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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

miércoles, 20 de agosto de 2008

FIRMAS: Pedro G. Cuartango, Arcadi Espada, Erasmo, Ignacio García de Leaniz Caprile, Quico Alsedo



TIEMPO RECOBRADO
PEDRO G. CUARTANGO
Islas del Egeo

Nuestra memoria es como un gran armario sin fondo en el que guardamos el pasado. Pero la memoria almacena también momentos de nuestro futuro, imágenes que prefiguran algo que no existe pero que está destinado a materializarse.

Siempre había soñado con viajar a las islas griegas del Egeo, y este verano he podido cumplir el deseo que ya estaba en lo más profundo desde que leí en la época de la adolescencia la peripecia de Ulises tras la caída de Troya.

Aunque muchas veces la realidad produce una gran decepción al confrontarse con lo imaginado, en el caso de las islas del Egeo me ha sucedido lo contrario: todo lo que iba viendo se ajustaba a lo que yo había soñado. La realidad superaba la ficción y la enriquecía con imprevistos matices.

Así me sucedió cuando desembarqué en Santorini, a mi juicio la más bella de las islas del Egeo. Santorini es una gran roca volcánica, colgada sobre un mar de intenso color azul, cuyas blancas casas parecen desde la lejanía nieve en la cumbre de una montaña.

La costa es tan escarpada que se debe subir a Fira, la capital, mediante un funicular que produce vértigo. Pero hay que desplazarse a Ia para ver esas maravillosas iglesias ortodoxas coronadas por una cúpula azul.

El tiempo se ha detenido en Santorini, al igual que en Rodas, donde se conserva una impresionante fortaleza construida por los caballeros cristianos tras su derrota en las Cruzadas.

Los turcos dejaron también sus huellas en Rodas, que tiene decadentes mezquitas cerradas que sobreviven junto a templos cristianos, con olor a incienso e iconos dorados. Los viejos sacerdotes salmodian en su interior el rito adormecido de los libros sagrados.

El paraíso de las iglesias ortodoxas es Mykonos, donde en una pequeña callejuela hay abiertos tres templos que apenas superan el tamaño de una habitación. La isla está repleta de casas blancas y empedrados caminos que se asoman al mar y que invitan al viajero a tomar un trago de ouzo y quedarse para siempre.

Las islas del Egeo, tal vez por la indolencia de sus gentes, han tenido la suerte de escapar del progreso y se han salvado de la devastadora ambición humana. Siguen ancladas en ese homérico pasado remoto en el que Ulises vagaba en busca de su añorada Penélope.

Nosotros también nos sentimos como Ulises al escuchar el chapoteo de la quilla de las naves contra el agua y al abrir los ojos ante ese incomparable lienzo azul del Egeo. Siempre nos quedarán las islas griegas.

ZOOM
ARCADI ESPADA
Pecadillos

Entre las ceremonias políticas más humillantes de los últimos años habrá estado este encuentro de los candidatos McCain y Obama con el pastor de almas Rick Warren. Al parecer es tradición electoral; pero es la primera vez que asisto, aunque haya sido por la delegación del periódico, a un espectáculo tan infamante. A pocas semanas del comienzo oficial de la campaña electoral los candidatos se reunieron con el pastor y su público, en un estadio (otros le llaman iglesia) de Lake Forest, al sur de California, a fin de confesar sus arrepentimientos. McCain se afligió con el hecho de que no pudo salvar su primer matrimonio. Obama tomó alcohol y drogas en su juventud, y lo dijo. ¡Se atrevió! La interpretación de su conducta rozó la cursilería más odiosa: "Fui muy egoísta", parece que dijo sin mover un músculo. Los pecados elegidos estaban perfectamente diseñados. ¿Qué tipo de derechas no perdona un divorcio? ¡Y sobre todo un divorcio confesado como un fracaso! Lo perdonan los divorciados y los que no, es decir, la mitad de la población. En cuanto a la confesión de Obama, tres cuartos de lo mismo: complace por igual a los que toman drogas («¡ajajá era como somos -y seremos- nosotros») y a los que han dejado de hacerlo («ya me gustaría a mí tener su valor y su sinceridad»), circunstancias que asimismo dividen a la Humanidad en dos mitades.

