FIRMAS: Pedro G. Cuartango, Arcadi Espada, Erasmo, Andre Glucksmann/Bernard-Henri Levy

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ARCADI ESPADA
Tirones y desgarros
No oigo a los militantes (o incluso algún simpatizante, si queda, del Partido Popular) desgarrarse al grito de «¡España se rompe!». Ocasión única en pleno verano de ganar las portadas de los periódicos, que bien se sabe se venden al por mayor y al por desgarro. Las noticias son en verdad alarmantes, y justificarían cualquier pasión. Alicia Sánchez-Camacho, la portavoz catalana del partido, se ha solidarizado con el consejero Castells (famoso por su dique: «Hay que poner límites a la solidaridad») y ha declarado que Cataluña necesita más dinero. En Valencia, el presidente Camps ha apoyado la propuesta. Y no sólo eso. Ha dicho que Valencia necesita más dinero. Se esperan nuevos tirones en los próximos días. ¿Quién dijo que el Partido Popular no tenía una política de financiación autonómica? ¡Esta es la política! La política del Partido Popular y la política del Partido Socialista: tonto el último. Sea el diagnóstico por renta, por población, por insularidad, por deuda histórica o por número de bellotas, tonto el último.
Sin embargo, aún hay diferencias. El Partido Socialista, en un admirable ejercicio de honradez, hace tiempo que ha abandonado el doble lenguaje, lo que siendo raro en un socialdemócrata no puede dejar de subrayarse. En todas y cada una de sus actitudes ya se muestra como un partido cabalmente nacionalista. Sus caciques discuten acerva y abiertamente en los periódicos, y en el entusiásticamente llamado Comité Federal, y saben que la única razón de seguir haciéndolo, juntos y en el mismo ámbito, no es ideológica ni moral, ni sentimental, por supuesto, sino lógicamente vinculada con el comercio. De vez en cuando surge de sus filas alguna reconvención espiritual, que suele darla desde algún lugar enfangado, donde el nacionalismo es un lujo, la enjuta hermana Mtfdlvg. Pero es apenas una melancolía. Caso muy distinto es el del Partido Popular, cuya renovación avanza, pero lenta. Porque si bien es cierto que su comportamiento concreto y detallado (véanse los estatutos de Andalucía y Valencia, y su actitud ante las renovadas políticas lingüísticas de Baleares y Galicia) es ya el de un partido plenamente integrado en la premodernidad nacionalista, aún conserva algunos resabios hipocritones como el de la adhesión institucional y urgente al Manifiesto de la Lengua Común (adhesión, desde luego, que nunca pasó de institucional y urgente) o las esporádicas alarmas (cada vez más esporádicas) sobre la centrifugación de las que antaño fueron preocupaciones españolas.
Es hora pues de que el Partido Popular culmine su renovación. España necesita partidos nacionalistas fuertes.
(Coda: «El nacionalismo es la ley de los pueblos modernos». Maurice Barrès, citado en La patria lejana, de Juan Pablo Fusi.)
TIEMPO RECOBRADOPEDRO G. CUARTANGO
Los acantilados de Belle-île
Muchos hemos sentido la necesidad de alejarnos de la agobiante rutina cotidiana y perdernos en algún rincón solitario, donde podamos encontrarnos con nuestros sentimientos más íntimos. Aunque sea sólo unos minutos al día, el ser humano experimenta la tentación de la soledad.
Hay diversas maneras de evadirse del entorno. Mi favorita es marcharme a una isla, algo que no siempre es posible. Estuve un verano con una bruja en Belle-île, en la Bretaña francesa, hace más de 25 años.
Se accede a Belle-île en un transbordador que parte del pueblo de Quiberon, situado a unos 15 kilómetros de la isla bretona. Esta tiene unos 12 kilómetros de longitud por tres de anchura. En el centro hay un impresionante faro de casi 40 metros de altura desde el que se pueden ver los acantilados de la costa oeste, que son probablemente los más bellos de Francia, como bien expresa el nombre del lugar.
Por la tarde de aquel inolvidable verano acudía a contemplar el espectáculo de un furioso mar contra las rocas, cuyo color iba cambiando imperceptiblemente a medida que el sol -transmutado en una gran naranja roja- se ponía por el horizonte. El paisaje ilustraba aquellas memorables variaciones de Monet sobre la luz en la cercana costa de Normandía.
