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Lugar: Cantabria, Spain

miércoles 17 de septiembre de 2008

FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Pedro G. Cuartango, Martín Prieto, Erasmo, Raúl del Pozo, Arcadi Espada, Manuel Lagares



COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Lo material y lo moral

Pincha para oír en directo a Federico, o su último programa, a partir del lunes día 8 de septiembreHombre, por fin coinciden Zapatero y Cebrián: la culpa de la crisis financiera es de Bush. La recesión, pues, apenas durará dos meses. En noviembre, nuevo Presidente en los USA (y, en el mejor de los casos, nueva vicepresidenta); y gane quien gane, la esperanza acabará con la desconfianza y una miríada de leyes despejará el futuro. Acabará esta era de desregulación, desintervención y todas esas cosas que encocoran a los progres, aunque luego las persigan y consigan para su pecunio. Nada más ajeno a la ley que el asalto de Antena 3 de radio, entre otros negociazos del polanquismo con el PSOE o el PP -Guindos, el guindado, decía que la sentencia estaba cumplida sin haber devuelto una sola emisora- y en contra de la libre competencia y el Estado de Derecho. Y por regulaciones, no habrá sido. En España, como en toda Europa, no hay libertad de empresa en materia audiovisual, todo son concesiones y, casi siempre, corrupciones. Sólo hay algo aún peor que la televisión privada: la pública. Con la deuda y la ruina que arrastran las estatales y autonómicas comería un millón de pobres durante un año. Pero los políticos, con raras excepciones, antes les dejarán morir de hambre que renunciar al juguete propagandístico. Sobran regulaciones para encarecer el precio de los alimentos, del suelo y la vivienda, pero ahí están las ruinas de enormes empresas inmobiliarias y de la construcción. Y las que caerán. Otro ejemplo de la vieja fábula de la zorra al cuidado de las gallinas: en las cajas de ahorro, los partidos políticos y los sindicatos hacen lo que quieren. Ayer empezamos a ver el resultado de tanta intervención: una caja atrapada en la caída de Lehman Brothers. También caerán más.

Lo que ha hecho Bush el malo es continuar lo que hizo Clinton el golfo, que se limitó a agravar lo que hizo Bush el peor. Vamos, que si Reagan hubiera recobrado la memoria antes de morir, le habría parecido que su país había vuelto a la era de Carter, el preobamita. Cada vez estoy más convencido de que el gran fenómeno mundial tras la caída del Muro, que cayó por la corrupción interna y la cruel incompetencia comunista en la aherrojada vida cotidiana, es la extensión de la corrupción masiva a Occidente. El comunismo no era necesario, como dicen los progres, para garantizar el bienestar de los trabajadores. La prueba es que a sus trabajadores los mataba de hambre y, de quejarse, los fusilaba. Pero en la lucha anticomunista había, hay una fibra moral, de legitimidad y honradez que frenaba la natural tendencia humana a abusar del poder y a corromperse. Eso ha desaparecido en casi todo el mundo libre. En Europa, porque luchó poco por la libertad; y en los USA porque la élite financiera, mediática y política es de una sordidez y rapacidad que parecen europeas. Lo que nos falta no son más leyes; es más vergüenza.

BAJO EL VOLCAN
MARTIN PRIETO
¿Quién fue Franco?
Periódicamente se publican unos jocosos libritos con los errores de los escolares en sus exámenes. Preguntado un educando por quién fue Francisco Franco, respondió: «Un primo de Napoleón al que hizo la pelota para gobernar en España». Confundió los siglos pero algo debía de sonarle la maniobra de José I, y al menos le sonaba Napoleón. Probablemente suspendieron al futuro historiador, y habrá sido una injusticia porque el jovencito muestra un alto cociente intelectual dado que un cerebro bien ordenado debe saber recordar unas cosas y olvidar otras. Con la memoria histórica de la Guerra Civil estamos dando la batalla del abuelito a unos jóvenes que tienen felizmente mal encuadrados a Franco o a Azaña, que no saben quiénes fueron los generales Vicente Rojo o Yagüe, y que, yendo sólo un poco atrás, deben creer que Valeriano Weyler es una marca de sopa americana. Dado el furor con que nos estamos arrojando los osarios, estas lagunas más que incultura suponen salud mental.