La ceremonia resulta insólita para los gustos políticos, morales y electorales de la vieja Europa, pero sería un error detenerse en ese carácter pintoresco y solventar el problema aludiendo a la peculiaridad americana. ¡Sólo faltaría que la condena del relativismo cultural sirviera para los clítoris gambianos y no para los cilicios de McCain y Obama! La de la otra noche en California es una práctica aberrante y vergonzosa, impropia de una sociedad abierta. Habríamos levantado un considerable castillo de fuegos artificiales si los candidatos a suceder al pedestre Ahmadineyad hubiesen aparecido en un auditorio de Teherán obligados a confesar sus pecados. Y por cierto: esta imposibilidad tácita de los políticos americanos de aspirar a cargos de importancia si se declaran ateos se observa en general con inaudita benevolencia. Porque no es más que un rasgo teocrático que debe ser denunciado y combatido con la misma energía que se utiliza para los excesos tóxicos del Islam.

Queda la posibilidad de interpretar la conducta de los candidatos aludiendo al carácter de espectáculo que inevitablemente adquiere cualquier actividad en América. La religión, y la confesión, no pueden estar al margen, se dice. A mí me complace esa hermenéutica, porque tratándose la religión, y la confesión, de una excrecencia sumamente privada, esta exhibición sitúa a sus practicantes en el ámbito puro y duro de la pornografía.

(Coda: «...aquellos que tienen la influencia, el conocimiento y la responsabilidad de ayudar a la nación a protegerse de aquellos que traicionarían nuestra democracia en busca de sus objetivos religiosos. Daniel Dennett, Rompiendo el hechizo».)

TRIBUNA LIBRE
IGNACIO GARCIA DE LEANIZ CAPRILE
No supimos qué hacer con él

El autor lamenta que no se haya reconocido toda la valía de Solzhenitsin, un escritor al que reivindica más allá de su capacidad para denunciar la cruda realidad del comunismo

IGNACIO GARCIA DE LEANIZ CAPRILE

Apenas su mujer -Lya-, sus hijos -Yermolai, Ignat y Stephan- y un círculo cada vez más reducido de amigos -muerto ya Rostropovich- preparaban para este diciembre su 90º cumpleaños. Lo iban a celebrar en su dacha de Troise-Lykovo, al oeste de Moscú, situada irónicamente entre las que ocuparon en tiempos más siniestros los camaradas Suslov y Chernenko, a quienes derrotaría con esa su pluma tan verdadera y de una determinación sobrehumana. Para el resto del mundo, hacía mucho que Solzhenitsin no vivía entre nosotros y lo habíamos metido en el desván de la Historia como una armadura ya vetusta, gloriosa en tiempos pero inservible para el siglo. Por eso, entre unos y otros andábamos sin saber muy bien qué hacer con él tras agradecerle, faltaría más, los servicios prestados, que eran muchos y ciertamente impagables. Y así, entre su silencio elocuente de los últimos años -él, que había sido con Primo Levi el gran vozarrón de este siglo XX que va del Lager al Gulag- y las sordinas que le veníamos aplicando, podíamos vivir sin sus palabras tan lacerantes.