La fuerza del océano había horadado la piedra, creando un gran arco natural bajo el que pasaba el agua hacia una pequeña ensenada. Cuando los últimos rayos de luz iluminaban la escena, me venían a la memoria aquellos versos de Rimbaud que evocan la eternidad como «la mar aliada con el sol». Me pasaba las horas aletargado con el chapoteo del agua contra las rocas y el penetrante olor a salitre.
Algunos días, la bruja cocía algún pescado comprado en el puerto, que yo digería con la ayuda de una botella de Chablis. Luego tomábamos unos pasteles de mantequilla y nos tumbábamos en el malecón de Le Palais para ver los barcos. Por las noches, las luces del continente y las estrellas brillaban a lo lejos.
Aquel verano sucedieron muchas cosas, pero jamás olvidaré la hipnótica sensación de plenitud en Belle-île. Cuando volví a París, me despertaba por las noches soñando con la espuma del mar y su bronco lamido contra las rocas. El asfalto y el ruido se me hacían insoportables. La bruja se fue, pero yo quedé hechizado por algún encantamiento que ha dejado una dolorosa sensación de ausencia que sólo se me pasa cuando estoy en una isla.
ERASMOV/Suicidas
José Tomás como hipótesis. Baudelaire, su exégesis: «Me suicido porque me creo inmortal». Dragó y asimilados, cual en Buenos Aires: acaso arrojándose al vacío desde su propio ego. Antonio Gamero: devorando un salchichón en la bañera (por corte de digestión). El reverendo Jesse Jackson: Los negros, ni siquiera podemos suicidarnos saltando por la ventana, «'cause we live in a basement» (malviven en sótanos). Obama y.
TRIBUNA LIBRE
ANDRE GLUCKSMANN / BERNARD-HENRI LEVY
¿SOS Georgia?, ¡SOS Europa!
Ante lo que consideran el momento más decisivo de la historia europea tras la caída del Muro de Berlín, los autores hacen un llamamiento para plantar cara a Rusia y sus abusos en Georgia
ANDRE GLUCKSMANN / BERNARD-HENRI LEVY
No crean que estamos ante un asunto puramente local. Se trata probablemente del momento más decisivo de la historia europea desde la caída del Muro de Berlín. Lo demuestran fehacientemente los gritos procedentes de Moscú. «Genocidio», acusa Putin, que no se dignó a pronunciar esa misma palabra durante la conmemoración del 50 aniversario de Auschwitz. «Múnich», evoca el tierno Medvedev, insinuando que Georgia, con sus 4,5 millones de habitantes, es la reencarnación del III Reich.
No seremos nosotros los que subestimemos las capacidades mentales de ambos dirigentes. Lo que adivinamos es que, simulando indignación y jugando a fondo esa carta, manifiestan su voluntad de asestar un gran golpe. Está realmente claro que los spin doctors del Kremlin han revisado los clásicos de la propaganda totalitaria: cuanto mayor es mi mentira, más efecto tiene.
¿Quién fue el primero en disparar esta mañana? La pregunta es obsoleta. Los georgianos se retiraron de Osetia del Sur, territorio que la legislación internacional -conviene recordar- coloca bajo su jurisdicción. También se retiraron de las ciudades vecinas. ¿Es necesario que se retiren igualmente de su capital? La verdad es que la intervención del Ejército ruso fuera de sus fronteras, contra un país independiente y miembro de la ONU, es una novedad desde hace varias décadas. Más en concreto, desde la invasión de Afganistán precisamente por parte de los rusos. En 1989, Gorbachov se negó a enviar los tanques soviéticos contra la Polonia de Solidarnosc. Cinco años después, Yeltsin se cuidó mucho de permitir a las divisiones rusas entrar en Yugoslavia para apoyar a Milosevic. El propio Putin no asumió el riesgo de enviar a sus tropas a sofocar la Revolución de las Rosas (Georgia, 2002) ni la Revolución Naranja (Ucrania, 2004). Pero hoy, toda esa praxis se está viniendo abajo. Y corremos el riesgo de que, ante nuestros ojos, aparezca un mundo nuevo, con nuevas reglas.
¿A qué espera la Unión Europea y Estados Unidos para detener la invasión de Georgia, su país amigo? ¿Veremos a Mijail Saakashvili, líder prooccidental, democráticamente elegido, expulsado del país, exiliado y reemplazado por un fantoche o ajusticiado con una cuerda al cuello? ¿Va a reinar el orden en Tiflis como reinó en Budapest en 1956 y en Praga en 1958? A estas sencillas preguntas sólo cabe contestar con una respuesta. Hay que salvar, aquí y ahora, a una democracia amenazada de muerte. Porque no se trata sólo de Georgia. El caso afecta también a Ucrania, a Azerbayán, a Asia Central, a Europa del Este y, por lo tanto, a Europa. Si dejamos que los tanques y los bombarderos arrasen Georgia, les estamos diciendo a todos los vecinos, más o menos cercanos a la Gran Rusia, que jamás los defenderemos, que nuestras promesas son papel mojado, que nuestros buenos sentimientos se los lleva el viento y que, por lo tanto, no pueden esperar nada de nosotros.