En persona tan lista como la doctora Ochoa, hoy esposa de Norman Foster, creí advertir en una velada reticencias a que se la emparentara con el general López Ochoa, quien engañó a los mineros asturianos reteniendo la plaza de Oviedo para Franco, al que no soportaba. Los hijos de la carcundia son hoy ministros o altos cargos socialistas y, queriendo matar al padre como buenos freudianos, están desenterrando rencores civiles más perniciosos que la crisis económica. En las tertulias se escuchan atrocidades como que la Iglesia y la derecha no tienen compasión ni permiten devolver los muertos a sus deudos. E Ian Gibson, que no cejará hasta llevarse a Irlanda la calavera de Lorca, nos recuerda que las naciones entierran decentemente a sus muertos. La Guerra Civil no fue un genocidio, ni en 1939 había jurisprudencia al respecto, y quien busque a un familiar en una fosa común debe reclamar en los juzgados y recibir amparo, pero no podemos llevar a Franco y sus conmilitones al Tribunal Internacional de La Haya. Y si la Justicia no tiene medios para resolver los asuntos corrientes, imaginemos lo que sería abrir todas las zanjas de España y contar después cuántos asesinaron los rojos y cuántos los nacionales. El KGB ¿torturó y asesinó a Andreu Nin, secretario de Trotsky, en el chalé de Alcalá de Henares de Hidalgo de Cisneros, el jefe comunista de la aviación republicana, y su aristócrata esposa, también comunista, Constancia de la Mora?

Federico García Lorca está localizado en el barranco granadino de Viznar, pero la familia siempre se ha negado al desenterramiento para evitar el folclore político, la romería del Rocío, que supondría su sepelio civil. El hispanista Gibson está indignado porque le hurtan el objeto de su obsesión. Lorca está en paz y no hay desdoro en su sepultura junto a un maestro de escuela y un banderillero. No querrá que le remuevan, y que el viajero mire con piedad y perdón a su cuneta. Todos tenemos a alguien en la vereda o en las albardas de un camposanto. Son recordatorios de una tragedia que nos debe hermanar. Antonio Machado yace en Collioure como una simbología del exilio y sería vileza partidista repatriarlo. Los cementerios de Londres y París están florecidos de egregios españoles. ¿Y quién fue Franco? Vaya usted a saber.

ZOOM
ARCADI ESPADA
Muerte a crédito

La inteligencia actual está lejos de comprender las causas de las crisis económicas, al menos hasta el nivel necesario para evitarlas. Es adecuado hablar de seísmo: aunque un seísmo puede describirse es imposible de abortar. Hay demasiados elementos comprometidos en el desencadenamiento de la crisis. Y algunos pueden ser puramente inesperados, cisnes negros en el argot de Taleb. No puede decirse, sin embargo, que esta vez haya predominado lo imprevisible: hace años que el mundo señala la burbuja inmobiliaria. Pero, al igual que el seísmo, la crisis no ha podido evitarse. Que la inteligencia no dé con todas las explicaciones no quiere decir que sea inútil buscarlas. Y en encontrarlas, que no en buscarlas, hay quien destaca con poderosa luz propia. Por ejemplo, los que negando la responsabilidad de cualquier otro líder se aprestan a endosarle la crisis a Bush. Es decir, aquellos que en la política provincial privilegian la autonomía de la economía sobre la política y el carácter advenido, sobrenatural, de la crisis, no dudan en liquidar al sospechoso habitual. Por supuesto que el poder de Bush es algo superior al del presidente español, sobre todo si éste no se crece. Ahora bien, ¿lo es hasta el punto de hacerle responsable de lo que automáticamente se irresponsabiliza al conjunto de los líderes mundiales? ¿Bush, sí..., y no Merkel, Brown, Zapatero o Berlusconi? Hombre, hombre. Una variante colorista de ese pensamiento acomodado es la hipótesis del gángster. Una suerte de ambiciosos bandidos habrían provocado el caos con sus ofertas estafadoras. Déjese al margen la sonrojante evidencia de que, como explicaba ayer García-Abadillo, los hoy bandidos Lehman habían sido calificados (¡hace un año!) como «la entidad financiera más respetada del mundo»: desde el honoris causa de Mario Conde el vaivén ha dejado de impresionarme. Lo interesante son los cómplices de Lehman. Porque para endeudarse también hacen falta dos. Cierta benevolencia señala a los lehmans como depredadores mortales, en cuyas fauces habrían caído miles de incautos. Falso. Tanto los prestamistas como los prestados compartían una característica, esta sí mortal: la ilusión de vivir a crédito.