Pero ahora la muerte nos obliga a volver la vista a su rostro estepario, incómodo como el de la Esfinge, y sostener su mirada vertida en unas obras que mucho nos cuestionan. Y es que odiaba tanto el totalitarismo de la Unión Soviética como denostaba el materialismo que asola Occidente y amenaza con el colapso de nuestra civilización: Solzhenitsin se encontraba exiliado del mundo. No por casualidad terminaba en 1971 su texto escrito para el Nobel con este proverbio ruso: «Una palabra de verdad pesa más que el mundo». En efecto, bastó un hombre como él, arropado por la sangre y el sufrimiento de millones de víctimas, y un libro aparecido clandestinamente en París para que se desplomaran al poco las murallas de la Unión Soviética, más livianas que su J'accuse demoledor. Tanto fue así que en un futuro los historiadores fijarán el comienzo del fin de la URSS no en la caída del Muro sino más bien en ese diciembre de 1973 donde los relatos de su Archipiélago Gulag abrieron a los ojos de Occidente -no a todos- la trágica realidad de aquella impostura o «gran isla de mentiras» que era ese inmenso piélago.

Pero ya mucho antes, en 1962, había acaecido un suceso difícilmente explicable cuanto más se medita: Tvardovsky, el providencial editor de Novy Mir, había hecho llegar a Krushev el manuscrito de Un día en la vida de Iván Denisovich que Solzhenitsin había redactado en apenas 40 días, dos años antes. Y un personaje tan enigmático como Krushev, tras leerlo desvelado de un tirón, ordenó su publicación íntegra y que 23 copias fueran distribuidas inmediatamente entre los miembros del Politburó.

Pocas veces, si alguna, un libro pudo tener mayor impacto político en el mundo tanto soviético como occidental, mayor incluso que Archipiélago. Los sillares del estalinismo quedarían ya irreparables por esa jornada de calvario de Denisovich, que compendiaba el descensus ad inferos del propio Solzhenitsin por los campos de Butyrki, Novi Ierusalim, Marfino y Ekibastuz. El Iván Denisovich vino así a convertirse para el estalinismo en el juicio de Nuremberg que nunca tuvo y en el que Solzhenitsin haría la veces de fiscal, juez y víctima, como víctimas fueron aquellos héroes morales -tan decisivos para su itinerario espiritual- como Boris Gammerov, muerto a los 21 años, o Boris Kornfeld, cuyas últimas e impresionantes palabras fueron dirigidas al propio Solzhenitsin la noche antes de ser salvajemente asesinado. Era muy cierto que una palabra de verdad podía pesar más que el mundo.

Claro que tales osadías le costaron abandonar forzosamente su querida Rusia emprendiendo otro largo exilio y aparecer repentinamente con su grave voz y su verdad insobornable en este Occidente nuestro. Y, a qué engañarse, en esta Europa ilustrada y de la Ostpolitik no supimos muy bien qué hacer con un profeta tal, venido del frío, apasionado como Tolstoi y espiritual como Dostoiesvki. Entre nosotros, la intelligentsia de izquierdas -siempre tan dada a liberalidades- no le perdonó su visita a España en 1976 y Benet, erigido en gran pope, se lamentaba textualmente en el número de Cuadernos para el diálogo de marzo de ese mismo año de que «los campos de concentración no estuvieran mejor custodiados» y que «las autoridades soviéticas no se sacudieran mejor semejante peste».

Todo muy dialogante a lo que se ve y que explica muchas connivencias muy siniestras y en qué manos estábamos y cómo se las gastaban. Al final convinimos entre todos en buscarle refugio en la remota aldea de Cavendish, en los bosques de Vermont, con la esperanza de que, Atlántico por medio, no hiciera mucho ruido y que Estados Unidos se hiciera cargo de tal engorro. Pero desde allí, y en sus viajes europeos, continuó escribiendo y hablando urbi et orbi, diciendo verdades bien incordiantes, no sólo sobre la Unión Soviética sino también sobre este Occidente que empezaba a conocer a fondo. Solzhenitsin, como antes Casandra, había dejado ya de importarnos.

