tierra y cielo son una sola oscuridad tenebrosa. Pero nuestro instinto nos guía seguramente, como por entre las encrucijadas de un laberinto de sueño. El silencio es tan profundo que oímos a intervalos el rumor subterráneo del metropolitano, rodando como un trueno apagado, o el silbido de un remolcador del Sena, diluido en la noche, como un grito lejano de alerta».
Gaziel advierte que ese París (¡ciudad de la luz!) es ininteligible. Pero la oscuridad que lo embebe rebasa la circunstancia de la capital de Francia. El paseo negro es una metáfora exacta de la Gran Guerra. Para comprenderlo hay que acudir a unas palabras encontradas en otro de los grandes libros sobre la tragedia, el escrito por Paul Fussell, La Gran Guerra y la memoria moderna. Allí está el párrafo memorable de John Keegan, un especialista en historia militar. Es largo, pero menos que una enciclopedia e igualmente nutritivo.
«La Primera Guerra Mundial es un misterio. Sus orígenes son misteriosos. Lo es también su desarrollo. ¿Por qué un continente próspero, en la cumbre del éxito como fuente y agente de poder y riquezas globales y en uno de sus mejores momentos intelectuales y culturales, quiso arriesgar todo lo que había conseguido para sí mismo y todo lo que había ofrecido al mundo en la lotería de un conflicto intestino, sanguinario y local? ¿Por qué cuando la esperanza de llevar el conflicto a una conclusión rápida y decisiva fue frustrada en todas partes a los pocos meses del estallido, las partes combatientes decidieron seguir con sus esfuerzos militares, movilizar para la guerra total y entregar a la totalidad de su juventud masculina a una carnicería mutua y esencialmente sin sentido?».
La prosa de Gaziel está tocada de una muy extraña melancolía, que es la clave decisiva de su encanto. Tenía 27 años cuando llegó a París para escribir su tesis doctoral. Se instaló en una pensión, donde oficiaba Madame Durieux, y allí le sorprendió el inesperado clarín de la guerra. Pronto empezó a enviar a La Vanguardia las primeras notas del que acabaría siendo su Diario de un estudiante en París. Si no hay error, la primera fue el 10 de septiembre de 1914: «¿Qué haremos hoy en París? Todos los domingos salíamos al campo, hacia los bosques centenarios de Montmorency, donde lloraba sus desdichas J. J. Rousseau, o hacia las alturas frondosas de Bellevue y Meudon que encierran el estudio luminoso y tranquilo del escultor Rodin. Pero a la caída de la tarde, sobre las brumas cenicientas del río, regresábamos siempre a la vieja ciudad, y hoy sólo parten de París los que ya no saben cuándo volverán a verlo». Durante toda su vida trataría de atrapar, sin mayor éxito, este domingo robado. El estallido acabó con su vocación filosófica y lo arrastró hacia el periodismo. Así se lo explicaba, al menos. Como para cualquier otro ciudadano de su época, la Gran Guerra sólo sería el primer escalón de sangre. Luego atravesaría la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Pero él supo siempre que la destrucción del mundo se había producido, para decirlo en términos escolares, con los asesinatos del archiduque y su esposa en Sarajevo. La melancolía está contenida en el párrafo del historiador Keegan. ¿Por qué un continente en la cumbre...? Yo mismo la he sentido muchas veces atravesando los campos de Francia y llegando al pie del sempiterno monumento que en los lugares más remotos recuerda la destrucción de aquella juventud. Casi un millón y medio de muertos: el 10% de la población masculina y activa de Francia. Ningún otro país sufrió más. Y la mejor manera de medirlo son las víctimas de la siguiente matanza, la de la Segunda Guerra, que no superaron los 600.000 franceses. En cualquiera de las aldeas de la campiña, descifrando los nombres y las fechas grabadas en la piedra y rodeado por el paraje que antes de la destrucción y el saqueo del 14 era un inmenso Giverny, pletórico de nymphéas, es inexorable preguntarse por aquella guerra que iba fabricando su sentido al ritmo del derrumbe de los cuerpos gaseados.
El hondo, el melancólico, el manqué Gaziel, identificaba el mundo anterior a Sarajevo con la facilidad de atravesar países, ¡e incluso patrias!, sin que nadie pidiera cuentas de los orígenes o los deseos. Una Europa sin visados muy distinta a la que sancionaría el Tratado de Versalles. Nuestra Europa se le parece. Está Schengen y la libre circulación de los hombres. Están los imperios, aunque menos visibles. Está el nacionalismo criminal. Y está el acecho permanente de la ausencia de sentido, el siniestro submarino de la Historia.
En realidad, sólo faltan Monet y Gaziel.
Sigue con salud.
A.
Etiquetas: Firmas




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