Esta moralizante explicación conviene, sin embargo, que se pinche y haga ¡Pop!, como el título del último libro de Daniel Gross. Allí se razona que la burbuja es imprescindible para la economía. La economía, que es decir, maldita e ilusionadamente, la propia vida entera.

(Coda: «Tome la burbuja inmobiliaria que ha estallado. A millones de personas les dolerá -y les dolerá mucho- según caigan los precios de los pisos y las hipotecas se encarezcan. Siempre es difícil ver lo bueno de las burbujas cuando hay quiebras. Levante la mano si, en 2001 y 2002, pensó que una compañía de búsqueda por internet y de anuncios por palabras valdría 146 billones de dólares en 2007. Pero las infraestructuras mentales y comerciales sobre el crédito inmobiliario permanecerán». Daniel Gross, Slate, 9 de mayo).

ERASMO
Palin
A M: moño de Hermana Gilda (by Vázquez, 1930-1995), Hermenegilda, Leovigilda, Sarahgilda, Pulgarcito en Alaska. Palin urbi et orbi, su humorada, cual Bob Hope. Diferencias: ¿una feliz ama de casa y un pitbull? The lipstick. Jaja. Onomatopeya pueril para esta Sarah, del iglú mental a la Georgia de Stalin. Y Obama (de McCain): pig with a lipstick (cerdo con carmín). ¿Filme? Y el mundo en sus manos


TIEMPO RECOBRADO
PEDRO G. CUARTANGO
¿Tenía razón Marx en sus profecías?

«La función de un banco de inversiones es colocar el dinero del cliente en cosas que no entiende», decía con ironía un alto ejecutivo de una de estas entidades.

Además de poco comprensibles, las actividades de los bancos de inversión han sido ruinosas a la vista de los problemas de Bear Stearns, Lehman Brothers y Merrill Lynch, tres de las cinco mayores firmas que operan en este negocio en EEUU y que han quebrado o han tenido que ser salvadas por otras entidades.

Los bancos de inversiones hacían exclusivamente tareas de intermediación financiera, por lo que no se habían visto atrapados en las anteriores crisis. Si ahora están en el ojo del huracán es porque han emitido títulos para respaldar unos activos inmobiliarios que en estos momentos no valen nada.

Los bancos de inversiones se han dedicado a especular con activos de alto riesgo en los últimos años, por ejemplo, colocando parte de sus fondos en mercados de futuros. La banca comercial también lo ha hecho.

Hace medio siglo, los mercados de capitales funcionaban para captar financiación para la industria. La banca prestaba dinero o buscaba capital para producir energía, bienes de equipo o artículos de consumo.

El sistema financiero se dedica ahora a utilizar el dinero para intentar ganar más dinero. Ello ha generado una gran proliferación de fondos y activos cuya rentabilidad depende de otros productos financieros, que a su vez están titulizados o colocados entre los inversores en una cadena sin final.

Hemos pasado de un capitalismo industrial, que impulsó un gran crecimiento económico en las décadas posteriores a 1945, a otro capitalismo financiero y especulativo, que mueve una cantidad desmesurada de capital.

El negocio de intercambio de divisas, por ejemplo, asciende cada día a más de un billón de euros en todo el mundo, una cifra equivalente al PIB español. Los mercados son como un monstruo de siete cabezas que nadie puede controlar porque sus dimensiones son enormes y sus centros de decisión no son identificables. Ese monstruo alimentado por la especulación ha provocado una crisis que se ha escapado de las manos a las instituciones internacionales como el FMI, a los Gobiernos y a los bancos centrales. La característica más sobresaliente de esta recesión es que nadie se hace responsable del desastre y todos culpan a los demás, como hace Zapatero.

El sistema funciona con una lógica perversa, basada en un afán de acumulación que le lleva a la propia autodestrucción. ¿Acaso Marx tenía razón?