Mientras, él comprobaba perplejo que la adoración por la técnica -tecnolatría la denominó muy acertadamente- no era una mera patología soviética, sino que empapaba toda nuestra sociedad occidental bajo el mito del progreso perpetuo, sin quedar resquicio para la vida del espíritu y mucho menos para Dios. Y así, este ethos [modo de ser] nuestro languidecía bajo otros dos males que sin acudir a Heidegger veía igualmente en nuestro tiempo: la prisa y el ruido. Por eso se preguntaba melancólicamente desde su ensimismamiento: «¿Cómo proteger el derecho de nuestros oídos al silencio y el de nuestros ojos a la visión interior?». No encontró otra respuesta que propugnar que un redescubrimiento del hombre y la naturaleza en línea con lo que su amigo el economista Schumacher -converso como él- esbozaba esos mismos años en Lo pequeño es hermoso: o acudíamos a la vieja virtud de la frónesis [sabiduría práctica] e introducíamos la noción de respeto hacia nuestro entorno o realmente la humanidad iba a verse en una encrucijada fatal. Para que no nos aguara la fiesta, no le hicimos ni aquí ni en Moscú el menor caso y Solzhenitsin se calló: estaba ya de un tiempo a esta parte en aquellas regiones que Rilke daba en llamar «la alta mar del espíritu», en soledad amena.

Pero, aun con todo, no nos será fácil soslayar la mirada de este gigante de ultimidades y honduras muy serias vertidas en libros capaces de derribar regímenes y remover corazones. Como si sus páginas nos susurraran y dieran aviso de un Deus possibilis más allá de la gran riada del Gulag y de la enfermedad del espíritu que ahoga a Occidente, sin cuya lectura nuestra alma quedaría mutilada y el mundo más incomprensible. Tal vez por todo eso al despedir sus restos nos vengan aquellas exactas palabras que Shakespeare hizo decir a Antonio en otro tiempo y lugar: «Tan excelente fue su vida y coincidieron en él tantas virtudes que la Naturaleza bien puede proclamar al mundo entero: 'Este era un hombre'». Uno no encuentra epitafio mejor para el hombre que fue Solzhenitsin.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Factor Humano en la Empresa.

ERASMO
V/ Kirchner
Su empty blablablá, patochadas vacías (calidad institucional, etecé). Ahora su superpelotazo: un 4.800% de beneficio. Ya se entiende: periodistas que le gustan, los fotógrafos. No hacen preguntas. Dice. Cual el alto cargo español: «no hemos venido (rueda de Prensa) a satisfacer la curiosidad de la Prensa»: sic. Tal mujer que deambula entre el totalitarismo y la banana (republic: absténganse mal- pensados, Kirchner, et al) y

En camisa de once varas / Joaquín Reyes
«La Mancha pedirá la secesión y Bono será nuestro Milosevic»

Se subió un día a un escenario y, de dibujante anónimo, pasó a cómico de cabecera de cierta burguesía urbana, internáutica y 'gafapastil'. Aunque él, como todo en 'Muchachada nui', se lo toma a coña. Su arma, sazonar la gran ciudad con su humor manchego y pedestre

