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lunes, 22 de septiembre de 2008

A FONDO: Economía: La izquierda ajusta las cuentas al capitalismo (Por Casimiro García-Abadillo)



A FONDO

La izquierda ajusta las cuentas al capitalismo

El hundimiento de Wall Street y las medidas adoptadas por el Tesoro norteamericano para tratar de salvar el maltrecho sector financiero han despertado en España un animado debate sobre el capitalismo.

Algunos liberales se han metido debajo de las piedras ante la avalancha de críticas lanzadas desde la izquierda e incluso desde la derecha recalcitrante. Cuando hasta el presidente de la patronal reclama un «paréntesis en la economía de libre mercado» es que algo grave está ocurriendo.

Al igual que un porcentaje importante de musulmanes vio con cierta simpatía el derrumbe de las Torres Gemelas, algunos intelectuales y políticos de la izquierda han observado con deleite la caída de Wall Street, corazón del sistema capitalista global. Nostalgia del marxismo.

¡Qué gran oportunidad para poder culpar a EEUU de los males que nos aquejan! (Zapatero). No hay nada como encontrar un gran malo para eludir las propias responsabilidades.

¿Qué subyace tras esas ansias de venganza?

En primer lugar, una razón moral, que tiene su raíz en nuestra cultura: la riqueza es intrínsecamente mala. «Antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos» (Evangelios, San Mateo).

 En segundo lugar, una cuestión política que tiene que ver con el origen de la crisis: Estados Unidos, el imperio. Nuestro enemigo en Cuba, la superpotencia que ignoró a España con su Plan Marshall (maestro Berlanga)... Complejos que se agudizan aún más si la Casa Blanca está habitada por un ultra como Bush. ¡Puaf!

En tercer lugar, y quizá aquí esté el aspecto más novedoso de este revival antiyanqui, hay un aspecto ideológico que tiene que ver con la solución adoptada para evitar el colapso financiero: ¡Los capitalistas socializan las pérdidas! ¡Piden la intervención del Estado cuando se hunden! «Liberalismo asimétrico», lo llamó ayer el presidente del Gobierno.

Desde luego, estas cosas no ocurren en Cuba ni en Corea del Norte. Es una lástima que ahora sí sucedan en Rusia. ¡Si Stalin levantara la cabeza!

Muchos olvidan que el odiado sistema capitalista ha permitido que España, por ejemplo, haya alcanzado niveles de riqueza desconocidos en su Historia.

Nadie en su sano juicio (fuera de los escasos países comunistas que aún existen) defiende hoy la supremacía de la economía planificada sobre el libre mercado para generar el bienestar de la mayoría de los ciudadanos. Ni siquiera se sustentan ya los modelos de economía mixta. La experiencia (fructífera durante algún tiempo) del modelo socialdemócrata en los países nórdicos y Alemania ha devenido también en rotundo fracaso.

¿Significa esto que el capitalismo sea un sistema perfecto? ¿Es el mercado, por sí sólo, el que mejor asigna los recursos en todo momento?

Recapitulemos. Hoy no existe un sistema liberal en estado puro. El Estado cumple un papel relevante en todas las economías occidentales. También en EEUU. El Presupuesto supone una parte muy importante del PIB. El sector público se hace cargo de una gran red de protección social (seguro de desempleo, pensiones, etcétera), costea la sanidad, la educación y las infraestructuras. Hay diferencias políticas sobre el papel que debe ejercer el Estado en la dinamización de la economía. Pero hoy por hoy nadie pone en duda que, en una sociedad avanzada, los impuestos deben servir para que el Estado garantice unos servicios mínimos en igualdad de condiciones para todos los ciudadanos.

Si observamos el ejemplo de España, vemos que en los últimos años no ha habido una reducción del papel del Estado, sino todo lo contrario. El desarrollo de la administración autonómica ha disparado el número de servicios, funcionarios y, por tanto, de gasto público en relación al PIB.

Por tanto, en puridad, no existe ningún Estado que funcione con un sistema completamente liberal.

El capitalismo, como todo el mundo sabe, es un sistema sometido a ciclos económicos. Siempre ha sido así. Lo que ocurre es que hay situaciones especialmente dramáticas de las que conviene sacar lecciones. Y lo que estamos viviendo estos días se corresponde con una de esas situaciones.

Todavía en época de Clinton, el entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, advirtió sobre los peligros de la «exuberancia financiera».

El estallido de la burbuja tecnológica en 2000 no hizo sino poner de manifiesto algunos de los vicios del sistema que ahora han aflorado con toda su virulencia.

La diferencia es que entonces el estallido sólo afectó a un sector de la economía y ahora afecta a su núcleo central. Si cae el sistema financiero, se derrumba todo el edificio sin remisión.

¿Recuerdan los casos de World-Com o Terra? Algunos se hicieron multimillonarios en unos días. Otros muchos perdieron todos sus ahorros en unas semanas.

¿Qué ocurrió después? Muy sencillo. Los bancos centrales decidieron llevar a cabo políticas expansivas bajando los tipos de interés a niveles desconocidos.

Durante bastante tiempo, en Japón, por ejemplo, se prestaba dinero sin cobrar intereses. En EEUU los tipos se recortaron hasta el 1% y en la UE navegamos cómodamente con créditos al 2%.

«Hay un exceso de liquidez», se decía. El dinero tenía que colocarse en algún sitio y los bancos de inversiones tenían que ganar dinero invirtiendo en renta variable, dado el escaso atractivo de los bonos del Tesoro.

Los ingenieros de las finanzas inventaron los derivados, reinventaron los bonos basura. Las hipotecas, que casi se regalaban, luego se empaquetaban para venderlas por todo el mundo como un producto financiero más.

Todo ese tinglado es el que ha estallado ahora violentamente.

La sofisticación del sistema alimenta sus propios vicios.

Los altos ejecutivos (elegidos por head hunters entre los mejores MBA del mundo) cobran sus astronómicos sueldos en función de los rendimientos que consiguen. Ese aliciente estimula la burbuja.

A nivel modesto, es algo similar a lo que ha ocurrido en el Banco de Granada. Los directores de cuatro de las 10 sucursales que tiene la entidad en Madrid dieron créditos a personas insolventes por un total de 30 millones de euros con el objetivo de recibir incentivos por el crecimiento de sus oficinas.

Imagínense ese fenómeno llevado a la máxima sofisticación por los niños prodigio de Wall Street.

A diferencia de la banca clásica, los bancos de inversiones están sometidos a una regulación muy laxa. Con escaso capital pueden mover cientos de miles de millones. El milagro del apalancamiento, en un entorno de dinero fácil, hace el resto.

Tres lecciones a aprender:

1. Un exceso de dinero produce una inflación de precios. Eso es lo que ocurrió con el mercado de la vivienda.

2. Una escasa regulación permitió a los bancos de inversiones crecer en su propia burbuja.

3. Los sistemas retributivos ligados a la revalorización de las acciones o a resultados tienen que estar supervisados para evitar que los ejecutivos sólo actúen en función de sus bonos.

Y una lección que nunca aprenderemos: la avaricia siempre rompe el saco.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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