TRIBUNA LIBRE
MANUEL LAGARES
Crisis americana, crisis global

Como es bien conocido, la crisis financiera que se inició en Estados Unidos ha tenido en estos últimos días un agravamiento dramático, debido a la entrada en concurso de acreedores de Lehman Brothers, a la precipitada venta de Merrill Lynch al Bank of America y a la delicada situación financiera de AIG, el primer grupo asegurador de ese país. Todo ello se ha unido a la venta hace unos meses de los bancos Bear Stearns e Indymac; a la intervención durante la pasada semana de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddy Mac y a la mala situación de otras varias entidades financieras de ámbito nacional o regional. Muchos, además, piensan que no serán éstas las últimas víctimas de la hecatombe y que, a la lista ya conocida, se sumarán pronto nombres de igual o mayor relieve que los anteriores. En tales circunstancias, Wall Street y los restantes mercados de capitales del mundo reflejaron el pasado lunes estos hechos con caídas en sus índices que en casi todos los casos han sido de más de un 4%.

Lehman Brothers había emitido instrumentos de crédito por más de 600.000 millones de dólares, que están esparcidos por todo el mundo y que casi nadie espera, pensando con optimismo, que se valoren por encima de un 60 o un 70% de su nominal, aparte de que tardarán en liquidarse al estar sometidos a un procedimiento concursal. Esos instrumentos, como todos los que tienen su origen en las hipotecas subprime, introducirán pérdidas cuantiosas en los balances de muchas empresas e instituciones financieras, pudiendo forzar a algunas de ellas a seguir el mismo camino del concurso de acreedores, lo que acrecentará la situación depresiva. Por su parte, el FMI ha tenido que reconocer que, en contra de sus previsiones de hace tan solo unos meses, lo peor no ha terminado aún de pasar.

No es de extrañar que, con ese panorama a la vista, el pánico y la desconfianza estén apoderándose de los mercados y que cada vez resulte más difícil evitar una auténtica estampida, que empeoraría aún más la situación actual. No puede descartarse, por tanto, un temible efecto dominó de gravísimas consecuencias para los sistemas financieros del mundo, quizás como nunca antes se había conocido desde la mítica crisis de 1929. Para evitar o atenuar ese efecto, la FED, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra, entre otros, han instrumentado una generosa lluvia de liquidez el mismo lunes pasado, para apuntalar sobre la marcha los mercados de capitales. Además, la Reserva Federal ha anunciado que está dispuesta a admitir una más amplia gama de activos como garantía de los préstamos que concede a los bancos, con lo que quizás de hecho se amplíe la posibilidad de endosar a la FED activos de menos calidad a cambio del ansiado dinero líquido. Y un grupo de importantes bancos han decidido constituir un fondo de 70.000 millones de dólares para hacer frente a las más inmediatas necesidades de liquidez de cualquiera de ellos.

Todas esas medidas pueden, sin duda, atenuar algunos de los daños que está generando la crisis, pero no todos ni mucho menos. En primer término, porque la crisis financiera tuvo su origen en la crisis del sector inmobiliario americano, ante la imposibilidad de unos deudores nada solventes para hacer frente a sus compromisos hipotecarios en cuanto subieron los tipos de interés y descendió el precio de las viviendas. El sector inmobiliario tardará en recuperarse en casi todo el mundo, pues son muy abundantes las viviendas no vendidas e, incluso, las que la crisis ha sorprendido en proceso de construcción, por lo que la crisis se alargará. En segundo lugar, porque la crisis financiera se ha traducido, como es lógico, en importantes dificultades crediticias para el resto de la economía, dificultades que han frenado los procesos de inversión y de consumo, han desacelerado la producción de todo tipo de bienes y servicios y han aumentado el paro, con la consiguiente reducción de la renta disponible de muchos ciudadanos. Estas consecuencias tardarán también bastante en superarse. Los daños de la crisis financiera a la economía real son, por tanto, cuantiosos, y sólo podrán superarse algún tiempo después de que finalice la propia crisis financiera.