QUICO ALSEDO

¿Por qué lo llaman posthumor «cuando quieren decir pedos»? Joaquín Reyes (Albacete, 1973) se lo pregunta en su muy fashion oficina de la plaza de Santa Ana, en Madrid, durante un receso de sus mil y un trabajos: Camera café, Muchachada nui, sus dibujos... En fin, que mucha modernez, «pero al final...». Sin bromas: para Reyes, a juzgar por su cara, el humor es una cosa muy seria.
P.- Alguien me ha dicho que es usted un seriote.
R.- Ah, pues sí. Hablo de gente vieja y de cosas rusas [muy serio]. No, lo que pasa es que todo el mundo espera que estés en personaje todo el día. Y me considero un cachondo, pero...
P.- ...pero no un mono de feria.
R.- El éxito de Muchachada nui es relativo, éxito es lo de Tom Cruise.
P.- ¿Se ha dado cuenta de que el verano llena la calle de muchachas y muchachos semidesnudos?
R.- Hombre, es fantástico, sexo al paso, flashes picantes. Ahora, hay que contenerse, no te puedes dejar llevar: ñam, ñam [media mueca].
P.- Su público es peterpanista y...
R.- Peterpanesco.
P.- Eso, que no quiere crecer, pero usted está casado y tiene dos hijos.
R.- Es que hay que asumir responsabilidades. El carpe diem en realidad es una mierda, lo que hay que hacer es fundar una familia. La juventud está sobrevalorada.
P.- El humor de pedorretas, ¿huele mal o a futuro?
R.- Un pedo es gracioso siempre, en 3050 se reirán con los pedos. Nosotros usamos el humor escatológico, lo equilibramos con bromas más elevadas, pero usamos a Björk para poder hablar de pedos.
P.- O sea, que de posthumor nada, que lo suyo es viejuno.
R.- Sí, no tenemos prejuicios con respecto al humor. Una caída, el payaso listo y el tonto... Eso siempre hará gracia. Es así.
P.- O sea, que lo de humor inteligente define más al público.
R.- Correcto. Unas cosas tienen más niveles de lectura que otras. Etiquetas, ya sabes cómo funcionan. Nos comparan con Monty Python, pero ¡nosotros copiamos a Monty Python!
P.- Usted estudió Bellas Artes. ¿El humor escatológico es una de ellas?
R.- Mazzoni enlataba su caca y decía: «La mierda del artista». El humor se supone que devalúa el arte.
P.- Los toman a chirigota.
R.- A los actores de comedia, siempre. Y nosotros somos bufones.
P.- Usted, ¿hasta cuándo va a vivir del humor chotuno?
R.- [Ríe con ganas] Chotuno, ¿eh? Ya duro más de lo que esperaba. Cada día pienso que va a llegar alguien a la tele y va a decir: «¿Qué hacen éstos aquí? ¡Fuera!». Cuando pase, que pasará, volveré a dibujar.
P.- ¿Su mancheguismo militante le ha impedido parodiar a Almodóvar?
R.- Nooo, eso está planteado. Ahora quiero a Luis Aragonés, estaba increíble en la cámara superlenta de la Eurocopa [hace 15 segundos de parodia, como si se quedara desdentado de golpe]. ¡Un hombre mayor en chándal y gritando!
P.- ...Que además rió el último.
R.- ¡Las hostias que le dio todo el mundo! Que si no sabía nada, que estaba chocho, que si iba en chándal...
P.- Cambio de tercio: ¿McGyver es el Aquiles de su generación?
R.- La tele es nuestro referente, por supuesto: El equipo A, El coche fantástico...
P.- Y El coche fantástico, ¿sería La Odisea?
R-- Ya, hombre, pero sin intención de trascender... Cómo me la has colado ahí, cabroncete. Todos los capítulos de estas series eran iguales. Se ha escrito un crimen... Eran como la tortura de la gota. En el caso de El equipo A, el plan siempre era el mismo: disfraces, contratación, pierden, luego ganan y coches volcando.
P.- Y Angela Lansbury, un poco Madame Bovary, ¿no?
R.- No sé si sabes que corría por ahí el bulo de que en un capítulo se descubría finalmente que ¡era ella la que cometía los asesinatos!
P.- ¿La propia Jessica?