Nos queda poco tiempo. Comencemos, pues, por denunciar claramente al agresor: la Rusia de Vladimir Putin y de Dmitri Medvedev, ese «liberal» famoso y desconocido que se suponía que iba a suavizar el nacionalismo de Putin. A continuación, rompamos con el régimen de la tergiversación y de las mentiras vendidas como verdades: los 200.000 muertos de Chechenia; la suerte del Cáucaso Norte como un «asunto interno»; Anna Politkovskaya, una suicida; Litvinenko, un ovni... Y admitamos, por fin, que la autocracia putiana, nacida por obra y gracia de los oscuros atentados que ensangrentaron Moscú en 1999, no es un socio de fiar y, mucho menos, una potencia amiga.
¿Con qué derecho esta Rusia, agresiva, amenazadora y con mala fe, sigue siendo miembro del G8? ¿Por qué se sienta en el Consejo de Europa, institución dedicada a defender los valores de nuestro continente? ¿Para qué mantener las grandes inversiones, especialmente alemanas, del gasoducto bajo el Báltico para beneficiar sólo a Rusia, cuyo objetivo es cortocircuitar los que pasan por Ucrania y Polonia? Si el Kremlin persiste en su agresión caucásica, ¿no es conveniente que la Unión Europea reconsidere el conjunto de sus relaciones con su gran vecino? Porque Rusia necesita más vender su petróleo que nosotros comprárselo. A veces, es posible cazar al cazador. Si Europa encuentra audacia y lucidez, es fuerte. De lo contrario, es una Europa muerta.
Los dos firmantes de este artículo conminábamos públicamente, en una carta fechada el 29 de marzo de 2008, a Angela Merkel y a Nicolas Sarkozy a no bloquear el acercamiento de Georgia y de Ucrania a la OTAN. Una decisión positiva, escribíamos entonces, que «convertiría en un santuario a los dos países. Y el gas seguiría llegando. Y la lógica de la guerra, que tanto hace temblar a algunos, se encasquillaría de inmediato. De lo contrario, estamos convencidos de que nuestro rechazo enviaría un signo desastroso a los nuevos zares de la Rusia nacional-capitalista. Les demostraría que somos débiles y veletas, que Georgia y Ucrania son tierras a conquistar y que nosotros las inmolamos sin rechistar en el ara de sus ambiciones imperiales redivivas. No integrar, o más exactamente no pensar en integrar, a estos países en el espacio de la civilización europea desestabilizaría a toda la región. En definitiva, cediendo ante Vladimir Putin, sacrificando nuestros principios ante él, reforzaríamos, en Moscú, el nacionalismo más agresivo». Era imaginarnos lo peor, sin querer creerlo demasiado. Pero lo peor ha llegado. Para no disgustar a Moscú, Francia y Alemania pusieron su veto a esta perspectiva de integración. Y Putin recibió el recado y, como agradecimiento, desencadenó su ofensiva.
Es hora de cambiar de método. Los europeos asistieron, impotentes por estar divididos, al sitio de Sarajevo. Vieron cómo se destrozaba Grozni, impotentes por ciegos. ¿Va a obligarnos la cobardía, también esta vez, a contemplar, pasivos y timoratos, la capitulación de la democracia en Tiflis? El Estado Mayor del Kremlin jamás creyó en una «Unión europea». Pofesa, más bien, que, bajo las buenas palabras de las que Bruselas es sumamente pródiga, bullen las rivalidades seculares entre soberanías nacionales, manipulables a conveniencia y mutuamente paralizadoras. El test georgiano es la prueba de la existencia o no de Europa. La Europa que se construyó contra el telón de acero, contra los fascismos de antaño y de hoy, contra sus propias guerras coloniales, la Europa que festejó la caída del Muro y saludó la Revolución de Terciopelo, se encuentra hoy al borde del coma. ¿Veremos sellar el final de nuestra breve historia común en las olimpiadas del horror del Cáucaso?
André Glucksmann y Bernard-Henri Lévy son filósofos franceses.
Etiquetas: Firmas




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