Pero superar la crisis financiera posiblemente exija la adopción de otras muchas medidas. Quizás el mayor riesgo estribe ahora en la generación de alguna onda de pánico mundial que produzca una auténtica estampida en los mercados, como la que hemos tenido cercana en estos días y aún no debe darse por superada totalmente. Para alejar ese miedo a episodios que pongan en grave peligro el sistema financiero mundial, los acuerdos a que parecen haber llegado en estos días la FED, el BCE y algunos otros Bancos centrales para intervenir en los mercados y suministrar puntualmente liquidez deberían explicitarse y generalizarse de modo claro y bien visible. Los Gobiernos de los países más industrializados quizás deberían también extender esos acuerdos hasta un cierto nivel de solvencia de las entidades financieras. Es posible que una acción de ese tipo tuviese consecuencias negativas para el correcto funcionamiento de los mercados, al generar importantes riesgos morales, pues las entidades financieras podrían entender que sus aventuras crediticias estarían casi siempre respaldadas por las autoridades. Sin embargo, una regulación general y mucho más estricta de las conductas y actuaciones consideradas como delictivas y de las sanciones aplicables podría establecer límites estrechos a la asunción del referido riesgo moral. Teniendo en cuenta ese respaldo público a la solvencia y el papel absolutamente esencial que juega el sistema financiero en cualquier economía desarrollada, no tendría sentido poner objeciones a una más completa y estricta regulación de conductas y actuaciones gerenciales, que hasta ahora han dejado mucho que desear.

También entre esas medidas más de fondo quizás se termine imponiendo la idea de que los mercados globales exigen de un regulador también global, que normalice las reglas del juego; que vigile los nuevos productos que vayan apareciendo y el uso de los mismos sin impedir ni dificultar la innovación si no se comprueba su peligrosidad; que establezca criterios comunes de supervisión prudencial y que supervise a los supervisores nacionales e, incluso, que con el apoyo de los Bancos centrales, pueda constituirse en suministrador último de liquidez y solvencia al sistema. No sé si ese papel podría desempeñarlo un FMI muy reformado, pero es un papel necesario para el ordenado funcionamiento futuro de un sistema financiero global.

En el caso español, el Gobierno sigue opinando que no hay crisis, aunque ya ni todos los ministros lo opinan ni los que lo opinan lo hacen con tanta convicción como cuando perseguían antipatriotas por las esquinas. Es evidente que hay crisis y comienza a ser cada vez más evidente también que nuestra crisis es casi peor que la de otros por varios motivos. El primero, porque no tenemos subprime pero nuestros deudores hipotecarios -las familias españolas- soportan muy altos niveles de endeudamiento en relación a sus ingresos, lo que se está traduciendo en tasas de morosidad aceleradamente crecientes que ya golpean duramente a nuestras entidades financieras. El segundo, que nuestros bancos y cajas de ahorros están fuertemente endeudados con el exterior, consecuencia de nuestras abultadas necesidades de financiación externas de varios años, y tienen dificultades para conseguir la refinanciación de esa deuda, dificultades que empeorarán mucho más a raíz de los acontecimientos recientes aquí analizados. El tercero, que en los mercados y organismos internacionales se cuestiona seriamente el futuro de la economía española y sus posibilidades de crecimiento una vez desarbolado nuestro sector inmobiliario, limitada nuestra capacidad tecnológica y visto el escaso grado de formación y calidad de nuestra futura mano de obra. Por eso no es de extrañar que aumente el número de voces que, desde fuera, nos aconsejan interesadamente que abandonemos el euro para iniciar un nuevo proceso de crecimiento mediante una previa y auténtica almoneda del patrimonio nacional y del bienestar y de la renta de nuestros habitantes.

Ese interesado consejo constituye una auténtica atrocidad. No es ése, obviamente, el camino que tendríamos que emprender ahora. Pero el Gobierno debería darse cuenta de que para seguir otro camino bien distinto que, además, proporcionase el necesario acuerdo político para reforzar nuestra Constitución con algunas urgentes reformas, necesitaría de más fuerza de la que dispone. Por eso, quizás debiera recordar mejor las acciones que llevamos a término hace tres décadas. Entonces fuimos ejemplo para el mundo y abrimos la puerta a décadas de prosperidad como nunca habíamos conocido. Ahora deberíamos intentarlo de nuevo.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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