R.- Claro, ¡si es que donde iba había un muerto! ¿Quién invitaba a la boda a la tía Angela? Tú sabías que si venía la tía, iba a morir alguien. Por cierto que era escritora y jamás salía escribiendo, pero bueno...
P.- Tanto vocabulario manchego, ¿está alimentando usted un nacionalismo manchego? ¿Posible Carod-Rovira mesetario?
R.- Sí, la intención es ubicar a La Mancha en el mapa y pedir la secesión, negociar de tú a tu con el Gobierno [cara de loco]. Lo planeamos a largo plazo. Seremos temibles.
P.- ¿Prefiere el papel de Arzalluz o el de Ibarretxe?
R.- Arzalluz, sí, esa beligerancia... [más loco]. Nuestra intención es conquistar Murcia para llegar al mar guiados por Bono, nuestro pequeño Milosevic manchego. El está ahora mismo preparando...
P.- De durmiente.
R.- Sí, es el gigante dormido. Bueno, pero luego pon eso de risas, eh? [risas, casi las primeras]. No, el acento manchego casi no se ha utilizado en el humor. Si acaso José Mota, de Cruz y Raya, pero no de forma tan cansina como nosotros.
P.- ¿Queremos huir de la ciudad subidos a su humor de motocultor?
R.- España sigue teniendo alma campesina. Ahí está Pajares, España sigue siendo muy rural.
P.- ¿Contribuiría a la rehabilitación de Pajares? Con dinero, pregunto.
R.- Da pena la decadencia de estos cómicos, toda una generación. Ganaron mucha pasta, se corrieron muchas juergas, pero no tenían plan b.
P.- Cinco euritos le pido.
R.- Fíjate en Nadiuska, y otra gente del destape. Y eran cómicos muy buenos... Vamos a ver, lo que hacían era... Era una mierda, no todo, pero mucho sí. Pagaría por Pajares, sí.
P.- Hoy ya sólo lleva bigote Aznar.
R.- Y ni él: empezó a quitárselo en la segunda legislatura, de un 10% en un 10%. Qué pelazo tiene: atornasolado, bellísimo, ni una mala cana. Fíjate cómo llegó al Congreso del PP, que parecía un Briatore de la meseta. ¡Si en el primer debate con Felipe estaba mucho más viejo que ahora!
P.- Dicen que se ríen ustedes de las hablas de los pueblos. Defiéndase.
R.- ¡Qué va, si están encantados! Y no hay burla porque no nos situamos por encima, nada se ridiculiza. No somos finolis.
P.- ¿Naranjito traumatizó a toda una generación de españoles?
R.- Era una mascota terrible que triunfó junto a Clementina. Mira a Cobi, triste y solo, completamente demodé. Mariscal se supone que es moderno, pero en realidad Naranjito está muy por encima de él.
P.- ¿Pero no había algo turbio en su sexualidad?
R.- No en Naranjito, pero sí en Epi y Blas. Y, bueno, en Don Pimpón.
P.- ¿Don Pimpón?
R.- Sí. Primero, ¿qué era? Porque tenía rasgos humanoides, pero luego... Y estaba rodeado de niños todo el rato. Sospechoso.
P.- Y muy velludo.
R.- A Naranjito lo veo más neutro. Más ni frío ni calor. Un poco como Antonio Gala, que es un andaluz de pega: es manchego, no de Córdoba.
P.- ¿Internet ya ha matado a la estrella de la tele?
R.- Sí al status quo. Va a cambiar el negocio, desde luego.
P.- Añoranzas. ¿Le empieza a faltar charanga y pandereta a España?
R.- Na, hombre, lo moderno le viene bien. Pero no podemos hacernos los finolis, porque somos rurales como las amapolas.
P.- ¿Las gafas de pasta son indispensable atributo de la modernidad?
R.- Pues sí... Yo no aguanto a los gafapasta [ríe tras sus gafas de pasta]. Tiene razón: se nos suponen cualidades, te hacen ser guay... Pero hay mucho gafapasta intruso: ¡las llevan hasta las marujas en los mercados!
P.- ¿Qué es el humor indie?
R.- ¡El término me horripila, es cursi! Cine indie también me mata, aunque... Es casi el único que veo.
P.- Y ahora, por favor, haga las paces con Dragó, a quien ha parodiado cruelmente y que suele colaborar en este periódico.
R.- Pero ¡claro! Con él me unen demasiadas cosas: las drogas, el sexo tántrico... ¡Más que con Elsa Pataky!

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